lunes, 4 de noviembre de 2013

Viaje a Colombia: en la tumba de Carlos Pizarro, comandante del M-19 y candidato presidencial




A finales de 1973 los colombianos se vieron sorprendidos por una curiosa campaña publicitaria en el principal periódico del país, El Tiempo. Sobre fondo negro y en letras blancas destacaban frases como 'Ya llega M-19', 'Parásitos.. gusanos? espere M-19', 'Decaimiento... falta de memoria espere M-19', 'Falta de energía... inactividad? Espere M-19'. Junto a las palabras, que presagiaban un nuevo producto contra los molestos insectos, aparecían dos triángulos pequeños. El 17 de enero de 1974 apareció el último anuncio: 'Hoy llega M-19'

M19


Ese día, a las cinco de la tarde, un grupo de jóvenes entró en la Quinta de Bolívar, robó la espada del Libertador Simón Bolívar y dejó una nota ilustrada con dos pequeños triángulos: 'Bolívar, tu espada vuelve a la lucha'. Los colombianos comprendieron entonces que la misteriosa publicidad que publicaba El Tiempo era la carta de presentación de una guerrilla subversiva, tal vez la primera de la historia que anunció su advenimiento y la fecha exacta de su primera acción a través de una campaña de prensa. Aquí te explican muy bien aquellos febriles días:  pincha aquí

Carlos Pizarro


El robo de la espada de Bolívar fue, además, una broma de proporciones colosales, una burla al sistema y a los que se consideraban herederos del prócer, pero no fue original. Unos años antes, los tupamaros uruguayos habían robado la bandera de Artigas, el libertador del cono sur, y en 1970 los montoneros argentinos habían intentado robar la espada del general San Martín. Unas acciones atractivas que no dejan de tener su miga, y que crearon escuela: en 1980 el comando Javier Carrera, de la Resistencia Popular de Chile, se hizo con la original bandera nacional chilena sobre la que los padres de la patria hicieron su juramento, y el desconcertante grupo subversivo ecuatoriano Alfaro Vive, Carajo comenzó su deambular con el robo del busto de Eloy Alfaro, revolucionario de principios del siglo XX, y más tarde robó en Guayaquil su espada de un museo.

tumba de Carlos Pizarro

Pero, a pesar de que robar la espada de un prócer no era algo rompedor, el propio M19 sí que lo fue: una guerrilla rara, original, un grupo de idealistas alocados que hacían poesía armada y que apelaban al Libertador más que a los marxistas, a los leninistas o a Mao Zedong. Y claro, con estas premisas, el M-19 adquirió pronto un aura de carisma desatado. Por ejemplo: robaban camiones de reparto de leche fresca y lo distribuían entre los más pobres de los barrios más pobres. Por ejemplo: hicieron un túnel para robar más de cuatro mil armas del ejército en sus propias narices. Por ejemplo: un comando secuestró a diecisiete embajadores que celebraban una reunión social en la embajada de la República Dominicana y consiguieron escapar todos con un rescate de tres millones de dólares. Por ejemplo, secuestraron y ejecutaron al líder sindical José Raquel Mercado, por traición confesa a la clase obrera. Acciones espectaculares, aplaudidas sobre todo por los jóvenes izquierdistas de clase media y media alta que no acababan de identificarse con los campesinos de las FARC ni con los procubanos del ELN (y menos aún con los maoístas del EPL). Jaime Bateman, el carismático líder fundador del M19, decía que 'menos marxismo y más pachanga, vallenato y cumbia'. Y con ese argumento, el EME, como le conocen  los colombianos, se convirtió en el icono de las guerrillas enrolladas, la guerrilla donde había que estar.

tumba de Carlos Pizarro

tumba de Carlos Pizarro

El mito comienza el 26 de abril de 1990, cuando un sicario logró colarse en el avión donde viajaba Carlos Pizarro Leóngómez, abandonada ya su vida de guerrillero y entonces candidato a la presidencia del país y uno de los hombres más vigilados del planeta: una miríada de escoltas rodeaba al aspirante cuando, y ya en pleno vuelo, el sicario se acercó a Pizarro y le acribilló con una metralleta. Con Pizarro moría no sólo el candidato sino uno de los más activos subversivos de Colombia, uno de los fundadores del M19, un defensor de la paz en Colombia (paradójicamente, a pesar de su pasado guerrillero), y, por si fuera poco todo esto, nacía una leyenda con ribetes esotéricos. De comandante guerrillero a icono cuasi religioso al que pedir favores y milagros.

