viernes, 28 de diciembre de 2012

Viaje a Haití: con los negros muertos por Trujillo en el río Masacre


El río Masacre

Durante el verano de 1937 el presidente de la República Dominicana, Rafael Leónidas Trujillo, llegó al máximo de su paciencia: basta de negros en mi país, pensó, ¡que no quede ni uno! Llamó entonces a sus generales y les ordenó que matasen a todos los que encontraran porque ensuciaban su país, que en su delirio presumía blanco. El 28 de septiembre el ejército dominicano, en la ciudad de Bánica, acuchilló a los negros que pudo, tiroteó a otros y aplastó a los que huían con el resultado de 300 haitianos muertos. Fue el inicio de una matanza de proporción bíblica, una masacre de increíble envergadura que siguió a lo largo de la frontera entre los dos países, una frontera de juguete que los haitianos cruzan cuando les viene en gana, y dejó, según los cálculos más conservadores, entre 15.000 y 20.000 muertos. La matanza tuvo muchos nombres pero entre los dominicanos se la recuerda como la masacre del Perejil, porque todo negro que no supiera pronunciar bien esa palabra era declarado haitiano y ejecutado con lo primero que hubiera a mano. La cifra de muertos crece en según qué relatos y hay quien menciona los 30.000 muertos, muchos de ellos en las riberas de un lánguido río que se tiñó, dicen los locales, de rojo de tanta sangre que se vertió en él.


Tanta sangre que el río, dicen, cambió su nombre y hoy se le conoce como 'Río Masacre'. Claro que incluso con una cosa tan obvia es complicado la etimología porque en estas mismas aguas los antiguos colonos españoles degollaban a las vacas para hacer cuero y secar carne. El caso es que si había alguna duda, ya no la hay. Los indígenas conocían a la exigua corriente con el nombre de Dajabon, en honor a un pez llamado así y que abundaba en tiempos pretéritos: hoy el río no lleva sangre, ni apenas agua, y es tan fácil cruzarlo que los haitianos lo hacen por miles dejando en ridículo el ostentoso puente que une a los dos países como frontera oficial. Por las calles de la dominicana Dajabon caminan los haitianos cargados de todo tipo de bultos, entre los que destacan zapatos, zapatos por millares, procedentes, veo en las bolsas, de ayuda humanitaria internacional. ¡Extraña ayuda la de los zapatos que terminan esparcidos por los suelos de un mercadillo dominicano! Da lástima ver lo que queda del primer país negro independiente del planeta, del segundo país en América en lograr su emancipación, tras los EE.UU, el proyecto de una nación de cimarrones, esclavos rebeldes que se sacudieron el yugo del amo francés y dejaron en ridículo a sus militares y al mismísimo Napoleón con su declaración de independencia nada menos que en 1804.



La Española adquirió a principios del siglo XX un inesperado protagonismo como escala camino del recién inaugurado canal de Panamá. La carrera estratégica se interpuso en el camino de Haití, inmersos a su pesar en un tablero de juego internacional. Norteamericanos, franceses y alemanes pusieron los ojos en la caótica república pero fue Woodrow Wilson el que se adelantó al dar la orden de invadir el país en 1916. El asesinato del presidente local Vilfrun Guillaume Sam y la posterior anarquía en la que cayó el país fue el motivo perfecto para intervenir en nombre de la razón contra el caos: un motivo recurrente y una anarquía repetida hasta hoy mismo en este desgraciado país. Los marines sólo tuvieron una breve resistencia en una mini república surgida en la cercana región de Artibonite. Un estrafalario libertador, Charlemagne Peralte, organizó un gobierno provisional al norte de la isla, pero unos soldados disfrazados de guerrilleros negros lo asesinaron decapitando la rebelión.


