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jueves, 9 de abril de 2015

Viaje a Colombia: tráfico de sangre indígena



El célebre genetista italiano Luigi Luca Cavalli Sforza quiso complementar el Proyecto del Genoma Humano con un anexo monumental: el Proyecto Diversidad del Genoma Humano. Si el primero pretendía estudiar el genoma humano universal, el segundo quería analizar el ADN para inmortalizar la diversidad genética de las distintas poblaciones humanas. En su momento se calificó de 'esfuerzo entusiasta para incrementar nuestro conocimiento de la familia humana: su evolución, historia, diversidad y unidad esencial'. Puedes verlo pinchando aquí.


El mismo  Cavalli lo calificó en 1995 como 'un proyecto internacional antropológico que intenta estudiar la riqueza genética de toda la especie humana. El proyecto aumentará nuestro conocimiento de esta riqueza y mostrará tanto la diversidad humana como su profunda unidad subyacente'. El PGDH comenzó en 1991 con una carta de Cavalli en la revista Genomics (de Cavalli y de otros cuatro científicos) en la que insistía en la necesidad de llevar a cabo un estudio sistemático de la especie humana a nivel genético, una idea que en 1994 adoptó la Organización del Genoma Humano, en aquel entonces en pleno trabajo, y que posteriormente obtuvo financiación de la Fundación Nacional de Ciencias, el Instituto Nacional de Salud (NIH) y el Departamento de Energía, todos ellos de los EEUU. La tarea era titánica, con unos 5.000 pueblos y otras tantas lenguas, y digo lenguas porque Cavlli y los suyos habían estudiado minuciosamente la evolución humana y encontraron en la lengua un elemento crucial. Cavalli pretendía tomar muestras de 500 poblaciones, por un lado muestras de sangre para conformar una reserva celular de ADN, y por otra parte muestras de entre 100 y 200 individuos para hacer estudios genéticos a corto plazo. Aquí puedes leer la evolución del proyecto de Cavall.


Si bien en un principio, allá por 1994, el proyecto recibió un sinfín de apoyos, morales y materiales, no tardaron en surgir críticas que fueron subiendo de tono en boca de activistas de comunidades indígenas que desconfiaron del proyecto. Los indígenas, decían, no veremos beneficio alguno de algo que es tan sagrado para nosotros como nuestra sangre, los indígenas, decían, no comprendemos de qué se trata y por eso los científicos entran en las comunidades disfrazados de enfermeros y nos aseguran que vienen para curar enfermedades pero lo que realmente hacen es llevarse el material genético a no se sabe donde.  Los indígenas reaccionaron a nivel mundial con una carta que puedes ver aquí: Carta de los indígenas en Phoenix,  en la que rechazaron el proyecto en bloque y apelaban a la solidaridad de todos en esta lucha. La discusión no dejaba de ser interesante: los activistas elevan su queja de que no se informa a los indígenas de qué se hace con su material genético, es decir, se les engaña y probablemente si se les revelara sería aún peor porque tampoco entenderían el motivo y se negarían nuevamente. Los científicos, por su parte, resaltan los evidentes beneficios para la humanidad de investigar la carga genética de cada etnia, tribu y pueblo para dibujar un futuro sin enfermedades. La discusión se paseó por medio mundo, saltó de los laboratorios a los congresos, de los despachos de activistas a selvas de todo el planeta y finalmente pareció diluirse hasta desaparecer tragado por la polémica y por el supuesto uso económico que algunos listillos estaban haciendo de tan loable fin. Sin embargo en esta página se asegura que sigue y que sigue generando nuevas conclusiones (se supone que estrictamente científicas, aunque ¿quién sabe?). En 1998 publiqué unas páginas sobre el tema en la revista española Tiempo en el que se describía cómo estaba el tema en ese momento (es el texto a continuación). Casi dos décadas después, el proyecto se esconde, se escurre, sigue siendo polémico y sigue ahí, en la sombra...



'Desde el mal llamado descubrimiento de América las grandes potencias de Europa han saqueado los distintos recursos naturales de este continente, a las que se unieron los Estados Unidos y las trasnacionales', dice el profesor Luis Guillermo Vasco, de la Universidad Nacional de Colombia, 'y ahora han encontrado algo más: la diversidad biológica, un nuevo recurso para su explotación y enriquecimiento...'. La denuncia sonaba extraña aunque coincidía con la que hacían algunos grupos de indígenas sobre una forma muy sutil de explotar las posibilidades que ofrecen los tesoros aún ocultos de los pueblos aborígenes de todo el mundo: los indígenas colombianos denunciaban que durante años habían sufrido un expolio biológico y temen las consecuencias que la manipulación de su material genético pueda tener.


A principios de los años 90, un grupo de científicos y profesores de universidades de EE.UU y Europa conformaron el proyecto Diversidad del Genoma Humano con el objeto de dibujar el cuadro de la estructura genética del hombre. El propósito de ese ambicioso proyecto consistía en encontrar las causas de numerosas enfermedades y desarrollar nuevos tratamientos curativos. Esta idea nació con una lista preliminar de 722 pueblos indígenas (entre 10.000 y 15.000 personas) de los cinco continentes. A raíz de la celebración del Quinto Centenario del Descubrimiento de América los laboratorios genéticos de las universidades Nacional, Javeriana y de Antioquia, que llevaban quince años trabajando en temas similares, se sumaron a estas recolecciones genéticas.


Así se inicia, desde la jesuita Universidad Javeriana, la segunda etapa de la Expedición Humana, en la que 'con el pretexto de ayudar a nuestros pueblos enfermos', me comentaba Lorenzo Muelas, senador de la República de Colombia e indígena guambiano, 'tomaron muestras de nuestra sangre'. Los indígenas, siempre según el senador, se dejaron extraer las muestras confiando en que por fin había alguien dispuesto a llenar el tradicional abandono en el que el estado mantiene a estas comunidades, pero jamás les fue comentado un posible interés en asuntos genéticos. 'Hubo un engaño y una especie de biopiratería del material genético', dice Muelas desde el senado.



De esta manera, unas 35 comunidades indígenas colombianas (además de otras comunidades afrocolombianas) entraron a formar parte de un proyecto apoyado económicamente por la industria privada y los principales laboratorios farmacéuticos. En el boletín informativo del Movimiento de Autoridades Indígenas, que edita el mismísimo congreso colombiano, se citan las siguientes: A.B.C. Laboratorios, Americana de Ampolletas, Ciba-Geigy, Laboratorios Alcon, Allergan, Hoechst, Kholl, Parke-Davis, Pfizer, Specia, Sidney-Ross, Syntehesis, Bayer, Janssen, Stiefe, Medihealth, Abbot, Química Schering, Glaxo, Grunentahl, Upjohn-Unifarma y Química Ariston.

En mayo de 1996 la ONG Rural Advancement Foundation International (RAFI) hizo pública una información en la que se decía que al menos 2.305 muestras de sangre colombiana, el 72% proveniente de indígenas, estarían en posesión del Instituto Nacional de Salud (NIH) de los Estados Unidos. Concretamente del National Institute for Nechrological Disorder and Stroke, una institución perteneciente al NIH.

