viernes, 12 de octubre de 2012

Alonso Sánchez, descubridor (sin querer) de América



Alonso Sánchez cruzó el Océano Tenebroso en 1484 y descubrió unas tierras que hoy suponemos América pero que en aquel momento tan sólo le reportó como premio una sífilis que acabó con su vida. La enfermedad le sembró el cuerpo de horribles llagas pero además, por si fuera poco, difuminó su identidad hasta tal punto que hoy ni siquiera sabemos si ese hombre existió o se lo inventó alguna mente fantasiosa. Tal vez fuera el castigo de algún dios caribe porque Alonso descubrió América sin querer, arrastrado por los vientos al poco de zarpar hacia las islas británicas, donde vendía los productos de su tierra: aceite, vino, carnes saladas. No llegó nunca porque el temporal lo dejó en otra parte, no supo decir cuál. Tan sólo que parecía el paraíso, que sus habitantes iban desnudos y eran de natural bondadosos. Lo acogieron tan bien que pasó varias semanas en la isla y la estancia no debió de ser mala porque, continúa la leyenda, los indígenas hasta le ayudaron a calafatear la embarcación.

Alonso Sánchez anotó la posición de las estrellas, las corrientes, las aves que les sobrevolaron cercana ya la costa. Lo que no pudo anticipar era un regreso de pesadilla en el que tendría que luchar contra un mar desconocido y contra su propia memoria. La embarcación, muy mermada, sufrió lo indecible y cuando arribaron a Canarias sólo quedaban vivos seis marineros de su tripulación. La leyenda deja incluso los nombres de los supervivientes en unas coplas populares que recopiló fray Bernardino de Ramos en 1573, casi un siglo después de tan enigmático viaje: Pero Fernández, Juan Bermúdez, Pero Francés, Franco Niño y Juan de Umbría. Según cuenta, atracaron exhaustos en la aldea de San Sebastián de la Gomera, donde recibieron ayuda de sus vecinos. Un potentado local, Diego García, les dio cobijo y los dejó en manos de un marino italiano que casualmente fondeaba en la isla: Cristóbal Colón. Y dice más la leyenda: dice que el moribundo le cedió sus escritos bajo la promesa de que los haría llegar a sus parientes en Huelva.



Fray Bartolomé de las Casas recoge el comentario apenas medio siglo después del supuesto viaje y el cronista Juan López de Velasco se hace eco en su ‘Geografía y descripción universal de las Indias’, en 1574. Años más tarde, en 1639, la leyenda vuelve en boca de Fernando Pizarro Orellana, en su libro 'Varones ilustres del nuevo Mundo', quien le pone nombre al desconocido y da forma al relato. El padre Gumilla, un jesuita que desarrolló su misión en el Orinoco, cambiará La Gomera por la Madeira, y al onubense lo convierte en vizcaíno. Garcilaso de la Vega, por su parte, consideraba a Sánchez alguien histórico, y lo hacía en el Perú del siglo XVI. En sus 'Comentarios Reales de los incas', Garcilaso relataba que el navío de Alonso Sánchez fue arrastrado por una tormenta más allá de las Azores y cómo de allí volvió para morir en brazos de Colón.

Sánchez serpentea por la historia creando rencillas entre los estudiosos. Torcuato Luca de Tena, en su libro 'Los mil y un descubrimientos de América', recoge la copla donde se menciona la leyenda de las cartas que el moribundo confió a Colón para que las hiciera llegar a sus parientes en Huelva. Y relata también cómo éstos, agradecidos, le cedieron los derroteros con la información privilegiada. Luca de Tena llega a una conclusión desconcertante: siguiendo el rastro de los ochenta y siete tripulantes de la expedición de Colón, afirma que tres de ellos no son desconocidos: Francisco Niño, Juan Bermúdez y Juan de Umbría, casualmente tres nombres que se cantaban en esas coplillas de la Gomera. Luca de Tena deja entrever que tal vez no fallecieran todos y que alguno de los marineros se hiciera a la mar en un improbable viaje de vuelta. De Alonso Sánchez nunca más volvió a saberse, salvo en Huelva, donde sus vecinos lo consideran ya para siempre el descubridor de América y han dedicado, en su memoria, una calle, un instituto, un parque, un polideportivo y hasta una estatua en los jardines del muelle.