Durante los siguientes diecinueve años, la política de Puerto Príncipe se dictaría desde Washington. Y los resultados tiñeron de infraestructuras y sangre el país. Los norteamericanos construyeron carreteras y hospitales, inyectaron dinero en la depauperada economía haitiana y encargaron a sus soldados el cuidado de la nueva finca. Para poner los cimientos del país combatieron duramente el bandidismo que caracterizaba la región y sometieron a los ladrones a trabajos forzados. Pero el castigo generó nuevas rebeliones, y el ostracismo al que se vio relegada nuevamente la gran masa negra caldeó el ambiente. Los norteamericanos tuvieron que enfrentarse a la conocida como ‘Revuelta de los Cacos’, hordas de delincuentes que habían hecho del bandidaje y de los asaltos su forma de vida, y que ahora veían cómo un ejército blanco quería ponerlos en vereda. Cien años después, todavía caminan por las carreteras, huestes harapientas que portan fotografías en blanco y negro de otros tiempos para ellos mejores, fotos rasgadas por el tiempo y por machetes, guardadas en bolsillos deshilachados de guerreras militares. Los tíos del saco, los guardias de Duvalier, los bandidos, y los militares del ejército nacional se confunden hoy hasta resultar los mismos.

Mercadillo haitiano en Dajabon

Los gobiernos títeres que se sucedieron hasta la retirada norteamericana en 1937 sólo dejaron más tensión racial y una conciencia doble: la negritud de la población y su profunda vinculación con África a través de sus tradiciones ancestrales. O mejor dicho, el vudú. Y una pobreza tan extrema que gran parte de la población, empujada por la superpoblación, buscó trabajo y una vida mejor en el terreno que ocupaba la República Dominicana. Los haitianos trasladaron sus problemas a cuestas, y también su mala suerte. La llegada de tanta mano de obra barata provocó conflictos con los dominicanos, que empezaron a perder sus empleos. Subió además el precio de la caña de azúcar y los recuerdos de las invasiones de Boyer y del emperador Faustino del siglo anterior avivaron el racismo. El resultado fue una de las peores matanzas de la historia de la isla, tras la de taínos, en los tiempos de la conquista, y los franceses, en tiempos de la independencia: miles de haitianos fueron asesinados por orden de Rafael Leónidas Trujillo, el dictador dominicano de turno.

Entrando en la República Dominicana desde Haití
Los cadáveres fueron arrojados a un río que cambió su color al rojo sangre y su nombre al de Masacre. Hoy el río corre peligro de desaparecer porque desde sus mismas fuentes lo acuchillan sin piedad: roban su arena, convierten sus orillas en pocilgas y vertederos, taponan tramos kilométricos y el resultado se ve desde el puente ostentoso del que hablaba al principio: el río Masacre, el del color rojo, se puede pasar a pie y casi que sin mojarse los zapatos. Y eso hacen los haitianos, cruzarlo a pie, como hicieron sus antepasados, y casi que por los mismos motivos, hambre y desesperación. Bajo sus pies descalzos aún gritan mudos los espíritus de los que cambiaron el color y el nombre al río. Todavía hoy seguimos sin saber cuantos murieron a manos del sanguinario Trujillo. Todavía hoy siguen los nietos de los muertos cruzando las mismas aguas.

Aquí estoy yo, grabando un camión

José Luis Sánchez Hachero
sanchezhachero©hotmail.com
losmundosdehachero©gmail.com







lunes, 24 de diciembre de 2012

La primera población española en América: el fuerte de Navidad y su alguacil cordobés





La primera población española en tierra nueva fue levantada con los restos de una nave hundida, estuvo habitada por treinta y nueve hombres y tuvo un alguacil de Córdoba. El viernes 4 de enero de 1493 Cristóbal Colón abandonó las costas recién descubiertas para comunicar a sus majestades los reyes católicos sus descubrimientos. Se llamaba Fuerte de Navidad, en honor al día en que fue levantado, la Navidad de 1492, fue construido con los restos de la Santa María, encallada frente a las costas de Haití. Los taínos contemplaron atónitos acercarse esas monstruosas naves de madera y cómo una de ellas varaba cerca de tierra. Inocentes de lo que les esperaba, ayudaron a los náufragos, trasladaron la carga a la orilla, lo salvable al otro monstruo, la Niña, y edificaron con las maderas y los cañones un precario fuerte.