Embera por Hachero

Este rumor despierta entonces la alarma entre la comunidad indígena porque, según afirma el mencionado boletín, 'muchos investigadores del NIH han renunciado para crear compañías privadas que, aunadas a corporaciones farmacéuticas, están solicitando patentes para lograr el control monopolístico de los genes: esto ha llevado al desarrollo de lo que ya se conocen como 'tiendas de genes', que identifican, caracterizan y comercializan genes humanos y sus productos'. Pero su rabia se origina posteriormente, cuando se dan a conocer dos artículos bajo la coautoría del director del Instituto de Genética Humana de la mencionada Universidad Javeriana, Jaime Bernal Villegas, en los que el rumor se confirma. La aparición de dos artículos, 'Coesistence of human T´Lymphotropic Virus Types I and II among Wayuu indians from the Guajira region of Colombia' (Coexistencia de los virus humanos lifotrópicos I y II en las comunidades indígenas Wayuu de la región colombiana de la Guajira) y 'Human retroviruses in Amerindians of Colombia: High prevalence of Human T Cell Lymphotropic vrius type I and II infection among Tunebo indians' (Retrovirus humanos en los amerindios de Colombia: alto predominio de infección en el virus tipo II de la célula linfotrópica humana T en los indios Tunebo), pone en evidencia, dice el senador, que desde el principio estas prácticas genéticas eran el objetivo de las expediciones.

Para la comunidad indígena ese es ya un paso irreversible porque, de acuerdo con las leyes de los EE.UU y los convenios internacionales, los productos derivados de las muestras se pueden patentar para su explotación comercial hasta por diecisiete años. En 1995, EEUU obtuvo la patente de una línea celular no modificada recogida al pueblo Hagahai, de Papúa Nueva Guinea, que encontraron útil para el tratamiento y diagnóstico de una variante del virus HTLV-1, relacionado con la leucemia y con una enfermedad neurológica crónica degenerativa.


Uno de los artículos arriba mencionados asegura que la sangre de los pueblos indígenas colombianos Wayuú, Embera-Waunana e Inga, es probable que se convierta en la más apreciada para futuras 'cacerías'. Con este hecho, dice el director de la Organización Nacional Indígena de Colombia (ONIC), el indígena Tule Abadio Green, 'EEUU se apropia de la sangre indígena, laboratorios privados se enriquecerán y nadie se volverá a acordar de las comunidades de donde se sacaron las muestras... una vez que inmortalicen nuestras células', dice desde el senado, 'poco les importará que desaparezcamos.. Todos estos proyectos dicen estar interesados en buscar las causas de las enfermedades para encontrarles cura y por eso plantean que se trata de un objetivo altruista que busca el beneficio de todos, pero se trata de una Humanidad que habla de inmortalizarnos antes de que nos extingamos porque prefieren asegurar nuestra riqueza genética en tubos que en la vida misma...'. Además, en una visión un tanto futurista, los indígenas temen que tribus al borde de la extinción total, como los Nukak Makú, de los que apenas quedan 400 individuos, puedan reaparecer gracias a los avances en clonación de individuos.

El Parlamento Europeo trabaja en una directiva que busca establecer una protección legal para las invenciones biotecnológicas. Según los representantes de los indígenas, esta iniciativa permite patentar no solamente elementos o partes de seres vivos sino también animales y plantas, siempre y cuando tengan alguna modificación genética hecha por el hombre. En el Parlamento Europeo no es la primera vez que se trata el tema: en 1995 votó en contra de una propuesta para patentar partes o elementos de seres vivos, aunque la fuerte presión de compañías relacionadas con este negocio no ha permitido relanzar el tema.

Embera por Hachero


Lorenzo Muelas afirma que con la sangre desviada se están creando bancos de genes manipulables con los que potenciar medicamentos que sirvan para reforzar la resistencia a ciertas enfermedades a las que algunos indígenas son inmunes. Este negocio, mediando una patente, permite a las industrias que las explotan generar pingües beneficios: ya no se trata de genes reconocibles y protegidos sino de genes modificados.

Desde el Senado aseguran que no sólo existe material colombiano en universidades norteamericanas como Harvard, Cornell y John Hopkins sino también en las de Kyoto y Kyushu, en Japón. Por ello el Consejo Mundial de pueblos indígenas adoptó en 1993 una resolución que rechaza categóricamente el Proyecto de Diversidad del Genoma Humano, por considerar que atenta contra los derechos, vida y dignidad de los pueblos indígenas. Y también por ello en Colombia estas comunidades están adelantando gestiones para sacar un proyecto de ley que garantice sus derechos frente a este tipo de investigaciones y que establezca normas para el desarrollo de las mismas. Con ella esperan, además, un compromiso del gobierno, al que acusan de permitir conscientemente este tipo de prácticas, para que se respete el derecho constitucional que le obliga a consultar a los pueblos indígenas cuando se vayan a tomar medidas que les afecten. Sin embargo, desde comienzos de 1998 y ante las continuas quejas de los indígenas, sobre todo de colombianos y de Papúa Nueva Guinea, el congreso de Estados Unidos está estudiando dejar de apoyar este proyecto.


 Tiempo, 13 abril 1998














jueves, 18 de septiembre de 2014

Viaje a Colombia: jugando al tejo


Dice Gustavo Adolfo Moreno Bañol, un estudioso del deporte colombiano en todas sus variantes, que el juego del tejo siempre iba acompañado de grandes cantidades de chicha, que como sabrán no es otra cosa que una bebida alcohólica fermentado su maíz. En el municipio de Cota, a pocos kilómetros de Bogotá, una pandilla de indígenas muisca me invita a jugarlo y no me asombro, pues, cuando uno de ellos aparece cargado con una caja de cervezas. Sonrió el muchacho, sonrió un abuelo, sonrié yo, sonreimos todos. Claro que mi sonrisa escondía una ignorancia: la de que el juego y la cerveza van tan de la mano que la caja sólo sería la primera de muchas más.

Jugando al tejo por Hachero

Quinientos años atrás los muiscas que habitaban la sabana de Bogotá tenían un pasatiempo que se llamaba zepguagoscua y que se jugaba con un disco de oro de 680 gramos de peso. Un juego caro, presumo, porque tantos gramos del vil metal no están al alcance de cualquiera aunque si tenemos en cuenta que no lejos del hogar muisca se gestó el mito de Eldorado y que el oro hizo añicos la vida, y la moral, de tantos conquistadores (como este gaditano, pincha aquí) concluyo que tal vez en su momento fuera un metal de lo más corriente . El caso es que el zepguagoscua se popularizó porque, admitámoslo, espolea el orgullo del jugador eso de que tu vecino sea capaz de lanzar tan pesada carga por los aires casi veinte metros hasta la meta mientras tu brazo sufre humillantes pinchazos.

