lunes, 2 de abril de 2012

Viaje a Eurovegas: de Antonio Armijo a Sheldon Adelson



En 1827 el explorador español Antonio Armijo llegó a un espléndido valle que contrastaba con el desierto que lo rodeaba y, exultante, bautizó a la zona con el alegre nombre de Las Vegas. Armijo había alcanzado la remota región siguiendo los pasos de antiguas expediciones y de los indígenas Paiute, una etnia que vivía en la edad de piedra y que hablaba una variación del antiguo nauatl de los mexica. Armijo disfrutó de los manantiales que salpicaban de verdor a una zona tan árida, encontró cobijo bajo las frondosas copas de los árboles y plantó su bandera para incorporar los nuevos terrenos al recién creado estado de México. Apenas dos décadas después los estadounidenses arrebataron la zona a los mexicanos, la incorporaron a sus barras y estrellas y en 1900 el antiguo vergel quedó convertido en un proyecto de ciudad en mitad del desierto. Los paiutes pasaron de vivir una sencilla vida recogiendo bellotas y piñas y cazando ardillas y ciervos a verse rodeados por evangelistas, buscadores de oro, colonos y empresarios que arrancaron la polvorienta región de las garras mexicanas para integrarla primero en Utah, el reino de los mormones, y luego en el estado de Nevada. Aquel desierto tan desagradable que agotó a Armijo resultó ser todo un partidito: tenía oro en abundancia, plata hasta cansarte, montañas nevadas que le dan nombre al estado, el cañón del Colorado a tiro de piedra y una extensión deshabitada tan grande que el gobierno norteamericano decidió probar sus bombas atómicas y abrir una inquietante base, ‘Área 51’, que genera, a partes iguales, conspiranoicos y películas de extraterrestres terrenales. Y, por supuesto, el mayor casino del mundo: la ciudad de Las Vegas.

En 1931 el vergel de Las Vegas se sintió sacudido por dos hechos puntuales: el gobierno de los Estados Unidos legalizaba el juego y dos años después el alcohol. No tardó ni una década en dejarse notar el tremendo impacto. En la década de los años cuarenta el conocido empresario Bugsy Siegel levantó el primer hotel dedicado al juego en Las Vegas, el Flamingo. De aquel hotelito al disparate en el que se ha convertido hoy la ciudad sólo hay un motivo: el vicio en todas sus variantes. Claro que Bugsy era algo más que un honrado empresario: era uno de los jefes de la mafia neoyorquina y el dinero que levantó aquel imperio de fichas y tragaperras provenía, en gran parte, de los beneficios acumulados por el contrabando de alcohol y sus socios tenía nombres tan sonoros como Lansky o Lucky Luciano. Las Vegas era ahora una Ciudad del Pecado, Sin City, en sus calles podías cruzarte a Elvis, Frank Sinatra o Marilyn, prostitutas rusas, narcos mexicanos y sospechosos señores de chaqueta de paño italiano. Y, por supuesto, réplicas pastiche de las pirámides egipcias, de la torre Eiffel o establecimientos que compiten por lograr el título del ‘Más alto’ o el ‘Más Grande’ sin importarles que sólo consigan el de ‘Más Hortera’. El declive de Las Vegas se hace patente en los años setenta, cuando otras ciudades como Atlantic City consiguen levantar un remedo del paisaje de casinos y hoteles y también gracias a los avispados indígenas, como los Seminola de la Florida, que han levantado grandes centros dedicados al juego (que facturan cinco veces lo que consiguen todos los casinos de Las Vegas). El último soplo de aire fresco lo recibió de Oscar Goodman, el archiconocido abogado de las familias mafiosas erigido en alcalde y promotor de dudosas iniciativas, como el museo de la Mafia, y sospechoso de estar tras varios pelotazos urbanísticos. La mafia siempre vuelve a Las Vegas, si es que se fue alguna vez, y si se trata de encontrar un nuevo emplazamiento para su imperio, un lugar de pelotazos urbanísticos, prácticas rayando lo ilegal e indígenas desorientados, ¿dónde buscar?.

