miércoles, 26 de septiembre de 2012

Viaje al Líbano: en el museo del jabón de Sidón y la historia del jabón de Alepo



Dicen las más limpias crónicas de la Antigüedad que el jabón más puro del mundo podía encontrarse en la muchas veces milenaria ciudad de Alepo. Que se elaboraba en las fábricas de Bab el Quinnasrin  con aceite de oliva y que le añadían aceite de laurel, hidróxido de sodio y agua pura de manantial. Resultaba así una pasta que reunía las propiedades hidratantes y suavizantes de la oliva, la antiinflamatoria y antiséptica del laurel, al tiempo que un aroma embriagador que atrajo la atención de los sudorosos habitantes del oriente medio. Gracias a la habilidad de sus artesanos con esos sabores,  que daban ganar de morderlo más que de limpiarse, la ciudad de Alepo, que en árabe significa 'Leche Fresca', se granjeó una fama de comerciante y de limpia sin parangón. Decían de su jabón que resultaba especialmente beneficioso para las pieles sensibles y para las afectadas de soriasis, que hacía desaparecer la dermatitis y el acné, que embellecía y daba buen olor. Hoy Alepo no huele precisamente bien sino todo lo contrario y nadie podría imaginar a los barbudos artesanos de antaño fabricando quintales de los primeros jabones duros como piedras que fabricaba el ser humano en las rudimentarias fábricas enterradas hoy bajo sus ruinas.

Tal vez no fueron los primeros en producir el jabón que hoy conocemos porque los fenicios, un poco más al oeste de aquella mítica Alepo, ya fabricaban una amalgama semilíquida que utilizaban a modo de nuestro actual gel. Pero sí fueron los primeros en darle la forma cuadrada, dura, pétrea, con la que identificamos hoy al jabón. Dicen que los celtas usaban grasa de cabra y cenizas de abedul en sus pastillas, que los galos acudían al sebo de jabalí y cenizas de haya o que los egpcios se conformaban con una mezcla del natrón, que es un carbonato de sodio extraído de los lagos, y altramuces remojados en agua de lluvia. Lo importante, por lo que vemos, era la limpieza, quitarse la costra de inmundicia que, seamos señores o bellacos, se nos acumula en la piel. Lo cierto es que el jabón que fabricaban los vecinos de Alepo fue un éxito sin precedentes y que los fenicios, tan comerciantes ellos, regaron con el nuevo producto sus asentamientos por todo el Mediterráneo: Cádiz, Cartagena, Nápoles o Marsella acogieron las primeras olorosas partidas y, cuentan las crónicas, los avispados habitantes de esta última ciudad se quedaron con la copla para reproducirlo tiempo después en su afamado jabón de Marsella: claro que hay quien lo traslada unos siglos más tarde, cuando los francos volvieron de sus cruzadas en tierra santa para deslumbrar con sus rapiñas a las malolientes damiselas del Mediterráneo galo.

Con Alepo hecho una ruina y Siria en guerra, aquel primer jabón queda en el recuerdo, superado ya por la poderosa industria del buen olor y la limpieza corporal. Pero en el centro histórico de Sidon, la legendaria ciudad fenicia que hoy lleva el arabizado nombre de Saida, se levanta, solitario y escondido, el museo del jabón. Construido en el interior de una vieja casa de ladrillo del siglo XVII, Sidón reclama el recuerdo de aquellos tiempos en los que su pintoresca costa veía partir buques repletos de pastillas de jabón traídos del interior del país, de Alepo, o fabricados en las factorías de la misma ciudad de Sidón, o incluso de Trípoli, una ciudad algo más al norte que llegó a producir 40.000 quintales de jabón con destino Egipto. La peregrina idea surgió de un adinerado banquero, Raymond Audi, un vecino de la ciudad que salió para hacer fortuna y no volvió más: con el museo y con el jabón tal vez haya lavado la mala conciencia de los que nos vamos de nuestras cunas para no regresar. Dejando valoraciones fuera, el museo introduce al visitante en una de aquellas factorías antiguas, perdidas en el interior de sus laberínticas calles, apenas surcadas las sombras por algún caprichoso rayo de luz. Puede uno imaginar al babilónico en cuclillas, trabajando la pasta 3.000 años atrás, y puede también uno ponerse en la posición del aprendiz que cocinaba en un horno de piedra al lento fuego de leña la amalgama que luego tomaría forma de jabón, jabón del duro y del oloroso. En el siglo XVII los jabones de Sidón, de Saida para mis amigos musulmanes, era tan famoso que hay quien vuelve a identificar al jabón de Marsella, referencia mundial en esto de la limpieza, con aquel momento de febriles mercachifles: fenicios, cruzadas o barrocos, Marsella siempre mira a Oriente Medio para justificar sus orígenes.