Jugando al tejo por Hachero 3

El tejo es todo un rito en Colombia, donde también se le conoce como turmequé, y consiste en lanzar un disco metálico a través de una cancha en cuyos extremos se colocan unas cajas cubiertas de arcilla en la que yacen enterradas mechas (bolsitas) de pólvora que explotarán cuando se logre el impacto. El objetivo está en el centro de la caja, una suerte de círculo señalado por unas flechitas bajo el que se supone está la gran mecha. La diana se llama bocín y si tiene usted la dicha de aterrizar el disco metálico en semejante lugar se llevará seis puntos. El primero que reviente 9 mechas, a razón de tres puntos por explosión, se lleva el juego. Los puntos cambian según la puntería del tirador y si el proyectil impacta en el centro se otorgarán seis puntos, como decía, pero si la carambola es doble, es decir, en el centro y en una mecha, entonces el agraciado se llevará nueve puntos y los colombianos llaman a semejante gesta 'Moñona', no me pregunten por qué. Mejor bebamos otra cerveza, que en este país incluso tiene un santo cervecero: pincha aquí.

Jugando al tejo por Hachero 4

El juego tiene tantos seguidores y tanta solera que cuenta con esta federación desde que el congreso de la República le dio el espaldarazo definitivo en el año 2000, cuando lo declaró deporte nacional colombiano. Alguien trae otra caja de cerveza y dudo de que mi próximo lanzamiento llegue siquiera a la mitad de la pista: el brazo dormido, la cabeza a las tres de la tarde, la sensación de pertinaz ridículo ante los portentosos brazos de mis rivales, el balbuceo en mis cuerdas vocales... El tejo ya es popular en otros países, como Perú, Ecuador, Venezuela, Brasil, México o los Estados Unidos, llevado en volandas por los emigrantes colombianos y asumido por miles de devotos convencidos por la mezcla de discóbolos amantes de ingerir grandes cantidades de cerveza y el reto de ganar en estado de achispamiento. Tiro mi último tejo y concluyo que el deporte, en ninguna de sus variantes, es lo mío. Por suerte no faltan las cervezas...

martes, 8 de abril de 2014

Viaje a Colombia: con los gamines de Bogotá



'Durante años los he seguido, los he cuidado, los he protegido, he dado mi vida por ellos pero ahora pienso que lo mejor es que se mueran todos'. Yo no daba crédito a lo que esa mujer, asistenta social especializada en niños de la calle, me estaba diciendo. Me miró con una lágrima resbalándole por la mejilla y concluyó su explicación, 'los he visto crecer, malvivir, venir magullados, violados y destrozados y al final la mayoría muere antes de cumplir los dieciocho años, dígame usted si no es mejor que se mueran chiquitos y no pasen por tanta miseria'. Era la primavera de 1997 y yo vivía en la capital de Colombia. Las anécdotas con niños de la calle, aquí llamados 'gamines', del francés gamin, eran abundantes, diarias, hirientes.

Por ejemplo, una noche, cerca de la temida calle del Cartucho, una de las más peligrosas de Bogotá. Es el año 1997, insisto, porque el barrio del Cartucho hace mucho que no existe, afortunadamente. Durante la noche cientos de gamines, y desechables, término muy gráfico con el que los colombianos denominan a los indigentes, dormían por las calles al calor de un neumático ardiendo, del pegamento o del basuko, un crack de mala calidad, y la plaza de España, que abría la avenida de Caracas hacia el barrio, se llena de cuerpos torpes que buscan sitio para dormir. En la puerta de un bar un niño de siete años pide limosna. 'Me llamo Luis', dice el pequeño, 'y vine a Bogotá andando desde Bucaramanga'. Pero Bucaramanga está a quinientos kilómetros, le digo. 'Sí, muy lejos'. Rebusca entre la basura y pide monedas en la calle. ¿Te metes droga?, 'No, no', responde ofendido. Se la meterá, pienso cenizo porque la mayoría acaba enganchado al basuko para superar las frías noches de la ciudad, que está a más de dos mil setecientos metros sobre el nivel del mar. 'A veces un amigo me deja dormir en el suelo de su casa'. Luis se pierde en la negrura de la noche arrastrando su mantita, la que carga todo indigente de Bogotá, tras explicarme que su papá murió, su mamá se echó novio y perdió entonces su lugar en la casa. Luis se marcha y arrastra los pies mientras deja a un lado el Palacio de Nariño, la casa del presidente de la nación que, cosas de la vida, estaba a tiro de piedra del peor barrio del país, el Cartucho.

gamines por Hachero

Alvarito tiene un pantalón al menos diez tallas más grandes de la que le corresponde. Y encima se ha meado. Tendrá cuatro o cinco años y se me acerca para pedirme una moneda. Estoy sentado en una escalera, la de la iglesia de Lourdes, en el barrio de Chapinero. No tengo, mijito, le digo al joven pedigüeño pero se me sienta al lado, se acurruca, cierra los ojos y se tapa los oídos porque uno de sus amigotes se está riendo de su creciente mancha de pipí. Alvarito apoya su cabeza en mi pierna y se duerme. Incluso ronca.



Salgo de un bar en el complejo Pasteur, en el centro de la ciudad, son más de las dos de la mañana y busco un taxi. Se me acerca un gamín, su ropa enorme y el cráneo rapado. 'Una moneíta, se'or', dice con el acento de la calle, el acento 'ñero, como se dicen ellos. Antes de darle nada me fijo en su cabeza: está abierta, tiene sangre reseca, incluso asoman burbujas rojas que resultan ser sesos. Pero criatura, le digo, qué te ha pasado. 'Un policía me golpeó cuando estaba dormido en un escalón', asegura, me mira desafiante y se pierde en la negra noche. A su lado, una niña con rizos castaños y llena de mugre me mira muy fijamente. 'Lléveme a su casa', me dice, 'no quiero estar más tiempo en la calle'.

gamines por Hachero

Las experiencias con gamines me resultaban traumáticas porque traumático es que miles de niños duerman solos, reunidos en pandillas, galladas les dicen, escondidos en túneles y alcantarillas, vendiendo sus cuerpos y consumiendo sus pulmones, un disparate que evoca al Señor de las Moscas pero con la crueldad de que la isla está llena de mayores que pasan de largo ante los dramas infantiles. Los niños robaban en las tiendas, pedían monedas, en los semáforos calibraban la presión de los neumáticos con un palo o directamente amenazaban a los conductores con piedras de grandes dimensiones que se estamparían en las lunas delanteras si no caía una moneda. Eran libres, pero en el peor de los sentidos: eran libres de hacer lo que quisieran con sólo una amenaza: la de sus vidas.

gamín por Hachero

Dice la Procuraduría general de Colombia que 150.000 niños al año no son registrados y que al menos medio millón desconocen quiénes son sus padres. También dice la Procuraduría que cada año 30.000 niños son forzados sexualmente y que unos dos millones de menores, de entre 7 y 17 años, trabajan en el sector informal, que es lo mismo que decir que trabajan en negro. Según la UNICEF dos millones de niños sufren maltrato y de ellos el maltrato es severo en al menos la mitad de las víctimas. La UNICEF también se moja en la prostitución infantil y asegura que son 30.000 los niños involucrados en el tráfico sexual. Por si fuera poco, la mitad de la población desplazada en Colombia son niños y niñas, al menos un millón cien mil, y el 10% son víctimas de las minas antipersonales. La procuraduría de la Nación vuelve a la carga y asegura que 750.000 niños abandonan los estudios cada año por hambre física. En los grupos armados regulares se estima que luchan entre 6.000 y 7.000 menores de entre 15 y 17 años.

