jueves, 9 de febrero de 2012

Fray Bartolomé de las Casas: el Garzón de cinco siglos atrás





El día de Pentecostés de 1514 Bartolomé de las Casas renunció a sus tierras y a sus esclavos en isla de La Española para dedicarse en cuerpo y alma a lavar su conciencia. En sus retinas aún se movían atormentados unos cuerpos que yacían insepultos en el lecho de un río medio seco tiempo atrás, cuando se asomaron curiosos a observar el paso de los estentóreos soldados de la corona española. Los taínos salían de sus aldeas para ver a esos extraños de cabellos brillantes y pelos en el rostro que decían venir en nombre de un dios desconocido. Sorprendieron a los soldados, cansados de la extenuante marcha, mientras afilaban sus espadas en los cantos rodados del lecho rocoso. Al grito de 'probemos el filo con esos indios' se produjo una masacre que el encomendero sevillano no pudo digerir y que marcó el inicio de su misión en este mundo: originar una gran indigestión a la corona española: una indigestión moral.

Necesitó décadas y ni aún así logró el cambio que reclamaba pero con paciencia, tenacidad y una desbordante personalidad, fray Bartolomé de las Casas al menos propagó el mensaje que atormentaba sus días: el exterminio nos aleja del ser humano que decimos ser. Cuando ocurrió su especial 'caída del caballo' llevaba doce años en tierra nueva, siguiendo los pasos de su padre, que llegó como colono, y en ese tiempo había sido minero, de los que rebuscaban pepitas en el fondo de los ríos, más tarde tuvo una encomienda, es decir, una concesión real para que hiciera rentable unas tierras con indígenas a su cargo, sintió explotar la conciencia y regresó a España para ordenarse religioso.

De todas las acusaciones que escuchó el sevillano la que más debió dolerle fue la de crear la leyenda negra de España, aprovechada sobre todo por los enemigos ingleses para justificar sus ataques contra la corona española, pero también la de exagerar los relatos para conseguir fama y autoexaltación. El historiador Ramón Menéndez Pidal lo califica, además, de enfermo mental y Pedro Borges, especialista en historia religiosa, ve en el sevillano a un vanidoso que no piensa tanto en los indios como en sí mismo. Algunos religiosos de su propia orden lo veían como un ególatra incapaz de escuchar a los demás, obsesionado por su imagen y por entender la justicia como una lucha eterna contra los valores establecidos. Los colonos de las Indias lo despreciaban porque defendía a lo que ellos consideraban bestias y temían que el empuje de aquel fraile les arrebatara haciendas y esclavos. Le recordaban sus tiempos de encomendero, aireaban sus tiempos como dueño de esclavos, en las colonias era un traidor.

 Por otro lado están los fríos datos: la población americana descendió de ochenta millones de almas a diez millones en dos siglos, un genocidio, conseguido con espadas y virus, aún por superar. Un ejemplo: los lucayos fueron trasladados desde las islas Bahamas a la península para peregrinar de circo en circo hasta extinguirse como raza.

Las Casas vuelve a España y se entrevista con el rey Fernando y con el cardenal Cisneros. Tanta pasión puso en su discurso que le idearon un título ex profeso, ‘Protector de los Indios’ y le otorgan otra encomienda, ésta en el norte de Venezuela, para que organizara un laboratorio indígena. Su experimento no funcionó porque los colonos, cruel zancadilla de la historia, se dedicaron a la trata de esclavos. Además, aprovechando un viaje del fraile a España, los nativos se rebelan y su particular sociedad feliz se va al garete. El sevillano se hace entonces dominico porque son de los pocos que critican el modo en el que se está colonizando el nuevo continente. Su empeño es notable y además de escribir encendidos discursos bucea en el derecho  en busca de fundamentos jurídicos para la abolición de la esclavitud. Frente a las tesis del sevillano se alzaron las de un cordobés de Pozoblanco, Juan Ginés de Sepúlveda, capellán de Carlos I y dominico también, un religioso que sin pisar América se convirtió en el principal defensor del imperio español, en base a sus conocimientos de Aristóteles, y en el más apasionado paladín de la conquista, colonización y evangelización de las nuevas tierras. El argumento era sencillo: las civilizaciones superiores tienen todo el derecho a dominar a las inferiores para sacarlas del salvajismo en el que viven y elevarlas al supremo nivel del evangelio.