Del jabón hablan las tablillas de los sumerios del tercer milenio antes de Cristo, y hablan los textos asirios y mesopotámicos, y hasta los papiros egipcios. Por no hablar de la misma Biblia, donde el profeta Malaquías dice de Yahvé que 'es como fuego purificador y como jabón de lavadores' y Jeremías que 'aunque te laves con soda y uses mucho jabón, la mancha de tu iniquidad está aún delante de mí' (dice el mismo Yahvé). Aseguran en el museo que el jabón surgió en Oriente Medio gracias a los huertos de olivos y a un arbusto llamado Salsola Kali, o planta de la 'sosa', que crecía en las cercanas estepas sirias y jordanas. Hoy Alepo es un un lugar poco recomendable que huele mal, hediondo de muerte y putrefacción, un sitio que ha perdido la fragancia de su más antigua aportación a la humanidad. Fundada en el segundo milenio antes de Cristo, la vieja Alepo ha caído muchas veces en guerras, saqueos, terremotos y temblores para volver a levantarse y ofrecer sus encantos al mundo. En Sidón todavía puede olerse el aroma de lo que fue Alepo.







©José Luis Sánchez Hachero
sanchezhachero@hotmail.com


lunes, 24 de septiembre de 2012

Viaje a Colombia: con los cuerpos como único arma



Aunque las ucranianas de Femen se lleven la fama, las protestas escritas en el cuerpo tienen precedentes anteriores. Aquí lo prueba una manifestación de mujeres colombianas que han sufrido la desaparicion forzada de sus hombres, maridos, hermanos, padres y etcetera. Dice la ONU y la fiscalia colombiana que en todo el pais pueden ser unos 50.000, que no es una cifra cualquiera sino de una magnitud tal que puede ser considerado genocidio.


Como protesta, estas mujeres se plantaron así ante el congreso de la nación, en la plaza de Bolívar, en pleno centro de Bogotá. En sus cuerpos va la protesta, el grito, el recuerdo de sus seres queridos y hasta el previo de las ucranianas, aunque esta protesta, en 2008, coincide en el tiempo con la formación de Femen.


Ellas dicen que la desaparicion forzada es una estrategia de guerra dirigida a miembros de organizaciones sociales, sindicatos y lideres comunitarios con la intencion de eliminar opositores politicos e infundir terror para obtener control social.





En la mayoria de los casos de desaparicion forzada, las victimas son objeto de torturas y posteriormente asesinato.





 © José Luis Sánchez Hachero
sanchezhachero@hotmail.com




domingo, 23 de septiembre de 2012

Fernando I del Perú y de Eldorado: la extraña historia de un pelele sevillano coronado rey del Amazonas



Fernando de Guzmán nació en el seno de una familia noble de Sevilla y murió rey de un imperio sin más fronteras que el verde de la selva. De las descripciones que lo mientan no queda más remedio que concluir: era un idiota. Pero no cualquiera: era un idiota útil que cayó en las redes de un grupo de delincuentes que jugó con su poco seso y lo elevó a la categoría de señor de Eldorado hasta que dejó de servirles.

La noticia de la más que posible existencia de Eldorado resonaba en todo el imperio y Hernando Pizarro, hermano del conquistador del Perú, no dudó en enviar un nutrido grupo de exploradores en pos del mito. Un mito que, como describe genialmente el escritor colombiano William Ospina en su trilogía sobre la loca expedición (El país de la Canela, Ursúa, y un tercer libro aún por aparecer, supuestamente se llamará La serpiente sin ojos) que tenía una alternativa por si eso del oro no terminaba de aparecer: grandes bosques de árboles casi mágicos que ofrecían canela como los limoneros ofrecen limones. Desde el antiguo reino inca, el oficial Pedro de Ursúa organizó una expedición de aventureros con lo que tenía más a mano. No se explica de otro modo que personajes como Lope de Aguirre, avejentado, cojo y de malas pulgas, participase en semejante proyecto. Aguirre fantaseaba con romper con la corona, pero su vida no le había permitido más que bregar como carne de cañón. Un ejército con 350 españoles y mil indios, más cientos de negros y mujeres, que no contaban en estas crónicas, se internó en la Amazonía buscando una ciudad de oro y grandes bosques de canela.

