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miércoles, 14 de enero de 2015

Viaje a Tarifa: entre inmigrantes subsaharianos (y III)

Inmigrantes en Tarifa por Hachero

Sobre unas colchonetas alineadas en el suelo del flamante polideportivo nuevo de Tarifa duermen su sueño decenas de hombres. Es más: duermen cientos de hombres. Y yo me pregunto: ¿sueñan estos hombres? Y si la respuesta es que sí, y por fuerza debe serla, me pregunto entonces: ¿con qué sueñan estos hombres?

Inmigrantes en Tarifa por Hachero


Tal vez sueñen con mujeres porque las mujeres que los acompañan, las pocas mujeres que los acompañan, duermen también pero en otro polideportivo, más antiguo y protegido, encerradas en pistas de tenis con paredes de cristal, aferradas a sus criaturas, o simplemente a las criaturas que las acompañan y que muchas veces no son ni suyas. ¿Y ellas? ¿Sueñan con ellos? ¿Se interconectan sus sueños y sueñan unos con otros? ¿O sueñan con el enigma que guardan esas miradas de las que hablé en el anterior post? Lo cierto es que ambos, ellos y ellas, sueñan, sueñan a ojos vista, duermen profundamente, alguno ronca.

Inmigrantes en Tarifa por Hachero

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Tal vez rememoren sus caminatas y todo lo que han pasado hasta llegar aquí. Pero si ese fuera el caso, este post sobraría porque repetiría nuevamente lo que ya intuí antes. Por eso miro a un joven que parece soñar, y sueña plácidamente, estira un pie, luego mueve los labios, sus ojos se agitan bajo los párpados. Parece feliz.

Inmigrantes en Tarifa por Hachero

Inmigrantes en Tarifa por Hachero

Y aquel de allí se agita nervioso: será una pesadilla. ¿Con qué sueña un inmigrante subsahariano que ha sido detenido por la guardia civil cuando estaba a punto de ahogarse? Yannik es un joven de apenas veinte años, fuerte y alto, sonríe abiertamente y da palmas con las manos mientras charla con un amigo. Es de Centroáfrica, o al menos eso dice. ¿Con qué sueñas, Yannik?, le pregunto. Y Yannik recupera su amplia sonrisa y dice con una inocencia que me hace temblar el labio inferior. 'Yo voy a ser jugador de baloncesto', y abre los ojos como si se le fueran a salir volando, creo que se ve ya en una cancha y que siente los aplausos de un público entregado. 'Me gusta el baloncesto', dice con sencillez pero con una seguridad que me vuelve a hacer temblar el labio inferior, 'soy bueno jugando y puedo ganarme la vida como deportista y ayudar a mi familia'.

Inmigrantes en Tarifa por Hachero

Inmigrantes en Tarifa por Hachero

Inmigrantes en Tarifa por Hachero

A su lado, Louis Fabianne dice venir de Costa de Marfil, ríe como sólo los africanos saben reír: tanto que me detiene el temblor del labio inferior y me cuenta entonces su sueño. 'Quiero un trabajo normal, no me importa cuál, quiero una vida sencilla, quiero ayudar a mis padres, enviarles dinero, quiero ser feliz'. Mi labio inferior vuelve a desbocarse porque su franqueza es la franqueza de cualquiera que tenga dos dedos de frente. Yannik es un joven idealista, como tantos otros, que sueña con aros y pelotas de baloncesto, con tiempos muertos y con triunfar en la vida. Louis Fabianne tan sólo sueña con ser un tipo normal, el tipo simpático que te cruzas en el rellano, el que tal vez no llegue a fin de mes, el que te pide azúcar a las once de la noche. A su manera, la extraña pareja que sueña despierta es un remedo de don Quijote y Sancho Panza, un resumen de lo que somos todos, sueños de ambición sencilla frente a sueños de normalidad e integración.

