sábado, 12 de noviembre de 2011

Viaje a Colombia: putas o peluqueras

Las Regias

La Madison saca de centro y el público grita entusiasmado. Joselyn recoge el balón, regatea con notable habilidad, se interna por la banda y centra a la portería pero la delantera estira inútilmente el cuello. Las defensas meten pierna con igual torpeza. Será saque de puerta. Del respetable sale un grito: ‘saca al hombre que tienes dentro’. La Valeria mira desafiante al graderío y grita sobreactuando: ‘no puedo porque se me desacomoda la compresa’. Las risas rompen el juego y el partido continúa. Joselyn comprueba que el maquillaje está en su sitio y corre la banda pidiendo el balón.



‘Las Regias’ han retado a ‘Amigas y Rivales’ en terreno propio y la expectación es total. Un vehículo ha recorrido durante buena parte de la tarde el caleño barrio 7 de agosto para convocar a los vecinos. Y no han fallado. La grada está a reventar, los muchachos más ariscos se agrupan bajo los árboles entre nubes de marihuana, las marujas del barrio se han vestido de fiesta. Antes del partido, La Valeria, centrocampista, posa ante unos periodistas, se recoge el cabello, lo muerde y, a cuatro patas, camina como una pantera sobre la superficie de la cancha. El respetable enloquece y un muchacho grita una obscenidad. La Valeria se levanta como una exhalación. ‘Aunque no te lo creas esto también lo hacemos por ti, para que en el futuro puedas decir y hacer lo que quieras’. El muchacho no puede oírla porque corre muerto de la risa por un bosquecillo situado a las espaldas de la cancha.



Sólo unas horas antes, La Madison moldeaba el cabello de una señora en su peluquería. La plantilla de las Regias es amplia pero en el local sólo se han presentado cinco. A la Madison le da la risa floja. ‘Voy a llamarlas’, dice mientras busca su teléfono móvil. ‘La Iguana no puede venir porque está con un cliente’, menea la cabeza mientras marca otro número. ‘La Juancarlos tiene resaca porque se acostó tardísimo’. La Valeria se desternilla mientras busca unas medias azules. El listín de la plantilla se agota llamada tras llamada. Las Regias es un equipo flexible y hoy se ha comprimido al máximo: intentarán cambiar el partido de fútbol por uno de fútbol sala. La Madison vuelve a la cabeza que dejó a medio peinar y recuerda su primer partido. ‘La idea surgió hace varios años, en una rumba gay, amanecimos en una verbena y nos dio por ir a jugar contra un equipo femenino en una cancha del barrio, todo el mundo se fue para allá y gustó mucho’. El espectáculo debió de ser, como poco, interesante: ‘el partido fue a eso de las ocho de la mañana, después de la rumba, y saltaron al campo con sus tacones, maquilladas, o medio maquilladas después de tanta noche…’. La Valeria no estuvo entonces y hoy ha faltado poco para que tampoco asista. ‘Es que anoche estuve en un show transformista y terminé a las cinco de la mañana, pero como no me paso de tragos, aquí estoy, a pesar de haber dormido cuarenta minutos…’. Las Regias son ya una leyenda en Cali, una leyenda de exotismo, de coraje y de impuntualidad.



Cali es, a su vez, sinónimo de salsa, de largas noches de baile y ron. La Fundación Santamaría, formada por chicas trans que luchan contra la intolerancia, calcula que por sus calles se mueven más de tres mil transexuales que ejercen, sobre todo, la prostitución. También hay peluqueras, pero son las menos. La Madison es estilista, pero su hermana, la Valeria, es estripper. Los partidos de Las Regias no sólo atraen la atención de sus vecinos: con el tiempo han alcanzado la categoría de grito amargo contra la homofobia que barre las calles de su ciudad. Dice la estadística que cada dos meses muere de forma violenta un transexual de Cali. Cada noche, pandillas de muchachos borrachos, policías aburridos y clientes insatisfechos las agreden como diversión. Un problema que se extiende por todo el país, pero que en Cali ha prendido como una reivindicación que comienza a escucharse. En Bogotá la situación es aún peor: un transexual muere violentamente cada semana.



‘Calentemos’, dice la Madison. Valeria saca una petaca con brandy y da un trago. ‘Esto también es calentar’, dice entre risas. Joselyn muestra su habilidad en la calle, golpeando el balón mientras sortea taxis y se coloca el top. Luego, con la frente orlada de sudor, se maquilla coqueta ante el espejo de la peluquería. ‘Yo de hombre no, iré de mujer, hay que verse hermosa y bella’. ‘A mí no me hace falta porque no me salen pelos en la barba…’, responde Alondra. El camino a la cancha parece un concurso de frases ácidas que arrancan risas maliciosas. El público espera paciente desde hace horas, bajo el terrible sol caleño. ‘Ya era hora’, les espeta una señora con cierto malhumor. ‘Cuidado que una vez le bajamos la pantaloneta al árbitro, no repitamos escena’, le replica La Valeria.



La Madison no pierde la sonrisa. En pleno proceso de reconstrucción de su personalidad masculina, tras años vestido de mujer, La Madison es el alma de las Regias, un equipo formado exclusivamente por transexuales caleños. Un modo de reivindicarse como personas ante otras personas. Las burlas del público se mezclan con gritos de ánimo, chistes verdes y alusiones futbolísticas. ‘Pórtate como un hombre’, grita un muchacho ante la rechifla general. Por fin comienza el partido, con dos horas de retraso y muestras de impaciencia entre el respetable. El adversario llega también tarde, cómo no, y se viste apresuradamente en plena pista. Es un equipo de lesbianas de una localidad cercana y la suerte ha querido que sólo puedan venir cinco. Será un partido de fútbol sala. Un partido de hombres que quieren ser mujeres contra mujeres que se sienten hombres.

La muerte

La Indio murió después de una soberana paliza rematada con un tiro y un corte de cuello que la desangró en segundos. Por si acaso, el asesino, vació el cargador en su cabeza, no fuera a ser que a su espíritu le diera por vengarse. El crimen no pasaría de un desagradable asesinato de no ser porque Johana encontró la muerte de modo parecido. Cuatro disparos le destrozaron la cabeza, también en Cali. Como la Casandra, degollada y acribillada. Darlyn Jiménez murió de igual forma, como le sucedió a la Simpson. La lista se hace insoportable según avanzan los nombres. Al lado de la sucinta declaración policial unos rostros sonrientes miran desde el otro lado de la vida, la que perdieron en las calles de la ciudad de la salsa. Cali es una tumba para muchos transexuales que salen a la calle para ganarse el pan. Agrupadas en pandillas, a veces muy agresivas, se reúnen en las elegantes avenidas del centro de la ciudad, a la espera de clientes que les traerán dinero y puede que un disparo al acabar la faena. En dos años han asesinado a veinticuatro, crímenes que la policía califica de ‘pasionales’ pero que las chicas temen que sea parte de una obra mayor, una labor de exterminio que deje las calles limpias de prostitutas que son prostitutos.



‘El problema de Cali no es mayor que en el resto de Colombia’, afirma Andrés Santamaría, defensor del Pueblo del Valle del Cauca, ‘lo que ocurre es que aquí estamos luchando por detener estos crímenes y nuestras denuncias atraen a la prensa’. Curiosamente, según denuncia la defensoría refrendando lo que dicen las propias chicas, los agentes de la policía se encuentran detrás de la mayoría de las palizas. De los asesinatos, sin embargo, apenas hay pistas. La defensoría organiza cursos de concienciación entre los agentes de la policía para que aprendan a valorar a los transexuales como personas. ‘Muchos agentes vienen de pueblos del interior, apenas tienen formación y sí muchos prejuicios, por lo que a veces se les va la mano’, explica Andrés un tanto azorado. Frente a ellos, transexuales, la mayoría igualmente sin formación, procedentes de familias sin recursos que habitualmente los expulsan de sus hogares para evitar la infamia de una oveja descarriada muros adentro. Las calles, siendo aún adolescentes, son su única salida y la prostitución su único oficio. De pronto, una noche, se encuentran frente a frente un ignorante de un pueblo perdido armado con un porra con otro ignorante de otro pueblo perdido pero vestido de mujer.



