sábado, 20 de octubre de 2012

Viaje a Transilvania: en el castillo de Drácula (que nunca llegó a pisar)




A unos treinta minutos en autobús de la inquietante iglesia negra de Brasov (negra por el hollín que le dejó como recuerdo un incendio ocurrido sabe Dios cuándo) se levanta el castillo de Bran, una construcción muy coqueta con una fama desmerecida: dicen que fue el de Drácula y resulta que, en el mejor de los casos, Drácula, que no existió como vampiro sino como un sádico de tomo y lomo, pasó un par de días en él, y lo hizo encadenado en una mazmorra. Brasov es una ciudad complicada, situada en la Transilvania hoy rumana pero aplastada bajo el peso de su cambiante nacionalidad: Brasov para los rumanos, Brasó para los húngaros, Kronstadt en alemán, Corona para los latinos, Braszow para los polacos y Orasul Stalin (Ciudad Stalin) para los soviéticos. Un núcleo urbano que ha cambiado tantas veces de dueño que no me extraña que mis anfitriones sean húngaros que hablan rumano y tengan pinta de alemanes desteñidos. No dudo de que las pintorescas callecillas adoquinadas tengan su interés, que lo tienen (mi primer caipiroska cayó en esta ciudad), ni que el conjunto arquitectónico merezca un post pero hoy me interesa algo más al centro de esta región, conocida como la Transilvania, de la que Brasov es la capital pero no lo más conocido. 


El centro mundial de la región se encuentra en un húmedo sótano, iluminado tan sólo por un candelabro con tres velas a medio consumir, una estancia que huele a sangre reseca y en el que descansa, bien cerrado, un ataúd en primer plano. Cualquier amante de las películas de terror, de Bela Lugosi y de Francis Ford Coppola, o de la literatura del irlandés Bram Stoker, el autor de una novela titulada Drácula que parece haber tomado vida, debe pasar por ese sótano imaginado, sentir la fría nieve que cae a grandes copos de un cielo gris cetrino e imaginar que la diligencia corre alocada hacia un destino fatal mientras revolotea un murciélago cenizo que, antes o después, succionará su yugular. Sin embargo, la realidad pierde poesía conforme se la conoce y destila prosa en su lugar, prosa que es más bien una parrafada larga y vulgar, una prosa tan desteñida como mis anfitriones de Brasov. Bela Lugosi, el actor con el que mejor se identifica al Drácula de las películas, es lo más cercano a la leyenda de la novela, porque Lugosi nació en Lugoj, en plena Transilvania, cerca de Timisoara y no muy lejos de Brasov, la de los mil nombres. No debió pues costarle mucho esfuerzo ponerse en el pellejo de un vampiro volador que devoraba aortas y señoritas de buen ver con la misma facilidad y pasión. A pesar de tantos datos en contra, me decido a visitar el castillo de Bran, a poco menos de una hora de Brasov, donde se supone que vivió el pretendido conde Drácula. Ya no me importa que se ría de mí la anciana pareja de húngaros rumanizados ni que en los alrededores del castillo el clima sea de nieve y el ambiente de feria barata. Si el castillo se llama Bran y el autor de la novela es un tal Bram, algo en común debe de haber...