Inmigrantes en Tarifa por Hachero

Inmigrantes en Tarifa por Hachero

Inmigrantes en Tarifa por Hachero

Miro entonces al resto de los durmientes y supongo que sueñan con sus familias, con sus seres queridos, pero también con vidas de éxito más o menos grandilocuente, con momentos de gloria y con esos momentos fastidiosos de pedirle azúcar al vecino. Pero esperen porque hay noticias: el portavoz del gobierno anuncia que los inmigrantes abandonarán pronto estas instalaciones y que se estudiará cada caso para aplicar lo que corresponda: repatriación o libertad con orden de expulsión. Los inmigrantes despiertan abruptamente del sueño y marchan en fila india hacia los autobuses, o autobunkers más bien, de la guardia civil. Sus sueños penden ahora de un hilo, de que sepan convencer a las autoridades de que su país es uno de esos que no tienen convenio de extradición, de que serán personas honestas y honradas, que encestarán triples en el último segundo. Entonces sus sueños serán libres y la misma libertad les pondrá en sus sitios: en un equipo de baloncesto, en un trabajo normal, en una vida de desesperación, en un campamento a las afueras de un pueblo agrícola, en un nuevo deambular por los caminos, en una vida clandestina.

Inmigrantes en Tarifa por Hachero

Inmigrantes en Tarifa por Hachero

El ministro marroquí del interior, Mohammed Hasad, reconoce que ha habido errores en la vigilancia de la frontera y que no volverá a ocurrir. De hecho las patrulleras marroquíes vuelven a capturar a los cientos de subsaharianos que se han quedado atrás. Los sueños de los que han llegado tarde a esta fiesta de la inmigración volverán al bosque del Gurugú o a las verjas de Ceuta o Melilla, o a las playas de Tánger, tal vez deambulen hasta intentarlo en Lampedusa.

Y por qué no.

Los hombres no somos libres.

Pero los sueños sí.

Inmigrantes en Tarifa por Hachero

martes, 6 de enero de 2015

Viaje a Tarifa: entre inmigrantes subsaharianos (II)

inmigrantes en Tarifa por Hachero
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¿Qué miran esos ojos? Porque no parece que miren nada que yo pueda ver. Miran más allá, detrás de mí. Pero miran a través de mi cuerpo. Miran sin mirar, ven sin ver. ¿Qué mira esa chica que parece absorta en sus pensamientos? ¿Piensa en algo? ¿Tal vez en los años que le ha costado llegar hasta aquí? ¿Y qué es aquí? ¿Un trozo de suelo en una pista de tenis de un polideportivo en una ciudad que ni siquiera sabe pronunciar? ¿Eso es digno de celebrar? O tal vez por sus ojos pase una sucesión de imágenes, de fotografías fijas, de vídeos surgidos como por ensalmo, trozos de una vida que ha gastado, o malgastado, o biengastado, qué sé yo, en cruzar las selvas, junglas, desiertos y montañas de los que hablaba  en el post anterior.

inmigrantes en Tarifa por Hachero

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Tal vez se vea a sí misma, o a sí mismo, desde la distancia del tiempo, tal vez se vea arrastrando los pies por ese polvoriento camino que le dejó en una remota aldea. Tal vez recuerde aquel compañero de camino que murió apaleado por unos uniformados. Tal vez recuerde aquella madre moliendo mijo a las puertas de su choza. O puede que recuerde a sus compañeros de estudios en la universidad de su ciudad. ¡Qué más da! ¡He llegado!, parece que dicen sus ojos, y por eso unos ojos están tristes y otros ojos están llorosos. ¿Ha merecido la pena este peregrinar para llegar a un campo de tenis cubierto, detrás de unas rejas, con hombres que se ponen guantes para tocarme, máscaras para hablarme? Si me paro a pensarlo puedo llegar a sentir ese estremecimiento: ¿ha valido la pena?

inmigrantes en Tarifa por Hachero
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Hay quien lleva cuatro años viviendo como una bestia en un bosque del monte Gurugú, a vista de pájaro de las playas de Cádiz. Ya he llegado, parecen decir. Pero en la misma pregunta va un temor que no se atreven aún a pronunciar. ¿Ha merecido la pena? ¿Y aquí qué hay? ¿Me quieren estos tipos tan raros que me sacan fotos como si les fuera el alma en ello? ¡¡Es que nos va el alma en ello!! ¿Somos pobres diablos o lo son ellos? De pronto un niño rompe la tensión con sus monadas, aquel muchacho sonríe abiertamente mientras susurra palabras en su idioma a un desvencijado teléfono móvil, el cerebro funciona a mil y lanza un mensaje: la respuesta sólo es que sí, que ha merecido la pena porque otra respuesta nos rompería el alma y nos lanzaría a una condena horrible: más que perder los años del futuro en una prisión tendríamos el convencimiento de que hemos perdido los años del pasado.

