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miércoles, 6 de agosto de 2014

Viaje a la India: muerte y funeral de una vaca en el Ganges

Vaca en Benarés por Hachero

En un ghat de Benarés una vaca yace muerta. Está ahí, tumbada en el suelo, soltando líquidos bajo el bochorno de un amanecer que anuncia un día caluroso. Hay que actuar rápido si se quiere evitar que grandes nubes de moscas acudan golosas a repartirse el cadáver. Un niño la mira absorto. Una vaca muerta no es cualquier cosa en la India. Y no porque no mueran, que mueren, y mueren en la calle, ante la vista de todos, mueren porque son seres vivos, y todo lo que vive muere casi por definición, y ese niño tiene muchas papeletas para que la vaca que observa atento no sea la primera que ve así: cadáver. Aún así, la mira curioso. Una vaca muerta no es cualquier cosa en la India.


Y no es cualquier cosa porque la vaca es el símbolo de los símbolos, el Gran Símbolo, por decirlo de algún modo. Simboliza la Madre Tierra, la Naturaleza, la fertilidad, la fuerza sexual y la abundancia. Los hindúes la ven como a una madre porque, dicen, da leche. Yo la miro y veo luego una cabra y me pregunto qué diferencia la leche de ambas, pero me callo. La vaca es Kâmadhenu, o ‘la que otorga deseos’, la representación física de Lakshmî, la diosa de la prosperidad. Kâmadhenu, o la vaca, representa además, y por si fuera poco, a todas las especies animales.

Vaca en Benarés por Hachero


Dice la leyenda que el dios Brhama se transformó en vaca y ofreció a los hombres el néctar en forma de leche. Así que el niño que observa ese cuerpo inerme de una vaca tal vez esté pensando que contempla el cuerpo inerte de un dios. Y puede que lo sea. El cuerpo inerte de la vaca atrae cada vez más atención. Se acerca un señor con el torso descubierto, que la observa apesadumbrado. Menea la cabeza en señal de desaprobación, no sé si por la muerte en sí o por la inminencia del calor bíblico que azota a diario estos ghats y este río sagrado, recuerden: el Ganges. Tal vez apele a Prishni, o ‘nube de lluvia’, que es el epíteto de Rudranî, la pareja de una de las formas primitivas de Shiva, el de las fuerzas básicas de la naturaleza, a la que se representa, precisamente, como una vaca lechera que nutre y alimenta al mundo (aunque a Shiva hay que darle cancha porque sus representaciones incluyen a estos desconcertantes babas que pululan por la ribera del Ganges, pincha aquí. Porque es innegable que una nube de lluvia aliviaría el día y daría tiempo para pensar qué hacer con la carcasa de ese cúmulo de dioses.

Vaca en Benarés por Hachero

Los curiosos se arremolinan para mirar la vaca. Hay quien reza con el agua al cuello (literalmente), hay quien se sienta en los escalones para entonar esos salmos védicos que me recuerdan al rosario de los rocieros, hay quien mira sin mostrar más emoción. He visto a las vacas pasear como perico por su casa, correr por las calles, entrar en casas y ocupar templos, y he visto también como la gente las respeta con indiferencia (aunque en alguna ocasión también he visto sonoras patadas en el lomo de estos dioses lácteos). Normalmente se las respeta con devoción, se las alimenta como forma de incrementar el karma y sus presencias, en ocasiones molestas, se toleran con la alegría del que ve desfilar una patulea de dioses por la puerta de tu casa. Y además son dioses con dioses porque, por si fuera poco en el enorme panteón hindú (con más de 330 millones de dioses), las vacas tienen su propia divinidad: se llama Rohinî y es la nieta de Brahmâ y esposa del dios de la luna, Chandra. La relación de las vacas con el mundo de los dioses es tan complicada como el mismo panteón lo es a ojos de los monoteístas (y aún más para los ateos). Por ejemplo, Vishnu era un vaquero que se reencarnó en Krishna y el Goloka es uno de los paraísos del hinduismo, una palabra sánscrita que significa, literalmente, ‘Mundo de las vacas’.