Las Vegas ha decidido, ahora, expandirse, dejar atrás ese desierto dejado de la mano de Dios para reubicarse en un territorio más agradecido. Y, por supuesto, si hablamos de juego, vicio, casinos, dudosos hombres de negocio e indios con taparrabos de Armani, ¿qué mejor lugar que España? La propuesta deja fuera toda duda: crearemos doscientos mil puestos de trabajo, asegura Shaldon Adelson, el avispado sucesor de Bugsy Siegel, y una ciudad que será referencia del ocio en toda Europa. Un ladrillo más en el proyecto que Europa nos tiene reservado: la Florida del Mediterráneo, un lugar de juegos y luces de neón, un país de meretrices y botones, geriátricos y casinos, playas y ajustes de cuentas. Nuestros políticos baten palmas con las orejas porque, claro, ¿no les parece un cuento de hadas que un tipo baje de su vehículo, sin tener que ajustarse el cinturón de seguridad, y diga que te rebaja el desempleo mientras se fuma un puro habano bajo el cartel de Se Prohibe Fumar del palacio de congresos?. ¡Al cuerno con las normas! Y si el señor Adelson exige un cambio normativo en el estatuto de los trabajadores, un régimen fiscal a medida y que le regalen tierras y vasallos, ¿qué estamos esperando? Todo sea por el proyecto común de una Europa grande y libre. Mientras en Barcelona y en Madrid los políticos se lanzan a unas complicadas danzas de cortejo y apareo con el octogenario Adelson, algunos ciudadanos se organizan en asambleas y plataformas para evitar lo que parece inevitable: la única duda es conocer si habrá mayoría de castellanoparlantes o los croupiers parlarán catalá. Si Antonio Armijo levantara la cabeza no daría crédito al ver convertida su exuberante vega en un casino gigantesco y tal vez huiría a España acosado por la imagen de Bugsy Siegel. Lo que no sabe es que no hay escapatoria y que en su país se toparía de bruces con otra vega aplastada y con otros misioneros mormones plantando tragaperras en algún pedregal. Confiemos en que los indígenas que no quedemos atrapados en la isla sin leyes del señor Adelson tengamos la suficiente iniciativa para derrotar a la foránea ciudad del pecado y levantar, a imagen y semejanza de los seminola de la Florida, un imperio paralelo de juerga y vicio patrio. Con vino tinto, chorizo picante y mus.



© José Luis Sánchez Hachero
sanchezhachero@hotmail.com

domingo, 1 de abril de 2012

Viaje a la infamia: Pedro Blanco y su Negra Alma




      La paradoja de Pedro Blanco fue el Negro: gracias a él se hizo millonario y gracias a él su nombre retumba por las esquinas de la infamia. Pedro Blanco Fernández de Trava nació en Málaga, sobre el año 1795, y Hugh Thomas destaca que 'en miseria'. Según Lino Novás, en su libro 'El Negrero', Blanco fue hijo de una alta dama y un bajo marinero, un hijo del pecado en una época en la que no se toleraban estos deslices. Creció pobre hasta que uno de sus tíos se apiadó del miserable sobrino y le dio una educación de postín. Pero entre los demás alumnos no pasaba de ser un bastardo y le hicieron la vida imposible. Le pegaban los compañeros, le menospreciaban los profesores y sólo encontró refugio en la lectura de libros de aventuras. Luego pasó al mundo tabernario para escuchar las exageraciones de los marineros. Finalmente dejó embarazada a su propia hermana y tuvo que huir de Málaga perseguido por una lluvia de piedras. No tardó mucho en enrolarse en un buque mercante y enfilar proa a Cuba. Lo imagino joven y enfadado, aburrido de vivir entre la pobreza y la marginación, sin importar ya si era rechazado por bastardo o aceptado por eso mismo. Y tan cabreado estaba que podía aceptar cualquier trabajo. ¿Marinero? Pues marinero, partamos a donde haga falta. Su personalidad, dura y obsesiva, le convierte pronto en capitán de bergantín. Así que tonto no era. Pero lo que no tenía de tonto le faltaba en escrúpulos.