inmigrantes en Tarifa por Hachero

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inmigrantes en Tarifa por Hachero

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Y que nuestro esfuerzo fue inútil y que la condena nos añade una pena: hemos vivido para saber que nuestra vida es un fracaso. Así que no puede ser. Sólo hay una respuesta y es que ha merecido la pena. Si hasta vienen de la televisión a preguntarnos no sé qué, mañana saldremos en los periódicos, los compañeros del monte Gurugú ya están aquí, los saludo, me abrazo a ellos, lo hemos conseguido, estamos aquí.

inmigrantes en Tarifa por Hachero

inmigrantes en Tarifa por Hachero

Robert celebra con sus amigos que ha pisado por fin la anhelada tierra de Europa. Sea eso lo que sea. Y sacude su barba de yihadista mientras se aferra a una cruz. 'No se equivoque', parece decir, 'soy cristiano'. Sus amigos acarician sus rosarios, colgados de cualquier manera de sus cuellos renegridos de salitre y arena. Son del Camerún, como la mayoría que pasa estos días el estrecho de Gibraltar. Se abrazan, bromean, se arrodillan, besan el suelo, parece un teatrito improvisado.

inmigrantes en Tarifa por Hachero

A su lado otros tipos están serios, parecen mirar sin mirar, ver sin ver, sentir la procesión por dentro. Uno de los tipos tiene pinta de haber militado en alguna terrible guerrilla del golfo de Guinea, de esas que cortan manos y cabezas. Supongo que eso es un prejuicio. Un relato apócrifo en la comarca asegura que un sanitario de la cruz roja quiso devolver un móvil que encontró en un batiburrillo pero no conocía al dueño así que miró en la carpeta de imágenes. El tipo estaba allí, continúa el relato apócrifo, delante suya, y también en la pantalla del teléfono, sosteniendo por los pelos dos cabezas degolladas. Quién sabe, tal vez sea verdad, tal vez uno de esos relatos para meternos miedo.

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Ya hasta le veo al tipo pinta de encabezar masacres en aldeas de alguna selva guineana. Tal vez el hombre sea un dechado de virtudes, un prohombre que sólo ha tenido mala suerte en la vida. Quién sabe, me digo. Y entonces suena un rugido como de máquina. Los servicios de la basura vienen a retirar las lanchas neumáticas que yacen por doquier. Las gomas desaparecen tragadas por las poderosas mandíbulas del motor y las miradas se deshacen de los fantasmas. Ya no hay vuelta atrás. Estamos aquí.

Están aquí.

inmigrantes en Tarifa por Hachero

viernes, 26 de diciembre de 2014

Viaje a Tarifa: entre inmigrantes subsaharianos

Inmigrantes en Tarifa por Hachero

'Salí de Camerún hace ahora cuatro años', afirma un muchachón con cara amable, 'yo de la República centroafricana', dice su vecino, 'de Gabón', 'yo de Costa de Marfil'. La larga fila de jóvenes parece una reunión de la Organización de los Estados Africanos. Han venido en embarcaciones de goma, desde cámaras de ruedas de camión a barquitas infantiles inflables, alguno ha pillado hueco en un remedo de zodiac, han superado los catorce kilómetros que separan Tánger de Tarifa y ahora saludan alegres, besan el suelo, elevan los brazos al cielo y se arrodillan a rezar.

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No tienen papeles, apenas tienen presente y nadie sabe qué futuro les aguarda pero yo los veo de otro modo: son la pesadilla de Darwin, superhombres que han superado las más difíciles pruebas de supervivencia y que ahora se enfrentan a la última pantalla de este trágico juego de la vida que les ha tocado vivir. Los que salieron de Camerún, de Gabón, de la República Centroafricana o de Costa de Marfil han atravesado frondosas selvas infectadas de bichos desagradables y de insectos que transmiten enfermedades horribles, han cruzado pantanos y aldeas hostiles hasta llegar al Sahel, ese extenso predesierto que no es sino un desierto polvoriento que anuncia la llegada del Gran Desierto de los Desiertos, el Sahara, que también han cruzado, muchos de ellos a pie, para entrar, entonces, en un país no menos hostil que aquellas aldeas hostiles que ya olvidaron en el camino: Marruecos.