Vaca en Benarés por Hachero


Sea como sea, la vaca es un dios vivo, que se pasea por las esquinas dejando en cada rincón una buena muestra del por qué de su éxito en la India. De la vaca sale la leche, el yogur y la mantequilla, que los hindúes comen con verdadero deleite, pero también la orina, que usaban como desinfectante, y el estiércol, que les servía como combustible.

En su esquizofrénico ‘Viaje a la India mágica’, el escritor afgano Tahir Sha describía la microeconomía que observó en una sola vaca: el dueño la alquilaba a una anciana que la mostraba orgullosa en una esquina a cambio de unas rupias y de la que se quedaba la leche, todo esto sin que la vaca hiciera otra cosa que simplemente estar: Tahir Sha, El aprendiz de brujo. En todo caso la adoración en la India por las vacas tiene elementos que justifican esa esquizofrenia, como el caso de Kanchan Rani Dutta, quien se suicidó al encontrar muerta su vaca en el establo, ver aquí.

Vaca en Benarés por Hachero

El amor por las vacas en la India hay que buscarlo en el principio de los tiempos, antes incluso que los arios se enseñorearan del subcontinente, cuando los pueblos aborígenes tallaban vacas y pintaban búfalos en las paredes, un animal que además de todo simboliza también la fuerza agresiva y la sexual (junto a Shiva, que se le representa con un buen falo en cualquier rincón)

Vaca en Benarés por Hachero

Por fin arrastran la vaca hasta la orilla, justo al lado de un señor que arde en una pira funeraria ante la indiferencia general. Ya en el agua, una señora sentada a popa agarra firme la cola del animal, o del dios, o del conjunto de dioses, del cadáver, en suma, mientras un señor rema pausadamente hacia el centro del río. El cuerpo flota en su camino hacia la eternidad, una eternidad un tanto húmeda y muy transitada, vista la cantidad de cadáveres que se hunden en este río. Algunos en forma de ceniza, otros medio carbonizados porque la familia no consiguió el suficiente dinero para la leña necesaria, los puros envueltos en un sudario y atados a un pedrusco de buen tamaño para que no floten (los bebés, las mujeres embarazadas, aquellos a quien mató una serpiente, los leprosos y las mujeres embarazadas). La vaca se hundirá en el río y con ella se va una vida, una creencia, una microeconomía, una fuente de productos lácteos, un montón de dioses y una forma de entender el mundo.


Abajo dejo un video que grabé en el Ganges y del que salen las imágenes del post.



Referencias:

pincha aquí para conocer algo más sobre la vaca en la India como símbolo en este completo estudio de Enrique Gallud, del Instituto de Indología.

viernes, 28 de diciembre de 2012

Viaje a Haití: con los negros muertos por Trujillo en el río Masacre


El río Masacre

Durante el verano de 1937 el presidente de la República Dominicana, Rafael Leónidas Trujillo, llegó al máximo de su paciencia: basta de negros en mi país, pensó, ¡que no quede ni uno! Llamó entonces a sus generales y les ordenó que matasen a todos los que encontraran porque ensuciaban su país, que en su delirio presumía blanco. El 28 de septiembre el ejército dominicano, en la ciudad de Bánica, acuchilló a los negros que pudo, tiroteó a otros y aplastó a los que huían con el resultado de 300 haitianos muertos. Fue el inicio de una matanza de proporción bíblica, una masacre de increíble envergadura que siguió a lo largo de la frontera entre los dos países, una frontera de juguete que los haitianos cruzan cuando les viene en gana, y dejó, según los cálculos más conservadores, entre 15.000 y 20.000 muertos. La matanza tuvo muchos nombres pero entre los dominicanos se la recuerda como la masacre del Perejil, porque todo negro que no supiera pronunciar bien esa palabra era declarado haitiano y ejecutado con lo primero que hubiera a mano. La cifra de muertos crece en según qué relatos y hay quien menciona los 30.000 muertos, muchos de ellos en las riberas de un lánguido río que se tiñó, dicen los locales, de rojo de tanta sangre que se vertió en él.