El fraile sevillano, agotado de tantos viajes y de tantas discusiones teóricas, aún tiene tiempo para viajar a Guatemala y volver a levantar una nueva versión de su Utopía venezolana, esta vez con más éxito: aprende la lengua local y pacifica a los indígenas a través de versos y cánticos. El fraile sevillano, empeñado en demostrar que el indio es también humano, se entrevista con el emperador Carlos I y le convence de que hay que cambiar el sistema. El rey convoca al Consejo de Indias y, siguiendo los consejos del sevillano, el 20 de noviembre de 1542 promulga las ‘Leyes Nuevas’, por las que abole la esclavitud de los indios. Que se cumplieran o no es otro cantar. Además, el fraile consiguió que al menos dos religiosos estuvieran presentes en cada acción de conquista o colonia. Los avances fueron más sobre el papel que en la realidad así que Bartolomé se decidió a escribir sus recuerdos en lo que sería su obra más conocida, ‘Brevísima relación de la destrucción de las Indias’, donde muestra con toda su crudeza un auténtico genocidio y saqueo. Su combatividad le granjea numerosos enemigos, tanto en tierra nueva como vieja, sobre todo cuando asegura preferir a los indios desnudos y adorando a dioses extraños que sometidos a esclavitud. Las Casas llega incluso, en el colmo de un atrevimiento un tanto naif, a proponer la marcha de los españoles de las tierras descubiertas y esperar a que los reyes indios reclamen a la corona de los Austria para que los colonicen de buen grado.

Al final de su vida recibió el nombramiento de obispo de Cuzco, cargo que rechazó, y de Chiapas, que aceptó por imposición y donde dejó tan buen recuerdo que la capital del departamento se llama aún hoy ‘San Cristóbal de las Casas’. Murió en Madrid, a los 82 años, después de renunciar a su condición de obispo, cansado y abatido porque frente a la moral no luchaban molinos: eran gigantes. 


Bibliografía.

La conquista de América, El problema del otro, Tzvetan Todorov, Siglo Veintiuno Editores
Brevísima Relación de la destrucción de las Indis, Bartolomé de las Casas, Cátedra Letras Hispánicas, 14ª edición, Madrid, 2005.
Quién era Bartolomé de las Casas, Pedro Borges, ediciones RIALP S.A., Madrid, 1990
La controversia entre Ginés de Sepúlveda y Bartolomé de las Casas. Una revisión. Artículo de Francisco Fernández Buey, Universidad de Barcelona


© José Luis Sánchez Hachero
sanchezhachero@hotmail.com

miércoles, 8 de febrero de 2012

Viaje a la Amazonía: Nukak Makú, la muerte de una raza







En un cubo de basura de San José del Guaviare rebusca restos de comida un pequeño grupo de menesterosos. Es la gran fiesta del Joropo, el baile regional típico de los llaneros, la ciudad está encendida, los más hábiles bailarines de este complicado floclor han venido de todos los rincones de la selva y de los Llanos Orientales. Los puestos de comidas, la música vallenata de las atracciones, el timbre de la música llanera. Todo se entremezcla con el gentío que disfruta en el pabellón de deportes del agotador Joropo. Mientras, los menesterosos siguen rebuscando en la basura: restos de mamona, la típica carne a la llanera, trozos de pizza, de cuando en cuando un vendedor se apiada y les regala un refresco o un plato con restos.






























A nadie importa pero esas manos que se esfuerzan por encontrar un resto de comida continúan en unos cuerpos chatos y morenos, vestidos con camisetas demasiado grandes para sus cuerpos, las miradas desafiantes, los niños envueltos en sus juegos infantiles, las mujeres sujetas a rollos de cuerdas de hoja de palma con las que fabrican sus pulseras. A nadie importa, como digo, pero esos cuerpos rechonchos y esas miradas oscuras, escondidas bajo cejas depiladas y sin pestañas, son las de los últimos nukak makú, una raza en extinción. Los hombres deambulan por las puertas de los bares, puede que buscando alcohol. Las mujeres hacen círculos para atraer a los pocos turistas. ¿Cuánto por una pulsera? Diez mil, gesticula hosca una nukak. Acepto y espero paciente a que elabore una pulsera que confecciona a la medida, mi brazo sujeto al suyo. Al acabar hago una prueba: le doy mil. La nukak coge el billete, lo mira y se lo mete en el bolsillo. No conoce el valor del dinero. Uhmm, interesante: la detengo y le cambio el billete: es este, diez mil, no mil. Los nukak apenas hablan castellano y su idioma, una bacanal de chasquidos en los que predomina la letra i se me antoja ininteligible. La concejala de asuntos sociales de San José me lo confirma: no, no conocen el valor del dinero, pero lo buscan con insistencia. 'Mire si no cómo hay nukaks con los ojos verdes y sabrá que todo tiene un precio'. Pues sí, en San José, como en todas partes, todo tiene un precio y alguien dispuesto a pagarlo...