tumba de Carlos Pizarro

Su cuerpo reposa en el cementerio central de Bogotá, bajo una aparatosa lápida donde se adivina, tras las flores de sus admiradores, la espada de Simón Bolívar que ayudó a robar en el año setenta y tres. Pizarro, tan revolucionario él, alucinaría hoy día si pudiera comprobar que sus seguidores y devotos de su obra se acercan a su última morada para darle gracias por favores concedidos, por milagritos conseguidos, por aquella intercesión ante no se sabe muy bien quién. La familia Ríos, Jairo Herrera o Marta S., todos tienen en común esa gratitud al Comandante de la guerrilla más carismática de Colombia: la gratitud del que se siente reconfortado por los favores recibidos.

tumba de Carlos Pizarro

Carlos Pizarro era hijo de un almirante de la marina y nieto de un coronel del ejército, sobrino de generales y aspirante, él también, a las glorias militares del país. Desde joven destacó en los estudios, en su caso de derecho en la elitista universidad Javeriana, de Bogotá, y sólo su inquietud política y el desprecio de unas élites despreciables, de las que de algún modo formaba parte, lo llevó a abandonar el plácido destino que le deparaban sus genes para enrolarse en la guerrilla de las FARC. Sin embargo, con los guerrilleros de Marulanda el joven Pizarro sentía cierto hastío: se aburría. Y junto a él se aburrían otros jóvenes. Querían llevar la guerrilla a las ciudades pero el viejo Tirofijo no era urbano sino todo lo contrario, un campesino acostumbrado al campo, un lince en su terreno pero un inútil en las urbes y su lucha pasaba más por defender su territorio que por conseguir el poder de la nación. Así que el joven Pizarro, aburrido de tanto monte, se vuelve a la ciudad, y coincide con un compañero de montes y de aburrimiento, el inquieto y carismático Jaime Bateman, quien en lugar de abandonar lo expulsan de  las FARC por demasiado inquieto... A la chispa de los aburridos inquietos se unió la frustración de los simpatizantes de la izquierda cuando se hizo evidente el fraude electoral de la ANAPO, el germen del actual Polo Democrático Alternativo y partido, para enredar aún más la madeja, del único general golpista de la historia de Colombia, Gustavo Rojas Pinilla. Un fraude electoral que ocurrió el 19 de abril de 1970, una fecha que recordarán todos los colombianos gracias a la guerrilla. La guerrilla del M-19.

tumba de Carlos Pizarro

El aura que adquiere la nueva formación le granjea la simpatía de las clases medias, de los jóvenes revolucionarios, de los intelectuales. El actual alcalde de Bogotá, Gustavo Petro, militó en el EME, el poeta León de Greiff expresó sus simpatías, García Márquez los veía con agrado y el polifacético artista Carlos Duplat fue torturado por involucrarse demasiado con estos 'muchachos'. Las acciones espectaculares y mediáticas se alternan con otros enfrentamientos menos heroicos y más mundanos, atentados al uso y tiroteos a lo Bonnie and Clyde que terminan con el ya menos joven Pizarro en la cárcel. La década de los ochenta descubrieron la madera de líder que guardaba el joven guerrillero. Integró la Coordinadora Simón Bolívar, donde se plantea un frente común de todas las guerrillas para negociar una paz duradera con el gobierno de Colombia, resulta herido en combate, lo torturan en la cárcel, ordena secuestrar al líder del partido conservador y, en septiembre de 1988, convertido en toda una celebridad, anuncia que el M19 deja las armas en el caserío de Santo Domingo, en el departamento del Cauca.

