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martes, 22 de mayo de 2012

Juan Van Halen: el vecino de San Fernando que fue general en tres ejércitos




Juan Van Halen no lideró ninguna banda de heavy metal, como podría torpemente pensarse al leer su nombre, sino que protagonizó un hito sin igual hasta hoy en los ejércitos españoles. Este cañaílla, nacido en San Fernando a finales del siglo XVIII, alcanzó el grado de mariscal de campo en el ejército de España, el de teniente general en los ejércitos de Bélgica y el de Mayor General en el Ejército del zar de Rusia: General en tres países. Tanta actividad sólo tuvo una explicación: conforme mejor militar conseguía ser, más liberal se sentía y menos querido era por sus superiores. A pesar de que fue uno de los artífices del levantamiento contra los franceses, que navegó junto a Gravina y batalló en Trafalgar y que se distinguió luchando contra todos, pronto llegó a la conclusión de que José, el Pepe Botella de los relatos, era mucho más cabal que el vil Fernando VII y cambió su parecer para acompañar al roi francais incluso en su vuelta a Francia, donde llegó a intimar con el mismísimo Napoleón.

Bahía de Cádiz con San Fernando al fondo


Juan Van Halen, vencido y desarmado el ejército franchute, volvió a su país, España, con la esperanza de haberse equivocado al elegir a Pepe, el Botella, y de que el Borbón no fuera tan terrible como sospechaba: las cortes españoles, conocedoras de su valía, le aceptaron nuevamente bajo su regazo, le concedieron vítores y honores y, en un descuido, lo metieron en la cárcel porque el rey, don Fernando, tenía largas muchas cosas y entre ellas, la memoria. Juan Van Halen comenzó así un rosario de encarcelamientos y libertades, ora intercedía por él un alto cargo militar y ora lo volvían a enchironar por sus conspiraciones con el general Torrijos, liberal como él y contrarios ambos al desagradable absolutismo de Fernando, el VII. Entre celda y celda, Juan fue nombrado teniente coronel como desagravio y luego despojado por masón y liberal. Harto de tanto bamboleo, Van Halen se escapa de prisión para poner rumbo a San Petersburgo, donde tenía algún ilustre conocido. Y tanta era su fama que al poco de llegar el mismísimo zar Alejandro I lo nombra Mayor General de su ejército y lo envía al Cáucaso, donde se mete en faena y logra otros dos hitos inauditos en un extranjero: la orden de San Jorge, máxima condecoración del imperio por valor en el combate, y la de San Vladimiro, que lo convertía de facto en un noble ruso. Aún resuenan en los actuales territorios de Rusia, Georgia y Armenia los mandobles del gaditano, o en sus guerras del Daguestán a las órdenes del legendario general Yermolov, pacificador de Chechenia, o asesino de chechenos, según se mire, y héroe contra Napoleón, general que sirvió de inspiración al gran Pushkin, el más grande escritor en lengua rusa. Con semejante jefe, el de San Fernando sólo pudo aumentar su fama y su curriculum, pero su nerviosismo vital le jugó una mala pasada: Van Halen soñaba con volver a España y tomar parte de la revuelta liberal de Las Cabezas de San Juan, en Sevilla, junto a su amigo el general Quiroga y el mítico Rafael Riego, el del himno: Himno de Riego

Tbilisi, capital de Georgia, donde Juan Van Halen tuvo su base en las campañas del Cáucaso


Cuando el zar Alejandro se enteró de esta aspiración lo mandó a la frontera con Austria y le dijo que ni se le ocurriera volver: el zar sentía punzadas cuando escuchaba la palabra liberal y lo hubiera colgado de buen gusto pero, recuerden, era héroe de guerra y amigo de Yermolov, quien lo despidió con lágrimas en los ojos. El enérgico Juanito consiguió llegar a España en pleno Trienio Liberal pero no le duró mucho la alegría porque tuvo que elevar nuevamente su espada, ahora contra el ejército francés de los Cien Mil Hijos de San Luis, que acudieron prestos a la llamada de auxilio del vil Fernando VII, un ejército que prometió machacar a esos liberales tan revoltosos y restaurar un gobierno como Dios manda. El monarca, llevado hasta Cádiz como rehén, prometió a los liberales llegar a un acuerdo con los franceses, acabar con las hostilidades y respetar la constitución de 1812 pero en cuanto se acercó al ejército galo se cambió de bando y redobló sus esfuerzos por aplastar a todo lo que oliera a liberal. Y claro, el pobre Van Halen tuvo nuevamente que hacer las maletas y emigrar, ahora a América, donde deambuló de puerto en puerto para acabar dando clases de español en la ciudad de Nueva York. Pero tanta experiencia no podía pasar desapercibida durante mucho tiempo y fue el ejército de Bélgica el que terminó por llevárselo al huerto: en 1830 participa en la guerra de la independencia contra los holandeses y un año después, ya como teniente general, se va a hacer la guerra con bandera belga para defender a los liberales de Portugal. Su fama se extendía ya por todos los ejércitos de Europa, había combatido casi con todos y contra todos, y tuvo que morir el vil Fernando VII para que, por fin, pudiera volver a España y entrar a formar parte de su primer ejército, pero no como leyenda apoltronada sino como hombre de acción que se lió a guerrear contra los carlistas. Su fama traspasaba fronteras y provocaba grititos de admiración así que la misma corona terminó por adoptarlo como ‘gentilhombre de cámara’ de la reina Isabel II. Una vida que fue más una aventura constante y frenética que otra cosa y de la que lo que más extraña fue su final: plácido, tranquilo, casado en segundas nupcias con una joven, en su hogar de Cádiz, a los setenta y cuatro años, encargado de algunas salinas y haciendas en la bahía de Cádiz, con varios tomos de sus memorias triunfando en Europa, un abuelo que preparó su tumba en el panteón familiar del Puerto de Santamaría…


