martes, 18 de septiembre de 2012

Viaje a la Amazonía: de Yurimaguas a Iquitos por el río Huallaga



A Yurimaguas se la conoce como 'la perla del Huallaga' pero el lustre está oxidado bajo la espesa capa de humedad selvática. A orillas del río, precisamente el Huallaga, venden pescados mujeres indígenas que entremezclan sus etnias, las hay tarapotinas, las hay lameñas, moyobambinas y, mis favoritas, chachapoyanas, que son las procedentes de la región de Chachapoyas. Sin embargo, con ser mucho el esfuerzo que hago para decir Chachapoyas sin soltar una carcajada (que me perdonen mis amigos peruanos), mayor es el esfuerzo que debo hacer para no caer en la demencia temprana (o ya no tanto) cada vez que recuerdo el delirante viaje que es necesario hacer para llegar a la ciudad de Iquitos, la mayor de la selva amazónica, desde esta remota ciudad amazónica. Porque llegar a Iquitos no es posible por tierra, a no ser que atravieses cientos de kilómetros de selva espesa a través: Iquitos, con su más de medio millón de almas, no tiene carreteras que la comuniquen con el mundo exterior y depende, para su oxigenación social, de las corrientes fluviales o del aire abierto de los cielos.


Llegué a Yurimaguas procedente de Tarapoto, otra ciudad amazónica que aúna con increíble habilidad el denso devenir cansino de los calurosos enclaves tropicales con el frenético sentido de la fiesta latina (eso sí, cuando cae el sol). La carretera terminaba en Yurimaguas y para seguir más allá es preciso recurrir al río. En este caso el Huallaga, tributario del Marañón, que a su vez engorda al río de los ríos, el Amazonas. Las mansas aguas que corrían parsimoniosas junto a las indígenas chachapoyas y sus amigas acabarían algún día en la desembocadura del Amazonas, más de siete mil kilómetros río abajo.



Por estas aguas descendió también, casi cinco siglos atrás, la colorida expedición de Pedro de Ursúa, que buscaba el país de la Canela en medio de aquel enorme bosque sin final. En algún punto remoto de este río el sevillano Fernando de Guzmán fue nombrado rey con el ostentoso nombre de Fernando I del Perú y Eldorado y puesto al servicio del ominoso Lope de Aguirre y su ejército de locos sádicos. Por estas aguas se desarrolló la no menos ominosa tragedia de Julio César Arana, el más abominable de los caucheros que diezmó a las poblaciones indígenas para obligarlas a extraer el látex del interior de la selva y que el escritor peruano Mario Vargas Llosa describe en el Sueño del Celta. Y junto a estos horribles seres, el más industrioso Adolfo Morey Arias, un vecino de Tarapoto que inició la navegación entre Iquitos y Yurimaguas con su primera lancha, llamada precisamente Yurimaguas en un arranque muy poco imaginativo, y que llevó su imperio de navegaciones por toda América y hasta el lejano África.


