lunes, 9 de enero de 2012

Viaje a Grecia: la venganza de Priapo


Dionisio era un dios muy aficionado al vino y a las juergas, amante de las mujeres bellas y de los muchachos de piel fina, de la locura ritual y del éxtasis. Hijo de Zeus, quien lo originó de su propio muslo, el pícaro Dionisio lideraba una pandilla de indeseables entre los que se contaban centauros, sátiros y silenos, prendas todos dispuestos siempre a llevar la fiesta al summum y a los asistentes a la mayor de las francachelas. En los frontales de templos desaparecidos, en el fabuloso museo arqueológico de Atenas, vemos a los faunos con sus velludas patas de carnero y a los seguidores de Dionisio, embriagados y desnudos, alegres en compañía de jóvenes imberbes, uno puede imaginarlos allá, arriba, en el Olimpo, como réplica del Partenón, libando de flor en flor, pizpiretas chicharras encantadas de haberse conocido, ácidas con las hormigas, cáusticas con la vida misma.


Dionisio cautivó tanto a los griegos que su mito creció y viajó por el Mediterráneo como una hoja llevada por los vientos. Al llegar al sur de Italia, las comunidades helenas parecían tan felices con sus ritos dionisíacos que los nativos quedaron encantados y crearon un dios a su imagen y semejanza y le llamaron Baco y vieron que era bueno porque ponía las narices rojas, y probablemente los culos también, y lanzaron sus coronas de laureles por los aires soñando con aquel Olimpo latinizado en el que el día de mañana no existía y en el que todo era placer. Pero Dionisio, alocado como era, les dejó un regalo envenenado, una semilla en el vientre de la exuberante Afrodita, la deseada por todos, la madre de un hijo común, los padres de Príapo, el del miembro siempre enhiesto, el incansable recolector que garantizaba espléndidas cosechas y que el ciclo de la vida continuara para siempre y jamás.




Podría seguir extendiendo el mito de Dionisio, y el de Baco, hacia la región más occidental de ese Mediterráneo tan dado a francachelas y mitos, a bacanales y copas de vino, pero me detendré en Grecia con un dicho latino que afirma que 'Post Festum, Pestum (et post coitum, tedium)'. Lucas Papademus, que tiene poco de Dionisio y tal vez algo de Príapo, suplica a sus socios europeos una quita de su deuda de, al menos, el 50%, lo que dejaría su obligación de pago en un 120% del producto interior bruto, PIB, o sea, que en el hipotético caso de que todos sus acreedores perdonaran la mitad de lo que los griegos les adeudan aún deberían trabajar un año y casi tres meses, sin gastar en nada más, para pagar el legendario pufo que tantas noticias ha generado estos años. Una solución de la que se habla insistentemente desde hace años y que, conforme se acerca inexorablemente, plantea una pregunta. ¿Está todo el pescado vendido en Grecia?



Lo que sí podemos asegurar es que algo huele mal en Grecia, algo huele a podrido, a fétido, y no son solo las bombas lacrimógenas que los antidisturbios helenos lanzan casi que a todas horas en la mundialmente conocida Plaza Syntagma, y con las que me recibieron, cargado yo con mi mochila, ansioso por encontrar, a las seis de la mañana, una tela con la que evitar que mis mucosas huyeran desordenadas. 



Llegué a Atenas en mitad de una de las frecuentes huelgas generales con las que los sindicatos afean el hundimiento económico a su clase política. Los griegos se han separado tanto de sus mandatarios que, en palabras de un hostelero ateniense, es mejor que no vayan a los restaurantes porque 'los desprestigian'. En los informativos de la televisión aparecen escenas de señores trajeados que corren perseguidos por turbamultas que les arrojan huevos y harina, las escaleras que conducen al Parlamento están decoradas con horcas y bombas lacrimógenas, con carteles revolucionarios, con los indignados griegos sentados en los jardines y policías que deambulan por doquier con sus porras preparadas, nadie sabe si para descargar su odio al manifestante o su indignación con los que les mandan.