Desde el inicio de la aventura Aguirre rumia la posibilidad de hacerse con el mando, tantea a sus compañeros, mercenarios como él, sin nada que perder, y llega a la conclusión de que tiene el terreno abonado. Un aventura tan cinematográfica que para siempre quedará Aguirre unido al histriónico Klaus Kinski en aquella extraña película, Aguirre, la cólera de Dios, el trabajo de Werner Herzog. Ursúa dirige la expedición con desgana, más preocupado en retozar con su amante que en una cabal travesía. Aguirre, sin mucha oposición, mata a Ursúa y, conjurado con los suyos, elige como hombre de paja a un pelele. Fernando de Guzmán acepta liderar la expedición como general, liderarla de boquilla, claro, porque Lope de Aguirre ya es amo y señor del pequeño ejército. Desorientado por el cambio que ha tomado su vida, el cargo se le sube a la cabeza y repudia a la Corona española. El nuevo general firma unas capitulaciones ante un improvisado altar, presentes los sacerdotes de la expedición, los soldados, los esclavos y, de fondo, la selva. Los sublevados, embriagados por la jungla, se plantean volver sobre sus propios pasos y conquistar el Perú, pero creen tener más campo por delante. El delirio es total y colectivo y la expedición parece embriagada por alguna droga selvática más que por la soberbia de un loco y la ambición de unos fantoches.


Aguirre decide sustanciar su delirio con la primera independencia americana. En el documento, que obliga a firmar a todos casi que a la fuerza, se inscribe como ‘Lope de Aguirre, traidor’, para dejar constancia por escrito de la sublevación. “Caballeros, a todos nos conviene, para coronar por Rey a nuestro general, mi señor, en Panamá, que aquí lo elixamos y tengamos por Príncipe; y para esto yo digo que me desnaturo de los reinos de España, y que no reconozco por mí rey al de Castilla, ni por tal le tengo ni lo he visto... y de hoy más obedezco y tengo por mi Príncipe Rey y señor natural a D. Fernando de Guzmán, al cual entiendo coronar por Rey del Pirú”. A bordo de sus precarias embarcaciones, varios bergantines construidos por carpinteros de la expedición, sin más rumbo que la corriente, los rebeldes bajan el río Marañón y se internan en el Amazonas. A su alrededor paisajes nunca vistos, aves coloridas, indígenas hostiles y una extensión de árboles tan grande que no hay lugar para descansar la vista. Dice la crónica del viaje de Toribio Ortiguera que “puso don Fernando casa de príncipe con muchos oficiales y gentiles hombres.... comió desde entonces solo y servíase con ceremonias de príncipe.... comenzaba sus cartas, conductas y provisiones de esta manera: Don Fernando de Guzmán, por la gracia de Dios príncipe de Tierra Firme y de Pirú y del reino de Chile”.


El soberano de pacotilla quiso sacudirse la influencia de Lope temiendo que acabara con su vida. Otorgó cargos sin consultar al vasco y decidió la muerte de Aguirre. Pero el viejo soldado se olió la jugada, avisado por sus fieles, y se anticipó al sevillano. Guzmán murió en la época de lluvias de 1561 de dos disparos de arcabuz. Sus hombres de confianza, los que eligió para sustituir a Lope de Aguirre, fueron sus asesinos. El viejo soldado contó en una histriónica carta dirigida a Felipe II sus hazañas: “Y luego a un mancebo, caballero de Sevilla, que se llamaba D. Fernando de Guzmán, lo alzamos por nuestro Rey y lo juramos por tal, como tu Real persona verá por las firmas de todos los que en ello nos hallamos, que quedan en la isla Margarita en estas Indias; y a mi me nombraron por su Maese de campo; y porque no consentí en sus insultos y maldades, me quisieron matar, y yo maté al nuevo Rey y al Capitán de su guardia, y Teniente general, y a cuatro capitanes, y a su mayordomo, y a un su capellán, clérigo de misa, y a una mujer, de la liga contra mí, y un Comendador de Rodas, y a un Almirante y dos alférez, y otros cinco o seis aliados suyos, y con intención de llevar la guerra adelante y morir en ella, por las muchas crueldades que tus ministros usan con nosotros”. La expedición nunca volvió al Perú: salió por la desembocadura del Amazonas y llegó a la isla Margarita, donde Lope de Aguirre fue decapitado por los hombres de la Corona que tanto odiaba.


Bibliografía:
Ramón J. Sender, ‘La aventura equinoccial de Lope de Aguirre’
Toribio Ortiguera, Lope de Aguirre o La cólera de Dios

© José Luis Sánchez Hachero
sanchezhachero@hotmail.com


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