jueves, 23 de agosto de 2012

Viaje a la cabeza de la mujer islámica: hijabs, khimar, al amira, shaila, chador, niqabs y burkas







Tienen muchos en occidente la creencia de que las mujeres musulmanas están sometidas al hombre en todo su ser, que son sumisas y obedientes, y que los hombres, todos barbudos con cimitarra al cinto y ganas de volar un centro comercial, las maltratan de obra y palabra, por acción y omisión. Sin embargo, en las muchas veces que he compartido espacio con parejas musulmanas he tenido la extraña impresión de que la cosa era al revés y que es el hombre el que está achantado por la desbordante personalidad de la musulmana media. Problemente me equivoque del mismo modo que se equivoca occidente porque la mujer en el Islam ni está tan sometida al hombre, a pesar de tradiciones arcaicas, ni el hombre es tan ogro con ellas como término absoluto. Y todo esto sin perder de vista la amenaza permanente que el integrismo religioso supone para el desarrollo personal y social de las mujeres ni ciertos códigos legales, como el saudí, que les impiden un derecho tan básico como el de conducir un vehículo (por ejemplo). Restricciones que, con matices, también se han impuesto aquí en épocas pretéritas precisamente por la presión de la religión (sin el extremo de conducir pero porque no había coches). Tampoco podemos olvidar las limitaciones que algunos regímenes, como el taliban afgano, imponen a las féminas, a las que no permiten estudiar o trabajar. Pero teniendo en cuenta que el colectivo de musulmanes en el planeta ronda los mil doscientos millones de almas debo concluir que, definitivamente, la mujer en el Islam es mucho más de lo que los cristianos nos pensamos. Y tal vez uno de los motivos por el que nos hemos creado esa imagen, amén de ciertas conductas como las expuestas anteriormente, pasa por la vestimenta. ¿Qué cristiano no se asombra de la parafernalia con la que cubren sus cabellos las más osadas o el cuerpo entero las más recelosas? 



Con el ánimo de despejar alguna duda la simpática escritora canadiense Alison Wearing no tuvo otra ocurrencia que viajar con un amigo a Irán haciéndose pasar por una pareja de luna de miel. Alison, después de semanas recorriendo el país embutida en un chador, vuelve a ver un programa de televisión occidental: 'Perplejos, horrorizados, boquiabiertos, hipnotizados. Por la mujeres que salen en la televisión, cuerpos como palillos contoneándose en ropa interior fingiendo que hacen el amor con el aire. Es un video musical. No pu-pu-pu-pu-puedo creerlo, Dios mío, no sólo es la ropa o la falta de ella o los gemidos o los giros: es la expresión de sus rostros. Había olvidado el aspecto de las mujeres cuando pasan toda la vida intentando resultar sexis: había olvidado cuánta soledad transmiten...' Cuando la buena de Alison sale del país, sigue vestida con el hiyab y sometida a una suerte de síndrome de Estocolmo textil: 'Por soprendente que parezca, sigo vestida con el hiyab. Tras semanas soñando con este momento en que estaría fuera del alcance de la ley islámica y podría despojarme de mi piel negra, no tengo ninguna gana de hacerlo (...)  Luna de miel en Irán 



De todos los velos que ven en el expositor de arriba, el más sencillo es el Hiyab, que en árabe significa precisamente eso, Velo, y que no es más que un pañuelo que cubre el pelo y el cuello, una necesidad que también va incluida en la palabra, hiyab, que también significa 'esconder', 'ocultar de la vista'. El hiyab excede al mundo islámico y entre las cristianas no es raro verlo asociado a ciertas modas y dicen los historiadores que antes del Islam las mujeres árabes ya los llevaban para distinguirse de las esclavas. De hecho, dicen esos mismos historiadores, fue el propio Mahoma el que impulsó el uso del hiyab para igualar a todas las mujeres, esclavas y libres, y para que los hombres supieran que no podían tratar a las mujeres como inferiores porque ellas pertenecen al más alto: a Alá. Como ellos, claro.


Frente al hiyab aparecen dos velos que no son más que variaciones del modelo original: Al Amira y Shaila. Al Amira es un velo de dos piezas mientras que la Shaila es un velo más largo y cómodo, que se pliega sobre los hombros y que usan muy frecuentemente las mujeres del golfo Pérsico.




Conforme avanza el sentimiento religioso, o la intolerancia del entorno, crece la cantidad de tela que las musulmanas usan para cubrirse, incluso en los saludables baños de agua de mar.




En Irán las mujeres acuden en masa al chador, una suerte de capa que cubre todo el cuerpo, incluso con otro velo interior que cubre el cabello. Originalmente significa 'tienda' y es que eso parece, un tenderete bajo el que se desarrolla una vida desconocida. Frente a ella, el Khimar, un velo en forma de capa que cubre el cabello, el cuello y los hombros, que cae hasta la cintura pero deja libre el rostro. Por ejemplo, para hablar por teléfono.


