domingo, 23 de septiembre de 2012

Fernando I del Perú y de Eldorado: la extraña historia de un pelele sevillano coronado rey del Amazonas



Fernando de Guzmán nació en el seno de una familia noble de Sevilla y murió rey de un imperio sin más fronteras que el verde de la selva. De las descripciones que lo mientan no queda más remedio que concluir: era un idiota. Pero no cualquiera: era un idiota útil que cayó en las redes de un grupo de delincuentes que jugó con su poco seso y lo elevó a la categoría de señor de Eldorado hasta que dejó de servirles.

La noticia de la más que posible existencia de Eldorado resonaba en todo el imperio y Hernando Pizarro, hermano del conquistador del Perú, no dudó en enviar un nutrido grupo de exploradores en pos del mito. Un mito que, como describe genialmente el escritor colombiano William Ospina en su trilogía sobre la loca expedición (El país de la Canela, Ursúa, y un tercer libro aún por aparecer, supuestamente se llamará La serpiente sin ojos) que tenía una alternativa por si eso del oro no terminaba de aparecer: grandes bosques de árboles casi mágicos que ofrecían canela como los limoneros ofrecen limones. Desde el antiguo reino inca, el oficial Pedro de Ursúa organizó una expedición de aventureros con lo que tenía más a mano. No se explica de otro modo que personajes como Lope de Aguirre, avejentado, cojo y de malas pulgas, participase en semejante proyecto. Aguirre fantaseaba con romper con la corona, pero su vida no le había permitido más que bregar como carne de cañón. Un ejército con 350 españoles y mil indios, más cientos de negros y mujeres, que no contaban en estas crónicas, se internó en la Amazonía buscando una ciudad de oro y grandes bosques de canela.

Desde el inicio de la aventura Aguirre rumia la posibilidad de hacerse con el mando, tantea a sus compañeros, mercenarios como él, sin nada que perder, y llega a la conclusión de que tiene el terreno abonado. Un aventura tan cinematográfica que para siempre quedará Aguirre unido al histriónico Klaus Kinski en aquella extraña película, Aguirre, la cólera de Dios, el trabajo de Werner Herzog. Ursúa dirige la expedición con desgana, más preocupado en retozar con su amante que en una cabal travesía. Aguirre, sin mucha oposición, mata a Ursúa y, conjurado con los suyos, elige como hombre de paja a un pelele. Fernando de Guzmán acepta liderar la expedición como general, liderarla de boquilla, claro, porque Lope de Aguirre ya es amo y señor del pequeño ejército. Desorientado por el cambio que ha tomado su vida, el cargo se le sube a la cabeza y repudia a la Corona española. El nuevo general firma unas capitulaciones ante un improvisado altar, presentes los sacerdotes de la expedición, los soldados, los esclavos y, de fondo, la selva. Los sublevados, embriagados por la jungla, se plantean volver sobre sus propios pasos y conquistar el Perú, pero creen tener más campo por delante. El delirio es total y colectivo y la expedición parece embriagada por alguna droga selvática más que por la soberbia de un loco y la ambición de unos fantoches.


Aguirre decide sustanciar su delirio con la primera independencia americana. En el documento, que obliga a firmar a todos casi que a la fuerza, se inscribe como ‘Lope de Aguirre, traidor’, para dejar constancia por escrito de la sublevación. “Caballeros, a todos nos conviene, para coronar por Rey a nuestro general, mi señor, en Panamá, que aquí lo elixamos y tengamos por Príncipe; y para esto yo digo que me desnaturo de los reinos de España, y que no reconozco por mí rey al de Castilla, ni por tal le tengo ni lo he visto... y de hoy más obedezco y tengo por mi Príncipe Rey y señor natural a D. Fernando de Guzmán, al cual entiendo coronar por Rey del Pirú”. A bordo de sus precarias embarcaciones, varios bergantines construidos por carpinteros de la expedición, sin más rumbo que la corriente, los rebeldes bajan el río Marañón y se internan en el Amazonas. A su alrededor paisajes nunca vistos, aves coloridas, indígenas hostiles y una extensión de árboles tan grande que no hay lugar para descansar la vista. Dice la crónica del viaje de Toribio Ortiguera que “puso don Fernando casa de príncipe con muchos oficiales y gentiles hombres.... comió desde entonces solo y servíase con ceremonias de príncipe.... comenzaba sus cartas, conductas y provisiones de esta manera: Don Fernando de Guzmán, por la gracia de Dios príncipe de Tierra Firme y de Pirú y del reino de Chile”.


