miércoles, 9 de noviembre de 2011

Viaje a Abjasia

En la esquina noroccidental de la República de Georgia, en pleno Cáucaso y lindando con la todopoderosa Rusia, se encuentra un país que apenas nadie reconoce: Abjasia. Una nación bañada por el mar Negro y agraciada con frondosas playas de grandes guijarros y un fondo de montañas nevadas repletas de vegetación exuberante gracias a un clima subtropical que la convierte, al tiempo, en sueño y pesadilla. Un sueño que gozó, por ejemplo, el georgiano más conocido, Iosif Juganoshvili, el inefable Stalin, que llegó a tener hasta ocho dachas (residencias de verano) en estas costas. O su lugarteniente, Laurentius Beria, un miserable déspota que, cosas de la vida, nació precisamente aquí, en Abjasia, sólo que de origen georgiano y proveniente de la vecina región de Mingrelia. Tan sólo ellos dos se las bastaron para convertir su sueño en pesadilla para todos los demás aunque la mala suerte de los abjasios viene de muy atrás y se remonta a la expansión del imperio ruso.

No es difícil entrar en Abjasia, a pesar de que los georgianos te miran como si fueras a la guerra, menean la cabeza con pesar y te piden prudencia y que te cubras porque la imaginan en permanente estado de excepción. Tan sólo hay que contactar con el ministerio de asuntos exteriores de este país de opereta, escanear el pasaporte y una fotografía, rellenar un formulario on line y esperar cinco días. Los circunspectos muchachos del ministerio se encargan de todo con una rapidez inusitada para un lugar con tanta herencia burocrática soviética y en el tiempo prometido envían una carta en ruso que deberá presentarse en la frontera. Y no vale cualquier frontera porque los georgianos, que reclaman este territorio como suyo, prohíben el acceso por el norte, que comunica con Rusia, y pueden incluso encarcelar al incauto turista que, procedente de ella, quiera seguir viaje por la frontera del sur. Esta es la página del ministerio abjaso:


Una vez traducida la carta del ruso, en la que uno queda maravillado con tanta floritura cirílica pero no entiende si se la han concedido o denegado, hay que ponerse en marcha y acceder a la extraña región por el paso fronterizo especificado en el visado. En mi caso opté por el río Ingur, lugar que comunica con la mencionada región de Mingrelia, al sur de Abjasia. Después de seis horas subido en una marshrtuka, o una furgoneta acondicionada para el traslado de viajeros (que frecuentemente son tratados como cargas de heno), horrorizado ante la costumbre georgiana de competir para saber quién puede poner la música de su teléfono móvil más alta y durante más horas, llego a Zugdidi, la última población de cierta entidad antes de la frontera. Zugdidi sorprende por lo inesperado de su actividad, sobre todo si el destino anterior era tan soporífero, gris y frío como Gori, cuna de Stalin y frontera también con otra región rebelde y emancipada: Osetia del Sur. Georgia tiene muchos rebeldes para ser tan pequeña. En Zugdidi recibí un pésame de la recepcionista de mi hotel, un abrazo de un muchacho borracho y una mirada de orate de un taxista: nadie comprendía mi interés por entrar en el infierno. También recibí una amenaza de puñetazo de otro muchacho completamente beodo que identificaba a España con Cristiano Ronaldo y comprobó, con absoluto pesar, que mi devoción iba más bien a Messi.

Bien temprano, el taxista de mirada furtiva me dejó en un puesto fronterizo con dos soldados con cara de guasa instalados en una garita de aspecto deprimente. Varios taxis aparcados, algunos campesinos cargados de bolsas y un carro con un mulo formaban el decorado social en un entorno exuberante y florido que anunciaba ya la proximidad del vecino díscolo. Cargado con mi mochila, por delante algo más de dos kilómetros por una carretera desierta, un puente surcado de baches llenos de agua y con aspecto de haber sido bombardeado alguna que otra vez. El río Ingur corre tranquilo y colorista, menudo en su corriente para un lecho tan grande, un ligero torrente que deja adivinar la dimensión que adquirirá en primavera, cuando las montañas nevadas que se dibujan en el horizonte descarguen el hielo acumulado durante el invierno. Poco tránsito en el débil vínculo que une Georgia con Abjasia, sobre todo mujeres cargadas con grandes bolsas de cuadros, vestidas de negro, mingrelianas que cruzan al país prohibido para regar sus plantas y cuidar sus huertos.



