domingo, 12 de enero de 2014

Viaje al Kurdistán: Diyarbakir tiene la segunda muralla más larga del mundo




La muralla de Diyarbakir es tan antigua que nadie sabe quién plantó sus primeros cimientos y es tan larga que sólo la supera en longitud la más famosa de todas las murallas: la de China.


En los manuales de viajes se acude al emperador romano Constantino, allá por el siglo IV, como origen de este curioso manto de piedras negras, piedras de basalto que provienen de alguna erupción de un volcán extinguido en los alrededores, un volcán que se conoce con el nombre de Karacadag, ‘el de las piedras negruzcas’. Sin embargo, parece que los enviados del emperador romano aprovecharon una estructura anterior, tan antigua que ni en aquella época había quien recordara sus constructores, tan perdido en el tiempo que hoy sólo podemos elucubrar con una civilización desconocida de hace más de cinco mil años y de nombre un tanto risible: los hurritas, pincha aquí para saber más de ellos. Un pueblo del que se desconoce casi todo y del que sólo nos han llegado algunas referencias a través de los documentos hititas, de la antigua Babilonia, de los que fueron contemporáneos, que los llamaba Surabitas, y por la Biblia, que los denomina con el feo nombre de ‘Hórreos’. En todo caso, unos desconocidos que nos han dejado dos hitos para nada despreciables: la estructura primigenia de la segunda muralla más larga del mundo y la canción más antigua que se conoce, que nació probablemente para ser interpretada con acompañamiento de lira.
Fuera como fuera, subo las escaleras de uno de sus tramos con cierto temor, por lo estrecho, y con cierta aprensión, porque en el interior de sus almenas medio derruidas se mueven sombras sospechosas. Fuera del recinto se abre la ciudad de Diyarbakir, la capital sin declarar de los kurdos, la ciudad donde el PKK reina entre las sombras, el centro de las protestas étnicas y escenario de multitud de crímenes de estado y de atentados terroristas. Las calles bulliciosas, el sempiterno claxon de los coches, las carreras de los niños de vuelta ya del colegio, los gritos de un mercado. Dentro de la ciudad antigua la cosa no mejora mucho pero en según qué rincones los intrincados callejones evitan que los gritos no lleguen más que a través del eco. Dicen que los alrededores de la muralla son peligrosos, que atracan a los turistas incautos (¡y quién mejor que yo para simbolizar al clásico turista panoli!) y que hay que extremar precauciones cuando se acerquen los típicos enjambres de niños. Sin embargo, encaramado en lo alto de la muralla todo se antoja lejano: los cláxons, los gritos, los niños.

Desde que el primer hurrita, si es que fueron ellos los primeros, levantó el primer tramo de esta muralla han pasado al menos doce civilizaciones distintas que han dejado su impronta en sus impresionantes muros en forma de inscripciones, de altorrelieves, de sutiles diferencias arquitectónicas. Aquello parece uno de aquellos leones hititas que nos mostraban en las clases de historia del arte, y lo de más allá recuerda a la intrincada palabrería árabe del interior de la mezquita de Córdoba. Lo único cierto es que el interior de la ciudad antigua parece un hervidero de casas arremolinadas, de entre las que sobresalen los minaretes de las mezquitas, entre ellas la Ulu Camii, la que fue iglesia de Santo Tomás, según me aseguró el padre José, uno de los últimos sacerdotes del rito siríaco, que tiene su iglesia ahí abajo, en esa maraña de callecillas.

Los hombres del emperador Constantino debieron pensar que aprovechando aquella débil barrera impedirían la entrada en la ciudad que ellos llamaban Amida de tantos pueblos bárbaros que pululaban por los desiertos de la Anatolia. Pero, si no le sirvió a los hurritas, los romanos tampoco pudieron evitar que les pasaran por encima. Es difícil verlo en según que tramos, sobre todo en los cubiertos de matorrales y basuras, los que se han desmoronado ante la desidia de las autoridades locales, los que parecen el escenario de un ataque perfecto aprovechando las horas oscuras.

En algunos puntos la muralla alcanza los doce metros de altura, en otros los cinco metros de ancho, tiene cinco puertas aún reconocibles y bien conservadas y en según qué torres uno puede hasta mezclarse con una multitud de turcos que toman su té y compran pañuelitos. En la parte más oriental se encuentra la Torre Keci, la torre de las cabras, las bóvedas del techo ejercen una atracción hipnótica en el interior de los muros mientras que fuera las cabras corren alegres por unos arriesgados peñascos ante los que se asoman los paseantes curiosos. Esta parte resulta la más fácil de defender porque da al río, el Tigris, y se asoma a un precipicio que debía de convertir en pesadilla las invasiones de otras épocas. Tan difícil de trotar por esta parte que los locales, siempre tan guasones, le otorgaron ese nombre, el de las cabras, con más estilo, en mayúsculas, la Torre de las Cabras. No es la única torre con estilo. Las de Ulu Beden y la de Yedi Kardes Burcu fueron construidas en 1208, cuando Diyarbakir era parte de un emirato de los Artukidas, otros turcos que dominaron la región antes de que el imperio otomano tomara fuerza. Este viajero describe estupendamente la acumulación de inscripciones y estilos arquitectónicos (en inglés)

