Mostrando entradas con la etiqueta Israel. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Israel. Mostrar todas las entradas

miércoles, 13 de enero de 2016

Viaje a Israel: revivir al mar Muerto para que siga muerto


Intento hundirme pero no hay modo: el agua me expulsa de su fondo. La superficie aparece moteada de voluminosos cuerpos que experimentan la misma sensación: son peregrinas rusas que aprovechan un alto en el pío camino de Jerusalem para sentirse gráciles plumas que nadie puede hundir. El mar Muerto es un reclamo turístico para sus dos orillas, la de Israel y la de Jordania, y añade un elemento distinto al turismo religioso o al interés geopolítico de la región. Pero el mar Muerto tiene un problema que nadie sabe exactamente cómo resolver: se está secando y eso crea una de esas paradojas que tanto me gustan: el mar Muerto se muere y los países limítrofes quieren revivirlo para que siga estando muerto.

mar muerto 2

El problema radica en la crónica carencia de agua de la región. Israel, Jordania y hasta Siria toman agua de los afluentes que vierten sus corrientes en este mar tan salado, desde el río Jordán a otros menos conocidos, una carrera contrarreloj y contra la evaporación que comenzó un siglo atrás y que amenaza de muerte al mar Muerto. Una pena porque no sólo está muerto y salado y lleno de rusas que chapotean agobiadas en un elemento que las supera: también es el punto más bajo del planeta tierra, 400 metros bajo el nivel del mar, lo que convierte la concentración de sal en sus aguas, (diez veces más alta que en el océano, 340 gramos de sal por litro de agua) en una broma macabra para los sedientos y en una oportunidad para los empresarios que levantan balnearios y spas en sus orillas.

mar muerto 1

Una broma que nadie quiere que desaparezca porque se iría parte de nuestra historia, desde Cleopatra fascinada por las curiosas aguas a Ludwig Burckhardt arrastrándose vestido de beduino para descubrir la cercana ciudad de Petra. Por eso Israel y Jordania abrirán un canal entre el mar Rojo y el mar Muerto, un canal que abastecerá de agua potable a las ciudad de Aqaba, en Jordania, y a la de Eilat, en Israel, un proyecto de 900 millones de dólares. La conducción principal transcurrirá por territorio jordano y transportará agua salada del mar Rojo mientras que el agua potable vendrá de territorio israelí situado más al norte. El problema radica en mantener un equilibrio entre el aporte de agua y la salinidad del singular mar. El canal tendrá 180 kilómetros y transportará unos 50 millones de metros cúbicos para desalar que irán a los grifos del sur de Israel, otros 30 millones de metros cúbicos para Jordania y un plus de agua dulce proveniente del lago Tiberíades para los grifos del norte de Jordania. Unas cantidades bíblicas pero que no acaban ahí porque las bombas seguirán enviando unos cien millones de metros cúbicos de agua residual proveniente de las desaladoras al mar Muerto, una cantidad que parece mucha pero que sólo incrementará el nivel de este mar tan salado en unos 10 centímetros al año, un combate desigual porque el ritmo de secado es de cien centímetros anuales, una cantidad que asombraría a los vecinos de un siglo atrás que verían cómo la orilla ha descendido 25 metros después de perder un tercio de su masa de agua.

mar muerto


El proyecto no deja de generar polémica y la Asociación Amigos de la Tierra, de Israel, se opone a esta idea porque ve en peligro de morir, paradójicamente, al mar Muerto, que moriría dos veces al recibir aguas nuevas que puedan traer bacterias y algas ajenas a este extraño ecosistema con mucho de sistema y muy poco de eco. Sin la ayuda del canal, el mar Muerto desaparecerá en unos cincuenta años. Con el canal, tal vez tarde unos años más pero tal vez muera convertido en un mar distinto del mar actual. Lo que sí parece cierto es que el mar Muerto está condenado a muerte y eso preocupa a los que tratan de mantenerlo vivo para que siga ofreciendo su peculiar muerte a sus visitantes...