Estos son los versos de fray Bernardino de Ramos, según relata Torcuato Luca de Tena en su investigación:


Ya Canaria conquistada
a la Gomera arribó
una nave empavesada
por buen tiempo que corrió
al ser en Cádiz armada
con Colón y aquí fondeó.

De aquesta tierra Gomera
el gran marino habitó
la casa que le ofreció
Diego García Herrera
la que su hijo heredó
y después gozó su nuera.

Y sucedió en aquel tiempo
cosa digna de contar
que por fuerte temporal
de mar recia, lluvia y viento,
la nave de un nautical
corrióse a lejano puerto.

Ya en tierra desconocida
sus caciques indorinos
en tal penosa jornada
el nautical y marinos
con motivo de la arribada
tratáronle cual divinos.

Hizo el nautical del viaje                  Se enfermaron los marinos
un derrotero y buen plano,               durante el viaje lo fueron
levó anclas, tomó aguaje                  de tumores, que por descuido
y partió del suelo indiano                 sin curarles ellos dejaron,
con su nave al capeaje                     algunos destos murieron
cierto día de verano.                        y seis tornaron malignos.
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Pero Fernández contó                     Pero Francés nos hablaba
que vio una isla poblada                 de esa tierra y con encanto;
que su gente iba pintada                 también Franco Niño daba
y que en ella pernoctó.                   más noticias, mientras tanto
Juan Bermúdez afirmó                   Juan de Umbría sospechaba
todo lo que aquel narraba.              fuese el paraíso santo...

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Surcando olas violentas                  De tal fusta marinera
rota en la nave sus gavias,              los horrores del naufragio
la gente muy fiebrolentas,               lloró la villa gomera
perdida casi sus sabias                    y Colón, aquí en espera,
maltrecho por las tormentas,           tendió en su casa agasajo
llegaron a las Canarias.                   cual pudo y a su manera.



Estatua dedicada a Cristóbal Colón en la plaza de las Monjas de Huelva

Luego, y a los pocos días                     Dicho derrotero y plano
fallecía el nautical                                 los recogió el genovés
de tan incurable mal                              para su entrega a un huelvano,
y Colón, por simpatías,                         y como tuvo a su mano
les sufragó el funeral                             documentos de interés,
y a aquellos, sus estadías.                      los conservó muy ufano.

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Ya referimos lo grave.                           Por ser el muerto atendido
En dos años que vivió                           cedióle en Huelva un pariente
hacia España con su nave                      a Colón muy complacido,
y la otra que arregló                               el derrotero, excelente,
desde aquí, Colón partió                        y aquel plano, conocido
a Cádiz, con viento suave.                     que iluminaron su mente.

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Por los documentos vio                         De ayuda al descubrimiento
que el nautical había ido                        de las tierras, y con denuedo
a regiones que soñó                               dado su conocimiento
el gran Séneca instruido                         nuestro morador gomero
y ese secreto guardó                               salióse de Huelva luego
para darle buen destino.                          de conseguido su intento.

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Colón, con aquel secreto
y otro que había adquirido
de antemano más completo
con aplomo y buen sentido
descorrer quiso lo ignoto,
por ser un hombre entendido. (...)         Fray Bernardino de Ramos, 1573








Bibliografía:

Torcuato Luca de Tena, Los Mil descubrimientos de América, Eds. de la Revista de Occidente, 1968 / ABC 10/09/1965, artículo de Torcuato Luca de Tena
        Fray Bartolomé de las Casas, Geografía y descripción universal de las Indias
        Juan López de Velasco, Geografía y descripción universal de las Indias
        Fernando Pizarro Orellana, Varones ilustres del Nuevo Mundo
        Inca Garcilaso de la Vega, Comentarios Reales de los Incas
        Francisco López de Gomara, Historia general de las Indias y vida de Hernán Cortés