El soberano de pacotilla quiso sacudirse la influencia de Lope temiendo que acabara con su vida. Otorgó cargos sin consultar al vasco y decidió la muerte de Aguirre. Pero el viejo soldado se olió la jugada, avisado por sus fieles, y se anticipó al sevillano. Guzmán murió en la época de lluvias de 1561 de dos disparos de arcabuz. Sus hombres de confianza, los que eligió para sustituir a Lope de Aguirre, fueron sus asesinos. El viejo soldado contó en una histriónica carta dirigida a Felipe II sus hazañas: “Y luego a un mancebo, caballero de Sevilla, que se llamaba D. Fernando de Guzmán, lo alzamos por nuestro Rey y lo juramos por tal, como tu Real persona verá por las firmas de todos los que en ello nos hallamos, que quedan en la isla Margarita en estas Indias; y a mi me nombraron por su Maese de campo; y porque no consentí en sus insultos y maldades, me quisieron matar, y yo maté al nuevo Rey y al Capitán de su guardia, y Teniente general, y a cuatro capitanes, y a su mayordomo, y a un su capellán, clérigo de misa, y a una mujer, de la liga contra mí, y un Comendador de Rodas, y a un Almirante y dos alférez, y otros cinco o seis aliados suyos, y con intención de llevar la guerra adelante y morir en ella, por las muchas crueldades que tus ministros usan con nosotros”. La expedición nunca volvió al Perú: salió por la desembocadura del Amazonas y llegó a la isla Margarita, donde Lope de Aguirre fue decapitado por los hombres de la Corona que tanto odiaba.


Bibliografía:
Ramón J. Sender, ‘La aventura equinoccial de Lope de Aguirre’
Toribio Ortiguera, Lope de Aguirre o La cólera de Dios

© José Luis Sánchez Hachero
sanchezhachero@hotmail.com


jueves, 20 de septiembre de 2012

Viaje a Jerusalem: a tortas en el Santo Sepulcro



El 10 de abril de 1846, 20.000 peregrinos procedentes de las regiones cristianas de Oriente Medio y el este europeo tomaron la villa de Jerusalem. Los devotos deambulaban por las estrechas callejuelas del centro de la Ciudad Santa buscando alojamiento, vendiendo mercancías, los había sentados en el suelo elaborando artesanías, los rebaños de cabras resbalaban por los tramos de escaleras que marcaban el calvario de Jesucristo, la plaza que daba acceso al Santo Sepulcro era un mercado alborotado y demencial, los guardias turcos trataban de poner orden en el caos. No era una fecha cualquiera: era el 10 de abril de 1846, una fecha especial y única porque coincidían la semana santa latina y la griega, un hecho poco frecuente y que generó una agria discusión: ¿quién tiene derecho a efectuar primero los ritos sagrados ante el altar más sagrado, el lugar donde se supone que murió el Redentor? La rivalidad entre los dos cultos, el griego y el latino, había alcanzado una dimensión estratosférica, más que pecaminosa, tanto que Mehmet Pasha, el gobernador de Jerusalem (en aquel momento en manos del imperio Otomano) ordenó replegar soldados por las esquinas en previsión de que el enfrentamiento religioso adquiriera ribetes de guerra abierta.