Fondeados a pocos milímetros de la orilla, una flota de barcos promete un viaje tan lento como la corriente. No sé qué queda de aquel Morey pero decenas de braceros se esfuerzan en subir sacos y más sacos de grano, de papas, de maíz, bolsas de contenido indefinido, material de construcción, grandes racimos de bananos, máquinas decimonónicas y, sobre todo, vehículos industriales que, mal que bien y a duras penas, consiguen entrar en la cubierta principal del barco. Los más demandados tienen un nombre: Eduardo. Y cuando digo que tienen un nombre quiero decir exactamente eso: todos se llaman Eduardo. Está el Eduardo I y el Eduardo III, por allí veo el Eduardo IV y supongo que la gran familia marina de los Eduardo se extenderá hasta cubrir cada puerto del río. A primera vista parecen sacados de alguna película de Huckelberry Finn, grandes dinosaurios marinos que se mantienen a flote por algún pacto secreto con Mefistófeles y que prometen noches larguísimas y no menos largas conversaciones. Mientras los braceros continúan con su también largo devenir, trato de encontrar alojamiento en algún camarote: los Eduardos están repletos y no saben cuándo saldrán, 'tal vez hoy pero tal vez mañana'. Sin embargo, encajonado entre el barrizal que hace las veces de muelle y otros dos armatostes de madera, un barco de nombre diferente me hace un hueco: se trata del Mari Carmen, ingrato nombre que trato de olvidar: no sólo no la olvido sino que habré de navegar encaramado en su grupa. El capitán resulta ser el señor Cabanillas, nombre muy ampuloso para semejante cascarón de nuez. Los Eduardo parecen más cómodos pero el barrizal donde habría de pasar la noche son, sin dudarlo, mucho más incómodos, así que alquilo un camarote del Mari Carmen y espero la salida. 'Le aconsejo que compre una hamaca porque el calor en el camarote es insoportable', me aconseja el señor Cabanillas, un capitán de agua dulce con un enorme polo rosáceo y una sonrisa desconcertantemente dulce para su metro y medio de alto, y puede que dos de ancho, una sonrisa que se hará aún más desconcertante cuando saque su terrible genio del interior de su rollizo cuerpo. Una vaca pasa a pocos centímetros del capitán y temo que lo absorba de un lametazo, huele a estiércol en el granero en el que se está convirtiendo el sobrecargado barco, unos gallinazos (o buitres) sobrevuelan tétricos la nave, tal vez presagiando un hundimiento que les ofrezca un opíparo almuerzo mojado.


Tras ahuyentar una nube de mosquitos en la que se entremezclan niños que piden comisión por todo (hasta por pisar el hediondo fango del muelle), y tras más de seis horas de espera, el Mari Carmen se pone en marcha con una lentitud exasperante para alguien que acostumbra a trabajar en una oficina. El tercer piso del buque se va poblando poco a poco de hamacas y de una multitud que comparte pasteles de maíz, botellas de aguardiente y trozos de carne indefinida. La planta baja está inhabilitada para nada más que la sobrecarga: una excavadora caterpillar oscila peligrosamente ante el empuje de otra excavadora de la misma marca: desde el primer piso parecen nadar en un mar de bananos y patatas. Aferrado a una reja azul un perezoso parece tan asombrado como yo. El pobre bicho acepta comida de los viajeros, nos mira con una sonrisa tan dulce como la del capitán Cabanillas, sus zarpas no son aún el arma mortal de sus mayores. Las orillas nos miran pasar con un supuesto desinterés que no es tal porque detrás de la pared verde selva se esconden ojos inquietos: a veces se ve un niño que vuelve a esconderse tras un arbusto, otras veces una gran ave levanta el vuelo, tras aquel bosquecillo se levanta una columna de humo que revela un asentamiento. Al caer la noche, el griterío resulta abrumador y cuando la oscuridad rodea al barco, miles de luciérnagas brillan misteriosas sobre las copas de los árboles invisibles. Más perturbador resulta imaginar al cojo Aguirre degollando en algún punto del camino al gobernador Pedro de Ursúa para levantar un imperio independiente de la corona española o a los hombres de Arana descuartizando niños para obligar a sus padres a recoger una bola mayor de caucho. La selva guarda tantos secretos que muchos resuenan entre la floresta, a salvo de los aguaceros, pidiendo a gritos silenciosos que alguien los recuerde para que al menos no caigan en el olvido. En algún punto de estas orillas, pero mucho más al norte, miles de indígenas perdieron las vidas a latigazos, a balazos, a machetazos por negarse a servir de esclavos para los caucheros que querían vivir una vida parisiense en mitad de la selva. Un ejemplo son los nukak. Otros, en cambio, prefirieron extravagancias menos mortales: el señor Vaca Díez, socio de Fitzcarraldo, el otro gran cauchero de fines del siglo XIX, se hizo traer una casa de fierro diseñada por Gustave Eiffel, la casa de Fierro que aún resiste en pie en pleno centro de Iquitos, y otros caucheros trajeron losetas desde el lejano Portugal para que sus mansiones selváticas tuvieran ese punto de distinción que todo hortera necesita para que su fortuna se sienta y se huela.



