martes, 11 de septiembre de 2012

Pedro Romero de Terreros: el hombre más rico del mundo era de Huelva




El 28 de julio de 1766 los mineros de la veta La Vizcaína se negaron a trabajar y originaron la primera huelga que conoció el continente americano. El cataclismo era importante porque el patrón se negó a cualquier tipo de negociación y el conflicto duró nada menos que nueve años durante los que los mineros no cobraron un solo sueldo y el dueño de las minas no incrementó en un real su amplísima fortuna. Claro que el patrón tenía tanto dinero que incluso pensaba levantar una vía de ferrocarril de plata desde Veracruz hasta México para recibir a los Reyes de España. Se llamaba Pedro Romero de Terreros Ochoa, había nacido en Cortegana, en aquel entonces una pequeña aldea de la sierra de Huelva, y ascendió a lo más alto del mundo de las riquezas en contra de la opinión de sus padres, que preferían verlo vestido de cura.

A los veintidós años el joven Pedro marchó a México para recoger una herencia pero una vez que sentó sus reales no supo hacer otra cosa que alimentar, a partes iguales, su beatería y su facilidad para hacer dinero. Instalado en Santiago de Querétaro, donde vivía un tío suyo dedicado a los negocios, la llegada del joven supuso una inyección de vitalidad para la alicaída empresa familiar y en poco tiempo se erigió en eminencia local y llegó a ser alcalde, alférez real y alguacil mayor de la ciudad. Conoció además la existencia de una asombrosa veta de oro y plata cerca del poblado Real del Monte, y, asociado al descubridor del tesoro, se dedicó por entero a su mina. Tanto que con el tiempo se hizo el dueño único de la explotación de la Vizcaína, así se llamaba la veta, porque su descubridor le nombró único heredero antes de morir para convertirlo, como por ensalmo, en el hombre más rico de la colonia de Nueva España.

            Y con tantos duros, el magnánimo Pedro se transformó en filántropo. Repartía cifras millonarias a colegios, conventos e iglesias, y tanto se prodigó que el mismísimo rey de España le regaló un título nobiliario, el de 'Conde de Regla', por la devoción que le deparaba a la virgen de Chipiona. Pero Pedro ha pasado a la historia por algo más que su dinero y su generosidad. Un buen día decidió que sus mineros no podían seguir guardando el tradicional 'tequio', una parte del mineral extraído que se quedaban en beneficio propio. Los barreteros, que eran los encargados de las excavaciones, trabajaban con rapidez para cumplir el objetivo marcado por la empresa cuanto antes y dedicarse a trabajar por cuenta propia. Los mineros degeneraron la práctica para guardar los metales más valiosos encontrados en su trabajo y redescubrirlos luego. Mientras el sueldo de los trabajadores crecía el lucro de la mina cayó en picado y el de Huelva tomó cartas en el asunto: echó el cerrojo y se retiró a una de sus haciendas. Pero su huida dejó un fuego sin apagar. En 1766 se produjo la huelga más importante de la colonia española y marcó el inicio del movimiento obrero mexicano. El problema siguió creciendo porque a la lucha se incorporó el cura de Pachuca y otorgó al movimiento cierto reconocimiento celestial. En una épica marcha, los mineros acudieron a la casa del mismo Romero, quien se cerró en banda, repitió el fin del 'tequio' y les ordenó, de mala gana, que volvieran al trabajo. La multitud, enfurecida, apedreó las ventanas, entró en el palacete, destrozó los muebles sorteando criados e hicieron prisionero al mismo Pedro Terreros. De hecho, estaban a punto de colgarlo de un árbol cuando el cura de Pachuca y el alcalde evitaron el trágico desenlace.

            El virrey del momento, Carlos Francisco, Marqués de Croix, dictó un bando en el que se ponía, como no podía ser de otro modo, con el millonario que soñaba con trenes de plata, y ordenó lo siguiente: 'Los súbditos están para obedecer y callar y no para discutir las leyes'. Claro que los mineros no aceptaron esta recomendación y siguieron con sus protestas, ante lo que Terreros se vio obligado a cerrar definitivamente la mina. El Marqués envió al ejército, los rebeldes resistieron y el país se sumió en cierta anarquía durante nueve años. Nueve años de huelgas, años durante los que la mina estuvo cerrada y años durante los que los mineros no cobraron una peonada. El conflicto sólo se solucionó con la llegada de otro virrey, Antonio María de Bucareli, que obligó al onubense a reabrir la mina y a los mineros a volver a picar piedra.