Pero, ¿qué ocurrió con aquellas fiestas del dios Dionisio? ¿Es que, acaso, sólo acudían dirigentes, mandatarios, políticos? ¿Es que sólo Ulises escuchó los cantos de las sirenas, sólo el Odiseo supo escapar de ellas (y porque se amarró al palo mayor)? ¿Dónde quedaron aquellos días de vino y rosas, cuando los griegos lanzaban fortunas al aire? ¿Fue sólo culpa de Caramanlis, el líder conservador que contrató a más de 100.000 (cien mil) funcionarios nuevos en apenas cinco años? ¿Fueron las mentiras del ejecutivo al esconder un déficit del 14% tras un apocado 7%? ¿Fueron los ciudadanos los que, vendados sus ojos, disfrutaron de revalorizaciones crecientes, de préstamos incesantes, de hipotecas fáciles y abundantes? En Atenas necesitaban 45 (cuarenta y cinco) jardineros para cuidar la maceta de un hospital: jardinerísimos. El Instituto para la protección del lago Kopais sigue a pleno rendimiento, a pesar de que el lago se secó del todo en la década de los años treinta, 40.000 hijas solteras de funcionarios fallecidos tenían una pensión vitalicia de mil euros y un 25% de los griegos jamás ha pagado un céntimo de impuestos.


En Atenas encontramos el curioso caso de un coche oficial para el que se necesitaban 50 conductores contratados (cincuenta), y por supuesto no podemos olvidar a las casi cinco mil familias que habían 'olvidado' comunicar el fallecimiento de aquel abuelo con fabulosa pensión. En Grecia existían 600 categorías de trabajos especialmente extenuantes, que se beneficiaban, entre otras prebendas, de jubilaciones a los cincuenta años, como los peluqueros, los músicos de viento o los presentadores de televisión. ¡¡Presentadores de televisión como trabajo extenuante!! peluqueros y presentadores. Mientras el crédito fluyó y las cifras mantuvieron el maquillaje, apenas nadie protestaba: era lo normal. Pero cuando el calor apretó y el carmín corrió libre barbilla abajo los griegos vieron que Afrodita no era tal sino su hijo y que los arrumacos que lanzaba escondían a su enorme verga erecta exigiendo carne fresca. Y la carne fresca es, como suele ser, inocente y virginal: la juventud griega, ajena a la bacanal por una cuestión estrictamente generacional (eran tan jóvenes que aún no podían endeudarse) asiste atónita al fin de su país y se concentra ante la Cueva de los Más de Cuarenta Ladrones para pedir cuentas. Y la Cueva está en la plaza Syntagma, aquella que los antidisturbios protegen con sus sueldos de mil euros, sus porras extensibles y sus bombas lacrimógenas.






En el interior de este extraño y cercado Olimpo, los parlamentarios sudan en largas sesiones en las que tienen sólo derecho de asistencia pero ni voz ni voto. Porque los griegos, como sus vecinos los de las banacales y sus primos los devoradores del ladrillo del otro extremo del Mare Nostrum, picaron el anzuelo y se lanzaron a levantar también sus ritos dionisíacos y sus bacanales y sus carnestolendas sin pensar que el mañana llega y que las rubiascas hormigas del norte tenían sus madrigueras repletas del grano que con tanto desdén tiraban las morenas chicharras del sur. Ahora que las chicharras se tiran de los pelos, o de las antenas, recuerdan los tiempos de vino y rosas y asienten graves diciendo contritas, 'no podía durar, era un cuento de hadas, no era real...'






¿Dónde estaban aquellas chicharras cuando el dios Hermes, que controla los mercados, aplicaba la doctrina del shock, que popularizó Noemí Klein en su estupendo libro del mismo nombre (y cuyo documental completo podéis ver aquí: la doctrina del shock: el documental), a otras regiones del planeta? ¿Por qué permanecimos ajenos cuando el dios de los Mercados arrasaba a los tigres asiáticos a finales de los noventa, o cuando desmontó lo poco montado que tenía el África subsahariana, o por qué nos congratulamos de no vivir en un lugar tan poco recomendable como la América Latina de los ochenta? ¿Son peores ahora las agencias de calificación que entonces? ¿O es tan sólo que ahora nos hemos convertido en sus víctimas? Eso parecen preguntarse los indignados griegos, al pie del cañón, sin importar el día de la semana ni la hora del día..