tumba de Carlos Pizarro

Pizarro entonces se dedicará a su eterna aspiración al poder, pero esta vez sin armas. Primero presentando su candidatura a la alcaldía de Bogotá y, casi que al tiempo, a la presidencia del país. Su cabeza, no obstante, tenía precio tras tantos años riéndose del poder y su persecución coincide con la de la Unión Patriótica, un genocidio que puedes ver aquí. Por todo eso se convirtió en uno de los hombres más vigilados de Colombia pero el 26 de abril de 1990 tomó un vuelo a Barranquilla, rodeado de escoltas que no pudieron evitar que un sicario lo ametrallara en pleno vuelo. Con tantos enemigos que se granjeó en vida, y tanta simpatía entre los alternativistas y revolucionarios, cualquier pudo matarlo: lo más probable es que fuera el líder de los paramilitares, de extrema derecha, Carlos Castaño, el que ordenara su muerte. Se habló de Pablo Escobar, del que se llegó a decir que tuvo nexos y que financió la toma del Palacio de Justicia, donde murieron todos los guerrilleros del M19, para hacer desaparecer los archivos comprometedores. Murmuraciones sin más fuente que Carlos Castaño, el sanguinario líder de los paramilitares, un psicópata que estuvo detrás de buena parte de los crímenes de los años noventa. En 2010 la Procuraduría General de la Nación aseguró que fue el propio departamento de seguridad, el DAS, quien lo mató, lo que explicaría cómo un sicario pudo colar una metralleta en el avión de un candidato a la presidencia del gobierno tomado por guardaespaldas.

tumba de Carlos Pizarro

tumba de Carlos Pizarro

En su tumba destacan dos pequeñas placas de mármol: las de María José y Gabriel, venidos desde Cataluña. Su hija y su yerno. Gabriel le agradece a María José, y tal vez sea el deseo concedido más realista y conmovedor. Salvando el de su hija, claro, quien recuerda los abrazos y las caricias del guerrillero que murió aspirando a la presidencia del país y al que dejan como epitafio una bonita frase: 'No nos matarán la alegría, aún sonreiremos...'

tumba de Carlos Pizarro
tumba de Carlos Pizarro

miércoles, 30 de octubre de 2013

Viaje a la Guajira: los Palabreros que imparten la justicia del pueblo Wayuu




Don Eduardo fuma parsimonioso un cigarro habano mientras apoya en su bastón el peso del cuerpo: 'sí, yo soy Palabrero'. El balanceo de la hamaca sólo contribuye a hacer de su explicación un motivo más para la extrañeza: 'sí, yo soluciono cualquier disputa con la Palabra'. Su mirada desprende la autoridad de quien está acostumbrado a imponer su opinión en momentos complicados: 'sí, no hay nada que no pueda arreglarse con unos chivos'. ¿Con unos chivos? Eduardo es el Palabrero de Nazareth, la remota capital de la Alta Guajira, y lleva con orgullo su cargo incluso cuando camina a solas por los desérticos alrededores de su casa. Don Eduardo recuerda las veces que medió en conflictos y evitó males mayores con la sola arma de la persuasión. Es un wayuú, la etnia mayoritaria de Colombia, y como tal tiene derecho legal a impartir justicia sin acudir a las leyes de su país: le basta con las de su pueblo, las de los wayuus. Y su peculiar sistema jurídico se basa en la Palabra, la Persuasión y en aceptar el veredicto de sus mayores, sus jueces de toda la vida.

wayuus La Guajira

Sus atribuciones incluso alcanzan a los no wayuus, los arijunas, y su palabra es tan importante que no sólo es ley entre sus vecinos: los gobiernos de Colombia y Venezuela, de donde son indistintamente todos los wayuus, le reconocen peso legal y hasta la UNESCO reconoció en 2010 la importancia de esta figura etnojurídica otorgándole el título de Patrimonio Inmaterial de la Humanidad. Para ello una comisión de Putchipuüs, que es el nombre que se dan ellos mismos, viajó hasta Kenia para recibir un título que les llena de orgullo y que les da dimensión universal. Porque, sobre todo, un Palabrero es un enviado de paz, con mayúsculas, de Paz, además de un juez cuya palabra es ley. Ya había sido elegido años antes como Bien de Interés Cultural de Carácter Nacional de Colombia, donde reside la mayor parte de esta etnia, la wayuu, que vive esparcida por un gran desierto, sin apenas más medios que su ingenio para sobrevivir en unas circunstancias que pueden ser muy duras.

wayuus La Guajira

El sistema del Palabrero están tan aceptado que hasta el ministro de justicia de Colombia, Juan Carlos Esguerra, llegó a decir que ‘bendita sea la justicia wayuu, los Palabreros que saben en qué consiste administrar justicia, y bendita sea la constitución política que nos permite esta diversidad’, y no se quedó aquí, que hubiera sido ya mucho, sino que fue más allá al decir que ‘si mis profesores hubieran sido Palabreros, me hubieran enseñado a arreglar, a conciliar, a buscar formas de entendimiento y no a pleitear’. Todo un cumplido viniendo de un ministro de justicia que es, además, abogado y hombre acostumbrado a pleitos. Y lo dijo no en cualquier contexto sino mientras inauguraba la primera unidad interinstitucional oficial del departamento de La Guajira, es decir, unos juzgados tan especiales que imparten, desde finales de 2012, dos tipos de justicia, la ordinaria y plasmada en las leyes, y la viviente, la del Palabrero, la de los abuelos como don Eduardo, un derecho recogido incluso en la constitución colombiana, como puedes ver si pinchas aquí.