            Engrasada nuevamente la maquinaria de su fortuna, el magnánimo Pedro volvió a dedicarse a sus generosas donaciones. El rey de España, por ejemplo, recibió dos buques, uno de guerra con ochenta cañones, el otro más de andar por casa, con las alcobas cubiertas de piedras preciosas. Mientras tanto fundó el Monte de Piedad mexicano, con el nombre de 'Sacro Real del Monte de Piedad de Ánimas', como muestra de su piedad. Terreros murió en su hacienda de San Miguel de Regla, en el estado de Hidalgo. Sus restos reposan en Pachuca, a pocos kilómetros, enterrado, según se cree, en el presbiterio de la iglesia de San Francisco, rodeado de la beatería que no lograron ganarlo para el sacerdocio pero que tampoco lo abandonaron en toda su vida.





Bibliografía
Apuntes biográficos del señor don Pedro Romero de Terreros, primer Conde de Regla, Juan Romero de Terreros, Madrid, imprenta de J.M Ducazcal, 1858


 ©José Luis Sánchez Hachero
sanchezhachero@hotmail.com




domingo, 9 de septiembre de 2012

Viaje a Colombia: Simón Trinidad, la Unión Patriótica y la Casa Verde


Guerrilleros de las FARC


El 30 de julio de 1950 nació en el rumboso municipio de Valledupar, al norte de Colombia, un niño que recibió el estrambótico nombre de Juvenal Ricardo Ovidio. En su primera historia personal sólo hay lugar para buenas cosas: estudió en el mejor colegio, frecuentaba el club social de su ciudad, completó su formación en un colegio suizo, ya en la capital, y de ahí pasó a Cartagena de Indias, y más tarde a la universidad Jorge Tadeo Lozano, en Bogotá, y, como colofón a una carrera estudiantil de postín, el alegre Juvenal cursó un master en finanzas en la prestigiosa universidad de Harvard, en los Estados Unidos. Juvenal trabajó como asesor financiero para el gobierno, impartió clases de historia económica y, sería porque le quedaba alguna hora libre, dirigía una sucursal del Banco de Comercio en su ciudad natal, recuerden: Valledupar. En algún momento de su brillante carrera al uso, el aguerrido profesor y economista cayó en la cuenta de que las teorías económicas que aprendió en Harvard no tenían mucho sentido en una tierra endémica en ricos y pobres y que el reparto de los recursos que había estudiado aún no se había producido en su tierra. Dicen las crónicas de su vida que el joven Juvenal, influenciado por las corrientes izquierdistas de los años setenta, comenzó a sentir de un modo radicalmente opuesto a lo que había supuesto su formación de tantos años, e incluso de la visión del mundo que tenía su familia, recuerden: burgueses adinerados del rumboso municipio de Valledupar. Lo cierto es que Juvenal, antes de borrar su nombre, se enroló en una extraña aventura, 'Los Independientes', un grupo marxista leninista que apoyaba a la Unión Patriótica a mediados de los años setenta.

La Unión Patriótica había surgido como grupo política de las primeras negociaciones por la paz entre las guerrillas y el gobierno de Belisario Betancourt. Un partido político de izquierdas que englobaba a guerrilleros desmovilizados y opositores también de izquierdas que no habían tenido cabida en el espectro colombiano por oposición de las llamadas élites andinas, contrarias a todo lo que oliera a comunismo. La Unión Patriótica se presentó a las elecciones, ganó decenas de alcaldes, de diputados, encabezó las listas de los favoritos para ganar las elecciones y entonces, prueba de que el conflicto colombiano tiene pocas salidas pacíficas, los grupos de extrema derecha liderados en ocasiones por grupos de narcotraficantes, comenzaron el exterminio meticuloso y programado, un genocidio según la definición estricta, que dice que

1. m. Exterminio sistemático de un grupo humano por motivos de raza, religión o política

Lo cierto es que a finales de los años ochenta, entre quince mil y veinte mil antiguos guerrilleros y comunistas y alcaldes y diputados y militantes y simpatizantes de la Unión Patriótica cayeron asesinados por los grupos de extrema derecha y el proceso de paz se torció gravemente. Y más aún habría de torcerse cuando el ejército atacó el campamento de Casa Verde.


