viernes, 22 de febrero de 2013

Viaje a Georgia: la Tbilisi del gaditano Juan Van Halen (I)


El casco histórico de Tbilisi desde el río Kurá


Corría el año de 1818 cuando Juan Van Halen llegó a Tbilisi para reforzar la conquista del Cáucaso. Nada extraordinario de no ser porque Juan Van Halen era un cañaílla nacido en San Fernando, en Cádiz, y que fue, posiblemente, el primer español dejarnos una descripción de las costumbres del Cáucaso. Cuando Van Halen llegó a Tbilisi aún quedaban circasianos en Circasia, vivían armenios en Azerbaiyan y las montañas del Daguestán eran un quebradero de cabeza para el ejército ruso. Van Halen llamaba tchetchenskis a los chechenos y tuvo entre sus cometidos su exterminio, disfrazada de pacificación, en las guerras que cantaron Lermontov y Pushkin. De Van Halen, Juanito en la Isla de León, ya he hablado aquí: Van Halen en los Mundos de Hachero, pero de sus pasos en el Cáucaso apenas y pocas aventuras más apasionantes pudieron vivirse en aquellos días que la conquista de la frontera exterior rusa, el equivalente de la norteamericana del Far West. Van Halen recorría las llanuras georgianas preguntándose cómo podrían los rusos afianzar la conquista de un territorio en el que aún veía las sombras de Ciro, de Alejandro o de Mitridates.
Tbilisi y el río Kurá
El gaditano había llegado a San Petesburgo huyendo de la cólera de Fernando VII y los suyos, a los que se enfrentó por sus convicciones liberales. Y fue pisar Rusia y entrar a formar parte del ejército del zar gracias a ciertas amistades que lo presentaron como un portento en el arte militar. Y el zar Alejandro, que deseaba modernizar su anticuado ejército, lo envió al Cáucaso, en aquel entonces la frontera sur de todas las Rusias. Van Halen recorre un larguísimo camino hasta cruzar las inmediaciones de la montaña más alta de Europa, el Ebrus, viaja por Cahetia, Kartalinia o Imeretia, 'pobladas de georgianos de la comunión griega, de muchos armenios y un corto número de católicos..'. Una región difícil, montañas habitadas por toda suerte de peligros, 'madriguera de numerosas bandas', inclinados tanto al pillaje y la sed de venganza como al respeto a las leyes de la hospitalidad.

El alfabeto georgiano y el cirílico conviven en las calles

Y Juan Van Halen llega a Tbilisi, la perla del Cáucaso, una ciudad que sorprende aún hoy, que parece hundida en un hálito de neblina perezosa. No lo hizo por la avenida George W. Bush, que comunica el aeropuerto con el centro, como lo hice yo, sino que entró por la antigua carretera de las termas, porque, al fin y al cabo, Tbilisi es una ciudad surgida al lado de unos baños termales, bañada por el río Kurá, un nombre que proviene de Kurosh, que a su vez es la pronunciación persa del rey Ciro El Grande y que pasó a Kurá en georgiano gracias a que Mtkvari, que se asemeja a Kurá, significa El Lento y que el río es así, corre parsimonioso. La actual Tbilisi está a unos kilómetros de Mshet, que fue la capital georgiana durante veinte siglos, hasta que uno de los zares descubrió los baños termales en un bosque repleto de caza y trasladó la capitalidad a su particular edén.


Y en Tbilisi Van Halen encuentra un pueblo belicoso, agarrado a su cristiandad como oposición al islamismo que le había dominado durante décadas: hasta que les liberaron los rusos. Cuenta la historia que en 1795 Agá Mehmet, un persa conocido como El Tirano, entró en la ciudad sin apenas oposición, degollando y esclavizando a partes iguales. El Tirano había perdido sus testículos a los doce años, castrado por el sha de Persia para servir como eunuco, pero con el tiempo llegó al poder cargado de rencor y de sed de venganza. Entre sus lindezas dicen que abría el vientre de sus víctimas, les ponía los intestinos de collar y los arrojaba a las fieras. En 1795, como decía, Mehmet entra en Tiflis como Pedro por su casa. El zar Heraclio de Georgia, sinceramente acojonado, promete pagarle tributos regularmente, ante lo que El Tirano vuelve a Teherán, satisfecho de su viajecito, pero Heraclio, y su hijo George, acudieron a los rusos para que los protegieran. A partir de entonces, su mayor enemigo fue el Ruso, dicho así, en mayúsculas, un ejército con el que coqueteó en mil batallas sin emprender ninguna de entidad hasta que Mehmet fue asesinado por uno de sus oficiales.


En este contexto, Van Halen llega a Tbilisi, en aquel entonces un reducto de paz y refugio de las pocas familias europeas que habitaban la región, una ciudad que le pareció a Van Halen una segunda San Petersburgo que, no obstante, tenía algo de malsano porque le dejó una fiebre permanente durante los dieciocho meses que estuvo en la zona. El gaditano decía que Tiflis se le parecía a los campos de Castilla cuando están cubiertos de nieve y que las torres le recordaban los teatros comunales donde se representaban las obras de Cervantes. En los monumentos islámicos veía reminiscencias de la Alhambra o de la mezquita de Córdoba y el vino de Kahetia le recordaba en gusto, color y efectos 'al que fabricamos los españoles en la Mancha, especialmente al de Valdepeñas...'. Van Halen bebió en las copas georgianas, que son cuernos de toro pulidos y guarnecidos con oro o plata, cuernos tramposos que hay que tener siempre en la mano y que impiden literalmente dejar de beber jamás bajo la amenaza de mostrarse descortés con los anfitriones.


El comercio de la región estaba concentrado en Tbilisi, en sus zocos y caravanserais repletos de mercaderías de Asia y del interior de Georgia. La Tbilisi de Van Halen tenía un tráfico rodado de lo más entretenido: camellos, búfalos y caballos cruzando continuamente la ciudad, un desfile de mercachifles persas, turcos, leshguines, armenios, tártaros y griegos, telas de Cachemira, ducados de oro de Holanda, pipas persas y vinos georgianos. Tbilisi estaba repleta de fábricas: las había de gorros de borrego de astrakan, dagas damasquinas y puñales de Korazan. Los montañeses del Cáucaso también acudían, llevando miel, cera, pieles, paños, cueros o hierros. Poco tiempo atrás, en estos mismos mercados, se vendían georgianas, mujeres jóvenes que se cambiaban por un buen sable damasquino o por caballos árabes, pero los rusos arrinconaron esta costumbre...

Viñedos en los balcones de la ciudad de Tbilisi

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