wayuus La Guajira

Don Eduardo recuerda cuándo intervino en una pelea monumental que enfrentaba a diversos clanes, los hizo sentarse alrededor de un patio y les convenció de que la violencia no lleva a ninguna parte: el tema se zanjó con el intercambio de unas cabras, la moneda habitual entre los wayuus. La ceremonia es, al tiempo, sencilla y complicada. El Palabrero, o Pütchipü’ü, se presenta con su bastón, o waraarat, herramienta fundamental, dice don Eduardo, para imponer su voz sobre el de los rivales si se eleva el griterío. El Palabrero habla y habla, saca sus dotes retóricas, su poder de convicción, las partes se miran con tensión, el Palabrero menciona compensaciones materiales, así, como el que no quiere la cosa, va probando qué incomoda a los querellantes, qué les relaja, el Palabrero es un psicólogo social que, gracias también a muchos años de observación y experiencia, intuye dónde puede encontrar campos comunes que solucionen una discusión que parece irreparable. Ante todo: la Palabra. Antes que nada: evitar que se partan la cabeza con una estaca. Algunas veces la tensión es tan grande que el Palabrero sólo apacigua la cólera contenida y puede incluso sufrir el castigo que su palabrería ha intentado evitar. De hecho, a veces han pagado incluso con la vida una sentencia que no ha gustado a alguna de las partes. Aquí tienes un par de ejemplos:

Ejemplo 1

Ejemplo 2

wayuus La Guajira

Son casos extremos que el Palabrero intenta evitar a toda costa, y no tanto por el miedo a perder la vida sino el prestigio, que es la base de todo Palabrero que se precie y el motivo por el que sus paisanos acudirán a sus servicios.

Dice la tradición Wayuu que el primer Palabrero fue Utta, un pájaro que recibió el mandato del mismísimo Maleiwa, que no es otro que El Más Alto, y un pájaro tal vez por aquello de ‘charla más que una lora mojada’, un paralelismo entre el avecilla que canta libre y la facilidad de un oficio que se aprende a base de escuchar, escuchar y escuchar durante años y décadas hasta alcanzar la maestría suficiente como para enfrentarse al problema. Utta desarrolló en la leyenda un conjunto de normas para evitar que los wayuus se desangraran en discusiones y peleas sangrientas, un mito que puedes leer aquí.

wayuus La Guajira

wayuus La Guajira

El Palabrero, una vez contratado por los querellantes, y sin más justificante que su presencia y su palabra, sin necesidad de actas ni escrituras, se enfrenta al problema que le plantea el Pütchipala, que no es sino el representante de la familia querellante. Y el problema puede ser cualquiera. Una joven que se fugó con el novio, un robo de ganado que degenera en enfrentamiento armado con muertes de por medio, una pelea de borrachos que provoca una reyerta entre dos familias. El Palabrero se reúne con los afectados, los escucha, calibra lo ocurrido y sentencia: usted, que cometió la felonía, pagará dos millones de pesos, setenta cabras y once collares de tuma. Y los litigantes escuchan la sentencia, bajan los ojos y se dan la mano. El problema está resuelto.

wayuus La Guajira

Viaje al Peloponeso: la ciudad hundida de Pavlopetri


isla Elafonisos

Cuatro mil años atrás, un terrible seísmo empujó las aguas del Mediterráneo sobre la ciudad portuaria de Pavlopetri, anegó sus calles, inundó sus campos, arrastró los puestos del mercado y las telas y los telares y las barquitas de los pescadores y enterró bajo las finas arenas de la costa de Laconia el barullo de una urbe. O tal vez no. Tal vez las aguas fueron llegando lentamente, subiendo de a poquito, dando tiempo a sus habitantes a resignarse incluso en su búsqueda de una nueva ubicación. O puede que tampoco sucediera así y que no sepamos nunca lo que ocurrió.