Unión Patriótica y la Casa Verde

La llegada a la presidencia de Colombia de Belisario Betancourt en 1982 marcó un giro a la estrategia del gobierno en su lucha contra las guerrillas. Después de años de lucha urbana y rural, Betancourt tenía ideas nuevas. Creía en la negociación con todas las partes del conflicto, estuvieran en los montes o se escondieran en las ciudades. Con él se iniciaba un periodo de gobiernos democráticos que alternaban el palo y la zanahoria. El Comandante Raúl Reyes, que se convirtió en mi anfitrión en plena zona del despeje, recordaba aquellos tiempos con algo de nostalgia. ‘Ya en el ochenta y cuatro avanzamos algo, siendo presidente Belisario Betancourt, y firmamos los acuerdos de La Uribe, que no tenían mucho de fondo, eran más bien una intención de trabajar por los objetivos de la paz. Entonces la situación en el país era distinta, había más desarrollo y menos pobres, menos criminalidad, la situación era mucho más tranquila, pero salió Belisario y los presidentes que lo siguieron no continuaron con los diálogos hasta el punto de que César Gaviria lo acabó del todo cuando bombardeó Casa Verde’. Ni guerrilleros ni políticos encontraron un punto común que equilibrara sus deseos de eliminarse mutuamente. El tácito alto el fuego permitió a las huestes de Marulanda atrincherarse en un nuevo santuario, una continuación truncada de Marquetalia y un precedente de la zona del despeje del Caguán y de las actuales negociaciones, una zona de encuentro de líderes guerrilleros de todos los grupos armados y un laboratorio de ideas para encontrar un término al conflicto.


La predisposición del gobierno Betancourt a la negociación propició que las FARC, y otros grupos guerrilleros, como el EPL, parte del ELN o el M-19, firmaran un alto el fuego. Como muestra de buena voluntad, el comité ejecutivo de las FARC da forma en Casa Verde a un partido político, la Unión Patriótica, que habría de presentarse a las elecciones democráticas. El alto el fuego tuvo un tanto de opereta porque ningún grupo se avino a entregar las armas. El ejército consideraba que sin armas no había tregua y siguió hostigando a los guerrilleros en sus escondites. Los guerrilleros no soltaban su arsenal porque no se fiaban de los militares y se mantenían fuertes en sus territorios. Además, la ejecución de muchos guerrilleros desmovilizados del M-19 y de los maoístas del EPL confirmaba que la apariencia legal que el gobierno les concedía no era sino una excusa para hacerlos salir a la luz y exterminarlos. Los antiguos sublevados eran cazados en las ciudades por escuadrones de la muerte que conocían sus señas gracias a la candidez de los reinsertados. El gobierno les prometía sueldos y borrar sus historiales a cambio de fijar sus domicilios y volver a la vida civil. Por si fuera poco, la UP, el partido de la guerrilla, obtuvo el mayor éxito electoral de la izquierda en Colombia de toda su historia. Un avance modesto pero que puso en el punto de mira a los parlamentarios y políticos ligados a los sublevados. En 1987, las FARC pasan nuevamente a la acción y anuncian la ejecución de un comando de antiguerrilleros, lo que supone el entierro formal de una tregua que nunca fue tal.

El gobierno de Virgilio Barco, que recogió el testigo de las manos de Belisario Betancourt en 1986, estalla entonces en cólera y anula sus primeras buenas intenciones. Barco pretendía seguir la línea de diálogo de su predecesor, luchar contra el desempleo y la pobreza pero el país había entrado ya en barrena. La ola de secuestros no respetaba a nadie, los guerrilleros afinaban cada vez más sus acciones y, por si la situación no era lo suficientemente conflictiva, el mayor de los capos del narcotráfico, Pablo Escobar, le declara la guerra al gobierno. El narco ya había hecho su aparición en la escena nacional años atrás, incluso antes de que ordenara eliminar al candidato liberal a la presidencia del país, Luis Carlos Galán, en 1989. Los coches bombas se hicieron portada frecuente de diarios, los sicarios de Medellín alcanzaron una triste fama universal. Pablo Escobar, que había visto truncada su carrera política por su descaro con el negocio de la cocaína, trató incluso de colocar a su candidato en la presidencia de la nación, Carlos Pizarro, pero lo asesinaron sus antiguos socios del MAS. Lo curioso de este lío de sangre y muerte es que Carlos Pizarro había militado en el M-19 antes de aliarse con el narcotraficante, quien a su vez estaba aliado con los paramilitares, quienes a su vez terminaron matando a su hombre de paja. Y para rizar el rizo, Pablo Escobar simpatizaba con las ideas de las guerrillas y se veía a sí mismo como un hombre liberal.