Bailarinas de joropo en San José del Guaviare
Nukak Makú elaborando pulseras en el mercado de San José del Guaviare


Una pena porque apenas quedan doscientos de aquellos dos mil que aparecieron a finales de los años ochenta pidiendo ayuda porque una infección los mataba por decenas. Los investigadores descubrieron que se trataba de un pueblo nómada, que vagaba por las selvas de la Amazonía y la Orinoquía en grupos de treinta individuos y que desde los graves sucesos protagonizados por los caucheros de Julio César Arana (El sueño del celta, de Mario Vargas LLosa) en el siglo XIX habían decidido desaparecer de la vista de los occidentales y esconderse selva adentro. En la década de los años sesenta los colonos volvieron a encontrarlos y la fricción acabó con varios indígenas muertos. A finales de los ochenta, los Nukak Makú salieron de nuevo, esta vez perseguidos por los cocaleros que ambicionaban las tierras por las que deambulaban para sembrar más hoja de coca. Y entre la imposibilidad de volver a la selva, infestada de guerrilleros de las FARC, campesinos coqueros, colonos y misioneros que, entre todos, acababan con sus vidas (a base de balas o de virus), los nukak conocieron las fascinantes bebidas de colores de los hombres blancos y sus grandísimas construcciones. Y eso que no salieron a Nueva York sino al minúsculo municipio de Calamar, en lo más profundo del departamento del Guaviare, capital de las FARC, con su emisora de radio revolucionaria y sus transacciones de mercancías comunes a cambio de gramos de pasta base de coca (este mismo blog, viaje a Colombia). Los nukak habían llegado a un punto de no retorno: la selva era demasiado peligrosa para ellos pero la civilización podría serlo más. Diez años después de su 'descubrimiento', en mil novecientos noventa y ocho, la comunidad nukak había disminuido hasta los mil individuos, gracias a sucesivos brotes de sarampión, meningitis, gripe, hepatitis y demás enfermedades desconocidas. Hoy sólo sobreviven entre doscientos y trescientos individuos.


Joven Nukak Makú acicalándose para salir a la ciudad


La desaparición de toda una raza ocurría a una velocidad de vértigo y el gobierno colombiano, ocupado entonces en lo más duro del conflicto contra las guerrillas, aún pudo levantar un exiguo programa de salud para evitar su desaparición total. Voy a verlos a Agua Bonita, en las afueras de San José. Es difícil hablar con ellos, apenas entienden el castellano y tampoco tienen mucho interés: los blancos les damos cierto asquito. Hoy están, además, enfadados porque aún no ha llegado el camión con mercancías que el gobierno les envía semanalmente. 'Se han acostumbrado a recibir comida y no hacen nada más por conseguirlo, incluso están olvidando sus ancestrales técnicas de caza', me cuenta el guía, Yolver, mientras torea con éxito las miradas furibundas del líder de la aldea, un tal Schneider. ¿Y ese nombre? ¡Sabe Dios!

Schneider se coloca bien la camiseta en su aldea de Agua Bonita con cierto malestar


Los Nukak Makú se extinguen y aún es posible verlos así que acuda rápido antes de que agonice el último, trate de engañarles con el precio de las pulseras, podrá ahorrarse unos céntimos de euros aprovechando su ignorancia, véalos bebiendo colas, probándose pantalones, jugando con monos minúsculos que cazaron en la selva, a los Nukak no les queda ya mucho tiempo pero con unos billetes y pocos escrúpulos todavía es posible revolcarse con una hembra de una raza en extinción. Y si llega tarde, no se apure: Survival nos avisa de que en el Perú ha sido contactada una nueva raza desconocida: etnias aisladas en el Perú, y dicen los científicos y antropólogos que en todo el planeta todavía pueden ser cien las razas que se esconden en la floresta. Disfrútelos antes de que desaparezcan y nos entreguen a cambio una raya de cocaína o un litro de gasoil.





 © José Luis Sánchez Hachero
sanchezhachero@hotmail.com

lunes, 6 de febrero de 2012

Diego de Alvear: la fortuna cordobesa del Odyssey



Diego de Alvear volvía a su Montilla natal, en Córdoba, después de una vida dedicada a abrir fronteras cuando una escuadra inglesa interceptó su flotilla frente a las costas del Algarve portugués. Diego, que dominaba el inglés, además de tupí, guaraní y otras seis lenguas, pasó a la nave principal de los agresores como traductor cuando los británicos, como aviso, dispararon una salva con tan mala suerte que el tiro cayó sobre la fragata ‘Nuestra Señora de las Mercedes’, la hundió, y con ella la fortuna de Alvear, acumulada durante toda una vida. Y con la fortuna, su esposa, ocho de sus nueve hijos y un sobrino. Y las copias únicas de los escritos donde recreaba sus descubrimientos en tierra nueva. El cordobés, por si fuera poco, fue conducido a Gran Bretaña con el resto de la flotilla, preso y desconsolado.

