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miércoles, 12 de febrero de 2014

Viaje al Líbano: el Inmaculado corazón de la virgen María del barrio cristiano de Tiro


El Inmaculado corazón de la virgen María conforma una suerte de guía gráfica para el visitante que se interna por el barrio cristiano de Tiro, al sur del Líbano: una guía de tal envergadura que uno no puede perderse porque Dios, o en este caso la Virgen, le acompaña siempre. De manera literal. A veces despintado, otras deshilachado, en ocasiones maltratado por el tiempo. Puedes verlo en esa antigua puerta de madera, en aquella pared desconchada, junto a la entrada de una casa.

Tiro por Hachero

La Virgen está ahí y en su pecho refulge con fuerza el Inmaculado corazón de la virgen María, para mayor gloria de unos vecinos que cada vez son menos y parecen hasta acorralados en un barrio que a su vez parece acorralado también al norte de una pequeña península que sobresale como un molesto grano en la cartografía del sur del Líbano. Un grano que, por cierto, dicen que unió al continente el gran Alejandro Magno en su lucha contra los tirios a base de tirar al mar piedras de la ciudad vieja para sitiar la antigua villa fenicia y forzar su rendición.

Tiro por Hachero

Tiro por Hachero

Los cristianos de Tiro son, efectivamente, cada vez menos, dos mil según las estadísticas, y bajando, pero ahí están, ni mucho menos acorralados, parecen resistir regentando hoteles, restaurantes y tiendas, observando ceñudos la llegada de los barquitos para aprovisionar sus cocinas, los carteles de la Virgen María señalando sus calles, sus puertas y su zona. Su barrio se llama Haret el Masihiyeh y está separado por una calle del resto de la ciudad, musulmana en su totalidad, y del primer barrio islámico, el Haret el Jalaji', en la misma península. Del barrio cristiano dicen que es la mejor zona de la ciudad para vivir, construida a pie mismo del mar, con una densidad de población que hace posible esos paseítos melancólicos sin que te traten de vender una alfombra o te choques de bruces con un burro cargado de tiestos.

Tiro por Hachero

Tiro por Hachero

En Tiro hay tres sedes episcopales: el culto ortodoxo griego, el melquita y el maronita, estos últimos los mayoritarios, y casi todos son pescadores. Por eso el Inmaculado corazón de la virgen María luce orgulloso en su hornacina, pintado en la talla de la virgen, o aparece por doquier, en esos despintados carteles que parecen avisar: somos cristianos desde que San Pablo pasó por aquí camino de Jerusalem. Me parece admirable la fe de una comunidad rodeada por vecinos que pueden llegar a ser muy hostiles, los chiítas de Hezbollah, con sus banderas amarillas a pocos metros de la entrada en el barrio y que incluso venden combativo merchandasing en el zoco a las espaldas del enclave cristiano y tiene un extraordinario y kitch museo a pocos kilómetros de la ciudad: puedes verlo aquí, el museo de Mleeta.

Tiro por Hachero

Tiro por Hachero

Sin embargo la armonía reina entre las dos comunidades, incluso me comentan que consideran más enemigos a los israelíes que a los chiítas, y es que las guerras con el vecino del sur han dejado huellas que se ven y muchas más que ni se intuyen. Claro que los palestinos tampoco tienen muy buen cartel desde que usaran la población como base militar contra las fuerzas de ocupación judías y ahora languidecen en campos de refugiados como este en los que se mezclan dramas nuevos con dramas romanos y fenicios.

Tiro por Hachero

A Tiro la han destruido los macedonios de Alejandro, los turcos selyúcidas, la han ocupado los cruzados, formó parte del Patriarcado Latino de Jerusalem y del imperio bizantino, estuvo en manos de los mamelucos y, en los tiempos modernos, sufrió lo indecible en la guerra del Líbano, cuando la ocupación judía, y más tarde cuando la guerra entre Hezbollah e Israel de 2006 vivió bombardeos de gran intensidad.