recicladores por hachero

Sin embargo, la funcionaria pesimista que me lloró en el ayuntamiento de Bogotá se equivocaba. Hoy los gamines siguen pululando pero su número ha descendido. Dice Patricia González, de la Fundación Niños de los Andes que el término gamín se ha sustituido por 'Niño en situación de calle', lo que indica que la concienciación ha crecido en la sociedad, pero que siguen existiendo. 'Los niños que hacen malabares en las esquinas tienen mejores ropas que los andrajos que hacían visible a los niños abandonados de otros años y ya no deambulan solos por las esquinas'. Sin embargo, siguen desnutridos, ahora acompañados de hermanos y padres, con pocas posibilidades de acceder a la escuela y a la sanidad, el gamín sigue ahí, escondido tras otro aspecto menos terrible pero igualmente desamparado y en estado de necesidad. Muchas son las cosas que han cambiado de la Bogotá de la década de los noventa, la de Pablo Escobar y las grandes batallas entre el ELN y las FARC contra el ejército. Por ejemplo, el barrio del Cartucho, probablemente la más degradante manera de vivir de un ser humano, tampoco existe y en su lugar se levanta una gran plaza, la del Milenio. Los enganchados, narcos, asesinos, gamines, recicladores y desechables no han desaparecido sino que se les ha desplazado algunas cuadras más al sur. Pero su número ha descendido: el de gamines, me refiero, proyectos como la Fundación Niños de los Andes, y los servicios sociales municipales, han logrado disminuir unas cifras de oprobio.

La figura del gamín era tan típica que se les sacaban fotos en la plaza Bolívar de Bogitá, eran parte natural de los jardines, de las aceras, de los portales, estaban por todas partes atormentando con su sola presencia a las almas sensibles y adormilando en general a toda la sociedad que terminó por verlos como parte clásica del paisaje. Tanto que una vez me encontraba en el Cartucho hablando con el loco Calderon, que se había hecho con el poder de la calle y se presentaba como el jefe del barrio cuando un terrible olor nos inundó las narices: un gamín se le había cagado en los zapatos mientras charlabamos: ninguno lo habíamos visto venir. Poco despues el loco Calderon</a> caía muerto de un balazo a manos de un indigente del barrio, espero que no fuera el pobre gamín, que se llevo un buen par de patadas... Una amiga que trabajaba de asistenta social en el Cartucho contaba historias terribles sobre el barrio pero de todas me sigue impactando la del indigente que llevaba siete años sin darse un baño: lo llevó a un albergue, le dio de cenar, le cambió la ropa sucia por ropa nueva y le dio un baño relajante. Al día siguiente el indigente amaneció muerto ... de hipotermia ....

gamines por Hachero

Acababa ya el año 1973 cuando Jaime Jaramillo presenció una escena que habría de cambiarlo para siempre: una niña de la calle, los célebres gamines, corrió desde la acera a recoger una caja recién caída de un camión. Una caja de colores, con una muñeca en la portada. La pequeña no llegó a su destino porque la atropelló un vehículo. Jaime, muy afectado, se acercó a la caja y comprobó la dimensión del drama. La caja estaba vacía.

El cadáver de la pequeña debió de rondar la mente de Jaime Jaramillo durante días, semanas, puede que hasta hoy mismo, y el eco mudo de aquella sonrisa truncada se convirtió en una obra de colosales dimensiones. Jaime Jaramillo hoy es Papá Jaime, ha escrito libros de autoayuda, de meditación, libros que son bestsellers y lo complementa con conferencias por medio mundo. Jaime Jaramillo es hoy toda una institución en Colombia y uno de los responsables de que los gamines trascendieran la dimensión pesimista del 'no hay futuro', del 'son parte del escenario habitual', de la vileza que nos acompaña a todos en el día a día. Su obra se llama Fundación Niños de los Andes y puedes ver sus proyectos y acciones en esta página: Fundación Niños de los Andes

Bogotá por Hachero

Los gamines son la consecuencia más denigrante de un conflicto bélico que se enreda en miles de recovecos. Niños y niñas desplazadas por la violencia, niños que acaban vagando en las grandes ciudades sin padres ni madres, o bien niños que llegan a las ciudades en compañía de madres viudas que poco después han encontrado pareja nueva y los ponen de patitas en la calle, niños y niñas que comienzan un recreo que es el sueño de todo niño y de toda niña, pero que termina por convertirse en pesadilla. Un recreo para toda la vida.



                                              Gamines, por Eduardo Galeano

Tienen la calle por casa. Son gatos en el salto y en el manotazo, gorriones en el vuelo, gallitos en la pelea. Vagan en bandadas, en galladas; duermen en racimos, pegados por la helada al amanecer. Comen lo que roban o las sobras que mendigan o la basura que encuentran; apagan el hambre y el miedo aspirando gasolina o pegamento. Tienen dientes grises y caras quemadas por el frío.

Arturo Dueñas, de la gallada de la calle Veintidós, se va de su banda. Está harto de dar el culo y recibir palizas por ser el más pequeño, el chinche, el chichigua; y decide que más vale largarse solo.

Una noche de éstas, noche como cualquier otra, Arturo se desliza bajo una mesa de restorán, manotea una pata de pollo y alzándola como estandarte huye por las callejuelas. Cuando encuentra algún oscuro recoveco, se sienta a cenar. Un perrito lo mira y se relame. Varias veces Arturo lo echa y el perrito vuelve. Se miran: son igualitos los dos, hijos de nadie, apaleados, puro hueso y mugre. Arturo se resigna y convida.

Desde entonces andan juntos, patialegres, compartiendo el peligro y el botín y las pulgas. Arturo, que nunca habló con nadie, cuenta sus cosas. El perrito duerme acurrucado a sus pies.

Y una maldita tarde los policías atrapan a Arturo robando buñuelos, lo arrastran a la Estación Quinta y allí le pegan tremenda pateadura. Al tiempo Arturo vuelve a la calle, todo maltrecho. El perrito no aparece. Arturo corre y recorre, busca y rebusca, y no aparece. Mucho lo llama y nada. Nadie en el mundo está tan solo como este niño de siete años que está solo en las calles de la ciudad de Bogotá, ronco de tanto gritar.


Memoria del Fuego III. El Siglo del Viento

martes, 21 de enero de 2014

La bella Sorotama y el gaditano Lázaro Fonte: enamorada del demonio




Cuando la bella Sorotama conoció al joven Lázaro no podía saber que su rostro escondía el de un demonio. De Lázaro Fonte decían que era de recio porte, bello perfil y fuerza extraordinaria, era nada menos que capitán y decía venir de Cádiz, un puerto que hervía en aquel entonces de marineros de todos los mares. En la imaginación de la joven Sorotama el gaditano ardía en encantos, desenvuelto y zalamero, un noble de rica cuna que había cruzado el océano en su propia nave porque tenía afán aventurero, un galán que tenía a bien, fíjense ustedes, el fijarse en ella, una pobre indígena. El apuesto capitán además pasaba horas enseñando castellano a los nativos, asombrándolos con las costumbres españolas y, entre frase y frase, derritió el corazón de la bella Sorotama.