El incidente dio fama al de Montilla: en Inglaterra su historia provocaba llantos y el gobierno británico, avergonzado, acordó devolverle parte de sus riquezas perdidas. Alvear, eso sí, debía de tener un espíritu alegre: durante su cautiverio conoce a una joven británica, Luisa Ward, con la que tuvo otros diez hijos. Borraba así su anterior vida, la que había comenzado treinta años atrás como guardiamarina en la colonia de Sacramento, una plaza en permanente disputa entre lusos, británicos y españoles como punta de lanza para asegurarse el comercio del sur del continente americano. El de Montilla formó parte del ejército de Pedro de Cevallos, un gaditano que derrotó a los portugueses en Sacramento, creó el virreinato del Río de la Plata y se erigió en su primer virrey. Diego se adentró en los desconocidos territorios ribereños, aprendió tupí y guaraní, levantó las fronteras entre los ríos Paraguay y Paraná, escribió tratados sobre botánica y etnología, y consiguió el grado de general. El cordobés deja atrás además una leyenda: José Ignacio Hamilton, en su libro Don José, la Vida de San Martín, asegura que Diego de Alvear es nada menos que el padre del libertador del cono sur, hijo ilegítimo producto de sus amores con una india guaraní, la bella Rosa Guarú, pero que decidió ocultarlo para no causar discusiones entre los suyos. Años después, José San Martín rechazó a las tropas españolas y consiguió la independencia de la región que su supuesto padre puso a los pies de la corona española.


Pero esa vida anterior se había hundido en el mar. Ahora vivía a medio camino entre Montilla y Londres, el inquieto Alvear gestionaba las bodegas que fundó su abuelo, defendió Cádiz de los ataques franceses, rindió la flotilla del general galo Rosilly y fue nombrado gobernador militar de San Fernando. Sus últimos años los pasa apoyando la causa liberal y detenido en repetidas ocasiones por eso mismo. Diego de Alvear murió en 1830 sin saber si tenía fortuna y honores o no, tantas veces se los retiró el vil Fernando VII. Nunca hubiera sospechado que su fortuna hundida terminaría en un litigio entre el gobierno de España y una compañía de cazatesoros que lo recuperó del fondo del mar y que el hijo que tuvo con aquella india correntina terminaría separando las tierras que tanto amó de la corona que tanto defendió.


Bibliografía: 
Don José, la vida de San Martín, José Ignacio García Hamilton, Editorial Sudamericana,
Seamos libres y lo demás no importa nada (Vida de San Martín), Norberto Galasso, Colihue, Buenos aires, 2007
          Combate de Trafalgar, Manuel de Marliani, Imprenta Matute, Madrid, 1850



© José Luis Sánchez Hachero
sanchezhachero@hotmail.com


domingo, 29 de enero de 2012

viaje a Cachemira: la mezquita y el hambre

En el centro de la capital de Cachemira, Srinagar, un voluntario de la mezquita Dastgir Saheb se encarama al techo de un cobertizo anexo y la multitud se arremolina a sus pies. Lleva un cubo, todos lo miran con ansiedad, incluso algunos cuervos sobrevuelan la escena, se respira nerviosismo, varias mujeres gritan. La mezquita es uno de los atractivos de la bonita capital cachemir, es de madera, la gente es afable, nadie pone problemas para entrar y mezclarte entre los fieles, está junto a la tumba de uno de los hombres más famosos de la historia: Rozabal Shrine, el lugar sagrado que guarda los restos de uno de los profetas del Corán: Jesucristo. Los cachemires están convencidos de que esto no es broma. El hombre subido en el techo del cobertizo mete la mano en el cubo y lanza algo a la muchedumbre. Las manos se alzan implorantes al cielo, se entrelazan, se disputan cada centímetro cuadrado de un aire que se les escurre entre los dedos. Por fin cae algo: es un trozo de carne, carne cruda, carne grasa. Alimento, en definitiva. La muchedumbre oscila siguiendo al caprichoso benefactor, ora arriba, ora abajo, ahora se empujan, ahora sonríen. Una mujer ha subido por algún rincón que no alcanzo a ver, el benefactor de dudosa moralidad le recrimina ostentosamente, la echa a voces. Dos niños la siguen pero no captan la atención del estudiante. Del talib. Los niños se hacen con trozos de carne cruda, la guardan en un bolsillo de la camisa, se la guardan incluso en los pantalones. En una esquina, un piadoso señor reparte arroz cocinado entre los feligreses. Las manos vuelven a alzarse, algunos traen plásticos para no malgastar ni un grano. Nadie puso objeciones a que grabara la escena...



Cachemira perdió hace tiempo su principal fuente de ingresos, el turismo. Dicen los comerciantes que por cada día de toque de queda pierden 14 millones de euros. Sólo en 2008 hubo cien días de toque de queda. El bloqueo de la carretera con la cercana región de Jammu, poblada sobre todo por hindúes, les cuesta cien millones de euros al año. Turismo, artesanías y agricultura son los tres pilares de la economía de esta azotada región compartida por la India y Pakistán. Una región en disputa desde hace décadas que tiene en vilo a dos países porque tanto el gobierno de Nueva Delhi como el de Islamabad se han armado en los últimos años con bombas atómicas y están dispuestas a utilizarlas para mantener la titularidad de esta tierra que muchos identifican con Shangri-La, el paraíso terrenal, un paraíso de altas montañas, profundos y verdes valles, jardines exuberantes y gente encantadora. Encantadora pero pobre, y pobres con hambre. Todo comenzó en 1947, cuando la guerra civil entre hindúes y musulmanes dio paso al nacimiento de dos países, India y Pakistán, en estado de fricción permanente desde entonces. Los musulmanes caminaron hacia el norte, para formar un estado islámico. Los hindúes, a lo que hoy es la India. En el norte del país, los musulmanes de Cachemira optaron por Pakistán pero el maharajá de la región pidió ayuda a la India, que respondió enviando un nutrido contingente militar para mantenerlo bajo su tutela. Hasta hoy. Una región militarizada, con los escenarios bélicos más altos del mundo, casi un millón de soldados indios y muyahidines listos para sabotear a los enemigos. Un contexto que no invita precisamente al turismo, ni a la exportación de sus celebérrimas telas. Un contexto, pues, de hambre.