¿Qué tiene ahora de turístico Grecia? ¿Sus monumentos, sus playas, sus islas? ¿O tal vez sus indignados, sus corruptos políticos, sus titulares en los diarios de todo el planeta?







¿Qué quedó de aquella extraordinaria civilización que nos dio la democracia, la filosofía, la poesía, la política? ¿Las artes, la arquitectura, la medicina? ¿Sólo queda un país con una deuda tan difícil de digerir que incluso los evzones (guardias helenos del parlamento) serán patrocinados por alguna bebida carbonatada? ¿Qué guarda ahora la tumba del soldado desconocido? ¿Una factura impagada?







De Grecia se dice que puede abandonar la moneda común, el euro, y hasta hay quien lo pide abiertamente, como el gobernador del banco central checo, Miroslav Singer: Grecia y el euro, una solución que agrandaría el problema porque sus deudas seguirían en la moneda común mientras que la nueva divisa, pongamos que fuera el neodracma, sufriría una devaluación muy fuerte que arrastraría tras su estela el poder adquisitivo de sus ciudadanos: ganarían mucho menos y tardarían mucho más en devolver sus deudas. Por si fuera poco, el Fondo Monetario Internacional y la misma UE piden, casi que exigen, al gobierno heleno que reduzca el salario mínimo interprofesional. Una petición que no caerá en saco roto, a pesar de los sindicatos helenos y de sus propios ciudadanos, porque, entre otras razones, Grecia apenas tiene poder decisorio sobre sus propios asuntos.


Deutsche Telekom posee ya el 40% de la empresa nacional helena de telecomunicaciones y no es sino el comienzo: la lotería, el aeropuerto internacional de Atenas, las instalaciones deportivas de Atenas 2004, la gestión de las carreteras, de los puertos del Pireo, las compañías del agua y de la electricidad, la banca estatal, el servicio de correos, los inmuebles estatales... En los foros internacionales resuenan propuestas asombrosas, como aquella que pedía la privatización de algunas de sus diez mil islas, venta de islas griegas, o el plan secreto de Angela Merkel, el Plan Eureka, que incluye una privatización total de todo lo privatizable (como si no lo estuviera ya).






Dionisio aún no se levanta de la cama: dice que le duele la cabeza, que ve láseres fluorescentes apuntando a sus retinas, que en su cabeza ladra un perro y que no tiene fuerzas para dar conversación pero que, si se esperan un poquito, en seguida se le pasará: eso sí, con una copita. A las puertas del parlamento griego, en la plaza Syntagma, plaza de la Constitución, emigrantes turcos se hacen de oro vendiendo lápices láseres para que los protestones apunten a los antidisturbios, que terminan vestidos de verde fosforito. El perro más famoso del mundo, tras Rin Tin Tin y Milú, se tumba a recibir caricias y caramelos de los atenienses: es Lukanukas y está agotado porque hoy ha perseguido por igual a policías y manifestantes.


La carrera final ya ha empezado. Antes de vender las islas, los griegos venden los buenos días, las buenas tardes, las indicaciones y las sonrisas. Aquí ven que no bromeo: ¿quiere usted saber dónde está ese monumento que patrocina la bebida de burbujas? Pues son tres euros...








Las brumas que atenazan Grecia se extienden como una niebla espesa sobre todo el Mediterráneo. Las fiestas de Dionisio alcanzaron su esplendor en la réplica romana y Berlusconi sintió el dedo amenazador del dios teutón posándose sobre su espalda. La niebla se extendió aún más, cubrió las islas que separaban las bacanales romanas de la península ibérica, entró por el levante español y se introdujo en cada rendija de la meseta y de sus valles y montañas, entró en la tierra de Viriato y hoy parece diluirse por el mar tenebroso. Priapo se relame codicioso: su trabajo no ha hecho más que empezar: cuanto más se acerca al Occidente más cuantioso es su botín y más adormecidas están sus víctimas. Porque aquí, al problema de la mentira, se une la pesada digestión de miles de ladrillos y paredes de perlita. Y aquí, además, los ebrios están convencidos de que la resaca se les pasará con otra borrachera de ladrillos y créditos...



