martes, 14 de agosto de 2012

Georges Gordon Meade, el gaditano que derrotó al general Lee

George G Meade, cortesía de http://www.gentedecadiz.com/?p=1891
 
El pequeño Jorge fue bautizado en la muy gaditana iglesia del Rosario el 31 de diciembre de 1815, cerca de la casa donde vio sus primeras luces, en el barrio de San Carlos. Claro que para sus padres nunca fue Jorge sino Georges y que el cura que le hizo llorar con aquellas aguas tan frías no podía imaginar que aquel mocoso derrotaría décadas después al general Lee y se convertiría en una leyenda para los ejércitos de los Estados Unidos. Que Georges G. Meade naciera en Cádiz no puede calificarse de accidente puesto que pasó buena parte de su infancia y adolescencia en la Tacita de Plata y cuando emigró al país de sus padres tuvo la ocurrencia de casarse con Margaretta Sargeant, una norteamericana que, cosas de la vida, había nacido también en Cádiz. El padre de Georges se había instalado en España como agente comercial del gobierno estadounidense y agente naval pero le sorprendieron las guerras contra Napoleón y terminó arruinado con tanto trajín y muerto por estrés. Desaparecido el padre, desconsolada la madre, el joven Georges viaja a un país que no conoce más allá de los relatos familiares, y encuentra un mundo que pronto identifica como suyo. 

Tanto que se decidió por el oficio de las armas y pasó con nota por las prestigiosas instalaciones de West Point después de guerrear un poco contra indios y mexicanos. Reprogramado pues como patriota, participó en las campañas de hostigamiento a México, para hacerse el cuerpo y afrontar el resto de su vida entre soldados. Y tanta fama se granjeó en sutre los suyos que el gaditano se vio en la tesitura de enfrentar al valeroso Robert E. Lee, el general sudista que buscaba la separación del sur esclavista. Para ello el propio Lincoln le otorgó el mando sobre el ejército del Potomac, una impresionante fuerza que aglutinó hasta doscientos cincuenta mil hombres en sus mejores días. Y en el momento cumbre de la guerra de la Secesión, un gaditano con nombre inglés se enfrentó a la leyenda de los confederados en la batalla de Gettysburg, donde no sólo mantuvo la plaza de Pensilvania sino que contribuyó definitivamente a ganar la guerra. Georges le dejó más de siete mil muertos a los confederados, a costa de enterrar también a muchos unionistas, pero tuvo la antigua caballerosidad de permitir la retirada de las tropas derrotadas mientras permanecía erguido sobre su caballo contemplando la humillante huida de sus rivales. Una caballerosidad que le costó un monumental enfado al presidente Lincoln porque no entendía cómo ese oficial tan despistado que sus hombres llamaban 'Vieja Tortuga' había sido capaz de dejar huir al principal enemigo. Tanto fuel mosqueo que las altas instancias lo sustituyeron por una leyenda viva, el general Grant. El gaditano Georges G. Meade murió años después en Filadelfia a los 57 años, convertido, eso sí, en leyenda unionista y héroe nacional. 


Bibliografía:
American civil wars commanders (1): Union Leaders in the east, Philip Katcher, Richard Hook, Osprey Publishing, Great Britain, 2002

Wilderness campaign: may 1864, John Cannan, Da Capo Press, 1993

Meade of Gettysburg, Freeman Cleeves, University of Oklahoma Press, 1960


© José Luis Sánchez Hachero
sanchezhachero@hotmail.com 

sábado, 11 de agosto de 2012

Viaje a las dos Iberias: la Iberia del Mediterráneo y la Iberia del Cáucaso




Perdidos en el último rincón de Europa, a las puertas del mundo islámico y último bastión de la Cristiandad, allí donde acaba la tierra para comenzar un mar desconocido y tenebroso, se levanta Iberia. ¿Les suena?

Un extremo de aquel 'mundo conocido' por griegos y romanos en el que moraba un extraño pueblo de lengua dura y difícil que imitaba en sus tendencias a los marineros helénicos que desembarcaban de cuando en cuando en sus tierras. Los griegos encontraron aquel pueblo organizado y capaz de constituir instituciones tan complejas como un reino y una sociedad bien estructurada. Tanto que su reino de fantasía tenía un nombre como de cuento, Sakartvelo, en honor a uno de sus fundadores atávicos, un tal Kartlos, hijo de Targamos, pariente de Noé, y hermano, entre otros, de Caucas, un pastor escita que murió a manos del Titán Cronos y dio nombre a toda una región. Los romanos, que tenían la lengua fina y no querían enredarse con esos chasquidos bárbaros de los pueblos que ensuciaban su imperio, decidieron llamarlos con un modo más sencillo: Iberia, el mismo nombre que usaron los griegos. Y en el año 65 el emperador Nerón ordenó incluirlos como parte del Imperio, a pesar de la belicosa defensa con la que los iberos se empeñaron en mantener viva su independencia. Las huestes de Roma dejaron una huella tan profunda que aquella antigua Iberia siguió por muchos siglos la estela que le señalaron los romanos y se identificaron más con ellos que con los bárbaros que les asediaban desde las orillas del gran mar tenebroso.