Y es que el río Tigris pasa por aquí, como decía, y en la sección más sureña algunos visitantes antiguos describían la belleza de los huertos y del campo fuera de las murallas, aunque hoy sólo hay casuchas y niñatos que juegan a amenazarte como si reprodujeran las escenas de sus mayores, siempre del PKK, contra los policías turcos. Un enano se me acerca con lo que parece una pistola automática y hace ademán de dispararme, aunque afortunadamente es de juguete, ahora otro viene a toda pastilla con un enorme pedrusco con el que abrirme la cabeza: tan sólo mi extraña reacción (lo perseguí con otro pedrusco aún mayor) detuvo a sus amigotes, aunque me fui raudo no fuera a aparecer algún hermano mayor contrariado, o un padre con una pistola de veras.
Sigo mi paseo por la segunda mayor fortificación después de la gran muralla china para descubrir que es una hazaña con cierto truco. De las murallas de Meknes, en Marruecos, por ejemplo, dicen que medían, en sus tiempos, más de cuarenta kilómetros, y las de Roma casi llegaban a los veinte, así que los cinco y medio que miden las de Diyarbakir parecen de juguete a su lado: claro que hoy día las de la Anatolia no tienen cortes en su recorrido mientras que las demás están seccionadas y han perdido tramos enteros. Así que no hay duda: las murallas de Diyarbakir sólo recibe sombra de muy lejos: concretamente de China.

Las piedras de basalto negro caracterizan la muralla pero no son lo único relevante: tiene un intrincado trabajo de ladrillos, una estructura oculta que descubre, en lo poco que se deja descubrir sin que se te caiga encima un mundo de siglos, grandes almacenes, enormes habitaciones, estrechas escaleritas que conducen a las almenas, suntuosos espacios como los de la torre de las Cabras con su público entregado a la puesta del sol.
En cambio, en el extremo opuesto en diagonal, la muralla parece toser, estornudar más bien, los agujeros en su estructura dan cierta pena y uno puede imaginarse a las tribus turcas provenientes del centro de Asia bombardeando con cargas de pólvora los gruesos muros en el siglo XV, derrotando a los Sasánidas y a los Mamelucos, que a su vez desalojaron a los persas, que a su vez habían mandado a hacer puñetas a los romanos. Porque eso es la Anatolia, y casi que cualquier suelo que pise el ser humano: conquista tras conquista e invasión tras invasión, aderezadas con masacres tras masacres y tragedia sobre tragedia. La Anatolia no deja de ser un pasillo que conduce directamente a Europa, flanqueados sus lados por el Caspio, el mar Negro y casi que el Mediterráneo, un corredor inevitablemente frecuentado por todo el que quisiera reinar en algún lugar fresco (que era Europa). Por eso estas murallas han visto tanta sangre que no se sabe ya si aquella gota es hurrita, sasánida, romana o persa. A principios del siglo XX sus puertas volvieron a llenarse de sufrimiento, esta vez con la de los últimos cristianos, apenas visibles ya hoy más allá de esta iglesia armenia o de la anteriormente mencionada del rito siríaco, asesinados en masa a manos de los kurdos en un gran genocidio que volvió a repetirse apenas una década después, cuando fueron los kurdos los que se ahogaron en sangre en una sangrienta revuelta que sofocó firme el vencedor del espíritu turco en la primera guerra mundial, Mustafá Kemal, Atatürk. Aún quedaban más tragedias que vivir: las de los kurdos contra el gobierno de Ankara, las frecuentes revueltas étnicas, las huelgas de hambre de miles de kurdos.
Ahora el futuro se abre esperanzador: el gran proyecto GAP promete puestos de trabajo y agua, Abdullah Ocalan ha pedido un alto el fuego, los guerrilleros del PKK se retiran al norte de Irak y hasta el gobernador de Diyarbakir parece dispuesto, según este diario, a restaurar las estructuras dañadas. No es para menos: doce civilizaciones y miles de años mirando cómo los seres humanos nos peleamos y nos reconciliamos lo merecen…

Yáñez y Solís: los mejores pilotos del descubrimiento no se soportaban


En 1508 el rey Fernando el Católico piensa que pierde el tiempo con un Mar Tenebroso que no lo es tanto y sí una fuente de riqueza que sospecha infinita. Decidido a evitar que sus nuevas posesiones se desangren en un tráfico ingobernable convoca a los mejores marinos que en sus dominios son. Y al llamado acuden prestos los más reconocidos. Un italiano, Americo Vespucio, que bautizará sin querer todo un continente. Un cántabro, el cartógrafo Juan de la Cosa. Y dos andaluces, uno de ellos una leyenda que capitaneó a la Niña en su viaje descubridor, Vicente Yáñez, y Juan Díaz de Solís, considerado el mejor piloto de los mares patrios a pesar de proceder tan de tierra adentro como Lebrija. Don Fernando, y es de entender que doña Isabel, pretenden ampliar los mapas, y con ellos el imperio, y quién mejor que los mejores pilotos y los mejores cartógrafos.