El viernes santo los sacerdotes latinos llegaron al sagrado templo para encontrar que los sacerdotes ortodoxos ya estaban allí y se enzarzaron en una terrible discusión. 'Exigimos que nos enseñen el permiso expelido por la Sagrada Puerta' (el gobierno de Estambul). La discusión, que empezó con palabras, siguió con los puños, continuó a patadas, se golpearon con crucifijos, incensarios, lámparas y cálices, la pelea se contagió a los monjes, a los peregrinos, relucieron espadas, pistolas y mosquetones, el lugar más sagrado del cristianismo se convirtió en una orgía de sangre y violencia que dejó, tumbados en el suelo, mas de cuarenta muertos cuando los soldados del gobernador llegaron al controvertido lugar.


Tras la bochornosa pelea palpitaban mil razones, además de la fatídica coincidencia de las dos versiones mediterráneas del cristianismo. Por un lado, el incremento de peregrinos occidentales gracias al desarrollo de los medios de transporte: ferrocarriles, barcos de vapor, mejores carreteras y líneas marítimas más desarrolladas que hicieron posible no sólo el envío de miles de devotos sino también de misioneros y curiosos, y entre ellos agentes secretos que velaran por la seguridad de sus paisanos y echaran un ojo al modo de hacer regresar, como en una nueva cruzada, las tierras santas al control de los cristianos del otro confín del Mediterráneo.

Lo cuenta Orlando Figes en su fascinante 'Crimea', una semblanza de la primera guerra mediática de este planeta. A mediados del siglo XIX los franceses abren su primer consulado en Jerusalem, los anglicanos fundan un arzobispado en la misma ciudad, los austríacos una imprenta, el Papa Pío IX recupera el patriarcado latino que enterró en las cruzadas del siglo XII, los griegos responden con la vuelta de su propio patriarcado, que languidecía en la antigua Constantinopla, y los rusos montan una amplia red de hospitales, colegios, capillas y hasta mercados para sus propios peregrinos.

El incremento de cultos (no menciono a los judíos ni a los musulmanes, que también ocupaban el centro de Jerusalem inmersos en los suyos), de cultos cristianos, claro, multiplicó el riesgo de peleas, aisladas y multitudinarias. Por ejemplo, en 1847 desapareció una gran cruz de plata que plantaron los franceses en la iglesia de la Navidad, en Belén, una cruz que los griegos sentían como una afrenta de occidente sobre oriente y que no hacía más que incrementar la rabia ortodoxa ante el hecho de que los monjes latinos fueran los dueños de la llave que abría la Gruta. La discusión se elevó de tono y provocó un conflicto diplomático que sólo los muy hábiles turcos pudieron llevar a buen puerto.


Hoy la basílica del Santo Sepulcro está tan dividida que es de lo más ameno echar un rato en su interior. El altar de la crucifixión pertenece a los ortodoxos, pero el de la virgen es de los católicos, y los tres cuadros de Cristo Resucitado tienen de propietarios a los ortodoxos, armenios y católicos. Los candeleros también están diferenciados y, para rizar el rizo, es una familia musulmana la que guarda la llave que abre el templo. En el lado sur del calvario se levanta una capilla franciscana, la de la Crucifixión, mientras que la roca del Gólgota, donde se supone se alzó la cruz de Jesucristo, linda con un altar de los griegos ortodoxos. El altar de la dolorosa, en cambio, pertenece, nuevamente, a los franciscanos mientras que la capilla de Santa Elena es propiedad de los armenios. Claro que no todo lo relativo a Santa Elena es armenio porque la cavidad en la que esta santa encontró los clavos y el título de la condena vuelve a ser de los franciscanos. La conocida como 'cárcel de Cristo' es de los griegos, ortodoxo pues, aunque la última parte de todas, es de los sirianos de Antioquía, que le dan nombre, 'capilla de los sirianos', conocidos estos cristianos también como jacobitas, siro-ortodoxos o siríacos. De pronto irrumpe una procesión de religiosos con caras de pocos amigos: son los coptos egipcios, o egipcíacos, que dijo aquel. La cosa no acaba aquí. Mientras asisto atónito a un baile que parece sincronizado de monjes de cultos diferentes pero paralelos y a unos coros que cantan sin interrumpir a los otros coros que cantan veo pasar a unos sacerdotes negros de trajes recargados: son los etíopes ortodoxos, protagonistas de una de las más surrealistas historias de este lugar cargado de surrealismo religioso.