Inmigrantes en Tarifa por Hachero

Para las chicas el camino no ha sido fácil porque, a todas las dificultades anteriores hay que unirles el que han pasado de mano en mano, y de bragueta en bragueta, hasta la última pantalla de este videojuego de la vida, y esas barrigas que les impiden los movimientos guardan terribles historias de humillación y sexo sucio tras un matorral, de tortazos y culatazos, de amenazas y de chantajes, tal vez de algunos dirhams, puede que de someterse gustosamente porque qué otra cosa hacer si tengo hambre, puede que incluso alguna de esas barrigas hable hasta de amores imposibles.

Inmigrantes en Tarifa por Hachero

Porque una vez que han llegado a Marruecos, la aventura se enquista y las montañas del Atlas, del Antiatlas y las del Rift no son sino pequeños promontorios ante la perspectiva de permanecer semanas, meses y hasta años subido en una montañita desde la que se ve el premio final: Europa. Un premio dudoso, un premio que les hará llorar y preguntarse que por qué demonios abandoné mi aldea con mi madre rumbosa que molía mijo al amanecer. Pero eso es otra historia. Lo triste es que el premio está ahí enfrente y que hoy que hace viento de poniente se ven perfectamente esas extrañas velas de kite surf que pueblan los cielos de las playas de Tarifa. Hay vida, pueden pensar, y se lo pasan muy bien, deben pensar.

Inmigrantes en Tarifa por Hachero

Inmigrantes en Tarifa por Hachero

Así que unos intentan entrar por la fuerza a través de esas vallas tan densas que vigilan con tanto ahínco los militares que les dan dirhams a las muchachas y los policías de verde que aguardan serios al otro lado. Así que estos chicos, estos muchachos, y aquellas chicas y aquellas muchachas no pueden ser sino, como decía antes, la pesadilla de Darwin, la evolución del ser humano a través de las más estrictas y difíciles pruebas de supervivencia que imaginarse uno pueda, curtidos por los caminos, las selvas, los desiertos, las montañas, las fieras salvajes y las fieras humanas, el profundo mar y el implacable sol.

Inmigrantes en Tarifa por Hachero

'Con semejante camino no estamos preocupados porque puedan traer el ébola', me comenta Javier Gil, el coordinador de la cruz roja en la provincia de Cádiz, y pienso que tal vez tenga razón, y espero que la tenga cuando veo a una voluntaria arrodillada ante uno de estos superhombres limpiándole los pies en una imagen que tiene mucho de papal pero que jamás se repetirá con un Papa en Tarifa.

Inmigrantes en Tarifa por Hachero

Inmigrantes en Tarifa por Hachero

'El ébola tiene un periodo de incubación que no es muy extenso y estos inmigrantes llevan muchos meses, años en el caso de algunos, dando vueltas desde que salieron de su país'. 'Estamos bien, gracias a Dios', me dice uno de estos inmigrantes que dice venir de Camerún, 'el viaje ha salido bien, no ha habido muertos ni heridos graves, ya estamos en España y todo ha salido bien'. Cierro los ojos y me imagino que hablo con un piloto de rallies famoso, alguien que atiende a la prensa con naturalidad y hasta cierto hastío, alguien que ha hecho el París Dakar por las dunas más peligrosas de Mauritania y que me atiende porque tiene que atender a la prensa.

Inmigrantes en Tarifa por Hachero

Inmigrantes en Tarifa por Hachero


Pero espera, este tipo es inmigrante ilegal, indocumentado si quieren evitar eso de ilegal, ha venido en una avalancha de inmigrantes, o bueno, en una afluencia masiva de subsaharianos, si quieren ser políticamente correctos, parece una estrella de rock. ¿Y por qué no? ¿Por qué no puede ser una estrella de rock, o un futbolista famoso, o un boxeador de fama mundial? Tal vez lo sea en unos meses, puede que se escape del centro de internamiento con su orden de expulsión en la mano y llegue a Francia para convertirse en el cerebro del Paris Saint Germain. Bah, quién sabe, tal vez sea un nigeriano que chulea a sus compatriotas y las amenaza con vudú. Quién sabe. Lo único cierto es que somos testigos de un drama de proporciones épicas, un drama que genera superhombres y supermujeres, seres poderosos acostumbrados a todo y que ignoran su propio poder. Pero no es hora de reflexiones absurdas. Por un walkie talkie suena un aviso. Salvamento Marítimo ha encontrado otras cinco embarcaciones con cuarenta y cinco náufragos. Hoy son son ya doscientos sesenta y siete.