Tiro por Hachero

Los cristianos resisten contra viento y marea, oteando el horizonte, por si hace buena mar, de espaldas a un mundo en el que los musulmanes se multiplican como setas y la línea de tierra se puebla de mezquitas. Aunque tampoco tan de espaldas porque en las rocosas playas del barrio cristiano las musulmanas más atrevidas, pero enormemente recatadas, acuden en grupitos para mojar sus palmitos envueltos en mil y un ropajes.

Tiro por Hachero

Según cuenta San Mateo, visitaba Jesús la región de Tiro y Sidón cuando una mujer cananea le llamó a gritos: 'Señor, hijo de David, ¡ten misericordia!, mi hija está atormentada por un demonio', pero Jesús no le respondió palabra. Los discípulos intentaron ablandarle pero el Hijo de Dios no tenía mucho interés por lo que, a todas luces, no era más que una gentil. 'No soy enviado sino a las ovejas perdidas de la casa de Israel'. La mujer se desgañitaba pensando en su hija, consumida por diablos feroces, 'socórreme', le decía la buena señora y Él le respondió con cierta mala baba: 'no está bien tomar el pan de los hijos y echarlo a los perros'. Entonces ella se rebajó cuanto pudo, 'sí, Señor, pero aun los perros comen de las migajas que caen de la mesa de sus amos'. Cristo, claramente complacido, le dijo entonces: '¡Mujer, grande es tu fe! Hágase contigo como quieres', y su hija fue sanada desde aquella hora.

Tiro por Hachero

San Marcos también cuenta la historia y da alguna pista más para desvelar este extraño incidente. La mujer era griega, sirofenicia de origen, cananea podemos concluir, descendiente de Canaan, gentil por tanto, o pagana más bien, y la enigmática frase de que 'no está bien tomar el pan de los hijos y echarlo a los perros' venía a identificar a los paganos, es decir: los gentiles, o es decir otra vez: la señora cananea que pedía lastimosamente por su hija, con los perros, que eran, y son, moralmente impuros para los judíos. Una comparación que no le deja especialmente bien y una situación un tanto apurada de defender incluso entonces.

Tiro por Hachero
Muchos siglos han pasado de aquella visita de Nuestro Señor Jesucristo a la región de Tiro y poco reconocería de aquel poblacho lleno de gentiles. Para empezar, le extrañaría ese nombre, Tiro, porque entonces los judíos la conocían como Tzor, muy parecido al nombre con la que se la conoce hoy, Sour, que es el nombre árabe y la identidad de la inmensa mayoría de su población. Y, a decir verdad, más parecido al que le dieron los fenicios: Sur, los arkadios: Surru, y los turcos: Sur. Tan sólo los romanos y los griegos la han conocido como Tiro y así nos ha llegado a nosotros.

Tiro por Hachero


Una tierra fundada tres mil años antes de que Jesucristo le sacara los demonios a aquella desdichada muchacha y cuyos marineros surcaron todo el Mediterráneo para fundar ciudades como la mía, Cádiz, Gadir, en la que no sólo dejaron el nombre sino también esa costumbre de pescar a todas horas y en cualquier lugar que tenga un par de dedos de agua...

Tiro por Hachero

Tiro por Hachero

Los antiguos pescadores fenicios se han transmutado hoy en pescadores cristianos y un altar en el puerto con la sempiterna Virgen María y su Sagrado Corazón así lo atestigua. Sin embargo, el Masihiyeh no deja de estar rodeado de musulmanes, y no de cualquiera sino de algunos de los que inspiran más terror a sus hermanos de fe en occidente.