Tanto que uno de sus reyes más legendarios, el rey Iberio Mihdrat I, dejó inscrita en una piedra una leyenda que hoy nos parece más una rendición que otra cosa: 'Amigo de los césares' y 'rey ibérico apegado a los romanos'.



La Iberia a la que me refiero está en el Cáucaso, vivió pegada al reino de la Cólquida, el país del vellocino de oro que Jasón y los Argonautas buscaron con tanta pasión, y tiene tan pocas noticias de la otra Iberia como los otros ibéricos de ellos. La confusión de los términos, los ibéricos del fin de occidente y los ibéricos del fin del oriente, ha dado lugar a todo tipo de teorías: las hay descabelladas, las hay fantasiosas, alguna que plantea interrogantes serios y otras que desvarían en indescriptibles rodeos mágicos.

El entuerto es antiguo: en la época griega, Estrabón cree que el parecido de los nombres viene de las minas de oro, ya que existen en ambos extremos del mundo conocido, pero no ve más lazos ni étnicos ni culturales que estos. Si acaso que el reino de la legendaria Cólquida, con su ansiado jardín de las Hespérides, sus columnas de Hércules y su oro a espuertas, pudiera ser el de las costas del Mar Negro pero también el que descubrieron en otro impulso viajero en las costas del sur de España, otro jardín de las Hespérides, otras columnas de Hércules, otras minas de oro, pero estas más castizas: podría ser la desembocadura del río Tinto, en la actual provincia de Huelva (Adolfo Domínguez Monedero, Universidad Autónoma de Madrid). En este mundo de paralelos, las columnas de Hércules pueden ser los peñones del estrecho de Gibraltar pero también las poderosas montañas del Cáucaso, donde Prometeo sufrió el eterno castigo de que un buitre le devorara el hígado durante el día para que se le regenerara cada noche hasta que Hércules, el de las columnas, pasó por allí y acertase a liberarlo.

Los vecinos de Batumi son muy aficionados a levantar estatuas a sus mitos, leyendas y dioses
Más tarde, en el siglo XI, el escritor y monje georgiano conocido como Jorge del Monte Athos, o Georgi Mthatzmindeli aseguraba que los nobles georgianos de su época tenían especial interés en visitar la península ibérica del extremo occidental para conocer a sus hermanos de nombre (de Iberia en Iberia) y hasta nos llamó, a los ibéricos de España, 'los georgianos del oeste'. La mutua extrañeza dura hasta hoy y son muchos los que han usado este galimatías ibérico para levantar sus propias teorías sobre el parentesco de ambos pueblos. Hay quien recuerda que en la península ibérica occidental, la nuestra, se establecieron pueblos procedentes del Cáucaso y ven en la misma denominación una prueba irrefutable sobre la hermandad trans ibérica que une los dos extremos de Europa. Para los georgianos es una demostración evidente de que ellos también son europeos, y los carteles alusivos adornan paredes, ensalzan el espíritu continental como opuesto al barbarismo que se le supone al asiático, el desconocido y cruel que invade con hordas devoradoras como los persas, los mongoles o los turcos (olvidando que los europeos tienen una historia también paralela en lo referente a invasiones y crueldades). En España, por su parte, la cuestión sirve como bandera para demostrar otras incógnitas raciales y lingüísticas, como la del pueblo vasco.