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lunes, 10 de febrero de 2014

Viaje a Cádiz: el saqueo de 1596 como precedente de Gibraltar


110 años antes de que una flota angloholandesa se adueñara del Peñón de Gibraltar, otra flota angloholandesa se apoderó de Cádiz con las mismas intenciones. Durante catorce días miles de marineros británicos y holandeses saquearon la ciudad sin que apenas nadie se atreviera a toserles, y después de pensar largo tiempo si quedarse o marcharse optaron por lo segundo y dejaron atrás una enorme tea humeante donde antes había habido un próspero puerto. El segundo conde de Essex, Robert Deveroux, oficial principal del saqueo, apoyado por algún subalterno y los oficiales holandeses, propusieron acondicionar la ciudad para convertirla en el bastión inglés con el que la reina Elizabeth I fantaseaba de este modo: ‘si no sólo se toma un puerto sino que se le guarnece y mantiene, se convertirá en una espina clavada en el pie del rey de España’.

Cádiz por Hachero

El segundo conde de Essex, por su parte, meditaba: ‘Si el lugar es bien elegido y la lucha bien dirigida, en muy corto espacio de tiempo no sólo se ganará lo que se ha gastado sino que el mayor provecho será para S.M. y riqueza para nuestro país, ya que si se mantuviera ocupado el lugar una gran parte del flujo de oro de las Indias podría pasar de España a Inglaterra...’ . El objetivo declarado de la corona británica, por tanto, consistía en mantener una plaza en el sur de España, no tanto por la consideración geoestratégica actual, el control de la entrada al Mediterráneo y un acceso privilegiado al continente africano, sino la captura de los galeones procedentes de las Indias. Cinco siglos después, y en retrospectiva, podemos decir que la pérfida Albión consiguió lo que pretendía, aunque en un lugar mejor y algo más al sur: Gibraltar.

Cádiz por Hachero
Frente a este castillo, entonces islote, atracó la flota británica
El 13 de junio de 1596 una flota anglo holandesa formada por ciento veinte buques zarpó del puerto de Plumouth en misión secreta. A bordo viajaban más de seis mil soldados de ambas nacionalidades. Al frente de la expedición, Lord Charles Howard of Effingham y el segundo conde de Essex, Robert Deveroux. El destino: la ciudad de Cádiz. El objetivo: bajar los humos al rey Felipe II, enseñoreado de los Países Bajos, de la Francia de aquel entonces y de media Europa y las suculentas colonias de las Indias Occidentales. Los británicos, espoleados por su reina, la tal Elizabeth, veía indignada cómo el rey católico quería absorberlos en su imperio sin pensar que la actitud de sus gobernantes, y sus marinos, entregados a la causa pirata, en su versión corsaria, tuviera algo que ver. De hecho, antes de la Armada Invencible, que fue en 1588, el corsario Drake atacó también la ciudad de Cádiz en abril de 1587, lo que deja la sensación de un toma y daca que terminó por inclinarse del lado británico.

Cádiz por Hachero
Las arenas que hollaron los piratas de su Graciosa Majestad tiene hoy otros usos más lúdicos
Con tan definido objetivo, la flota anglo holandesa recorrió la fachada portuguesa, en aquel tiempo posesión española, atrapando los barcos que se le cruzaban en el camino y alejado de costa, para no minar el factor sorpresa. Cómo una marina tan desmesurada pudo pasar desapercibida dice bien poco de las defensas españolas. El domingo 30 de junio la flota fondeó frente a lo que hoy es castillo de San Sebastián, y en aquel entonces nada más que un islote, donde pensaban desembarcar, pero había una borrasca tan pronunciada que decidieron aguantarse las ganas de degollar católicos y esperar la pleamar del día siguiente.