 © José Luis Sánchez Hachero
sanchezhachero@hotmail.com







martes, 3 de enero de 2012

Viaje a Colombia: Neonazis en los Andes, Tercera Fuerza




Existe una comunidad en el norte de Bogotá que se denomina Tercera Fuerza y que, como pueden leer en sus camisetas, tienen sus referentes políticos en la Herencia, la Tierra y la Comunidad. De cuando en cuando se reúnen y apoyan manifestaciones anti-izquierdistas, bajan al centro de Bogotá y exhiben su estética neonazi, sus cruces gamadas y demás parafernalia de difícil digestión en este lado del charco. 



Son neonazis, pero neonazis andinos, lo que en Europa resulta un tanto difícil de entender por el empeño que tienen los neonazis europeos en excluir a todo el que no hunda sus raíces en el viejo continente. Los neonazis de Bogotá tienen su propia página web: http://www.tercerafuerzanacion.org/, donde explican su fascinación, sobre todo, por Rudolf Hess, el lugarteniente de Hitler que huyó a Inglaterra y quedó preso durante décadas, hasta su muerte. Tercera Fuerza ha intentado alguna vez celebrar su cumpleaños en Colombia pero no ha tenido mucho éxito porque incluso el gobierno de Álvaro Uribe les paró los pies. Eso sí, en 2011 consiguieron celebrar el cumpleaños del Fürher http://prensarural.org/spip/spip.php?article5731



El grupo Tercera Fuerza nació en la ciudad colombiana de Pereira, en el eje cafetero, pero, cosas de la vida, su trayectoria se detuvo cuando algunos de sus miembros se trasladó a vivir a España, donde supongo que se sentirán más arropados racialmente. Entre ellos hay algún español, como el periodista Fabio, un falangista octogenario, y entre todos aspiran a alcanzar la cifra de 100.000 asociados, una cosa un tanto utópica en un país que se supone marcado por el estigma de las razas inferiores (en la ideología de los admiradores del austríaco en Europa).


Por extraño que suponga, Tercera Fuerza se declaran nacional socialistas y seguidores del general Rojas Pinilla, el único general golpista en la historia de Colombia (curioso que un país como Colombia, tan convulso, sólo haya tenido un golpe de estado en todo el siglo XX). Los cabezas rapadas de Colombia se saludan con su SEIG HEIL y no se consideran tan americanos como europeos, descendientes de aquellos conquistadores que ganaron un nuevo mundo para las coronas del Viejo Mundo (y sus bancos, más que nada). La mayoría de sus componentes tiene aspecto caucásico y europeo pero los había también con marcados rasgos locales. 





Los miembros de Tercera Fuerza tienen pocos judíos en Colombia a los que martirizar pero, dejando atrás eso de la raza, en la política pueden explayarse a gusto en una nación repleta de guerrillas comunistas y grupúsculos de izquierda. Se les relaciona con los grupos paramilitares de autodefensa y sus peleas con los estudiantes más revolucionarios son antológicas. Eso sí, en el vecino dirigente venezolano, Hugo Chávez, han encontrado un filón de indignación y ahora, además, en Gustavo Petro, el nuevo alcalde de Bogota, un antiguo guerrillero muy crítico con las políticas de Álvaro Uribe y con el actuar de los grupos de extrema derecha. Aquí los ven cantando el himno colombiano y atizando a un muñeco que representa a Hugo Chávez.