Porque, en el colmo del absurdo, estas mujeres son abjasias, tienen sus casas en Abjasia y sus recuerdos al otro lado del puente. Pero, al tiempo, son georgianas, y como tales fueron expulsadas tras la última guerra de 2008. Son los principales perjudicados por sus propios hermanos de sangre, los paramilitares georgianos venidos del interior de Georgia que, en venganza por la derrota sufrida a manos del ejército ruso, se infiltraban en la región de Gali, hacia donde me dirijo, para sabotear la vida de los campesinos abjasios. Como venganza y punto final, el ejército ruso se ha enseñoreado de la zona, ha levantado una frontera de juguete con soldados disfrazados de ‘fuerzas de paz’ y los abjasios han expulsado a todos los que no son de los suyos. Y estas campesinas de negro, por lo que parece, no lo son, así que malviven en el lado georgiano en barracones o casas de familiares mientras las suyas permanecen vacías y la hierba crece alocada en sus jardines. O los cerdos pisotean las ruinas.



El soldado de la frontera mira la carta en ruso que me han enviado por correo electrónico, anota cuidadosamente mis datos en una libreta a punto de desintegración y me suelta una parrafada en ruso. Contesto ‘Da’, sin tener ni idea de lo que me ha dicho, y me monto en un autobús del cretácico anterior que me lleve a la capital, Sujumi. La región de Gali está completamente devastada. Las viviendas rurales, con sus elegantes frontales que mezclan el estilo ruso de pequeñas dachas con elementos orientales (esas vigas que parecen lata forjada), alimentadas por amplios huertos delanteros, parecen vacías en su mayoría. Tan sólo de cuando en cuando aparecen por la carretera algunos grupitos de mujeres, siempre de negro, y en alguna villa se esfuerza un campesino con una azada. El resto es la nada: mansiones vacías, algunas de ellas desfondadas, fachadas surcadas por hileras de disparos, marcos desencajados, villas quemadas. La misma Gali, una ciudad con aspecto de ciudad, está desierta, la poca actividad se concentra en la parada de taxi. Los locales comerciales están ennegrecidos por incendios de años atrás, los bloques de apartamentos superponen el dudoso gusto soviético por la arquitectura funcional con las cicatrices de la guerra, la imagen general es la del día después de una catástrofe. Pero sin el histerismo del día después de la guerra porque la guerra ocurrió hace ya más de dos años.

Abjasia no siempre fue así, claro, aunque en los últimos siglos ha tenido más tiempo de pesadilla que de sueño. Ya en el siglo XIX el vecino ruso, en plena expansión imperial, convirtió la región en una principado incluido en sus fronteras. Eran tiempos gloriosos para los rusos, tiempos en los que Pushkin ensalzaba la conquista del Cáucaso, última frontera para los suyos, o Lermontov escribía su clásico ‘Un héroe de nuestro tiempo’, novelas y poemas que extendieron entre sus compatriotas la misma fiebre aventurera y colonialista que sus sempiternos enemigos, los norteamericanos, sentían mientras conquistaban los territorios de los arapahoes o de los apaches y Jack London cantaba al aventurero que vivía entre lobos.

Los abjasios, un pueblo caucásico emparentado con los circasianos que vivían al otro lado de las montañas, y tal vez influenciado por las luchas que éstos mantenían con los enviados del zar, no se sentían cómodos bajo el poder señorial y coqueteaban con la otra gran potencia de la época en la región: la corte turca del imperio otomano. En un contexto de eterna guerra a las orillas del mar Negro, los rusos consiguieron por fin la conquista total del pueblo circasiano en 1864, una fecha que ha quedado grabada en la historia universal de la infamia porque, en su avance, las fuerzas imperiales expulsaron a cientos de miles de nativos que murieron de hambre, frío y enfermedades en la Anatolia turca. Los circasianos quedaron reducidos a un tercio de su población original, el primer genocidio del siglo XIX que anunciaba, además, la cercanía del siguiente, el del pueblo armenio a manos de los turcos en la misma región de Anatolia. Como guiño cínico de la historia, la ciudad rusa de Sochi, a tiro de piedra de la frontera abjasa, celebrará en 2014 las olimpiadas de invierno, un evento de repercusión internacional que coincide, nada menos, que con el 150 aniversario de aquella matanza genocida. Para más inri, el lugar exacto de los juegos se llama Kasnaya Polyana, justo donde los últimos circasianos fueron aplastados por los ejércitos de cosacos. Los georgianos, siempre tan suspicaces, ven en la guerra de 2008 un primer paso para pacificar una región levantisca como la abjasia ante un evento de tanta envergadura y sus sospechas crecen con cada anuncio que realiza Moscú: el último fue de Putin cuando dijo que consideraría un acierto alquilar el país de opereta para ofrecer más posibilidades a los turistas que visiten Rusia en 2014. Con el vecino siempre manejando los hilos de Abjasia, una vez conquistado el Cáucaso y limpio de tribus contestatarias, Moscú desmantela el principado abjasio y hasta le cambian el nombre: distrito militar de Sujumi.