En este contexto, el gobierno de Virgilio Barco consigue que los guerrilleros del M-19 y los del EPL (Ejército Popular de Liberación) firmen un alto el fuego que termina prácticamente con estas dos formaciones, pero no llega a ablandar la fibra sensible del ELN y de las FARC, así que ordena perseguir a los guerrilleros y a los narcotraficantes allí donde se les encuentre. El 9 de diciembre de 1990, con un nuevo presidente ya en el poder, César Gaviria, el ejército lanza una de sus mayores operaciones de exterminio, la aniquilación de la cúpula de las FARC en su escondite de Casa Verde. 40 aviones y helicópteros y un despliegue de las fuerzas armadas como nunca se había visto antes bombardeó y ametralló el pequeño municipio de Casa Verde durante trece horas. Toda la región fue peinada a balazos y la ofensiva por sorpresa del ejército concluyó con un estrepitoso fracaso de los militares. No sólo no consiguieron eliminar a la cúpula guerrillera sino que los subversivos rugieron con rabia, considerándose traicionados por un gobierno que les había ofrecido unirse al proceso constituyente junto al resto de grupos armados.


‘No obstante, nosotros siempre hemos continuado buscando los diálogos, incluso después fuimos a Caracas y luego a México’, afirma el Comandante como muestra de buena voluntad. Pero al recordar Casa Verde, su gesto se endurece. Ante la oferta de formar parte de la solución, y no del problema, ‘los negociadores del gobierno y los de las FARC pidieron hacer consultas con sus direcciones y cuando vinieron los nuestros, como coordinadora Simón Bolívar, que aglutinaba EPL-ELN-FARC, el gobierno de Gaviria decidió cancelar las negociaciones y ordenó la guerra total contra el pueblo. Ante esa situación, las FARC decidió no dialogar más con Gaviria, aunque ya veríamos con su sucesor’. La cúpula guerrillera respondió del mismo modo y declaró la guerra total al gobierno. Para que no hubiera duda, desencadenó también la mayor ofensiva de su historia, con frentes abiertos en todo el país.


Colombia vivió un nuevo punto de inflexión. Otro más. A la guerra que ya campaba en gran parte de su territorio se habían unido los enfrentamientos entre diferentes cárteles de la droga, entre paramilitares y narcos, y también entre paramilitares y guerrilleros, quienes a su vez se enfrentaban a los militares y también a los narcotraficantes. La ola de secuestros despeinó la cordillera andina, los coches bombas fueron paisaje habitual de las primeras planas de los periódicos, la producción de cocaína inundó el país de dólares frescos y de millonarios temerosos y la cosa se terminó de torcer. 

Simón Trinidad

Simón Trinidad, decepcionado por estas matanzas y lo que consideraba un sabotaje descarado y brutal del gobierno y de sus paramilitares da una vuelta de tuerca y se radicaliza descontroladamente. Primero robó del banco que regentaba treinta millones de pesos, pesos de los años ochenta, que valían algo más,  y algo más: una lista de los millonarios de la región para usarla como directorio de secuestros y extorsiones. El alegre y aguerrido Juvenal pierde el nombre en esta transformación y cambia el enrevesado y prestigioso que le dieron sus padres: Juvenal Ricardo Ovidio Palmera Pineda por un más poético Simón Trinidad, en homenaje al Libertador que tantas pasiones despierta en toda Latinoamérica: Simón Bolívar. Trinidad, olvidado ya Juvenal, multiplica las acciones en su región natal hasta convertir su ciudad, Valledupar, en la mayor tasa de plagios del país, desaparecen empresarios a manos de un misterioso frente 41 de las FARC, desconocido antes de su irrupción en el mundo guerrillero, llueven cartas extorsivas, y con ellas surgen grupos de autodefensa, paramilitares armados que ejecutan izquierdistas por las noches y en las esquinas. Simón Trinidad sube como la espuma en la guerrilla, es un tipo apuesto, enérgico, tiene estudios y las ideas muy claras, proviene del enemigo y sabe dónde darles y cuándo y lo que más le duele: es el maná que esperaban las FARC. Trinidad, o Juvenal, o el burgués de la guerrilla ahora comanda el frente 19 en la Sierra Nevada de Santa Marta, luego le ven en el Frente Caribe, sus acciones se multiplican y a finales de los noventa se ha convertido ya en el número 3 de la organización.