Pedro Julio Pardo, al frente de la Fundación Santamaría, explica la procedencia de sus ‘chicas’. ‘Una persona que ha sido arrojada a la calle no tiene muchas más posibilidades de sobrevivir que la prostitución’. Expulsados de sus casas, de los colegios y sin formación, las chicas trans toman a una líder como ‘madre’ y desarrollan sus vidas entre la calle que les da de comer y sus compañeras, que les dan seguridad y cariño. ‘Por eso’, afirma Pedro, ‘cuando matan a una están destruyendo parte de una red social, y si ocurre como pasa aquí, que las matan por decenas, pues tienen sumida en el terror a una gran cantidad de gente’. Pedro es un volcán que vuelca su lava en la lucha contra la homofobia. También es ‘madre’ y toda chica que se acerca a la fundación le interpela así. De pie, nervioso y con su habitual tono chillón, desgrana frente a un mapa de la ciudad la tipología de agresiones que se estilan en la calle. ‘Les disparan con paint balls desde los carros para reventarles la silicona de los pechos, las agreden con bates de beisbol, las violan con gatos hidráulicos… las desnudan y las atan a un árbol gigantesco frente a la estación, en el que anidan unas hormigas grandes y voraces…’. El bestiario de acusaciones me evoca escenas de algún cuadro del Bosco. Pedro se agita nervioso, combina varios teléfonos, le grita a un silencioso auricular tras el que se esconde, casi que literalmente, un jefe de la policía achicado ante el empuje de este defensor de los derechos humanos. Anoche entraron en la sede y les robaron varias cosas sin importancia pero en la mente de Pedro se huele el miedo. ‘¿Y si no son unos ladronzuelos? ¿Y si la próxima vez nos degüellan a todas?’.



La Fundación carece de indicativos para no atraer visitas indeseadas, pero el miedo se ha instalado de puertas para adentro. Alondra vive en la Fundación, rodeada de muñecos de peluche y de archivos de denuncias. ‘Nosotras tenemos la autoestima de un cedro pero que entren en tu casa en plena noche, te roben y yo no me haya enterado de nada me tiene muerta del miedo’. Alondra es fuerte y musculosa pero también tiene pánico. ‘Nuestra vida ya es lo suficientemente difícil como para vivir además con miedo a que te liquiden cuando menos lo esperes: cuando era un chico gay me sobraban los trabajos, pero desde que comencé mi proceso de construcción como mujer todas las puertas se me cierran’. Ahora lucha contra la homofobia desde el activismo: por la tarde la encuentro nuevamente en la colina de San Antonio, encabezando una protesta contra los crímenes que transforma uno de los barrios con más encanto de Cali en una silenciosa marcha de rostros serios. A su lado, Pedro porta una vela con una sentida indignación. A pocos metros, varios policías vigilan la marcha con caras de guasa. El lugar reúne cada noche artesanos que venden sus productos, jóvenes rockeros con guitarras y parejas homosexuales que han elegido el lugar como centro de reunión. Con el tiempo se han añadido chicas trans que buscan clientes y menores de edad que ofrecen sus servicios sexuales. La Fundación Santamaría ha elegido la Loma por su simbolismo y su pluralidad.



Volvamos a la Fundación. Pedro sigue en el patio vociferando su indignación con la policía. ¿No les tiene miedo de hablarles así? Pedro exagera su gesto de incredulidad. ‘Me han disparado en cuatro ocasiones, me han golpeado incluso con caballos, me han detenido sin motivo y metido en prisión, y ya, la verdad, no me importa lo que puedan hacerme’. Su descaro le lleva regularmente a las portadas de los periódicos. ‘Cada vez que matan a una chica, el comisario lo justifica como crimen pasional, y yo ya estoy harta de preguntarle si es que los crímenes pasionales no son homicidios’. Pedro no se viste de mujer pero vive rodeada de chicas trans y su ascendencia sobre ellas es total. ‘Yo soy muy desafiante con ellas, porque la gente piensa que son muy guerreras, y yo les digo, ustedes son unas pobres mariquitas, porque yo siendo tan guerrera me tendría agarrada con la gente porque donde vayas eres el centro de las burlas, y está justificado porque sos una marica, una travesti… no serán tan guerreras cuando llegan al centro de salud, golpeadas, heridas, a veces por arma de fuego, y se niegan a atenderlas…’



Según la Fundación Santamaría, la población trans del área metropolitana de Cali alberga entre tres mil y tres mil quinientas personas, un ochenta por ciento prostitutas y el resto, casi en su totalidad, peluqueras. Cali alterna imágenes de pesadilla con alta sociedad de base dudosa, la de la cocaína. Los años de bonanza languidecen cediendo paso a una ciudad que se despereza de décadas de dinero fácil. El fin del cártel de Cali ha dejado al descubierto una ciudad en la que el narcotráfico había empapado todos los negocios con un dinero procedente de la coca que revitalizó el comercio pero que la deja ahora al pairo. Las avenidas presentan un aspecto deteriorado de tercer mundo, con mendigos que se mueven al son del bote de disolvente, un alto índice de atracos, asesinatos y crímenes, comercios quebrados, economía informal que vende cualquier mercancía en plena calle y un clima de inseguridad que ahuyenta posibles inversiones. En este contexto, los crímenes contra la comunidad trans no dejan de verse como un problema más, aunque no el más urgente. ‘De hecho, el recuento que hemos realizado no está completo’, asegura Pedro. ‘Hemos contabilizado veinticuatro muertes pero cada poco descubrimos que alguna más murió y que no la teníamos anotada porque la muerte se vive como algo tan cotidiano que ni siquiera denuncian: te dicen, sí, la mataron, a la pobre, y ya, se entierra y se olvida’.



La homofobia viene de lejos: en los años ochenta tomó incluso forma de panfletos en las que un grupo, los Cankill, el nombre de un conocido insecticida, amenazaba a los bajos fondos. ‘Hablaban de que iban a matar drogadictos, a putas, no había nada explícito contra gays ni lesbianas, pero por asociación sí se puede pensar que estaban hablando de ellas porque el paradigma social cree que las chicas son vectores de transmisión sexual, incluido el SIDA, y muchas de nosotras entramos en los dos conceptos, putas y drogadictas, así que la angustia se extendió por el colectivo’. Colombia no es un lugar como para tomarse a broma la aparición de estos grupos de limpieza social. Los hay que exterminan a los indigentes, los que exterminan a raterillos de barrio para vestirlos de guerrilleros y cobrar recompensas del estado, los hay que eliminan sindicalistas, políticos y profesores de izquierda… ‘No creo en la existencia de un grupo organizado que elimine estrictamente transexuales’, puntualiza Pedro, ‘pero queremos guardar tranquilidad respecto de eso también, y esperamos que antes o después la investigación arroje resultados’.