Ya Sujumi asoma por las ventanillas del autobús: su aspecto se acerca más al de la Toscana italiana, con sus deslumbrantes mansiones escondidas tras jardines desbocados, el mar Negro brillante por el sol, la carretera muy mejorada tras la región de Gali, donde aún son visibles los bombardeos de georgianos y rusos, y un ambiente que se antoja distendido y agradable desde fuera. Nada de francotiradores escondidos ni hordas dispuestas al degüello, como aseguraban en Zugdidi. La ciudad presenta un aspecto muy agradable, con grandes avenidas, frondosos parques y jardines y, sobre todo, un paseo marítimo de aspecto decimonónico y decadente que obliga a la población a mirar continuamente al mar. Un mar por el que se fueron cientos de miles de circasianos y también de abjasios, primos al fin y al cabo, como venganza del zar por su sociedad con el turco. Dicen las crónicas que Sujumi quedó desierta tras las deportaciones y hoy, casi siglo y medio después, la ciudad sigue casi vacía. Guerras, catástrofes y deportaciones han dejado al aspirante a país como un desierto demográfico que da más pena que otra cosa. Tanta avenida sin peatones, tanto jardín sin paseantes, esa balaustrada marítima en la que se apoyan tan sólo algunas parejas de turistas rusos, esa espléndida bahía surcada por tres optimis y moteada de pescadores de caña y bocadillo en fiambrera. Por esas aguas que ahora sirven de cementerio a tres barcos herrumbrosos llegaron los griegos, que imaginaron a Jasón y sus argonautas buscando un vellocinio de oro en el antiquísimo reino de la Cólquida, por ahí llegaron también las trirremes romanas, y los turcos, pasaron las huestes persas y, ahora, los rusos. Y estos últimos no se andaban con chiquitas ni perdonaban traiciones. En 1877, visto que los pocos abjasios no cejaban en sus revueltas ni en su apoyo a los otomanos, los expulsaron a todos, dejaron las ciudades tan vacías como las veía yo ahora y les prohibieron regresar hasta 1907.



Treinta años de exilio durante los que rusos, armenios y griegos se instalaron en Sujumi y la convirtieron en la que yo veía ahora: un puerto cosmopolita, abierto al negocio y tan amante del comercio que no dudó ni un segundo en adoptar el idioma del enemigo, el turco, como lengua franca para expandir sus miras por la ribera de este mar escondido. En el interior, las villas abandonadas de los abjasios fueron ocupadas por georgianos de las regiones limítrofes, sobre todo de la montañosa Svaneti y de la cercana Mingrelia. Esas viudas que cruzaban el puente sobre el río Ingur eran sus herederas directas y seguían acudiendo, a pesar de los engorrosos trámites burocráticos de la frontera, a cuidar las huertas y terrenos de sus tatarabuelos. Los abjasios que no fueron deportados con sus primos los circasianos, mientras tanto, fueron obligados a instalarse en los villorrios más inaccesibles de la región. Debió de ser duro para ellos ver su principado convertido en una ciudad multiétnica donde no podían entrar, sus casas derribadas y construidas residencias hoteleras para la clase alta rusa, Sujumi como lugar de vacaciones, Sujumi repleto de griegos, de armenios, de georgianos.