Aunque en los momentos dolientes, también les protegen de los manotazos que se dan en la cabeza como muestra de pena: aquí abajo en el entierro de un líder de Hezbollah en el Líbano las mujeres, chiítas, se golpean la cabeza como pesar, y más abajo, ya en Damasco y en la tumba de San Juan Bautista, las peregrinas repiten jugada.



'El chador es un ente vivo', dice Alison, 'escurridizo, cuyo hábitat preferido es el suelo. Cualquier mujer que intente cubrirse con él no sólo luchará contra la verdadera naturaleza del tejido sino también contra la gravedad, que se ha conchabado con el chador desde el comienzo de los tiempos. En cuanto una se coloca el chador, se envuelve de la forma adecuada y se cubre toda, empieza su obstinado descenso, escurriéndose por la superficie lacia del pelo, esperando dar un salto limpio al llegar al cuello, donde puede conseguir un buen punto de apoyo para su caída en picado sobre los hombros...'


Para las modelos más tímidas, o más sumisas a las palabras del Profeta (Di a tus mujeres y a tus hijas y a las mujeres de los creyentes que se ciñan sus velos: esa es la mejor manera de que sean reconocidas y no sean molestadas. Dios es indulgente, misericordioso.Corán, 33, 59) están las últimas versiones del Velo: el niqab y el burka.





El niqab cubre todo el cuerpo pero deja descubiertos los ojos, un lujo con el que soñarán las usuarias del burka, que tan sólo permite cierta visión muy limitada a través de una rejilla de tela. Claro que el niqab también puede sobreponerse a otro velo interior, normalmente un hijab, con lo que la reijlla de tela se convierte en una ténue cortina textil que tampoco permite una visión completa. El burka, por sus connotaciones y el contexto en el que se desarrolla, se ha convertido en el máximo ejemplo de la opresión sobre las mujeres. Pero su historia es otra: se introdujo en el harem del rey afgano Habibulah a principios del siglo XX, como modo de evitar que cualquier macho man se atreviera a contemplar la belleza de sus concubinas: los burkas estaban finamente bordados, llevaban piedras y oro y otorgaban una clase tal a su moradora que se convirtió en un símbolo de distinción: una historia un tanto idílica que se quebró con la caída del régimen soviético y la entrada de los radicales integristas, que lo impusieron para evitar la tentación de esas curvas pecaminosas que tanto los turbaban. A decir verdad dicen que el origen del burka hay que buscarlo en la Antigüedad más arcaica, que ya lo usaban en los tiempos de Ciro, el gran conquistador, y en la no menos arcaica Asiria. Reliquia del pasado, en Afganistán es la moda por narices y el infierno para las mujeres, que llevan el añadido de unos siete kilos de media sobre sus cansadas cabezas.

Gráfico sobre los velos musulmanes

Claro que, por mucho que se oculten, la belleza va por dentro, y en el mundo islámico más que en otros sitios...




© José Luis Sánchez Hachero
sanchezhachero@hotmail.com















martes, 21 de agosto de 2012

Viaje a los calabozos del Peñón de Gibraltar: bunkering, Greenpeace y libertad de prensa



El 20 de enero de 2003, a eso de las once de la mañana, la policía de Gibraltar me detuvo cuando cubría una acción de la organización Greenpeace y me encarceló durante siete horas. No fui el único: éramos dieciocho tipos y tipas de lo más variado: había equipos de televisión, de la prensa escrita, fotógrafos y, por supuesto, los activistas de la organización. Los ecologistas querían protestar por la práctica, habitual en las aguas de la bahía de Algeciras, del llamado bunkering, que no es otra cosa que el repostaje de combustible de un barco a otro, una maniobra, que según Greenpeace, 'es muy arriesgada porque provoca vertidos de hidrocarburos al mar con mucha frecuencia'. El bunkering se realiza generalmente con gabarras que cargan alrededor de cinco mil toneladas de grandes buques que llevan, a su vez, otras ochenta mil toneladas. El trasvase se hace del buque grande, conocido como gasolinera flotante, a la gabarra, que buscará luego un buque necesitado de combustible para aprovisionarlo. El estrecho de Gibraltar es la zona con mayor tráfico marítimo de España, y uno de los más transitados del mundo: sólo en 2008 surcaron estas aguas más de 106.000 (ciento seis mil) buques, muchos de ellos gaseros, petroleros y grandes mercantes. Un motivo más que suficiente para justificar que en estas aguas se suministre un tercio del combustible de bunkering de toda España.