En el camarote se celebra una frenética y entretenida carrera de cucarachas: decido pues montar mi hamaca en el tercer piso y dormir entre la multitud. El viaje es apacible y tranquilo aunque dicen que últimamente proliferan los ataques piratas. Cuando yo descendí el río no había más peligro que las extensas nubes de mosquitos que podían convertir la mera existencia en una tortura. Pero ahora, y precisamente en los alrededores del lodazal que hace las veces de muelle, se desarrolla la conocida banda 'Piratas de Yurimaguas', una denominación carente de imaginación pero con una legendaria mala leche que deja tras de sí muchachas violadas y pasajeros, sobre todo turistas, desplumados y ultrajados. Un problema añadido para una región, la del Loreto, en el Perú, y para toda la Amazonía en general, en la que el 90% del transporte de carga y de pasajeros se realiza por río. Francisco, un mestizo grandote y sonriente, me habla del otro peligro: 'durante algún tiempo trabajé para los narcos del Ucayali', asegura, 'y eso sí era chévere: dinero, alcohol, mujeres...' Para terminar de liar la madeja, las riberas del Ucayali, algo más al sur, y los alrededores de Yurimaguas han sido escenario de algunos enfrentamientos entre los militares del ejército y los restos del grupo maoísta Sendero Luminoso. Atrás quedan las preocupaciones políticas y narcóticas, por delante tan sólo el lento peregrinar del río.




A las dos de la madrugada, cuando por fin he conciliado el sueño, resuenan notas de guitarra y cohetes. Me levanto apresuradamente y veo que el Mari Carmen ha fondeado a un par de metros de la orilla y que una multitud nos recibe en estado de fiesta febril. Es el municipio de Santa Rita. Los hombres están borrachos, las mujeres serias, los niños aturdidos. 'Llevan esperando más de doce horas que llegue el barco, los hombres no han aguantado más y se han emborrachado', me cuenta otro pasajero. La maquinaria de la cubierta principal, que estaba poniendo en peligro la estabilidad de la embarcación, ha llegado a su destino. Una banda de música desafina notas de una irreconocible melodía mientras mantiene colectiva y solidariamente sobre los hombros al alcalde de la ciudad. Por supuesto, borracho. El hombre sólo acierta a repetir en estado de lamentable ebriedad: 'yo cumplo lo que prometo'. Sí, muy bien, pero ahora hay que descargar unas enormes máquinas en una orilla resbalosa y con un desnivel de casi dos metros. Salto a tierra y la gente me mira como yo los miro a ellos: medio dormido, medio alucinado. El poblado es muy precario, sin carreteras ni apenas iluminación. Las máquinas deberán cambiar la faz de este lugar en mitad de la nada y el pueblo suelta globos de alegría. Pero bajar la maquinaria no es fácil: una cuerda atada al guardabarros de una de las excavadoras tira con todas sus fuerzas desde un cuatro por cuatro salido no se sabe de dónde. Mal que bien la máquina consigue bajar pero queda otra a bordo, la más pesada. De nuevo tensan la cuerda y pienso que si revienta nos cortará por la mitad a los que coja por su camino. Dicho y hecho: la cuerda revienta y suelta un latigazo que se pierde en la multitud. Todos nos miramos, nos tocamos: estamos enteros. Desde cubierta, el capitán Cabanillas, harto ya de la situación, empuja con otros fortachones la máquina, que cae al barrizal, a dos metros de la orilla. 'Corriendo o se quedan', grita mientras salto a bordo y dejo aturdidos a los habitantes de Santa Rita. Tienen trabajo por delante, no creo que sea fácil sacar ese mamotreto del barro, y mucho menos borracho.