Aún se adivinan en ciertas casas la grandeur de sus antiguos inquilinos. Una inscripción griega en el marco de una puerta, un balcón con reminiscencias mediterráneas, la frondosidad del jardín delantero de una mansión que ya no existe. Las manzanas cercanas al mar rebosan de exotismo histórico. Y también de belleza arquitectónica y de buenas vistas. Bajo esos espléndidos balcones desfilaron en 1917 los mencheviques georgianos, primeros amos del territorio tras la revolución de Octubre, y bajo esas orquídeas y gladiolos se sucedieron las luchas intestinas que los enfrentaron a los bolcheviques hasta cederles el poder absoluto. ¡Todo el poder para los soviets! Bajo esos mismos gladiolos paseó un enfermo Trotsky, jugó Laurentius Beria y bebió vino Stalin. Demasiado bello para dejarlo en manos de sus nativos, un pueblo bárbaro y sin el refinamiento necesario para el imperio.








Abjasia comienza entonces su deambular por la historia de las naciones sin saber muy bien qué lugar le correspondía. Primero independiente bajo los bolcheviques, más tarde integrada en la federación soviética para, finalmente, y gracias al georgiano Stalin, bajar de categoría para ser una república autónoma dentro de Georgia. De su primer líder, Nestor Lakoba, un antiguo bandido que llegó a presidente gracias a su amistad con el georgiano de hierro, sólo queda la avenida principal, donde se encuentra el ministerio de asuntos exteriores que tendrá que sellarme el visado necesario para salir del país. Lakoba fue un tipo peculiar que controló Abjasia durante quince años hasta que cayó en desgracia y sufrió la más fulgurante bajada a los infiernos. Cuentan las crónicas que su lengua larga lo enemistó con su paisano Beria, el jefe de la NKVD, la predecesora del KGB, y que su relación fue tormentosa y fría durante muchos años. Hasta que el mingreliano decidió cortar por lo sano: lo invitó a Tbilisi, la capital de Georgia, para hacer las paces, invitarle a la ópera y ofrecerle una encantadora velada. Sólo que Lakoba nunca llegó al espectáculo porque fue envenenado durante la cena y no llegó vivo ni a la medianoche. Tras ofrecer las condolencias, el cruel Beria ordenó detener a toda su familia, no olvidemos: la del presidente de la república, y torturar a su esposa para obtener información sobre la supuesta venta de Abjasia a los turcos. Como le ocurrió a los Romanov veinte años atrás, de la familia de Lakoba no quedó nadie, ni su hijo de 14 años al que Beria, en una muestra más de su refinadas dotes sádicas, mantuvo encerrado en un campo de trabajo hasta los 18 años, cuando ordenó fusilarlo por ser hijo de un enemigo del pueblo. El muchacho murió recordando al tío Laurentius, que de pequeño le sepultaba en regalos.


En Sujumi se celebra el campeonato mundial de dominó y las delegaciones de varios países se pasean por la ciudad. Han acudido representantes de Venezuela, Nicaragua y Rusia, únicos países en reconocer la independencia de Abjasia, pero también hay dominicanos, estadounidenses, puertorriqueños y uzbekos, y otras nacionalidades tan dudosas como la abjasia: osetios del sur, transnistrios, kabaraghies… La importante presencia de hispanos ha obligado al ministerio de asuntos exteriores a tirar de google translator para traducir algunos carteles que enseñorean las avenidas con la presencia grave, circunspecta, yo diría que incluso un poco macarra, de su presidente, Zolotiskovich Ankvab




El evento tiene una importancia crucial para este país desconocido en occidente: un campeonato mundial, aunque sea de dominó, norteamericanos a los que llaman atletas, incluso hay una periodista que escribe en La Vanguardia y envía imágenes a la venezolana Telesur… En el paseo marítimo las diferentes delegaciones pasan las horas bajo un gran tilo jugando al dominó. Rafael Vega es un utrerano que vigila las mesas como árbitro en jefe del mundial. Nunca ha visto algo igual, me dice, le tratan a cuerpo de rey, no puede comer más y ha conocido a todo el que es alguien en Abjasia, desde el alcalde de Sujumi al mismísimo presidente Ankvab, pasando por ministros, secretarios y demás cuerpo oficial. Un cuerpo oficial muy amplio para un país con poco más de doscientos mil habitantes…



Según el censo, Abjasia tiene una población de 215.000 vecinos, menos de la mitad de los que tenía a finales de la década de los ochenta, cuando colapsó la Unión Soviética. Desde la muerte de Lakoba, la georgianización de la región había tomado ribetes dramáticos. Los oficiales étnicamente abjasios fueron destituidos y asesinados, en una renacimiento de los métodos del zar en el siglo anterior. Los mingrelianos y svans llegan por millares y, finalmente, los originales habitantes del lugar vuelven a quedar en una horrorosa minoría: el 18%. Por si fuera poco, el régimen soviético prohíbe la enseñanza de su idioma, cambian su alfabeto al georgiano (un alfabeto peculiar que se asemeja a una lucha de espaguetis) y los historiadores soviéticos reescriben su historia: el primer abjasio llegó a la comarca en una fecha tan reciente como el siglo XVII. Un elemento que les resta credibilidad en su reivindicación como originarios de la tierra de sus antepasados y que es una constante en todo el Cáucaso, donde se reescribe la historia del enemigo continuamente. Los abjasios tienen un perfil un tanto particular...