Ibérica del Cáucaso ataviada con boina, lo más parecido a un vasco que encontré en Georgia

En Batumi, el Benidorm georgiano del Mar Negro, Pete, el amable vecino que me da cobijo en una habitación, me lo recuerda con orgullo: el georgiano es muy parecido al euskera, asegura, y cada año se producen intercambios entre universidades de la iberia caucásica y la iberia mediterránea. Así, por ejemplo, la universidad estatal de Ilia, en Tbilisi, editó en 2011 una traducción al georgiano de la Historia de la Literatura Vasca. Por su parte, el académico Xabier Kintana tradujo al euskera 'El caballero de la piel de tigre', un poema medieval considerado en Georgia obra nacional y la llamó Zaldun tigrelarruduna. Por si fuera poco, en 2006 el entonces lehendakari del País Vasco, Juan José Ibarretxe, fue elevado a doctor honoris causa en la universidad Ivane Javakishvili, de Tbilisi, con el objetivo de fortalecer los lazos de unión entre georgianos y vascos. No me extraña, pues, el entusiasmo con el que mi casero en Batumi me sonríe mientras escruta mi rostro: tal vez vea a un primo lejano de la otra Iberia. Pero la teoría que emparenta ambas lenguas no tiene consenso entre los académicos porque las similitudes, que las hay, no son lo suficientemente sólidas como para asegurarlo sin cortapisas. Los que consideran al euskera la lengua íbera por excelencia dejan paso abierto para convertirlas en primas de las del más allá pero si volvemos a las teorías que aseguran que el término Íbero no denomina a un pueblo en concreto sino a una localización geográfica tumba el chiringuito histórico. 

Así son los ibéricos del Cáucaso, si encuentra alguna similitud con los ibéricos occidentales, disfrútela


Unamuno defendió la tesis del 'vascoiberismo' y el padre de la lingüística moderna, Von Humboldt, consideró que el euskera era un íbero avanzado. A finales del siglo XX toma forma la idea de emparentar ambas lenguas, con lo que se emparentarían casi que automáticamente ambos pueblos y se demostraría, de una vez, que los vascos tienen más en común con los caucásicos que con los que ahora, ironías del destino, llevan el nombre de ibéricos con orgullo y con jamón. Sin embargo, como decía, similitudes hay, ciertas palabras son idénticas o muy parecidas, tienen el mismo sistema de declinación, son lenguas ergativas y será por eso que hasta Bilbao está hermanada con Tbilisi...

pescando frente a las montañas del Cáucaso...


A decir verdad, el georgiano no sólo me pareció tan inextricable como el vasco sino que tampoco me sonaba muy parecido al euskera, aunque mi oído no es el mejor para entender idiomas. Claro que lo realmente curioso es que el término Iberia exista en dos lugares distintos y alejados y sirva para que los georgianos reinvindiquen su europeidad mientras los vascos, precisamente, apelen a una prueba más que indica su alteridad respecto a los que los rodean.













© José Luis Sánchez Hachero
sanchezhachero@hotmail.com

miércoles, 8 de agosto de 2012

Desaparecidos andaluces durante la dictadura de Argentina



El 24 de marzo de 1976 los generales Jorge Rafael Videla, del ejército de tierra, Emilio Eduardo Massera, de la Armada, y Ramón Orlando Agosti, del aire, derrocaron al gobierno de María Estela Martínez de Perón, elevada a la categoría de presidenta desde la videpresidencia, dos años atrás, cuando murió su marido, que era Juan Domingo Perón, el presidente. Los militares pretendían poner fin a las luchas violentas entre grupos de extrema derecha y de extrema izquierda, que se repetían con gran violencia por todo el país y creaban una gran alarma en la sociedad. El ejército utilizó estos enfrentamientos como excusa para imponer el conocido como Proceso de Reorganización Nacional, eufemismo que escondía una brutal política de represión que impulsó el secuestro, la tortura, la desaparición y el asesinato por motivos políticos como modo de devolver la paz a esa sociedad que veían tan alarmada. Avalados por el gobierno de Washington, con Henry Kissinger al frente, los militares argentinos hicieron desaparecer un número que oscila entre los nueve mil que reconocen hasta los treinta mil que denuncian las Madres de la Plaza de Mayo. Entre ellos se contaban al menos cincuenta y siete españoles, cinco de ellos andaluces. El proyecto desaparecidos pretende que su memoria no desaparezca.

Por su parte, el comisionado de la memoria historia de la Junta de Andalucía eleva el número de andaluces desaparecidos a 60: el proyecto se llama Todos los nombres. Sean los que sean, al menos que sus nombres consten en alguna parte para que sus memorias pervivan.

Luis Miguel Día Salazar. Natural de Ayamonte, Huelva, donde nació en 1954. Fue secuestrado el 27 de julio de 1978 junto a su esposa, de nacionalidad uruguaya, embarazada de seis meses, en su casa de La Plata, capital de la provincia de Buenos Aires el 27 de Julio de 1.978, por unidades de policía no militar de esa ciudad. Se cree que estuvieron presos en la cárcel de La Matanza. Luis Miguel tenía 24 años. Su hijo, de haber nacido, tendrá actualmente 31 años.