Tiro por Hachero

Los simpatizantes de Hezbollah están por doquier, sus banderas amarillas ondean orgullosas a pocos metros de la entrada del barrio, pareciera que una terrible amenaza se cierna sobre estas gentes. Una amenaza que no es sino otra de las muchas amenazas con que el paso de los siglos ha convertido a esta comunidad en lo que es: los flemáticos cristianos de la antigua ciudad de Tiro.

sábado, 15 de septiembre de 2012

Viaje al Líbano: con los maronitas del valle de Kadisha



Existe un valle en Oriente Medio en el que no puedes encontrar musulmanes. Al menos que lo manifiesten abiertamente. Está a tiro de piedra de Trípoli, al norte del Líbano, una ciudad donde se entremezclan sunitas moderados, sunitas wahabitas que simpatizan con Al Qaeda, palestinos, chiítas al uso y hasta versiones regionales de los seguidores de Alí: los alauitas. Pero a poco más de media hora en coche subiendo unas espectaculares montañas que se internan en un valle pedregoso y con cierta luz mágica, los musulmanes están prohibidos. 'Si vemos a algún musulmán por el valle, lo matamos', asegura Harold, un tipo fibroso con pinta de paramilitar que regenta un hotel en Bcharre, en el polémico valle de Kadisha. 




A lo largo del camino que lleva a Bcharre atravieso pequeños pueblos con pequeñas multitudes que conversan animadas a las puertas de algunos bares, de edificios levantados con vistosas piedras, hay monasterios excavados en los montes milagrosamente suspendidos sobre el vacío, hay vergeles y hay iglesias pero no veo las torres de las mezquitas que salpican el resto del país. Harold es un tipo duro, fibroso y alto, parece permanentemente alterado y enfadado con el mundo. Probablemente haya visto cosas que prefiere no recordar y hasta puede que haya ejecutado su amenaza alguna que otra vez. En Trípoli, su primo Pierre, que regenta otro hotel, me da la primera pista del valle: 'odio a los palestinos', asegura mientras transforma su espíritu relajado a una versión inesperada del demonio de Tasmania. Pierre recuerda que los palestinos, en sus luchas intestinas, le han destrozado la casa en cuatro ocasiones, y que la última 'sólo dejaron los cimientos y la estructura'. Cuando los palestinos se lían a tiros, los cristianos de Trípoli meten apresuradamente sus cuatro cosas en la maleta y se largan corriendo al valle de Kadisha. Allí están seguros, entre los suyos, sin musulmanes. Al volver, cuando la batalla amaina, regresan para hacer inventario de destrozos. 'Por eso aquí no pueden entrar', me dice Harold, 'porque los odiamos'. Puede venir de paseo, eso sí, visitar la región, tomarse un té. 'Pero instalarse a vivir aquí, ni hablar', dice Harold circunspecto y malhumorado.

Bcherr vista desde el museo de Gibran

Claro que el odio es mutuo y los recuerdos de atrocidades, común. Fueron los comandos de paramilitares cristianos maronitas los que ejecutaron a miles de civiles desarmados en los campos de refugiados de Sabra y Chatila con el beneplácito de Israel y el apoyo de sus soldados. Un crimen atroz que se ensañó especialmente en mujeres, niños y abuelos, una machada que veo reflejado en los ojos vidriosos de odio de Harold. Claro que también murieron miles de cristianos a manos de palestinos iracundos, de grupos terroristas chiítas y hasta del ejército israelí en sus locas incursiones en lo más profundo del territorio libanés. Los cristianos vengaron con la muerte de esas pobres víctimas civiles el asesinato de su lider, Bashir Gemayel, un sanguinario señor de la guerra que llegó al poder como empeño personal de los israelíes, con Ariel Sharon al frente, en un clásico 'divide y vencerás'. La excusa, sin embargo, no fue la muerte del líder de las Falanges sino la masacre de Damour, una ciudad cercana a Beirut donde militantes de la OLP asesinaron a gran parte de la población, cristiana, con un balance que ronda las seiscientas personas asesinadas. Pero dicen que los palestinos pretendían, con esta masacre, vengar otra masacre anterior, la de Karantina, donde los falangistas asesinaron a más de mil quinientos palestinos. Una masacre que, probablemente, respondió a otra masacre que, a su vez, respondía a otra matanza perdida ya en la noche de los tiempos.