Garavito, patrón de las chicas trans

Gisella camina cabizbaja por las calles de su barrio de Bogotá. Santa Fe es ‘lugar de tolerancia’, eufemística manera de referirse a un conjunto de calles abandonadas por la administración y en las que se ejerce la prostitución y la venta callejera de drogas. ‘Perica’ (cocaína), vocea un tipejo con una raída chaqueta en una esquina. Barrio de transexuales, de putas, barrio de carreteras destrozadas, con olor a marihuana y crack, Santa Fe es el mismo centro de Bogotá, de Santa Fe de Bogotá. A pocos minutos se levanta la casa de Nariño, donde vive el señor presidente, y el congreso, el senado, los ministerios y el único barrio turístico de la ciudad, la Candelaria. Pero Santa Fe parece otro mundo. Gisella se dirige al cementerio central, donde reposan los prohombres de la nación: Jiménez de Quesada, el granadino que conquistó la región. Rojas Pinilla, el único presidente golpista del país. Francisco Galán, el guerrillero que puso en jaque al poder desde la insurgencia pero que perdió la vida cuando intentó lograr el gobierno desde las urnas. Gisella compra flores azules y pasa indiferente ante siglos de historia. Llegó de Venezuela para hacer la calle en Bogotá y ahora deposita sus esperanzas en una tumba que dicen que hace milagros. Cada lunes, como hacen decenas de chicas trans de todo el país, Gisella se arrodilla ante la tumba de Julio Garavito, le ofrece flores y le reza unas plegarias. ‘Le pido sobre todo que me proteja porque la calle está muy dura…’.



A las puertas del cementerio esperan sentados un grupo de sacerdotes de mentira. Aguardan bajo sombrillas, que les protegen del sol y de las lluvias, y ofrecen sus servicios funerarios. Por cuatro euros se puede optar a una misa sencilla, por dos euros más, cantada con guitarra, si paga usted ocho el canto será a dos voces. Los humildes requieren sus servicios para misas de difuntos y para honrar a sus santos. No les importa que los curas sean de pega porque sus santos también lo son.



El más desconcertante se llama Julio Garavito. En vida fue un astrónomo de fama que dio nombre a un cráter de la luna en su cara oculta, y un político conservador de malas pulgas, partidario de las guerras como modo de controlar la natalidad. Guiño cruel de la historia, hoy apenas nadie recuerda sus méritos. Tan sólo es la imagen que ilustra los billetes de veinte mil pesos, unos siete euros al cambio: casualmente la tarifa habitual de los transexuales de Santa Fe. Dicen que una mañana entró cabizbaja una chica trans porque la noche se le había dado mal, y dicen que el vigilante, por aquello de animarla, le indicó la tumba del sabio astrónomo. Hincó sus rodillas, le rezó y hasta le limpió la lápida. Por si acaso, resfregó un billete antes de despedirse. Mano de santo, nunca mejor dicho. El día mejoró, los clientes se multiplicaron y la voz se corrió por el barrio: en el cementerio hay un santo que hace milagros. A las travestis se han unido prostitutas, ladronzuelos, amas de casa desesperadas. Incluso los descendientes del sabio astrónomo, que amenazan desde Canadá a quien ose relacionar su apellido con tan sórdido colectivo. Gisella viene de Cúcuta, en la frontera con Venezuela. 'Es un santo muy cumplidor', afirma, 'siempre le pongo un velón, le limpio la tumbita, a veces le pago una misa y le rezo un padrenuestro: le pido dinero y me lo da'. Dos chicas dicen venir desde Medellín para rendirle tributo. '¿Saben ustedes quién fue Julio Garavito?'. 'Sí, claro', contesta la más decidida, ‘yo tengo varios en el bolsillo...'.




Gisella llegó de Venezuela para hacer la calle en Bogotá y ahora deposita sus esperanzas cada lunes en el santo milagrero. ‘Una compañera me trajo, consagramos la tumba y ahora vengo cada ocho días sin falta, le traigo flores, le pido favores y le doy las gracias por la semana’. Gisella asegura que ahora ‘todo me sale bien, no me falta de nada, y mientras haya plata para mí hay tranquilidad, y le pido fortaleza y valentía para seguir adelante por buen camino…’. ¿Por buen camino? ¡Pero si usted es prostituta! Gisella prefiere contestar con lo que tiene: me mostrará su hogar. Vive en una casa de huéspedes. Desde Mariana, que es la propietaria, hasta la última chica, todas son trans y me reciben con la curiosidad de una novedad exótica. ¿Saben quién es Garavito? El alboroto se incrementa. ‘Garavito es el de la cara de los billetes de 20.000’, contesta aplicada Sylvana, una travesti de diecisiete años. El equívoco alcanza un nivel desconcertante cuando pregunto qué hacía Garavito en vida. Una de las chicas responde: ‘él hizo mucho por los travestis, dicen que las buscaba mucho, y por eso después de muerto sigue dando buena suerte’. ‘Es como de otra época, las nenas más adultas son devotas a él, yo fui a visitarlo un día y me fue muy bien, así que seguí yendo, le cogí devoción’. ¿Cómo que le cogió devoción? ‘Pues en el sentido de que me llegó muy buen dinero, entonces me dije, pues sí, es verdad que trae buena suerte, es un mito, como el del Divino Niño, que lo cuida a uno…’.



Diana Navarro, puta y ponente en la Organización de los Estados Americanos

‘Cali hace ruido pero aquí tenemos más muertes’, sentencia Diana Navarro. Barranquillera, abogada truncada por un atentado que le dejó marcado en el rostro la trayectoria de una bala que mató al decano de su facultad, Diana vive también en Santa Fe. Diana fue puta y pasea por su barrio su metro noventa de mulata caribeña con rostro serio y desafiante. ‘Acabo de llegar de una reunión de la OEA en Honduras’, comenta mientras me lleva a conocer una pandilla de transexuales sin hogar acogidos en una casa municipal. Su carrera política la llevó al Polo Democrático, la oposición de izquierdas en el arco político colombiano, y de ahí a la intermediación en temas de igualdad de la Organización de Estados Americanos. Pero cuando llega a casa, descansa, charla con su perro, del que asegura que también es gay, y se marcha a hacer la calle, ya no a ejercer sino a ayudar a sus compañeras. ‘En Bogotá muere una chica trans cada semana y los motivos son tantos como homófobos hay en la ciudad’.



El problema es nacional, ‘y en el Caribe la cosa es peor’, pero a ver quién es el valiente que se interna en los peores barrios de Barranquilla para poner orden. Los sospechosos se parecen demasiado a los de Cali. ‘La policía nos agrede con frecuencia, los clientes se sienten culpables por algún trauma que ni nos va ni nos viene y entre todos te mandan para el más allá’. El discurso de Diana es ágil, atractivo, su oratoria es sobresaliente y su determinación, de matrícula. En el descansillo de su puerta se pudre una rata desde hace días y nadie hace nada por darle cristiana sepultura. Diana también le grita a los jefes de la policía de Bogotá, y dice que aunque no lo parezca se están produciendo avances. Al menos ya se habla del tema y comienza a germinar la idea de que matar a una chica trans es matar a un ser humano. ‘Claro que no es un gran avance porque no podemos ser nada más allá de putas o peluqueras, que parece que son los dos empleos que nos corresponden’.



La transexualidad sigue siendo la gran desconocida, la temida, la cara extraña y folclórica de la homosexualidad. En España se paga con marginación, con desconfianza y extrañeza. Pero hay otros lugares donde se paga con la misma vida. En Colombia, sin ir más lejos. Personas y entidades como Las Regias, con su pléyade de estrellas de barrio, La Madison, La Valeria, Joselyn, la Fundación Santamaría con Pedro al frente, Gissella y las amigas que se reúnen frente a la tumba de un desconocido astrónomo del siglo XIX, la exuberante y deslenguada congresista Navarro, todas ponen un granito de arena para que el futuro traiga algo más de tolerancia. Por ello claman incluso las cientos de chicas trans degolladas y acribilladas a balazos que pasan de recorrer las calles colombianas a engrosar una triste y gris lista de asesinatos sin resolver. A pesar de todo, Diana no se arrepiente de lo vivido y tal vez por eso mismo sentencia: ‘no puedo renegar de nada de lo que he vivido porque todo lo que he conseguido ha sido gracias a que soy negra, marica y puta’.