Vuelvo al refugio de la maraña de hamacas colgadas en la cubierta del tercer piso. Han puesto una película en un vídeo: 'Jackass', le estúpida cinta norteamericana de suicidas dementes que, sin embargo, no mueren tan fácilmente. El pasaje se revuelve nervioso en sus hamacas. Se envuelven para no ver las desagradables escenas de la película. Pero hacen trampa y puedo ver sus ojillos curiosos asomando entre las costuras desmadejadas de las telas. En el fondo disfrutan de esta idiotez como disfruto yo, entre ramalazos de arrepentimiento culpable. ¿Qué hago viendo Jackass en mitad de la Amazonía? Me vence el sueño. Cuando despierto, ya de mañana, y después de tres días embarcado, el Mari Carmen llega a Iquitos. El corazón del Amazonas.


© José Luis Sánchez Hachero
sanchezhachero@hotmail.com


















sábado, 15 de septiembre de 2012

Viaje al Líbano: con los maronitas del valle de Kadisha



Existe un valle en Oriente Medio en el que no puedes encontrar musulmanes. Al menos que lo manifiesten abiertamente. Está a tiro de piedra de Trípoli, al norte del Líbano, una ciudad donde se entremezclan sunitas moderados, sunitas wahabitas que simpatizan con Al Qaeda, palestinos, chiítas al uso y hasta versiones regionales de los seguidores de Alí: los alauitas. Pero a poco más de media hora en coche subiendo unas espectaculares montañas que se internan en un valle pedregoso y con cierta luz mágica, los musulmanes están prohibidos. 'Si vemos a algún musulmán por el valle, lo matamos', asegura Harold, un tipo fibroso con pinta de paramilitar que regenta un hotel en Bcharre, en el polémico valle de Kadisha. 




A lo largo del camino que lleva a Bcharre atravieso pequeños pueblos con pequeñas multitudes que conversan animadas a las puertas de algunos bares, de edificios levantados con vistosas piedras, hay monasterios excavados en los montes milagrosamente suspendidos sobre el vacío, hay vergeles y hay iglesias pero no veo las torres de las mezquitas que salpican el resto del país. Harold es un tipo duro, fibroso y alto, parece permanentemente alterado y enfadado con el mundo. Probablemente haya visto cosas que prefiere no recordar y hasta puede que haya ejecutado su amenaza alguna que otra vez. En Trípoli, su primo Pierre, que regenta otro hotel, me da la primera pista del valle: 'odio a los palestinos', asegura mientras transforma su espíritu relajado a una versión inesperada del demonio de Tasmania. Pierre recuerda que los palestinos, en sus luchas intestinas, le han destrozado la casa en cuatro ocasiones, y que la última 'sólo dejaron los cimientos y la estructura'. Cuando los palestinos se lían a tiros, los cristianos de Trípoli meten apresuradamente sus cuatro cosas en la maleta y se largan corriendo al valle de Kadisha. Allí están seguros, entre los suyos, sin musulmanes. Al volver, cuando la batalla amaina, regresan para hacer inventario de destrozos. 'Por eso aquí no pueden entrar', me dice Harold, 'porque los odiamos'. Puede venir de paseo, eso sí, visitar la región, tomarse un té. 'Pero instalarse a vivir aquí, ni hablar', dice Harold circunspecto y malhumorado.