Aquí tienen a sus muchachas, muy rubias y monas ellas, tal vez más preocupadas del descanso del guerrero que de la lucha política propiamente dicha. Eso sí



Costa Rica, México, Uruguay, Argentina o Chile son otros países son fuerte presencia neonazi. Un panorama completamente desconocido en Europa por el gran público. En Sevilla, el 28 de enero se producirá un encuentro con Gianluca Ianonne, líder de la Casa Pound, y un concierto del grupo RAC (Rock against Communist) Zero Zeta Alfa, una ocasión definida por diferentes grupos de orientación nacionalsocialista como única para reunirse en Sevilla. Una ocasión única también para los grupos antifascistas, que también planean su réplica. Cuidado si van a Sevilla ese fin de semana...

editado: finalmente el encuentro neonazi no se produjo porque su líder, Ianonne, fue detenido por su implicación en un tiroteo...


 © José Luis Sánchez Hachero
sanchezhachero@hotmail.com




domingo, 1 de enero de 2012

Viaje a Myanmar: el país de las sonrisas y de Aung San Suu Kyi

En la antigua Birmania sonríen hasta las estatuas de los templos budistas

El 27 de mayo de 1990 la enérgica Aung San Suu Kyi ganó las elecciones generales de su país, que ella aún llamaba Birmania, y abrió, sin saberlo, las puertas a un futuro inesperado: tres días después, el 30 de mayo, los militares que dominaban el gobierno anularon unos resultados en los que la menuda líder había arrasado con un 80% de los votos y le refrendaban la condena que ya cumplía: arresto domiciliario. ¿Y por qué estaba condenada esta mujer? ¡Por haber sufrido un atentado a manos de un capitán del ejército! Salió indemne y eso debió encolerizar aún más a un régimen militar acostumbrado a mangonear con cierto estilo macarra. La atribulada líder ya había recibido avisos de que no debía soliviantar al pueblo, al que sorprendía en sus improvisados mítines con demandas de una democracia que los aldeanos no habían oído jamás, acostumbrados a no recibir del poderoso ejército más que malos modos y palos, una permanente represión sangrienta con la que el extravagante querido líder tropical, Ne Win, agasajaba a sus lacayos. Unos súbditos más preocupados por  sonreír y cumplir con sus ritos budistas que con esas cosas del poder. Tanto les gusta a los birmanos eso de sonreír que lo hacen por muy mal que lo pasen, los vi sonriendo en las largas jornadas de trabajos forzados en las carreteras, sonreían los prófugos que atravesaban penosamente la selva para refugiarse en Tailandia, sonreían los desheredados, los niños famélicos, los monjes de rojo maltratados por los soldados.






Rodeado de tantas sonrisas nadie diría que en este país de brazos abiertos y gente encantadora pudiera existir el mal, pero sí, existe, el mal con mayúsculas, el Mal, un Mal frío y calculador, un Mal chulánganas y despiadado, en manos de una cúpula de matones sin escrúpulos que no sólo condenó a la inquieta Aung San Suu Kyi sino que encarceló a todo un pueblo, cambió el nombre a sus sitios y lugares y les obligó incluso a caminar al revés. Dicen las crónicas que el máximo líder, conocido como el Número Uno, Ne Win, era tan supersticioso que cruzaba los puentes andando de espaldas, para no contravenir a los espíritus, y que tenía tanta fijación con el número 9 que todos sus decretos se publicaban ese día. Hasta decían de él que se bañaba en sangre de delfines para burlar al envejecimiento y algo debía de saber porque murió en 2002 a los 91 años... Rodeado de una miríada de adivinos y videntes, Ne Win decidió a principios de los setenta romper con los vínculos que aún lo ataban a los tiempos de la colonia ¡cambiando el sentido de la circulación !. Y así fue cómo desde entonces los vehículos birmanos circulan por la derecha, como los europeos: lástima que no cambió el parque móvil y los volantes sigan, también ellos, a la derecha, como los británicos. Los accidentes son moneda corriente, y pude comprobarlo en mi recorrido por el interior de Myanmar: camiones estampados en los arcenes, ciclistas doloridos por las cunetas, una tensión insoportable cuando mi guía trataba de adelantar mientras yo, con medio cuerpo fuera del vehículo, le arengaba: ahora, ahora...