Los ecologistas pretendían trepar por el casco de un desvencijado buque, el Vemamagna,  al que acusaban de poner especialmente en peligro las aguas de la bahía de Algeciras por su estructura, era un monocasco, y por su antigüedad, se construyó en 1978. En la zodiac donde yo viajaba, dos activistas se agazapaban a la espera del momento de subir como salamanquesas por el desvencijado casco del buque maldito. Pero la cosa no resultó fácil. La policía llanita (así se conoce a los gibraltareños en la región) debió de sentir un escalofrío cuando, muy de madrugada, vio llegar procedente de Tarifa (y más aún porque el barco zarpó de la ciudad de Cádiz la noche anterior) al Esperanza, uno de los buques emblemas de la organización ecologista. Las zodiacs de la policía gibraltareña se agitaban nerviosas en la bocana de su puerto, asomaban los morros con cierto enojo y, a pesar de que el Esperanza estaba fondeado en mitad de la bahía de Algeciras, los guardias de su Muy Graciosa Majestad comenzaron a dejarse ver como aviso. Cuando las dos zodiacs con activistas y prensa se echaron a la mar, los policías se lanzaron a degüello: embestían con lanchas rígidas y semirígidas a las indefensas zodiacs y una de ellas, cargada sobre todo con prensa, no tardó en caer en sus manos. Por supuesto, en aguas que si no eran internacionales debían de ser españolas. Y por supuesto, la guardia civil observaba con suma atención el desarrollo de los acontecimientos desde el interior de la bahía de Algeciras. No podía pasar desapercibida una espectacular persecución marina sorteando grandes buques y con embarcaciones pequeñas repletas de tipos con cámaras.

Las aguas de la bahía de Algeciras se convierten a veces en un laberinto de grandes buques

El bunkering es, seamos francos, un negocio para todos en la bahía de Algeciras. El 60% de la tarta está en manos de CEPSA, a través de su filial CEPSA Marine Fuels. Junto a ella, REPSOL, es la otra gran suministradora en la bahía algecireña. Para terminar de rizar el rizo, en Gibraltar, la gran denostada por este negocio, los amos del negocio son Gibunco, compañía del Peñón, y CEPSA (Gibraltar) Ltd. CEPSA, pues, es el gran padrino del bunkering en las aguas gibraltareñas. El negocio es tan suculento que incluso la Petrolífera Dúcar, que presidió durante algún tiempo el ahora ministro ( y accionista, por cierto) Miguel Arias Cañete, suministraba combustible a la empresa Vemaoil, precisamente la propietaria del Vemamagna que los activistas de Greenpeace soñaban con desvirgar. Aquí podéis leer más sobre este negocio tan hipócrita: Greenpeace 


Con la mayoría de nuestros compañeros detenidos, y trasladados al puerto de Gibraltar desde aguas españolas con cierta anuencia tácita de las autoridades españolas (que seguían mirando desde lejos), las embarcaciones gibraltareñas se emplearon a fondo para neutralizar nuestra embarcación. Claro que el piloto que la manejaba tenía una fabulosa habilidad para torear a los llanitos y los policías, liderados por un tal Jimmy Ignacio, se fueron calentando conforme el austral les ponía una banderilla tras otra. Tanto debieron de sentirse ultrajados que sus acometidas subieron de intensidad, ya no pretendían obstruir el paso sino que sus embestidas buscaban hacer daño.


Por ejemplo, no pongo fotos del incidente porque los llanitos me destrozaron la cámara en uno de sus intentos. El compañero de Telecinco tampoco pudo contarlo a su cámara porque el micrófono estalló como un globo cuando una semirígida se lo llevó por delante. Tampoco Canal Sur pudo grabarlo porque la cámara acabó flotando en el fondo de la zodiac y soltando chispas. Por lo que a mí refiere, la única grabación que merece la pena fue la de Antena 3 porque salgo con cara de lelo saludando a la redactora de esa cadena: hoy es mi pareja y tengo dos hijos... La violencia de las acometidas fue creciendo conforme pasaban las horas, pues al menos fueron dos de dimes y diretes, hasta que, por fin, el piloto consiguió lo que parecía imposible: darle el esquinazo a los policías, permitir a los activistas encaramarse al casco del Vemamagna y coronar el buque de la discordia con varios carteles: 'OIL HAZARD' y 'PELIGRO, PETRÓLEO'. Los activistas habían triunfado, se habían reído de los policías gibraltareños y las banderas ondeaban alegremente sobre la bahía de Algeciras. Nos acercamos al buque nodriza, el Esperanza, y hasta pudimos subir las cintas y carretes que demostraban la extraña hazaña. Claro que eso fue lo último que pudimos hacer porque, espoleados por su fracaso, los llanitos se lanzaron con todo hacia nuestra embarcación y detuvieron a la heterogénea tripulación.