Cádiz por Hachero

Cadiz por Hachero
Negros nubarrones se cernieron sobre la ciudad de Cádiz y la borrasca toma forma demoníaca sobre la playa de la Caleta

La borrasca ayudó a los gaditanos, aunque tampoco mucho. Dicen las crónicas que los vecinos, aterrorizados por lo que veían en el horizonte, subían grandes piedras a las azoteas para arrojarlas sobre los invasores, que echaban arena tras las murallas para que resistieran mejor, que el griterío y los llantos eran descorazonadores. En el interior de la bahía de Cádiz la flota de Indias aguardaba turno para salir rumbo a América, una fabulosa inversión que parecía abocada a perderse en manos de los británicos. La gente deambulaba pálida, muerta antes de tiempo, y observaban desde las playas la enorme flota cerniéndose amenazante sobre la ciudad. Según el canónigo Francisco de Quesada, que salió de ronda mientras los ingleses preparaban el ataque, 'no hallamos en la calle ni en la muralla ánima nacida, y las tres puertas de la villa quedaban trancadas solamente con unos maderos y piedras sin que nadie asistiese a ellas'. Una situación de pánico generalizado y de ausencia de poder: nada nuevo bajo el sol. De hecho el poder, con mayúsculas, El Poder, paseaba plácido en su carroza por las playas de Castelnovo, hoy en Conil de la Frontera, cuando supo que 'más de ochenta velas' se habían descubierto en Cádiz, y le faltó entonces tiempo para avisar a las villas de Vejer, Conil, Chiclana, Gibraltar, Tánger y Ceuta. Claro que eso ocurrió el sábado 29 de junio, cuando los británicos ya habían dejado atrás el Algarve portugués y asomaban sus narices por la bahía de Cádiz.

Cádiz por Hachero

Los barcos de la bahía corrieron a esconderse lo más al interior posible, los más pesados frente a Puerto Real, los más livianos internándose en los caños de las marismas. Pero del ataque no se libró nadie. La flota española se parapetó frente a Puntales con Álvaro de Bazán a la cabeza, el que da hoy nombre a los astilleros militares de San Fernando, pero los ingleses entraron en la bahía como Perico por su casa, los cañones de tierra parecían de plastilina y los valerosos marineros patrios saltaban de los barcos, ahogándose muchos de ellos, descuidando su artillería, escondiéndose tierra adentro. En el lado español se perdieron 21 barcos de guerra y unos 40 mercantes, además de 19 galeras de las más refutadas del país.

Cádiz por Hachero
Los caños de Sancti Petri forman parte de la enmarañada red de pequeñas vías de agua por las que huyeron los barcos más livianos
Al final de la batalla, los ingleses habían perdido 30 hombres y un par de pequeñas embarcaciones que ardieron por negligencia de sus propios hombres. Entre los españoles, dos de los buques más emblemáticos, el San Felipe y el Santo Tomás terminaron varados e incendiados por sus propios marineros, y los otros dos, el San Mateo y el San Andrés, en manos británicas. Con la flota española desarbolada y cautiva, tres mil hombres desembarcaron en Puntales y se encaminaron a San Fernando, que en aquella época se llamaba la Isla de León, donde los soldados ofrecieron una tímida resistencia que acabó con las puertas de las murallas abiertas y los cañaíllas presos. Sir Francis Vere, el segundo de la expedición, dejó un recuerdo un tanto ridículo de la batalla de San Fernando: ‘parecía mejor un tumulto interior y una riña callejera que una lucha entre naciones tan poderosas...’.

Por si todo esto no hubiera sido una humillación difícil de digerir, lo peor vendría ahora: el segundo conde de Essex, en lugar de vengar las bajas, dio orden de cuidar ‘que no hubiera violencia ni se infirieran ofensas por parte de soldados u otros hombres a ninguna de las señoras o al resto de las mujeres’. Y para demostrar que iba en serio, ejecutó a dos ingleses acusados de violación. Los españoles, anclados aún en una mentalidad medieval, no salían de su asombro porque lo habitual era que cualquier invasión acabara con los prisioneros pasados a cuchillo y el propio Felipe II dejó caer una frase legendaria: ‘tanta hidalguía no se ha visto jamás entre herejes...’.

Cádiz por Hachero

El martes por la mañana, los vecinos de Cádiz que se habían hecho fuertes en el castillo de San Felipe, pidieron tregua y ofrecieron 120.000 ducados y 50 rehenes de entre lo más granado de la población como prenda del rescate. El anecdotario es rico a partir de ahí. Sir John Wingfield falleció por sus heridas y fue solemnemente enterrado en la catedral de Santa Cruz, y ahí sigue el hombre porque dicen que era católico, aunque profundamente anti español. La vida en la ciudad tomada se disparataba a veces y en algunos momentos los oficiales perdían el control de sus hombres, que se abandonaban a cierta fiebre iconoclasta y destruían sacras imágenes como la virgen de la iglesia de los jesuitas, arrastrada por las calles en un jolgorio no exento de alcohol que tuvo que ser de órdago.

