.....un poco de historia, algo de geografía, alguna aventura disparatada, aliñado con política, fotografía, una incipiente antropología y una pizca de periodismo...
De cada cien kilos de oro y plata que llegaban de América, Francisco de
los Cobos se quedaba uno. No está mal para alguien que nunca pisó tierra nueva.
Francisco recibe en 1527 el título de Ensayador Mayor de los Metales Preciosos
de la Casa de Contratación de las Indias y alcanza el premio a una vida
dedicada al arte de medrar. Durante el resto de su existencia su sello validó
los metales preciosos que traían los barcos y amasó tal fortuna que hasta
Tiziano se dignó a retratarle. Nacido en el seno de una familia ubetense, noble
pero con problemas económicos, Francisco empeñó su vida en amontonar dinero y
poder. Y lo consiguió. Comenzó como ayudante de su tío, que era secretario de
Isabel la Católica. De ahí a contador Mayor de Granada, Regidor de Úbeda,
encargado del registro de pagos y concesiones del rey Fernando, Regidor de
Granada, escribano del crimen de Úbeda, secretario de Carlos I, comendador
Mayor de León, asesor real en Flandes y Alemania, miembro del consejo real y,
finalmente, tanta confianza logró que fue el encargado de anunciar al mundo el
nacimiento del pequeño Felipe II. Francisco fue un tipo ocurrente, campechano,
el único que se ganó la simpatía de Guillermo de Croy, arzobispo de Toledo y
hombre de confianza de Carlos I, un flamenco que despreciaba a todos los
españoles pero que vio en el de Úbeda a una persona de confianza, trabajadora y
zalamero con gracia.
En
el momento culminante de su vida recibe el título de Ensayador Mayor de los
Metales, el súmmum de la riqueza porque obtenía el uno por ciento de los
metales que llegaban de América antes de quintarse. Por sus manos pasa el oro y
la plata de las colonias y su sello garantiza la pureza. Además, cobra tributos
sobre las carnes en Andalucía y el tabaco de América, consigue la concesión de
las salinas de Nicaragua y todas las minas del levante español. La ingente
fortuna se evaporó en manos de sus herederos pero al menos dejó a la posteridad
innumerables obras artísticas. Francisco conoció a Tiziano en un viaje a
Bolonia y consiguió que el italiano retratara al mismísimo Carlos I. Cobos
murió en Úbeda, viejo y enfermo, pero legó a la historia la silueta de un
avaricioso que tuvo el detalle de financiar a artistas como Tiziano o
Sebastiano del Piombo y legar una colección de arte tan amplia que mezclaba
algunas de las mejores muestras del tesoro de Moctezuma con las de Atahualpa,
regalos de Cortés y Pizarro.
Bibliografía
Carlos V y sus banqueros, Ramón Carande, Antonio Miguel Bernal, Crítica
S.L Barcelona, 2004
Boletín de la Real Academia de la Historia, Tomo CXCVI, Número 1, año
1999, V.A., Madrid, 1999
Historia de América, Juan Bosco Amores, Editorial Ariel S.L., Barcelona,
2006
José Luis Sánchez Hachero sanchezhachero@hotmail.com losmundosdehachero@gmail.com
El
árbol de la colina de San Antonio desparrama sus raíces cuesta abajo: raíces
intrincadas y enmarañadas que se anudan, se tropiezan, se molestan y acompañan, recorren
nervudas la pendiente hasta desembocar en una placita donde algunos niños
corren y un joven lanza malabares al aire con escaso tino. El árbol, tal
pareciera, es Cali, Santiago de Cali, hermoso y exuberante, aunque tétrico y
amenazador, un soberbio ejemplar que, no obstante, lanza zancadillas hacia
todas partes y contra todos. El tronco original tiene la lúgubre figura del andaluz Sebastián Moyano, el fundador de la ciudad, y de su copa penden lianas que no
son más que los cuerpos de los indios asesinados por sus perros mastines. Las
raíces serpentean estorbándose, aquella perfila el rostro de un Orejuela, esas dos
se funden en un tórrido baile de salsa en Juanchito, hay una que parece un
gamín maltratado, las hay que evocan espesas nubes del dulzón humo del basuko
en plata.