Los etíopes viven en unas pequeñas celdas a modo de poblado africano en el techo del Santo Sepulcro desde que sus hermanos de fe, pero no de culto, los expulsaron en 1808 del siglo XIX. Según la historia, un incendio destruyó los documentos que probaban sus derechos custodios y, como buen ejemplo de piedad cristiana, fueron confinados al techo de la basílica. Y ahí siguen, bajando de cuando en cuando para desconcierto del respetable, que los ve como el que asiste a una aparición mariana. Los pobres etíopes mantienen su simbólica presencia desde el siglo IV de nuestra era (de otra era sería difícil), según atestiguan las crónicas de San Jerónimo, pero tantos puntos de antigüedad no les bastaron para contrarrestar los impulsos un tanto racistas de sus piadosos compañeros. El incendio de 1808 convirtió en cenizas sus documentos y los representantes de las cinco restantes confesiones (a saber y recordando: católicos, ortodoxos griegos, coptos, armenios y sirios) les dijeron que no hay lugar para los sin papeles. Para terminar de marear la perdiz, una epidemia se peste dejó a los etíopes, y por ende a media África, sin representación, momento que aprovecharon los coptos egipcios para hacerse con lo poco que les quedaba. El conflicto se alargó en el tiempo para solucionarse tan sólo a medias en 1970, cuando los etíopes consiguieron que les reconocieran parte de sus derechos, aunque el caso está en la corte suprema de Israel y los coptos no se hablan con los etíopes. La tensión es tan grande que en 2002 un monje copto desplazó la silla de un etíope para refugiarse del inclemente sol y los africanos respondieron con una pelea de puños que acabó involucrando, nuevamente, a medio Santo Sepulcro. Para saber más de estos extraños seguidores de nuestro señor Jesucristo, los etíopes, pincha aquí

Jesucristo dejó muchas frases. Recuerdo en estos momentos aquella de 'Amaos los unos a los otros: en esto conocerán que sois mis discípulos'. Curioso que, en el lugar donde supuestamente murió, los unos no aman a los otros y, aunque todos se declaren sus discípulos, nadie diría que los son.



 © José Luis Sánchez Hachero
sanchezhachero@hotmail.com


martes, 18 de septiembre de 2012

Viaje a la Amazonía: de Yurimaguas a Iquitos por el río Huallaga



A Yurimaguas se la conoce como 'la perla del Huallaga' pero el lustre está oxidado bajo la espesa capa de humedad selvática. A orillas del río, precisamente el Huallaga, venden pescados mujeres indígenas que entremezclan sus etnias, las hay tarapotinas, las hay lameñas, moyobambinas y, mis favoritas, chachapoyanas, que son las procedentes de la región de Chachapoyas. Sin embargo, con ser mucho el esfuerzo que hago para decir Chachapoyas sin soltar una carcajada (que me perdonen mis amigos peruanos), mayor es el esfuerzo que debo hacer para no caer en la demencia temprana (o ya no tanto) cada vez que recuerdo el delirante viaje que es necesario hacer para llegar a la ciudad de Iquitos, la mayor de la selva amazónica, desde esta remota ciudad amazónica. Porque llegar a Iquitos no es posible por tierra, a no ser que atravieses cientos de kilómetros de selva espesa a través: Iquitos, con su más de medio millón de almas, no tiene carreteras que la comuniquen con el mundo exterior y depende, para su oxigenación social, de las corrientes fluviales o del aire abierto de los cielos.