Juan López de Uralde, que era el director ejecutivo de Greenpeace (y ahora es el líder de la formación política EQUO) declaró que esta reclamación pretendía 'la prohibición total y urgente de los buques monocascos y el establecimiento de un nuevo régimen de responsabilidad ilimitada', una pretensión que hay que contextualizar en los meses posteriores al hundimiento del Prestige frente a las costas gallegas. Ahora, casi una década después, el problema se ha disuelto en el olvido pero el bunkering no. De hecho, en Algeciras se dan los últimos retoques a VOPAK, una terminal terrestre que pretende competir con el bunkering gibraltareño desde la costa. La nueva terminal asegura que al aprovisionar desde tierra se eliminan muchos riesgos medioambientales aunque sin el control de las aguas y de la responsabilidad puede ocurrir lo contrario: que las gasolineras flotantes reposten en tierra y revendan el combustible en Gibraltar a un precio inferior al de la terminal misma. Sea como sea, los grandes especuladores de combustible no van a quedarse de brazos cruzados. La asociación Verdemar sospecha que los gibraltareños están rellenando una gran superficie de tierra ganada al mar para habilitar un nuevo espacio de bunkering (aunque los pescadores de La Línea creen que lo que se levantará lo que llaman 'El pequeño Mónaco', un fantasioso proyecto de hoteles y casinos en la cara oculta del Peñón).


Mientras nos trasladan a los calabozos de Gibraltar, los policías llanitos nos muestran su enojo: la persecución los ha dejado en ridículo, a pesar de que la mayor parte de las carreras se han desarrollado en aguas españolas, y no aguantan ni la mínima. Al compañero de Telecinco lo apartan y le pegan un sonoro bofetón. Al cámara de Antena3 lo miran con inquina pero sus dos metros de largo los intimida y prefieren denunciarlo por resistencia a la autoridad. Todos, activistas y prensa, terminamos en los calabozos del Peñón, una experiencia extraña y chistosa, con guardias que nos observan por rendijas y que permiten a los peligrosos reos salir a fumar 'un ratito' para relajar la situación. 'Señora agente', le digo a través de la puerta, 'que me meo y aquí hay mucha gente', 'bueno, te acompaño', dice con el característico acento gibraltareño mientras abre una puerta chirriante. La agente en cuestión medirá metro cincuenta como mucho, pasa del inglés de la Reina al andaluz gaditano con una facilidad que más que pasmosa es pasmante. El habilidoso piloto de la zodiac, con más callos que el resto, se acomoda en un rincón y dormirá durante todo nuestro caricaturesco cautiverio. A las siete horas de encierro un agente me pide salir de la celda. 'Vamos a ficharlo', me asegura, y yo le pregunto, '¿puedo negarme?', 'sí, claro, usted puede negarse', 'pues me niego', le digo, y el tipo me mira de arriba abajo y me dice, 'bien, entonces es usted libre', con un deje británico de Morón de la Frontera. A las puertas de la prisión de juguete también hay una demostración de juguete: una decena de independentistas gibraltareños grita insultos contra la prensa manipuladora que pretende arrebatarles la independencia. Los miro con desgana y veo que, tras de mí, los informadores españoles comienzan a salir con cuentagotas.


Para terminar de enredar la madeja, la comisión encargada de la Comunidad Europea asegura carecer de pruebas que demuestren que las actividades de bunkering realizadas por compañías llanitas violen la normativa comunitaria.


El espectáculo, mientras tanto, sigue al alcance de la mano. Olvidada ya la persecución, el encarcelamiento, los agentes llanitos guasones y a los radicales gritones, en la bahía de Algeciras se desarrolla un drama de proporciones épicas y con una estética capaz de satisfacer al más exigente de los directores artísticos. Decenas de grandes buques convierten las aguas de la bahía en un laberinto de petroleros, mercantes, transbordadores, veleros, pesqueros, lanchas recreativas, buques oceanográficos y hasta alguna que otra planeadora cargada de grifa del otro lado del estrecho. Los bañistas de las playas del Rinconcillo o de Getares acuden cada mañana con un nudo en la garganta: puede que hoy lleguen galletas de chapapote, puede que sean medusas, tal vez una mancha de aceite, tal vez desechos de las sentinas, puede que salte el levante y deba graparse el peluquín. Si consiguen evitar los obstáculos, las aguas tranquilas y mansas de la bahía de Algeciras seguirán meciéndose sumidas en su propia dinámica, ajenas a las cuitas de los hombres, recibiendo aguas del Mediterráneo para escupirlas al Atlántico, o viceversa, aplaudiendo a los delfines, a las ballenas y a los atunes, importunadas tan sólo de cuando en cuando por una patera cargada de carne humana, de hachís envuelto en fardos de arpillera, por una viscosa solución de chapapote, por el ruido de los motores fueraborda, por el pataleo feliz de los niños en las playas.