Tanta sangre que el río, dicen, cambió su nombre y hoy se le conoce como 'Río Masacre'. Claro que incluso con una cosa tan obvia es complicado la etimología porque en estas mismas aguas los antiguos colonos españoles degollaban a las vacas para hacer cuero y secar carne. El caso es que si había alguna duda, ya no la hay. Los indígenas conocían a la exigua corriente con el nombre de Dajabon, en honor a un pez llamado así y que abundaba en tiempos pretéritos: hoy el río no lleva sangre, ni apenas agua, y es tan fácil cruzarlo que los haitianos lo hacen por miles dejando en ridículo el ostentoso puente que une a los dos países como frontera oficial. Por las calles de la dominicana Dajabon caminan los haitianos cargados de todo tipo de bultos, entre los que destacan zapatos, zapatos por millares, procedentes, veo en las bolsas, de ayuda humanitaria internacional. ¡Extraña ayuda la de los zapatos que terminan esparcidos por los suelos de un mercadillo dominicano! Da lástima ver lo que queda del primer país negro independiente del planeta, del segundo país en América en lograr su emancipación, tras los EE.UU, el proyecto de una nación de cimarrones, esclavos rebeldes que se sacudieron el yugo del amo francés y dejaron en ridículo a sus militares y al mismísimo Napoleón con su declaración de independencia nada menos que en 1804.



La Española adquirió a principios del siglo XX un inesperado protagonismo como escala camino del recién inaugurado canal de Panamá. La carrera estratégica se interpuso en el camino de Haití, inmersos a su pesar en un tablero de juego internacional. Norteamericanos, franceses y alemanes pusieron los ojos en la caótica república pero fue Woodrow Wilson el que se adelantó al dar la orden de invadir el país en 1916. El asesinato del presidente local Vilfrun Guillaume Sam y la posterior anarquía en la que cayó el país fue el motivo perfecto para intervenir en nombre de la razón contra el caos: un motivo recurrente y una anarquía repetida hasta hoy mismo en este desgraciado país. Los marines sólo tuvieron una breve resistencia en una mini república surgida en la cercana región de Artibonite. Un estrafalario libertador, Charlemagne Peralte, organizó un gobierno provisional al norte de la isla, pero unos soldados disfrazados de guerrilleros negros lo asesinaron decapitando la rebelión.


Durante los siguientes diecinueve años, la política de Puerto Príncipe se dictaría desde Washington. Y los resultados tiñeron de infraestructuras y sangre el país. Los norteamericanos construyeron carreteras y hospitales, inyectaron dinero en la depauperada economía haitiana y encargaron a sus soldados el cuidado de la nueva finca. Para poner los cimientos del país combatieron duramente el bandidismo que caracterizaba la región y sometieron a los ladrones a trabajos forzados. Pero el castigo generó nuevas rebeliones, y el ostracismo al que se vio relegada nuevamente la gran masa negra caldeó el ambiente. Los norteamericanos tuvieron que enfrentarse a la conocida como ‘Revuelta de los Cacos’, hordas de delincuentes que habían hecho del bandidaje y de los asaltos su forma de vida, y que ahora veían cómo un ejército blanco quería ponerlos en vereda. Cien años después, todavía caminan por las carreteras, huestes harapientas que portan fotografías en blanco y negro de otros tiempos para ellos mejores, fotos rasgadas por el tiempo y por machetes, guardadas en bolsillos deshilachados de guerreras militares. Los tíos del saco, los guardias de Duvalier, los bandidos, y los militares del ejército nacional se confunden hoy hasta resultar los mismos.