Frente al malvado dictador se levanta otra vida fascinante, la de su principal opositora, Aung San Suu Kyi, hija del bueno de Aung San, un líder revolucionario que luchó contra los invasores británicos y que consiguió, incluso con encuentros diplomáticos de primer nivel, la independencia para su país. Aung San, pese a sus logros, no pudo evitar que sus compañeros más radicales lo asesinaran al poco de lograr la independencia porque el padre de Suu soñaba con un país desmilitarizado y sus compinches con una dictadura maoísta. No recordará mucho de su figura su propia hija, Suu Kyi, nacida sólo dos años antes de su muerte, aunque sí sentiría la efervescencia de una vida marcada por grandes acontecimientos, luchas, decisiones cruciales para el destino de un pueblo, crímenes y tensión. Ya sin su padre, la joven Suu Kyi no perdió la tensión de las grandes vidas y su madre, diplomática de nivel, recibe el mandato de la embajada de su país en la India, el poderoso vecino, y Suu Kyi recibe otra orden: se formará en la antigua metrópoli, en Gran Bretaña, donde estudiará en la Universidad de Oxford y se graduará en Ciencias Políticas, Economía y Filosofía, en el Saint Huge College, más concretamente, un partidito que siguió su fulminante ascenso trabajando para la ONU. Sin embargo, algo había en su interior que le quemaba: su pueblo era poco menos que un apestado en el mundo, oculto por una deleznable cúpula militar, atrasado e irrelevante en el panorama internacional, el sueño de la independencia había derivado a otra dictadura de corte comunista con los ojos puestos en el vecino Mao. Y en un arrebato muy propio de su gen, decidió volver a Birmania y propagar la buena nueva de la democracia. Y volvió con el visto bueno de su marido, Michael Villancourt, el más refutado experto planetario en el Tibet y el Himalaya, que incluso había ejercido como asesor privado de la familia real del hermético reino del Bután, y con el permiso también de sus dos hijos, nacidos de ambos en el Reino Unido. Algo debió de influir también el primer esbozo que hizo de la vida y obra de su padre, del que salió un libro, Sociopolitical currents in Burmese literature, y los dieciocho años que llevaba sin pisar su tierra natal. Suu Kyi volvió al país de las sonrisas y volvió a encontrarlas pero con un rictus de tristeza...





Sus paisanos seguían sonriendo aunque parecía que más por inercia que por convicción. Estas dos niñas, por ejemplo, tan risueñas y atentas a mi cámara, no tienen motivos para la risa porque son mano de obra esclava que el indigno gobierno militar utilizaba para mejorar carreteras, ampliar puertos y aeropuertos, abrir nuevos caminos en la selva, excavar en minas y canteras... A finales de los noventa, distintas organizaciones internacionales, desde Human Rights a la OIT pasando por Amnistía Internacional, calcularon que entre dos y tres millones de birmanos servían como mano de obra esclava en trabajos forzados. Hablaban de un impuesto especial para evitar esta iniquidad, pero tan elevado que las familias escogían a un miembro de la familia, normalmente niña y adolescente, para que cargara con la multa de todo el grupo. Lo cierto es que los trabajadores estaban al alcance de la vista de los pocos turistas que llegaban al país de las sonrisas, podías topártelos en las carreteras, en los bosques, en las riberas de los ríos.... Esta cuadrilla estaba en el trayecto del lago Inle, uno de los atractivos turísticos de Birmania, hacia Yangon, en una carretera frecuentada por grandes camiones cargados de enormes troncos del árbol de teca, el último gran reducto de esta preciada madera, que se dirigían a la vecina Tailandia...