Juan Díaz de Solís vivió con una obsesión y una habilidad. Su obsesión era el camino más corto hacia la India. Su habilidad, el océano. Había vivido tanto tiempo en Portugal que había quien lo consideraba lusitano y tanto destacó en su flota que se hizo un hueco entre los más grandes marineros de la armada. Al principio como marinero, más tarde con tripulación a su cargo, Solís viajó repetidamente a la India, bordeando el continente africano y aprendiendo los caprichos de corrientes y mareas. Sin embargo, abandonó decepcionado la marina portuguesa para enrolarse en un barco corsario francés y ejercer el siempre más rentable oficio de pirata. Pirata bajo corso, claro, que es un modo de cubrirse las espaldas, porque los corsos actuaban con el respaldo de alguna Corona que conseguía así lo que no podía lograr mediante conquista o diplomacia. Solís apresó un mercante portugués en aguas guineanas y sus antiguos patronos no dudaron en condenarle a muerte. El lbrijano pasó de portugués de adopción a enemigo declarado y Portugal de madre adoptiva a amante despechada.

Vicente Yáñez, nacido en Palos, compartía mucho con Solís: ambos eran expertos marinos, ambos habían pasado por la piratería de corso como formación obligada. Por si fuera poco, los dos estaban enfrentados a Portugal, país contra el que los hermanos Pinzón habían mantenido frecuentes escaramuzas fronterizas. Pero si tanto compartía con el lebrijano, mucho más le separaba. Yáñez era leyenda viva, había descubierto el nuevo continente al frente de la Niña, continente al que regresó rodeado de primos y sobrinos para acrecentar su fama con el descubrimiento del Amazonas y el Orinoco. Yáñez era, además, inmensamente rico gracias a sus negocios negreros (al que los españoles nunca fuimos tan ajenos, (pincha aquí para conocer otro caso atroz), el líder natural de los marineros de la incipiente armada española, corregidor de la isla de Puerto Rico y un hombre de carácter. Sus vecinos lo recordaban en los tiempos de aquel marinero loco venido de Italia, el tal Colombus, aporreando puertas junto a su hermano Martín para convencer a los más escépticos de que había que embarcarse y poner proa a poniente porque se harían ricos.


La Corona ya había decidido: Yáñez y Solís comandarían una expedición para hallar el paso que comunicara el aún misterioso cúmulo de islas con las tierras de la Especiería, un paso que, según concluyeron, sólo podría encontrarse al norte. La flotilla pasó un año recorriendo las costas de Venezuela, Colombia, Panamá, Nicaragua, Honduras, Guatemala y hasta divisaron desde sus naves a los mexica de Moctezuma. Demasiado tiempo navegando juntos sin encontrar el anhelado paso. El onubense, descubridor y navegante mítico, se impuso a Solís, tan sólo refutado marino, y lo envió a prisión nada más desembarcar en España. Eso sí, Solís debía de tener algún tipo de encanto porque poco después sustituye a Américo Vespucio como Almirante oficial de la flota del descubrimiento. Vicente Yáñez fallece poco después, cansado y enfermo, en su domicilio de Triana, tan anónimo que pocos vecinos conocían su pasado.

            Solís, mientras tanto, sigue con su obsesión: volver a la India y arrebatar las colonias a sus antiguos socios. Esta vez, piensa, será distinto: enfilará proa al sur, hasta que se acabe la tierra, porque en alguna parte debería de acabarse el continente y pocos recelan ya de la esfericidad del mundo. Solís sale de Sanlúcar de Barrameda un frío día de octubre de 1515 y se encamina al Brasil con las referencias de su antiguo compañero de viaje, Vicente Yáñez, baja hasta el río de la Plata, que confunde con un brazo de mar dulce, y se disponía a enfilar proa al Cabo de Hornos cuando cae muerto a flechazos. Contaron los marineros que Solís descendió con siete compañeros para negociar por oro pero apenas pone pie en tierra unos indígenas los asesinan mientras la tripulación contempla la masacre desde el puente sin poder intervenir.


Esa es la Historia, con mayúsculas, y el final oficial de Juan Díaz de Solís. La historia, con minúsculas, nos llega a través de un jesuita irlandés, Lucas Marton, en su libro Yumaranei, quien asegura que los marineros, ya en tierra, intentaron abusar de algunas indígenas. Un clásico en los conquistadores que encontró su castigo cuando los guaraníes los asesinaron sin contemplaciones. El jesuita asegura además que Solís no se encontraba en la funesta expedición, sino que la encabezaba un tal Martín García, que consiguió regresar al barco y morir a bordo. Su sepultura dio nombre a una isla que aún hoy mantiene su epónimo: la isla de Martín García. El caso es que, volviendo a Marton, Solís optó por regresar a España, tras la debacle de parte de su tripulación, pero el resto de la marinería, que se veía ya rica de especias y oro, lanzó al mar al lebrijano. Asegura el irlandés que Solís se adaptó a su nueva vida y hasta dejó varios hijos habidos con indígenas guaraníes. Dice más Marton: que Solís construyó una hacienda, con el permiso de la Corona portuguesa, con quien se había reconciliado de manera misteriosa, y que murió con ochenta años, de puro viejo.