Ricardo Domínguez de Castro. Nacido en Algeciras el 25 de enero de 1941. Desapareció el 21 de julio de 1976. Periodista. Al encontrarse perseguido desde antes del golpe de estado vivía en la clandestinidad. Por ello se desconocen circunstancias exactas de su desaparición. Tenía 35 años.

María Gloria Alonso Cifuentes. Natural de Málaga. Fue secuestrada el 29 de junio de 1977, cuando salía del almacén en el que trabajaba en Mar del Plata, provincia de Buenos Aires. Tenía 51 años.

Francisco Sánchez Quejedo. Nació en Almería el 12 de enero de 1949. Fue secuestrado en Córdoba (centro-norte de Argentina) el 14 de abril de 1978 por las fuerzas de seguridad. Era comerciante. nacido en Adra (Almería) el 12 de Enero de 1.949. Tenía 29 años.

Antonio Rafael Tamayo Ruíz. Nacido en Granada el 10 de mayo de 1941. Fue secuestrado el 1 de marzo de 1978 en San Martín, provincia de Buenos Aires. nacido en Motril (Granada) el 10 de mayo de 1.941, C.I. 5.672.661. Había trabajado en la factoría FIAT. Fue secuestrado el 1 de Marzo de 1.978 EN Tropezón, San Martín (Buenos Aires) por integrantes de la Policía Federal. 

© José Luis Sánchez Hachero
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martes, 7 de agosto de 2012

Viaje a Ecuador: Ingapirca y la cara del Inca



Dicen las leyendas de Hatum Cañar que en una época muy remota los cielos se abrieron y el agua cayó en un aguacero que duró días y semanas, meses y casi que años, un diluvio universal que tiene su espejo en el diluvio de Noé y los suyos pero que aquí aparece con un toque exótico y local: tan sólo dos hermanos consiguieron salvarse huyendo a la cima del monte sagrado de los cañaris, el Huacayñan, donde no tuvieron otra cosa que hacer que copular como locos con dos guacamayas con caras de mujer. Una estirpe singular, de ser cierta, y que merodea ceñuda por los alrededores de las ruinas, mezcla de cañaris, incas y guacamayas. Poco antes de la llegada de los conquistadores españoles, la paz de la zona se vio soliviantada con la invasión de los arrebatadores ejércitos incas, una invasión que tras la conquista se tornó amable y sencilla, yo, inca, te impongo mi poderío militar, tú, cañari, me enseñas tus conocimientos sobre agricultura y metalurgia. Y así, en esta tierra ya colonizada por el Inca, cayó una nueva invasión, la de los españoles, y donde se levantaba una próspera colonia, los conquistadores no vieron más que piedras que habrían de servirles para levantar casas, la verdadera obsesión del español de bien.

 



Perdido en las alturas, camuflado entre la niebla, Ingapirca es el 'Muro de Piedra inca', según la traducción en quechua. Llego en la caja trasera de una furgoneta atestada de gente, apretadas hasta la extenuación, ellas con miradas negras y fijas desde lo más profundo de unas cabezas coronadas con sombreros de bombín, ellos con gesto adusto, serio, observándome fijamente, no sé si pretenden diseccionarme, darme la bienvenida o reprocharme los excesos de nuestros antepasados históricos. Porque en Ingapirca reinaron los Cañares antes que los Incas pero estos últimos respetaron a los primeros y se mezclaron con ellos en una dominación amable y suave. Nada que ver con la batalla que planteó el jiennense Belalcázar al egregio Rumiñahui, aquel capitán de Atahualpa que prefirió destruir la antigua Quito antes que entregarla al español invasor. Tal vez los vecinos de Ingapirca se sientan observados, a su vez, por lo que consideren una réplica del lugarteniente de Francisco Pizarro, sus mismos pelos largos, la misma barba descuidada. El trayecto apenas toma un par de horas, pero un par de horas apretado entre la multitud, como decía, una turbamulta que se arremolina en la estación con idéntico destino pero diferente propósito. Muy de mañana salimos desde las afueras de Cuenca, una señora ciudad que imita los balcones colgantes de la original, la castellana, pero que se levanta tan majestuosa como el inca de la pared. Ingapirca es tan desconocido para el admirador del imperio inca como las pinturas rupestres del Amazonas para los amantes de la arqueología pictórica.