Al frente del asentamiento, Diego de Arana, un cordobés que algo debió de agradecer a su prima los amores que mantenía con el capitán de la expedición, Colón, y el hijo que le había dado, Hernando. Diego recibió la orden de mantener el fuerte junto a Guacanagarí, un cacique local que les ayudó con mano de obra y alimentos. Los españoles, sin embargo, aplastados por el sol del trópico, rematadamente lejos de sus hogares, no pudieron resistirse a los encantos de la isla: muchachas medio desnudas con argollas de oro en narices y orejas. Oro, mujeres y treinta y nueve hombres con una abstinencia sexual de meses. Los españoles no sólo raptaban a las muchachas y robaban el oro sino que se peleaban entre ellos por el botín. El grupo acabó por separarse y veintinueve españoles vagaron por la región buscando más mujeres y más oro. Diego de Arana y nueve incondicionales mantuvieron el tipo en el fuerte aunque por poco tiempo.

Un mal día, el cacique Caonabo, que no era taíno sino caribe, antropófagos temidos por sus vecinos, aburrido de que aquellos barbudos les chulearan, lanzó un ataque feroz y los mató a todos. Insatisfecho aún, acudió al fuerte Navidad y prendió fuego a la empalizada, con tan mala suerte que los españoles que quedaban huyeron hacia el mar y murieron ahogados. Colón regresó, como había prometido, pero lo hizo un mes tarde. Diego de Arana y los otros treinta y ocho primeros habitantes españoles de América eran ya historia.

Bibliografía

Colón, Cristóbal Relaciones de viajes
Colón, Hernando Historia del Almirante
Nueva lista documentada de los tripulantes de Colón en 1492, Alice Bache Gould,  Real Academia de la Historia, Madrid, 1984.
Beatriz Enríquez de Harana y Cristóbal Colón, José de la Torre y el Cerro, Compañía Iberoamericana de Publicaciones S.A. Editorial Maxtor, Valladolid, 2006.

José Luis Sánchez Hachero
sanchezhachero@hotmail.com
losmundosdehachero@gmail.com

domingo, 23 de diciembre de 2012

Viaje a Colombia: en la Isla de los Micos del narcotraficante Mike Tsalikis




























A una hora de trayecto en canoa sobre las turbias aguas del río Amazonas desde la ciudad de Leticia, la capital de la Amazonía colombiana, se encuentra la que todos conocen como Isla de los Micos. Una isla que, como agudamente indica su nombre, está repleta de micos, de monos, de primates. Los monos pululan alegres por las ramas de los árboles, brincan por las copas y se acercan curiosos a ver a los turistas para hacerse unas fotos con ellos: no sabría decir quién con quién. Los cuidadores emiten chasquidos guturales, ríen alguna gracia y los micos, o los monos, bajan confiados para solaz de los visitantes. Sin embargo, la curiosidad de algunos visitantes va más allá de la puramente zoológica, y la mía lo es. A la entrada de la isla, un gran edificio de madera recibe a las canoas, parece sombrío y decadente, de su interior asoman algunas cabezas, los indios, en alguna parte un cartel indica que estamos ante un hotel. Un hotel sin clientes, sin muebles, sin recepcionista ni botones, un hotel fantasmagórico y con una leyenda que atrae tanto, si no más, que los miles de monos que saltan alegres por el exterior. Dice la leyenda, y dicen las crónicas, que el hotel fue el pionero del ecoturismo en la Amazonía, que esta era una isla sin monos, que los indios son de importación y que el creador de todo esto es un norteamericano de origen griego que terminó en una cárcel estadounidense por narcotraficante.

Entrada en la Isla de los Micos

Su nombre es Mike Tsalikis y su vida deja un regusto extraño en la mente del que se atreve a investigarla. Por un lado, un tipo muy particular, con pinta de héroe griego, capaz de luchar con una anaconda sumergido en un río marrón de tan turbio. Por otro lado, un frío empresario que trocaba en oro todo lo que tocaba y que convirtió en ciudad un pueblucho de mala muerte. Por si fuera poco, Mike Tsalikis hoy es sinónimo de traficante de especies protegidas y capo de la cocaína. Un enigma que inventó el ecoturismo en la Amazonía, convirtió un islote perdido en un gran criadero de primates y reptiles, un tipo sobre el que planean historias apócrifas que lo dejan muy mal o muy bien.