Cerca,
muy cerca, en la loma de la Cruz, se da cita lo más heterogéneo de Santiago de
Cali. Vienen estudiantes y estudiantas a ronear y acariciarse mientras se dicen
cariñosas palabras al oído, y amantes sin habitación para manosearse con la
ropa puesta, vienen jóvenes contestatarios con guitarras y con flautas, y
artesanos que elaboran bonitos collares y pulseras y muñequitos de corteza de
madera.
Hay niños que se prostituyen al mejor postor y parejas unidas por un
sólo sexo, parejas que son dos ellas o bien dos ellos, hay árboles, árboles muy frondosos, y carteles que anuncian a rotulador la llegada inminente
del Redentor y también carteles más elaborados que recuerdan a los caleños la
importancia de no mostrarse obsceno en público y de alejar a la sagrada
institución de la infancia de la pornografía y de otras conductas impropias (aunque luego las muchachitas recién salidas del colegio reciban un caudal de proposiciones indecentes...)
También
hay abuelas que pasean como hacían en los tiempos de Rojas Pinilla, el único general golpista de la historia del país, y algún
turista descolocado porque, siendo franco, Cali es interesante e intensa, pero
turística, lo que se dice turística, no: apenas hay nada que ver más allá del hermoso
barrio colonial de San Antonio, allá arriba, y de su intensa vida lúdica, allá abajo. Su
centro está tan deteriorado que hay que tener mil ojos para no meterte en la
calle equivocada y junto a los barrios más comerciales se abren los que aquí
conocen como ollas y que no son más que calles chungas, o muy chungas, llenas
del aroma dulzón del basuko, que es como le dicen aquí al crack. 'Tenga cuidado con las motos', es el sempiterno consejo, 'no se detenga mucho tiempo en las esquinas', 'cuídese y tenga mil ojos...'
Cali tiene un
brillo mate, el recuerdo de un brillo intenso que se le fue con el tiempo y del
que apenas queda rastro en la avenida Sexta, donde las muchachas con poca ropa y los muchachos con mucha testosterona se contonean en la más loca acumulación de bares y discotecas de la ciudad, por
no hablar de Juanchito, a las afueras de Cali, donde los bares de la mejor
salsa colombiana se tropiezan con los de rancheras tan del gusto de los narcos
de medio pelo que aparecen rodeados de chicas espectaculares y de matones de
menos de medio pelo que vacilan de revólveres como prolongación de sus propios
penes (o vergas, qué carajo, no seamos ahora melindrosos). Juanchito es una
institución en Colombia de tal magnitud que incluso el grupo Niche le dedicó esta
canción a la Meca de la Rumba con Mayúsculas, porque Cali es salsa y decir salsa es hablar de Cali.
'En
Cali se dio un fenómeno que no tuvo lugar en Medellín', me dice un amigo, 'y es que el narco lo impregnó todo, y cuando
digo todo quiero decir eso, todo, y el dinero de la cocaína se esparció por la
ciudad, compró supermercados y restaurantes, compró villas de lujo y
apartamentos, peluquerías, negocios de licor y tugurios de mala muerte, compró
políticos y policías y también compró a las chicas y a los chicos'. Con tanta
inversión, Cali creció en los ochenta y en los noventa como espuma en la pista
central de la mejor discoteca de Juanchito, pero con la caída del cártel Cali
se fue por el sumidero de las ciudades que se quedaron a medias. Los elegantes
barrios del centro languidecen tristones, surcados por grupos de muchachos
ebrios en busca de diversión en los garitos de la avenida Sexta pero también
por grupos de transexuales que ofrecen sus servicios bajo las arboladas
avenidas, a las puertas de los comercios de veinticuatro horas, de la chifa de
aquel chino y del devenir de los días. Allí una peluquería cerrada, aquel
apartamento oscuro, ese otro en venta, esa manzana sin luz. Aún es posible
comer el mejor chinchulín de Colombia en un restaurante argentino, todavía
puede usted bailar en un sitio de moda, pero Cali languidece asfixiado, víctima
de su propia burbuja, la del narco, la burbuja que en España conocemos tan bien
del que se siente rico mientras salta a una piscina que no tiene agua.