isla Elafonisos

Lo único cierto es que a pocos metros de la isla griega de Elafonisos, en pleno Peloponeso, se encuentra sumergida a cuatro metros de profundidad la que se considera mayor ciudad hundida de la Antigüedad. Se llama Pavlopetri y de ella apenas sabemos más que eso, que está hundida cerca de una isla del Peloponeso y que la BBC ha realizado una minuciosa recreación por ordenador de lo que debió de ser la ciudad y que puedes ver  en este documental:

http://www.youtube.com/watch?v=0p-AM28FSjM

La ciudad de Pavlopetri puede tener alrededor de cinco mil años, se sospecha, y es la única en la que se puede recrear sin lugar a dudas su distribución gracias a que las arenas han conservado perfectamente el diseño que lucía en su esplendor. El geólogo marino Nicholas Flemming, del Instituto de Oceanografía de Southampton, en Inglaterra, fue su descubridor en 1967, un hallazgo casual que luego completó con un puñado de estudiantes de la escuela británica de Atenas, con los que midió las treinta mil millas cuadradas del sitio y levantó su mapa. El resultado fue desconcertante: justo al sur de la costa sureste de Laconia, en el extremo occidental de la bahía de Vatika, frente a la isla de Elafonisos, había una ciudad debajo del agua.

isla Elafonisos

Un año después, en 1969, un equipo de la Universidad de Cambridge pasó seis semanas levantando el mapa de una ciudad que cubría un área de trescientos metros por ciento cincuenta, el equivalente a ocho campos de fútbol. En el mapa constaban quince edificios (que no era más que los cimientos de antiguas habitaciones), patios, calles, dos cámaras mortuorias y otras treinta y siete tumbas. Las ruinas continuaban por el fondo marino y subían la pendiente hasta alcanzar la isla de Elafonisos, donde aún eran visibles algunos restos. Lo que en principio se reconoció como una ciudad del Micenoico dio paso a otros restos más antiguos que la situaban en la Edad del Bronce.

isla Elafonisos

En 2007, casi cuarenta años después del descubrimiento, el investigador Chrysanthi Gallou, de la Universidad de Nottingham, volvió a Pavlopetri para estudiar los orígenes de la Laconia. Y lo hizo acompañado del descubridor de la ciudad del fondo del mar, Nicholas Flemming, para descubrir ahora que en ese tiempo algunos de los restos habían sido dañados por los fuerabordas, las anclas de los yatecitos y los submarinistas amantes del expolio. Puestos en contacto con el ministerio heleno de cultura, iniciaron rápidamente las tareas para evitar la desaparición de este misterioso lugar. Comenzaba así el proyecto Pavlopetri, que terminará, si todo va según lo previsto, en 2014, cinco años de estudios que pretenden definir la historia y el desarrollo de esta ciudad: un modo de conocer mejor nuestro pasado y promover una campaña internacional para que se conozca esta ciudad y evite su desaparición a manos de saqueadores y desaprensivos. Pincha aquí para conocer el proyecto.

isla Elafonisos

isla Elafonisos

Se especula que la ciudad podría haber tenido 50.000 habitantes y que, salvando la distancia temporal, no se diferenciaría demasiado de nuestras sociedades actuales porque no se basaban en una monarquía jactanciosa ni estaban sometidos a sacerdotes poseedores tacaños de la verdad eterna sino que dedicaban su vida al comercio y la navegación. Los estudios más completos indican que fue un gran puerto y un importante centro textil por la cantidad de pesos de telares que se han encontrado.

isla Elafonisos

La ciudad tuvo una importante actividad portuaria durante dos mil años, veinte siglos nada menos durante los que nacieron las civilizaciones occidentales. Hoy siguen intactas sus tumbas de piedra, los cimientos de los templos, aunque erosionados y expoliados, sus habitantes ya no comercian sino que tienen branquias y aletean parsimoniosos por lo que una vez fue suelo seco. Sus herederos, quién sabe, tal vez sean los pescadores del pequeño pueblo de Elafonisos, tan atareados en preparar tzatziki y colocar gambas y pulpos a la parrilla para dar de comer a los turistas que almuerzan en mesas en la misma orilla del mar, chapoteando sin saberlo en la tumba de una de las ciudades más desconocidas y fascinantes de las islas griegas: la ciudad sumergida de Pavlopetri.

isla Elafonisos




viernes, 25 de octubre de 2013

Viaje a Colombia: en los túneles del Guaviare



Bienvenidos a un mundo subterráneo, pero por encima de la tierra, perdido, aunque hallado a medias, un dédalo de callejuelas esculpidas por la Naturaleza en dura pugna con nuestros arquitectos, una suerte de laberinto sin más habitantes que los murciélagos pero con tantas historias resonando en sus paredes que el eco parece tétrico, acompañado de voces que ya no están. Los Túneles del Guaviare, a medio camino entre la Amazonía y la Orinoquía, ofrecen, además, una estupenda oportunidad de gastar el zoom de la cámara disparando fotografías.