© José Luis Sánchez Hachero
sanchezhachero@hotmail.com











































domingo, 19 de agosto de 2012

Viaje al México de Frida y Chavela, la Kahlo y la Vargas

La gran Caro como la Gran Frida




























México es un país tan contradictorio que dos de sus mujeres más famosas vivieron vidas indebidas, vidas guiadas por una extraña luz interior que, además de alumbrarlas, deslumbraban a sus vecinos, espantadas de sus amores, adoloridas por sus males, escapando de sus otros yoes de lejos de sus fronteras y reconocidas como musas locales a regañadientes y cuando ya no hubo más remedio. La primera fue Frida, la Kahlo, la hija del alemán, la loca que pintaba con colores estridentes y avergonzaba a sus vecinos con amores indebidos. La segunda fue Chavela, Isabelita, la costarricense que cantaba la esencia del mexicano con voz bajita y como de hombre, la que tenía amores indecentes. Las dos sufrieron la misma traumática enfermedad que atormentó sus infancias, polio la Vargas, polio la Kahlo, aunque esta última con el añadido de una viga de hierro que la atravesó de parte a parte, las dos se vistieron de hombre en una época y un país poco amigo de extravagancias, la Vargas con pantalones y fumando, la Kahlo subida a un ring, boxeando. Las dos arrastraron su arte por los últimos rincones de sus Méxicos queridos, se codearon con la crème del momento, la Vargas cantando en la boda de la Taylor, la Liz de las películas, la Kahlo reinando sobre el universo surrealista de André Breton. En sus vidas paralelas, la Vargas sólo pudo alcanzar la fama de barrio, la del boca a boca porque las autoridades mexicanas, tan sobrias y dignas ellas, le prohibieron de por vida actuar en la televisión o en los teatros públicos, no fuera a corromper a los muy machos televidentes, la Kahlo aclamada por los suyos sólo después de que la llevara en volandas la crítica internacional que encabezó Picasso y corroboró Kandinski.

La verdadera Frida, y tras ella Diego Ribera, en su Casa Azul de Coyoacán, en el D.F

¡Y de amores! ¿Qué decir de los amores? Si Frida cayó rendida ante el más grande muralista mexicano, el excesivo Diego Rivera, Chavela fue más discreta y se limitó a pasear su colt al cinto para recordarles a todos que ella era la Vargas, la sublimación del pistolero de las películas, la del poncho rojo, la que era tan macho como cualquiera de esos bigotudos que la retaban con la mirada. Si los amores de la Kahlo avergonzaron a sus paisanos, porque no le importaba perderse entre las sábanas de un comunista venido a menos como era Trotsky o unir su entrecejo al pubis de alguna de sus musas, la Vargas arrastró su fama de maricona, como le decían al pasar, sin importarle convencionalismos ni santas gaitas, hundiéndose en el pubis de quien le dio la gana sin que sus nombres tengan por qué sonarnos más allá de la Macorina anónima del momento.


Hace ahora cincuenta y ocho años murió la primera en espantar conciencias, elevada hoy a mito, Frida Kahlo, la artista que pintó sus realidades para olvidar sus sueños. Hace ahora sesenta años, Frida acogió en su casa a Chavela, la maricona del poncho rojo que llevaba pistola y cantaba rancheras con voz de aguardiente. Dice la leyenda que se vieron reflejadas, que se desearon carnalmente, que se enamoraron como dos volcanes y que hasta dejaron cartas de amor. Si iniciaron un romance o el deseo no pasó de brochazos furiosos y letras enfurecidas queda en el mundo de lo incierto. De lo que no cabe duda es de que, seis décadas después, Chavela ha vuelto a ella, a admirar a esa esmirriada que era 'demasiada mujer para su tamaño' y que, si el Más Allá merece la pena, Diego Ribera le habrá hecho un espacio entre sus sábanas para que las tristes canciones de la Vargas se iluminen con los alocados colores de la Kahlo.

© José Luis Sánchez Hachero
sanchezhachero@hotmail.com













jueves, 16 de agosto de 2012

Viaje a Colombia: musulmanes en el Caribe y la gran mezquita de Maicao



Hoy es viernes, día de rezo en el mundo islámico. Multitud de fieles acuden a la mezquita Omar Ibn Al Jattab. En el templo, la actividad es frenética. Tras las abluciones, los niños buscan su lugar en el Haram, la sala de oraciones, los jóvenes se apoyan en las paredes, hay quien se arrodilla a rezar. En el minbar, el púlpito reservado a la oración de los viernes, el predicador habla de amor y pecado. En el piso de arriba, lejos de los ojos de los hombres, rezan las mujeres y las niñas. Hasta ahí todo correcto. Lo fuera de lo normal es que a pocos kilómetros se encuentra el mar Caribe, que la mezquita se levanta en Maicao, una población de poco más de cien mil habitantes en la frontera con Venezuela, y que la región está en Colombia: La Guajira.