Llegué a Yurimaguas procedente de Tarapoto, otra ciudad amazónica que aúna con increíble habilidad el denso devenir cansino de los calurosos enclaves tropicales con el frenético sentido de la fiesta latina (eso sí, cuando cae el sol). La carretera terminaba en Yurimaguas y para seguir más allá es preciso recurrir al río. En este caso el Huallaga, tributario del Marañón, que a su vez engorda al río de los ríos, el Amazonas. Las mansas aguas que corrían parsimoniosas junto a las indígenas chachapoyas y sus amigas acabarían algún día en la desembocadura del Amazonas, más de siete mil kilómetros río abajo.



Por estas aguas descendió también, casi cinco siglos atrás, la colorida expedición de Pedro de Ursúa, que buscaba el país de la Canela en medio de aquel enorme bosque sin final. En algún punto remoto de este río el sevillano Fernando de Guzmán fue nombrado rey con el ostentoso nombre de Fernando I del Perú y Eldorado y puesto al servicio del ominoso Lope de Aguirre y su ejército de locos sádicos. Por estas aguas se desarrolló la no menos ominosa tragedia de Julio César Arana, el más abominable de los caucheros que diezmó a las poblaciones indígenas para obligarlas a extraer el látex del interior de la selva y que el escritor peruano Mario Vargas Llosa describe en el Sueño del Celta. Y junto a estos horribles seres, el más industrioso Adolfo Morey Arias, un vecino de Tarapoto que inició la navegación entre Iquitos y Yurimaguas con su primera lancha, llamada precisamente Yurimaguas en un arranque muy poco imaginativo, y que llevó su imperio de navegaciones por toda América y hasta el lejano África.


Fondeados a pocos milímetros de la orilla, una flota de barcos promete un viaje tan lento como la corriente. No sé qué queda de aquel Morey pero decenas de braceros se esfuerzan en subir sacos y más sacos de grano, de papas, de maíz, bolsas de contenido indefinido, material de construcción, grandes racimos de bananos, máquinas decimonónicas y, sobre todo, vehículos industriales que, mal que bien y a duras penas, consiguen entrar en la cubierta principal del barco. Los más demandados tienen un nombre: Eduardo. Y cuando digo que tienen un nombre quiero decir exactamente eso: todos se llaman Eduardo. Está el Eduardo I y el Eduardo III, por allí veo el Eduardo IV y supongo que la gran familia marina de los Eduardo se extenderá hasta cubrir cada puerto del río. A primera vista parecen sacados de alguna película de Huckelberry Finn, grandes dinosaurios marinos que se mantienen a flote por algún pacto secreto con Mefistófeles y que prometen noches larguísimas y no menos largas conversaciones. Mientras los braceros continúan con su también largo devenir, trato de encontrar alojamiento en algún camarote: los Eduardos están repletos y no saben cuándo saldrán, 'tal vez hoy pero tal vez mañana'. Sin embargo, encajonado entre el barrizal que hace las veces de muelle y otros dos armatostes de madera, un barco de nombre diferente me hace un hueco: se trata del Mari Carmen, ingrato nombre que trato de olvidar: no sólo no la olvido sino que habré de navegar encaramado en su grupa. El capitán resulta ser el señor Cabanillas, nombre muy ampuloso para semejante cascarón de nuez. Los Eduardo parecen más cómodos pero el barrizal donde habría de pasar la noche son, sin dudarlo, mucho más incómodos, así que alquilo un camarote del Mari Carmen y espero la salida. 'Le aconsejo que compre una hamaca porque el calor en el camarote es insoportable', me aconseja el señor Cabanillas, un capitán de agua dulce con un enorme polo rosáceo y una sonrisa desconcertantemente dulce para su metro y medio de alto, y puede que dos de ancho, una sonrisa que se hará aún más desconcertante cuando saque su terrible genio del interior de su rollizo cuerpo. Una vaca pasa a pocos centímetros del capitán y temo que lo absorba de un lametazo, huele a estiércol en el granero en el que se está convirtiendo el sobrecargado barco, unos gallinazos (o buitres) sobrevuelan tétricos la nave, tal vez presagiando un hundimiento que les ofrezca un opíparo almuerzo mojado.