            Al poco de llegar a Cuba ya trabaja para un comerciante de esclavos, un tal Joaquín Gómez, que perdió la visión cuando un abolicionista le estampó en el rostro un frasco con ácido sulfúrico. Blanco, avispado y trepa como él solo, se convirtió en su mano derecha y se ganó fama de duro. Cambió el concepto del traslado de mercancía. Eufemismo por el de transporte de negros. Compró nuevos modelos de buques con la idea de superar los antiguos bergantines en rapidez y capacidad. Y para eso adquirió los clipper, unos veloces veleros último modelo de la época. Además, para que quedara constancia de su cinismo, los encargó a los astilleros de Filadelfia y Baltimore, en los Estados Unidos, el epicentro del movimiento anti esclavista. Pedro multiplica la productividad y se convierte en uno de los empresarios más ricos del mundo. Por cada esclavo cobra en destino 350 dólares. Y paga en origen 20. En La Habana está bien considerado por la frecuencia de sus viajes. En África le esperan con ansiedad los reyezuelos del golfo de Guinea. Al principio él mismo realiza los cansados viajes, cargados los bergantines de ron y armas, pero pronto se dedica a cultivar los altos ambientes. En la Habana lo encontramos consagrado en cuerpo y alma a su hija Rosa, una mulata producto, dicen, de su relación con una princesa africana. La alta sociedad habanera no acaba de aceptar a una medio negra en su ambiente y Blanco ve reproducida parte de su infancia. Según Lisando Otero, en su libro 'El árbol de la vida', el malagueño adquirió un palco en exclusiva en el teatro Tacón pero se encontraba con la indiferencia generalizada. Organizaba carísimos convites pero no acudía nadie. Curiosamente el problema de Blanco era el negro.


            Pero Pedro no ha alcanzado aún su máxima vileza. La West African Squadron es un hipócrita pero efectivo instrumento para luchar contra la trata de esclavos. Hipócrita porque los negocios de Blanco generan una fortuna que se blanquea en los bancos anglosajones, donde nadie ignora la procedencia del dinero. Efectivo porque peina las costas de África liberando prisioneros. A veces los esclavistas presentan batalla, pero el poderío naval de los británicos es incontestable. Por eso, Pedro piensa en una solución. Los enclaves que utilizan para el intercambio de mercancías son demasiado conocidos, dibujados en los mapas, el ajetreo resuena en todo el golfo de Guinea. Así que inventa una ciudad para almacenar la carga mientras se acumula. Se llamará Lomboko, la erigirá en el estuario del río Gallinas, en Sierra Leona, y sustituirá a las antiguas fortalezas portuguesas y francesas. Lomboko no consta en las cartas marinas, nadie conoce su ubicación y su nombre resuena como una leyenda. Pero existir, existe. El mismo Pedro se ha hecho construir una mansión con harem en una isla, otra para su hermana en otro islote, es de pensar que sin harem, o sí, quién sabe. Lomboko evita a los negreros las largas esperas, fondeados en sitios insalubres y peligrosos. Llegan, cargan la mercancía de noche y salen al alba para no ser detectados por los británicos. El negocio llega a ser tan productivo que el golfo de Guinea nota pronto las consecuencias: es más rentable cazar esclavos que cultivar la tierra y las hambrunas se repiten mientras los cultivos languidecen abandonados.