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En la zona del despeje, que concedió en 2001 el presidente Andrés Pastrana, Trinidad se convierte en uno de los líderes de la negociación. Con su imponente presencia y su aire de diputado de derechas lo mismo trataba los catorce temas de la guerrilla (sanidad, educación, lucha contra la pobreza, etc) que amenaza con derribar cualquier aeronave que se atreviera a fumigar los cultivos de amapola o de coca al sur del país. Mi encuentro con Trinidad no pasó de una promesa de entrevista que nunca me concedió, un apretón de manos que me dejó medio manco y el recuerdo de un tipo que podría pasar por líder del partido conservador si llevara corbata y pantalón de pinzas. Pero el fin de las negociaciones actuó como un vendaval para la cúpula de las FARC y a principios de enero de 2004 Simón Trinidad cayó en las manos del ejército en Quito, en Ecuador, donde tenían un santuario nada disimulado y demasiado conocido por demasiada gente. Curiosamente el mismo país en el que murió el comandante Raúl Reyes, sólo que este fue dado de baja junto a la frontera, lejos de la capital donde cayó Trinidad. Su última imagen dio la vuelta al mundo, el enérgico Juvenal, el guerrillero Simón, Trinidad como aglutinador, esposado y calvo, perdido su bigote, conducido por militares fuertemente armados rumbo a los Estados Unidos, extraditado como supuesto extorsionador y narcotraficante, gritando vivas a las FARC, su poderoso cuello de toro en tensión y su torso de atleta a punto de explotar, mirando fijo a las cámaras de las televisiones de todo el planeta. Desde entonces, Trinidad, el burgués de la guerrilla, esté en prisión, condenado a sesenta años, pero no por narcotraficante (un juicio que no prosperó) sino por el secuestro de tres ciudadanos norteamericanos. La venganza del presidente Álvaro Uribe, el enemigo número 1 de las FARC, se había sustanciado: su detestado oponente se pudriría en una prisión de aquel país que tanto odiaba y que lo había formado décadas atrás en el conocimiento de esa economía que le había cambiado la vida dos veces.


© José Luis Sánchez Hachero
sanchezhachero@hotmail.com











martes, 4 de septiembre de 2012

Viaje a Marinaleda: el callejero y el duque del Infantado



Si usted se dirige a Marinaleda desde el vecino municipio de El Rubio entrará por una calle que lleva por nombre Juan XXIII (el papa de la paz), calle que se convierte en vía principal que lleva el nombre de Avenida de la Libertad y que cruza, por ejemplo, la de Ernesto Che Guevara, paralela a las de la Fraternidad y de la Solidaridad. Cercana está la de Boabdil, el último rey moro de Granada, y también la plaza del depuesto presidente chileno Salvador Allende, la del ayuntamiento (donde a veces ondea febril la tricolor republicana). El 8 de octubre se celebra el día del Heroico Guerrillero, en honor al comandante Che Guevara, una festividad que no llama la atención en la mayor parte de España pero que sí tiene su momento en Marinaleda, como el 30 de enero, día de la muerte de Gandhi, jornada de la paz en el pueblo. La población no deja de asombrar en según qué aspectos: hace dos décadas expropiaron miles de metros cuadrados alrededor del pueblo, se apostó por la autoconstrucción y el gobierno municipal anunció que cedería gratuitamente albañiles y arquitectos para que cada cual se construyera su hogar: hoy la hipoteca para los vecinos alcanza los quince euros por viviendas de tres dormitorios y patio de cien metros. Aquí puedes ver más cosas, en la web oficial de Marinaleda. Si el callejero anuncia las intenciones de sus vecinos, el de Marinaleda no puede ser más claro.