© José Luis Sánchez Hachero
sanchezhachero@hotmail.com


martes, 9 de octubre de 2012

Viaje al Ecuador: en las minas de oro de Nambija



Al sur de Ecuador, escondido en el manto verde de la selva, se encuentra el equivalente andino de los garimpeiros brasileños, buscadores de oro sempiternamente embadurnados de barro, adictos a una fortuna que les resulta tan esquiva como habitual la miseria, aventureros apoltronados en la rutina del azar. El lugar se llama Nambija y es un cúmulo disparatado de casas de madera construidas de un modo que da la impresión de prisa, de eventualidad, de espere usted un momentito porque en unas semanas nos habremos ido. Pero no, los vecinos no se van, permanecen anclados a una montaña hueca, mil veces excavada y vuelta a excavar, una montaña que, de tiempo en tiempo, se desploma en alguna de sus fallas artificiales y deja muertos, muchos muertos, y heridos, muchos también. Nambija está en la provincia de Zamora Chinchipe, al suroriente del Ecuador, una provincia lánguida, que se despereza cada mañana entre las brumas bajas que toman la torre del campanario de su capital, Zamora, y que se sobresalta tan sólo con los gritos a deshora de las bandadas de loros que surcan por el aire unas calles surcadas por el suelo por raíces que violentan el asfalto.




A Nambija sólo se llega desde el barrio de Namírez y después de un par de horas  atravesando selva amazónica a bordo de un par de autobuses sin amortiguadores y de una colorida chiva. La carretera que parte de Zamora se pierde por el bosque húmedo, deja atrás un camino en pésimo estado que el viajero echará de menos cuando trote campo a través rebotando por desniveles y hundiendo ruedas en ríos de agua marrón que corren como desbocados fuera de sus cauces. Y dos horas después, como decía, un hueco en lo que en otro tiempo fue una montaña le recibe con una persistente lluvia. Coronando una colina, elevada a 2.600 metros sobre el nivel del mar, se levanta el poblado, o el disparatado cúmulo de casas de madera, o las minas de oro más famosas de la región. La lluvia no es precisamente rara en la selva ni en la montaña ni tampoco en los cauces del río, llamado precisamente Nambija, en cuyas aguas se desenvuelven, de cuando en cuando, pequeños grupos de mineros, familias completas, que rebuscan la pepita de oro que les hará más ricos que nadie y dejarán, para siempre pero sólo en su imaginación, la selva y las montañas. Desde el autobús se les ve irreales, con el agua hasta las rodillas pero protegidos de la pertinaz lluvia con plásticos transparentes, dejando la cedilla tan sólo para elevar la vista al paso del vehículo que rompe con sus gruñidos la paz de la espesura. El río Nambija corre como enfadado hasta penetrar en el río Zamora, que a su vez corre agresivo a veces, y manso otras, hasta desembocar en el Marañón (que bajó el sevillano rey Fernando I de Eldorado), una cadena de ríos que termina en el Amazonas y que no hace sino incrementar la duda y el riesgo. Porque el río Nambija, a merced de los garimpeiros andinos, está envenenado de tóxicos, de cianuro y de metilmercurio, de restos de explosivos y de material desechable, venenos que nadan a favor de las corrientes fluviales y que se unen, antes o después, al mayor de los ríos.





Al final del camino se levanta, tambaleante y cubierta de barro, como los mineros del río, Nambija. Algunas pinceladas de verde en el profundo hoyo indican que realmente hubo ahí una selva en otra época, pero ya no. Ahora sólo veo un lodo espeso mezcla de tierra y basura sobre el que caminan a duras penas algunos mineros con sus mujeres y sus hijos. Por todas partes pululan estos hombres de barro cargados de sacos de tierra húmeda, sube que te sube las empinadas y resbaladizas laderas de la montaña de oro, baja que te baja las empinadas cuestas que subieron minutos antes, eternos Sísifos amazónicos perdidos en la inmensidad verde del mayor de los bosques.



