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domingo, 2 de septiembre de 2012

Viaje a Bogotá: con los Embera desplazados por codicia



En las frondosas selvas del Chocó vivía Alcides. Transitaba por su vereda en un inagotable ir y venir para asegurar algo que echar a la boca a sus familiares. Un día mataba un mico, oiga, y otro pasaba el día deslomado en las finquitas para sacar algo de tomate, cebolla o maíz. La selva es generosa, no como estas sórdidas calles en las que el humo dulzón de esas cosas que fuma la gente te atrapa las narices y quiere como tumbarte en el suelo. Alcides conocía el valor de cada planta, de cada flor, conocía las veredas, las trochas que cruzan la región, había aprendido desde pequeño a distinguirlas y era amigo de esos negros tan negros que llegaron hace muchos años desde muy lejos y se quedaron en sus tierras como si fueran también hijos de la selva. En la jungla caben todos, hasta los descendientes de los esclavos cimarrones que ahora forman tribus como los nativos de toda la vida. El Chocó es selva densa, es sangre indígena y es sangre negra. Alcides y los suyos, un mal día, supieron de una gente mala, gente como ellos, Gente (Embera en embera significa eso, 'gente'), pero gente distinta, no ya por el color, que tampoco es que sea muy distinto, sino gente mala, que asusta con sus fierros, gente mala que mata y desmembra y causa masacres en las veredas. Esta no es la guerra de Alcides, aunque a sus treinta y dos años ya ha visto más de una trifulca a resultas de la guerra de otros.

Alcides y los suyos me muestran el papel que les declara desplazados


Alcides, y con él los suyos, se vio despojado de sus cosas, de sus cuatro cosas, y subido a un autobús con otros vecinos de su vereda, todos embera, todos indígenas del Chocó, todos nativos acostumbrados a distinguir los micos en las copas de los árboles más altos de la selva más húmeda de todas las masas arbóreas de este planeta. Alcides firmó unos papeles, y digo firmar por decir algo porque en el papel no quedó más huella que un pulgar difuso con una tinta de mala calidad: suficiente, exclamó el señor, son ustedes refugiados de la guerra que desangra este país, les dijo el señor, son ustedes víctimas que recibirán su justo premio a tanta vileza en un lugar de ensueño, les dijo el señor. Antes o después tenía que pasar porque los embera, el tercer grupo indígena más numeroso de Colombia, ya había sufrido un sinfín de desplazamientos: los guerrilleros, los narcotraficantes, los soldaditos del ejército y los paramilitares: ninguno de ellos podría alegar desconocimiento en un juicio porque todos aportaron su granito para echar a los indiecitos de la selva. Pero esta vez era distinto. Alcides, y los suyos, recorrieron muchos kilómetros a bordo de un extraño vehículo que les atravesó medio país y los dejó en lo que los colombianos conocen como 'olla'. ¡El autobús los dejó en una olla! Para el que no conozca el significado de olla les conmino, les invito, les insto a que se introduzcan en una, una olla, una olla como un barrio, uno de esos agujeros negros en los que los barrios pierden el nombre para convertirse en lugares poco recomendables, en sitios de perdición, en lugares sin vuelta posible. Un barrio marginal deteriorado, con apariencia de haber sufrido bombardeos cíclicos y la huida masiva de muertos vivientes del cercano cementerio central.


Isabel trabaja en una olla, es asistente social, el ayuntamiento de Bogotá es su patrón. Isabel me lleva hasta la olla, saluda ufana a los vecinos del lugar, mira nerviosa a su alrededor, Isabel conoce la zona pero no termina de fiarse. Llama a un portal de un edificio poco recomendable mientras, por encima del hombro, mantiene sus ojos a punto de salirse de las órbitas. Los indios no están, dice un muchacho. Los indios están por ahí, esparcidos por las calles del centro de Bogotá, algunos llevan algo parecido a un instrumento musical, ellas manejan algo indeterminado con sumo cuidado, cualquiera puede verlos porque los indios, los embera, (recuerden: la Gente), están por las calles más visibles, sentados en el suelo, alargando las manos de pedigüeño en formación. La gente pasa a su lado, yo mismo lo he hecho en mil ocasiones, y no he visto más que unas indias de trajes ridículamente coloridos y recargados medio tumbadas en el suelo rodeadas de niños con cara de indios que juegan a su alrededor. A veces los hombres tocan extrañas melodías con sus raros instrumentos. Son pedigüeños de la calle, gente sin suerte, vete tú a saber de dónde han salido estos, esta gente, esta Gente. Estos Emberas.


La carrera once, entre cuarta y sexta, guarda sorpresas: como encontrar un diamante sucio y raído en un vertedero. En este caso la sorpresa tiene forma de casa colonial, casa que se intuye en algún momento remoto fue toda una casa señorial, con su entrada a la española, sus techos altos, su patio interior abierto en galería sostenida por leves pero eficaces columnas. La ropa tendida y unos cubos apilados le confiere vida, no es un edificio abandonado: sin embargo, lo parece. Claro que el barrio no es el más adecuado para que cualquier edificio luzca feliz. Dentro se mueve una masa indeterminada de indígenas, parecen descontextualizados, con sus ojos pequeños y vivaces, ellas coloridas y extrañas, ellos chapurreando algo parecido al castellano mientras tratan de colocarte una pulsera. Isabel los saluda a todos, ellos la saludan con respeto, la rodean y le enseñan unos papeles. Estos indígenas son Embera, gente embera, que es una vuelta a más de lo mismo, gente que tienen papeles que no entiende y vive en un barrio peligroso con olor a crack, prostitutas que son prostitutos y algún que otro tiroteo de cuando en cuando. Tal vez las antípodas de la selva frondosa y húmeda de la que fueron arrancados.