Por las ruinas pasó el cronista Pedro Cieza de León a mediados del siglo XVI, y poco después fray Gaspar de Gallegos. Dos siglos más tarde llegan dos insignes españoles, Jorge Juan y Antonio de Ulloa, este último un sevillano que, para no perder el tiempo, descubrió también el platino en su viaje iniciático. El francés Carlos María de la Condomina, uno de los científicos más famosos de su época, también pasó por aquí, y a estos últimos, Ulloa y La Condomine debemos los planos más fiables del Ingapirca que ya no existe. Aunque nadie conseguía aclararse sobre el pasado de las instalaciones, se dudaba entre lo militar y lo religioso, los sabios acumulaban visitas posicionándose en uno u otro bando. El alemán Alexander Von Humboldt se inclinó por la función militar. Hoy creemos saber que su principal función fue la de observatorio del sol y la luna. La explicación más sencilla pasa, probablemente, por una simbiosis de ambas teorías en las que lo militar terminó por apuntalar lo religioso.

recreación de un hogar inca-cañari

















Los edificios más importantes se construyeron bajo el reinado de Huayna Capac durante la campaña de conquistas del sur del Ecuador, una suerte de cuarteles en los que encontraban reposo y sustento las tropas del Inca. El templo elíptico, dedicado al Sol, conserva elementos de estilo cuzqueño imperial como sillares almohadillados y paredes de piedra cortada que silencian el pasado de sus verdaderos antepasados, los cañaris. Aunque, en esencia, tampoco es tan cierto porque la arquitectura cañari está por todas partes, sometida al genio inca pero soportando las debilidades de aquel, en la talla de la piedra, en las amplias praderas verdes que esconden tras la niebla los palacios que fueron, los baños aún húmedos, las bodegas, la gran Kancha, o gran plaza, a cuyo alrededor se levantaban las peculiares casa locales, el Ingañan, o camino, un camino sobre el que se eleva la misteriosa cara del Inca, el esculpido no se sabe bien si por la mano experta de un hombre o por el mismo dios Sol. Para más información sobre este sitio arqueológico: Ingapirca Ajeno a su polémica, el Inca permanece inmutable, observando lo que una vez fue suyo, su ciudad de los andes ecuatorianos, sus dominios en tierras de Cañar, las ruinas incaicas más famosas del Ecuador.








 ©  José Luis Sánchez Hachero
sanchezhachero@hotmail.com








miércoles, 1 de agosto de 2012

Antonio de Ulloa, el sevillano que descubrió el platino



Corría el año 1735 cuando el sevillano Antonio de Ulloa entró en la selva húmeda del Chocó, en Colombia, para medir un arco del meridiano. Iba enviado por la Academia de Ciencias de París y encabezaba una expedición geodésica con sólo 19 años, una edad que causó rechifla entre los franceses, al principio, y admiración más tarde cuando vieron en él a un genio. Los franceses querían poner punto final a las acaloradas discusiones que enfrentaban a los científicos newtonianos con los cartesianos y no tenían otro medio que internarse en el virreinato del Perú. La Corona aceptó la entrada de la expedición gala en territorio imperial pero con condiciones: debía tener presencia española y sería la de ese mozalbete.


Durante su viaje por la selvática región, en un yacimiento abandonado, Antonio observó que ciertas minas habían sido desechadas por contener un metal tan duro que no se alteraba por la calcinación. Antonio explicó en su ‘Relación histórica del viaje a la América Meridional’ que los mineros consideraban a ese mineral un incordio porque los confundía y les hacía perder el tiempo: oro no parece, plata no es. No pensaban igual los indios, quienes lo consideraban un regalo de los dioses y no podían creer que los españoles lo arrojaran a un lado como desecho. Antonio se decidió a darle un nombre y lo llamó ‘platino’, pues los mineros lo llamaban ‘plata de la mala’. Ulloa redescubrió el mineral para los europeos, que a partir de sus muestras concluyeron que se trataba de un elemento químico diferenciado de los demás, que tenía tanto o más valor que el oro por el que desecharon toneladas y que sus posibilidades eran numerosas. Tantas que hoy es uno de los minerales más valiosos de cualquier joyería.

            Antonio cayó en manos de los británicos cuando regresaba a España pero su intelecto deslumbró tanto a los ingleses como había deslumbrado a los galos y en Londres, en lugar de prisionero, lo nombraron miembro de la Royal Society. Por si fuera poco, fundó el Museo de Ciencias naturales de Madrid, el Observatorio Astronómico de Cádiz, el primer laboratorio metalúrgico de España, fue gobernador en el Perú y La Luisiana, director general de la Armada y hasta dio las claves para mejorar el sistema postal entre la península y América. Pero Antonio permanecerá para siempre en la historia como el descubridor del platino, uno de los minerales más valiosos, con número atómico 78 y situado en el grupo 10 de la tabla periódica de los elementos.