Se trata de la mayor mezquita del país y la tercera más grande de Sudamérica, tras las inauguradas posteriormente en Brasil y Argentina. La mezquita se levantó sin reparar en gastos, forrada con mármol italiano y diseñada por el reconocido arquitecto iraní Alí Namazi, un edificio que lleva el nombre del segundo califa del Islam y que puede albergar a más de mil personas. Pronto quedará superada por una nueva aún en construcción en la cercana Maracaibo, en Venezuela. Porque la comunidad musulmana de Maicao, que llegó a contar con más de cuatro mil fieles, languidece últimamente. A la oleada de secuestros que sufrió en la década de los noventa se une ahora el deterioro de la actividad comercial, su principal motor y razón de ser. Porque estos descendientes de los fenicios son, ante todo, comerciantes y comenzaron a buscar oportunidades en Venezuela desde el inicio del gobierno de Hugo Chávez. Sin embargo, alrededor de mil fieles permanecen todavía en Maicao, sin intenciones de emigrar. Es la mayor comunidad musulmana de Colombia, hijos y nietos de aquellos sirios y libaneses que emigraron al Caribe en varias oleadas del siglo XX. 'La primera ola de inmigración ocurrió a finales del siglo XIX, con la desintegración del imperio Otomano, y la guerra con los rusos y con las grandes potencias europeas'. No en vano en Colombia se les sigue llamando, con cierta guasa, 'los turcos'. En los años treinta y cincuenta se produjo el siguiente flujo migratorio: un pariente se traía al otro y la cadena se amplió hasta hoy.




Pedro Delgado no se parece en nada al ciclista que le es homónimo: su pasión es Alá. Y eso que nació en Santa Marta, tierra de rumba y mulatos, y que a diario debe lidiar con la tentación de hermosas mujeres ligeras de ropa en una tierra terriblemente calurosa. 'Desde niño he tenido una especie de inquietud que no encontré en los salesianos, con los que me crié: estuve con grupos orientales, visité iglesias cristianas ... hasta que me encontré al islam'. Pedro Delgado se topó con el mundo musulmán y comenzó una nueva vida. 'Estuve en Arabia Saudí, visité varias veces La Meca, fui a Medina y ahora soy profesor de religión'. Pedro es el alma de la mezquita Omar Ibn Al Jattab, pasa su vida en ella y enseña islam a los hijos de los musulmanes. Lo miro asombrado porque pocos en Europa saben que en Colombia existe una comunidad de musulmanes de procedencia otomana, procedentes de la Gran Siria, lo que hoy es la castigada Siria y el Líbano. Los musulmanes más ilustres de la mezquita nos miran. Afables, se acercan para explicar qué hacen en esta región: a principios de los años ochenta eran tantos que fundan la Asociación Benéfica Islámica, poco después un colegio musulmán, Dar es Arkam, y en el noventa y siete ya tienen una gran mezquita. Una mezquita que acoge a musulmanes chíitas-colombianos, un exotismo allí tanto como aquí. Mohammed Mohammed Hammud es el predicador que he visto antes subido en el minbar y, en un incipiente castellano, me canta las alabanzas al Más Grande con varios versículos y dichos del profeta (alabado sea) para terminar con un sencillo 'Colombia es un país muy bonito'.



Tras ochenta años en la Guajira, los musulmanes han dejado de ser libaneses o sirios para convertirse en colombianos con sus mismos problemas: violencia, inseguridad, secuestros, migraciones. La Sociedad Benéfica Islámica, que regenta las actividades de los islámicos guajiros, me recibe en la mezquita de Maicao. Entre sus preocupaciones, el entorno, un ambiente que no ayuda, aseguran, a evitar dos grandes enemigos del Corán: el alcohol y la promiscuidad sexual. Estamos en el Caribe. 'Es inevitable que se produzcan conflictos', me cuenta Omar, 'es inevitable que muchos jóvenes se vean en esa tentación, bebidas alcohólicas sitios donde pueden conseguir el placer de las mujeres...'. Fuera, un territorio desértico aplastado bajo un calor pegajoso, un cielo límpido y el ajetreo clásico de las fronteras: parece una ciudad de Jordania o de Siria de no ser por un pequeño detalle: las chicas gastan pantalones de talla mínima, sus ombligos relucen al aire, la tentación sobrevuela alegre las calles y la música vallenata nos recuerda que estamos en Colombia, no en el Líbano. Omar insiste: 'es una zona un tanto particular, fiestas, ambiente nocturno, bebidas alcohólicas, ropas cortas, exóticas, uno no puede ser ajeno a eso, pero lo más importante es enseñarle a los hijos el por qué algunas cosas están prohibidas, por ejemplo las bebidas alcohólicas, no es el hecho de que uno no disfrute, uno tiene sus fiestas, sus bailes como todas las razas, pero lo importante es darle a los hijos el por qué ciertas cosas no se deben hacer...' La lucha es titánica y desigual. 'Es una zona donde consideran importante repartir preservativos en los colegios como para enseñar a los niños que se cuiden de una transmisión sexual o de un embarazo no deseado, pero es más importante enseñarle a los hijos que la relación sexual es algo para el matrimonio...' Omar sonríe pícaro: tiene buena planta, apenas treinta años, es alto y sus ojillos azules relucen bajo su cráneo rapado al cero. 'Yo caí, claro, yo caí', confiesa divertido, 'pero la juventud es así, difícil, aunque gracias a Dios estamos en el camino divino...'.