Putas o Peluqueras es un documental realizado por José Luis Sánchez Hachero y Mónica Moya, una producción de Yageproducciones. Aquí puedes ver el trailer: 


Y aquí este mismo texto en la revista Http:

http://www.grupoeducom.com/descargas/hachetetepe_n3.pdf



©José Luis Sánchez Hachero
sanchezhachero@hotmail.com

viernes, 11 de noviembre de 2011

Viaje a Gori, la cuna de Stalin

A finales de 1936, Yekaterina Zdhugashvili recibió la visita de su hijo, Iosif, un raro evento porque el pequeño Soso, como le llamaban en su infancia, no tenía mucho tiempo para la familia. La anciana Yekaterina vivía en Tbilisi, la capital de Georgia, en una miserable habitación con un catre negro en un enorme palacio. El pequeño Iosif venía acompañado de guardias y ayudantes y la anciana le miraba sin comprender. Ella preguntó: ‘Iosif, ¿qué eres exactamente?’. ‘Secretario del comité central del partido comunista’, le respondió Soso, pero su madre le miró nuevamente sin comprender. ‘Mamá’, le dijo comprensivo, ‘¿recuerdas a nuestro zar?, pues bueno, soy algo parecido a un zar’. La madre asintió y siguieron hablando de otras cosas. Cuando se despidieron, ya en la puerta, Yekaterina le dijo: ‘de todos modos, es una lástima que no te hicieses cura…’

¡¡Quién más sino su madre podría decirle a Stalin que prefería verlo de cura que de jefe supremo de los comunistas de todo el mundo!! Aquí lo tienen de adolescente, con cara de mal tipo, flanqueado por sus padres, la piadosa Yekaterina, su esforzado padre zapatero...



Siempre me ha fascinado la figura de Stalin por la fuerza que desprende un personaje capaz de generar tanto terror y, al tiempo, sumisión. En la historia encontramos muy pocas figuras capaces de unir sentimientos tan dispares. Calígula, por ejemplo, un psicópata con el mayor poder de su tiempo en sus manos, aunque con una diferencia crucial: los romanos se aburrieron del emperador y lo mataron. Stalin murió víctima del pánico que despertaba entre sus aterrorizados vasallos: ningún soldado se atrevió a abrir sin permiso la puerta tras la que agonizaba. Cuenta Zhores Medveded en su libro ‘El Stalin desconocido’, que la guardia personal de Stalin esperaba ansiosa junto a la puerta una orden para comenzar la actividad diaria pero las horas pasaban y no escuchaban movimiento alguno en la alcoba. Así pasaron todo el día y a las diez de la noche los ayudantes daban ya muestras de desesperación. Los soldados se acusaban unos a otros de cobardes por no golpear la puerta, los ayudantes estaban al límite de sus fuerzas, de la habitación no salía un sonido y ya eran las diez y media. Por fin, Lozgachev, uno de sus empleados, se decidió. El atrevimiento hizo sudar a sus compañeros más que la estampa que hallaron en su interior: Stalin yacía en el suelo, el cuerpo frío y paralizado, víctima de un derrame cerebral. El dictador llevaba más de doce horas sufriendo un colapso y aún pasaron otras tres antes de que llegara un médico. Stalin ardería pronto en los infiernos...



Resulta cuando menos extraña esta muerte, y muy discutida por historiadores y estudiosos del fenómeno soviético. Aunque no por dudosa está menos aceptada y, de no ser cierta, debería de serlo para que uno de los mayores dictadores de la historia tenga, él también, su paradoja. Otra versión, que encaja igualmente en una muerte paradójica, sería la de que fue envenenado por su lugarteniente, el infame Laurentius Beria, georgiano como él y responsable de ejecutar gran parte de las purgas. Lo importante es que Stalin murió y lo hizo agonizando durante larguísimas horas, una pequeña muestra del sufrimiento que desparramó por medio mundo.



Stalin no nació de acero, como indica su apelativo (Stalin: hombre de acero), sino de carne, y de carne pobre y olvidada, hijo de un zapatero y una piadosa mujer, Yekaterina, que frecuentaba tanto a los popes y las capillas que entre los vecinos corrió incluso el rumor de que el pequeño no era hijo de su padre sino, más bien, de la Iglesia… Iosif Visarianovich Zdhugashvili nació en Gori, Georgia, un lugar que si hoy día tiene pocos atractivos más allá del museo que honra la memoria de su vecino más ilustre (ilustre por decir algo), a finales del siglo XIX debía de ser algo muy cercano al último lugar del mundo. Porque Gori, cuando anochece, apenas tiene luz, las farolas no brillan, el frío de octubre se mete por las rendijas de la ropa , los hoteles permanecen anclados en el tercer quinquenio y encontrar una cafetería donde dejar pasar las primeras horas de la noche es una tarea factible pero tenaz. Las calles encharcadas, embarradas, gélidas, los edificios que son un canto al más feo bloque soviético, la cercanía de la última guerra, en 2008, cuando el ejército georgiano cargó contra la cercana Osetia del Sur, apenas a una veintena de kilómetros de aquí, y perdió con deshonor y vergüenza. Los bombardeos rusos la tomaron con Gori y destrozaron, qué casualidad para la patria de Stalin, tan sólo los apartamentos más humildes. 

la casa de Stalin en Gori


Georgia es el único país del mundo que tiene entre sus fronteras dos avenidas principales dedicadas a dos seres antagónicos. En Tbilisi el recién llegado accede al centro de la ciudad desde el aeropuerto gracias a la Avenida Georges W. Bush. En Gori, la avenida Stalin conduce sin pérdida al enorme edificio que alberga el museo sobre la vida del dictador. Georgia sufre para mantener el extraño equilibrio que le lleva a denunciar la ocupación soviética sin mencionar a su paisano Stalin, Georgia sufre de rusofobia pero recuerda con suspiros los tiempos en los que el de Gori dominaba el mundo. Georgia no sabe muy bien qué hacer con él. Tal vez por eso, a medio camino entre la admiración velada y el interés económico, Gori vive, prácticamente, de su agricultura y de su museo.





A las puertas del museo, madres con niños, turistas rusos y europeos, curiosos georgianos. Y, por supuesto, una estatua de Stalin: la última estatua oficial que queda en el mundo, obra del escultor Mikitidze Shota y los arquitectos Archil y Zacarias Kurdiani, una talla que el gobierno no se decide a retirar por miedo a los vecinos de Gori, que siguen viendo en su antiguo vecino al más genial estadista de todos los tiempos. Como mucho, la retiró de su ubicación original, frente al ayuntamiento, para colocarla aquí, a las puertas de su Ensalzamiento Nacional. 




La recepcionista, nada más verme, decide que soy francés y me busca una guía en esa lengua. También hay guías en inglés y en ruso y parece que trabajan bastante porque la mía, Tania, se acerca al trote, sonriente pero con aspecto cansado. ‘Hola’, dice en un francés claro y simple, ‘voy a mostrarle la vida de nuestro hijo más universal, Iosif Ddhugashvili’. 


El paseo es un curioso deambular por la vida del pequeño Soso, aquí su madre en una foto en blanco y negro que no la deja en muy buen lugar, en esta otra foto podemos verlo con el resto de alumnos del colegio al que asistía, ‘Stalin es el más bajito’, advierte Tania convencida del guiño de la historia con la estatura del dictador.



Tania desgrana la infancia de Stalin mientras me lleva de sala en sala, salas que son salones, de techos altísimos, acristalados, paredes repletas de fotografías, vitrinas con recuerdos del Padrecito. En la fotografía de grupo colegial Stalin no destaca para nada del resto de sus compañeros: bueno, sí, es el más bajito. Un niño bajito hijo de un humilde zapatero. Tania sonríe otra vez. ¡Qué ocurrencias las del destino, Stalin bajito, hijo de un zapatero, estudiando en el seminario! Iosif no terminó los estudios del seminario de Tbilisi, ardiente como tenía la sangre de revoluciones e injusticias pero esos años de su vida dan para mucha conversación.