Iniciaron entonces un idilio que no pasó desapercibido a sus compañeros. Lázaro era capitán en el ejército del granadino Jiménez de Quesada en su exploración de Colombia y sus carantoñas no sentaron bien a ciertos camaradas que le denunciaron con la injusta excusa de robar esmeraldas. Jiménez terminó por aburrirse del gaditano y ordenó su ejecución pero, convencido por sus capitanes de que el castigo era excesivo, mandó trasladarlo a territorio hostil y dejarlo sin armas, amarrado a un árbol. El gaditano protestó cuando le condenaron a una región de antropófagos y su pena cambió por otra más llevadera: la región de los menos agresivos Pascas. El capitán Lázaro debía de pensar por qué demonios había abandonado la comodidad de su Cádiz natal, donde era noble y rico, por una absurda situación en la que esperaba la muerte en cualquier momento.



Pero su enamorada Sorotama siguió al reo a su prisión sin puertas y convenció a los nativos de que ese desvalido blancucho que deambulaba sin rumbo era nada menos que el rey Sol. Instalados entre los indígenas, la pareja vivía un tórrido romance cuando Lázaro supo que sus antiguos compañeros estaban en apuros porque en la sabana de Bogotá habían dado de bruces con otras dos expediciones en busca de oro. El gaditano, todo pundonor, escribió a su superior sobre la piel de un venado para que supiera que seguía a sus órdenes. Jiménez de Quesada aceptó el ofrecimiento y el gaditano volvió con los suyos dejando atrás a su amada y a un hijo que había engendrado entre tanto. La leyenda asegura que la bella Sorotama vagó durante años hasta que acabó con su vida y la del pequeño arrojándose a la laguna de Guatavita, origen de la leyenda de Eldorado.



En la segunda vida del capitán Fonte destaca el juicio contra su causa en la muy colombiana ciudad de Tunja en el año de 1544. El aguerrido gaditano no aparece ya como un virtuoso por el que suspiran las muchachas sino como un monstruo acusado de violar a niñas de todas las edades, incluso alguna había que no podía aún ni andar. ¿Era el mismo Lázaro Fonte que enamoró a la hermosa Sorotama? Pues debía serlo aunque ahora resulta que la fama de violento perseguía al gaditano desde Cádiz y en alguna parte consta que huyó porque mató a un alguacil y anduvo escondido hasta que convenció a un criado para que asumiera la culpa mientras él escapaba al nuevo continente. Apenas integrado en la expedición de Quesada lo encontramos en Fusagasugá pasando a la fama al asesinar a cuarenta nativos, para que aprendieran a obedecer, según aseguró él mismo. Fonte quiso castigar la supuesta muerte de un español y citó a los caciques de la región para conocer lo sucedido: reunidos todos, dio de comer con ellos a los perros, cercenó las narices de los niños y los pechos de las mujeres, los quemó y, ya sin oposición, pacificó la zona y aumentó su fortuna con las esmeraldas y el oro de los masacrados. Cuando la matanza acabó, el español supuestamente asesinado apareció herido de una pedrada en una oreja.



De Fonte se afirmaba que ataba a las niñas a palos en forma de aspa para mejor permitir el negocio carnal, que cortaba narices y manos a sus prisioneros, que traficaba con esmeraldas a pesar de la prohibición real y que su crueldad encaja con el prototipo de conquistador psicópata que originó las denuncias de Bartolomé de las Casas. Con todo y eso, Lázaro aún pudo instalarse en Quito, desposarse con la rica heredera del gobernador y conseguir los títulos de corregidor y contador de la real hacienda. Su doble vida de amante esposo, motivo de leyenda romántica, héroe de los ejércitos y alto cargo de la política se llevaba mal con el goteo incesante de juicios por su carrera como matarife y violador. En la historia de su vida, el historiador Esteban Mira Caballos desmiente incluso la romántica leyenda en la que la bella Sorotama perseguía a los hombres de Jiménez de Quesada para proteger a su amado. Según Mira fue el propio conquistador granadino el que envió a su hermano a liberar al gaditano, arrepentido de haberlo dejado atado a un árbol a merced de los indígenas. Pérez de Quesada, vistas las sádicas habilidades de Lázaro, lo consideró perfecto para buscar el oro de Eldorado en la selva. Lázaro Fonte murió de viejo en Quito, descontento porque los frecuentes juicios le habían impedido convertirse en uno de los hombres más ricos de las colonias. Murió, no obstante, rico y bien considerado entre los suyos.


Historia de la literatura en Nueva Granada, José María Vergara y Vergara, Bogotá, 1867.

Leyendas populares colombianas,  Javier Ocampo López, Plaza&Janes, Bogotá, 2006

jueves, 9 de enero de 2014

Viaje a Colombia: los tres desquites de Felipe Restrepo


Tres desquites marcaron la vida de Felipe Restrepo. El primero mató a su padre, el segundo golpeó su conciencia dormida y el tercero nace apenas ahora, como serena venganza que redima toda una vida.


El primer desquite de Felipe Restrepo tenía nombre y apellidos, José William Ángel Aranguren, un bandolero que nació en Rovira, al norte del departamento de Tolima, en un mal momento, un momento negro y rojo, rojo de sangre, negro de muerte, tan rojo y tan negro que en la historia de Colombia se le conoce como La Violencia. Tras el asesinato del líder liberal, Jorge Eliecer Gaitán, a manos de no se sabe muy bien quién, el país comenzó una espiral de violencia que aún dura y que cimentó, en aquellos años, la base de lo que hoy son poderosas guerrillas y grupos de paramilitares tras los que se escudan narcotraficantes, terratenientes, gobernantes corruptos. Destrucción, en suma. De entre ellos, tal vez los más temidos, por su crueldad, fueron Los Pájaros, escuadrones de la muerte, conservadores que buscaban liberales hasta en las últimas veredas para quitarles la vida. José William vio morir a manos de los hombres del alcalde de Rovira a su padre y a sus hermanos, tal vez por rojos en una época en la que aún no había verdaderos rojos, tal vez porque tenían algo que el alcalde quiso, tal vez por nada de lo anterior. Convertido en un desplazado más de los que pueblan los paisajes del país con más desplazados del mundo, José William mudó su nombre por un revelador apodo: El Desquite. Entre sus muchas casualidades estuvo el carisma que destiló en una época de personajes que arrastraban apodos como 'Pedro Brinco', 'Sangrenegra', 'Tarzán' o 'Capitán Venganza', o tal vez fue el terror que extendió entre los vecinos de las aldeas del Tolima, o puede que fuera el encuentro cara a cara con el padre de Felipe, de Felipe Restrepo, a quien degolló a cuchillo por pertenecer al partido conservador. Fue el primer desquite en la vida de Restrepo, El Desquite, con mayúsculas, el origen de una larga serie de desquites que Aranguren jamás hubiera podido intuir.


El segundo desquite también fue apodo y correspondió a un violento paramilitar del norte de Antioquia que ni nombre reconocible tiene ya. Felipe Restrepo ya era otro, nunca más el muchacho atemorizado que presenció cómo la sangre de su padre describía enigmáticos signos en el suelo. Felipe sobrevolaba su antiguo yo desde la distancia, al modo de aquellos sádicos Pájaros que picoteaban sus enemigos con cólera infinita, y tal vez de ahí le surgió la idea que ahora martillea las conciencias desde la hipnosis de su trazo, tan fresco y claro como enigmáticos eran los charcos de la sangre de su padre. El muchacho huérfano que huyó a Cali encontró en las pinturas la calma que necesitaba y en cada dibujo sepultó sus recuerdos más horribles al tiempo que los lanzaba al público como purga. Pronto deslumbró su habilidad con el pincel a sus profesores, a sus compañeros y a quien estuvo dispuesto a prestarle los pesos necesarios para cruzar el océano y codearse con la nobleza de los lienzos, nada menos que en la Francia de Delacroix, de Monet o de Gauguin.