“De una doncella de los Charuás tuvo sólo un vástago a quien llamó Fernando de Solís y muchos nietos de éste quienes poblaron y negociaron en la hacienda, hasta la venida del Gobernador Mauricio de Zavala. Empero, la muerte de Solís resultó ser en el año 1552, según se dice contando con más de ochenta años de vida y treinta y cinco en estas tierras. Enterrado en Cerro Piedras de Afilar, según pude constatar a pocos metros de lo que lo hombres llaman El Cono”.


Bibliografía

1. Juan Díaz de Solís, Lebrija, Sevilla, 1470 – Punta Gorda, Uruguay, 20 de enero de 1516

El viaje de Yáñez Pinzón y Díaz de Solís, José Torre Revello, http://codex.colmex.mx:8991/exlibris/aleph/a18_1/apache_media/5PS47UAXMD8IDSY33YSE9RVCGSQQ9R.pdf

Historia de la Marina Real Española: desde el descubrimiento de América, volumen I, José Ferrer de Couto, José de March y Labores

Yumaranei, Lucas Marton, 1746,: http://yumaranei.blogspot.com/2008/02/sobre-la-muerte-de-juan-daz-de-sols.html

2. Vicente Yáñez Pinzón, Palos de la Frontera, Huelva, aprox. 1462 – 1514

El viaje de Yáñez Pinzón y Díaz de Solís, José Torre Revello, http://codex.colmex.mx:8991/exlibris/aleph/a18_1/apache_media/5PS47UAXMD8IDSY33YSE9RVCGSQQ9R.pdf

Historia de la Marina Real Española: desde el descubrimiento de América, volumen I, José Ferrer de Couto, José de March y Labores

viernes, 10 de enero de 2014

Viaje a Huelva: en las aparentemente muertas aguas del río Tinto






El río Tinto es tan peculiar que sus aguas no son azules sino rojas y su ecosistema está tan muerto que la NASA lo ha estudiado para encontrar vida (en otros planetas). El río Tinto es tan singular que su contaminación no tiene parangón porque esas aguas tan rojas de ácidas que son fueron contaminadas por la propia naturaleza, con alguna ligera ayuda humana, eso sí, y se trata de una contaminación tan característica que está protegida como bien de interés cultural con categoría de sitio histórico. Contaminación protegida por ley. Con todo eso tenemos una paradoja explosiva: un río de aguas rojas contaminado por la Naturaleza y protegido legalmente precisamente por esa contaminación. Un paseo por sus riberas es similar a un paseo por el planeta Marte, un viaje a la desolación más desconcertante y el tren turístico que rememora los viajes mineros de finales del siglo XIX recorre algunos de los rincones menos accesibles para el paseante aprovechando locomotoras y vagones de la antigua compañía minera.



El río Tinto es un monumento a la historia, con mayúsculas: la Historia, y también al desastre, también con mayúsculas, el Desastre.



A la Historia porque las primeras minas arrancaron en el segundo milenio antes de Cristo, su primeras fundaciones datan del periodo del Bronce final, continuaron en la época del Hierro y fueron los iberos los primeros en explotar comercialmente el potencial de sus pedregosas riberas y traspasaron su descubrimiento a los fenicios, a los romanos, a los árabes, a los castellanos y a los británicos. Por aquí han pasado su cedazo todo tipo de razas y cabellos de todo color, gentes de lo más variada en pos del cobre, del hierro y del manganeso, a veces encontrando plata, otras oro. Viendo algunas minas de la actualidad uno puede imaginarse cómo era la actividad de entonces, como en estas de oro en la selva de Ecuador, Nambija.


Pero también es un monumento al Desastre, que mencionaba antes, porque, de tan contaminado, es un paisaje protegido y las administraciones se esfuerzan en 'mantener las peculiares características de las aguas'. ¿Y cuáles son estas características? Pues unas aguas mineralizadas hasta un nivel de decir basta, con sulfuros de metales pesados procedentes de depósitos hidrotermales compuestos por rocas de pirita y calcopirita, un complicado proceso en el que unas bacterias, llamadas arqueobacterias, oxidan esos minerales transformando los sulfuros en ácido sulfúrico. Como resultado final, se liberan los metales pesados y el río acepta resignado entonces su nombre, Tinto, mientras el ácido sulfúrico convierte las aguas en rojas negruzcas y eleva el PH a un nivel tan ácido que la vida en su interior es tan difícil que sólo sobreviven unos microorganismos que se alimentan exclusivamente de minerales. La acidez es tan alta que en algunos puntos más que agua el líquido es ácido sulfúrico concentrado. He visto otras aguas rojas pero no tienen nada que ver, mirad estas del desierto de Túnez.