lunes, 18 de febrero de 2013

Viaje a Israel: en las viviendas palestinas demolidas por el ejército hebreo



Yihad quiere sorprenderme: le enseñaré la casa de un amigo que explotó en un autobús, me propone. Subimos cuesta arriba en un barrio palestino con los caminos de tierra y, arriba del todo, señala con un orgullo triste un solar. ¿Dónde está la casa?, le pregunto. 'Aquí, esto es la casa'. Pero no hay construcción alguna, tan sólo un descampado sobre el que revolotean unos plásticos empujados por el viento. De la vivienda vecina sale un tipo con cara de pocos amigos: es el dueño de la casa que ya no está. Su hermano fue uno de esos suicidas que salpicaban los informativos de la televisión de imágenes desagradables, se inmoló en un autobús y mató a nosecuántos, el ejército apareció al cabo de unos días rodeando un par de bulldozers y echó la casa familiar abajo. ¿Y qué culpa tenía este hombre, me pregunto, de lo que hizo su hermano? ¡Y qué culpa tenía mi madre, mis hermanos, mis tíos! El tipo gesticula colérico en el solar que antes fue su hogar, tan sólo Yihad calma su ira con una conversación monocorde y de tono bajo. Yihad es un palestino que vive en un campo de refugiados del centro de Belén y que se ha empeñado en mostrarme los vericuetos de su ciudad y del que ya hablé aquí.

Yihad y el hermano del suicida hablan sobre lo que antes fue la casa familiar del terrorista
Era la semana santa de 2004, apenas unos días después del asesinato del jeque Yashin, ya saben, aquel tipo ciego que dirigía Hamas desde una silla de ruedas y al que reventó un misil israelí (identificable sólo quedó algún tubo de metal de la silla de ruedas). No sería la única demolición de la que tuve conocimiento. Días después, en las afueras de Jerusalem, una familia espera sentada a la frondosa sombra de los árboles frutales de su jardín la llegada del bulldozer israelí. Veo mucha gente y no sé diferenciar quién es familia y quién no lo es. La casa tiene dos plantas y un sótano que parece más habitado que el resto de la edificación. Tiene altos techos, una escalinata, hay niños que corren, mujeres sentadas en sillas de plástico. Los hombres son todos mayores, muy mayores en según qué casos. ¿Cuál es el delito de esta familia?, me pregunto. El delito es, a su vez, su penitencia: uno de los hijos de la familia militaba en un grupo terrorista, me dicen, lo han detenido cuando pretendía inmolarse en no sé dónde, aunque la familia duda de esa versión porque, dicen, no se lo imaginan inmolándose en ninguna parte. Pretendo grabar su testimonio con una cámara de video que me han prestado unos palestinos porque la mía me ha sido requisada por las autoridades israelíes en el aeropuerto. Les grabo mientras relatan toda su epopeya: no sólo uno de los suyos ha sido detenido sino que varios más han sido muertos y ahora el estado israelí ha decretado un nuevo castigo: la casa familiar debe caer. Ya se ha ido el bulldozer: sin contemplaciones ni miramientos la estruendosa maquinaria entró en el jardín y, con un certero golpe en un pilar, la estructura se derrumbó. Las mujeres lloran sentadas en sus sillas de plástico, el edificio entero se tambalea, se hunde en según qué partes, pero milagrosamente sigue en pie. Eso sí, es inhabitable y amenaza con un derrumbe total en cualquier momento. Mis anfitriones hablan a la cámara, una mujer me habla de su hijo, mártir dice ella, y de cómo explotó en un bar llevándose por delante no sé cuántos estudiantes: doble castigo el suyo, ya no tiene hijo ni casa.