Un contexto, el del hambre, que se expande en ondas concéntricas hasta abarcarlo todo.


© José Luis Sánchez Hachero
sanchezhachero@hotmail.com

martes, 24 de enero de 2012

Viaje a Colombia: falsos positivos


Miguel Enrique Jiménez Chamorro salió de su casa de Toluviejo, en el departamento de Sucre, nervioso y maqueado, se despidió de sus padres con la esperanza de que el aviso que leyó en la prensa fuera el de la suerte y sus días dejaran de ser tan largos como tediosos. Fue la última vez que los vio y la última vez que lo vieron. Vivo al menos. Desde el retrato en blanco y negro que sujeta su padre en la plaza Bolívar de Bogotá Miguel Enrique nos mira a nosotros, los vivos, con gesto serio, sus labios fruncidos, su pelo crespo, rezuma juventud y parece abstraído, tal vez desde el otro mundo aún no ha asumido que está muerto porque él, recuerden, sólo había salido un momento, un momentico. Su sola presencia es un grito silencioso, callado, embutido en su traje de chaqueta, parece que le apriete la corbata. Sus padres no volvieron a verlo así. Había salido vestido de elegante para probar suerte en una oferta de trabajo. Como él, otros diez jóvenes acudieron a la trampa que les costaría la vida. El cebo era una oferta de trabajo con un sueldo de algo menos de trescientos euros al mes. El tramposo: el mayor Orlando Arturo Céspedes, segundo comandante de la Fuerza de Tarea Conjunta de Sucre. No fue el único. En busca y captura se encuentra el comandante de la base: Luis Fernando Borja Aristizábal. Los once jóvenes fueron secuestrados, vestidos de guerrilleros y asesinados a tiros. Sus cadáveres aparecieron acribillados, vestidos de subversivos, objetivos de los fotógrafos de prensa, a los pies de unos soldados orgullosos por haber cumplido con su deber. Miguel Enrique entró entonces a formar parte de la estadística con la que el ejército colombiano sorprende a sus ciudadanos. Los gloriosos militares habían acabado con todo un grupo de guerrilleros de las FARC. La realidad era más dura porque sólo eran once jóvenes sin empleo a los que engañaron con una falsa promesa de trabajo para poder matarlos mejor.


Lo peor de todo es que detrás de esas muertes se esconde el cobro de una recompensa. Desde 2005, gracias al esfuerzo del entonces ministro de defensa, Camilo Ospina, el gobierno colombiano premia a sus soldados por cada guerrillero o paramilitar muerto en combate con algo menos de dos mil dólares. Desde aquel caramelo envenenado, los militares colombianos han asesinado a cientos de civiles inocentes: en la fiscalía constan 1043, las asociaciones hablan de más de dos mil quinientas personas, en la calle se habla incluso de cinco mil. Cientos de ciudadanos que no eran ni guerrilleros ni paramilitares, me refiero. Cientos de recompensas que resultaron mucho más fáciles de cobrar que enfrentarse a esos cientos de guerrilleros o paramilitares que, entre otras cosas, pueden defenderse y hasta matar soldados. Sin duda, un trabajo honorable, un trabajo bien hecho, un dinero fácil y una tarea heroica. Tras cada muerte se esconde una recompensa, una fotografía en los diarios, el minuto de gloria en la televisión, un apretón de manos del superior jerárquico, unas palabras pomposas del político de turno alabando la labor de los cuerpos y fuerzas de seguridad del estado en la eterna lucha contra Eurasia. Perdón: contra el terrorismo. A los pies están los muertos, muertos acribillados, balaceados, tiroteados. Son agricultores de zonas remotas, jóvenes delincuentes de barrios conflictivos, indigentes que duermen en la calle, niños mendigos, opositores de izquierda, sindicalistas. Son desechos de la sociedad, gente que no tenía que protestar, son un sobresueldo para oficiales, para soldados obedientes, son estadísticas para tranquilizar a los lectores de la prensa.