Stalin estaba enamorado de Abjasia. No es de extrañar viendo su ciudad de origen, Gori, a un par de horas de Tbilisi, en un gris descampado al norte del país, frío y con el único atractivo de una fortaleza a medio caer en una colina en el centro de la ciudad. Todo parece incómodo en Gori, la noche que cae con demasiada fuerza en una población sin apenas farolas, el frío que se mete por las rendijas de las ventanas, y más en los tiempos en los que nació el Padrecito de los soviéticos, hijo de un zapatero remendón y de una pía devota ortodoxa. O tal vez hijo de un cura, como se rumorea por las páginas más indiscretas de la historia. Lo cierto es que Stalin, ya no tan joven, pasó la mitad de sus últimos años en sus dachas abjasas, devorando libros con su memoria fotográfica, planeando purgas y hasta la eliminación del pueblo judío. Y gracias a su pasión por Abjasia, la región experimentó un auge en infraestructuras. Carreteras, por favor, para que la caravana de Stalin pueda correr a gusto. Ferrocarril, rápido, que viene el líder supremo en su vagón blindado. Canalizaciones, vamos, y puertos, corre, y astilleros y hoteles. Y amplias avenidas, y jardines con espacio para las estatuas del caudillo.



Cuando murió Stalin, corría el año 1953, Abjasia era un buen lugar donde vivir. Con sus infraestructuras desarrolladas, clima subtropical y a orillas del mar, ¿quién no querría tener una mansión frente a la playa? ¡Como el mismo Líder! En Rusia la belleza de la región era ya legendaria y miles de rusos piensan en Sujumi como el lugar ideal para radicarse. Y los armenios, también. Y más georgianos. ¿Pero qué ocurre mientras tanto con los abjasios, reducidos a invitados pobres en su propia casa? Pues que a base de protestar, y gracias a que Krushev ya había pedido perdón por los excesos de Iosif Vissarianovich, obtienen una discriminación positiva de la que han adolecido por décadas. Abren su propia universidad, tienen un canal de televisión en su lengua, la cultura abjasa experimenta un renacer que, cosas de la vida, molesta a los miles de georgianos que han hecho de la región su hogar durante el último siglo. Las fricciones se hacen diarias, los georgianos acusan a los abjasios de querer romper la unidad nacional, los abjasios responden que cuál unidad nacional si ellos no quieren ser georgianos. A finales del régimen soviético los enfrentamientos son ya casi diarios: los equipos de futbol quieren ser étnicamente puros, los actores del teatro georgiano no quieren compañeros de reparto abjasios, los alumnos abjasios de la universidad no quieren georgianos en las clases. El lío es total y las tortas aún se escuchan desde el paseo marítimo si ponemos atención porque sus ecos rebotan todavía por las paredes de los cientos de villas señoriales que amenazan ruina tras décadas sin nadie que abra sus puertas.



Y aún está por llegar el máximo delirio: en 1990, el soviet supremo de Abjasia, el gobierno de la zona, declara su secesión de Georgia y su adscripción a Rusia. Desde Tbilisi responden con otra declaración de independencia: ya no pertenecen a la Unión Soviética y reclaman la vuelta de Abjasia. La tensión es tan alta que los abjasios han olvidado los siglos de represión rusa y anhelan olvidar ahora a los georgianos, que son casi mayoría en su región. El último acto de esta tragedia subtropical ocurre en el parlamento de Sujumi, donde los abjasios pretenden tener la mayoría de diputados y donde rechazan también la alternancia étnica que les solicitan los georgianos. El 14 de agosto de 1992 la Guardia Nacional georgiana avanza hacia Sujumi con la excusa de liberar a unos oficiales retenidos, supuestamente, en la región fronteriza de Gali, precisamente la comarca que tuve que cruzar para llegar a la capital. Los militares georgianos, una vez en Gali, toman el mismo camino que yo, a Sujumi, y no avanzan sonrientes, precisamente. En su camino destruyen lo que les parece y su presencia no despierta ni simpatías ni tranquilidad. Al llegar a la capital se asemejan a un enjambre enfurecido, arrasan los edificios públicos que encuentran a su paso y declaran disuelto el parlamento. Encabezados por un psicópata llamado Kitorani, los soldados se divierten saqueando viviendas y aplastando el ego de los abjasios. Tan crueles llegaban a ser que los mismos georgianos intercedían por sus vecinos, sin mucho éxito, y se negaban a participar de las razzias de sus compatriotas. Mientras tanto, y en el interior del país, milicias de abjasios apoyados por rusos y armenios, y hasta circasianos y chechenos como Basayev llegados de las montañas, formaron la resistencia aspirando a una confederación de pueblos de las montañas…