Mike Tsalikis, foto de: http://www.sitenet.com/travelblog/?p=1433

Tsalikis nació en Florida y creció en Tarpon Springs, una ciudad sin mucha historia, hijo de una familia de griegos emigrantes, un chaval avispado que desde muy pequeño sintió una atracción fatal por los bichos más bichos: dicen sus biografías que no era ni un mocoso cuando, enrolado en los boys scouts, disfrutaba levantando piedras para sorprender a las serpientes enroscadas y a los anfibios agazapados. Una atracción fatal, como decía, que encaminó sus pasos siempre al sur, donde abundan las bichas y los bichos, y eso que vivía rodeado de ellos: era vecino de los indios Seminola y su hogar no estaba lejos de esos pantanos donde los caimanes caminan hasta tu jardín para tragarse un pollo entero. Sin embargo, la curiosidad del joven Tsalikis lo llevó primero a México, más tarde a Honduras y a Costa Rica, finalmente a Colombia, donde habría de vivir más de treinta y cinco años. Era una época distinta a la actual y Colombia estaba tan atrasada que sólo pudo llegar a Leticia desde la desembocadura del Amazonas, en Brasil, porque era un villorrio sin pistas para avionetas, sin carreteras, sin espacio en los mapas y con apenas mil habitantes, indígenas casi todos.

Mike Tsalikis es el primero por la izquierda, foto de: http://www.sitenet.com/travelblog/?p=1433



Corría el año 1953 cuando el reptiliano Tsalikis encontró en la región una enorme serpiente que, tras una breve negociación, consiguió vender por 800 dólares, según asegura el profesor Germán Palacios. Una fortuna para la época que le encendió la alarma: estaba en el paraíso, rodeado de los bichos que tanto amaba, un lugar agreste y salvaje lleno de animales susceptibles de enviar a sus conciudadanos, un vergel por explorar y por explotar. Y el listo de Mike se puso las pilas y creó una empresa de exportación de especies salvajes: primero, ocelotes, o tigrillos, luego tarántulas, colibríes y monos que cazaba con los indios del lugar. Pronto tuvo a 600 indígenas cazando para él y su negocio necesitaba un impulso que la joven Leticia no tenía: sobre todo cuando la carretera más cercana estaba a 8.000 kilómetros y el precio de un mono era el equivalente al de unos calzoncillos. Así que el avispado Mike se compró una avioneta, convenció a un par de aerolíneas de las posibilidades del lugar y hasta impulsó la construcción del primer hospital de la región. Mike Tsalikis estaba en la cresta de la ola, Leticia crecía de manera indudable y el embajador norteamericano en Bogotá tuvo que acercarse a ese remoto lugar para admirarse de los logros de su paisano y nombrarlo, por méritos propios, cónsul de los Estados Unidos de Norteamérica en Leticia. The Reader's Digest lo calificó en 1966 'el hombre que revolucionó el Amazonas', el National Geographic filmó una de sus ya famosas luchas con una anaconda y hasta el prestigioso reportero de guerra Michael Herr (famoso por sus crónicas de la guerra del Vietnam) lo describió como 'astuto y duro pero honesto y libre de crueldad'.

Los indios Yaguas reciben al visitante en la Isla de los Micos

En la década de los años sesenta, Tsalikis compró una isla y la llenó de monos. Su proyecto era un reto personal, algo así como un gran criadero de monos y reptiles en una jaula gigante de la que no pudieran escapar, pero una jaula que fuera lo más parecido a la libertad. Una jaula de 450 hectáreas, que es el equivalente a 450 campos de fútbol, llena de monos y de reptiles, de monos que disfrutaban de su isla como Pinocho de la suya, sólo que en lugar de convertidos en burros los monos acababan en zoológicos norteamericanos, o como mascotas en algunos hogares, o, los más desafortunados, como materia de investigación en laboratorios farmacéuticos. Hoy, que ya Tsalikis parece un nombre salido de un cuento, siguen viniendo científicos para investigar a los primates, sobre todo a los monos araña. De hecho, algunos de los ejemplares del grecoamericano ayudaron a los investigadores a descubrir que la muy humana tendencia a poseer colesterol alto o bajo puede ser heredado, y todo gracias al sistema coronario de los monos ardilla, que coinciden asombrosamente con el nuestro. Dicen que en su momento de máximo esplendor la isla de los Micos tuvo 12.000 monos, repartidos en cuatro especies, una jaula de micos y de grillos a tenor de lo que gritan estos ruidosos bichillos. Mike consiguió su sueño en forma de isla jaula que sonaba como una caja registradora.