El supuesto castillo de Drácula al fondo y varias atracciones para turistas en primer plano
Como muestra de la complicada historia de la región, el castillo de Bran fue construido por la Orden Teutónica, que suena muy a alemán, pero quedó en manos del rey Luis I de Hungría, que lo remodeló para que décadas después se lo apropiaran los turcos del imperio otomano hasta que, ya en el siglo XX, quedara incluido en el territorio rumano gracias a los complicados pactos de la I Guerra Mundial. Para terminar de liar la madeja, el castillo pertenecía a Dominiq Von Habsburg, que era el descendiente directo de la princesa Eliana y de la reina María de Rumanía, a quienes la ciudad de Brasov regaló el castillo, aunque era un descendiente un tanto venido a menos porque vivía exiliado en Nueva York y era ingeniero. El bueno de Dominiq recuperó el castillo en 2006 de manos del gobierno rumano, el mismo que se lo expropió durante los años del comunismo, pero fue recibirlo y estuvo a punto de venderlo a Roman Abramovich, el acaudalado ruso dueño del Chelsea, aunque el negocio no llegó a buen puerto y ahora permanece abierto al público para mayor loa de sus antepasados pero no de la leyenda del tal Drácula. Dominic Von Habsburg, que para mayor enredo está emparentado con los pretendientes al trono carlista de España, había vivido en el castillo de Bran los primeros diez años de su vida pero la revolución comunista le arrebató el imponente edificio y los recuerdos de su infancia. Sin castillo, sin corona, sin primos ibéricos bien situados, el último habitante del castillo draculíneo se marchó a los EE.UU para rehacer su vida.

En su retiro de Nueva York, el pobre ingeniero pasó décadas tratando de convencer a sus amigotes norteamericanos de que el castillo, su castillo, no fue el hogar de ningún vampiro y que los murciélagos que se colaban por las ventanas de las almenas no chupaban la sangre ni atacaban a las desvalidas vecinas de la localidad. Los vecinos de Bran, por su parte, no están tan convencidos, y aunque lo estén, qué importa, no pueden dejar pasar la oportunidad de tanto turista engatusado con la leyenda: en aquella tienda se venden esqueletos de cartón, allí máscaras de un Drácula de goma, en el ambiente flota un nosequé a feria vampiresca. En el restaurante donde me decido a comer, los dueños celebran con palmas mi nacionalidad, 'España', pronuncian emocionados, 'mi hijo vive en Madrid', masculla la señora mientras me abraza y su marido me acerca unas fotos de un forzudo rapado al uno con aspecto de sicario: 'es portero en una discoteca', me confirman los abuelos mientras me sirven otro licor de ciruela, que aquí llaman tuica.

Los alrededores del castillo de Bran son pintorescos y este vecino consiguió salir en todas mis fotos
Yo mismo a las puertas del castillo, con aspecto vampiresco y mucho frío
Claro que la leyenda hunde su disparatado argumento en un no menos disparatado monarca de una Transilvania que luchaba por salir del medievo. Los súbditos que tuvieron la desdicha de vivir en el reino de la Valaquia durante el siglo XV debían de prestar mucha atención a lo que hacían y decían porque su rey no les pasaba ni una. El monarca se llamaba Vlad y no soportaba a los ladronzuelos, a los mentirosos ni a los adúlteros. Su aspecto era fiero, a pesar de que su estatura le hiciera resultar un tanto tapón: tenía una mirada fulminante, las cejas negras y tupidas, un gran bigote y unos pómulos como de mongol, un cuello grueso de toro y, como remate, una melena larga y rizada. Vlad no sólo era intransigente con la mentira y el robo sino que estallaba en cólera con los súbditos que osaban caer en esos pecadillos: los empalaba. De ahí el sobrenombre con el que aún hoy se le recuerda, Vlad, el Empalador. Porque Vlad, empalaba. Es decir, introducía por el recto de sus víctimas un palo de más de tres metros y lo levantaba para que el desgraciado muriera lentamente, colgado como un chorizo a la brasa mientras la madera se hundía en sus entrañas. Las cifras de sus castigados bailan según los historiadores pero, y en el mejor de los casos, al menos cuarenta mil personas perdieron la vida así, una cifra horrorosa que se multiplica en la versión más exagerada, que asegura que fueron cien mil los empalados.