Antonio de Ulloa (Sevilla, 1716 – San Fernando (Isla de León), 1795)
Actas del II centenario de don Antonio de Ulloa, Escuela de Estudios Hispanoamericanos, Archivo General de Indias, CSIC
Relación histórica del viaje a la América Meridional, Antonio de Ulloa


©José Luis Sánchez Hachero
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martes, 31 de julio de 2012

Viaje a Birmania: en el reino de Bagan



Entre los siglos XI y XIII los súbditos del reino de Pagan construyeron catorce mil edificios religiosos en un área de ciento cuatro kilómetros cuadrados. Dicho de otro modo: durante doscientos cincuenta años, los habitantes del reino de Pagan construyeron diez mil templos, mil estupas y tres mil monasterios en un área equivalente a la ciudad de París, a la de Barcelona, al barrio de Manhattan, similar al término municipal de Navalcarnero, en Madrid, o exactamente el mismo que Villafranca de los Barros, en Badajoz. Y así, concentrados hasta atorarse, los catorce mil edificios religiosos de Bagan convirtieron a la extensa planicie en un centro religioso inigualable en el centro de Asia, un lugar donde coexistían el budismo Theravada con el Mahayana y el Tántrico, las escuelas hinduistas de Vaishana y Shivaismo y los cultos animistas de los habitantes más antiguos. 




Bagan desprendía rezos y oraciones, por sus calles se respiraba santidad y paz, dicha espiritual y paciencia sabia. Hasta que en 1287 el imperio colapsó, dicen que por las invasiones mongoles, y el increíble centro religioso del reino de Pagan languideció hasta quedar convertido en lo que es hoy, un lugar de peregrinaje para los más devotos, y de asombro para los despegados. Cuando lo visité, en algunos templos se afanaban arqueólogos limpiando paredes, descifrando enigmas y reparando grietas, las grietas del tiempo más que de los saqueos porque, y sólo en el siglo XX, el antiguo reino de Bagan sufrió más de cuatrocientos terremotos. 














Pero se afanaban casi que en vano porque eran contados, contadísimos, y la magnitud de la tarea era, y es, titánica. El gobierno militar de Yangon, la rebautizada ciudad de la también rebautizada Myanmar, no ayuda precisamente a evitar que se le desmorone uno de los más bellos legados de la Antigüedad. De aquellos edificios hoy sólo quedan dos mil doscientos veinticuatro, un número que se antoja lejano pero que plantea la terrible duda al visitante de cómo comenzar a disfrutar de este disparate arquitectónico. Hasta donde abarca la vista se intuyen templos y cuando acaba de subir exhausto a uno de ellos se da cuenta de que la tarea es inabarcable. Por sus calles transitan carros tirados por bueyes, corren niñas como palos y desfilan mujeres con el rostro embadurnado en tanaka, la pasta embellecedora que además protege del sol. La vida en Bagan, ese es su nombre hoy y no Pagan, es de lo más rural y apacible. Un lugar alejado del bullicio turístico de otros enclaves fundamentales en Asia, como el templo Jemer de Angkor Vat, en Camboya, o Borobudur en Indonesia: la dictadura que ha torturado la vida de la premio nóbel  Aung San Suu K  cerró de tal modo el país que apenas un puñado de turistas intrépidos se acerca a esta maravilla. En un solar se celebra un teatro y la explanada se abarrota de curiosos que casi no ven el drama que se desarrolla en el escenario. Gritan al unísono, ríen a la vez, se apenan colectivamente, el espectáculo no está arriba: está abajo, en el público, no quiero ni pensar que les proyecten una película de ciencia ficción.


saliendo de misa, como el que dice


Todo comenzó con el rey Bagan Anawarahta, un rey guerrero que conquistó el reino de los Mon, fervientes budistas de la rama Theravada, un rey sensible con las cosas de su reino y, finalmente, un rey susceptible de sentir el influjo de las cosas nuevas. Entre los treinta mil prisioneros Mon que Anawaratha hizo en sus batallas, se encontraba la familia real pero también artesanos, constructores y religiosos y el sensible rey sintió la llamada de Buda. Con ellos estudió las treinta y dos copias de la biblia Theravada, el Tiitaka, gasolina para el fuego sagrado que el monarca sentía en su interior. El budismo se estableció sin lugar a dudas y sus sucesores empeñaron también sus vidas en propagar y fijar la buena nueva. Kyanzittha, que debió ser el nieto de aquel guerrero tan sensiblón, creó la fama del reino, a modo de lema turístico del momento, 'Bagan, la tierra de los cuatro millones de pagodas', una exageración que no dejaba de asombrar al visitante cuando descubría que no eran tantas pero sí un montón, y que el laborioso pueblo que levantaba templos como loco tenía también un sistema muy refinado de regadío para los extensos campos de arroz y una sociedad de lo más civilizada. Aquí puedes encontrar más datos sobre aquellos tiempos: Arquitectura oriental (en inglés)