El hotel de la Isla de los Micos
Los yaguas deambulan por su fantasmagórico interior
Pero, ¿y esos indios que miran cariacontecidos desde las galerías del hotel fantasmagórico? Son yaguas, una etnia que habita sobre todo en la cercana selva del Perú pero que están aquí desde que el listo de Tsalikis se los trajo como atracción turística. Porque, además de aficionado a los monos, Mike fue uno de los primeros en vislumbrar el potencial del ecoturismo, y no de cualquiera sino del ecoturismo en el Amazonas. Tendría un hotel, se dijo, y sería en su isla, se propuso, y los turistas serán recibidos por indios de la selva que les bailarán sus danzas tribales. Así que, ni corto ni perezoso, Tsalikis se trajo a una tribu entera y los puso a hacer, nunca mejor dicho, el indio. Una idea que pudo gustarle mucho pero que no deja de ser una degradación más en la espiral descendente de los indígenas amazónicos. Lo más triste es que la idea caló en la zona y ahora son legión los vivillos que quieren enseñarte a la 'típica tribu amazónica en su hábitat natural' mientras alargan la mano entregando un recibo, a ser posible en dólares. 

La idea de Tsalikis caló en la región y ahora los indios están más que dispuestos a hacer el ídem por unas monedas

Así que los yaguas deambulan por el hotel, sus miradas ceñudas, los niños ya colombianos, dueños de un hotel fantasma y sombrío. De pronto, llueve. Y llueven gotas enormes, gotas como chuzos, los yaguas se resguardan en el salón recepción del gran hotel, oscuro en su amplitud y convertido en un improvisado mercadillo de collares y de anillos y de figuritas talladas en madera. Tsalikis los obligaba a salir vestidos con sus champas tradicionales para recibir a los turistas, ya saben: los que habrían de disfrutar con los bichos de la selva, con los monos, los reptiles, las grandes flores de loto, los indiecitos de la selva. A Tsalikis se le ocurrió esta gran idea a principios de los años setenta, cuando atrajo a varias familias yaguas al asentamiento conocido como Tucuchira y las hacía desfilar en champa, sus rostros maquillados con achiote, un arbusto del que extraen colorante, y dispuestos a posar para la foto: una gente de la que puedes saber algo más aquí. Una historia tan interesante que, a decir de los antropólogos, los yaguas, que ellos ni se llaman así, han moldeado su identidad en base a la publicidad de los operadores turísticos desde la época del inefable Tsalikis.

Yaguas en la Isla de los Micos, un tanto tristones

La verdad es que no veo tantos monos como se supone que debe de haber: unos cinco mil. Muy lejos de aquellos doce mil de antaño, pero suficientes para evocar los buenos tiempos de Tsalikis. Mike, acostumbrado a la aventura, se labró un nombre como cazador intrépido, un aventurero arriesgado y valiente que había sido sargento en el ejército norteamericano y era capaz de luchar sin nada más que sus manos con una boa constrictor sumergido bajo las aguas del Amazonas. En los mentideros se susurraban ciertos excesos, que si las pitones que enviaba a los EE.UU llevaban paquetes de cocaína, que el hotelito de los Micos era escenario de retorcidas depravaciones sexuales con cera ardiente y prostitutas, que iba a dejar los ríos y lagos sin los redonditos peces Disqus con tal de surtir acuarios como el Rainbow Aquarium de Chicago... Chismes, susurros, cuentos, quién sabe, historias tal vez derivadas de la envidia de sus vecinos, ecos distorsionados de la selva, tal vez todas mentiras, tal vez todas verdad...