Bcherr vista desde el museo de Gibran

Claro que el odio es mutuo y los recuerdos de atrocidades, común. Fueron los comandos de paramilitares cristianos maronitas los que ejecutaron a miles de civiles desarmados en los campos de refugiados de Sabra y Chatila con el beneplácito de Israel y el apoyo de sus soldados. Un crimen atroz que se ensañó especialmente en mujeres, niños y abuelos, una machada que veo reflejado en los ojos vidriosos de odio de Harold. Claro que también murieron miles de cristianos a manos de palestinos iracundos, de grupos terroristas chiítas y hasta del ejército israelí en sus locas incursiones en lo más profundo del territorio libanés. Los cristianos vengaron con la muerte de esas pobres víctimas civiles el asesinato de su lider, Bashir Gemayel, un sanguinario señor de la guerra que llegó al poder como empeño personal de los israelíes, con Ariel Sharon al frente, en un clásico 'divide y vencerás'. La excusa, sin embargo, no fue la muerte del líder de las Falanges sino la masacre de Damour, una ciudad cercana a Beirut donde militantes de la OLP asesinaron a gran parte de la población, cristiana, con un balance que ronda las seiscientas personas asesinadas. Pero dicen que los palestinos pretendían, con esta masacre, vengar otra masacre anterior, la de Karantina, donde los falangistas asesinaron a más de mil quinientos palestinos. Una masacre que, probablemente, respondió a otra masacre que, a su vez, respondía a otra matanza perdida ya en la noche de los tiempos.

La catedral de Bcherr

Recortada contra la luna llena, la cruz de la catedral de Bcharre tiene algo de tétrico. No me extrañaría que del bosquecillo apareciera un hombre lobo devorando cruces y medias lunas. Se respira paz en la noche de Bcharre. En un bar elaboran grandes y sabrosas pizzas, los dueños, muy amables, se congratulan de que un español pise su terraza, gira la televisión hacia mi mesa, rompiendo e ángulo de visión del resto de la clientela, todos sonríen, me siento abrumado. Esta gente es sumamente amable, pienso, y los veo multiplicándose para que me encuentre a gusto, la espera de mi pizza se me hace corta porque el vecino de mesa me da parte de su plato para que conozca las delicias locales. El valle es una cárcel de oro, una tierra convertida en salvoconducto, tan lejos y tan cerca de los chiítas, de los ismaelitas, de los sunitas, de los wahabitas, de los alauitas y de todo lo que huele a mahometano.




Pierre me asegura en Trípoli que la guerra civil supuso una verdadera sangría para la comunidad cristiana maronita. Las matanzas que cometían los suyos herían el alma de los buenos cristianos tanto, o más, que las que sufrían en carnes propias. En los controles aleatorios en Beirut los palestinos degollaban a los cristianos, los cristianos a los palestinos, los francotiradores volaban las cabezas de cualquiera, los más gamberros tiraban a los rehenes desde los pisos más altos para probar puntería con los cuerpos en caída libre, el ejército norteamericano bombardeba desde la seguridad de las playas frente a la Corniche, los franceses se protegían como podían, los italianos saludaban a los israelíes, la anarquía convirtió el país en un lugar invivible. 'Tanto fue así', dice Pierre, 'que el patriarca de la Iglesia maronita visitó las embajadas de los países occidentales para exigirles que no concedieran más visados porque el equilibrio del Líbano corría peligro de desaparecer'. De hecho, la tradicional mayoría cristiana comenzó a flaquear y los musulmanes, aumentados en número con los refugiados palestinos y sus grandes familias, amenazaron con alcanzar la mayoría de la población. Cerca se quedaron, eso sí, y aún suponen casi el 55% de los libaneses, divididos en doce confesiones cristianas, desde los maronitas a los católicos sirios, pasando por protestantes, armenios, asirios, coptos, sirios caldeos o seguidores de la iglesia griega ortodoxa. 




El delirio religioso en su lugar de origen, a pocos kilómetros del epicentro, Jerusalem, un lugar que, como le ocurre a los musulmanes con el valle de Kadisha, está tan cerca como el último confín del universo porque la frontera, la del Líbano con Israel, sigue inalcanzable y olvidada. Eso sí, el patriarca no pudo evitar que los sobrinos de Pierre estén en París y que yo haya pasado aventuras absurdas con cristianos libaneses en el norte de Colombia, en el interior de Haití o en el Nagorno Karabagh: sólo en Australia son casi trescientos mil, cien mil en Costa de Marfil o treinta mil en Senegal, que Shakira o Salma Hayek lleven la sangre libanesa a gala y que el mundo sea una extensión de estos herederos de aquellos navegantes fenicios de casi tres milenios atrás.