Con semejante curriculum no es de extrañar que el cruel Vlad, recuerden: el empalador, pasara a la historia, y no sólo la Historia de los historiadores sino a la de las leyendas y cuentos de miedo: Vlad III Draculea, el hijo de Vlad Dracul, miembro de la orden del Dragón. Claro que los aterrorizados súbditos no creían en más dragón que el demonio y el demonio tenía su propio nombre: Dracul. A decir verdad, entre un dragón y el demonio de los antiguos pórticos eclesiásticos no parecía haber mucha diferencia, y si falso era el dragón de San Jorge, no menos falso resultaba el demonio que tentó a San Miguel. Los rumanos del siglo XV, por su parte, no tuvieron duda: Vlad el Dragón era lo mismo que Vlad el Demonio y el hijo de un Vlad demoníaco no podía resultar menos demoníaco, sobre todo después de meterle un palo por el culo a la mayoría de sus vecinos. Un ejemplo de esta pasión anal se dio en un ataque del ejército turco, cuando el enérgico Vlad visitó a los derrotados en lo más parecido a un hospital de campaña de la época: a los heridos en pecho y rostro los felicitó por su valor, a los heridos por la espalda los consideró cobardes y terminaron, ellos también, empalados y decorando, siniestros, los caminos. Vlad debía de tener un mente sádica digna de alguna película de serie B, de esas gores: como si empalar no fuera lo suficientemente entretenido, el rey Dracul se entusiasmaba con otros métodos no menos crueles: amputación de narices, orejas, brazos, manos, vaciado de ojos con ganchos, con cucharas, castración traumática, desollamiento y hasta el desencaje de las mandíbulas.


El peculiar Vlad tuvo, no obstante, el firme y menesteroso empeño de acabar con la pobreza. ¿Y qué mejor manera de acabar con la mendicidad que ejecutando a los mendigos? Dice una leyenda que una vez invitó a comer y beber a todos los pobres de una región en una gran casa y cuando los tuvo borrachos y ahítos cerró las puertas y le prendió fuego. Los gitanos fueron también sus víctimas principales, unos individuos que reunían todas sus fobias: mendicantes con fama de ladronzuelos e incapaces de mostrar respeto por un fantoche de su calibre: dicen las crónicas que murieron por miles bajo su mandato.


Vlad no fue solamente un monarca cruel con los suyos. Si era capaz de enhebrar a sus feligreses imaginen lo que podría hacer con sus enemigos. A los turcos, por ejemplo, los sometió al primer ejemplo moderno de guerra biológica: reclutó a los sifilíticos, leprosos, tuberculosos y enfermos de viruela y los envió como refugiados civiles al lado otomano. A unos emisarios del gran Sultán, procedentes de Estambul, que no vieron la necesidad de descubrirse sus turbantes los devolvió con las telas clavadas a los cráneos. ¿Y qué decir del desgraciado Dan, el hombre que intentó derrocarlo? El simpático Vlad le hizo cavar su propia tumba, presenciar su funeral y acabar, cómo no, sentado sobre un palo hasta su muerte. Más anécdotas del sádico Dracul.

vecina del castillo de Bran
Vlad, que comenzó su adolescencia como prisionero de lujo de los turcos cedido por su propio padre como señal de buena voluntad, acabó su vida luchando contra ellos como adalid de la cristiandad contra el maligno mundo islámico y tanta fama se ganó que el propio Ceacescu lo nombró héroe nacional en los años setenta, un nombramiento que provocó un temblor en las miles de tumbas anónimas de sus empalados y descuartizados y asesinados. Vlad, eso sí, no pudo plantar cara demasiado tiempo al poderoso ejército turco y se vio obligado a exiliarse en el cercano reino de Hungría, donde lo metieron en una cárcel durante doce años, tiempo que pasó (dicen las crónicas) ejecutando su principal afición: empalando ratoncillos y pajaritos para no perder presteza. Al salir volvió a luchar contra los turcos pero, tal vez porque ya había asesinado al veinte por ciento de sus súbditos, cayó muerto en una emboscada y su cabeza colgó de una estaca en el centro de Estambul como recuerdo de tan nefasto paso por la humanidad.


