martes, 4 de diciembre de 2012

Viaje a Urfa: las tres tumbas de Beduzzaman Said Nursî



A los pies de la montaña desde la que cayó Abraham sobre un lecho de rosas que amortiguó su caída se levanta un mausoleo con una tumba vacía. A los peregrinos no parece importarles que dentro de los muros protegidos por gruesos muros y un poderoso enrejado no haya nada más que un agujero sin nadie. Pero lo cierto es que peregrinan desde toda Turquía para rezarle a un sepulcro sin cuerpo, a un santo ausente. El responsable de esta extraña historia es Beduzzaman Said Nursî, un hombre que murió cerca de allí, de su tumba vacía, en la primavera de 1960, en la muy sagrada ciudad de Urfa, y lo cierto es que sus admiradores lo enterraron a toda prisa porque se olían que ese santo varón podía desequilibrar al estado turco incluso enterrado en una cripta. Pero fue en vano. El gobierno, con cierto pánico de que se les estuviera gestando un mito religioso, y encimade todo un kurdo, se puso manos a la obra para evitar que la tumba se convirtiera en un centro de peregrinación.


Así que, el 12 de julio de 1960, un grupo de soldados fuertemente armados rodeó la tumba, levantada en un maravilloso jardín surcado por canales donde enormes carpas saltan despreocupadas, desenterró el cadáver y se lo llevó a un lugar secreto cerca de la ciudad de Isparta donde introdujeron los restos en una cámara que posteriormente sellaron para enterrarlo nuevamente sin testigos ni devotos. Hacía bien poco que el general Cemal Gürsel había encabezado un golpe de estado para imponer el ideario de Atatürk, el líder turco que basó el desarrollo del país en el occidentalismo por narices, y lo primero que quiso evitar el militar fue que le salieran santones por las esquinas. El cadáver, pues, de Said Nursi descansa en un lugar desconocido, al tiempo que su alma lo hace en uno conocido, aunque un rumor asegura que dos de sus seguidores encontraron el nuevo sepulcro y trasladaron nuevamente sus restos a otro lugar. Dice más la tradición: dice que cuando uno de ellos muere, el que aún resta vivo comparte el secreto con otra persona, de manera que siempre hay dos devotos que conocen el paradero de la tercera tumba de Said Nursî. Pocos mortales tienen el extraño privilegio de tener tres tumbas, si el rumor es cierto (aunque, y si no lo fuera, tendrá dos, que tampoco está mal).


Said Nursî es la sorpresa inesperada de la antigua ciudad de Urfa, Sanliurfa para los turcos ('la gloriosa Urfa'), una urbe que fue la antigua Edessa de los selyúcidas o la Justinopolis de Bizancio pasando por Riha para los siríacos, Ruha para los árabes o Urhai para los armenios. A pesar de que está considerada la cuna de Abraham o también, cosas de la historia, residencia del Santo Job, o a pesar de que por aquí pasaron sumerios, acadios, babilónicos, persas y caldeos, armenios y romanos, o incluso los mismísimos cruzados, Urfa es hoy el centro de atracción de los seguidores de Said Nursî, que son legión y viven su devoción calladamente, de modo casi clandestino, no vaya a ser que el gobierno turco les trate como trató a su maestro.

La montaña desde la que arrojaron al profeta Abraham

Entre los méritos de Said Nursî, o tal vez el mayor de todos, se encuentra la colección Risale-i Nur, Cartas de la Luz, unos comentarios sobre el Corán con más de seis mil páginas, un tocho considerable en el que este teólogo sunita consideraba que la ciencia debía de entrar en los colegios religiosos y que la religión no podía estar fuera de los colegios. Sus enseñanzas no son ninguna broma, sobre todo porque a día de hoy sus devotos se agrupan en el conocido como movimiento Nurcu, que tiene en Muhammed Fethullah Gülen a su figura más conocida y otro de los grandes enemigos de la patria turca (junto a los kurdos). Gülen vive en Pennsylvania, no sabría yo decir si exiliado o autoexiliado, aunque lo más probable es que acabe en la cárcel si vuelve a pisar Turquía. Las enseñanzas de Gülen se extienden por Asia Central, Extremo Oriente y África (y dicen que hasta por América Latina) y, aunque enlazan con la de Nursî, el profeta de la tumba vacía, exceden de estas y van más allá: tanto que el movimiento Nurcu, tras al vendaval de Muhammed, se transformó en el actual movimiento Gülen y el propio Gülen es ahora uno de los cien pensadores con mayor influencia del planeta.