'Nos tienen miedo porque hemos dado con la tecla', me dice Sánchez Gordillo en El Puerto de Santamaría, tocado con un sombrero vueltiao (típico en Colombia) y un pañuelo palestino, rojo, negro y blanco, rodeado de admiradores que le paran para fotografiarse con él, que lo miran desde lejos con admiración. Gordillo lleva tocando la tecla muchas décadas, a juzgar por el éxito de sus convocatorias, por sus discursos encendidos y revolucionarios y por el odio manifiesto que despierta entre sus adversarios. Tengo la impresión de que Gordillo ha entrado en un nirvana popular y que muchos de sus admiradores se dirigen a él como si fueran de visita a Lourdes. El diario británico The Guardian lo califica de Robin Hood y lo compara con Gandhi en su lucha no violenta: The Guardian. La marcha que encabeza en El Puerto pretende dar visibilidad al problema de la pobreza en Andalucía y los jornaleros responden a su llamado entre amenazas anónimas de muerte, una vigilancia exhaustiva de la policía y acciones sorpresa en bancos y supermercados. Gordillo y los suyos son ahora una noticia diaria y nacional, una amenaza para el sistema, o una esperanza (según opiniones), una fuente de novedades para la prensa extranjera (lo siguen casi que constantemente unos muchachos que graban un documental para Alemania) y un motivo de discusión para los españoles: discusiones de voz en grito, de ideologías extremas, de confrontación guerracivilista. Cuando visité Marinaleda, hace ya algunos años, el Robin Hood de la estepa ni siquiera tenía nevera en su minúscula casa pero los vecinos gozaban de una piscina olímpica y unas instalaciones para su televisión local que superaban a las de muchas regionales. Como contraparte, las asambleas que se celebraban los sábados parecían algo más decaídas, acaparada la palabra por el insigne alcalde, alcalde desde 1979 y parece que por muchos años más. A Gordillo lo adoran los suyos y lo odian los contrarios. Por lo que intuyo le encanta, además, que los suyos le adoren y también le causa cierto placer que lo odien sus enemigos: es la confirmación de que su causa va por buen camino. En la Marinaleda de hoy no sé si las asambleas seguirán de capa caída o los últimos acontecimientos habrán revitalizado el movimiento libertario popular pero sí que el minúsculo pueblecito ha vuelto a situarse en la portada de cientos de periódicos y revistas de todo el mundo, un logro sin par porque los periódicos y revistas cada vez son menos y el pueblecito sigue sin alcanzar la cifra mágica de 3.000 vecinos.


Su primer gran momento, el de Gordillo y el de Marinaleda, comenzó a gestarse hace muchos años: de hecho hace mucho siglos. El 22 de julio de 1475 los Reyes Católicos conceden al segundo Marqués de Santillana, Diego Hurtado de Mendoza, el título nobiliario de Duque del Infantado, y treinta y cinco años más tarde la familia consigue la Grandeza de España. Entre las muchas propiedades que llegó a tener el ducado del Infantado se encontraba el Condado de Saldaña, el Palacio del Infantado en Guadalajara, la casa de Lazcano en Guipuzcoa, el Palacio de Barrena, en Ordizia, el castillo de Manzanares el Real y el de la Monclova, en Sevilla. En los tiempos de la II República, el ducado poseía 17.141 hectáreas, una cantidad nada desdeñable de tierras que lo convertía, no obstante, tan sólo en la novena propietaria del país. El lema de los Mendoza dice así: 'Dar es señorío y recibir servidumbre', una bonita frase ideada por Íñigo López de Mendoza en el siglo XV que ha servido como principio a la familia durante más de seis siglos.



Si dar es señorío, el ducado del Infantado alcanzó la máxima expresión de la palabra en 1991, cuando se vio forzado a ceder alrededor de 1.200 hectáreas de su finca El Humoso, situado en el municipio sevillano de Marinaleda. Una finca que generó cientos de portadas de periódicos y revistas en los años ochenta y noventa, cuando el grupo de jornaleros que lideraba un joven y desconocido alcalde se empeñó en cambiar la titularidad de sus propietarios por la del Pueblo, así sin más. Tras huelgas, ocupaciones, protestas ante las sedes oficiales de las administraciones, detenciones y discusiones sin fin, la finca El Humoso pasó al Pueblo, como aspiraban los jornaleros de Marinaleda, y su líder, Juan Manuel Sánchez Gordillo, captó las miradas de todos los que soñaban con una utopía socialista. Curiosamente logró su objetivo unos meses después de la caída del muro de Berlín y el mismo año del colapso de la Unión Soviética, un motivo de esperanza para los partidarios y de chanza para los detractores. Lo cierto es que, con Sánchez Gordillo al frente, Marinaleda nunca ha vuelto al anonimato que se supone a un municipio de jornaleros perdido en una de las zonas más calurosas de Andalucía.




© José Luis Sánchez Hachero
sanchezhachero@hotmail.com















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