                                                            

Le propongo un ejercicio de imaginación. Imagine que su hijo ha desaparecido, que lo busca por todas partes, que no aparece, que se pone en lo peor y que un mal día, su hijo aparece, muerto, acribillado, vilipendiado, dicen que es una basura, un guerrillero, que se merece lo que le ocurre y que bien muerto está. Imagine que lo ve tumbado sobre la camilla, los agujeros de las balas han desgarrado su cuerpo, su pecho reventado, su rostro sobresaliendo de una bolsa de plástico. Imagine ahora que se introduce usted mismo en esas bolsas, bolsas de cadáveres, bolsas de muerto, bolsas que te traen el recuerdo de su hijo muerto, de las noches de infructuosa espera, las lágrimas, el horror. El horror más grande pero usted, campesina iletrada de una aldea remota de alguna selva colombiana, recorre miles de kilómetros para meterse en esa bolsa de cadáveres donde reposó su hijo, Miguel Enrique, al que despediste con una sonrisa porque estaba usted seguro de que, esta vez sí, encontraría trabajo. Y lo hace ante el parlamento de su país para que, al menos provocando vergüenza, alguien ponga fin a esa indignidad. Pero póngase en algo peor: póngase en que nadie le escucha y que nadie le mira. Así protestaron decenas de agricultores venidos de las zonas rurales más remotas de Colombia.



El valeroso mayo Orlando Arturo Céspedes, responsable de la muerte de esos once jóvenes, once que sepamos, ha sido capturado recientemente gracias a la tarea de la fiscalía de la unidad nacional de derechos humanos y derecho internacional humanitario. El comandante Fernando Borja sigue en paradero desconocido.


Todo comenzó en Soacha, un municipio pegado a Bogotá, a finales de 2008. Diecinueve jóvenes de esta ciudad, y algunos más de la conflictiva Ciudad Bolívar, una enorme extensión de barrios humildes al sur de la capital formada, sobre todo, por refugiados de la guerra, desaparecieron de pronto y apenas unas horas después volvieron a aparecer, todos muertos y engrosando las filas de la guerrilla: habían fallecido en varios enfrentamientos con el ejército. El escándalo creció como el pan en el horno, los casos se multiplicaban por todo el país. Alguien me contó en Bogotá que un soldado recibió la orden de ejecutar a un peligroso guerrillero que resultó ser su propio hermano. De pronto el asesinato era más lucrativo que nunca: sólo hacía falta una bala y un uniforme roñoso de guerrillero para que el estado te pagara un sueldo ocho veces superior al que gana un colombiano medio. Philip Alston, relator de la ONU para este caso en concreto, denunció que la impunidad alcanzaba el 98.5% de los casos. Los familiares de los desaparecidos y de los falsos positivos, como se dio a conocer el caso en Colombia (positivo es un enemigo muerto en jerga castrense) montaban espectáculos por doquier, en la plaza Bolívar de Bogotá, ante la fiscalía general, montaban campamentos, organizaban largas caminatas. La cifra de inculpados no crecía: si acaso, disminuía. Decenas de militares encausados en estos crímenes salían en libertad, y siguen saliendo, porque sus casos, decían los jueces, habían vencido (¡!!). El ministro que encabezaba la cartera de Defensa cuando el escándalo se hizo público no sólo no dimitió: hoy es el presidente del país. El ejército inició una purga, eso es cierto, pero una purga pequeña, una purguita, podríamos decir.







Rosa tiene la foto de un muchacho en una secuencia. Ha venido desde el norte del Magdalena Medio, dice. Ha dejado su rancho, sus gallinas estarán pasando hambre, cae al pronto preocupada, quién regará su huerto, cómo de sucia estará la casa. En una foto se ve a un muchacho regordete, serio y con bigote, el pelo corto y crespo, abundante, me da envidia porque me estoy quedando calvo a marchas forzadas. El muchacho no es tan muchacho porque en un año cumplirá cuarenta. Cumpliría cuarenta. Lleva un polo azul manchado y roto por el cuello. Unos raídos vaqueros, en una mano agarra una azada. En la siguiente foto hay un cuerpo desnudo tumbado en una camilla. Está amoratado, no tiene bigote reconocible, el labio superior está hinchado, le ha desaparecido un ojo, su pecho muestra varios orificios que parecen de bala. No parece el mismo hombre pero Rosa asegura que sí, que es el mismo, y que ambos son su hijo.



Hace apenas una semana fueron capturados otros cinco militares por asesinar indigentes para ‘falsos positivos’: FALSOS POSITIVOS. Los asesinatos, pues, siguen, a pesar de que Juan Manuel Santos, hoy presidente de la nación, cerró el caso en 2009 asegurando que se trataba de hechos acontecidos en el pasado que jamás volverían a repetirse. Pero sí, se repiten y Santos hoy es, insisto, presidente del país.