A esas extrañas formas de vida se las conocen como 'organismos procariotas y eucariotas', entre estos últimos algunos hongos y algas endémicas del propio río, unos increíbles seres que llamaron la atención de la NASA cuando preparaba su viaje a Marte. No fue la única agencia espacial: la ESA, que es su homóloga europea, también eligió este desolado entorno para organizar una expedición en la que se probaron robots, trajes de astronauta y equipos médicos.


Los científicos que han estudiado el río han coincidido en señalar que la frenética actividad minera a lo largo de miles de años ha ayudado a crear este cauce tan fantasmagórico pero su conclusión va más allá porque están seguros de que sin el hombre las aguas serían, y eran, igual de rojas: básicamente el terreno rezuma minerales y el hombre se ha deslomado por recogerlo, pero sin el hombre el río estaría igual de muerto. O de aparentemente muerto. Porque la acidez de sus aguas no excluye la vida sino que convierte el agua en un sistema cerrado que se nutre de la energía del sol y de los metales que lleva el agua y desarrolla un ecosistema que no precisa oxígeno y que, para terminar de enredar la madeja, puede estar detrás del intenso color rojo de las aguas. Aquí puedes leer un interesante estudio sobre las paradojas del río y el papel que han jugado los nuevos descubrimientos.



Un extraño paisaje, en definitiva, mezcla de pesadilla de explorador de mundos perdidos en una galaxia remota y devastación tras un desastre nuclear. Tan terrorífico resulta este entorno que los tramos alto y medio del río, unos cincuenta y siete kilómetros, han sido declarados Paisaje Protegido por la Ley 4/1989 y hasta la Junta de Andalucía lo declaró Sitio Histórico. Los tonos ocres predominan en sus orillas pelonas de vegetación y sólo a muchos metros de distancia se atreven los árboles y arbustos a crecer, pero lo hacen con miedo, observando en la distancia que el extraño río rojo no le dé por desbordarse y abrasarlos también a ellos.


El río llora sangre desde su mismo nacimiento, en la Sierra del Padre Caro, en la serranía de Nerva, el Tinto brota tinto, tintorro más bien, y parece que barrunte todos sus nombres: Luxia para los iberos, Urium para los romanos, Saquia para los árabes, nombres que eclipsó el Tinto, tan gráfico que sus cien kilómetros, hasta desembocar junto al río Odiel, parecen un homenaje al más popular de los caldos ibéricos.


El río Tinto tiene tanta historia que los iberos fueron sus primeros grandes mineros pero puede que no tan primeros. En la mismísima Biblia se menciona un curioso reino: hacia el siglo X antes de Cristo las naves de Salomón, el rey de Israel, volvían cada tres años cargadas de oro de un lejano y misterioso lugar llamado Tarsis, o lo que es lo mismo: el reino de Tartesos, situado algo más allá de las columnas de Hércules y sito en el Bajo Guadalquivir, un lugar gobernado por el mítico Argantonio y en los Nueve Libros de la Historia el griego Herodoto describe un río llamado Tartessos que rodeaba una ciudad rica en minas y en minerales. La mítica Tartessos sigue hoy desaparecida y hay quien la sitúa en las marismas del parque de Doñana, algo más al sur, e incluso quien la identifica con la descripción que dio Platón de 'una gran isla, más allá de las columnas de Hércules, rica en recursos minerales y fauna animal'. Aquí puedes ver el reportaje de National Geographic sobre el reino de Tartessos


Y aquí puedes encontrar horarios y entradas para darte un paseo por este extrañísimo lugar: pincha aquí para ir al parque minero


jueves, 9 de enero de 2014

Viaje a Colombia: los tres desquites de Felipe Restrepo


Tres desquites marcaron la vida de Felipe Restrepo. El primero mató a su padre, el segundo golpeó su conciencia dormida y el tercero nace apenas ahora, como serena venganza que redima toda una vida.