Felipe mira al suelo mientras recuerda sus desquites, escondido tras su mirada esquiva, su mantita al hombro, casi que su memoria. 'Yo creo que las pinturas más que un tema de denuncia es casi como un proceso de catarsis, tanto para mí como para las víctimas, no sé si el arte pueda curar o ayudar a cerrar heridas, pero es el único medio de expresión que conozco. Siendo niño, allá por los años 60 vivíamos en el Tolima, mi papá era comerciante y un reconocido conservador. Me tocó presenciar como lo mataron a cuchillo, se cuenta que fue el famoso bandolero Desquite... El resto de mi infancia y mi adolescencia transcurrió en Cali, relegando ese suceso a un rincón perdido de mi memoria. Luego, como siempre amé el dibujo y era bueno para ello, me fui a estudiar Bellas Artes a París'.


En Francia se origina su segundo desquite y Restrepo vuelve a esconderse tras sus recuerdos, su manta al hombro, su mirada oscura. 'Allá sucedió algo de lo que no me gusta hablar, pero que tampoco puedo negar. En los años 80, con el narcotráfico y los carteles en pleno apogeo, hubo un boom del arte colombiano. Las obras se compraban para lavar dinero y bueno, no sólo estaban sobrevaloradas, sino que se vendían como pan caliente... Eso dio pie a falsificaciones y otro tipo de negocios... y en medio de ese ambiente elitista, dedicado al comercio de arte estaba Fidel Castaño, yo lo conocí allá, en un momento en que nada de las AUC existían y él era amigo de todos los pintores de la época, Obregón, Oswaldo Guayasamín... En fin, estuve trabajando con él un tiempo...'. Fidel Castaño no era cualquiera. Apodado Rambo, Fidel enlazaba con la categoría de sobrenombres siniestros, los de Malasangre y Capitán Venganza, un avispado vendemotos que comerciaba con vehículos hasta que vio en su paisano Pablo Escobar el camino a seguir. Pero todo se hubiera quedado ahí, en un simple narco de tres al cuarto que ayudaba a su amo, como le ocurrió a Popeye, de no ser por el furioso palpitar que desgastaba al más libre de los Castaño. No, Fidel era mucho más. Para comenzar, era el cabeza de una familia de orates ambiciosos, para seguir fue el hermano de Carlos Castaño, el poderoso y sanguinario jefe de los grupos paramilitares, las AUC, para terminar fue un asesino que dedicó su vida, a partes iguales, a vengar la muerte de su padre a manos de las FARC, a amasar una siniestra fortuna y a acaparar tierras y bienes. Para Fidel trabajó Felipe y se le nota en su mirada: vuelta a su manta, a sus recuerdos, a su melancolía. A los felices días en Medellín, cuando le cortejó la fama, la huida del infierno, la violencia política.


'Luego sucedió lo del papá (de Fidel) y nació el paramilitarismo... Me ofreció cambiar los óleos por un AK47, pero me alejé de él y nunca volví a verlo... Yo creo que conocer todo el terror y el horror que sembró un hombre a quien creí conocer, me llevó un poco a seguir sus pasos y recorrer el nororiente antioqueño escuchando a sus víctimas. De ahí nace la serie pictórica Desquite, como mi particular Desquite ante la barbarie a través de la pintura y la escultura, que como digo, es el único lenguaje que conozco....' Pero no es cierto porque su obra es más dibujo que pintura, reducidos los colores de su paleta al negro, el blanco y el rojo, o lo que es lo mismo: al lienzo, a la sangre y a la muerte, porque su obra es más denuncia que dibujo, acompañados sus Pájaros de un audio que a veces se antoja insoportable porque son las propias víctimas de la violencia las que narran sus terribles experiencias mientras Felipe levantaba  con sus óleos Pájaros y Más Pájaros


Es la eclosión de su tercer desquite, el Gran Desquite y, espera, y casi que anhela, el último. 'Lo de los pájaros nació de manera inconsciente, pero claro está que debía estar en mi cabeza esa idea de Los Pájaros... que recorrían los campos matando rojos.... Y bueno, luego llegaron las Águilas negras... En fin, toda clase de chulos o gallinazos que han poblado siempre nuestra historia de cadáveres'. Felipe no quiere la fama, barrunta. Sólo que sus pájaros vuelen de sala en sala y de país en país, salpicando sangre a los indecisos, repartiendo trazos enigmáticos, como sacados del cuaderno de campo de un naturalista desquiciado, enseñando al que no conoce. Los pájaros de Felipe Restrepo no son una venganza porque de nada sirve ya. Los pájaros de Restrepo son, tan sólo y sobre todo, el Tercer Desquite.








lunes, 4 de noviembre de 2013

Viaje a Colombia: en la tumba de Carlos Pizarro, comandante del M-19 y candidato presidencial




A finales de 1973 los colombianos se vieron sorprendidos por una curiosa campaña publicitaria en el principal periódico del país, El Tiempo. Sobre fondo negro y en letras blancas destacaban frases como 'Ya llega M-19', 'Parásitos.. gusanos? espere M-19', 'Decaimiento... falta de memoria espere M-19', 'Falta de energía... inactividad? Espere M-19'. Junto a las palabras, que presagiaban un nuevo producto contra los molestos insectos, aparecían dos triángulos pequeños. El 17 de enero de 1974 apareció el último anuncio: 'Hoy llega M-19'

M19


Ese día, a las cinco de la tarde, un grupo de jóvenes entró en la Quinta de Bolívar, robó la espada del Libertador Simón Bolívar y dejó una nota ilustrada con dos pequeños triángulos: 'Bolívar, tu espada vuelve a la lucha'. Los colombianos comprendieron entonces que la misteriosa publicidad que publicaba El Tiempo era la carta de presentación de una guerrilla subversiva, tal vez la primera de la historia que anunció su advenimiento y la fecha exacta de su primera acción a través de una campaña de prensa. Aquí te explican muy bien aquellos febriles días:  pincha aquí

Carlos Pizarro


El robo de la espada de Bolívar fue, además, una broma de proporciones colosales, una burla al sistema y a los que se consideraban herederos del prócer, pero no fue original. Unos años antes, los tupamaros uruguayos habían robado la bandera de Artigas, el libertador del cono sur, y en 1970 los montoneros argentinos habían intentado robar la espada del general San Martín. Unas acciones atractivas que no dejan de tener su miga, y que crearon escuela: en 1980 el comando Javier Carrera, de la Resistencia Popular de Chile, se hizo con la original bandera nacional chilena sobre la que los padres de la patria hicieron su juramento, y el desconcertante grupo subversivo ecuatoriano Alfaro Vive, Carajo comenzó su deambular con el robo del busto de Eloy Alfaro, revolucionario de principios del siglo XX, y más tarde robó en Guayaquil su espada de un museo.