Mercadillo haitiano en Dajabon

Los gobiernos títeres que se sucedieron hasta la retirada norteamericana en 1937 sólo dejaron más tensión racial y una conciencia doble: la negritud de la población y su profunda vinculación con África a través de sus tradiciones ancestrales. O mejor dicho, el vudú. Y una pobreza tan extrema que gran parte de la población, empujada por la superpoblación, buscó trabajo y una vida mejor en el terreno que ocupaba la República Dominicana. Los haitianos trasladaron sus problemas a cuestas, y también su mala suerte. La llegada de tanta mano de obra barata provocó conflictos con los dominicanos, que empezaron a perder sus empleos. Subió además el precio de la caña de azúcar y los recuerdos de las invasiones de Boyer y del emperador Faustino del siglo anterior avivaron el racismo. El resultado fue una de las peores matanzas de la historia de la isla, tras la de taínos, en los tiempos de la conquista, y los franceses, en tiempos de la independencia: miles de haitianos fueron asesinados por orden de Rafael Leónidas Trujillo, el dictador dominicano de turno.

Entrando en la República Dominicana desde Haití
Los cadáveres fueron arrojados a un río que cambió su color al rojo sangre y su nombre al de Masacre. Hoy el río corre peligro de desaparecer porque desde sus mismas fuentes lo acuchillan sin piedad: roban su arena, convierten sus orillas en pocilgas y vertederos, taponan tramos kilométricos y el resultado se ve desde el puente ostentoso del que hablaba al principio: el río Masacre, el del color rojo, se puede pasar a pie y casi que sin mojarse los zapatos. Y eso hacen los haitianos, cruzarlo a pie, como hicieron sus antepasados, y casi que por los mismos motivos, hambre y desesperación. Bajo sus pies descalzos aún gritan mudos los espíritus de los que cambiaron el color y el nombre al río. Todavía hoy seguimos sin saber cuantos murieron a manos del sanguinario Trujillo. Todavía hoy siguen los nietos de los muertos cruzando las mismas aguas.

Aquí estoy yo, grabando un camión

José Luis Sánchez Hachero
sanchezhachero©hotmail.com
losmundosdehachero©gmail.com







lunes, 26 de marzo de 2012

viaje a México: pasión por las calaveras




Mi antepasado Francisco de Salazar Hachero fue el comendador general de Nuevo México en 1634 pero se vio involucrado en un turbio crimen, el del gobernador Rosas, y el 21 de julio de 1643 perdió en la ciudad mexicana de Santa Fe la cabeza del modo más literal. Dicen las crónicas que Francisco era tan devoto y pío que esperó paciente la caída de la hoja mortal rezando el rosario y que cuando el frío acero separó en dos parte su ser, la cabeza rodó mientras seguía entonando la monótona oración. También dice la historia que sus verdugos intentaron decapitarlo usando su propia daga pero no lo conseguían porque, seamos francos, cortar una cabeza nunca ha sido una tarea fácil, así que tuvo que ser el propio reo el que gritara: ¡por el amor de Dios, afilen bien ese cuchillo y acaben con mi sufrimiento!'. Francisco de Salazar Hachero. Mi antepasado perdió la cabeza y se unió, tal vez sin sospecharlo, a la tormentosa relación de los antiguos mexica con esta extremidad, la cabeza, la testa, la chola, la calabaza, la molondra, el tiesto, el casco, la mollera. Diego de Ribera, el celebérrimo muralista mexicano, conocía bien esa costumbre de sus paisanos por las cabezas cercenadas, una macabra afición que se remonta a la noche de los tiempos y que evoca sangrientos sacrificios, horribles matanzas y cuerpos desmembrados.



En la casa de Frida Khalo, la sufrida esposa del muralista Ribera, también encontramos esqueletitos adornando las azules paredes...