En la mezquita todos se arrodilla. Allah u Akbar, dice mi compañero de suelo, sentado sobre la alfombra, sus rasgos indican que sus genes provienen de lejos, de una tierra castigada y polvorienta de la que ha conseguido escapar sólo para anclarse a otra tierra igualmente castigada y polvorienta. En la calle son legión los comercios que tienen nombres islámicos. Se acercan unas elecciones locales y los panfletos rebosan de nombres árabes. Los 'turcos' han resistido el gran viaje desde oriente medio, la integración en tierra lejana, los largos y sanguinarios periodos de la violencia colombiana, las luchas de guerrillas, paramilitares y narcotraficantes. Pero ahora el inexorable dios de los mercados parece que los desmorona. Situado a pocos kilómetros de la frontera, el centro de gravedad ha pasado de esta ciudad que un día fue frenética al otro lado, a Venezuela, donde Maracaibo y sus alrededores prometen un nuevo Eldorado a estos hijos perdidos de Alá. Tierra de contrabando, y de negocios dudosos (armas y cocaína entre los más pujantes, a los que algunos miembros de la comunidad musulmana no han sido ajenos, precisamente), el lago venezolano actúa como un imán para los comerciantes y también para los indígenas, que encuentran más derechos y seguridad en tierras de Chávez que en las propias.


Si provienen de la Gran Siria, le pregunto a Pedro Delgado, supongo que alguno tendrá sus simpatías por los musulmanes de Palestina. Y se lo pregunto malicioso porque sé, a ciencia cierta, que existe un grupúsculo que se hace llamar Hezbollah Caribe, fundada por un extraño personaje: Teodoro Darnott, que hoy se hace llamar Daniel González Epiayú, un antiguo niño de la calle y posterior (dicen) legionario en España, un locuelo que hoy pena prisión por intentar colocar una bomba en la embajada de los Estados Unidos en Caracas. Pedro se sincera. 'De hecho sí hay simpatizantes de la lucha en oriente medio', asegura, 'pero el apoyo no pasa de ahí'. Sobre el locuelo Darnott sabe más de lo que parece. 'Daniel González Epiayú estuvo por aquí, un hombre solo que se acercó a mí con algún tipo de ofrecimiento, como facilitar cédulas venezolanas, pero la verdad es que yo no estoy interesado en estas cosas...' Darnott (me resisto a llamarlo por su alias wayuu) hablaba de doscientos indígenas wayuu convertidos a la causa, incluso tenía página web y perfil en el facebook, una página simplona cargada de proclamas y fotos extrañísimas de indígenas con velo disparando remedos de AK-47 y artefactos explosivos dignos del profesor Bacterio, de Mortadelo y hasta de Filemón. Contacté con él a través de un email y contestó que gustosamente me concedería una entrevista si accedía a conseguirle la publicación de sus delirios en la primera página de los principales periódicos de mi país... Pedro los despidió rápido, asegura, 'los hezboislam', porque tenían un discurso muy agresivo en una tierra que los sigue viendo con cierta suspicacia. Aquí puedes ver alguno de sus delirios


Pero la simpatía por los chiítas de Hezbollah y la lucha de los palestinos de Tierra Santa no era rara. En su comercio dedicado a la venta de perfumes (presumo que de procedencia indefinible), Mohammed, libanés radicado en Maicao, asegura que no les interesa que los vean como extremistas. 'Fíjese que decían que hasta Bin Laden estaba en Maicao, pero yo le aseguro que aunque uno tiene cariño a Hezbollah aquí no existe un grupo organizado'. Los musulmanes no son de piedra, me cuenta, y no pueden ver las agresiones sionistas a sus hermanos de raza y religión sin conmoverse el corazón. Recuerdo entonces que, años atrás, me aseguraron que una célula de Hezbollah en el Caribe conseguía armas a cambio de cocaína para enviarlas al Líbano y hasta conocí a un comandante de las FARC que me juraba que hacía negocios con ellos: vacas a cambio de armas. Mohammed nació en el Líbano y se le nota en el acento: su castellano es muy defectuoso y baila entre un deje árabe, un extraño acento holandés que arrastra desde sus años en Curaçao y el español recién aprendido.