A decir verdad, las extravagantes pasiones sádicas de Vlad Tepes son entretenidas de leer y son infinidad los libros que se recrean en sus torturas y en su despreciable existencia, puedes ver algunos aquí: La historia secreta de Satán, Mala gente, Mentes criminales o Drácula, el vampiro de Transilvania.



©José Luis Sánchez Hachero
sanchezhachero@hotmail.com












martes, 16 de octubre de 2012

Viaje a Mingrelia: Laurentis Pavlovich Beria, el genocida rastrero




Laurentius Beria alcanzó un grado tan unánime de odio y repulsa que al morir la Enciclopedia Soviética pidió a sus lectores que recortaran con unas tijeritas la página de su biografía y la tiraran a la basura. La siguiente edición vio ampliada la entrada del estrecho de Bering, para que la magna obra no perdiera volumen. Beria fue un monstruo en vida, un ser abyecto y rastrero, pelota y lisonjero, un ser detestable e hipócrita, un asesino en serie, un asesino de masas y un genocida en toda regla. Pero Laurentius Beria fue algo más: la esperanza fallida de la antigua URSS, el hombre que tuvo en su mano el cambio de rumbo que hubiera cambiado el destino del planeta tierra en la segunda mitad del siglo XX. Una paradoja, en suma, porque, como dijo Charles Bohlen, el embajador de los Estados Unidos en Moscú en ese momento, la muerte de Beria no causará pena a nadie: lo que sí causa lástima es que lo mataran sus compinches, y no sus víctimas. Lo cuenta Amy Knight en su estupendo trabajo: Beria, el primer lugarteniente de Stalin, una obra imprescindible para conocer a este siniestro personaje.

El centro de Sujumi, la capital de Abjasia, es un remanso de paz desde la última guerra entre rusos y georgianos: por aquí corrió el joven Laurentii antes de dedicarse al mal

Laurentius Beria nació en los alrededores de Sujumi, la bella capital del díscolo estado independentista de Abjasia, pero sus orígenes no eran abjasios sino mingrelios, que lejos de ser una enfermedad infecciosa es una región perteneciente a Georgia e identificada con las Cólchidas de la leyenda de Jasón y su vellocinio del oro. Bañada por las costas subtropicales del Mar Negro, Mingrelia tiene en Zugdidi su capital, una palabra mingreliana que significa Gran Colina, una villa somnolienta y alterada tan sólo por los rumores de guerra que puedan venir de la cercana Abjasia. Zugdidi, sin embargo, ha atravesado épocas de bonanza y acelere, la última con el controvertido Zviad Gamsajurdia, el primer presidente de Georgia tras la independencia de la moribunda Unión Soviética, el hombre que fue aplastado por el carisma de un inútil de tomo y lomo como fue Edvard Shevernadze que, pese a no tener tras de sí más que maneras de mafioso y corrupción generalizada, consiguió el apoyo de todo occidente porque lo consideraban responsable, junto a Gorbachev, de la caída de la URSS. Gamsajurdia convirtió Zugdidi, la ciudad de sus antepasados, en su gran feudo y su bastión frente a las tropas golpistas del segundo de Mijail, el ministro de exteriores que, con su flema tranquilota, se ganó una fama para nada merecida.