Tras ahuyentar una nube de mosquitos en la que se entremezclan niños que piden comisión por todo (hasta por pisar el hediondo fango del muelle), y tras más de seis horas de espera, el Mari Carmen se pone en marcha con una lentitud exasperante para alguien que acostumbra a trabajar en una oficina. El tercer piso del buque se va poblando poco a poco de hamacas y de una multitud que comparte pasteles de maíz, botellas de aguardiente y trozos de carne indefinida. La planta baja está inhabilitada para nada más que la sobrecarga: una excavadora caterpillar oscila peligrosamente ante el empuje de otra excavadora de la misma marca: desde el primer piso parecen nadar en un mar de bananos y patatas. Aferrado a una reja azul un perezoso parece tan asombrado como yo. El pobre bicho acepta comida de los viajeros, nos mira con una sonrisa tan dulce como la del capitán Cabanillas, sus zarpas no son aún el arma mortal de sus mayores. Las orillas nos miran pasar con un supuesto desinterés que no es tal porque detrás de la pared verde selva se esconden ojos inquietos: a veces se ve un niño que vuelve a esconderse tras un arbusto, otras veces una gran ave levanta el vuelo, tras aquel bosquecillo se levanta una columna de humo que revela un asentamiento. Al caer la noche, el griterío resulta abrumador y cuando la oscuridad rodea al barco, miles de luciérnagas brillan misteriosas sobre las copas de los árboles invisibles. Más perturbador resulta imaginar al cojo Aguirre degollando en algún punto del camino al gobernador Pedro de Ursúa para levantar un imperio independiente de la corona española o a los hombres de Arana descuartizando niños para obligar a sus padres a recoger una bola mayor de caucho. La selva guarda tantos secretos que muchos resuenan entre la floresta, a salvo de los aguaceros, pidiendo a gritos silenciosos que alguien los recuerde para que al menos no caigan en el olvido. En algún punto de estas orillas, pero mucho más al norte, miles de indígenas perdieron las vidas a latigazos, a balazos, a machetazos por negarse a servir de esclavos para los caucheros que querían vivir una vida parisiense en mitad de la selva. Un ejemplo son los nukak. Otros, en cambio, prefirieron extravagancias menos mortales: el señor Vaca Díez, socio de Fitzcarraldo, el otro gran cauchero de fines del siglo XIX, se hizo traer una casa de fierro diseñada por Gustave Eiffel, la casa de Fierro que aún resiste en pie en pleno centro de Iquitos, y otros caucheros trajeron losetas desde el lejano Portugal para que sus mansiones selváticas tuvieran ese punto de distinción que todo hortera necesita para que su fortuna se sienta y se huela.