Pero el país que encontró Suu Kyi no era el de sus recuerdos más lejanos, el de las risas cómplices y los hermosos rostros maquillados con tanaka, el polvo de arroz que les protege del sol: eran más bien risas nerviosas, un país que permanecía como una instantánea fija en los años cincuenta, justo antes del golpe de estado de 1962, un pueblo que tan sólo ha cambiado sobre el papel, en su nombre, de Birmania a Unión de Myanmar, primero, y República de la Unión de Myanmar más tarde, y todos los patronímicos que imaginarse pudiera, y encontró que su capital no era ya Rangún, de la que despegó su vuelo, sino Yangon, en la que aterrizó, y que hoy ya no es ni siquiera eso porque la cúpula militar, en un arrebato imprevisible, la trasladó  en 2007 trescientos kilómetros al norte, a la desconocida Naipyidó...


Aung San Suu Kyi tuvo la ocurrencia de volver el año en el que todo comenzaría a empeorar. Con el pretexto de cuidar de su anciana madre, enferma, Suu Kyi rompió su exilio y se encontró unas calles revueltas, los estudiantes en lucha exigiendo libertades, los militares usando sus porras a diestro y siniestro y el asfalto de Rangún con desbordantes charcos de sangre. Suu Kyi, hija de un prohombre nacional, envió al primer ministro una carta exigiendo una apertura democrática pero la misiva no fue ni siquiera tomada en cuenta. La enérgica hija de Aung San sintió nacer una indignación política que la llevó a dar su primer mitin frente a la más famosa pagoda del país, la de Shwedagon, y como estreno no le fue mal porque consiguió reunir a más de medio millón de personas. A partir de ahí, la leyenda no se detendrá y todavía hoy dura la lucha que comenzó casi un cuarto de siglo atrás. De su primer mitin pasó a un segundo, y de Rangún al campo, de varios cientos de miles de asistentes a unos pocos cientos, o varios miles, o muchos más cientos de miles. La población seguía a la breve pero explosiva Suu con devoción, a medio camino entre la admiración política y el respeto religioso y ella les devolvía la esperanza con palabras de paz y de no violencia que despertaron la admiración incluso en el extranjero.

Ingenio birmano: una vendedora de agua fresca con su complicado, y simple al tiempo, sistema refrigerador

La Junta militar no daba crédito a lo que veía. Una esmirriada mujercilla, que hablaba mejor el inglés que el birmano, se atrevía a desafiar un poder omnímodo que duraba ya casi tres décadas. Y, arrastrados por los acontecimientos, convocaron elecciones libres como manera de ocultar las frecuentes matanzas que los siniestros soldados cometían entre los protestones. En las retinas de sus seguidores quedaría para siempre la estampa de Aung San Suu Kyi enfrentándose suicida a los cañones de los militares o escapando milagrosamente de las ráfagas de metralleta que barrían a sus camaradas. De lo que no escapó fue de la ira de los generales, que la recluyeron, por primera vez, en su residencia de Rangún, o de Yangon, o de cómo quiera que se llame. Una residencia hermosa, en un barrio residencial de alto nivel, por cierto, a las espaldas de un lago y con una carretera tan exclusiva que un militar no me permitió ni siquiera intentar echar un vistazo por la valla exterior. Myanmar seguía tan hermética que hay que salir al extranjero para explicarse las imágenes que uno ve en el interior. Por ejemplo: que presenta una de las tasas de mortalidad infantil más altas del mundo, con 51 bebés muertos por cada mil nacidos vivos, que decenas de miles de birmanos (al menos 70.000) necesitan un tratamiento urgente para el SIDA pero que morirán sin tenerlo o que la esperanza de vida se acaba en los 64 años. Datos de Médicos Sin Fronteras o de Unicef, al alcance de un sólo click por parte de cualquiera.




En la residencia, Suu recibió muchas noticias. La primera, que había ganado las elecciones de 1990 pero que nunca gozaría de su merecido premio. La segunda, que había ganado el premio Nobel de la Paz de 1991 pero que no podría agradecérselo a nadie. La tercera, que su marido había muerto de cáncer en 1999 sin lograr un permiso para despedirse de su esposa. Y las noticias seguían llegando mientras los años pasaban por ella, tan decidida y enérgica como el primer día, paseando por su jardín, escribiendo libros sobre sus viajes por el interior del país, haciendo llegar notas escondidas a los medios de comunicación internacionales que se lo solicitaban, exigiendo a los militares su libertad y la de los miles de presos que se hacinan en las prisiones de la nación. Y así estuvo hasta 2010, con breves periodos de libertad que volvían irremediablemente al punto de partida cuando quedaba claro que no la callarían jamás, ni los militares ni ese remedo de gobierno.