Said Nursî mantuvo desde muy joven el prefijo de Bediuzzaman, que significa La Maravilla de su Tiempo, un tratamiento que haría sentirse incómodo a cualquiera con un mínimo sentido del pudor. Pero Said Nursî era uno de esos hombres tocados por el dedo del destino y tal vez no le desentonara semejante distinción. Ya de muy joven demostró unos conocimientos sobre religión que nos retrotrae a Nuestro Señor Jesucristo de niño dejando boquiabiertos a los maestros del Talmud. Nacido en 1878, o en 1873, depende de quien lo diga, el atribulado líder vivió los últimos años del gran Imperio Otomano y pronto sintió una poderosa atracción por todos los conocimientos de su época. Dedicado durante su juventud al noble arte del estudio, el joven Nursî se convirtió en un compendio de sabiduría ecléctica, lo mismo dominaba las matemáticas que la astronomía, lo mismo charlaba sobre biología o física que sobre filosofía. Un espíritu tan culto no podía encorsetarse en un solo conocimiento pero los periódicos publicaron una frase de Lord Gladston, secretario para las colonias británicas, en la que decía: 'mientras los musulmanes tengan el Corán, no podremos dominarles: hay que alejarlos de la religión', a lo que el pío Nursî respondió empezando su enciclopédica obra escrita. Durante cuarenta años, El Único y Más Grande de su Tiempo escribió su obra magna, Risale-i Nur, un intento de modernizar la vida de los musulmanes mediante reflexiones sobre su propia vida que debió de impregnar la obra de emociones de todo tipo porque lo mismo escribía montado a caballo que hundido en una trinchera.


Y reflexiones tenía para dar y regalar. Participó en la primera guerra mundial, fue hecho prisionero por los rusos cuando defendía la región de Van y encarcelado en Siberia, donde se libró de un fusilamiento rezando, a su vuelta a Turquía sufrió persecuciones, palizas y cárcel, trataron de envenenarlo diecisiete veces, los piadosos musulmanes más tradicionales lo declararon fuera del islam por esas ideas de querer modernizar algo que provenía de los desiertos,  y Mustafá Kemal, el legendario Atatürk, lo persiguió por todo lo contrario, porque quería evitar a toda costa la imagen del típico país de Oriente Medio dominado por santones y profetillas de tres al cuarto. O tal vez Atatürk lo persiguiera por su rechazo al cargo de Ministro de Asuntos Religiosos para las provincias orientales de Turquía. A su heroico regreso de Rusia, los gobernantes turcos lo vieron como el revulsivo que necesitaba la patria para enderezar al alicaído imperio con un mesías de andar por casa pero el rebelde Nursî, que de un vistazo caló a sus interlocutores, los recriminó por pensar más en la modernidad europea que en los verdaderos ritos islámicos. Y a partir de ahí, su descenso a los infiernos. Madrasa o universidad que fundaba, madrasa o universidad que cerraban, estudiantes que lo seguían, estudiantes que terminaban encarcelados.



Sin embargo, y a pesar de todo, el alegre Nursî seguía congregando multitudes, ya fuera en la cárcel o en las calles, en mitad de una guerra o en la quietud de una madrasa. Su creencia sunita derivó hacia el misticismo sufí, tal vez rememorando aquel padre tan estricto en sus ideas que tapaba con un trapo las bocas de sus vacas para que no comieran nada de huertos ajenos. Y así pasó el resto de su vida, entrando y saliendo de la cárcel, torturado y envenenado por los policías, rodeado de un número creciente de admiradores y venerado todavía hoy, medio siglo después de su muerte, como un gran sabio del islam que incluso descendía de Mahoma.


Sus últimos días se sienten en Anatolia Junction, de Fred A. Reed, el pobre y anciano ya Said perseguido por el tiránico gobierno del presidente Menderes a bordo de un Sedan de color oro atravesando la Anatolia occidental, viajando de noche por carreteras secundarias para pasar desapercibido, rodando por caminos embarrados y tosiendo la pulmonía que consumía sus últimos días. Su llegada a Urfa fue un acontecimiento tan grande que la policía no se atrevió a intervenir y cuando se armó de valor para detenerlo imponiéndose a la multitud, el abuelo ya estaba muerto. Por si fueran pocos los problemas del gobierno turco, sus admiradores siguen siendo millones hoy en día en todo el país, ocultos tras una fachada de islamismo común y corriente, esperando el momento en el que el gobierno abra la mano para dedicarse a las enseñanzas de su maestro, el ocupante de las tres tumbas.