El primer desquite de Felipe Restrepo tenía nombre y apellidos, José William Ángel Aranguren, un bandolero que nació en Rovira, al norte del departamento de Tolima, en un mal momento, un momento negro y rojo, rojo de sangre, negro de muerte, tan rojo y tan negro que en la historia de Colombia se le conoce como La Violencia. Tras el asesinato del líder liberal, Jorge Eliecer Gaitán, a manos de no se sabe muy bien quién, el país comenzó una espiral de violencia que aún dura y que cimentó, en aquellos años, la base de lo que hoy son poderosas guerrillas y grupos de paramilitares tras los que se escudan narcotraficantes, terratenientes, gobernantes corruptos. Destrucción, en suma. De entre ellos, tal vez los más temidos, por su crueldad, fueron Los Pájaros, escuadrones de la muerte, conservadores que buscaban liberales hasta en las últimas veredas para quitarles la vida. José William vio morir a manos de los hombres del alcalde de Rovira a su padre y a sus hermanos, tal vez por rojos en una época en la que aún no había verdaderos rojos, tal vez porque tenían algo que el alcalde quiso, tal vez por nada de lo anterior. Convertido en un desplazado más de los que pueblan los paisajes del país con más desplazados del mundo, José William mudó su nombre por un revelador apodo: El Desquite. Entre sus muchas casualidades estuvo el carisma que destiló en una época de personajes que arrastraban apodos como 'Pedro Brinco', 'Sangrenegra', 'Tarzán' o 'Capitán Venganza', o tal vez fue el terror que extendió entre los vecinos de las aldeas del Tolima, o puede que fuera el encuentro cara a cara con el padre de Felipe, de Felipe Restrepo, a quien degolló a cuchillo por pertenecer al partido conservador. Fue el primer desquite en la vida de Restrepo, El Desquite, con mayúsculas, el origen de una larga serie de desquites que Aranguren jamás hubiera podido intuir.


El segundo desquite también fue apodo y correspondió a un violento paramilitar del norte de Antioquia que ni nombre reconocible tiene ya. Felipe Restrepo ya era otro, nunca más el muchacho atemorizado que presenció cómo la sangre de su padre describía enigmáticos signos en el suelo. Felipe sobrevolaba su antiguo yo desde la distancia, al modo de aquellos sádicos Pájaros que picoteaban sus enemigos con cólera infinita, y tal vez de ahí le surgió la idea que ahora martillea las conciencias desde la hipnosis de su trazo, tan fresco y claro como enigmáticos eran los charcos de la sangre de su padre. El muchacho huérfano que huyó a Cali encontró en las pinturas la calma que necesitaba y en cada dibujo sepultó sus recuerdos más horribles al tiempo que los lanzaba al público como purga. Pronto deslumbró su habilidad con el pincel a sus profesores, a sus compañeros y a quien estuvo dispuesto a prestarle los pesos necesarios para cruzar el océano y codearse con la nobleza de los lienzos, nada menos que en la Francia de Delacroix, de Monet o de Gauguin.

Felipe mira al suelo mientras recuerda sus desquites, escondido tras su mirada esquiva, su mantita al hombro, casi que su memoria. 'Yo creo que las pinturas más que un tema de denuncia es casi como un proceso de catarsis, tanto para mí como para las víctimas, no sé si el arte pueda curar o ayudar a cerrar heridas, pero es el único medio de expresión que conozco. Siendo niño, allá por los años 60 vivíamos en el Tolima, mi papá era comerciante y un reconocido conservador. Me tocó presenciar como lo mataron a cuchillo, se cuenta que fue el famoso bandolero Desquite... El resto de mi infancia y mi adolescencia transcurrió en Cali, relegando ese suceso a un rincón perdido de mi memoria. Luego, como siempre amé el dibujo y era bueno para ello, me fui a estudiar Bellas Artes a París'.


En Francia se origina su segundo desquite y Restrepo vuelve a esconderse tras sus recuerdos, su manta al hombro, su mirada oscura. 'Allá sucedió algo de lo que no me gusta hablar, pero que tampoco puedo negar. En los años 80, con el narcotráfico y los carteles en pleno apogeo, hubo un boom del arte colombiano. Las obras se compraban para lavar dinero y bueno, no sólo estaban sobrevaloradas, sino que se vendían como pan caliente... Eso dio pie a falsificaciones y otro tipo de negocios... y en medio de ese ambiente elitista, dedicado al comercio de arte estaba Fidel Castaño, yo lo conocí allá, en un momento en que nada de las AUC existían y él era amigo de todos los pintores de la época, Obregón, Oswaldo Guayasamín... En fin, estuve trabajando con él un tiempo...'. Fidel Castaño no era cualquiera. Apodado Rambo, Fidel enlazaba con la categoría de sobrenombres siniestros, los de Malasangre y Capitán Venganza, un avispado vendemotos que comerciaba con vehículos hasta que vio en su paisano Pablo Escobar el camino a seguir. Pero todo se hubiera quedado ahí, en un simple narco de tres al cuarto que ayudaba a su amo, como le ocurrió a Popeye, de no ser por el furioso palpitar que desgastaba al más libre de los Castaño. No, Fidel era mucho más. Para comenzar, era el cabeza de una familia de orates ambiciosos, para seguir fue el hermano de Carlos Castaño, el poderoso y sanguinario jefe de los grupos paramilitares, las AUC, para terminar fue un asesino que dedicó su vida, a partes iguales, a vengar la muerte de su padre a manos de las FARC, a amasar una siniestra fortuna y a acaparar tierras y bienes. Para Fidel trabajó Felipe y se le nota en su mirada: vuelta a su manta, a sus recuerdos, a su melancolía. A los felices días en Medellín, cuando le cortejó la fama, la huida del infierno, la violencia política.