Palacio de los Dadiani, en el jardín botánico de Zugdidi

Zugdidi es una agradable ciudad, a pesar del primer impacto, o precisamente gracias a ese primer contacto que lo distancia de otras ciudades, como Gori, la cuna de Stalin, o Kutaisi, verdaderos monumentos al mal gusto arquitectónico y casi que climático. Zugdidi tiene una amplia avenida surcada por árboles, una proliferación creciente de cafés internet, hay pequeñas multitudes de estudiantes que pasean por sus calles y hasta el caótico mercadillo que rodea al mercado central tiene su interés. Además, el puente que atraviesa un río tristón y un tanto guarrete es el punto crucial para tomar el taxi que lleve al viajero a la frontera de juguete que separa Georgia de Abjasia, el cúmulo de autobuses en parada término y el enclave donde encontrar alguno de los cochambrosos hoteles de la ciudad. A pocos metros se encuentra el jardín botánico, construido en los alrededores del palacio de los Dadiani, una extensión de cuarenta hectáreas en cuyo centro se levanta el palacio de David Dadiani, la última estirpe principesca de Mingrelia, cuyo hijo, Nicolás, se vio obligado a abdicar ante el empuje del imperio ruso, tan encaprichado siempre con las regiones caucásicas. Aparte de algunas reliquias de la virgen María, siempre tan dudosas, y de una máscara mortuoria de Napeoleón, traída desde la lejana Francia por la hija mayor de David, la alocada Salomé, que contrajo nupcias con el sobrino del mismísimo Napoleón III, Charles Louis Napoleon Achille Murat, la ciudad puede ser un tanto aburridora sin consumir grandes cantidades del vino local. Cuidado a la hora de aceptar la invitación de esos alegres grupitos de jóvenes ebrios: puede convertirse en una trampa alcohólica imposible de escapar. En el gran jardín botánico puede uno evocar al simpático Achille Murat, el marido de Salomé Dadiani, encorvado trabajando el campo ante la sonrisa incrédula de los sirvientes mingrelianos, siervos tan acostumbrados a ser siervos que miraban estupefactos a un señor de sangre real deslomándose con ellos sin llegar a creerlo. Sobre los Dadiani.

Palacio de Salomé Dadiani


Los mingrelios, además de parir seres tan abyectos como Beria o tan controvertidos como los Gamsajurdia (el padre de Zviad era un conocidísimo escritor local), almacenan en su ADN colectivo incógnitas tan remotas como su propia lengua, el mingreliano, una lengua que también se la conoce como Iveria, y que resulta tan  cercana al georgiano que usa su enrevesado alfabeto en los textos escritos aunque se diferencia como el portugués del castellano.


Zugdidi con sus vendedores informales de chucherías

Laurentius Beria era mingrelio, y mingrelio de los malos, de los retorcidos y crueles. Dicen que se hizo hombre en Bakú, la actual capital de Azerbaiyan, donde intentó estudiar pero terminó ejerciendo como revolucionario chekista, dicen que su habilidad con los instrumentos de tortura era tan legendaria que no había opositor que permaneciera mudo, aunque los que no hablaban durante las torturas no volverían a hacerlo jamás. Su irrupción en las huestes bolcheviques fue tan categórica que pronto comenzó a escalar puestos en la nomenclatura, y no sólo gracias a sus macabras habilidades con las tiernas carnes de los prisioneros sino, y sobre todo, a su destreza en el arte del medrar y el de la traición. El joven Laurentius, con aspecto de empollón repelente, guardaba en su interior una fuerza de la naturaleza, pero en malo, una Malignidad que le aupó al cargo de jefe de la policía secreta de Azerbaiyan, la temida cheka, con sólo 23 añitos. ¡Qué miedo debía de dar ese enano cabezón! Lisonjero y pelota, Beria se agarró con todas sus fuerzas a su mentor, Sergo Ordzhonikidze, hasta tal punto que bautizó a su hijo con su nombre, Sergo, y que Beria lo siguió en todos los ascensos: como comisario de industria, como parte del Politburó en Moscú, como obstáculo que se interpuso en su camino y acabó desacreditado y muerto por culpa de su otrora pelota, el tal Beria. Como este revolucionario de complicado nombre, Sergo Ordzhonikidze, los cadáveres que dejó Beria a lo largo de su existencia fueron muchos. ¡Qué decir de Nestor Lakoba, jefe del comité soviético en Sujumi, la ciudad de Beria, amigo personal de Laurentius, quien no dudó en invitarlo a Tbilisi al teatro para envenenarlo con algún tóxico extremadamente venenoso porque se disgustó con sus políticas en Abjasia.