Cali desde la colina de San Antonio
Cali
es hoy una víctima más de los hermanos Orejuela, Gilberto y Miguel, 'El
ajedrecista' y 'el Señor', nacidos ambos en el municipio de Mariquita, un
nombre que mueve a risa a los ibéricos pero que es un pueblecito tan pequeño
como histórico desde que muriera aquí el Adelantado Gonzalo Jiménez de Quesada,
el fundador de Bogotá y uno de los conquistadores que dio brillo al mito de
Eldorado. Los Orejuela levantaron un imperio basado en la cocaína y le llamaron
'cártel de Cali', un nombre que producía terror y ansiedad y tras el que se
encontraba el 80% del polvo blanco que entraba en los Estados Unidos durante
las décadas de los setenta y ochenta. Gilberto, conocido como 'el ajedrecista'
por su astucia, se presentaba como un hombre de negocios, con ciertos tics
violentos, pero de negocios al fin y al cabo. El caso es que la actividad de
los dos hermanos convulsionó la región: Fernando Rodríguez, el hijo de
Gilberto, vaciló en un periódico mexicano, El Universal, que el América de Cali
ganó campeonatos gracias al dinero de la droga que le inyectaba su tío, Miguel,
que lo compró en 1979. Nada raro en una época en la que los narcos compraban
equipos enteros: Pablo Escobar manejaba al Nacional de Medellín (y hasta los
invitaba a jugar con él en su prisión) y Gonzalo Rodríguez Gacha, 'El
Mexicano', se hizo con el Millonarios de Bogotá. Por decir, hasta dicen que los
Orejuela sobornaron a la selección peruana en el 78 para que Argentina ganara su mundial..
Del
cártel de Cali hay que decir que actuaban realmente como un cártel: Gilberto
era el jefe de la corporación, su hermano Miguel, José Santacruz y Pacho
Herrera los coordinadores de las empresas que formaban parte del holding. De
hecho, el agente de la Agencia Antidrogas de los EE.UU, William Mockler, que
testificó contra los Orejuela en su juicio, comparó el funcionamiento al de la
General Motors: tenían tantas sucursales que sus hombres no se conocían nunca.
El cártel de Cali vendía sobre todo en Nueva York y enviaba grandes paquetes de
billetes a bancos de Panamá. El movimiento de las grandes cantidades de
efectivo se hacían a través de un entramado de empresas que aún hoy siguen
aflorando y generando controversias. En su atribulada existencia tuvo que
diversificar sus enemistades y luchar contra el propio Pablo Escobar, capo del
otro gran cártel, el de Medellín. Los enfrentamientos entre los de Medellín y
Cali tuvieron lugar en ambas ciudades pero también en Nueva York, con
asesinatos y secuestros. Así, Pablo Escobar ordenó destruir las droguerías 'La
Rebaja', una cadena de farmacias que pertenecían a los Orejuela y estos, por no
perder paso, financiaron Los Pepes (un acrónimo por Perseguidos Por Pablo
Escobar). Los Orejuela tenían de todo: empresas de exportación de café,
comercializadoras cárnicas, constructoras, locales para su alquiler,
urbanizaciones para su venta, almacenes de alimentos, equipos deportivos y
hasta bancos.
Cali
nació en 1536, un poco más al norte de donde se encuentra ahora, y la fundó un
cordobés de Belalcázar que pasó a la historia con ese nombre, Belalcázar,
triste fortuna para sus paisanos porque, además de fundar Cali, Sebastián
Moyano, que así se llamaba, nos regaló los crímenes más atroces que levantaron
la historia negra de la conquista española. Crímenes sanguinarios y a menudo
aderezados con perros mastines que aterrorizaban a los indígenas mientras les
arrancaban los pechos a ellas y las narices a ellos. Crímenes que siguen
cometiéndose en las calles de Cali, en forma de homofobia galopante que ejecuta
a transexuales como modo de diversión (link los mundos), o en las respuestas de
las chicas trans con cuchillos y machetes, o en la alta criminalidad que se
cobró durante 2012 nada menos que mil ochocientos diecinueve asesinatos
(obligando al ejecutivo colombiano a enviar nada menos que mil nuevos
policías), o en la penumbra de ciertos garitos nocturnos: me habló en cierta
ocasión Andrés Santamaría, el defensor del pueblo de Cali, que su máximo empeño
pasaba por erradicar la práctica de algunos garitos de hacer
pases de modelo con niños de la calle para ofrecerlos al mejor postor sediento
de carne joven y dispuesto a aflojar la cartera para encontrar goce en un
cuerpo menudo.