Samir es otro de los personajes reconocidos de la comunidad musulmana de Maicao. Sueña con regresar al Líbano con su esposa, una musulmana de Venezuela, y sus hijos, como Omar, que fantasea con llevar a sus padres de vuelta a Beirut. 'Nací acá', dice con acento caribeño, 'estudié en Argentina pero me siento libanés por familia y colombiano por nacimiento'. Un auténtico ciudadano del mundo, pienso entonces. Y dos países complicados, explosivos: de Colombia al Líbano. Son auténticos náufragos en un mundo globalizado: pero ellos lo hicieron antes de la globalización. Hassan Jomma salió del Líbano con veintiséis años, se instaló en el Paraguay, pasó más tarde a Venezuela y ahora vive en Colombia. 'A pesar del calor, para mí no hay mejor sitio', asegura con una sonrisa. Y como náufragos, los restos se acumulan en las orillas de la ciudad. Hussein Abdul Kader Ras, por ejemplo, descansa eterno en el cementerio musulmán anexo al cristiano. Su lápida, perdida en un pequeño mar de lápidas, demuestra para siempre que los musulmanes colonizaron el norte del continente americano, que construyeron una gran mezquita y prosperaron entre minifaldas, calores y la nostalgia de su patria perdida. Los inmigrantes, turcos ya para siempre entre sus nuevos vecinos, todavía resisten: están ahí, disimulan, conducen poderosos todoterrenos, levantan edificios religiosos, aspiran a entrar en política. Comunidad menguante, los musulmanes de Maicao resisten a la sombra de su mezquita y de las raíces cultivadas en la Guajira durante los últimos cincuenta años. La sangría es evidente y muchos de los que hoy residen en Maicao no descartan emigrar a otros lugares, sin importar la dificultad, tan sólo prosperar mediante los negocio y el comercio. Condenados a desaparecer con el tiempo, dejarán atrás, testigo mudo, la que fue durante años la mezquita más grande de Sudamérica y el recuerdo de sus nombres en el suelo.







 © José Luis Sánchez Hachero
sanchezhachero@hotmail.com

























martes, 14 de agosto de 2012

Georges Gordon Meade, el gaditano que derrotó al general Lee

George G Meade, cortesía de http://www.gentedecadiz.com/?p=1891
 
El pequeño Jorge fue bautizado en la muy gaditana iglesia del Rosario el 31 de diciembre de 1815, cerca de la casa donde vio sus primeras luces, en el barrio de San Carlos. Claro que para sus padres nunca fue Jorge sino Georges y que el cura que le hizo llorar con aquellas aguas tan frías no podía imaginar que aquel mocoso derrotaría décadas después al general Lee y se convertiría en una leyenda para los ejércitos de los Estados Unidos. Que Georges G. Meade naciera en Cádiz no puede calificarse de accidente puesto que pasó buena parte de su infancia y adolescencia en la Tacita de Plata y cuando emigró al país de sus padres tuvo la ocurrencia de casarse con Margaretta Sargeant, una norteamericana que, cosas de la vida, había nacido también en Cádiz. El padre de Georges se había instalado en España como agente comercial del gobierno estadounidense y agente naval pero le sorprendieron las guerras contra Napoleón y terminó arruinado con tanto trajín y muerto por estrés. Desaparecido el padre, desconsolada la madre, el joven Georges viaja a un país que no conoce más allá de los relatos familiares, y encuentra un mundo que pronto identifica como suyo. 

Tanto que se decidió por el oficio de las armas y pasó con nota por las prestigiosas instalaciones de West Point después de guerrear un poco contra indios y mexicanos. Reprogramado pues como patriota, participó en las campañas de hostigamiento a México, para hacerse el cuerpo y afrontar el resto de su vida entre soldados. Y tanta fama se granjeó en sutre los suyos que el gaditano se vio en la tesitura de enfrentar al valeroso Robert E. Lee, el general sudista que buscaba la separación del sur esclavista. Para ello el propio Lincoln le otorgó el mando sobre el ejército del Potomac, una impresionante fuerza que aglutinó hasta doscientos cincuenta mil hombres en sus mejores días. Y en el momento cumbre de la guerra de la Secesión, un gaditano con nombre inglés se enfrentó a la leyenda de los confederados en la batalla de Gettysburg, donde no sólo mantuvo la plaza de Pensilvania sino que contribuyó definitivamente a ganar la guerra. Georges le dejó más de siete mil muertos a los confederados, a costa de enterrar también a muchos unionistas, pero tuvo la antigua caballerosidad de permitir la retirada de las tropas derrotadas mientras permanecía erguido sobre su caballo contemplando la humillante huida de sus rivales. Una caballerosidad que le costó un monumental enfado al presidente Lincoln porque no entendía cómo ese oficial tan despistado que sus hombres llamaban 'Vieja Tortuga' había sido capaz de dejar huir al principal enemigo. Tanto fuel mosqueo que las altas instancias lo sustituyeron por una leyenda viva, el general Grant. El gaditano Georges G. Meade murió años después en Filadelfia a los 57 años, convertido, eso sí, en leyenda unionista y héroe nacional. 


Bibliografía:
American civil wars commanders (1): Union Leaders in the east, Philip Katcher, Richard Hook, Osprey Publishing, Great Britain, 2002

Wilderness campaign: may 1864, John Cannan, Da Capo Press, 1993

Meade of Gettysburg, Freeman Cleeves, University of Oklahoma Press, 1960


© José Luis Sánchez Hachero
sanchezhachero@hotmail.com 

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