No sé quién y no sé cuántos. No puedo especificar más porque la cámara, una vez estuvo el trabajo hecho, desapareció misteriosamente en manos de sus dueños palestinos, que no me dejaron ni una copia del trabajo. Era el año 2004, cuando el paroxismo de las demoliciones, las inmolaciones, los atentados en los autobuses y la Intifada tenían visos de llevarse por delante la salud psíquica de todos, palestinos e israelíes. Y, sin embargo, diez años después las demoliciones siguen su curso, aunque ya no haya inmolaciones ni atentados en autobuses.



Yihad (Guerra Santa en árabe) me propone ahora visitar al amigo que provocó la demolición. 'Era amigo mío', asegura, 'explotó en un autobús, te enseñaré su tumba', dice mientras me lleva a un pequeño cementerio cerca del barrio. ¿Y qué culpa tienen los familiares?, me pregunto y le pregunto, ¿no se están creando más enemigos y más rencor los israelíes?, vuelvo a preguntarme, y Yihad mira al cielo como el que no tiene más respuesta que observar el tranquilo vuelo de un par de gorriones que no conocen fronteras ni checkpoints. La respuesta es obvia, me temo: al estado israelí no le importa granjearse algunos enemigos más, ya los considera a todos así, y el plan de judaización de todo el territorio palestino es mucho más grande y ambicioso que el de proteger incluso a sus propios ciudadanos de la ira de algún familiar colérico por la pérdida de un pariente y de su propia casa: total, todo será, antes o después, israelí, no podemos pararnos por minucias, parecen decir las frías declaraciones del ejecutivo de Tel Aviv. Y eso que dice el artículo 33 del Convenio de Ginebra que 'no se castigará a ninguna persona por infracciones que no haya cometido'. Sin embargo, se hicieron, se hacen y, probablemente, se seguirán haciendo, aunque no todas se hacen como venganza: las hay que se ejecutan simplemente por motivos económicos y estratégicos (o mejor dicho: de limpieza étnica).


2011 marcó el récord de demoliciones en lo que aquí conocemos como Tierra Santa: 622 estructuras palestinas terminaron por los suelos, de las cuales 222 fueron hogares familiares. Es decir: el 36% del total. Un hito que no pudieron superar el año pasado, es decir, en 2012, cuando fueron 604, de las que 'sólo' 189 eran viviendas. El resto de estructuras viene a referirse a refugios para animales, cisternas de agua y demás infraestructuras básicas de los vecindarios, incluidas carreteras y caminos. Aquí están las cifras de 2012  y en este exhaustivo informe, las de 2011, el año del récord. 

Unas cifras frías y lejanas que esconden el drama que vivieron el año pasado 880 palestinos, la mitad de ellos niños, un número cercano al de 1094 personas que sufrieron lo mismo en 2011, y que es prácticamente el doble de las que sufrieron esta pérdida un año antes, en 2010. Según el Comité Israelí contra la Demolición de Hogares, el ICAHD, una ONG israelí que se enfrenta a esta ominosa forma de lucha,  desde 1967, año en el estado hebreo comenzó estas prácticas, son más de 26.000 los hogares que los bulldozers israelíes han demolido, hogares todos ellos, por si queda alguna duda, de propiedad palestina. El valle del Jordan es el lugar favorito para estas demoliciones: en 2011 una de cada tres viviendas fue derribada aquí, y, según asegura la misma ONG (recordemos: una ONG israelí), se trata de una medida con mucho de política porque 'para un estado palestino viable el valle del Jordan representa una esencial reserva agrícola', además de suponer la entrada al hipotético estado. Ya lo dijo Netanyahu en 2011, ¡nada menos que ante el congreso de los Estados Unidos!, 'Israel nunca cederá el valle del Jordán, ni alcanzará un pacto pacífico bajo ninguna circunstancia, porque para el estado de Israel es vital mantener el control de la zona a lo largo del río Jordán'. Antes de la ocupación de 1967 en este valle vivían unos 320.000 palestinos, aunque hoy sólo son algo más de 65.000. Aquí tienes una espléndida referencia con galería de fotos de esta práctica enAl-Khas, que está en Belén, y en Beit Hanina (en Jerusalem este) 