Juan Van Halen, el oficial aventurero
Pío Baroja, ediciones EDAF, 1998, Madrid

Dos años en Ruisa, redactada a partir de las memorias de Juan Van Halen
Valencia, Imprenta de D. José Mateu Garin, 1849

© José Luis Sánchez Hachero
sanchezhachero@hotmail.com

miércoles, 7 de marzo de 2012

Viaje a Cádiz: así murió el precursor de las independencias de América




Cayetano Valdés y Flores, a la sazón capitán general de Cádiz, sintió una sensación de hartazgo cuando recibió la orden de la Secretaría de Estado. ‘En la cárcel hasta que hinque el pico’, le dijeron poniendo en sus manos la más pesada carga del momento: Francisco Miranda. Cayetano, un curtido marino sevillano integrante de la expedición científica de Malaspina, debió de pensar que más coces daba la historia y encerró al levantisco prisionero en una húmeda mazmorra de la prisión de la Carraca, en San Fernando. Poco quiso saber de aquel prisionero al que unían más cosas de las que lo separaban, sobre todo porque el mismo Cayetano tuvo que huir meses después cuando Fernando VII le condenó a muerte por liberal. Eso sí, antes de irse proporcionó al ilustre prisionero un ayudante de cámara, o más bien de celda, un joven soldado gaditano llamado Pedro José Morán que se identificó tanto con su reo que lo acompañó más como sirviente que como vigilante.

El 14 de julio de 1816 murió en la prisión de La Carraca, Francisco Miranda, el primer libertador de las colonias españolas en América. Tan primero que imaginó un continente llamado Colombia con frontera norte en el río Misisipí y sur en el cabo de Hornos mucho antes que Bolívar, O’Higgins o San Martín. Además, lo soñó gobernado por un Inca hereditario y una legislatura bicameral, la unión de todas las colonias hispanas. Miranda había llegado a teniente coronel en el ejército español pero renegó de su bandera y cultivó amistades tan nimias como las de Washington, Catalina la Grande, Lafayette o Napoleón, se aficionó a los libros prohibidos, participó en la revolución francesa, fue condenado a muerte por los revolucionarios galos con los que tanto luchó, huyó a Inglaterra y fundó una logia masónica e inspiró el movimiento independentista que, décadas después, convertía América en un recuerdo nostálgico para los españoles. Tras completar una biografía de interés se levantó en armas contra la corona española pero terminó mal: traicionado por Simón Bolívar, entregado a los españoles, abatido en una húmeda prisión de la Guajira, a orillas del Caribe, y de ahí a Puerto Rico y a la bahía de Cádiz, cargado de cadenas y con el que habría de ser su último destino. La Carraca.

Es de suponer que Miranda mantenía conversaciones de alto nivel y tres años encerrado en una húmeda mazmorra de la bahía de Cádiz tuvieron algo que ver en la apoplejía que acabó con su vida. El joven Pedro José debía de escucharlo al principio con hartazgo, después con curiosidad, más tarde con la impresión de tratar con un libro andante. Finalmente, Pedro José llegó a considerarse no un carcelero sino un fiel servidor. De su muerte supo el mundo gracias a Morán, que envió al menos dos cartas a los británicos Duncan, Shaw y Cia, amigos incondicionales del caraqueño.

Mis venerados señores: Me obligan a dar a ustedes parte de la situación en que se halla mi amado amo, el Excmo. Señor Francisco de Miranda, las instancias del mismo para que se lo comunique a ustedes, a fin de que inmediatamente lo participen, sin la menor dilación, al señor Turnbull y demás señores de la plaza de Gibraltar. El día 25 en la noche, a las 11 de la misma, le acometió un ataque apopléjico que pensamos se lo llevase; volvió en sí, quedándole de resultas de esto una calentura pútrida con demasiada malicia; a las 48 horas acudió una inflamación a la cabeza y una fluxión a la boca, que le tienen en los últimos trances de la vida; le asisto con el mayor cuidado, pues en su salud consiste mi felicidad; tengo recogidos sus papeles para en caso de que fallezca remitírselos a ustedes, a fin de que a su vez lo hagan a la plaza de Gibraltar. He hecho celebrar ya cuatro juntas de facultativos, y en todas ellas no me dan esperanza ninguna. Es cuanto tengo que comunicarles hasta esta hora, que son las 12 del día’.


‘No se me ha permitido por curas y frailes le haga exequias ningunas, de manera que, en los términos en que expiró, con colchón, sábanas y demás ropas de cama lo agarraron y se lo llevaron para enterrarlo; de seguida vinieron y se llevaron todas sus ropas y cuanto era suyo para quemarlo’


Bibliografía:
‘Sueños de un libertador’. Goñi 2009
Alfonso Rumazo, en su Libro Francisco de Miranda Precursor de la Independencia, EDICIONES DE LA PRESIDENCIA DE LA REPÚBLICA DE VENEZUELA, 2006

©José Luis Sánchez Hachero
sanchezhachero@hotmail.com

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