'Son desplazados por la violencia', dice Isabel, 'gente que alguien captó en su región, les hizo firmar unos papeles para que consten como refugiados y luego fueron abandonados aquí, en Bogotá, no fuera a acercarse algún enviado del gobierno a preguntar'. Isabel no niega que los embera hayan sufrido desplazamientos por los distintos actores de la guerra: hasta un casi desconocido Ejército Revolucionario Guevarista se atrevió a echar de sus casas a algunos, pero no a todos: estos no lo son, asegura. Los desplazados indígenas reciben, por familia y cada seis meses, 300.000 pesos, unos 130 euros, una miseria pero una miseria que no llegan a ver porque, dice Isabel, unos tipos se encargan de cobrarlos por ellos y los abandonan ahí, a su suerte. No es una fortuna pero una familia sumada a otra familia hacen un poquito más y con una tercera se alcanza un sueldo medio decente en Bogotá y si seguimos sumando alcanzamos una cantidad seria. Claro, cada seis meses. Y los indios, que se busquen la vida en un barrio miserable, donde vocean por las esquinas la venta de crack, de perica, de bazuko, de bareto, donde los jíbaros (en España: camellos) se cruzan con indios arrancados de la selva que merodean vendiendo pulseras coloridas y con indias de abigarradas faldas y niños sin destetar colgando de sus pechos. Los imagino mirándose estupefactos, extrañados los embera, frotándose los ojos los narcos de barrio, preguntándose ambos si están despiertos o inmersos en una pesadilla.


Sacados de su entorno habitual sólo podemos concluir: son fuertes estos indios. Deambulan por las calles más peligrosas de la ciudad (y no de cualquiera: de Bogotá), viven atónitos pero viven al fin y al cabo y se apoyan unos en otros para superar esta extraña y absurda prueba que el destino les ha tendido: piense en usted mismo, desubicado y trasladado al más recóndito y peligroso lugar de la selva, de la selva de estos indios, y piensen en cuánto tiempo podrían sobrevivir ustedes solos en esa selva, a merced de los animales, de los insectos, de las enfermedades y de otros indios, y piensen también en las disputas permanentes que surgirían entre usted y otros desplazados sobre las decisiones a tomar. Visto así, estos indios son sobrehumanos que sobreviven en un contexto difícil y extenuante, un lugar que no deja de sorprenderlos y de humillarlos. Y todo porque un grupo de listos ha visto una forma fácil de hacer dinero. Y no mucho, por cierto.

Si quieres saber algo más de los Embera, pulsa aquí


©José Luis Sánchez Hachero
sanchezhachero@hotmail.com





































miércoles, 1 de agosto de 2012

Antonio de Ulloa, el sevillano que descubrió el platino



Corría el año 1735 cuando el sevillano Antonio de Ulloa entró en la selva húmeda del Chocó, en Colombia, para medir un arco del meridiano. Iba enviado por la Academia de Ciencias de París y encabezaba una expedición geodésica con sólo 19 años, una edad que causó rechifla entre los franceses, al principio, y admiración más tarde cuando vieron en él a un genio. Los franceses querían poner punto final a las acaloradas discusiones que enfrentaban a los científicos newtonianos con los cartesianos y no tenían otro medio que internarse en el virreinato del Perú. La Corona aceptó la entrada de la expedición gala en territorio imperial pero con condiciones: debía tener presencia española y sería la de ese mozalbete.


Durante su viaje por la selvática región, en un yacimiento abandonado, Antonio observó que ciertas minas habían sido desechadas por contener un metal tan duro que no se alteraba por la calcinación. Antonio explicó en su ‘Relación histórica del viaje a la América Meridional’ que los mineros consideraban a ese mineral un incordio porque los confundía y les hacía perder el tiempo: oro no parece, plata no es. No pensaban igual los indios, quienes lo consideraban un regalo de los dioses y no podían creer que los españoles lo arrojaran a un lado como desecho. Antonio se decidió a darle un nombre y lo llamó ‘platino’, pues los mineros lo llamaban ‘plata de la mala’. Ulloa redescubrió el mineral para los europeos, que a partir de sus muestras concluyeron que se trataba de un elemento químico diferenciado de los demás, que tenía tanto o más valor que el oro por el que desecharon toneladas y que sus posibilidades eran numerosas. Tantas que hoy es uno de los minerales más valiosos de cualquier joyería.

            Antonio cayó en manos de los británicos cuando regresaba a España pero su intelecto deslumbró tanto a los ingleses como había deslumbrado a los galos y en Londres, en lugar de prisionero, lo nombraron miembro de la Royal Society. Por si fuera poco, fundó el Museo de Ciencias naturales de Madrid, el Observatorio Astronómico de Cádiz, el primer laboratorio metalúrgico de España, fue gobernador en el Perú y La Luisiana, director general de la Armada y hasta dio las claves para mejorar el sistema postal entre la península y América. Pero Antonio permanecerá para siempre en la historia como el descubridor del platino, uno de los minerales más valiosos, con número atómico 78 y situado en el grupo 10 de la tabla periódica de los elementos.

Antonio de Ulloa (Sevilla, 1716 – San Fernando (Isla de León), 1795)
Actas del II centenario de don Antonio de Ulloa, Escuela de Estudios Hispanoamericanos, Archivo General de Indias, CSIC
Relación histórica del viaje a la América Meridional, Antonio de Ulloa


©José Luis Sánchez Hachero
sanchezhachero@hotmail.com


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