Los ingleses habían estado sólo catorce días en Cádiz, suficiente para dejar la ciudad arrasada, ardiendo como una tea y rapiñeada hasta el último rincón. Entre los objetos de rapiña, una colección de libros sobre religión y filosofía que aún se guarda en la biblioteca de la catedral de Hereford. Los soldados, por su parte, sacaron todo el vino de las casas y se dedicaban a pasear sus indignas borracheras por la ciudad, con la poca vergüenza de acusar a los holandeses de ser sus mentores en esto del alcohol, costumbres que decían haber adquirido en los Países Bajos mientras luchaban contra los españoles. Los 50 prisioneros que aún permanecían en manos de los británicos, por los que pedían 120.000 ducados, terminaron siendo embarcados porque el dinero no llegó y los parlamentarios enviados sólo ofrecieron confusos pagarés y bonos que no fueron precisamente bien acogidos. Cinco siglos atrás la economía española gozaba de la misma aceptación que hoy en el antecesor de la City...

Sir George Carew llegó a afirmar en su diario que a pesar de que los españoles habían concentrado un ejército de 50.000 hombres entre Sevilla, El Puerto, Jerez y Puerto Real, 'nunca tuvimos miedo ni por tierra ni por mar de ataques, pues vivimos con una gran tranquilidad y descanso, como si hubiésemos estado en Cheapside...'.

Cádiz por Hachero


Los británicos se marcharon sin que apenas nadie los molestara y se dieron el gustazo de pararse en Faro, en el Algarve portugués, para saquear un ratito. Luego pensaron en saquear también La Coruña pero un brote de sarampión entre la marinería les impidió detenerse más tiempo. A sus espaldas, Cádiz prácticamente desaparecida del mapa y la corona de los Austrias en quiebra tras valorar en 5 millones de ducados las pérdidas de la flota de las Indias. Dicen las crónicas que en la ciudad ardieron las iglesias y hospitales, una cuarta parte de todas las casas y hasta se pensó que no era posible recuperarla y que debía trasladarse en bloque al Puerto de Santamaría.

Cádiz por Hachero


Como anécdotas más poéticas dice la leyenda que los ingleses robaron tantos barriles de vino de Jerez que ayudó a popularizarlo en las islas británicas, y dice también la leyenda que el mismo Miguel de Cervantes dedicó un soneto satírico a las tropas del duque de Medina Sidonia y a su lugarteniente, el capitán Becerra:

Vimos en julio otra semana santa
atestada de ciertas cofradías
que los soldados llaman compañías,
de quien el vulgo, y no el inglés, se espanta.

Hubo de plumas muchedumbre tanta
que, en menos de catorce o quince días,
volaron sus pigmeos y Golías,
y cayó su edificio por la planta.

Bramó el Becerro, y púsoles en sarta,
tronó la tierra, escurecióse el cielo,
amenazando una total ruina;

y, al cabo, en Cádiz, con mesura harta,
ido ya el conde, sin ningún recelo,
triunfando entró el gran duque de Medina...

Cádiz por Hachero

La última consecuencia del saqueo de Cádiz es la desconcertante sospecha de que Shakespeare se inspiró en el segundo conde de Essex para su más recordado personaje, el de Hamlet, todo un tratado sobre la traición. Robert Deveroux se perfilaba como un perfecto aspirante el trono tras la humillación que infringió a Felipe II. La reina, que lo había tenido como su más admirado militar, había mandado ejecutar a buena parte de los oficiales del saqueo de Cádiz porque sospechaba que le robaban todo, y el pobre Deveroux pasó de favorito a sedicioso por defecto. En Inglaterra su valentía despertaba más admiración de la que la propia reina pudo aguantar. Aprovechando que el segundo duque de Essex fracasó en su guerra contra Irlanda, la reina, su amada reina, ordenó decapitarlo en la torre de Londres cuando el victorioso saqueador de Cádiz tenía sólo 34 años. Tal vez lo que oliera a podrido no fuera, al fin y al cabo, Dinamarca...

Referencias

'El saco de Cádiz', Stephen y Elizabeth Usherwood, diario del 'Mary Rose', servicio de publicaciones de la Diputación de Cádiz, 2001

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