El espíritu de Sebastián Moyano, el vil Belalcázar, aún
revolotea por entre los bulevares caleños, nostálgicos de la riqueza del narco,
bailongos en la ciudad de la salsa, la capital de las mujeres más bellas
(coinciden los colombianos), la villa de la eterna primavera, la del fantasmal
árbol que esparce sus raíces a modo de semillas invadiendo no sólo el hermoso
barrio de San Antonio, con sus mariposas garcíamarquianas adheridas para
siempre a los muros de las villas coloniales, sino en su loca avenida Sexta y
en sus barrios populares llenos de palpitante vida multicolor y de tenebrosa y
roja muerte.
Una paloma se cruzó en mi camino
José Luis Sánchez Hachero sanchezhachero@hotmail.com losmundosdehachero@gmail.com
En
un ghat de Varanasi, a orillas del Ganges, un baba me saluda efusivo. Un ghat
es una escalinata que llega hasta el mismo agua y sobre la que se desarrollan
los momentos más surrealistas y extraños que yo haya visto. Este también lo es.
El baba tiene una mirada fiera, ligeramente extraviada, sus ojos parecen bailar
en las cuencas y sobresalen agresivos entre la maraña de pelos que lo envuelve.
Me hace gestos, quiere que me acerque. No está solo: lo acompaña un extraño
grupo de gentes que me mira seria. Hay un tipo que parece mulato con unas
grandes gafas de sol de espejo: me resulta raro. Hay otro tipo similar al
sadhu, su pelo está recogido en un curioso moño que mantiene un peligroso
equilibrio sobre el cénit de su cabeza. Los demás llevan los clásicos pijamas
hindúes. La escena no deja de tener su interés aunque el ambiente evoca a un
piso de yonkis en algún barrio chungo.
El baba habla inglés, y lo habla fluido
y con buen acento. 'Es que yo antes era médico', me dice. Se agacha y le pega
una profunda calada a un chilum, una pipa, llena de marihuana. Ahora me explico
la mirada extraviada. Luego abre una petaca y le da un amplísimo trago: es
whisky, me dice, y su aliento lo corrobora. Los demás ríen y se pasan la
petaca. La pipa, en cambio, no se toca, parece decir el baba, y la deja en el
suelo, humeante, ante la mirada contrariada de la alegre pandilla, que se
arroja al unísono sobre la petaquita de alcohol. El uso de la marihuana entre
los sadhus es tan habitual y conocido (y permitido) que incluso hay una
variedad que se llama así, 'mandala sadhu', como homenaje a estos personajes:
dicen que es una marihuana muy fuerte que permite 'a tu mente volar mientras tu
cuerpo permanece en estado de relajación'.
El
baba está mayor, a juzgar por sus barbas blancas, pero me asegura que es capaz
de ejecutar unos complicados ejercicios de yoga: hatha yoga, o 'yoga forzado', en sánscrito, un conjunto de posturas corporales que,
básicamente para un profano como yo, se corresponde al yoga que uno está
acostumbrado a ver, aunque el aire misterioso que emana de los profundísimos
ojos del baba me hace esperar acrobacias únicas. Pero no, el baba está mayor, como
decía, a juzgar no sólo ya por sus barbas sino también por la deficiente
demostración que me regala: o tal vez esté demasiado colocado de yerba y ebrio
de whisky...