La historia sugiere, porque ni siquiera esto es seguro, que la invasión de los mongoles derribó el sueño cuando los invasores exigieron el pago de unos tributos que los súbditos de Bagan no podían hacer frente y tuvieron que derribar unos seis mil edificios para amurallar el recinto. Y total para nada porque los mongoles entraron igualmente, tomaron la ciudad y observaron atónitos el gran trabajo que habían hecho sus conquistados. Tanto les gustó, que apenas estropearon nada y la mayor parte de los daños que han llegado a hoy los hicieron sus propios constructores levantando la muralla de contención. Al menos nos queda un sinfín de templos y pagodas y estupas con las que detenerse a mirar las complicadas pinturas que adornan sus paredes interiores, dibujos que los artesanos locales copian en lienzos que parecen pergaminos y que venden a los pocos turistas por unos pocos dólares. 

vendiendo copias de las pinturas de los templos



Budas sentados, dragones entrelazados, mujeres recogiendo flores, escenas de la vida del santísimo en las que transcurre una vida que parece lejana e idílica. Pero es que fuera así lo pareciera: de aquella ventana asoman tres jóvenes con túnicas naranjas, de aquella puerta sale un humo que delata a una olla y una familia espera sentada a la sombra, las pagodas parecen aún vivas, en su ruina, y habitadas, en su decadente esplendor.

Los templos están vivos y son los vecinos quienes les insuflan esa vida

El hombre que tiene miedo, busca refugio en los montes, en los bosques sagrados o en los templos. Sin embargo tales refugios no sirven, pues allí donde vaya, sus pasiones y sus sufrimientos lo acompañarán. Buda 


©José Luis Sánchez Hachero
sanchezhachero@hotmail.com














sábado, 28 de julio de 2012

Viaje a la Amazonía: con los Jiw del Guaviare


Una maloca de los Jiws con la base militar El Barrancón al fondo

Base de antinarcóticos del Guaviare junto a El Barrancón

Junto al río Guaviare, cerca del municipio de San José, se levanta la base escuela de elite El Barrancón, una escuela de fuerzas especiales rurales, los boinas verdes para los EEUU, un lugar donde se adiestran oficiales colombianos y de hasta otros veinte países. El lugar es idóneo para estos entrenamientos porque el clima, el entorno y la selva húmeda presenta las características de todos los futuros teatros de operaciones de Latinoamérica y hasta del África. Y, además, el sitio es bonito, con caudalosos ríos, tupidos bosques y hasta la oportunidad de foguearse en algún combate con los guerrilleros de las FARC, que tienen sus bases no muy lejos, selva adentro. En la escuela también se entrenan militares de la US Especial Force porque, dicen los datos de las instalaciones, dentro se desenvuelven más de cien instructores especialistas en comandos SEAL o unidades LURP (los célebres Rangers), entre otras, que operan infiltrándose en territorio enemigo. Un lugar que inspira respeto porque durante muchos años fue el escenario idóneo para poner en práctica las nociones aprendidas en la escuela de las Américas y sólo evocar esa escuela pone los pelos de punta a muchos en este continente. Unas instalaciones que utilizaron, por cierto, los paramilitares que cometieron una de las más horribles masacres de la historia de Colombia (que ya de por sí tiene una historia larga en masacres), y que no es otra que la de Mapiripán (La masacre de Mapiripán)

Viajando en una pick up con los guayaberos


El problema de la base militar de El Barrancón es que su destino debía de ser otro. Otro radicalmente distinto. El Barrancón era un resguardo indígena en el que vivían, y aún viven, los Guayaberos, o Jiw, en su propio idioma. Según denuncian los mismos Jiw, 'a veces encontramos artefactos abandonados, esquirlas y casquillos de bala en las chagras y yuqueras'. Los indígenas aseguran encontrar trampas en sus fincas, minas en sus caminos, restos de artefactos en sus patios. El 20 de febrero de 2007, por ejemplo, una joven llamada Nubia Díaz recogió algo que encontró en el suelo y perdió las piernas, un suceso que fue noticia en todo el país por el sinsentido de una etnia condenada eternamente a vagar. A ella, a Nubia, no la vi pero sí vi a las niñas guayaberas caminando pesadamente a primeras horas de la mañana, desde sus malocas junto a la base militar hasta el centro del pueblo. 'A veces se paran junto a la base, ya sabe usted', me comenta la concejala de asuntos sociales de San José, 'para conseguir dinero...'. Los guayaberos son serios, te miran con cierta desconfianza y a distancia, los que conozco están en un descampado caluroso, aplastados por el sol, elaborando grandes tortas de yuca, en algunas chozas incluso se anuncian llamadas telefónicas. En la ciudad los ven como seres extraños, con propensión al alcohol y la pelea ellos, sucias y dispuestas a prostituirse ellas. 