La catedral de Bcherr

Recortada contra la luna llena, la cruz de la catedral de Bcharre tiene algo de tétrico. No me extrañaría que del bosquecillo apareciera un hombre lobo devorando cruces y medias lunas. Se respira paz en la noche de Bcharre. En un bar elaboran grandes y sabrosas pizzas, los dueños, muy amables, se congratulan de que un español pise su terraza, gira la televisión hacia mi mesa, rompiendo e ángulo de visión del resto de la clientela, todos sonríen, me siento abrumado. Esta gente es sumamente amable, pienso, y los veo multiplicándose para que me encuentre a gusto, la espera de mi pizza se me hace corta porque el vecino de mesa me da parte de su plato para que conozca las delicias locales. El valle es una cárcel de oro, una tierra convertida en salvoconducto, tan lejos y tan cerca de los chiítas, de los ismaelitas, de los sunitas, de los wahabitas, de los alauitas y de todo lo que huele a mahometano.




Pierre me asegura en Trípoli que la guerra civil supuso una verdadera sangría para la comunidad cristiana maronita. Las matanzas que cometían los suyos herían el alma de los buenos cristianos tanto, o más, que las que sufrían en carnes propias. En los controles aleatorios en Beirut los palestinos degollaban a los cristianos, los cristianos a los palestinos, los francotiradores volaban las cabezas de cualquiera, los más gamberros tiraban a los rehenes desde los pisos más altos para probar puntería con los cuerpos en caída libre, el ejército norteamericano bombardeba desde la seguridad de las playas frente a la Corniche, los franceses se protegían como podían, los italianos saludaban a los israelíes, la anarquía convirtió el país en un lugar invivible. 'Tanto fue así', dice Pierre, 'que el patriarca de la Iglesia maronita visitó las embajadas de los países occidentales para exigirles que no concedieran más visados porque el equilibrio del Líbano corría peligro de desaparecer'. De hecho, la tradicional mayoría cristiana comenzó a flaquear y los musulmanes, aumentados en número con los refugiados palestinos y sus grandes familias, amenazaron con alcanzar la mayoría de la población. Cerca se quedaron, eso sí, y aún suponen casi el 55% de los libaneses, divididos en doce confesiones cristianas, desde los maronitas a los católicos sirios, pasando por protestantes, armenios, asirios, coptos, sirios caldeos o seguidores de la iglesia griega ortodoxa. 




El delirio religioso en su lugar de origen, a pocos kilómetros del epicentro, Jerusalem, un lugar que, como le ocurre a los musulmanes con el valle de Kadisha, está tan cerca como el último confín del universo porque la frontera, la del Líbano con Israel, sigue inalcanzable y olvidada. Eso sí, el patriarca no pudo evitar que los sobrinos de Pierre estén en París y que yo haya pasado aventuras absurdas con cristianos libaneses en el norte de Colombia, en el interior de Haití o en el Nagorno Karabagh: sólo en Australia son casi trescientos mil, cien mil en Costa de Marfil o treinta mil en Senegal, que Shakira o Salma Hayek lleven la sangre libanesa a gala y que el mundo sea una extensión de estos herederos de aquellos navegantes fenicios de casi tres milenios atrás.


En el siglo V el santo Marón se echó al monte para convertirse en un anacoreta al uso, un santón que huía de las polémicas de su época sobre si Jesús tenía parte divina o sólo era un simple mortal más. Sobre sus enseñanzas y sobre su figura se construyó esta extraña iglesia cristiana, la Maronita, una iglesia tan pacífica que huyó del cisma y sigue al Vaticano como los católicos, pero tan asediada que pierde los papeles cuando se siente amenazada y saca los peores versículos del Antiguo Testamento, los del Yahvé iracundo y colérico.



En el centro de Bcharre se levanta la casa de Gibran Khalil Gibran, el gran escritor libanés autor del Profeta. En una cueva excavada en una montaña coronada por un monasterio que hace las veces de seminario está su museo. En la mente de sus vecinos bailan sus frases como veredictos. Me quedo con esta: "En el corazón de todos los inviernos vive una primavera palpitante, y detrás de cada noche, viene una aurora sonriente"





 ©José Luis Sánchez Hachero
sanchezhachero@hotmail.com
























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