Los mingrelios son gente amable y acogedora, no todos son como Beria
Beria disfrutaba haciendo el mal, gozaba poniendo en compromisos a sus inferiores y se mostraba extremadamente servicial con sus superiores. Y con el que más, por supuesto, con Iosif Dzhugashvili, el hombre de hierro más conocido como Stalin. Si a Lakoba lo mató con veneno todavía tuvo tiempo para torturar a su mujer, la primera dama de Abjasia, y encarcelar a su hijo, Raouf, que miraba incrédulo al que consideraba su tío, aquel que le llenaba de regalos su habitación en sus frecuentes visitas. Beria fue tan cruel que lo encarceló en un campo de trabajo para niños y cuando el joven Raouf le pidió un año después que lo dejara estudiar Beria ordenó trasladarlo a Tbilisi, la capital de Gerogia, y ejecutarlo.


No fueron las únicas víctimas de la sinrazón del mingrelio loco. Beria acabó con los mencheviques en el Cáucaso y su venganza dejó, sólo en Tbilisi y alrededores, más de cinco mil muertes, una minucia comparada con lo que tenía que venir. Mientras pelotaba a sus mentores y eliminaba a los iguales que consideraba más aventajados, el loco Laurentius ejercía de amante esposo y gran padre: tanto que su hijo Sergo escribió un libro, Beria,mi padre, en el que no se explica la mala fama que se granjeó su progenitor, y su esposa, Nina, incluso concedió una entrevista antes de morir, en 1990 a los 86 años, reivindicando la figura de su añorado maridito. Y eso que Sergo no era un iletrado sino un tipo muy culto que terminó casándose con la nieta Máximo Gorki. Nadie les hablaría de la costumbre del mingrelio de secuestrar jovencitas por las noches de Moscú para violarlas sádicamente en su palacete soviético. Su pasión por las violaciones eran míticas en la capital del imperio soviético y dicen que el personal diplomático internacional flipaba viendo las grandes limusinas recorriendo la ciudad en busca de carnaza para el remedo del profesor Franz de Copenhagen, el del TBO. En una anécdota con maldita sea la gracia, el cruel Beria pasea en una barquichuela frente a las costas de Sujumi junto a un alto miembro del ejecutivo soviético cuando divisan a una bella nadadora del equipo olímpico nacional entrenando. Beria, galante y amenazador, la iza a bordo, se insinúa y arroja al asombrado soviet al mar para poder gozar de su premio a solas: dicen que los guardaespaldas debieron de darse prisa para salvar al pobre mando, que no sabía nadar, mientras el salido Laurentius violaba a sus anchas a la atleta. Alguna de ella le dejó un recado: el violador compulsivo ( y repulsivo) arrastró la sífilis para el resto de su vida.

Laurentius Beria y su esposa, Nino

Beria, con toda su inmundicia, era, sin embargo, un brillante organizador. Organizó la policía secreta, organizó la Lubianka, organizó las grandes purgas, organizó la cúpula de los soviets y hasta la primera bomba atómica que tuvo Moscú. Stalin, el hombre de hierro, el georgiano pobre y miserable que se alzó hasta el trono del poder más omnímodo del planeta, jugó en su tablero de poderes con las fidelidades de sus esbirros, Beria al frente, destruyendo a unos mientras elevaba a otros, que serían nuevamente destruidos para elevar a otros. Sin embargo, una vez que Laurentius alcanzó su lugar en el parnaso rojo, no hubo quien lo desalojara: leía las intenciones de Stalin como nadie, tal vez anticipándose a los pensamientos de su paisano por proceder de parecido contexto, le exacerbaba las paranoias, el congénito miedo a la traición que tenía el de Gori, y tanta confianza obtuvo que fue Beria el que acudió al entierro de la madre de Stalin en lugar de su jefazo, todo un insulto para las costumbres georgianas que decía mucho de lo que pensaba el Padrecito de sus compatriotas. El dictador confió tanto en él que le dejó casi que al frente de los nazis y el mingrelio se dedicó, más que a luchar contra los alemanes, a purgar al mismísimo ejército soviético, al que dejó en cuadro. Su mano se pasó de frenada cuando pretendió arrestar al general Zhukov, el victorioso, el héroe aclamado por sus victorias decisivas ante los hombres de Hitler, y el ejército, ajeno a los tejemanejes de los políticos, le echó el ojo: ya me las pagarás.