            Mientras tanto, los esclavos siguen poblando Cuba de santeros, llevando el vudú a Haití, la samba a Brasil y la cumbia a Colombia. Uno de sus buques vivió un motín y los africanos se hicieron con el control de la situación hasta lograr la libertad en los Estados Unidos. Se llamaba Amistad y su historia nos ha dejado además una película de Spielberg y una sensación de afrenta entre los españoles. Sobre todo porque Pedro Blanco había levantado un emporio internacional, con ramificaciones en Londres, Nueva York y Baltimore. De hecho, el mismo barco de la película, Amistad, se construyó en un astillero norteamericano y se bautizó como Friendship. Gracias a su olfato había levantado una organización que se extendía desde Lomboko a La Habana, de Nueva York a Londres, pasando por Cádiz. En la Tacita de Plata otro Pedro, pero este Martínez, le daba apariencia legal al negocio, contactaba con los clientes y jugaba con los beneficios invirtiendo en bolsa. Y así, claro, Pedro Blanco se hizo mucho más rico. Pedro Martínez, un gaditano sin escrúpulos, se enriqueció con su patrón y luego le compró la gallina de los huevos de oro, Lomboko, aunque tuvo mala suerte porque al poco tiempo la descubrieron los británicos y saltó por los aires. Corría el año 1840 y Pedro Blanco tenía de conciencia lo que le quedaba de malagueño. Se marchó a vivir a Barcelona, donde comenzó su particular cuesta abajo, convencido de que alguien habría de atacarlo también a él con ácido sulfúrico, susceptible y desconfiado, temeroso de mostrarse en público. Paranoico como estaba, cambió entonces su domicilio a Génova, donde murió rico y medio loco en 1854.

Bibliografía:
Lisando Otero, 'El árbol de la vida', siglo veintiuno editores, México, 1990
Lino Novás, 'El Negrero', Espasa Calpe Madrid, 1993
Hugh Thomas The slave trade: the story of the Atlantic slave trade, 1440-1870, editorial Planeta, Barcelona, 1998

© José Luis Sánchez Hachero
sanchezhachero@hotmail.com

jueves, 29 de marzo de 2012

Viaje a Colombia: video de la Plata Blanca (11 minutos)

Cuando el dinero escasea tan sólo se puede acudir a los valores que siempre son seguros....







©  José Luis Sánchez Hachero
sanchezhachero@hotmail.com

lunes, 26 de marzo de 2012

viaje a México: pasión por las calaveras




Mi antepasado Francisco de Salazar Hachero fue el comendador general de Nuevo México en 1634 pero se vio involucrado en un turbio crimen, el del gobernador Rosas, y el 21 de julio de 1643 perdió en la ciudad mexicana de Santa Fe la cabeza del modo más literal. Dicen las crónicas que Francisco era tan devoto y pío que esperó paciente la caída de la hoja mortal rezando el rosario y que cuando el frío acero separó en dos parte su ser, la cabeza rodó mientras seguía entonando la monótona oración. También dice la historia que sus verdugos intentaron decapitarlo usando su propia daga pero no lo conseguían porque, seamos francos, cortar una cabeza nunca ha sido una tarea fácil, así que tuvo que ser el propio reo el que gritara: ¡por el amor de Dios, afilen bien ese cuchillo y acaben con mi sufrimiento!'. Francisco de Salazar Hachero. Mi antepasado perdió la cabeza y se unió, tal vez sin sospecharlo, a la tormentosa relación de los antiguos mexica con esta extremidad, la cabeza, la testa, la chola, la calabaza, la molondra, el tiesto, el casco, la mollera. Diego de Ribera, el celebérrimo muralista mexicano, conocía bien esa costumbre de sus paisanos por las cabezas cercenadas, una macabra afición que se remonta a la noche de los tiempos y que evoca sangrientos sacrificios, horribles matanzas y cuerpos desmembrados.



En la casa de Frida Khalo, la sufrida esposa del muralista Ribera, también encontramos esqueletitos adornando las azules paredes...