Un zapatero de Gori, como el padre de Stalin


Tal vez para espantar la imagen de un anónimo pope de provincias con sus barbas negras y espesas, Tania me muestra la foto de un joven y apuesto Iosif. Con su barba descuidada y sus patillas rocieras, el pañuelo al cuello y su flequillo desbocado, ahora cuesta menos imaginarlo en actitudes malvadas. Parece que las palizas de la policía zarista le han endurecido y que las frecuentes deportaciones que ha sufrido a Siberia comienzan a moldear la figura despiadada en la que habría de convertirse años después. Pero Iosif aún es Soso, un apelativo tan normal en Georgia para los mozalbetes que lo encuentro dibujado en paredes, en graffities callejeros, lo escucho en los bares. Pero Iosif ya ha empezado a cambiar y a sus nuevas amistades se presenta como Koba.




Un atrevimiento eso de Koba que robó a Alexander Kazbegi, un escritor georgiano del siglo XIX que escribió El Patricida y creó, sin saberlo, el alias que habría de elegir décadas más tarde uno de los líderes más sangrientos de la historia. Koba era, en el mundo de ficción, un fuera de la ley con un fuerte sentido del honor que toma severa venganza de la muerte de un amigo asesinando a un gobernador ruso que ha devenido en déspota. Un héroe, un ejemplo para los georgianos de a pie, un georgiano de pro capaz de lo mejor y de lo peor. Como Iosif. Claro que lo mejor de Stalin aún se discute y hay que alejarse mucho de la humanidad para valorarlo como estadista. En todo caso, el de Gori nunca tuvo un ápice del honor que Koba representaba. Tal vez por ello en 1913 lo repudió para adoptar el sobrenombre que le daría la eternidad: el hombre de acero.



Ya se adivina cierto cambio incluso en sus facciones. El muchacho de cierto atractivo que pasaba días enteros recluido en una imprenta ilegal excavada en un pozo a veinticinco metros bajo tierra para expandir el comunismo por todos los rincones de Georgia, el muchacho que aún recuerdan en la estación meteorológica de Tbilisi con retratos y muebles que alguna vez rozaron su carne, ya no es Koba. Sus intenciones se vuelven oscuras con cada detención, con cada paliza en los calabozos, con cada deportación a Siberia. Stalin tiene ya cara de perrito pachón, una sonrisa amplia bajo su holgado mostacho, su flequillo inmaculado y alisado hacia atrás, sus ojos duros y su gesto paternal.

El demonio hecho carne.



Iosif abandonó Georgia para pelear por el sitio que la historia le deparaba. Tani sigue entusiasmada enseñándome recuerdos. ‘Stalin creó Pravda’, sonríe, ‘Stalin organizó el partido comunista en Moscú’, abre muchos lo ojos, ‘Stalin ganó la segunda guerra mundial’, Tania parece cerca del orgasmo histórico, ‘Stalin, Stalin…’. Pero Stalin hizo muchas más cosas que esas: vació a su camarada Vladimir, el revolucionario teórico que soliviantó medio planeta con su verbo incendiario, desgastó a León, su compañero de discusiones al que envió primero a Abjasia a recuperar su salud y persiguió luego hasta México para abrirle el cráneo con un piolet a través de un anarquista catalán, Stalin se hizo con tanto poder que ninguno de sus camaradas estaba seguro jamás. Tanto pánico generaba el secretario del partido que sus compañeros de parlamento tomaban nota de sus gazapos y equivocaciones en los discursos, para repetirles fielmente y que nadie pensara que corregían al querido líder.



Esto sin contar con el destino final de los Romanov, de sus allegados, ni de tantos mencheviques, y mucho menos de la guardia blanca, y de los comunistas que tachó de reaccionarios antes de enviarlos al frío blanco de la nieve ártica. También pasan ante su máscara fúnebre, solemne sobre un cuidado fondo rojo, los cadáveres de los millones de ucranianos muertos de hambre y frío, los cientos de miles de chechenos, de ingusetios, turcos, circasianos o daguestaníes enviados a los desiertos kazajos del Asia Central en trenes sellados que vomitaban carne putrefacta en las estaciones término. Ante su último retrato, encajonado en su ataúd, veo también a los ciudadanos normales denunciados por envidias de vecindario, a los héroes de guerras traicionados en su retiro, a los intelectuales que pensaron más allá del estalinismo, a los trabajadores del gran canal del Mar Blanco, y a los compañeros de Solzenitshin en sus retiros de Vorkutá o Kolimá. Tampoco mencionan la parálisis que sufrió el gran estadista cuando le aseguraron que Hitler enviaba tropas para invadirlo, ni que esa parálisis propició la invasión y muerte de millones de compatriotas, ni que tan sólo la nieve y el más capaz de sus hombres, el mariscal Zhukov, pudieron detener a la Wermarcht antes de tomar Moscú.



Tania no recuerda estas minucias y vuelve al Stalin mozo y guaperas, al mapa que recoge sus idas y venidas de Siberia a Moscú, sus abrazos con mitos del comunismo: aquí con Molotov, en esta con Kamenev, en aquella besa a Krushev… Y en esta otra, desgrana Tania, con Mao Zedong, allá con Churchill, en esta con el ministro plenipotenciario de la Gran Bretaña, sir Anthoy Eden, más allá con el mismísimo Roosevelt, este es Zhukov, el victorioso general en la guerra contra Hitler.


vecinos del Gori actual

Stalin como estadista, como santón ortodoxo, como historia viva, como ídolo erótico de Tania y de los vecinos de Gori. Y de fuera de Gori porque en Batumi, ciudad de mayoría turca a orillas del mar Negro, aún se levanta la casa que Stalin ocupó en sus inicios revolucionarios, guardados con fervor sus pertenencias, un tanto descuidada la casa, eso sí, y a merced de gallos y gallinas que picotean con desinterés a los pies del busto del Secretario del comité central del partido comunista de la URSS.


Casa de Stalin en Batumi, Georgia


Tania continúa su peregrinar por entre las pertenencias, la foto de Life como hombre del año de 1943, ‘la única que pudieron tomarle lo suficientemente cerca como para notarse claramente la viruela que le afectó de niño…’. ¿Y las purgas, los gulags, las matanzas?, le pregunto a la entusiasta defensora de Stalin. ‘Por supuesto’, baja los ojos horrorizada, ‘venga, acompáñeme’. Bajamos una escalera flanqueada por estatuas del inefable georgiano hasta llegar a una habitación a ras de suelo, como disimulada: es la habitación del 37, año de apogeo de las purgas que medio vaciaron al partido comunista, al ejército y al país. Dentro, en un ambiente frío, una celda de aspecto desagradable, paredes con ladrillo visto y manchas de humedad, ropa colgada, alguna foto mohosa de presos. La tristeza invade el lugar, y tan sólo dos referencias notables: Yezhov y Laurentius Beria, los brazos ejecutores de las purgas soviéticas que costaron millones de vida.

¡Stalin no tomó parte en este desagradable asunto!

¡Cómo podría, por otra parte, un estadista de su talla que era el más bajito de su promoción y aspirante a cura!

¡Si uno sale pensando que Stalin comenzó incluso la desestalinización!



Fuera, en el jardín, el museo continúa. Está su tren, blanco y verde, su vagón blindado con el que viajaba por la estepa rusa, con el que llegaba a Europa y se internaba en el interior de la Gran Rusia. Aquí su bañera, me enseña una cansada ya Tania, los suelos forrados de elegante madera, ese es el inodoro de Stalin, y aquella su ducha, la visita adquiere ribetes escatológicos y temo que guarden, congelada, alguna deyección del estadista. El vagón se acaba pronto, su sillón, su mesa de reuniones, su cama, su cocina. Tania se despide con prisa y una sonrisa, satisfecha de enseñar a un turista un breve recorrido por la vida del más genial de los estadistas de la historia universal, el único que logró convertir a la atrasada y medieval Rusia en la gran potencia mundial, capaz de poner al primer hombre en el espacio o de conquistar medio planeta.