La estrategia, como decía, tiene ya años y ha variado en función de las circunstancias políticas y de seguridad. La medida de destruir las casas de los familiares de los terroristas, se instauró en el verano de 2002, en un intento de frenar los atentados suicidas que trajo la segunda Intifada y que inundó los informativos de medio mundo con aquellas desagradables imágenes de autobuses despanzurrados y trozos de cuerpos esparcidos por calles enteras. Una solución que duró poco más de tres años, hasta que el 31 de enero de 2005 Israel suspendió su política de demolición de casas de terroristas palestinos tras las recomendaciones hechas por un comité militar designado por el ministerio de Defensa. Una decisión limitada a las demoliciones con carácter disuasorio, y no a las 'tácticas', es decir, que sólo afecta a las de familias de suicidas y atacantes, y no a las que ejecutan los militares para extender el perímetro de las zonas militares de Gaza (y en las que entran las que encabezan este artículo). Decía la comisión de investigación que el efecto disuasorio había sido mínimo y que las demoliciones alentaban a los palestinos a cometer más atentados dentro de un círculo vicioso sin fin. Además, aseguraron que sólo en una veintena de casos los padres convencieron a sus hijos de no participar en ataques contra Israel por miedo a perder las viviendas: un exiguo logro porque en el resto tan sólo se alimentó el rencor. Sin embargo, descartadas ya las demoliciones por causas de terror, siguen las tácticas, muchas encubriendo la estrategia estatal de estrangular cualquier intento de estado palestino, y parece bastante obvio pensar que los palestinos así desalojados alimentarán el mismo rencor al estado que las que fueron expulsadas por motivos de terror. Un argumento que no debió de impactar mucho en el ejecutivo israelí porque la medida volvió con fuerza en enero de 2009 y, a pesar de lo injusto (castigar a unos por el delito de otros) es la que más ruido hace aunque supone menos del 10% del total de las demoliciones.



Naciones Unidas y la propia ICAHD piden el fin de esta ominosa política que ya no tiene en la violencia, a día de hoy,  una explicación (siquiera cicatera): ¿qué culpa tengo yo de que mi hijo sea un terrorista? Los beduinos del Jordán son los más afectados: el 57% de las estructuras derribadas en los últimos años les pertenecen y el 82% de los desplazados son beduinos. Dice ICAHD que el objetivo es la confinación de cuatro millones de residentes de la West Bank, Jerusalem Este y Gaza a enclaves reducidos que impidan la formación viable de un estado palestinos mediante la Judaización de los territorios ocupados, una estrategia que busca controlar directamente el 85% de la tierra dejando en manos palestinas el 15% de la tierra, en enclaves inconexos y que no tengan posibilidad de controlar ni su propio espacio aéreo, fronteras ni la esfera electromagnética de las telecomunicaciones. En este proyecto no tienen cabida, obviamente esos molestos beduinos que ocupan amplísimas extensiones, siendo tan pocos.. Dice el relator para los derechos humanos en los territorios ocupados, el profesor Richard Falk, que 'la presión de las  autoridades israelíes para expulsar a las comunidades beduinas de sus tierras es deplorable e ilegal', una táctica que se extiende más allá de esas comunidades y por las que Israel controla más del 40% del territorio de Cisjordania a través de 149 colonias y 102 puestos exteriores (que no son más que nuevas colonias aunque ilegales incluso para las leyes israelíes), una ingente cantidad de núcleos que albergan a más de 500.000 personas en permanente expansión.