'Luego sucedió lo del papá (de Fidel) y nació el paramilitarismo... Me ofreció cambiar los óleos por un AK47, pero me alejé de él y nunca volví a verlo... Yo creo que conocer todo el terror y el horror que sembró un hombre a quien creí conocer, me llevó un poco a seguir sus pasos y recorrer el nororiente antioqueño escuchando a sus víctimas. De ahí nace la serie pictórica Desquite, como mi particular Desquite ante la barbarie a través de la pintura y la escultura, que como digo, es el único lenguaje que conozco....' Pero no es cierto porque su obra es más dibujo que pintura, reducidos los colores de su paleta al negro, el blanco y el rojo, o lo que es lo mismo: al lienzo, a la sangre y a la muerte, porque su obra es más denuncia que dibujo, acompañados sus Pájaros de un audio que a veces se antoja insoportable porque son las propias víctimas de la violencia las que narran sus terribles experiencias mientras Felipe levantaba  con sus óleos Pájaros y Más Pájaros


Es la eclosión de su tercer desquite, el Gran Desquite y, espera, y casi que anhela, el último. 'Lo de los pájaros nació de manera inconsciente, pero claro está que debía estar en mi cabeza esa idea de Los Pájaros... que recorrían los campos matando rojos.... Y bueno, luego llegaron las Águilas negras... En fin, toda clase de chulos o gallinazos que han poblado siempre nuestra historia de cadáveres'. Felipe no quiere la fama, barrunta. Sólo que sus pájaros vuelen de sala en sala y de país en país, salpicando sangre a los indecisos, repartiendo trazos enigmáticos, como sacados del cuaderno de campo de un naturalista desquiciado, enseñando al que no conoce. Los pájaros de Felipe Restrepo no son una venganza porque de nada sirve ya. Los pájaros de Restrepo son, tan sólo y sobre todo, el Tercer Desquite.








jueves, 26 de diciembre de 2013

Viaje a Indonesia: las curiosas viviendas del pueblo Toraja


A las afueras de Rantepao una familia inaugura su casa y Franz Toraja está entusiasmado. Lo miro circunspecto, grave y ceñudo: no será para tanto, me digo, pero luego pienso que cada vez que Franz se entusiasma con algo me depara una aventura extraña. Primero me sorprendió con un funeral donde el occiso llevaba muerto varios años y conservado en formol. Más tarde me llevó a comer la exquisitez local: perro. La inauguración de una casa no parece nada del otro mundo pero, ¿quién sabe? Las casas son curiosas, eso sí, recuerdan a barcos enfilando la proa hacia el mar tenebroso, todas alineadas y presididas por cornamentas. Vamos, me digo mientras preparo mi estómago y mi olfato, por si las moscas.

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Las casas toraja se llaman Tongkonan y resulta que no pueden comprarse ni venderse. Meneo la cabeza porque aquí los constructores españoles, y la caterva de corruptos antiburbujistas, no tendrían razón de ser. ¡¡Casas que ni se compran ni se venden!! Las Tongkonan se construyen siempre orientadas de norte a sur y dicen que la entrada es una frontera entre lo divino y lo humano. Siempre están alineadas a los lados de la calle principal, levantadas sobre pilotes circulares de madera, dicen que para evitar que las ratas y otros bichos entren en el interior. Es curioso pero esa forma tan peculiar realmente parece venir de los barcos que utilizaban los primitivos Toraja y aseguran que antes, en los tiempos remotos, se usaban las quillas de las embarcaciones como cubiertas.
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Claro que no hay una explicación única y las teorías son muchas, contradictorias y variadas, aunque hay dos que sobresalen por aclamación. Una es la ya mentada, que me explica Franz, y que se remonta a los primeros colonizadores de la isla de Sulawasi. La segunda no es que varíe mucho, porque insiste en la quilla de una embarcación, aunque dicen que es una copia del barco que utilizó el mismísimo Dios Creador cuando bajó del cielo para mezclarse con los humanos. Para terminar de enredar la explicación, hay quien asegura que de eso nada y que si nos fijamos bien veremos que en la peculiar forma de los tejados se adivina un buen par de cuernos, que al fin y al cabo parece ser toda una obsesión nacional y el animal sagrado de los toraja.
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La curiosa forma se lleva más allá y los graneros que sitúan siempre junto a las casas, como si fueran trasteros vegetales, también tienen la misma forma, los mismos tejados y los mismos colores. Todo tiene esa extraña forma y unos colores similares. Unos colores que incrustan en las tallas y que tienen sus significados: el rojo alude a la sangre, tan presente en todos los actos sociales de este curiosa etnia, el amarillo es la bendición divina, el blanco recuerda a los espíritus porque es el mismo color de los huesos y el negro, a la muerte. Las cornamentas que presiden la puerta indican, para terminar de enredar la madeja, el nivel de riqueza de la familia y cuantos más cuelguen, más ricos los de dentro y más envidia generarán, imagino yo, entre el vecindario.