El
baba saca ceniza sagrada, que aquí se llama vibhuti, de un bolso de tela muy a
la moda y se frota el cuerpo. La frente, los muslos, las pantorrillas, el
vientre. Hace unos gestos que no sé cómo interpretar y comienza su especial
sesión. No sé cuántos sadhus hay en Benarés, actualmente Vanarasi, ni mucho
menos en la India, pero sí que son muy respetados por su empeño en renunciar a
los placeres mundanos para dedicarse a la meditación y a la vida contemplativa.
Mola eso de renunciar a los placeres mundanos y ponerse a tono con la petaquita
y la pipa, pienso de modo grosero. El baba está sufriendo: la postura del
cuervo le sale regular y creo que es más por la edad que por la hierba. Como
decía, el número de estos monjes errantes es una incógnita, aunque alguien los
ha cifrado en unos cinco millones (hay fuentes que doblan esa cifra). Y Benarés
es uno de los mejores lugares para encontrarlos porque aquí todo es Shiva y
espiritualidad mística.
Tal vez preparándose para lo inevitable, los babas, o
sadhus, se acercan a las piras funerarias, que en la ciudad de Benarés son
legión, para observar a los brahmanes oficiando los ritos: los sadhus ocupan la
última etapa de la vida de un hinduísta: primero, los estudios, después deben
de ser padres, más tarde peregrinos y, finalmente, sadhus, o babas (así les
dicen sus vecinos, que es como llamarlos padre en señal de respeto), que es el
paso previo al Nirvana. Los sadhus ancianos se acercan a las orillas de los
ríos para morir y antes campan a sus anchas, ciegos y vacilones, preparándose
para el momento final.
Los
sadhus no son todos iguales: hay variedades. Y de entre todo los tipos de
sadhus, me quedo con unos que van completamente desnudos por los caminos, una
imagen un tanto extraña porque algunos son abuelos de luengas barbas que
caminan como patos: son los Nagas, caminantes desnudos cubiertos tan sólo de
cenizas sagradas que acuden puntuales al Kumbhamela, un festival que se celebra una vez cada doce años al que juro acudir algún día (conozco otra que no está mal pero que no es tan colorida: aunque cada año mueren decenas cuando intentan saludar al pene de su dios Shiva).
Dicen de ellos que eran guerreros hindúes que, cachas como están y de fiero
aspecto, plantaban cara transmutados a los invasores musulmanes de siglos
atrás. También son interesantes los Aghoris, que lejos de evitar lo impuro se
lanzan de cabeza a todo lo maligno y no es raro verlos con calaveras que usan
como platos, o ciegos de cualquier sustancia que encuentren: incluso dicen que
algunos son caníbales...
El
baba termina de hacer sus ejercicios, su mirada une desafío y guasa y ahora se
agarra a un tridente que estaba apoyado en la pared y que le sitúe en el grupo
de los sadhus shivaístas, los adoradores de Shiva, un dios un tanto burlón al
que se venera en forma de lingum (que no es sino su pene) y del que se supone
llevó una vida alocada al uso de los sadhus: un asceta bailarín y guasón capaz
de quemar el universo con su tercer ojo y de untar sus cenizas por su cuerpo.
De ahí las miradas tan agresivas y profundas de este hombre: imita a su dios, y
de ahí también este festival de cenizas con el que nos regalan los sadhus:
celebran que Shiva ha achicharrado a Brahma y a ser posible usan ceniza de
crematorio... Muy evocador todo esto. Por último, el tridente representa las
tres funciones de este señor destructor: la creación, el mantenimiento y la
destrucción. Mi baba se agarra a él mientras me mira amenazante.
Desde
un balconcito me saluda mientras eleva una pierna que pretende colocar a la
altura de las caderas pero su intento se frustra y abandona aburrido, no sé si
de mí o de él mismo. El espectáculo continúa a las orillas del Ganges: cientos
de sadhus deambulan ceñudos, en el agua se mezclan devotos que se lavan los
dientes con trozos de cadáveres mal quemados en las piras funerarias, en otro
ghat una vaca muerta comparte espacio con un peluquero.
José Luis Sánchez Hachero sanchezhachero@hotmail.com losmundosdehachero@gmail.com