Y son los indigentes los que engrosan en mayor número los falsos positivos. En el invierno de 2009 volvía a casa por la avenida Séptima de Bogotá, tras una noche de copas, cuando un amigo comenzó a dar gritos en la noche. Las calles estaban vacías, era ya madrugada, y un cuatro por cuatro estaba aparcado en la acera en una ciudad donde los coches no aparcan en las aceras. Un vehículo con placas oficiales. Cuatro indigentes caminaban como zombies, completamente colocados, tras un tipo cubierto con un casco de moto, rumbo al cuatro por cuatro. Yo no caí en nada hasta que mi amigo comenzó a gritar. ‘Hijueputas, huyan, huyan, los van a matar’. Pensé que el alcohol le había hecho un extraño efecto pero el cuatro por cuatro arrancó a toda prisa y se perdió por la avenida. Los indigentes, inmersos en su propio mundo, siguieron deambulando sin comprender. Una moto apareció de la nada mientras el tipo del casco se nos acercó intimidante y nos amenazó de muerte. ‘Seréis los próximos’, nos dijo, se montó de paquete en la moto y desapareció en la noche. La amenaza no era una broma. Mis amigos dejaron de frecuentar el centro de la ciudad por unos meses. Les habíamos hecho perder casi ocho mil dólares.



©José Luis Sánchez Hachero
sanchezhachero@hotmail.com



















Estas son las notas que escribí entonces, muy afectado por esta historia. Las dejo tal cual.






 
Los muertos no sienten ni padecen.
Al menos, que sepamos nosotros.
El cadáver entra en la bolsa para cadáveres y ahí se queda. Sus heridas manchan el blanco inmaculado de la bolsa, puede que de rojo, puede que de marrón, puede que de verde, incluso en algunos casos me han dicho que de amarillo. Los muertos no son muy limpios y no tienen habilidad para evitar las manchas.
Los vivos sí. Si no están borrachos ni alterados, evitan manchar, sobre todo si van a permanecer algún tiempo dentro de la bolsa.
Claro que ¿quién en su sano juicio querría permanecer vivo largo tiempo dentro de una bolsa para cadáveres? El aire fresco del exterior es mucho más reconfortante que una bolsa para cadáveres. Por muy blanca que sea, produce angustia, da mal rollo.
Estoy delante de decenas de personas que se meten voluntariamente dentro de bolsas para cadáveres y veo cómo se agitan nerviosas. Algunas sonríen apesadumbradas, otras no sonríen porque el pesar les puede, otras se ríen abiertamente porque les parece gracioso. Cuando están dentro de las bolsas para cadáveres se tumban en el suelo y se hacen pasar por muertos. El público mira la escena horrorizado pero hay un ronroneo de comentarios interrumpidos tan sólo de cuando en cuando por el flash de alguna cámara. De todos modos, no hay mucha gente, la escena no es muy atractiva y a pocos metros hay payasos, grupos callejeros que tocan música tropical y atractivas muchachas con pantalones muy ceñidos.Los falsos cadáveres no pueden permanecer mucho tiempo en total quietud. Alguno se mueve buscando la mejor postura, otro se agita nervioso porque lo está pasando realmente mal dentro de su bolsa para cadáveres. Muchos sujetan como pueden una foto, que colocan a modo de lápida. Son fotos de personas que miran serios al espectador. Una señora hace auténticos equilibrios para sujetar con dos dedos la foto de un señor con bigote que mira muy serio a cámara. Los dedos salen misteriosos de un fondo blanco que se estira desde el interior de la bolsa para cadáveres.
Un señor, asfixiado, saca la cabeza de la bolsa para cadáveres y asoma sobre una foto de un muchacho con un tenue bigotito que también mira serio a la cámara. Con una mínima observación puede notarse el parecido del señor que saca su cabeza de la bolsa para cadáveres porque se asfixia con el muchacho que mira circunspecto al infinito. El parecido es extraordinario, parece él mismo años atrás.


En una de las bolsas para cadáveres alguien ha colocado un cartelito escrito a máquina. ‘Fosa común de Turbo’. Turbo es una ciudad que está cerca de la frontera entre Colombia y Panamá. Luego estas bolsas simulan provenir de una fosa común. Atamos cabos para comprender la acción que se desarrolla a nuestros pies. Otra bolsa para cadáveres muestra otro cartel. Y otra más allá. Fosas comunes. Imitan a los cadáveres encontrados en fosas comunes en distintas partes del país.
Y las fotos son los muertos encontrados en esas fosas comunes. Ahora es más comprensible.





Pero, ¿quiénes son estas personas que se introducen en esas bolsas para cadáveres sin serlo ellos mismos? ¿Por qué colocan las fotos de los cadáveres mirando serios al infinito?
Son sus familiares, susurra alguien.
¿Sus familiares? ¡Cómo va el familiar de un muerto a hacerse pasar por muerto y reproducir el tránsito de su familiar de la tierra al más allá! ¡No me lo creo!