©José Luis Sánchez Hachero
sanchezhachero@hotmail.com

domingo, 2 de diciembre de 2012

Pioneros del tabaco: Rodrigo de Jerez y Nicolás Monardes




Los vecinos de Ayamonte, en Huelva, no salían de su asombro cada vez que veían a Rodrigo echar humo por boca y narices. Cosa del demonio, decían mientras el marinero les aseguraba que existía otro mundo donde la gente caminaba desnuda y aspiraba tizones de hierbas candentes. Rodrigo de Jerez volvió a casa con un buen cargamento de aquellas hojas a bordo de la Niña y escandalizó tanto a sus paisanos que denunciaron a la Santa Inquisición que el tal Rodrigo echaba humos. Otros dicen que fue su esposa quien lo descubrió en un sótano practicando este vicio nefando y que ella misma lo denunció por poseído. El caso es que se pasó encarcelado seis años porque ‘sólo Satanás puede conferir al hombre la facultad de expulsar humo por la boca’...


Años después, el tal Rodrigo había extendido el arte del fumar, o el vicio del fuma, según se mire, por media Andalucía. En la calle Sierpes de Sevilla el médico Nicolás Monardes cultivaba con mimo un huerto de plantas extrañas. Los vecinos observaban curiosos las exóticas plantas que Monardes conseguía hacer brotar de aquellas raras semillas que obtenía en los muelles del puerto. De entre todas ellas, Nicolás tenía una debilidad: el tabaco.

El nombre propio suyo entre los indios es picietl, que el de tabaco es postizo de nuestros españoles, por una isla do hay mucha cantidad dél llamada este nombre 'Tabaco'... En pasiones de pecho hace esta yerba maravillosa obra, en especial en los que echan podres y materia por la boca y en asmáticos y otros males antiguos; haciendo de la yerba cocimiento y açúcar hecho xarabe y tomado en poca cantidad, hace expeler las materias y pudriciones del pecho maravillosamente. Y tomando el humo por la boca hace echar las materias del pecho a los asmáticos."

Monardes tomó al tabaco por la medicina total: capaz de curar la artritis, el mal aliento, la jaqueca, el dolor de estómago y el de muelas. Tanto confió en la planta que fabricaba píldoras de tabaco para que sanara todo enfermo insalvable. De sus libros destaca la 'Historia Medicinal de las cosas que se traen de nuestras Indias Occidentales', publicado en 1574, en el que explica sus experimentos con decenas de productos del otro lado del océano. Entre ellos, plantas de gran importancia, como el maíz, la piña, el cacahuete, la batata, la coca o la zarzaparrilla. Monardes aprovechó su cercanía al puerto de Sevilla, centro del comercio entre los dos continentes, para crear su huerto con plantas americanas. Su libro fue un éxito tan grande que en apenas cien años se había traducido a seis idiomas y vendido más de cuarenta ediciones.


     Bibliografía


La Historia Medicinal de las cosas que se traen de nuestras Indias Occidentales, Sevilla, Nicolás Monardes.- 1580
Manuel de diagnóstico y tratamiento del tabaquismo, H. Pardell, E. Saltó, LL. Saleras, Editorial médica panamericana S.A. Madrid, 1996


©José Luis Sánchez Hachero
sanchezhachero@hotmail.com


jueves, 29 de noviembre de 2012

Viaje a la Iglesia Siríaca: con los últimos ortodoxos sirios de la Anatolia turca

El padre José es un sacerdote del rito siríaco o jacobino y me muestra su Biblia escrita en arameo


El padre José me muestra muy ufano su bella iglesia en el casco histórico de Diyarbakir, un templo que lleva el nombre de Meryem Ana Kilisesi, o iglesia de la Virgen María. Un santuario tan antiguo que el padre José me señala un rincón del techo, de donde asoma algo así como un capitel que me parece corintio. 'Es un templo anterior sobre el que está construida la iglesia', me confiesa mientras saca una voluminosa biblia escrita en un galimatías que me muestra con un extraño gesto de complicidad: 'es arameo', dice enarcando las cejas, 'la lengua de Cristo'. 