Hace años visité las minas y escribí lo siguiente: 'Pronto los habrán echado a todos: la empresa minera Andos, canadiense, les compra sus posesiones por algo más de ochenta mil pesetas (500 euros). Los mineros, analfabetos, les venden el producto de sus vidas por una suma irrisoria, un lote en el que van incluidas casa, terrenos y una mina de oro. Elba Paladines y su hijo llevan 18 años viviendo en el infierno verde y oro. “Con ese dinero”, dice la muy ilusa, “nos marcharemos a España y buscaremos allá un trabajito, porque allá hay mucho, sabe usted”. No, no lo hay, le digo. Se ríe, “claro que lo hay, claro que sí”. Le deseo suerte, tal vez lo encuentre, se lo deseo de corazón. “Claro que hay un problema, ¿qué lengua se habla allá?”. Español, les digo un poco confundido. “¿Cómo aquí?”, exclama aturdida, “¡como aquí!”. Elba no sale de su asombro. Su hijo apostilla, a modo de explicación, serio y seguro, incluso con un aire de superioridad: “debe de ser un dialecto”. 'Irán en avión', les digo, 'no, no creo, iremos por tierra desde los Estados Unidos y de allí pasaremos a España...' Hoy la situación sigue igual, los mineros intoxicados por metales pesados, la selva transpirando a duras penas humedad, las nubes descargando inmisericordes su carga de agua que cae ya turbia del cielo, las grandes compañías mineras amenazando con el desahucio, los mineros prometiendo morir antes que abandonar sus vetas.




Han pasado muchos años desde aquel extraño encuentro: Elba y los suyos pueden haberse instalado en España, seguir excavando sus tunelitos o ser un recuerdo lejano de los buenos tiempos de la mina que yacen enterrados en una modesta tumba. A finales de los años ochenta la población del poblado creció hasta las 20.000 almas, todas dedicadas de un modo u otro a la explotación incontrolada del oro, una frenética actividad que puede haber arrancado de las entrañas más de 4 millones de onzas de oro, o más de cien mil kilos del dorado metal, tanto monta, monta tanto. Un esfuerzo sobrehumano, no sólo el de excavar una montaña con métodos rudimentarios, y rebuscar en el lodo, y acarrear sacos arriba y abajo, y tratarlos con químicos que se derraman por doquier, no: en 1980 en esta mina hubo una avalancha que causó alrededor de trescientos muertos. En 1993 fueron más de trescientos cincuenta los que perecieron aplastados por un corrimiento de tierras del cerro. Las tragedias son cíclicas y nunca mayores de las que experimentaron los indígenas de la zona, según el estudioso ecuatoriano Pío Jaramillo, quien estima que en los tiempos de la colonia fueron más de veintidós mil los que se dejaron el pellejo buscando oro para sus señores.



Hoy los mineros siguen removiendo el suelo, recordando los tiempos en los que por estas laderas subían hileras de estatuas de barro vivientes, recordando los tiempos en los que la selva era un nido de atracadores, cuando una cerveza costaba lo mismo que un almuerzo en el mejor restaurante de Quito, aquellas hembras que cruzaban la selva desde el Brasil para regresar con oro hasta en los ombligos, los mineros recuerdan los tiempos en los que fueron muchos, ahora que son tan pocos. Los túneles siguen habitados, las minas siguen pasando de mano en mano e incluso se venden y alquilan por internet: mira este anuncio, las minas siguen vivas pero con las grandes explotadoras ganando terreno. Si hace quince años eran los canadienses de Andos, antes Goldstar, los que compraba las tierras ahora acechan compañías chinas y hasta los ecuatorianos de Cumbaratza pugnan por recuperar unos terrenos ya irrecuperables para la ecología, tan contaminados están, y extraer el sueño de todo minero: la gran veta, una leyenda, tal vez una verdad, que se dice permanece bajo el suelo. 'No sacamos más que las hojas de oro, falta el tronco', aseguran los mineros en los medios locales. Un niño mira al extranjero con ojos desorbitados, deja por unos momentos sus tareas en el sucio caño que arrastra los sedimentos tóxicos a no se sabe muy bien donde. Tablas, cinc, barro, basuras, hombres de barro, niños con los ojos desorbitados. Pero también familias con vidas sencillas que se esfuerzan en olvidar las tragedias, los desplazamientos de tierras, los cuerpos aplastados, las prostitutas y los tiroteos, gente que cultiva su tierra y su maíz sin la pretensión de la riqueza súbita y definitiva.