 



Una figura que algunos insultan por un quítame allá esos muertos. Cuarenta millones, según algunos cálculos.

A los pies del museo descansa, arrancada de cuajo de su barrio original, la casa del pequeño Soso. Una casa que es sólo una habitación, y una habitación pequeña. Una estancia limpia y aseada, una diminuta porción de las grandes dachas que el dictador mantuvo luego diseminadas por toda la geografía soviética. Una habitación donde apenas caben tres personas, él y sus padres. 



El barrio desapareció pero los soviéticos no permitieron que la casa de su amado líder desapareciera y ahora está ahí, como un museo al absurdo, la casa donde nació Stalin. Veinte mil personas ven cada año esta casa, aquellas fotos, aquellos recuerdos personales, la guerrera, sus puros, sus diarios, sus regalos, su lámpara.










En 2008, la guerra entre rusos y georgianos por Osetia del Sur, como decía, tuvo lugar a pocos kilómetros de aquí. En el transcurso de los bombardeos con que el ejército de Moscú castigó a Georgia muchos misiles impactaron en Gori. La mayoría en los apartamentos de vecinos humildes, algunos en instalaciones militares. Uno de ellos cayó cerca de aquí, de la casa de Stalin. Hubiera sido un buen fin de fiesta para el pequeño inmueble: la casita del líder soviético más universal destruida por los rusos en un enfrentamiento con sus compatriotas…


La casa de Stalin, arrancada de cuajo de su barrio en Gori


Referencias: 

- 'El Stalin desconocido', Zhores A. Medvedev y Roy Medvedez, Editorial Memoria Crítica
- 'The Caucasus', Thomas de Waal, Oxford Uninversity Press
- 'La corte del zar rojo', Simón Sebag Montefiore, Memoria Crítica

©José Luis Sánchez Hachero
sanchezhachero@hotmail.com

miércoles, 9 de noviembre de 2011

Viaje al Nagorno Karabagh, o República de Artshak


Al Alto Karabagh sólo se accede por una estrecha carretera comarcal tras atravesar un puesto fronterizo en una remota montaña del sur de Armenia. Es lógico que sea así porque es la única entrada a un país que nadie reconoce. En la divisoria de los dos estados un soldado supervisa el escandaloso visado que la representación internacional del país fantasma me ha pegado en el pasaporte. El permiso se obtiene en la capital de Armenia, Erevan, el único lugar donde es posible encontrar una representación diplomática de este gobierno fantasma. Instalados en un edificio de aspecto neoclásico, la embajada ya prepara para lo que se encontrará el visitante en el país: salas vacías, escaleras desiertas y una herencia soviética en forma de burocracia que obliga al turista a bajar y subir de planta repetidas veces para cumplimentar los requisitos del formulario.



En un mástil de la supuesta frontera ondea solemne la bandera de la República de Artsakh, como se autodenominan, exactamente la misma que la de sus vecinos armenios con tan sólo una incisión en un lateral. ‘Algún día seremos un solo país y quitaremos esa esquina’, dice el uniformado mientras me mira curioso: son pocos los turistas que se aventuran hasta aquí y, por lo que parece, mucho menos españoles. La carretera comarcal tiene aquí otro apelativo: es una autopista, y además de atravesar impresionantes montañas nevadas y tormentas de aguanieve se interna durante unos kilómetros en territorio enemigo: Azerbayan. Es una de las fronteras más peligrosas del mundo porque en cualquier momento pueden revivirse los episodios de los años noventa en los que el Alto Karabagh era sinónimo de guerra. En Erevan tratan de tranquilizarme: ‘no se preocupe usted porque no esperamos que haya hostilidades hasta que pase el festival de Eurovisión…’. La próxima edición se celebra en Bakú, la capital del enemigo, y a nadie se le escapa que los azeríes no están interesados ahora en una guerra que pueda ensuciar su imagen internacional…

Soldados armenios patrullando por las calles de Agdam


Han pasado veinte años desde que el 10 de diciembre de 1991 los vecinos de esta región, habitada entonces mayoritariamente por armenios cristianos pero incluida por los soviéticos en los límites de la musulmana Azerbayan, votaron en referéndum abrirse al mundo como un país independiente. Una independencia que sólo reconocen Osetia del Sur, Abjasia y Transnistria, otras tres aspirantes a naciones que tampoco nadie admite. Dos décadas después de aquella proclamación que les costó la enésima guerra, el proyecto resiste contra viento y marea, con un ojo puesto en sus vecinos azeríes y otro en la demografía. Ciudades medio vacías, pueblos desérticos, campos sin apenas campesinos y carreteras surcadas sobre todo por vehículos militares. El país que nadie reconoce amenaza ruina y pocos responden al llamado nacional para repoblar la región. El censo oficial asegura que alrededor de 140.000 personas pueblan esta montañosa región de tierras negras (Karabagh es una palabra turcoiraní que significa Jardín Negro) pero basta un paseo por sus algo menos de cinco mil kilómetros cuadrados, la superficie de La Rioja, por ejemplo, para caer en lo evidente: faltan vecinos y los que están son tan mayores que no vivirán mucho tiempo más.

Obreros trabajando en una calle de Shushi


Armen nació en Marsella, nieto de armenios expulsados a principios del siglo XX por el genocidio turco de la región de Estambul. ‘Envidio a los judíos’, me cuenta, ‘porque ellos tienen la meta de vivir en su tierra original, Israel, mientras que los armenios no son capaces de lanzarse a repoblar la cuna de sus antepasados y prefieren lavar su conciencia enviando dinero’. Apenas tres millones de armenios viven dentro de las fronteras de su país, incluida aquí esta nación sin amigos, mientras que repartidos por todo el mundo viven más de ocho millones: casi el triple. El Nagorno Karabagh les ofrece grandes extensiones de terrenos fértiles, montañas nevadas, arroyos caudalosos y densos bosques pero también la posibilidad de revivir alguna de las frecuentes carnicerías que forman parte de su historia, remota y reciente. No hay ciudad que no presente cicatrices en sus calles ni familia que no tiña de negro la ropa de sus tendederos.



Agdam está prohibida para los turistas, a pesar de que en algunas guías de viaje se anuncia como un atractivo más de la región. ¡Y lo es, cómo no serlo! Apenas a media hora de camino de la capital, Stepanakert, se levanta la mayor ciudad azerí del país: Agdam. Poblada en su último día de vida con más de cien mil habitantes, hoy simboliza la agonía de la República de Artsaj y ofrece la estampa más desconcertante y deprimente del Cáucaso. Situada en territorio de Azerbayán invadido por el ejército armenio como colchón de seguridad para evitar ataques a las poblaciones del interior, Agdam ocupa una amplia extensión de terreno en la que no se mueve nada más que las ramas de la maleza. Desde que todos sus habitantes fueron obligados al exilio y los paramilitares armenios la saquearan, las casas se han desplomado, las carreteras languidecen con enormes baches llenos de agua, la vegetación escapa impetuosa por las ventanas sin marcos, la urbe presenta una extraña estampa que superpone la Hiroshima de la bomba atómica con las ruinas mayas de Chiapas. Tan sólo la mezquita mantiene el tipo, sus dos soberbios minaretes elevados al cielo en una muda súplica, esperando a unos fieles que no vendrán jamás. A sus pies, un batallón de soldados armenios se divierte tomando una foto del grupo con un teléfono móvil.