A veinte minutos en coche de San José del Guaviare se encuentra el sueño de todo subversivo: una ciudad natural, con túneles perfectos, escondida en la maleza y abastecida por riachuelos. La montaña está horadada de forma natural y los túneles tienen incluso respiraderos por los que observar el exterior. El sueño de cualquier subversivo, insisto, porque, me cuenta Yolver, mi guía en la región, el lugar, que los locales conocen como Los Túneles, sirvió, años atrás, de refugio para los guerrilleros de las FARC, que ahora resisten en otras zonas de la región. El avance del ejército los ha empujado aún más a la selva, donde descubrirán otros tesoros que el resto de civiles tardaremos años en conquistar, como le ocurre a esta extraña acumulación de túneles naturales, o como le ocurre también a esta desconocida colección de pinturas rupestres en decadente estado (pincha aquí)


Claro que si nos remontamos aún más atrás, los túneles fueron el hogar de una etnia muy castigada y reducida a la miseria, los guayaberos, (pincha aquí) de los que ya hablé en este blog, y que anticiparon en muchos años las urbanizaciones modernas con robustos techos y servicios a la mano, como agua corriente o patios traseros. De pronto el aire se mueve, suena algo como un látigo: murciélagos, los únicos que habitan los túneles ininterrumpidamente, sin importarles si los humanos que deambulan por los pasadizos son guayaberos armados con cerbatanas o guerrilleros que afinan su puntería con berettas italianas.


En los túneles entra la suficiente luz como para no tener que encender linternas durante el día, las paredes ofrecen amables estanterías y hasta los respiraderos parecen tener alféizar, quien sabe si para decorar con macetas o tal vez para descansar el Ak 47 entre defensa y ataque. En los pasillos naturales crecen árboles solitarios, cuelgan lianas que hacen las veces de ascensor para los más habilidosos, la serranía de La Lindosa, que así se llama el lugar, desafía las leyes de la gravedad y de la física para ofrecernos una urbanización troglodita en toda regla. Difuminado ya el recuerdo de los subversivos, Los Túneles recibe ahora otras visitas: las de los excursionistas de San José, alguna pareja amorosa, algún niñato que abandonó su lata de refresco.


La región de San José del Guaviare tiene otras sorpresas, como La Ciudad de Piedra, una desconcertante sucesión de calles y más calles comida por la sabana: calles naturales de suelos rocosos que parecen levantadas por manos humanas pero que no lo son. Si acaso las moldearon los aguas oceánicas en un pasado tan remoto que da vértigo pensar que esto fuera lecho submarino y hoy una serranía en las lindes de la Amazonía. Las rocas adoptan formas caprichosas, surrealistas, los senderos se entremezclan con la maleza, las formaciones geológicas parecen demasiado humanas y entonces te planteas que quién imita a quién. Dice la geología que se trata de 'un complejo migmatítico asociado al magmatismo básico del proterozoico con variaciones desde alaskitas hasta monzonitas, y que también se encuentran sienitas de 480 millones de años de antigüedad, con aspecto granítico y holocristalino'. Es decir, un conjunto de rocas muy diversas que fueron fundidas de manera incompleta por un explosión de magma en los tiempos de Mari Castaña y que ahora se nos antojan esculpidas por un orate ebrio.


Para complicar aún más este galimatías, las rocas sedimentarias corresponden a la formación 'Araracuara', nombre que recibe de la serranía que la rodea, rodeadas de la Sienita Nefelina de San José del Guaviare, un conjunto geológico en el que se han hallado fósiles como trilobites, braquiópodos y graptolites que no hacen sino corroborar aún más que este terreno fue submarino tiempos atrás. Para hacerlo algo más digerible, podríamos decir que la serranía de La Lindosa, y estos túneles con ella, pertenece al Precámbrico, que es el periodo más antiguo de la existencia de la tierra. Buen lugar para asentarse, pintar con hierbajos, refugiarse de las inclemencias del tiempo y de los ataques de los soldados. Quién sabe para qué más. Un remanso de paz, de quietud, de encuentro con la naturaleza y hasta con los ecos que siguen resonando en las paredes.