¡Qué gusta una cabeza y un esqueleto en México! Una afición que frivoliza algo tan lúgubre como la muerte, la coloca en igualdad de condiciones, parecen decirle a la Parca: no me asustas, Doña Final, y por eso me visto como tú, te represento en las esquinas, te adoro y me río de ti. En nahuatl, la lengua de los mexica, decapitar se dice así: quechcotona y también tiene otro significado, tal vez más usual: recoger una espiga con la mano. Dice Sergio González Rodríguez, en su estupendo 'El hombre sin cabeza', editado por Anagrama, ( El hombre sin cabeza) que los mexicanos tienen tres iconos vinculados con la decapitación: los tzomplantli, la empalizadas aztecas que sostenían cráneos de víctimas sacrificadas a los dioses con cuchillos de obsidiana; también la cabeza mutilada del clérigo Miguel Hidalgo, uno de los impulsores de la independencia de la antigua colonia española y cuyo despojo fue puesto dentro de una jaula por los soldados españoles como ejemplo para los rebeldes. Y por último: Pancho Villa, el bandolero y revolucionario, un mito universal que también perdió la cabeza porque, años después de enterrado, alguien fue, se la cortó y se la llevó y a día de hoy todavía no ha vuelto a su lugar original...

El museo nacional de antropología ya deja evidencias de lo que les gustaba a los mexica un cráneo...
...y en algunos también demuestran lo guasones que podían llegar a ser...
Eso de cortar cabezas parece un costumbre ancestral entre los mexicanos pero pecaríamos de injustos si no miráramos más allá. Desde que Herodes Antipa ordenó la decapitación de San Juan, el Bautista, encontramos que el degüello es un recurrente en nuestras pesadillas históricas. Dicen que las primeras muestras, en forma de túmulos levantados exclusivamente con cabezas, las hallamos en Turquía, y a partir de ahí aparece regularmente en todas las civilizaciones. A San Juan le siguió San Pedro y más tarde Santiago el Mayor, perdieron la cabeza las mujeres de Enrique VIII, entre las cuales la famosa Ana Bolena, y no contento con ello también ordenó separar el tronco de la privilegiada testa de Tomás Moro, el autor de Utopía,  e incluso de John Fisher, el obispo que le negó encabezar, paradójicamente, la iglesia anglicana. Y sin salir de Inglaterra, por aquello de que tanto fardan de civilización moderna, María Estuardo también pereció del mismo modo, por orden de Isabel I, y por supuesto Carlos I, todo un rey, y casi que la familia al completo de Ana Bolena. En Francia también encontramos un largo muestrario de cabezas cercenadas: Luis XVI, María Antonieta, Antoine Lavoisier o, nuevo guiño de la historia, el promotor de todas estas muertes, el mismísimo Robespierre, tan amante él de las guillotinas.



En Timor Oriental, los paramilitares decapitaban a sus enemigos, y lo mismo hacen los indígenas del centro de la isla de Borneo, como lo hacían los soldados norteamericanos en Vietnam, los jemeres rojos en Camboya o los fundamentalistas sunitas con gente como el pobre Daniel Pearl, periodista estadounidense. Decapitan los niños de la guerra en el golfo de Guinea y los shuar de la Amazonía se divertían en reducir con técnicas ancestrales las testas de sus presas humanas. 






¿Y qué decir de las cabezas que encontraban los conquistadores españoles cuando avanzaban, temerosos y excitados, hacia la gran Tenochtitlan? Hoy México ocupa portadas de periódicos y minutos de informativos con las espantosas imágenes de cabezas metidas en bolsas de supermercado, en cubos, colocadas cuidadosamente sobre el asfalto de alguna carretera principal (omito hablar sobre los cartelitos, las 'narcomantas', con mensajes cínicos y mal escritos). México es hoy una referencia de las cabezas cortadas, como en su momento lo fue la Inglaterra del infame Enrique VIII o la Francia revolucionaria de Robespierre, por no hablar de la España de la Inquisición, y todo gracias a la guerra del narco y al protagonismo de grupos como La Familia o Los Zeta. Sólo en 2008 las peleas entre estos grupos arrojaron una cifra espectacular: ciento setenta decapitados en todo el país. Claro que en Arabia Saudí terminaron ese mismo año con ciento treinta decapitados aunque con una ligera diferencia: estos últimos lo fueron en virtud de la sharía, la ley islámica que viene inspirada directamente por Allah y que castiga así delitos especialmente graves. No sé, eso sí, cual me da más miedo.