¡Qué gusta una cabeza y un esqueleto en México! Una afición que frivoliza algo tan lúgubre como la muerte, la coloca en igualdad de condiciones, parecen decirle a la Parca: no me asustas, Doña Final, y por eso me visto como tú, te represento en las esquinas, te adoro y me río de ti. En nahuatl, la lengua de los mexica, decapitar se dice así: quechcotona y también tiene otro significado, tal vez más usual: recoger una espiga con la mano. Dice Sergio González Rodríguez, en su estupendo 'El hombre sin cabeza', editado por Anagrama, ( El hombre sin cabeza) que los mexicanos tienen tres iconos vinculados con la decapitación: los tzomplantli, la empalizadas aztecas que sostenían cráneos de víctimas sacrificadas a los dioses con cuchillos de obsidiana; también la cabeza mutilada del clérigo Miguel Hidalgo, uno de los impulsores de la independencia de la antigua colonia española y cuyo despojo fue puesto dentro de una jaula por los soldados españoles como ejemplo para los rebeldes. Y por último: Pancho Villa, el bandolero y revolucionario, un mito universal que también perdió la cabeza porque, años después de enterrado, alguien fue, se la cortó y se la llevó y a día de hoy todavía no ha vuelto a su lugar original...

El museo nacional de antropología ya deja evidencias de lo que les gustaba a los mexica un cráneo...
...y en algunos también demuestran lo guasones que podían llegar a ser...
Eso de cortar cabezas parece un costumbre ancestral entre los mexicanos pero pecaríamos de injustos si no miráramos más allá. Desde que Herodes Antipa ordenó la decapitación de San Juan, el Bautista, encontramos que el degüello es un recurrente en nuestras pesadillas históricas. Dicen que las primeras muestras, en forma de túmulos levantados exclusivamente con cabezas, las hallamos en Turquía, y a partir de ahí aparece regularmente en todas las civilizaciones. A San Juan le siguió San Pedro y más tarde Santiago el Mayor, perdieron la cabeza las mujeres de Enrique VIII, entre las cuales la famosa Ana Bolena, y no contento con ello también ordenó separar el tronco de la privilegiada testa de Tomás Moro, el autor de Utopía,  e incluso de John Fisher, el obispo que le negó encabezar, paradójicamente, la iglesia anglicana. Y sin salir de Inglaterra, por aquello de que tanto fardan de civilización moderna, María Estuardo también pereció del mismo modo, por orden de Isabel I, y por supuesto Carlos I, todo un rey, y casi que la familia al completo de Ana Bolena. En Francia también encontramos un largo muestrario de cabezas cercenadas: Luis XVI, María Antonieta, Antoine Lavoisier o, nuevo guiño de la historia, el promotor de todas estas muertes, el mismísimo Robespierre, tan amante él de las guillotinas.



En Timor Oriental, los paramilitares decapitaban a sus enemigos, y lo mismo hacen los indígenas del centro de la isla de Borneo, como lo hacían los soldados norteamericanos en Vietnam, los jemeres rojos en Camboya o los fundamentalistas sunitas con gente como el pobre Daniel Pearl, periodista estadounidense. Decapitan los niños de la guerra en el golfo de Guinea y los shuar de la Amazonía se divertían en reducir con técnicas ancestrales las testas de sus presas humanas. 






¿Y qué decir de las cabezas que encontraban los conquistadores españoles cuando avanzaban, temerosos y excitados, hacia la gran Tenochtitlan? Hoy México ocupa portadas de periódicos y minutos de informativos con las espantosas imágenes de cabezas metidas en bolsas de supermercado, en cubos, colocadas cuidadosamente sobre el asfalto de alguna carretera principal (omito hablar sobre los cartelitos, las 'narcomantas', con mensajes cínicos y mal escritos). México es hoy una referencia de las cabezas cortadas, como en su momento lo fue la Inglaterra del infame Enrique VIII o la Francia revolucionaria de Robespierre, por no hablar de la España de la Inquisición, y todo gracias a la guerra del narco y al protagonismo de grupos como La Familia o Los Zeta. Sólo en 2008 las peleas entre estos grupos arrojaron una cifra espectacular: ciento setenta decapitados en todo el país. Claro que en Arabia Saudí terminaron ese mismo año con ciento treinta decapitados aunque con una ligera diferencia: estos últimos lo fueron en virtud de la sharía, la ley islámica que viene inspirada directamente por Allah y que castiga así delitos especialmente graves. No sé, eso sí, cual me da más miedo.