Porque el padre José pertenece al credo ortodoxo sirio, también conocido como siríaco o jacobita, y es el sacerdote que asiste a las familias cristianas de esta ciudad conocida por ser la capital de los kurdos. Trabajo, lo que se dice trabajo, no parece que tenga mucho: sólo cinco familias siguen el rito siríaco en Diyarbakir y el padre José, con su cara de Ahmadineyad, pasa largas horas en el patio del conjunto religioso comiendo uvas y discutiendo con los feligreses sobre lo divino y lo humano. A su iglesia vienen cristianos armenios, que no son más que otras cinco familias, o algún caldeo que vive en el intramuros de una ciudad que respira islam. 

La iglesia siríaca de la Virgen María en Diyarbakir

La iglesia de la Virgen María es un bello ejemplo de arquitectura cristiana en Oriente Medio, y además me recuerda a otros templos cristianos de la región, en el Líbano, por ejemplo, en Tiro y en Sidon, disimulados en las calles de tal modo que apenas puedes intuir que tras esa pequeña puertecilla exista un gran espacio sagrado y dedicado a lo que sus vecinos consideran un profeta menor. El padre José me enseña el libro en arameo pero no quiere que le saque fotos a la capilla, misterios de la vida, y además de uvas recién lavadas y agua fresca, me pide limosna y me despide con una recomendación: visite la Gran Mezquita, la Ulu Camii, que está en pleno centro, es muy bonita y además, añade con cierta cara de pena, era nuestra iglesia de Santo Tomás hasta que nos la quitaron hace varios siglos... Al salir por los gruesos muros de la iglesia, que parece más un castillo medieval, se acabó la paz: los niños gritan, las calles estrechísimas ofrecen una imagen pintoresca y al tiempo agobiante del mundo islámico y, por si fuera poco, de pronto un muecín alza al cielo su clásica llamada al rezo: Allah U Akbar. Pareciera que dentro de los muros de la iglesia siríaca se haya detenido el tiempo y el espacio. El padre José me despide, parece que sufra porque su antigua iglesia de Santo Tomás sea ahora el quinto lugar sagrado del Islam, pero olvida que su iglesia, la de la Virgen María, era antes un templo con toda la pinta de haber sido helénico.

Iglesia siríaca 

Los siríacos de hoy día no superan los dos millones de seguidores, son una minoría muy minoritaria en el mundo cristiano, y mucho más en Oriente Medio, y tienen su sede central en la castigada Damasco. Los siríacos tienen obispos, como los católicos, pero no hay autoridad jerárquica superior sobre ellos, y además consideran que Jesucristo no era persona sino solamente, y nada menos, que Dios en sí mismo, de modo que rechazan esa dualidad divina humana que les dan otras orientaciones cristianas. Anatema, por supuesto, para sus primos de confesión, herejía para nuestros abuelos, gente rara al fin y al cabo. Pero algo deben de saber estos cristianos que en la península de la Anatolia resisten contra viento y marea hablando la lengua de Cristo desde su formación, nada menos que en el siglo I. 


Feligresas siríacas, o jacobinas, en

Dicen que huyeron de Palestina tras la lapidación de San Esteban y que fueron los primeros en ser llamados cristianos, en la ciudad de Antioquía, que no está lejos de la Anatolia donde me encuentro, una ciudad que tiene también la fama de albergar a la primera comunidad cristiana fuera de Palestina y que tuvo en Simón Pedro a su fundador. Ya saben, aquel de 'sobre ti edificaré mi iglesia...'. Los jacobitas han sufrido tantas persecuciones que me extraña que aún queden esos dos millones. Los bizantinos no veían nada bien eso de que Nuestro Señor Jesucristo fuera sólo Dios y pronto los pusieron contra las cuerdas, aunque los siríacos, o jacobinos (en honor a su legendario obispo Jacobo Baradai, quien provocó el cisma con la iglesia griega ortodoxa) se expandieron a una velocidad tan de vértigo que en la Edad Media tenían ciento tres diócesis, desde Siria hasta Afganistán, habían penetrado en la provincia china de Xingjiang o en el lejano Turquestán. Fueron los mongoles y el sanguinario Gran Tamerlán los que redujeron aquel imperio celestial a poco más que ruinas pero, ya en la actualidad, los ataques a manos de los últimos coletazos del imperio otomano los dejaron tan reducidos que muchos hoy en occidente no han escuchado hablar de ellos jamás. De hecho, el genocidio armenio no fue solamente armenio: los jacobinos sufrieron grandes matanzas de fieles que dejaron esta región desolada y uniformemente islámica. Aún quedan comunidades dispersas, no sólo de ortodoxos sirios sino también de caldeos, de armenios y maronitas, cristianos en tierras del Islam.