Mingrelias en Zugdidi

Punto y aparte merecen las purgas soviéticas en las que intervino Beria. Tras la derrota nazi, Stalin, ya en plena locura, quiso venganza, y no sólo en la sangre de los enemigos y en las tiernas y blancas carnes de las alemanas hermanas y madres y esposas e hijas de los soldados nazis. Su cólera llegó a sus propios vecinos, y quién mejor que un sádico como Beria para ejecutarlo: todos los ciudadanos soviéticos que habían vivido bajo la ocupación alemana fueron declarados sospechosos. 68.938 karachis del norte del Cáucaso fueron trasladados al Asia Central. Con ellos, 93.139 kalmicos, 500.000 chechenos e ingusetios, 337.103 balkarios, 180.000 tártaros de Crimea, y 33.000 búlgaros, armenios y griegos instalados también en la misma península. Un mini holocausto que dejó un reguero de decenas de miles de muertos a bordo de los trenes con rumbo a los desiertos kazajos. Su mal rollo era tan evidente que en la conferencia de Teherán Winston Churchill aconsejó a sus hombres que no intimaran con él porque nada bueno podía salir de semejante monstruo.
Beria con Svetlana, la hija de Stalin, y el Padrecito al fondo (Svetlana parece un tanto aterrorizada)

Elevado a las alturas de la inhumanidad, Beria podría llenar un planeta con sus muertos. Y como premio, Stalin le concede el trabajo más peliagudo de la URSS: contrarrestar ese terrible arma que los norteamericanos han probado con éxito en Japón: la bomba atómica. Beria pone a trabajar a una cohorte de científicos de la mejor condición, los machaca con sus propuestas (Beria es ingeniero pero no tiene ni idea de energía atómica), los presiona hasta dejarlos exhaustos y enfermos, encierra en su Abjasia natal a un grupo de prisioneros alemanes involucrados en una supuesta bomba atómica alemana en ciernes, los revienta hasta que en agosto de 1949, en Semipalatinsk, explota la RDS, la primera bomba soviética. Beria es un manojo de nervios, está a punto del colapso, quiere quedar bien ante Stalin y balbucea nervioso pensando que la explosión ha fallado: cuando comprueba que todo ha ido bien, llama inmediatamente a su amo para comunicarle la buena nueva pero el Padrecito, ocupado en no se sabe qué, le cuelga indiferente, lo que lo abate aún más. Beria, el pelota, Beria, el sádico, Beria, el asesino, es también, ahora, el jefe del proyecto de la bomba atómica. Su rostro ondea a la diestra del Padrecito en cualquier reunión de entidad, su apellido da nombre a calles y plazas (¿qué diría al ver que en su plaza de Tbilisi, la plaza Beria, desemboca ahora la avenida de George W. Bush y que ahora es la plaza de la Libertad?). La fortuna de Beria estaba tan adscrita a la de su máximo mentor, Stalin, que a la muerte de éste el jefe de la policía política, el padre de la KGB en su primera forma, la NKVD, el torturador, el genocida, el padre del proyecto atómico, caería en desgracia a una velocidad pocas veces vista.