En el siglo V el santo Marón se echó al monte para convertirse en un anacoreta al uso, un santón que huía de las polémicas de su época sobre si Jesús tenía parte divina o sólo era un simple mortal más. Sobre sus enseñanzas y sobre su figura se construyó esta extraña iglesia cristiana, la Maronita, una iglesia tan pacífica que huyó del cisma y sigue al Vaticano como los católicos, pero tan asediada que pierde los papeles cuando se siente amenazada y saca los peores versículos del Antiguo Testamento, los del Yahvé iracundo y colérico.



En el centro de Bcharre se levanta la casa de Gibran Khalil Gibran, el gran escritor libanés autor del Profeta. En una cueva excavada en una montaña coronada por un monasterio que hace las veces de seminario está su museo. En la mente de sus vecinos bailan sus frases como veredictos. Me quedo con esta: "En el corazón de todos los inviernos vive una primavera palpitante, y detrás de cada noche, viene una aurora sonriente"





 ©José Luis Sánchez Hachero
sanchezhachero@hotmail.com
























jueves, 13 de septiembre de 2012

Viaje a Marruecos: a propósito de Imilchil



Hace unos años crucé las montañas centrales de Marruecos para llegar al desierto pero lo hice monte a través, montaña arriba, montaña abajo. Cheneher Alhou me acompaña en el viaje sobre la cabina de un camión mientras cruzo la cordillera del Atlas marroquí. Dejamos atrás Imilchil, capital del Alto Atlas, entre montañas peladas, placas de hielo y enjambres de niños que piden caramelos y bolígrafos. En Imilchil se celebra cada septiembre la Fête des fiancées, la fiesta de las novias, y todas las mujeres de los alrededores acuden a esta aldea de barro cocido para buscar novio y casarse antes de que llegue el invierno. Cheneher, le pregunto, ¿usted ya consiguió mujer?. “No”, sonríe divertido, “las mujeres de las montañas cultivan la tierra, hacen el pan y tejen alfombras pero no saben hacer la comida: yo busco una mujer que me cocine porque estoy aburrido de comer sardinas en lata”. Al llegar a su casa miro en su despensa: sólo hay latas de sardinas.




©José Luis Sánchez Hachero
sanchezhachero@hotmail.com

martes, 11 de septiembre de 2012

Pedro Romero de Terreros: el hombre más rico del mundo era de Huelva




El 28 de julio de 1766 los mineros de la veta La Vizcaína se negaron a trabajar y originaron la primera huelga que conoció el continente americano. El cataclismo era importante porque el patrón se negó a cualquier tipo de negociación y el conflicto duró nada menos que nueve años durante los que los mineros no cobraron un solo sueldo y el dueño de las minas no incrementó en un real su amplísima fortuna. Claro que el patrón tenía tanto dinero que incluso pensaba levantar una vía de ferrocarril de plata desde Veracruz hasta México para recibir a los Reyes de España. Se llamaba Pedro Romero de Terreros Ochoa, había nacido en Cortegana, en aquel entonces una pequeña aldea de la sierra de Huelva, y ascendió a lo más alto del mundo de las riquezas en contra de la opinión de sus padres, que preferían verlo vestido de cura.

A los veintidós años el joven Pedro marchó a México para recoger una herencia pero una vez que sentó sus reales no supo hacer otra cosa que alimentar, a partes iguales, su beatería y su facilidad para hacer dinero. Instalado en Santiago de Querétaro, donde vivía un tío suyo dedicado a los negocios, la llegada del joven supuso una inyección de vitalidad para la alicaída empresa familiar y en poco tiempo se erigió en eminencia local y llegó a ser alcalde, alférez real y alguacil mayor de la ciudad. Conoció además la existencia de una asombrosa veta de oro y plata cerca del poblado Real del Monte, y, asociado al descubridor del tesoro, se dedicó por entero a su mina. Tanto que con el tiempo se hizo el dueño único de la explotación de la Vizcaína, así se llamaba la veta, porque su descubridor le nombró único heredero antes de morir para convertirlo, como por ensalmo, en el hombre más rico de la colonia de Nueva España.