Johannes me enseña esta bonita iglesia ortodoxa siria de Midyat

Los campanarios dominan la ciudad vieja de Midyat al tiempo que crean una extraña inquietud entre los visitantes: juraría haber visto una cruz por ahí arriba, dice uno mientras se siente un tanto minotauro en el laberíntico casco histórico. Por fin: una iglesia. Abro tímidamente la puerta y un sacerdote me recibe circunspecto: no hablo más que arameo, turco y árabe, me dice el hombre, y yo le pongo cara de póker. No se preocupe, me indica, este niño habla alemán: se llama Johannes, un nombre muy cristiano pero con cierto regusto a arcaico. Johannes me enseña el templo, que no es cualquier templo porque Midyat, con su lánguida vida, es la ciudad principal de los arameos. En esta ciudad cayeron asesinados muchos de ellos, como Edward Tanriverdi, el último médico arameo de la ciudad, o el concejal Yakub Mete, víctimas de la intransigencia religiosa y, también, de la mala suerte porque hablamos de una zona de guerra abierta entre el movimiento secesionista kurdo y el gobierno turco. Por si fuera poco, el partido de Dios, Hezbollah, al que no hay que confundir con el Hezbollah libanés (que son chíitas frente al Hezbollah turco, que son sunitas), compuesto por kurdos relacionados con sus primos iraquíes, y que luchaban contra el PKK independentista kurdo al tiempo que enarbolaban la bandera antimarxista, dejaron un buen reguero de jacobitas muertos a su paso por Midyat, lo que contribuyó a acelerar el despoblamiento de cristianos de esta ciudad.


Idris sale de su clase de arameo para mostrarme su iglesia

Entre unos y otros, desde 1980 al menos 18 pueblos han perdido toda su población aramea, muchos emigrados a Alemania, y como prueba de que la emigración no fue un espejismo, nadie habla inglés pero todos los abuelos que me encuentro se me dirigen en perfecto alemán. Mi germánico es tan triste como mi etíope clásico así que nos miramos con mutua curiosidad. Al parecer, muchos emigrados están volviendo, a pesar de que los arameos, como los kurdos, no pueden recibir clases en su idioma porque, recordemos, en Turquía sólo hay un idioma, el turco, y una sola raza, la turca. 


Estas feligresas hablan arameo y alemán
Los arameos hoy no suponen más de 15.000 individuos en Turquía, la mayoría en Estambul, y en esta región, con tanta iglesia que tienen y tanto esplendor que tuvieron, no superan los 2.000, la mayoría ancianos y emigrados que se instalan en los alrededores de Tur Abdin, que significa Montaña de los Esclavos de Dios. Lo triste es que en esta ciudad tan llena de kurdos los siríacos eran mayoría en los años sesenta pero a finales del siglo incluso el obispado tuvo que cerrar sus puertas por falta de titular. Tras siglos de matanzas y persecuciones, la guerra entre el estado turco y los kurdos fue la puntilla para la comunidad jacobina. 

Saliendo de misa...

Hoy quedan los restos de aquella confesión que llegó hasta la China, monasterios con cuatro monjes, iglesias con dos abuelos, párrocos que ofician ritos para cinco familias, cascos históricos de los que sobresalen campanarios con fantasmagóricas cruces a las que parece imposible llegar en las laberínticas medinas islámicas, antes pueblos de armenios, arameos y caldeos. De hecho, al norte de Damasco está Maalula, una ciudad aramea con una sola mezquita contra catorce iglesias. Los cristianos de Oriente Medio luchan por sobrevivir en la región que fue su cuna mientras que, como decía, en occidente los cristianos tienen la sensación de que no hay más rito que el suyo y olvidan a estas comunidades que se esfuerzan en mantener algo más que una fe. Los abuelos de Midyat se levantan amables para despedirme: Auf Wiedersehen. Simpáticos, los últimos representantes de la iglesia que fundó Simón Pedro, el Príncipe de los Apóstoles y la piedra sobre la que Cristo edificó su iglesia. O una de ellas...





 ©José Luis Sánchez Hachero
sanchezhachero@hotmail.com










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