tumba de Carlos Pizarro

Pero, a pesar de que robar la espada de un prócer no era algo rompedor, el propio M19 sí que lo fue: una guerrilla rara, original, un grupo de idealistas alocados que hacían poesía armada y que apelaban al Libertador más que a los marxistas, a los leninistas o a Mao Zedong. Y claro, con estas premisas, el M-19 adquirió pronto un aura de carisma desatado. Por ejemplo: robaban camiones de reparto de leche fresca y lo distribuían entre los más pobres de los barrios más pobres. Por ejemplo: hicieron un túnel para robar más de cuatro mil armas del ejército en sus propias narices. Por ejemplo: un comando secuestró a diecisiete embajadores que celebraban una reunión social en la embajada de la República Dominicana y consiguieron escapar todos con un rescate de tres millones de dólares. Por ejemplo, secuestraron y ejecutaron al líder sindical José Raquel Mercado, por traición confesa a la clase obrera. Acciones espectaculares, aplaudidas sobre todo por los jóvenes izquierdistas de clase media y media alta que no acababan de identificarse con los campesinos de las FARC ni con los procubanos del ELN (y menos aún con los maoístas del EPL). Jaime Bateman, el carismático líder fundador del M19, decía que 'menos marxismo y más pachanga, vallenato y cumbia'. Y con ese argumento, el EME, como le conocen  los colombianos, se convirtió en el icono de las guerrillas enrolladas, la guerrilla donde había que estar.

tumba de Carlos Pizarro

tumba de Carlos Pizarro

El mito comienza el 26 de abril de 1990, cuando un sicario logró colarse en el avión donde viajaba Carlos Pizarro Leóngómez, abandonada ya su vida de guerrillero y entonces candidato a la presidencia del país y uno de los hombres más vigilados del planeta: una miríada de escoltas rodeaba al aspirante cuando, y ya en pleno vuelo, el sicario se acercó a Pizarro y le acribilló con una metralleta. Con Pizarro moría no sólo el candidato sino uno de los más activos subversivos de Colombia, uno de los fundadores del M19, un defensor de la paz en Colombia (paradójicamente, a pesar de su pasado guerrillero), y, por si fuera poco todo esto, nacía una leyenda con ribetes esotéricos. De comandante guerrillero a icono cuasi religioso al que pedir favores y milagros.

tumba de Carlos Pizarro

Su cuerpo reposa en el cementerio central de Bogotá, bajo una aparatosa lápida donde se adivina, tras las flores de sus admiradores, la espada de Simón Bolívar que ayudó a robar en el año setenta y tres. Pizarro, tan revolucionario él, alucinaría hoy día si pudiera comprobar que sus seguidores y devotos de su obra se acercan a su última morada para darle gracias por favores concedidos, por milagritos conseguidos, por aquella intercesión ante no se sabe muy bien quién. La familia Ríos, Jairo Herrera o Marta S., todos tienen en común esa gratitud al Comandante de la guerrilla más carismática de Colombia: la gratitud del que se siente reconfortado por los favores recibidos.

tumba de Carlos Pizarro

Carlos Pizarro era hijo de un almirante de la marina y nieto de un coronel del ejército, sobrino de generales y aspirante, él también, a las glorias militares del país. Desde joven destacó en los estudios, en su caso de derecho en la elitista universidad Javeriana, de Bogotá, y sólo su inquietud política y el desprecio de unas élites despreciables, de las que de algún modo formaba parte, lo llevó a abandonar el plácido destino que le deparaban sus genes para enrolarse en la guerrilla de las FARC. Sin embargo, con los guerrilleros de Marulanda el joven Pizarro sentía cierto hastío: se aburría. Y junto a él se aburrían otros jóvenes. Querían llevar la guerrilla a las ciudades pero el viejo Tirofijo no era urbano sino todo lo contrario, un campesino acostumbrado al campo, un lince en su terreno pero un inútil en las urbes y su lucha pasaba más por defender su territorio que por conseguir el poder de la nación. Así que el joven Pizarro, aburrido de tanto monte, se vuelve a la ciudad, y coincide con un compañero de montes y de aburrimiento, el inquieto y carismático Jaime Bateman, quien en lugar de abandonar lo expulsan de  las FARC por demasiado inquieto... A la chispa de los aburridos inquietos se unió la frustración de los simpatizantes de la izquierda cuando se hizo evidente el fraude electoral de la ANAPO, el germen del actual Polo Democrático Alternativo y partido, para enredar aún más la madeja, del único general golpista de la historia de Colombia, Gustavo Rojas Pinilla. Un fraude electoral que ocurrió el 19 de abril de 1970, una fecha que recordarán todos los colombianos gracias a la guerrilla. La guerrilla del M-19.

tumba de Carlos Pizarro

El aura que adquiere la nueva formación le granjea la simpatía de las clases medias, de los jóvenes revolucionarios, de los intelectuales. El actual alcalde de Bogotá, Gustavo Petro, militó en el EME, el poeta León de Greiff expresó sus simpatías, García Márquez los veía con agrado y el polifacético artista Carlos Duplat fue torturado por involucrarse demasiado con estos 'muchachos'. Las acciones espectaculares y mediáticas se alternan con otros enfrentamientos menos heroicos y más mundanos, atentados al uso y tiroteos a lo Bonnie and Clyde que terminan con el ya menos joven Pizarro en la cárcel. La década de los ochenta descubrieron la madera de líder que guardaba el joven guerrillero. Integró la Coordinadora Simón Bolívar, donde se plantea un frente común de todas las guerrillas para negociar una paz duradera con el gobierno de Colombia, resulta herido en combate, lo torturan en la cárcel, ordena secuestrar al líder del partido conservador y, en septiembre de 1988, convertido en toda una celebridad, anuncia que el M19 deja las armas en el caserío de Santo Domingo, en el departamento del Cauca.

tumba de Carlos Pizarro

Pizarro entonces se dedicará a su eterna aspiración al poder, pero esta vez sin armas. Primero presentando su candidatura a la alcaldía de Bogotá y, casi que al tiempo, a la presidencia del país. Su cabeza, no obstante, tenía precio tras tantos años riéndose del poder y su persecución coincide con la de la Unión Patriótica, un genocidio que puedes ver aquí. Por todo eso se convirtió en uno de los hombres más vigilados de Colombia pero el 26 de abril de 1990 tomó un vuelo a Barranquilla, rodeado de escoltas que no pudieron evitar que un sicario lo ametrallara en pleno vuelo. Con tantos enemigos que se granjeó en vida, y tanta simpatía entre los alternativistas y revolucionarios, cualquier pudo matarlo: lo más probable es que fuera el líder de los paramilitares, de extrema derecha, Carlos Castaño, el que ordenara su muerte. Se habló de Pablo Escobar, del que se llegó a decir que tuvo nexos y que financió la toma del Palacio de Justicia, donde murieron todos los guerrilleros del M19, para hacer desaparecer los archivos comprometedores. Murmuraciones sin más fuente que Carlos Castaño, el sanguinario líder de los paramilitares, un psicópata que estuvo detrás de buena parte de los crímenes de los años noventa. En 2010 la Procuraduría General de la Nación aseguró que fue el propio departamento de seguridad, el DAS, quien lo mató, lo que explicaría cómo un sicario pudo colar una metralleta en el avión de un candidato a la presidencia del gobierno tomado por guardaespaldas.