            Y con tantos duros, el magnánimo Pedro se transformó en filántropo. Repartía cifras millonarias a colegios, conventos e iglesias, y tanto se prodigó que el mismísimo rey de España le regaló un título nobiliario, el de 'Conde de Regla', por la devoción que le deparaba a la virgen de Chipiona. Pero Pedro ha pasado a la historia por algo más que su dinero y su generosidad. Un buen día decidió que sus mineros no podían seguir guardando el tradicional 'tequio', una parte del mineral extraído que se quedaban en beneficio propio. Los barreteros, que eran los encargados de las excavaciones, trabajaban con rapidez para cumplir el objetivo marcado por la empresa cuanto antes y dedicarse a trabajar por cuenta propia. Los mineros degeneraron la práctica para guardar los metales más valiosos encontrados en su trabajo y redescubrirlos luego. Mientras el sueldo de los trabajadores crecía el lucro de la mina cayó en picado y el de Huelva tomó cartas en el asunto: echó el cerrojo y se retiró a una de sus haciendas. Pero su huida dejó un fuego sin apagar. En 1766 se produjo la huelga más importante de la colonia española y marcó el inicio del movimiento obrero mexicano. El problema siguió creciendo porque a la lucha se incorporó el cura de Pachuca y otorgó al movimiento cierto reconocimiento celestial. En una épica marcha, los mineros acudieron a la casa del mismo Romero, quien se cerró en banda, repitió el fin del 'tequio' y les ordenó, de mala gana, que volvieran al trabajo. La multitud, enfurecida, apedreó las ventanas, entró en el palacete, destrozó los muebles sorteando criados e hicieron prisionero al mismo Pedro Terreros. De hecho, estaban a punto de colgarlo de un árbol cuando el cura de Pachuca y el alcalde evitaron el trágico desenlace.

            El virrey del momento, Carlos Francisco, Marqués de Croix, dictó un bando en el que se ponía, como no podía ser de otro modo, con el millonario que soñaba con trenes de plata, y ordenó lo siguiente: 'Los súbditos están para obedecer y callar y no para discutir las leyes'. Claro que los mineros no aceptaron esta recomendación y siguieron con sus protestas, ante lo que Terreros se vio obligado a cerrar definitivamente la mina. El Marqués envió al ejército, los rebeldes resistieron y el país se sumió en cierta anarquía durante nueve años. Nueve años de huelgas, años durante los que la mina estuvo cerrada y años durante los que los mineros no cobraron una peonada. El conflicto sólo se solucionó con la llegada de otro virrey, Antonio María de Bucareli, que obligó al onubense a reabrir la mina y a los mineros a volver a picar piedra.

            Engrasada nuevamente la maquinaria de su fortuna, el magnánimo Pedro volvió a dedicarse a sus generosas donaciones. El rey de España, por ejemplo, recibió dos buques, uno de guerra con ochenta cañones, el otro más de andar por casa, con las alcobas cubiertas de piedras preciosas. Mientras tanto fundó el Monte de Piedad mexicano, con el nombre de 'Sacro Real del Monte de Piedad de Ánimas', como muestra de su piedad. Terreros murió en su hacienda de San Miguel de Regla, en el estado de Hidalgo. Sus restos reposan en Pachuca, a pocos kilómetros, enterrado, según se cree, en el presbiterio de la iglesia de San Francisco, rodeado de la beatería que no lograron ganarlo para el sacerdocio pero que tampoco lo abandonaron en toda su vida.





Bibliografía
Apuntes biográficos del señor don Pedro Romero de Terreros, primer Conde de Regla, Juan Romero de Terreros, Madrid, imprenta de J.M Ducazcal, 1858


 ©José Luis Sánchez Hachero
sanchezhachero@hotmail.com




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