Me detengo paralizado porque el gobierno de Stepanakert prohíbe la entrada a los turistas, y mucho mas a la prensa extranjera: estamos en territorio ocupado donde, de cuando en cuando, aún se producen disparos lejanos que cuesta alguna vida. Para más inquietud, el terreno está minado y las pocas paredes que resisten en pie pueden derrumbarse sobre cualquier caminante incauto. Una pareja de periodistas occidentales, ella española, fue detenida meses atrás y borradas todas sus fotografías. El delito: pasear por estas desoladas calles. Sin embargo, los soldados, aburridos de largos meses de guardia en una ciudad vacía, se divierten con el único pasatiempo posible: un turista. Tigran es un soldado originario de Stepanavan, en la frontera armenio georgiana, que dice llevar un año y cinco meses por la región: ‘sueño con una fiesta en una ciudad pero ya sólo me quedan siete meses’. Siete meses en una ciudad vacía es mucho tiempo, le digo, y me mira con ojos de condenado.

El autor con soldados armenios en Agdam

¿Es posible subir al minarete de la mezquita?, les pregunto, y todos asienten al unísono: ellos ya lo han hecho mil veces. Y se nota. El interior está en ruinas, con pintadas en armenio por doquiera, excrementos, colillas, latas de cerveza. Desde lo alto de la torre se divisa la devastación con una escalofriante perspectiva. Hasta el horizonte sólo se distingue destrucción: ruinas de lo que debieron ser palacetes, ruinas de lo que debieron de ser casas corrientes, ruinas y más ruinas. Hasta perderse en lontananza. Desde el verano de 1993, cuando sus habitantes huyeron al imponerse el ejército armenio en la guerra del Alto Karabagh, nadie más que saqueadores y soldados han pasado por sus calles. Los paramilitares armenios destruyeron a conciencia una ciudad desde la que el ejército azerbayano había castigado a la población civil enemiga: desvalijaron sus edificios, minaron sus calles, quemaron barrios enteros y dejaron los restos como una advertencia a los azerbayanos: jamás cederemos la región.

Agdam

‘Agdam estaba destinada a ser campo’, asiente Armen en su vivienda de Shushi, la segunda ciudad del Alto Karabagh. Los armenios guardan un resentimiento extraordinario a sus vecinos, a los que despectivamente llaman ‘turcos’, una palabra ofensiva para un pueblo que vivió a manos del extinto imperio otomano un genocidio que acabó con un millón y medio de sus antepasados y que dispersó a su raza por los rincones más apartados del planeta. Agdam resultó una punta de lanza de la rivalidad armenio-azerí a principios de los noventa. En sus calles se parapetaron hasta cinco unidades de militares irregulares de Azerbayan, cinco unidades anárquicas que funcionaban de manera espontánea e independiente y que, en ocasiones, incluso peleaban entre sí. Tan sólo coincidían en el enemigo general, los armenios, y la ciudad se convirtió en la pesadilla de las aldeas armenias de la región. Eso sí, la organización era tan distinta que mientras los guerrileros armenios pegaban en las paredes de sus campamentos las fotos de sus héroes muertos en la batalla, los azeríes de Agdam ponían pósters de mujeres desnudas...




Desde estas calles salían comandos paramilitares dispuestos a matar, volaban misiles con rumbo a las montañas y a la misma capital, Stepanakert. Agdam se convirtió en sinónimo de odio y de turco para los armenios y cuando la conquistaron no tuvieron la más mínima piedad. 'Agdam estaba destinada a ser campo'. En los saqueos posteriores a su caída, camiones iraníes incluso cargaron cientos de kilos de pétalos de rosas de los frondosos jardines de la ciudad para hacer jabón: el expolio fue total.




La ciudad de acogida de Armen, Shushi, fue la ciudad más importante del Cáucaso en su momento, cuna de poetas, comerciantes y políticos, punto clave en la ruta de la Seda, ciudad de iglesias y mezquitas, palacios y una vibrante vida social y artística. Hoy no queda apenas nada. Durante la última guerra, los azeríes expulsaron a los georgianos, destruyeron sus viviendas y bombardearon la cercana capital con misiles Graz aprovechando la ubicación del enclave, construido sobre una tortuosa colina y a tiro de piedra de la ciudad adversaria. La destrucción que causaron fue tan grande que cuando posteriormente la retomaron los armenios, expulsaron a los azeríes y destruyeron sus barrios.

Shushi

La Shushi de hoy apenas guarda recuerdos de aquellos tiempos en los que las caravanas de mercachifles provenientes de la China descansaban en su caravanserais. Sus apenas cuatro mil vecinos habitan en un puñado de edificios de apartamentos de corte soviético, monumentos al mal gusto, medio destruidos por tanto conflicto y apuntalados como único acondicionamiento. Mientras, y a su alrededor, los barrios azeríes abrazan la ciudad en un desesperado intento por no caer en el olvido.






Aún son visibles las paredes historiografiadas en el interior de los palacetes burgueses, los balcones de madera minuciosamente tallados y ahora desfondados por algún incendio, las grandes puertas, las escalinatas, los jardines que un día debieron de ser frondosos, ordenados, y hoy son sólo frondosos. Las calles están vacías, tan sólo de cuando en cuando la cruza un niño en una bicicleta, o dos críos con un balón, pequeños con una ciudad entera a su disposición para hacer travesuras. En una calle comida por la maleza se mantiene en pie una mezquita: está llena de excrementos de vaca porque hoy es un establo.



A pocos metros otra mezquita aguanta mejor el paso del tiempo y del abandono: es una obra demasiado importante incluso para los armenios, que la han vallado para evitar saqueos, aunque demasiado tarde. En su interior alguien ha tallado pacientemente una brillante cruz en una columna de piedra y en las paredes no queda ni un azulejo de lo que debió ser un templo referencia en la región. Por estas calles, hoy a medio derrumbar, compuso sus poesías  el gran bate Vagif, murió asesinado Agha Mohammed Khan, en su momento sha de Persia, y, en su última batalla contra los armenios, organizó la defensa de la ciudad Samil Basayev, el célebre guerrillero checheno. Cada esquina desprende historia: la muralla, del siglo XVIII ordenada por Panakh Khan, un azerí casado con una armenia, sus diez caravanserais, construidos para dar un descanso a las caravanas de la ruta de la seda, las escuelas de música...



Todo ardió en 1905, en la primera guerra entre tártaros (los azeríes entonces eran tártaros) y los armenios, y luego volvió a arder en 1920, ahora a manos de los musulmanes, que acabaron con la vida de al menos 500 armenios y dejaron la ciudad convertida en un solar. La destrucción de 1992 tuvo sus ribetes absurdos: los azeríes vendieron la campana de la iglesia mayor, que acabó en Ucrania. Los armenios, como réplica, vendieron las estatuas de bronce de los prohombres azeríes, la poetisa Natevan, el bado Bul Bul, el compositor Hajibekov, estatuas que acabaron en Bakú... Ruina quemada sobre ruina quemada, eso es Shushi, pero ruinas con esperanza y con vecinos que sueñan con darles vida.





Eso sí: Shushi, a diferencia de Agdam, no está destinado a convertirse en campo. En la parte alta de la ciudad, la Iglesia del Salvador luce magnífica y brillante, recién restaurada, sus frescos ortodoxos luminosos y recién terminados, nada hace recordar los tiempos soviéticos en los que el templo fue un depósito de armas o los destrozos que los azeríes infringieron a su carácter sacro. Algo más allá, la iglesia verde, también en un frenesí de obreros que la acondicionan para los pocos feligreses. Los armenios se esfuerzan por recuperar la normalidad y restauran todo lo que en algún momento fue cristiano: el colegio luce estupendo para el apenas centenar de criaturas que le dan vida, una hilera de pareados recibe los últimos retoques. El contraste entre lo musulmán, abandonado, y lo ortodoxo, reconstruido, no deja de ser revelador de la limpieza étnica que se ha producido en la región. Sin embargo, hay dos puntos que no invitan al optimismo: las calles siguen vacías, la mayoría de los obreros debía de haberse jubilado hace muchos años, los jóvenes aspiran a instalarse en otro lugar. No hay negocios locales que animen la economía del remedo de país y la mayor parte de la renta proviene de donaciones del exterior. ‘Si le une la herencia postsoviética de la economía subsidiada a los millones que llueven en forma de donaciones comprenderá usted que no haya mucha iniciativa privada en esta región…’, se queja Armen.