Y comienza entonces la paradoja, la muerte injusta, la desaparición del que podría haber adelantado el fin del estalinismo en casi medio siglo (porque Kruschev, a pesar de sus denuncias y parafernalias, no hizo sino seguir el modelo de su predecesor, eso sí, sin purgas masivas). Beria le sigue el juego a Stalin con su paranoia: sí, amado líder, hay un complot de los médicos que quieren matarlo, los doctores están al servicio de las potencias extranjeras, hay que eliminarlos, claro. Sí, amado líder, los judíos están pensando en derribar el comunismo para instaurar el más feroz capitalismo, habría que eliminarlos. Tan sólo la muerte de Iosif permite que la profesión de médico siga adelante, y con ellos los judíos, porque Stalin preparaba un nuevo pogromo, un nuevo Holocausto hebreo, como si no hubieran tenido bastante con los del orate nazi. Pero, como decía, la paradoja comienza ahora, a la muerte de Stalin, de ese despiadado asesino que fue tan llorado en su lecho de muerte por el propio Beria como vomitado e insultado una vez que su cuerpo estuvo frío.


Laurentius Pavlovich Beria comenzó entonces, sintiéndose el hombre fuerte de la URSS, su particular desestalinización: ordenó políticas liberales en la Alemania ocupada, pretendió devolver a Ucrania algo que se parecía más al trotskismo que al estalinismo, dio voz a las nacionalidades incluidas en el pueblo soviético pero sometidas al yugo eslavo del ruso ruso. Entre sus planes estaba la normalización con las potencias extranjeras (sobre todo con los EEUU), la liberación de los presos políticos de las cárceles y hasta la prohibición de la tortura. Pero también quiso reducir el papel del partido comunista en la vida normal dando entrada a técnicos, y eso fue demasiado: con un georgiano loco hemos tenido bastante, debió de pensar su amigo Krushev, que involucró a toda la cúpula soviética para destruir al maldito enano cabezón. En el juego entraron todos, desde Malenkov a Molotov, pasando por Kaganovich y los posteriores presidentes soviéticos, Brezniev y Andropov. Y, por supuesto, Zhukov, el brillante militar, el responsable de la derrota nazi, el hombre que los georgianos, rojos de envidia por sus logros, quisieron arrestar y eliminar para siempre. Porque Stalin, y su lugarteniente con él, actuaban movidos por la codicia, pero también por la envidia y no soportaban que nadie les hiciera sombra. Beria fue juzgado a finales de diciembre de 1953 y, paradoja tras paradoja, el hombre que tantos cargos inventó para traicionar a sus amigos y para aplastar a sus enemigos, fue ejecutado condenado por traición a la patria, por liberalizar el comunismo y por venderse a las potencias extranjeras. Según el comandante Moskalenko, encargado de la ejecución, Beria murió de rodillas, llorando y suplicando por su vida, una forma rastrera de morir para un asesino tan demencial.


Las viviendas de los mingrelios en Abjasia están destruidas y los mingrelios malviven exiliados detrás de la frontera con Georgia, vigilados por los soldados rusos, añorando sus propiedades abandonadas

Burdas mentiras que acabaron con un mentiroso que arrastró consigo a cientos, tal vez miles, de georgianos que ocupaban todo tipo de cargos en la Unión Soviética amparados por las fulgurantes carreras de los dos georgianos más universales y, al tiempo, más deleznables, Stalin y Beria. El poder se contrabalanceó y de Georgia pasamos a Ucrania: Nikita Krushev se convirtió, inesperadamente, en el nuevo hombre fuerte de la URSS. Georgia se hundió en una sombra que aún conserva hoy y Abjasia y Mingrelia, las regiones de Beria, viven inmersas en la pobreza, con los mingrelios exiliados a pocos kilómetros de sus casas, destruidas tras la última guerra (curiosamente contra los rusos), sus huertas abandonadas y sus tejados desfondados, recordando los tiempos en los que el más ruin de sus vecinos tomó los mandos de la mayor potencia del mundo.




 © José Luis Sánchez Hachero
sanchezhachero@hotmail.com






















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