Haga usted oro en su casa, si tiene una veta y unos químicos, siga estas sencillas instrucciones. La solución de cianuro de sodio se mezcla con rocas finas que se suponen encierran pepitas de oro. Luego le añadimos zinc, para que precipite los residuos de oro y plata, aunque también precipita el mismo zinc. Para eliminar tan molesto elemento, le añadimos ácido nítrico, o si no lo tenemos le echamos ácido sulfúrico, lo que deja un barro que no es sino el oro o bien la plata. El oro también se puede separar con mercurio: se muelen las rocas que sospechemos tienen mayor concentración de oro, se muele con agua y le añadimos un tantito así de mercurio para que forme amalgama, y para retirarle el mercurio no hay más solución que quemar la amalgama para que suelte palomas negras al aire puro de la selva que se mezclará con el mercurio que no ha ido al río: una vez convenientemente evaporado el pesado metal nos queda, brillante, imponente, una pepita. La pepita de oro.




 ©José Luis Sánchez Hachero
sanchezhachero@hotmail.com



















viernes, 5 de octubre de 2012

Oswaldo Guayasamín, el indio quichua que dio forma al drama



 ¿Qué se puede esperar del hijo mayor de un indio quichua pobretón y buscavidas con nueve hermanos y una madre siempre embarazada? Pues que salga otro indio quichua pobretón y buscavidas, que se dirija al blanco con el humillante ‘patroncito’ como  prefijo de cualquier frase y que, si tiene alguna habilidad con sus toscas manos, elabore vistosas artesanías que malvenderá a turistas entusiastas del regateo. El pequeño Oswaldo, desde muy pequeño, sintió la imperiosa necesidad de expulsar de sus inquietos dedos líneas y líneas y más líneas y aún más líneas de retratos de su mamá, caricaturas de compañeros, paisajes del Quito antiguo, copias de actores que veía en carteles de cine, esbozos de pájaros y árboles y gente anónima que pasaba ante sus narices. Y tantas líneas se desprendieron de sus mágicas manos que Oswaldo encontró el modo de despojar a las figuras de su carne y de sus ojos y de sus rasgos y hasta de su humanidad para presentarlas descarnadas, retorcidas, suplicantes: el pequeño indio quichua hijo de un pobre indio quichua halló la piedra filosofal del retrato y nos regaló el mudo grito del desesperado. ¿Y cómo puede triunfar en un arte tan de blancos un pequeño indio quechua hijo de un indio quechua pobretón y buscavidas?, se preguntó su propio padre cuando el pequeño Oswaldo, mientras lanzaba líneas y más líneas y aún más líneas, le suplicó anhelante, al modo de sus figuras más descarnadas, su deseo vital, el propósito de su vida, su único objetivo: papá, quiero ser artista.