Aunque Tsalikis negó siempre sus nexos con la cocaína lo cierto es que el polvo blanco le rondó desde la década de los setenta. Debió de notarlo cuando sus mejores guías y sus pilotos desaparecían tragados por la selva, rumbo al Putumayo, rumbo al Perú, rumbo a sueldos de ensueño pagados por empresarios dedicados a una extraña mercancía: el clorhidrato. No sabemos si Tsalikis, convertido ya en una especie de capitán Kurtz o capitán Kurtz (el de Coppola) se dejó llevar por el dinero fácil aunque parece que siempre demostró su asquito por los hippies, por las drogas y hasta por el tabaco. Él, que luchaba con sus puños contra pitones y anacondas y que regentaba en la distancia un zoológico en su Tarpon Springs natal con crías de iguanas, de boas y caimanes que enviaba desde el corazón de la selva. Tsalikis poseía otro hotel en Leticia, el Parador Ticuna, su máquina de hacer dinero parecía infinito hasta que el gobierno colombiano, a mitad de la década de los setenta, se plantó y prohibió el comercio de especies salvajes: un golpe en la línea de flotación del imperio Tsalikis que debió de dedicarse a cultivar la fama del patriarca y a publicitar sus hoteles como nuevo gran recurso.



El abandonado hotel de la Isla de los Micos en su interior

Pero el turismo era algo tan estacionario e imprevisible que pronto estuvo en bancarrota. A finales de la década tuvo que enviar a su familia, al menos seis niños y su segunda esposa, a Florida, y comenzó a pensar en una salida honrosa: estaba tremendamente bien relacionado, tenía una empresa de exportaciones y sufría una acuciante falta de liquidez. Alguien le ofreció ganar un millón de dólares a la semana: un millón de dólares en los setenta era mucho dinero. Tsalikis había probado de todo, carga de mercancías en grandes barcos, carne envasada rumbo a Europa, dicen que hasta confidente de la DEA (la agencia antidroga de los Estados Unidos). El primer aviso lo recibió cuando uno de sus aviones llegó a Bogotá con diez kilos de cocaína: sólo salió de la prisión cuando el piloto reconoció que eran suyos. Pero su descenso a los infiernos no tardaría en llegar: una noche, viendo la televisión en su casa de Leticia, vio con cierto susto que lo habían metido en una cárcel brasileña, en Manaos. Pero no podía ser porque él estaba en Leticia.



Corría el año 1988 cuando la oficina de la DEA en Bogotá recibió una carta anónima procedente de Cali, recordemos: en esa época la casa del poderoso Cártel de Cali, denunciando las actividades de Tsalikis: el barco Amazon Sky llevaría a bordo troncos de madera de cedro en cuyo interior habría cocaína. Sometieron al cónsul honorario a un seguimiento que terminó demostrando que sí, que los troncos iban rellenos, aunque Tsalikis nunca admitió que la carga fuera suya y se preguntó colérico que dónde estaba el dinero de toda una carrera dedicada al narco si sus cuentas estaban en rojo. Una vida fascinante, en todo caso, la de Tsalikis de la que puedes leer (en inglés) un poco más aquí: el diario de Tampa Bay.


Aunque la historia no ha acabado aún y tal vez los indios del hotel de la Isla de los Micos puedan recuperar la chispa de antaño porque el tal Mike se pasea ahora por la Florida con una pulsera GPS y la expectativa de recuperar la libertad que perdió hace tres décadas. Alguien le preguntó hace poco por sus planes. ¿Mis planes? ¡Volver a Leticia, qué más! En Leticia su nombre genera dudas: por un lado, el del narco que engañó a todos. Por otro, el del empresario visionario que desarrolló con su energía toda la región y que podría volver a hacerlo. Lo cierto es que la zona necesita recuperar el turismo porque la selva vuelve a sus fueros, las inundaciones se llevan por delante las pocas infraestructuras que quedan en pie y si hay alguien capaz de hacerlo es Tsalikis. Claro que el Tsalikis de los sesenta y que del de hoy nadie sabe apenas nada. Los indios miran ceñudos a la cámara, acostumbrados a sentirse piezas de un zoo humano, se retiran silenciosos por los corredores del hotel. La lluvia cae con estrépito y fuera suena el agudo grito de un mono. Uno de los miles de monos de Mike Tsalikis, el amante de las bestias salvajes que traficaba con ellas. Y quién sabe si con algo más.



José Luis Sánchez Hachero
sanchezhachero@hotmail.com
losmundosdehachero@gmail.com


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