 Todo comenzó cuando el gobierno pensó que sería una buena idea recompensar a los militares por la captura de esos molestos guerrilleros que alborotan parte del país. Por cada subversivo muerto, les dijeron, les daremos tanto dinero. Y los militares se esforzaron en encontrar nuevos campamentos, en desarticular comandos urbanos, comandos rurales. Un día alguien pensó que ya estaba bien de tanto trabajo: en los barrios pobres, que son la mayoría, pululan miles de ladronzuelos, de traficantes, prostitutas, y qué decir de las veredas perdidas, donde los campesinos sobran porque en este país no caben todos. La idea cundió, se arraigó, se extendió, prendió en la mente de los soldaditos, de los oficialitos, de los altos carguitos, de los cargos altos, del mismo alma del ejército nacional. Los soldados patrullaban las calles de Soacha, por ejemplo, y veían que aquellos dos muchachetes tienen mala pinta, que diría aquel. Los metían en un coche y no se les volvía a ver. Vivos, claro, porque muertos sí que aparecían. Vestidos de guerrilleros, con multitud de golpes, atravesados por balas, destrozados.
Dicen que demostrados hay más de mil cuatrocientos casos pero que pueden ser más de cinco mil. Cinco mil casos son muchos casos. Y mucho dinero en recompensas.




Una mujer, a mis pies, transmuta su rostro en zarza ardiente. Sufre, es evidente, los músculos de su cara se contraen, sus labios apretados denotan tensión, achica los ojos y sube, con sus manos regordetas, la bolsa hasta la altura de su frente. Se esconde mientras intenta sentir lo que sintió su familiar cuando entró en una bolsa como aquella.
Pero qué tontería: su familiar no pudo sentir nada porque cuando entró en una bolsa como aquella ya era un cadáver. Porque es una bolsa para cadáveres. Ya era carne inerte, carne macilenta, golpeada, su sangre ya no fluía, su corazón no latía ni sus ojos veían el blanco inmaculado de la bolsa para cadáveres. Claro que ella sí. Es indígena, la delatan sus rasgos, y en su cultura la muerte tiene una connotación de alegría que su mueca no transmite. Su hijo murió por chorizo, miren qué pinta tiene el mozo, cómo no va a morir. Ese cabello largo por la nuca, esas sienes afeitadas, cuántas carteras no habrá robado en vida. Quién lo va a echar en falta más que su madre, porque madre no hay más que una. Cómo iba a imaginar el soldado que lo fusiló que también lo echaría en falta yo, que no soy ni del país, usted, que me lee, aquel grupo de derechos humanos, qué alboroto por un simple ladronzuelo, este mundo va al revés, ver para entender.



Entras en una bolsa destinada a recibir cadáveres. Te metes e intentas imaginar cómo es ser un cadáver. Y no cualquiera. No. Imaginas cómo debió de ser el momento en el que tu hijo entró en una bolsa como aquella mientras tú estabas en casa preguntándote a cada minuto qué habría sido de él. Imaginas que eres tu propio hijo muerto y representas ese fúnebre teatrillo ante las puertas del congreso de la nación. Precisamente el que tuvo la idea que costó la vida a gente como tu hijo. Permaneces inmóvil, expectante. Te molesta el latido de tu corazón porque te recuerda que estás viva y que tu hijo no lo estaba cuando entró en su bolsa para cadáveres. Aunque cierres los ojos el bum bum de tu corazón te molesta. Porque además se acelera y suena tan fuerte que no escuchas ni siquiera el murmullo de los espectadores. ¡Qué molesto es tener corazón!
De pronto sacas la cabeza porque te ahogas aunque tengas aire de sobra. Ves a la multitud, te deslumbra un flash, ves un foco de televisión.





Y más allá, ves sombras que rodean la protesta.
Y ves que son ellos, que han vuelto, y que esta vez irán a por ti. Son los soldados desplegados para evitar que se produzcan disturbios a las mismas puertas del congreso de la nación. Puede que alguno de ellos introdujera el cadáver de tu hijo en una bolsa para cadáveres como la que ocupas tú ahora mismo. Y sientes deseos de morirte de verdad.
Luego te levantas, recoges tu bolsa, cargas con tus heridas a cuestas y te pierdes por la calle Séptima, mezclándote con las muchachas de pantalón ceñido, los grupos de música tropical, los mimos y los carteristas. Se respira alegría y animación, es viernes, la gente sale y se divierte. Tú ya no te diviertes ni te divertirás nunca más porque has estado dentro de la bolsa para cadáveres y has sentido lo que sintió tu hijo muerto, si es que sintió algo, y ahora tendrás que vivir con eso para el resto de tu vida.


martes, 17 de enero de 2012

Viaje a Cuba: los combatientes cubanos de Angola cantan en Santiago


En el punto álgido de la guerra civil de Angola hasta sesenta mil cubanos estuvieron luchando en África para apoyar al gobierno revolucionario del MPLA (Movimiento Popular de Liberación de Angola), un partido de raíz comunista. Más de dos mil murieron en las selvas angoleñas. En mi viaje a Cuba encontré antiguos combatientes en Angola, en Etiopía, en Mozambique, hasta en Argelia... Vestigios vivos de un extraño pasado, el de Cuba, un país pequeño pero muy presente en el panorama internacional. Muchos te enseñan sus cicatrices. 

Estos dos combatientes de guitarra y trova prefirieron cantarme una canción...







© José Luis Sánchez Hachero
sanchezhachero@hotmail.com

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