Estos son los guayaberos y estas son sus caras



Pero su historia es más que triste porque los Jiw eran nómadas del gran desierto verde, la jungla. Primero sufrieron la guerra de los Mil Días, luego la revolución, los años de la Violencia (La Violencia), la llegada de los colonos, las grandes plantaciones de marihuana, los cazadores de pieles, los sembrados de cocaína, los frentes 1 y 7 de las FARC, el bloque Centauro de los paramilitares, los ganaderos con sus miles de vacas, los soldados. Y, por supuesto, las bases militares. Por el camino quedaron muchos, asesinados, secuestrados y desaparecidos, a veces en ese orden. 'La guerrilla dice que ellos son el ejército del pueblo, que ellos mandan y nos hacen hacer trabajo forzado, o si no nos maltratan o nos matan'. Los testimonios como ese son comunes: aquel muchacho huyó de su pueblo cuando supo que lo iban a matar, aquel señor se escapó cuando vio que mataban a un vecino, aquella familia llegó hace unos meses y todavía no se maneja muy bien en un territorio sin caza ni bosques. Hoy viven dedicados a pillar lo que encuentren, ellas a buscarse la vida en la ciudad o a elaborar artesanías jiw de barro cocido, ellos a deambular en busca de no se sabe bien qué cosa. Me recuerdan a los Nukak Makú, sus vecinos (Mi visita a los Nukak Makú





Y entonces la guerra alcanzó toda su crudeza en la región: los paramilitares se enfrentaban a los guerrilleros y viceversa, los narcos se adueñaron de lo que no pertenecía a ninguno de ellos, algunos paramilitares se convirtieron en bandas comandadas por personajes tétricos como alias 'Cuchillo', y la situación empeoró. 'Cuando veníamos de los resguardos de río abajo, nos decían que éramos de la guerrilla y cuando subíamos nos acusaban los guerrilleros de llevar información al ejército o a los paramilitares...'. Entre todos lo mataron y el pueblo guayabero, enterito, tomó la decisión de emigrar. Dejaron atrás sus territorios, sus zonas de caza, sus santuarios de pesca y cambiaron su particular paraíso por un secarral junto a unos tipos que juegan a la guerra y unos vecinos que los consideran poco menos que perros de la selva.


Cocinando fariña
Junto al cochambroso asentamiento de los Jiw se encuentra el polígono de entrenamientos y los indígenas van con miedo a mariscar. A buscar agua, a lavar la ropa, a bañarse. Todo con miedo. Los guerrilleros llegaron a imponerles multas por cazar de noche sus animales habituales y de día era la policía la que les multaba si cazaban especies protegidas. Desorientados y malhumorados, los guayaberos sobreviven en una especie de indolencia colectiva, con miedo a unos y otros, una etnia desplazada en su totalidad de sus tierras originales. 



Según el INCODER son algo más de mil cien individuos, procedentes de las riberas del río Ariari, aunque llevan décadas sin poder acercarse por el conflicto armado. Cazadores y pescadores, los jiw son también conocidos como mitua o canima, vivían en grandes casas colectivas, donde convivían hasta veinte personas que dormían colgadas en chinchorros (hamacas) en una suerte de distribución vertical, con los niños arriba y los padres abajo, desplazándose conforme los cultivos se acercaban a sus tierras. Son indígenas amazónicos, de esos que usan el yagé, o ayahuasca (link: mis experiencias con la ayahuasca) y que levantan casas llamadas Peilaba para las mujeres menstruantes y las próximas al parto. Los guayaberos han entrado en esa categoría de etnia fuertemente amenazada, con su lengua entre las cinco con más posibilidades de desaparecer en unos años, unos seres que han pasado de vivir en un pequeño paraíso junto al río Guayabero, que les terminó por dar el nombre con el que los conocen los hombres blancos, a vivir en un caluroso infierno, junto al río Guaviare. 



Para conocer más sobre los jiw: Los jiw, o guayaberos


 © José Luis Sánchez Hachero
sanchezhachero@hotmail.com





























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