Luis I de Acre: el emperador de la Amazonía que nació en Cádiz




Luis I nació en San Fernando, Cádiz, pero pasó a la historia como emperador de Acre, un extraño país en plena selva amazónica que languideció hasta que rompió el siglo XX. Si raro es que su historia no tenga el eco que corresponde a los imperios, más raro es aún que Luis sobreviviera a un sinfín de maridos cornudos, desfalcos bancarios, guerras en la jungla e invasiones militares y muriera plácidamente en Madrid, en 1935. Cierto es que Luis I de Acre tuvo más árboles que súbditos y la extraña dicha de llegar al trono dos veces antes de que su obra desapareciera.

Luis Gálvez Rodríguez de Arias nació en San Fernando en el seno de una familia de rancio abolengo, hijo de un ilustre marino, tutelado por un tío que fue ministro de marina y que luchó junto a Prim en la revuelta de 1868: todo parecía encauzarlo a surcar mares guerreando sobre olas. Sin embargo, su momento de gloria estuvo tan alejado del mar como del cielo, en el corazón de la selva del Amazonas, donde instauró un imperio con su cabeza al frente. Brasil y Bolivia se disputaban la extensa superficie de árboles sin otra entrada que los ríos, una región dominada por los caucheros en una época en la que el caucho comenzaba a declinar aunque aún guardaba reminiscencias de los buenos tiempos, cuando en Manaus soñaban con Caruso para cantar en su delirante edificio de la Ópera y en Iquitos construían casas de hierro diseñadas por Gustavo Eiffel.



Gálvez, simpático y vital, deambuló por Argentina y Brasil trabajando de periodista, de espía y de político, hasta que llegó al norte brasileño huyendo de deudas y líos conyugales. Una vez allí, supo ganarse el favor de ciertos caciques con los que disputar una región que debía convertirse en imperio y aglutinar a los terratenientes del caucho para impulsar un país que no tenía ni calles. Lo cuenta Marcio Souza, de manera desenfadada y caricaturesca, en su libro Gálvez, emperador de la Amazonía , un relato hilarante de aquel español que dejó el resplandor de la bahía de Cádiz por una silla imperial que habría de durarle nueve meses. Gálvez, perseguido por sus desfalcos bancarios (escapó de España por meterle mano a una caja) y de sus errores amorosos (huyó de Argentina por matar a un rival de amores en duelo) se dejó llevar por el destino, que quiso construirle un reino con el que tocarle las narices a la nueva potencia emergente, los Estados Unidos, vengarse de la derrota de Cuba y darle graciosamente al mundo un reflejo selvático de la revolución francesa, porque si en algo destacó su delirio fue en leyes de tan progresistas nunca vistas antes y de su especial inquina a los Estados Unidos, a quien llegó a declararles la guerra.Gálvez no se fue por el sumidero de la historia porque su imperio no tenía tuberías, como no tenía calles por las que desfilar un ejército inexistente ni carreteras por las que huir si alguien pensaba en deponerlo. 



La región del Acre, que así era como se conocía, no pertenecía ni al Brasil ni a Bolivia, era un cúmulo de cerros y ríos y selvas sin mayor orden ni concierto, sin delimitar y sin lengua fija, aunque el portugués predominaba sobre el español. Los bolivianos tenían destacada una guarnición mal armada y peor vestida, que el ejército de Gálvez, apenas otra guarnición peor armada aunque mejor vestida, y formada por veteranos de la guerra de Cuba, desbarató en pocos minutos. Marioneta en manos de los brasileños o idealista romántico, Gálvez, que actuó más en nombre de los caucheros que en el de la libertad, conoció en Manaus, donde trabajaba como reportero, que los estadounidenses tenían interés en hacerse con aquella zona y actuó como los héroes de las novelas que leyera en su enorme mansión gaditana. En su delirio, se creyó el vengador del desastre del 98 y de buena gana admitió su derrota a favor de Brasil, cualquier cosa antes de que su imperio cayera en manos de los norteamericanos. Los brasileños, como favor, lo recluyeron en la cárcel de Río Branco, de donde huiría para morir en Madrid en 1935.

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