Yihad mira la tumba de su amigo con una sonrisa y me devuelve la mirada: 'no', asegura, 'yo no lo haré, mi lucha es otra', dice mientras volvemos a su casa, en un campo de refugiados. 'Hasta los veinte años no pude salir del barrio porque donde ahora hay calles abiertas antes había checkpoints que nos impedían el libre tránsito'. Las torretas de los controles parecen ahora monumentos al pasado, descascarilladas y el cemento rajado, aunque Yihad no las tiene todas consigo: no se fía de que vuelvan cuando menos lo espera. El dédalo de callejillas ha sido su prisión durante dos décadas, y con él todos los suyos. Dos décadas en las que, paradójicamente, hubieran firmado que uno de esos bulldozers que les dejan sin tierras cada día entraran en el barrio y se lo llevara todo por delante.


 © José Luis Sánchez Hachero
sanchezhachero@hotmail.com
losmundosdehachero@gmail.com

jueves, 20 de septiembre de 2012

Viaje a Jerusalem: a tortas en el Santo Sepulcro



El 10 de abril de 1846, 20.000 peregrinos procedentes de las regiones cristianas de Oriente Medio y el este europeo tomaron la villa de Jerusalem. Los devotos deambulaban por las estrechas callejuelas del centro de la Ciudad Santa buscando alojamiento, vendiendo mercancías, los había sentados en el suelo elaborando artesanías, los rebaños de cabras resbalaban por los tramos de escaleras que marcaban el calvario de Jesucristo, la plaza que daba acceso al Santo Sepulcro era un mercado alborotado y demencial, los guardias turcos trataban de poner orden en el caos. No era una fecha cualquiera: era el 10 de abril de 1846, una fecha especial y única porque coincidían la semana santa latina y la griega, un hecho poco frecuente y que generó una agria discusión: ¿quién tiene derecho a efectuar primero los ritos sagrados ante el altar más sagrado, el lugar donde se supone que murió el Redentor? La rivalidad entre los dos cultos, el griego y el latino, había alcanzado una dimensión estratosférica, más que pecaminosa, tanto que Mehmet Pasha, el gobernador de Jerusalem (en aquel momento en manos del imperio Otomano) ordenó replegar soldados por las esquinas en previsión de que el enfrentamiento religioso adquiriera ribetes de guerra abierta.

El viernes santo los sacerdotes latinos llegaron al sagrado templo para encontrar que los sacerdotes ortodoxos ya estaban allí y se enzarzaron en una terrible discusión. 'Exigimos que nos enseñen el permiso expelido por la Sagrada Puerta' (el gobierno de Estambul). La discusión, que empezó con palabras, siguió con los puños, continuó a patadas, se golpearon con crucifijos, incensarios, lámparas y cálices, la pelea se contagió a los monjes, a los peregrinos, relucieron espadas, pistolas y mosquetones, el lugar más sagrado del cristianismo se convirtió en una orgía de sangre y violencia que dejó, tumbados en el suelo, mas de cuarenta muertos cuando los soldados del gobernador llegaron al controvertido lugar.


Tras la bochornosa pelea palpitaban mil razones, además de la fatídica coincidencia de las dos versiones mediterráneas del cristianismo. Por un lado, el incremento de peregrinos occidentales gracias al desarrollo de los medios de transporte: ferrocarriles, barcos de vapor, mejores carreteras y líneas marítimas más desarrolladas que hicieron posible no sólo el envío de miles de devotos sino también de misioneros y curiosos, y entre ellos agentes secretos que velaran por la seguridad de sus paisanos y echaran un ojo al modo de hacer regresar, como en una nueva cruzada, las tierras santas al control de los cristianos del otro confín del Mediterráneo.

Lo cuenta Orlando Figes en su fascinante 'Crimea', una semblanza de la primera guerra mediática de este planeta. A mediados del siglo XIX los franceses abren su primer consulado en Jerusalem, los anglicanos fundan un arzobispado en la misma ciudad, los austríacos una imprenta, el Papa Pío IX recupera el patriarcado latino que enterró en las cruzadas del siglo XII, los griegos responden con la vuelta de su propio patriarcado, que languidecía en la antigua Constantinopla, y los rusos montan una amplia red de hospitales, colegios, capillas y hasta mercados para sus propios peregrinos.