TANATORAJA

TANATORAJA

Pero los graneros, que a excepción de la colección de cuernos mantienen todos los tipos reconocibles de las viviendas principales, no son las únicas imitaciones de los arquitectos toraja. La curiosa construcción está en las tumbas, en las señales de tráfico, en los efímeros poblados que construyen en la época de funerales. Algunas tumbas también imitan a las casas, incluso con la réplica del muerto presidiendo el edificio, a modo de colección de cornamentas. Ya he visto yo esas estatuitas antes, subidas en las montañas sagradas, y no puedo negar que me dan cierto escalofrío. Un estremecimiento que apaciguan las filigranas talladas en las fachadas y que se llaman Passuras, que al parecer deriva del árabe Sura, o escritura. Las fachadas se dividen horizontalmente en tres franjas y en dos verticales, cada franja con su sentido esotérico: las horizontales corresponden a la cosmogonía toraja: el inframundo, el mundo terrenal y lo que nosotros identificamos con el cielo. Las mitades verticales corresponden a la simetría central de las fachadas norte y sur, y vienen a representar la vida y la muerte

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La fiesta de inauguración promete: decenas de personas deambulan alegres, algunas claramente ebrias, los cerdos esperan histéricos la matanza dentro de unas no menos alegres jaulas de colores que, cosas de los toraja, imitan también las viviendas.

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Las jaulas donde guardan a los cerdos imitan también a las casas (y los pobres gorrinos, de tanto gritar, hasta echan espumarrajos por la boca al ver cómo descuartizan a sus colegas..)

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Un grupo de lánguida música indonesia deleita a los visitantes con unas larguísimas melodías que parecen no acabar jamás, acompañadas de guitarras eléctricas y batería, una especie de rock de los mares del sur. Los dueños del nuevo Tongkonan está eufóricos, ha venido gente incluso de otras islas para el evento, todo debe de salir bien. No es para menos.

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El Tongkonan es una (otra más) de las señas de identidad del pueblo Toraja, el nexo que les une a sus ancestros y una posesión de la mujer, que albergará al marido hasta que se divorcien, si es que eso ocurre, y se quedará con la vivienda mientras manda al hombre a paseo. Los dueños de la vivienda dicen que han tardado dos años en reunir el dinero y en levantarla, aunque la obra propiamente dicha no suele tardar más de tres o cuatro meses de trabajo. No me dicen nada de su pretendida nobleza pero al parecer suelen ser descendientes de nobles los que habitan estas curiosas casas mientras que los plebeyos del populacho ocupan casas más modestas, de bambú y poco más. Miro con aprensión la casita porque me temo que si fuera toraja no tendría acceso más que a las del populacho..

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lunes, 23 de diciembre de 2013

Bernabé Cobo, el cura de Jaén que descubrió la quina


Bernabé Cobo llegó a América para trabar amistad con las plantas y tanta miga hizo que descubrió la quina y al morir dejó escrito un libro monumental que tituló Historia del Nuevo Mundo. Cuatro décadas tardó en escribirlo, décadas de largos viajes, minuciosos estudios y observaciones directas que durmieron el sueño de los justos hasta que en 1890 un científico colombiano encontró parte de su gigantesca obra olvidada en una iglesia de Sevilla.

Descubrió entonces que Bernabé ya había estudiado y catalogado muchos de los descubrimientos del celebérrimo Alexander Von Humboldt, y nada menos que en 1653, dos siglos antes que el alemán. Reveló, por ejemplo, que ya había descrito los efectos de la quina aplicada a las fiebres intermitentes: 'En los términos de la ciudad de Loja, diócesis de Quito, nace cierta casta de árboles grandes, que tienen la corteza como canela, un poco más gruesa, y muy amarga; la cual molida en polvos, se da a los que tienen calenturas, y con sólo este remedio se quitan’

 selva Amazonas

Bernabé nació en Lopera, Jaén, nada más lejano de la frondosidad de la selva amazónica y fascinado como estaba recorrió el continente en una época en la que moverse en distancias cortas era un suplicio. Además lo hizo entrevistándose con jefes indios y curanderos locales en una irreprimible curiosidad por aprender para qué utilizaban las plantas, las hojas, los tallos, sus jugos. Cobos describe en sus libros los pisos de vegetación, detalles climáticos y de temperatura de cada planta, enumera las especies vegetales del reino del Perú y estudia cómo se aclimatan las plantas traídas por los españoles. Bernabé no volvió a pisar su Lopera natal, donde pocos supieron que aquel jovenzuelo que partió con poco más de dieciséis años se había convertido en un clérigo jesuita tan enamorado de las plantas que descubrió uno de los remedios naturales más eficaces de la naturaleza.

Referencias

BERNABÉ COBO PERALTA, por Manuel Alfonso Pérez Galán, párroco de Lopera (Jaén)

La historia natural del padre Bernabé Cobo. Algunas claves para su lectura, Luis Millones-Figueroa, Colby College

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