De aquella época guardan recuerdos las fachadas de las viviendas nobles, habitadas entonces por georgianos con dinero y pasto hoy de los matorrales, y el parlamento, una carcasa muerta que se eleva majestuosa sobre los cielos de la ciudad sin nada más que destrucción y hollín en su interior. El 22 de octubre el ejército georgiano alcanzaba su máximo grado de iniquidad: una unidad de hombres vestidos de negro quemó el Archivo Nacional para borrar todo el pasado de la nación abjasa. Los vecinos del edificio salieron para apagar el fuego pero los soldados, vestidos a la usanza paramilitar, volvieron para disparar a los improvisados bomberos. El pasado abjaso, el oficial al menos, quedó reducido a cenizas y sólo unos libros salvados in extremis por un historiador griego pueden decir que Sujumi tiene historia. Por si fuera poco, mientras los soldados georgianos se lanzaban al clásico pillaje y violación de las jóvenes, el comandante Giorgy Karkavashvili hace acto de presencia en la televisión para decir que eliminará al 97% de la población abjasia si se volvían a repetir actos de resistencia. ¿Por qué el 97%? ¡Sabe Dios! El vodka corría por la soldadesca como el turbulenta agua de las montañas por los impetuosos arroyos de la región de Gali.



Los georgianos resistieron un año, embriagados en sus saqueos y malos tratos, el parlamento sometido a su poder y las calles domesticadas gracias al terror. El peligro, sin embargo, estaba fuera. O dentro, según se considere. Porque las revueltas comienzan ahora en el interior de Georgia, en los últimos coletazos del régimen soviético y las primeras luchas por el poder de la nueva república. Los contendientes firman un alto el fuego que permita recuperar fuerzas pero en septiembre de 1993 los nativos rompen el acuerdo y se lanzan a una lucha feroz contra un invasor que no se considera tal. En Sujumi montan una ofensiva tan brutal que bombardean su propio parlamento con tal de expulsar a esos políticos que no los representan.


Los muertos vuelven entonces a decorar las avenidas y darle su singular fama. Los mercenarios montañeses se toman ahora la revancha y saquean todo lo que aún no ha sido saqueado. Los vecinos georgianos son los nuevos afectados: sus mujeres son ahora las violadas, sus casas las desvalijadas, sus jóvenes los asesinados. Y para evitarlo, huyen en masa: 230.000 refugiados cruzan las montañas nevadas en pleno mes de octubre dejando tras de sí un reguero de cadáveres y pertenencias que revivió las peores imágenes del estalinismo.






























Ante el parlamento permanece muy derecho un pedestal sin estatua. Claro que con tanta destrucción es difícil caer en la cuenta de que un pedestal no tiene estatua. Cualquiera puede entrar en el antiguo edificio oficial, sorprenderse ante los ascensores aplastados en sus cubículos, subir las escaleras que en su momento acogieron carreras de última hora de funcionarios apresurados. Las oficinas están llenas de desechos, alguien ha cagado en aquella esquina, en aquella otra han bebido vodka hasta altas horas de la madrugada, una pareja ha profanado el salón de reuniones. En las elegantes escalinatas de los edificios anexos, alejados de la estética soviética que presenta el bloque principal, aguantan estoicas barandas de mármol neoclásicas hasta arriba de basura, suelos que no existen sirven ahora de herbolarios de interior. De los techos, todos con amenaza de derrumbe, caen hilillos de agua de tuberías que nadie ha podido arrancar. Dieciocho años después de la toma del parlamento abjaso nadie ha sido capaz de intentar, al menos, recuperar alguna parte de la estructura.























