tumba de Carlos Pizarro

tumba de Carlos Pizarro

En su tumba destacan dos pequeñas placas de mármol: las de María José y Gabriel, venidos desde Cataluña. Su hija y su yerno. Gabriel le agradece a María José, y tal vez sea el deseo concedido más realista y conmovedor. Salvando el de su hija, claro, quien recuerda los abrazos y las caricias del guerrillero que murió aspirando a la presidencia del país y al que dejan como epitafio una bonita frase: 'No nos matarán la alegría, aún sonreiremos...'

tumba de Carlos Pizarro
tumba de Carlos Pizarro

miércoles, 30 de octubre de 2013

Viaje a la Guajira: los Palabreros que imparten la justicia del pueblo Wayuu




Don Eduardo fuma parsimonioso un cigarro habano mientras apoya en su bastón el peso del cuerpo: 'sí, yo soy Palabrero'. El balanceo de la hamaca sólo contribuye a hacer de su explicación un motivo más para la extrañeza: 'sí, yo soluciono cualquier disputa con la Palabra'. Su mirada desprende la autoridad de quien está acostumbrado a imponer su opinión en momentos complicados: 'sí, no hay nada que no pueda arreglarse con unos chivos'. ¿Con unos chivos? Eduardo es el Palabrero de Nazareth, la remota capital de la Alta Guajira, y lleva con orgullo su cargo incluso cuando camina a solas por los desérticos alrededores de su casa. Don Eduardo recuerda las veces que medió en conflictos y evitó males mayores con la sola arma de la persuasión. Es un wayuú, la etnia mayoritaria de Colombia, y como tal tiene derecho legal a impartir justicia sin acudir a las leyes de su país: le basta con las de su pueblo, las de los wayuus. Y su peculiar sistema jurídico se basa en la Palabra, la Persuasión y en aceptar el veredicto de sus mayores, sus jueces de toda la vida.

wayuus La Guajira

Sus atribuciones incluso alcanzan a los no wayuus, los arijunas, y su palabra es tan importante que no sólo es ley entre sus vecinos: los gobiernos de Colombia y Venezuela, de donde son indistintamente todos los wayuus, le reconocen peso legal y hasta la UNESCO reconoció en 2010 la importancia de esta figura etnojurídica otorgándole el título de Patrimonio Inmaterial de la Humanidad. Para ello una comisión de Putchipuüs, que es el nombre que se dan ellos mismos, viajó hasta Kenia para recibir un título que les llena de orgullo y que les da dimensión universal. Porque, sobre todo, un Palabrero es un enviado de paz, con mayúsculas, de Paz, además de un juez cuya palabra es ley. Ya había sido elegido años antes como Bien de Interés Cultural de Carácter Nacional de Colombia, donde reside la mayor parte de esta etnia, la wayuu, que vive esparcida por un gran desierto, sin apenas más medios que su ingenio para sobrevivir en unas circunstancias que pueden ser muy duras.

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El sistema del Palabrero están tan aceptado que hasta el ministro de justicia de Colombia, Juan Carlos Esguerra, llegó a decir que ‘bendita sea la justicia wayuu, los Palabreros que saben en qué consiste administrar justicia, y bendita sea la constitución política que nos permite esta diversidad’, y no se quedó aquí, que hubiera sido ya mucho, sino que fue más allá al decir que ‘si mis profesores hubieran sido Palabreros, me hubieran enseñado a arreglar, a conciliar, a buscar formas de entendimiento y no a pleitear’. Todo un cumplido viniendo de un ministro de justicia que es, además, abogado y hombre acostumbrado a pleitos. Y lo dijo no en cualquier contexto sino mientras inauguraba la primera unidad interinstitucional oficial del departamento de La Guajira, es decir, unos juzgados tan especiales que imparten, desde finales de 2012, dos tipos de justicia, la ordinaria y plasmada en las leyes, y la viviente, la del Palabrero, la de los abuelos como don Eduardo, un derecho recogido incluso en la constitución colombiana, como puedes ver si pinchas aquí.

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Don Eduardo recuerda cuándo intervino en una pelea monumental que enfrentaba a diversos clanes, los hizo sentarse alrededor de un patio y les convenció de que la violencia no lleva a ninguna parte: el tema se zanjó con el intercambio de unas cabras, la moneda habitual entre los wayuus. La ceremonia es, al tiempo, sencilla y complicada. El Palabrero, o Pütchipü’ü, se presenta con su bastón, o waraarat, herramienta fundamental, dice don Eduardo, para imponer su voz sobre el de los rivales si se eleva el griterío. El Palabrero habla y habla, saca sus dotes retóricas, su poder de convicción, las partes se miran con tensión, el Palabrero menciona compensaciones materiales, así, como el que no quiere la cosa, va probando qué incomoda a los querellantes, qué les relaja, el Palabrero es un psicólogo social que, gracias también a muchos años de observación y experiencia, intuye dónde puede encontrar campos comunes que solucionen una discusión que parece irreparable. Ante todo: la Palabra. Antes que nada: evitar que se partan la cabeza con una estaca. Algunas veces la tensión es tan grande que el Palabrero sólo apacigua la cólera contenida y puede incluso sufrir el castigo que su palabrería ha intentado evitar. De hecho, a veces han pagado incluso con la vida una sentencia que no ha gustado a alguna de las partes. Aquí tienes un par de ejemplos:

Ejemplo 1

Ejemplo 2

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Son casos extremos que el Palabrero intenta evitar a toda costa, y no tanto por el miedo a perder la vida sino el prestigio, que es la base de todo Palabrero que se precie y el motivo por el que sus paisanos acudirán a sus servicios.

Dice la tradición Wayuu que el primer Palabrero fue Utta, un pájaro que recibió el mandato del mismísimo Maleiwa, que no es otro que El Más Alto, y un pájaro tal vez por aquello de ‘charla más que una lora mojada’, un paralelismo entre el avecilla que canta libre y la facilidad de un oficio que se aprende a base de escuchar, escuchar y escuchar durante años y décadas hasta alcanzar la maestría suficiente como para enfrentarse al problema. Utta desarrolló en la leyenda un conjunto de normas para evitar que los wayuus se desangraran en discusiones y peleas sangrientas, un mito que puedes leer aquí.

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El Palabrero, una vez contratado por los querellantes, y sin más justificante que su presencia y su palabra, sin necesidad de actas ni escrituras, se enfrenta al problema que le plantea el Pütchipala, que no es sino el representante de la familia querellante. Y el problema puede ser cualquiera. Una joven que se fugó con el novio, un robo de ganado que degenera en enfrentamiento armado con muertes de por medio, una pelea de borrachos que provoca una reyerta entre dos familias. El Palabrero se reúne con los afectados, los escucha, calibra lo ocurrido y sentencia: usted, que cometió la felonía, pagará dos millones de pesos, setenta cabras y once collares de tuma. Y los litigantes escuchan la sentencia, bajan los ojos y se dan la mano. El problema está resuelto.

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