En el camarote se celebra una frenética y entretenida carrera de cucarachas: decido pues montar mi hamaca en el tercer piso y dormir entre la multitud. El viaje es apacible y tranquilo aunque dicen que últimamente proliferan los ataques piratas. Cuando yo descendí el río no había más peligro que las extensas nubes de mosquitos que podían convertir la mera existencia en una tortura. Pero ahora, y precisamente en los alrededores del lodazal que hace las veces de muelle, se desarrolla la conocida banda 'Piratas de Yurimaguas', una denominación carente de imaginación pero con una legendaria mala leche que deja tras de sí muchachas violadas y pasajeros, sobre todo turistas, desplumados y ultrajados. Un problema añadido para una región, la del Loreto, en el Perú, y para toda la Amazonía en general, en la que el 90% del transporte de carga y de pasajeros se realiza por río. Francisco, un mestizo grandote y sonriente, me habla del otro peligro: 'durante algún tiempo trabajé para los narcos del Ucayali', asegura, 'y eso sí era chévere: dinero, alcohol, mujeres...' Para terminar de liar la madeja, las riberas del Ucayali, algo más al sur, y los alrededores de Yurimaguas han sido escenario de algunos enfrentamientos entre los militares del ejército y los restos del grupo maoísta Sendero Luminoso. Atrás quedan las preocupaciones políticas y narcóticas, por delante tan sólo el lento peregrinar del río.




A las dos de la madrugada, cuando por fin he conciliado el sueño, resuenan notas de guitarra y cohetes. Me levanto apresuradamente y veo que el Mari Carmen ha fondeado a un par de metros de la orilla y que una multitud nos recibe en estado de fiesta febril. Es el municipio de Santa Rita. Los hombres están borrachos, las mujeres serias, los niños aturdidos. 'Llevan esperando más de doce horas que llegue el barco, los hombres no han aguantado más y se han emborrachado', me cuenta otro pasajero. La maquinaria de la cubierta principal, que estaba poniendo en peligro la estabilidad de la embarcación, ha llegado a su destino. Una banda de música desafina notas de una irreconocible melodía mientras mantiene colectiva y solidariamente sobre los hombros al alcalde de la ciudad. Por supuesto, borracho. El hombre sólo acierta a repetir en estado de lamentable ebriedad: 'yo cumplo lo que prometo'. Sí, muy bien, pero ahora hay que descargar unas enormes máquinas en una orilla resbalosa y con un desnivel de casi dos metros. Salto a tierra y la gente me mira como yo los miro a ellos: medio dormido, medio alucinado. El poblado es muy precario, sin carreteras ni apenas iluminación. Las máquinas deberán cambiar la faz de este lugar en mitad de la nada y el pueblo suelta globos de alegría. Pero bajar la maquinaria no es fácil: una cuerda atada al guardabarros de una de las excavadoras tira con todas sus fuerzas desde un cuatro por cuatro salido no se sabe de dónde. Mal que bien la máquina consigue bajar pero queda otra a bordo, la más pesada. De nuevo tensan la cuerda y pienso que si revienta nos cortará por la mitad a los que coja por su camino. Dicho y hecho: la cuerda revienta y suelta un latigazo que se pierde en la multitud. Todos nos miramos, nos tocamos: estamos enteros. Desde cubierta, el capitán Cabanillas, harto ya de la situación, empuja con otros fortachones la máquina, que cae al barrizal, a dos metros de la orilla. 'Corriendo o se quedan', grita mientras salto a bordo y dejo aturdidos a los habitantes de Santa Rita. Tienen trabajo por delante, no creo que sea fácil sacar ese mamotreto del barro, y mucho menos borracho.


Vuelvo al refugio de la maraña de hamacas colgadas en la cubierta del tercer piso. Han puesto una película en un vídeo: 'Jackass', le estúpida cinta norteamericana de suicidas dementes que, sin embargo, no mueren tan fácilmente. El pasaje se revuelve nervioso en sus hamacas. Se envuelven para no ver las desagradables escenas de la película. Pero hacen trampa y puedo ver sus ojillos curiosos asomando entre las costuras desmadejadas de las telas. En el fondo disfrutan de esta idiotez como disfruto yo, entre ramalazos de arrepentimiento culpable. ¿Qué hago viendo Jackass en mitad de la Amazonía? Me vence el sueño. Cuando despierto, ya de mañana, y después de tres días embarcado, el Mari Carmen llega a Iquitos. El corazón del Amazonas.


© José Luis Sánchez Hachero
sanchezhachero@hotmail.com


















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