concurso de graffiti de temática craneal

Según el periodista mexicano Sergio González Rodríguez en los últimos años han desertado del ejército mexicano más de ciento diez mil militares que han ido a engrosar, en casi su totalidad, los grupos de narcotraficantes. Una cifra monstruosa, incluso para un país con más de cien millones de habitantes y que explica por sí solo que el ejército, el de verdad, o lo que queda de él, sea incapaz de erradicar la guerra de las drogas. Son auténticos expertos en el arte del matar y de ello queda constancia incluso en una película tan tragicómica como El Infierno:


Asegura González Rodríguez que esta última moda de las decapitaciones tiene un origen relacionado con el narcotráfico: Colombia, y que fueron los narcos andinos los que mostraron el camino a los narcos mexicanos. Un camino marcado ya desde lejos, por cierto, porque incluso en una cosa tan trivial (o no, depende) como el juego de la pelota terminaba obligadamente en un sacrificio ritual: según los muros de Chichen Itzá, en el Yucatán, o los del Tajín, en Veracruz, el equipo perdedor elegía a uno de sus jugadores para ofrecer su sangre a la tierra, que lo agradecía con buenas cosechas, y la cabeza al mencionado tzompantli, las afiladas estacas que bordeaban los campos de juegos. Un amor por las cabezas y los esqueletos que se pierde en la noche de los tiempos y que este señor, vecino del Zócalo en el D.F, quiso ratificar mostrándome el altar que tenía en su casa: decenas, qué digo decenas, ¡cientos de calaveras y esqueletos en su hogar! ¡Todo un devoto!



Altar dedicado a la Santa Muerte en el centro de México D.F.



En México el culto a la Niña Blanca, o sea, la Muerte, tiene algo de obsesivo y al tiempo de simpático. La Muerte en sí es un dios, un culto, una iglesia con sus ritos, sus misas y sus santos (ya lo conté en otro post, en una misa de la Santa Muerte: Una misa de la Santa Muerte) pero que convive naturalmente con los cultos cristianos de toda la vida. Aquí vemos a la Parca acechando a Nuestro Señor Jesucristo, y más abajo, escenas de la celebración del día de difuntos en la ciudad de Mixquic, una extraordinaria excusa para dar rienda suelta a esta lúgubre afición: 


La Muerte decora espaldas, es la excusa para disfrazarse y bailar con los amigos, vigila la entrada de las casas




Las calaveras dan forma a exquisitos dulces de nata y chocolate, ilustran camisetas y alegran los días de los escolares que se confunden con sus compañeritos en los días que recuerdan a los que ya no están.

dulces calavéricos muy ricos y nutritivos
La muerte toma también los pectorales con divertidos dibujos


Mi antepasado el capitán Francisco de Salazar Hachero perdió la cabeza en un lugar muy lejano a su tierra natal y no fueron mexica ni mayas ni toltecas sus verdugos sino sus propios paisanos. Una costumbre fea, esa de quitar la cabeza, la de descabezar, degollar o guillotinar. Una costumbre muy humana, por cierto (a no ser que nos equiparemos a las mantis religiosas), destruir al enemigo, crear pánico entre los suyos, quitarle el norte, la guía que conduce sus pensamientos, su vista, su lengua, su oído, su encanto personal. Una costumbre que nos recuerda que debajo de estas carnes sólo hay huesos y que sin lo que los rodea, todos somos mucho más iguales. Tanto que no sabemos quién fue blanco ni quién negro, quién rico ni pobre. Quién malo ni quién bueno.

©José Luis Sánchez Hachero
sanchezhachero@hotmail.com









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