El incremento de cultos (no menciono a los judíos ni a los musulmanes, que también ocupaban el centro de Jerusalem inmersos en los suyos), de cultos cristianos, claro, multiplicó el riesgo de peleas, aisladas y multitudinarias. Por ejemplo, en 1847 desapareció una gran cruz de plata que plantaron los franceses en la iglesia de la Navidad, en Belén, una cruz que los griegos sentían como una afrenta de occidente sobre oriente y que no hacía más que incrementar la rabia ortodoxa ante el hecho de que los monjes latinos fueran los dueños de la llave que abría la Gruta. La discusión se elevó de tono y provocó un conflicto diplomático que sólo los muy hábiles turcos pudieron llevar a buen puerto.


Hoy la basílica del Santo Sepulcro está tan dividida que es de lo más ameno echar un rato en su interior. El altar de la crucifixión pertenece a los ortodoxos, pero el de la virgen es de los católicos, y los tres cuadros de Cristo Resucitado tienen de propietarios a los ortodoxos, armenios y católicos. Los candeleros también están diferenciados y, para rizar el rizo, es una familia musulmana la que guarda la llave que abre el templo. En el lado sur del calvario se levanta una capilla franciscana, la de la Crucifixión, mientras que la roca del Gólgota, donde se supone se alzó la cruz de Jesucristo, linda con un altar de los griegos ortodoxos. El altar de la dolorosa, en cambio, pertenece, nuevamente, a los franciscanos mientras que la capilla de Santa Elena es propiedad de los armenios. Claro que no todo lo relativo a Santa Elena es armenio porque la cavidad en la que esta santa encontró los clavos y el título de la condena vuelve a ser de los franciscanos. La conocida como 'cárcel de Cristo' es de los griegos, ortodoxo pues, aunque la última parte de todas, es de los sirianos de Antioquía, que le dan nombre, 'capilla de los sirianos', conocidos estos cristianos también como jacobitas, siro-ortodoxos o siríacos. De pronto irrumpe una procesión de religiosos con caras de pocos amigos: son los coptos egipcios, o egipcíacos, que dijo aquel. La cosa no acaba aquí. Mientras asisto atónito a un baile que parece sincronizado de monjes de cultos diferentes pero paralelos y a unos coros que cantan sin interrumpir a los otros coros que cantan veo pasar a unos sacerdotes negros de trajes recargados: son los etíopes ortodoxos, protagonistas de una de las más surrealistas historias de este lugar cargado de surrealismo religioso.


Los etíopes viven en unas pequeñas celdas a modo de poblado africano en el techo del Santo Sepulcro desde que sus hermanos de fe, pero no de culto, los expulsaron en 1808 del siglo XIX. Según la historia, un incendio destruyó los documentos que probaban sus derechos custodios y, como buen ejemplo de piedad cristiana, fueron confinados al techo de la basílica. Y ahí siguen, bajando de cuando en cuando para desconcierto del respetable, que los ve como el que asiste a una aparición mariana. Los pobres etíopes mantienen su simbólica presencia desde el siglo IV de nuestra era (de otra era sería difícil), según atestiguan las crónicas de San Jerónimo, pero tantos puntos de antigüedad no les bastaron para contrarrestar los impulsos un tanto racistas de sus piadosos compañeros. El incendio de 1808 convirtió en cenizas sus documentos y los representantes de las cinco restantes confesiones (a saber y recordando: católicos, ortodoxos griegos, coptos, armenios y sirios) les dijeron que no hay lugar para los sin papeles. Para terminar de marear la perdiz, una epidemia se peste dejó a los etíopes, y por ende a media África, sin representación, momento que aprovecharon los coptos egipcios para hacerse con lo poco que les quedaba. El conflicto se alargó en el tiempo para solucionarse tan sólo a medias en 1970, cuando los etíopes consiguieron que les reconocieran parte de sus derechos, aunque el caso está en la corte suprema de Israel y los coptos no se hablan con los etíopes. La tensión es tan grande que en 2002 un monje copto desplazó la silla de un etíope para refugiarse del inclemente sol y los africanos respondieron con una pelea de puños que acabó involucrando, nuevamente, a medio Santo Sepulcro. Para saber más de estos extraños seguidores de nuestro señor Jesucristo, los etíopes, pincha aquí