barrio azerí de Shushi visto desde la mezquita de la parte baja de la ciudad
Armen sigue mirando a Israel. ‘Los judíos apoyan los asentamientos en territorios palestinos’, dice con admiración, ‘desmantela uno para calmar la opinión pública internacional pero mientras tanto ha levantado otros diez’. En cambio, la República de Artshak permanece desierta, con una sangría que nadie cuantifica porque incluso el censo se ha quedado anticuado. Los armenios de la diáspora no vienen como esperaban los vecinos, que preveían una catarata de colonos a la usanza del antiguo Oeste americano, y los jóvenes prefieren la emigración que luchar por una tierra en permanente peligro de guerra. Una realidad hiriente para personajes como Armen Rakedjian, que dejó su Marsella natal para instalarse en el hogar de sus antepasados con su esposa, Cristina Manian, rumana de origen armenio, y un amigo libanés, también armenio del exilio. Los tres encabezan el ideal de su pueblo, dinámico y emprendedor, pero, a diferencia de ellos, poco dispuesto a abandonar sus vidas en países como Estados Unidos, Francia o incluso España para comenzar una azarosa existencia en unas montañas lejanas enclavadas en mitad de la nada. Por mucho que esa nada fuera la cuna de sus ancestros.




Armen, como sus compatriotas, rechaza el regreso de los desplazados azeríes a sus casas, una de las peticiones internacionales para comenzar una negociación: ‘ni hablar’, dice rotundo, ‘¿podrán volver los desplazados armenios a Azerbayan? No, y en el Karabagh tenemos más de veinticinco mil. No: pues no hay más que hablar, aquí no queremos turcos’. Armen intenta dinamizar a sus vecinos pero Aghmen, un libanés hijo de exiliados por el genocidio turco, reconoce que es casi imposible: ‘la gente aquí no se mueve por nada, no tienen motivación’. Pretenden establecer proyectos turísticos que aprovechen sus magníficas montañas, crear una infraestructura para el trecking, el turismo de naturaleza, la agricultura ecológica y experimental. Pero los jóvenes siguen soñando con establecerse en Francia o en Nueva York. La expectativa en el Alto Karabagh sigue siendo inviernos helados, carreteras maltrechas, cortes de luz y la guerra en el horizonte. ‘No tenemos la menor duda de que cuando Azerbayan se sienta lo suficientemente fuerte como para vencernos, habrá otra guerra: pero aquí estaremos nosotros, para hacerles frente y vencerles, como hemos hecho siempre’.



Los armenios del Nagorno se sienten como los últimos guerreros de Cristo, la barrera que protege a la cristiandad de las hordas islámicas centroasiáticas, un pulso que dura ya muchos siglos y que ha alternado periodos de convivencia pacífica con los musulmanes y frecuentes guerras con enormes desplazamientos de población y masacres difícilmente narrables por su crueldad. ‘Hay que poner ya un fin a este periodo cíclico de guerras a la que siguen periodos de construcción para iniciar nuevamente una guerra que vendrá seguida, irremediablemente, por más reconstrucción’, asegura Armen. Sin embargo, ese punto final sólo puede tener un escenario, y es el de la derrota definitiva del enemigo. ‘Vivimos en una región muy inestable, cruce de caminos, por aquí pasaba la ruta de la seda, fuimos parte del imperio ruso y después del soviético, aquí se instaló el imperio otomano, y antes de ellos los persas, por aquí cruzó Alejando Magno y tan sólo podemos estar seguros de una cosa: queremos la paz pero la historia nos enseña que si queremos proteger a los nuestros sólo podemos atacar primero’. Con el recuerdo del genocidio turco en la mente colectiva, los armenios no confían en sus vecinos ni para llegar a la paz. ‘Somos especialistas en diplomacia’, recuerda Armen, ‘y esa debería ser nuestra salida, porque tenemos excelentes relaciones con los norteamericanos y albergamos bases militares rusas en Armenia, tenemos unas inmejorables relaciones con los israelíes y también con los iraníes, con los chinos nos llevamos estupendamente, y con Europa Occidental… sólo nos fallan los más cercanos, los turcos…’. En realidad, azeríes y armenios han estado a punto de llegar a acuerdos de mínimos en varias ocasiones pero el clamor popular es demasiado fuerte para que ninguno de sus dirigentes se atreva a hacer alguna concesión. A lo máximo que han llegado a estampar sus firmas en un acuerdo en el que se comprometen a llegar a un acuerdo algún día.




En Stepanakert, la capital de este estado de opereta, la actividad parece frenética en comparación con el resto del territorio. Y eso que apenas pasea nadie por su avenida principal. Frente al palacio presidencial una pequeña nube de albañiles se afana en terminar de construir grandes edificios de arquitectura clásica que albergarán nuevos organismos oficiales. Por las calles pueden verse carteles llamando a la celebración del vigésimo aniversario de la independencia. Grupos de jóvenes dan vida a las plazas, colapsan los cibercafés, llenan las dos cafeterías del centro. Pero todos van sospechosamente rapados, vestidos de negro y guardan maneras cuartelarias: son reclutas de permiso, los jóvenes locales siguen en paradero desconocido. En el museo de la nación, Gaiane se ofrece para enseñarme la historia de su país: los  rastros de homínidos, la presencia de hordas tártaras, la rica bisutería de los primeros armenios… ¿y qué hay de la guerra? ‘Eso pasó’, responde molesta, ‘ahora hay que organizar el país para el futuro’, ¿y en esa parte entran los azeríes exiliados, le pregunto casi con miedo. Mi temor era fundado, la pregunta desata la tormenta perfecta, Gaiane cambia su sonrisa por un ceño fruncido, ‘esta tierra es territorio armenio y queremos vivir en paz’, asegura colérica, ‘y eso con los turcos es imposible’. Su gesto se endurece y ahora me pregunta mi interés en Nagorno: en España poca gente sabe que existe este país, le confieso. La caja de Pandora sigue expulsando más mal que bien: ‘Armenia es mucho más antigua que España, ¡a quién le importa lo que pase allá!, yo tampoco conozco nada de ese país’, responde mientras las luces del recinto se van apagando hasta dejarnos en penumbras. ‘Tenemos problemas de suministro’, se disculpa aliviada, ‘vuelva otro día’, se despide no sin antes darme un postrer consejo, 'y no haga caso de lo que se escribe en internet, Azerbayan invierte millones de euros en descalificarnos en la red...'.




A una hora de Stepanakert se alza, majestuoso, el monasterio de Vandzasar, con su iglesia de San Juan Bautista, donde la tradición asegura que se encuentra enterrada la cabeza del primo de Jesucristo. Raíz de la ortodoxia armenia, la primera nación del planeta en abrazar el cristianismo como religión oficial, el monasterio reúne en su interior los elementos que aglutinan el sentimiento de etnia. El obispo oficia en su sencilla cámara los ritos del domingo. Junto a él, un ayudante, un sacerdote que entona una melodía con una feligresa, y yo. Una misa solitaria, lejana, oscura y a ratos emocionante, recargada de artificios rituales, pesados ropajes y una total ausencia de público. El motivo por el que los armenios se consideran armenios y capaces de luchar contra turcos, azeríes y persas si fuera necesario. La mejor metáfora del país: una iglesia ortodoxa, restaurada tras mil batallas contra el vecino musulmán, levantada sobre una colina de tierras negras, erguida bajo la fría lluvia del Cáucaso sur, vacía y sin más público que yo.





Bibliografía: 


- Black Garden, Thomas de Waal, New York Universitary Press
- Crying Wolf, Bennet Vanora, London, Picador, 1998

©José Luis Sánchez Hachero
sanchezhachero@hotmail.com

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