En los elegantes jardines frontales pastan unas vacas despistadas y en los edificios vecinos las ráfagas de metralleta decoran unas fachadas en las que ondea ropa puesta a tender. Las calles siguen vacías, de cuando en cuando un vehículo de alta gama recorre la carretera a toda velocidad. Recuerdo entonces la noche anterior, un BMW derrapando estrepitoso por la avenida Lakoba hasta estamparse contra un árbol. De su interior, un joven con gafas oscuras (y cristales tintados: ¿cómo veía ese chiquillo?: recordemos, es la noche y apenas hay iluminación). Los balcones muestran la huella de la vida tras la tormenta: unas sábanas puestas al sol, una pared remendada, una terraza ampliada a base de horribles alargamientos.






En un descampado juegan unos niños. No hay mucha vida en Abjasia y sí futuro porque en esta ciudad de trescientos mil habitantes hoy no pasan de cuarenta mil y los rusos vuelven a colocarla en el mapa después de tantas décadas de guerras y deportaciones. En el puerto deportivo, medio carbonizado, ondea orgullosa la bandera abjasia, blanca y verde, con un rectángulo rojo que presenta las siete provincias abjasias y una mano blanca en son de paz. En sus bajos, entre las muestras de metralla, se ofrecen cursos de vela, un catamarán cruza cerca de la orilla, de un restaurante sale un grupo de rusos con una copa de más. La normalidad trata de reinstalarse en un territorio hostil.



El último enfrentamiento ocurrió en 2008 y tuvo un efecto vergonzoso para el gobierno georgiano. Si bien las guerras de la década de los noventa no dejaron nada claro más allá de que Abjasia era una región rebelde y levantisca, la última intervención militar forzó la respuesta rusa y la pérdida, puede que ya sí definitiva, de esta bella comarca. Dicen que el presidente georgiano, Mijail Saakashvili, se sintió poderoso con el apoyo de su amigo Georges Bush, que incluso llegó a visitarlo a Tbilisi para agradecerle su presencia en Irak: Georgia es el país que, en proporción, ha enviado más soldados a la guerra del Bush junior. Su insistencia en formar parte de la OTAN es tan llamativa como molesta para los rusos, y su aspiración a formar parte de la Europa tradicional les ha jugado la mala pasada de considerarse respaldado en sus acciones interiores. De nada le sirvió bautizar la avenida que conduce del aeropuerto de Tbilisi a la ciudad con el exótico nombre de George W. Bush, o de nombrar a la principal plaza de la capital, escenario del discurso del mandatario norteamericano, con el pretencioso Freedom Square. En su enfrentamiento con los abjasios el ejército georgiano fue aplastado por los militares rusos, y por si fuera poco también les arrebataron, y puede que también para siempre, la región de Osetia del Sur, la vecina del Gori que viera nacer al despiadado Stalin. Y nadie movió un dedo, ni la anhelada OTAN ni su pretendido amigo Bush. Rusia sigue siendo mucho Rusia, y más en su patio trasero… los muertos siguen presentes, unidos ya los de los noventa con los de los dos mil y este señor, con varias copas de vodka en lo alto, se empeña en enseñarme la tumba de su hermano... 




Como último acto del drama, escuadrones de paramilitares se infiltraron en la región de Gali para quemar las granjas y las cosechas de los odiados independentistas. En el final de este libreto, veinte mil campesinos mingrelianos, vecinos pacíficos de los tan odiados abjasios, fueron expulsados de sus terrenos. Algunos son los que hoy atraviesan a diario ese puente cochambroso sobre el río Inguri, para ver si ha florecido el limonero, si los albaricoques están sabrosos, si se terminó de hundir el granero por falta de arreglos. En su camino, hablan con sus antiguos vecinos, se saludan serios, preguntan por sus familiares.



El camino está jalonado por tumbas enormes que parecen zaguanes de mansiones decimonónicas, con estatuas de cuerpo entero, flores, muchas flores, mármol negro y brillante, fotos de hombres vestidos de uniforme. A los pies del río un cartel recuerda donde estamos. El río Inguri, la frontera entre Georgia y Abjasia, un lugar de los denominados calientes. El cartel,  por supuesto, da fe de ello: agujereado y cochambroso, ametrallado sin piedad.



©José Luis Sánchez Hachero
sanchezhachero@hotmail.com

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