concurso de graffiti de temática craneal

Según el periodista mexicano Sergio González Rodríguez en los últimos años han desertado del ejército mexicano más de ciento diez mil militares que han ido a engrosar, en casi su totalidad, los grupos de narcotraficantes. Una cifra monstruosa, incluso para un país con más de cien millones de habitantes y que explica por sí solo que el ejército, el de verdad, o lo que queda de él, sea incapaz de erradicar la guerra de las drogas. Son auténticos expertos en el arte del matar y de ello queda constancia incluso en una película tan tragicómica como El Infierno:


Asegura González Rodríguez que esta última moda de las decapitaciones tiene un origen relacionado con el narcotráfico: Colombia, y que fueron los narcos andinos los que mostraron el camino a los narcos mexicanos. Un camino marcado ya desde lejos, por cierto, porque incluso en una cosa tan trivial (o no, depende) como el juego de la pelota terminaba obligadamente en un sacrificio ritual: según los muros de Chichen Itzá, en el Yucatán, o los del Tajín, en Veracruz, el equipo perdedor elegía a uno de sus jugadores para ofrecer su sangre a la tierra, que lo agradecía con buenas cosechas, y la cabeza al mencionado tzompantli, las afiladas estacas que bordeaban los campos de juegos. Un amor por las cabezas y los esqueletos que se pierde en la noche de los tiempos y que este señor, vecino del Zócalo en el D.F, quiso ratificar mostrándome el altar que tenía en su casa: decenas, qué digo decenas, ¡cientos de calaveras y esqueletos en su hogar! ¡Todo un devoto!



Altar dedicado a la Santa Muerte en el centro de México D.F.



En México el culto a la Niña Blanca, o sea, la Muerte, tiene algo de obsesivo y al tiempo de simpático. La Muerte en sí es un dios, un culto, una iglesia con sus ritos, sus misas y sus santos (ya lo conté en otro post, en una misa de la Santa Muerte: Una misa de la Santa Muerte) pero que convive naturalmente con los cultos cristianos de toda la vida. Aquí vemos a la Parca acechando a Nuestro Señor Jesucristo, y más abajo, escenas de la celebración del día de difuntos en la ciudad de Mixquic, una extraordinaria excusa para dar rienda suelta a esta lúgubre afición: 


La Muerte decora espaldas, es la excusa para disfrazarse y bailar con los amigos, vigila la entrada de las casas




Las calaveras dan forma a exquisitos dulces de nata y chocolate, ilustran camisetas y alegran los días de los escolares que se confunden con sus compañeritos en los días que recuerdan a los que ya no están.

dulces calavéricos muy ricos y nutritivos
La muerte toma también los pectorales con divertidos dibujos


Mi antepasado el capitán Francisco de Salazar Hachero perdió la cabeza en un lugar muy lejano a su tierra natal y no fueron mexica ni mayas ni toltecas sus verdugos sino sus propios paisanos. Una costumbre fea, esa de quitar la cabeza, la de descabezar, degollar o guillotinar. Una costumbre muy humana, por cierto (a no ser que nos equiparemos a las mantis religiosas), destruir al enemigo, crear pánico entre los suyos, quitarle el norte, la guía que conduce sus pensamientos, su vista, su lengua, su oído, su encanto personal. Una costumbre que nos recuerda que debajo de estas carnes sólo hay huesos y que sin lo que los rodea, todos somos mucho más iguales. Tanto que no sabemos quién fue blanco ni quién negro, quién rico ni pobre. Quién malo ni quién bueno.

©José Luis Sánchez Hachero
sanchezhachero@hotmail.com









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