Jesucristo dejó muchas frases. Recuerdo en estos momentos aquella de 'Amaos los unos a los otros: en esto conocerán que sois mis discípulos'. Curioso que, en el lugar donde supuestamente murió, los unos no aman a los otros y, aunque todos se declaren sus discípulos, nadie diría que los son.



 © José Luis Sánchez Hachero
sanchezhachero@hotmail.com


lunes, 28 de mayo de 2012

Viaje al Líbano: el indestructible castillo de Beaufort

La torreta de vigilancia aún se mantiene en pie, con la bandera de Hezbollah y el rostro de Nasrallah, su líder supremo

Supongo que el soldado que apretó el botón que voló el castillo de Beaufort el 24 de mayo del año 2000 no pensó en el rey Fulk, aquel monarca de Jerusalen que conquistó la fortaleza del príncipe Reynaud, ni en el imperial Saladino cuando aterrorizó a los cristianos, ni sintió el aliento de los romanos y bizantinos sobre cuyas ruinas se había edificado el edificio, ni debió de sentirse agobiado por el nombre francés de la magnífica fortaleza que se elevaba ochocientos metros en una tierra pelona y triste desde el lejano año de 1135. Pero el soldado lo hizo, apretó el botón, y una poderosa explosión derrumbó aquellos muros milenarios y con ellos los ecos de conversaciones entre cruzados parapetados contra las paredes mientras resistían las embestidas de los ejércitos mamelucos, las sombras de soldados templarios en defensa permanente de los peregrinos que acudían a Tierra Santa, la sed de venganza que sació Ahmad Pasha al Jazzar contra las revueltas chiítas del siglo XVIII.



El río Litani corre pasmoso desde los tiempos de los cruzados sin prestar mucha atención a los desvaríos humanos


Cuando la última muralla cedió a la onda explosiva de la bomba hebrea cayeron también los murmullos de Fakr Al Din II, el héroe druso que luchó por su independencia contra el poderoso imperio otomano, y cedieron paso las cicatrices que dejó el terremoto de 1837. Con cada batalla el castillo de los cruzados perdía ladrillos, colmataba sus fosos, derruía almenas y difuminaba su plaza de armas, derrumbaba las mazmorras y hundía garitas y barbacanas. Su aspecto cambiaba: ora más joven, ora más viejo, ora reluciente y con la cara lavada, ora arruinado y por los suelos. A mediados de los años cincuenta, el gobierno del Líbano invirtió algún dinero en rehabilitarlo para dedicarlo al maná universal de la economía, el turismo, pero no contaba con que la Tierra Santa no tendrá un minuto de paz por orden expresa del mismísimo Yahvé. Las guerrillas palestinas vieron en sus almenas la catapulta necesaria para atormentar a los que consideran usurpadores de sus casas en lo que ellos aún llaman Palestina y el castillo, con sus achaques y sus historias, volvió a la vida para lanzar muerte al otro lado de la frontera.