Y a fuerza de soltar líneas y más líneas el pequeño Oswaldo refinó sus ángulos, afiló sus curvas, imitó a los clásicos, conoció la infinita variedad cromática y hasta esculpió poesía en sus lienzos. Oswaldo, sin embargo, no alcanzaba la felicidad, a pesar de sus logros y proezas y de la sentida admiración de sus compañeros de estudios porque el pequeño indio quichua hijo de un indio quichua pobretón y buscavidas vivía en una montaña pobre, olía aún los rescoldos del Quito precolonial quemado por el capitán Rumiñahui antes que cederlo al cateto mataburros del vil Belalcázar, Oswaldo sentía el odio insuflado a sus vecinos por los descendientes de aquellos conquistadores, un odio feo y mezquino que enfrentaba a los quichuas con sus gobiernos quichuas, con sus vecinos peruanos quichuas, con un deforme pasado quichua, un odio que terminaba en guerras y revueltas y algaradas y afilaban más aún los rasgos suplicantes de sus cada vez más impresionantes retratos. Y el pequeño indio quichua hijo de otro indio quichua pobretón y buscavidas consigue, línea a línea, su título de artista, de pintor y escultor, y hasta de arquitecto, expone en Quito y esparce el escándalo por la ciudad, por los valles de los incas y por las tumbas de los patroncitos: ¿quién se cree este indio que contradice los sagrados argumentos de los clásicos pintores que reproducen con sagrada habilidad las no menos sagradas figuras de Nuestra Señora de Quinche? La fama del indio quichua se expande por los cuatro puntos cardinales, sus ecos llegan al poderoso Rockefeller, que lo patrocina, como buen patroncito que es, y que, como mejor millonario con olfato, le compra varios de sus mejores cuadros.


El pequeño indio ya no es tan pequeño y su tamaño crece en los Estados Unidos bajo el manto del poderoso capitalista de chistera y puro, crece en México bajo las alas del gran muralista José Clemente Orozco, crece aún más cuando conoce a Pablo Neruda y se embarca en un viaje iniciático por toda Sudamérica para conocer la realidad de esos otros indios no quichuas pero igualmente pobretones y buscavidas. Si sus cuadros tenían el brillo comprometido del que conoce las penurias de la calle, y que irritó a sus vecinos cuando pintó Niños Muertos, ahora consigue teñirlos del dramatismo reservado sólo a los pinceles de los más grandes. El público y la crítica y los más reconocidos pintores ya no lo ven como aquel pequeño indio quichua hijo de un indio quichua pobretón y buscavidas sino que ahora es un gran artista capaz de insuflar a sus líneas y más líneas un matiz nuevo y único, la diferencia que vio el privilegiado ojo de Rockefeller cuando sus vecinos se incomodaban y lo criticaban por alejarse del molde de Nuestra Señora de Quinche. Oswaldo ya no es indio y ni siquiera es Oswaldo: ahora es Guayasamín, su enrevesado apellido indio que ya suena a música y a grito descarnado, el Ave Blanca Volando (Guayasamín en quichua), el gran artista, el muralista, el escultor. El artista que retrata a Fidel Castro, a García Márquez, al rey de España, a Carolina de Mónaco. El artista al que llueven premios internacionales, el artista que pinta un mural de ciento veinte metros en el madrileño aeropuerto de Barajas, en el parlamento de Sao Paulo y en la sede de la UNESCO, que expone en Brasil, París, Varsovia o China, el artista al que todos quieren conocer, el amigo de Salvador Allende, del Che Guevara, el dueño de una boutique en Miami, el maestro admirado de los jóvenes que acumulan líneas en sus manos.


Pero Guayasamín nunca perdió su nombre ni su memoria ni su angustia vital de cuando suplicaba a su padre que le permitiera soltar esas líneas que le quemaban en los dedos de sus manos, Guayasamín siempre fue Oswaldo, el niño indio quechua que se horrorizaba con la pobreza de sus vecinos, con los enfrentamientos resentidos de su pueblo, el joven que se horrorizaba con las guerras mundiales, las guerras civiles y hasta las regionales, el horror mudo de las torturas de las dictaduras de su querido continente, con los campos de concentración australes y las fosas comunes (de tantas que llegaron a ser), de los perseguidos y de las mentiras que agujereaban las tierras que hollaron sus antepasados. Oswaldo Guayasamín murió lejos de sus vecinos y de sus carencias, murió en Baltimore, en los Estados Unidos, pero murió grande y reconocido, murió como el Pintor de Iberoamérica, murió para dejarnos la huella de un artista que ahora llega a Cádiz como el Cid Campeador, sin espada, sin Babieca, a lomos de su pincel y de los gritos mudos de todos los que en este mundo sufren.

Para saber más de Oswaldo Guayasamín pulsa aquí.





© José Luis Sánchez Hachero
sanchezhachero@hotmail.com








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