Los refugiados birmanos llegaban a Tailandia en muy mal estado tras cruzar la jungla, contraer enfermedades y huir de ejecuciones y bombardeos




Un gobierno que ha perseguido a sus minorías hasta el exterminio y que ha obligado al exilio a cientos de miles de civiles. Muchos de esos miles malviven en la frontera tailandesa, en campos de refugiados casi invisibles para la prensa mundial, atendidos por organizaciones humanitarias internacionales que se encuentran familias enteras enfermas de malaria, de leihmaniasis, de cólera, gentes que huyen a través de las espesas selvas para evitar los bombardeos de sus aldeas y las ejecuciones masivas y sumarias.


Enfermos de tuberculosis refugiados en Tailandia y alojados junto a sus familias


En Kanchanaburi, en Tailandia, vi a muchos de ellos, incluso un joven que aseguraba pertenecer al Ejército de Dios, una peregrina organización de la etnia Karen que lideraban dos hermanos gemelos de doce años que se caracterizaban por tener la lengua negra, símbolo del poder entre estos extraños guerreros cristianos. A pesar de que nunca pude constatar que realmente perteneciera a ese grupo, me alegró ver a un muchacho con cara de niño, a pesar de que tenía 18 años, porque el Ejército de Dios fue mi primera lectura sobre Birmania y el motivo casi de que me embarcara a conocer el país.

El niño de azul decía haber pertenecido al Ejército de Dios

















Los tuberculosos vivían con sus familiares, la sanidad dependía de la caridad internacional, los refugiados eran poco menos que apestados en un país que no quería manchones en su idílica imagen turística. No eran buenos tiempos para las sonoras minorías birmanas: los shin, los chan, los kayin, los mon, los karen...


Reunión de estudiantes birmanos en el exilio tailandés

Claro que tampoco para los birmanos, o bamars, quedan exentos de la represión. En Tailandia me encontré con los estudiantes sobrevivientes de las matanzas de 1988, escondidos en los pueblos limítrofes a la espera de poder volver algún día a casa.
  









También probaron el hierro de los soldados los monjes budistas, verdadera institución en un país tan religioso como Birmania, unos heroicos tipos vestidos de azafrán que sufrieron también una espantosa represión en 2007, cuando se atrevieron a denunciar los sufrimientos de sus vecinos y a solidarizarse públicamente con Suu Kyi. Los monjes, propietarios tan sólo de su túnica naranja y de una escudilla con la que recogían arroz entre los más pobres de los pobres, también cayeron abatidos ante las botas militares...








A finales de 2011, Aung San Suu Kyi consiguió hacer realidad su sueño de legalizar y registrar su partido político en su querida Birmania. Liga Nacional por la Democracia. En 2012 se celebrarán elecciones generales en Myanmar y Aung San volverá a presentarse, como ya hizo veintidós años atrás. En aquel entonces las ganó y su vida se convirtió en un infierno. Heroico, sí, pero un infierno. Tal vez ahora tenga una segunda oportunidad y los magníficos paisajes de lugares como el lago Inle, Mandalay o, sobre todo, las pagodas de Bagan queden libres de la desagradable bota militar.


El lago Inle, al norte del país, un día nublado



© José Luis Sánchez Hachero
sanchezhachero@hotmail.com




Para más información sobre Aung San Suu Kyi, el cidob ha colgado en su web una biografía muy completa:
http://www.cidob.org/es/documentacio/biografias_lideres_politicos/asia/myanmar/aung_san_suu_kyi

Cartas desde Birmania, de Aung San Suu Kyi, editado por CIRCE en 1998, es otro libro muy recomendable para comprender a esta compleja líder

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