Al fondo, Galilea, según los israelíes, Palestina, según los palestinos

En junio de 1982, el ejército israelí invadió el Líbano en una operación mayúscula llamada Paz por Galilea que devolvió a los envejecidos muros del castillo un brillo de juventud y de buenos tiempos: es decir, más guerra. Sobre la castigada fortaleza sobrevolaron airados los F16 israelíes y sobre el castigado bastión cayeron bombas que pusieron pies en polvorosa a los guerrilleros de la OLP. Los soldados hebreos, dueños ahora de un edificio al que sólo faltaba la fe judía en su catálogo de inquilinos, levantaron nuevas fortificaciones, habilitaron el interior para intendencia y lo enseñorearon durante dieciocho años. En el año 2000, los israelíes abandonaron el país, el castillo y la guerra eternizada, el Vietnam hebreo, la sangría constante, pero antes decidieron que el castillo que les había servido de acuartelamiento debía explotar por los aires y llevarse por delante los malos momentos, el constante asedio que sufrieron sus sufridos reclutas, las balas misteriosas y los hostigadores invisibles que han quedado reflejados en esta película: Beaufort, la película



‘Lo volaron para que no quedara constancia del centro de torturas que habían montado dentro’, asegura sombrío el taxista que me sube desde Nabatiye. Los israelíes dicen otra cosa: fue necesario destruirlo porque su posición amenazaría nuevamente a las poblaciones del norte de Israel. Todas las razones me parecen lógicas: ¿quién permitiría que desde aquella posición bombardearan a los tuyos? ¿Cómo no bombardear esas poblaciones que tú consideras tuyas pero que están en manos de otros? ¿Cómo dejar evidencias de que montamos un grupo de torturadores que atormentaba a los guerrilleros enemigos? ¿Cómo no tratar de mentir acusando de torturadores a los que nos han invadido? 




Lo único cierto es que el castillo de Beaufort voló por los aires, a pesar de las protestas del gobierno libanés, quien casi suplicó que no le destruyeran uno de sus atractivos turísticos en un país totalmente arrasado tras casi veinte años de ocupación, y a pesar de las protestas de la ONU, y de la comunidad internacional. El 24 de mayo del año 2000, un soldado israelí apretó un botón y un castillo milenario encaramado sobre una colina a tiro de piedra de la frontera libanesa israelí saltó por los aires.




En realidad, nada nuevo bajo el sol. Nada que no hicieran antes romanos y bizantinos y cruzados y árabes y drusos y mamelucos y otomanos y hasta el colérico Yahvé con sus temblores de tierra. Pero Beaufort es indestructible. Sobre su punto más alto, acribillada a balas, una garita permanece erguida, oxidada y orgullosa: sobre su herrumbroso tejado de metal ondea amarilla la bandera de Hezbollah. Los que faltaban en la larga historia de este montículo, me digo, los chiítas financiados por Irán. 


Nabatiye desde el torreón de Beaufort: desde aquí lo bombardeaba y aquí llegaban los disparos de la OLP
Tumba de un guerrillero de Hezbollah en la ciudad de Tiro



Nuestro chófer sube a la torreta de vigilancia, acribillada a disparos, señala al fondo, ‘desde aquí los israelíes bombardeaban Nabatiye’, asegura extendiendo la mano, imita el sonido de una metralleta, su gesto sombrío se oscurece aún más, Nabatiye se asoma allá, al fondo. 

Nabatiye desde el castillo de Beaufort


Más allá se adivina el Mediterráneo, aquello parece Galilea, el río Litani brilla en medio de su pedregal. La bandera amarilla de Hezbollah sigue ondeando en su torreta y yo me pregunto que quién la cuida, la mima, quién la coloca tan alta y quién la arría cuando sopla fuerte el viento. ‘Los guerrilleros’, dice el conductor, ‘están por ahí, no los vemos pero ellos a nosotros sí...’ Beaufort, mientras, sigue a lo suyo, espléndido en su ruina, corona de la región, esperando incólume y casi indiferente su próxima resurrección y su próxima muerte, su ciclo vital, su destino y su condena.






©José Luis Sánchez Hachero
sanchezhachero@hotmail.com





Donativos

Publicidad