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martes, 21 de enero de 2014

Viaje a Haití: la pesadilla del mar Caribe (III) Toussaints L'Ouverture




Cuando estalló la revuelta de Haití, en 1791, Toussaints Louverture vivía tranquilo bajo la protección de unos amos buenos. Le habían permitido aprender a leer y escribir y tanta maña se dio el esclavo que tenía entre sus lecturas favoritas los Comentarios de Julio César y hasta aprendió latín. Además estudiaba naturalismo y era buen jinete así que cuando la rebelión comenzó a agotarse por falta de un líder no le fue difícil hacerse con el liderazgo. Con una destacable mano izquierda inició el libertador caribeño una larga serie de negociaciones con británicos, españoles y franceses que terminó como el rosario de la aurora para todos, pero con la independencia para los haitianos.

Francia tenía desplegados más de diez mil soldados en Haití cuando los monárquicos atacaron al gobierno revolucionario de París. Las tropas regresaron a Francia y los esclavos aprovecharon el dominó para atacar al gobierno colonial. Las tropas de Toussaints se hicieron con las fortalezas galas del norte del país y se ilusionaron con la creación de un gobierno independiente. Los colonos blancos no tenían el mismo entusiasmo y se las arreglaron para pactar una nueva era con los británicos. En 1794 los ingleses enviaron un ejército a la colonia francesa para hacerse con el poder, pero no contaron con el empeño de los esclavos en armas: no tenían comida ni balas pero eran capaces de comer hierba y de tirar piedras. No tenían zapatos pero caminaron sobre los vidrios con los que sembraron los británicos los campos para dificultar su avance. Así, poco a poco y con la determinación del que se sabe perdido, los esclavos derrotaron a los británicos y a todo el que se les puso delante.

Toussaints buscó entonces el apoyo de los españoles, que controlaban casi dos tercios de la isla, la República Dominicana. Creyó así tener garantizado el respaldo de una potencia importante y fuerte en materia militar. Además, británicos y españoles tenían una alianza con la que habían superado siglos de rivalidad en el Caribe y Toussaints esperaba acabar con los años de luchas mortales. Pero entonces vivió una pesadilla: traición tras traición, las tres potencias se las arreglaron para terminar si no con el sueño de la independencia sí al menos con la imagen de su líder. Primero fueron los británicos quienes anularon su primera abolición de la esclavitud para reimponerla en las colonias de las Antillas. Luego fueron los españoles, de quienes concluyó que no les guiaba precisamente su amor a la libertad sino su rivalidad con los franceses.

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Angustiado por tanta trama a su alrededor, el general haitiano se echó a los brazos de Washington y hasta les permitió que redactaran la constitución del estado en gestación. Fue el antiguo secretario del tesoro, Alexander Hamilton, quien escribió un texto que serviría de base a la carta magna del futuro país. Entre otros conceptos, el borrador esbozaba que el gobierno de la colonia debía de ser militar, que el mando lo ocuparía un gobernador vitalicio y que todos los hombres en edad de merecer debían ingresar en el ejército. Unas ideas poco ajustadas al moderno concepto de progreso pero que se alternaban con otras más innovadoras, como los juicios con jurado para casos no penales. A ello se añadió que los beneficios de las grandes plantaciones de azúcar comenzaron a repartirse entre todos y que quedaron prohibidos los castigos corporales. Un pacto entre los terratenientes blancos, cuya presencia era indispensable para que el territorio siguiera produciendo como antes, y entre la masa negra, que anhelaba pasar a formar parte del mundo libre.

Durante los primeros años de autogobierno se construyeron ciudades enteras, carreteras, escuelas, puentes y hospitales, pero aún debía de llegar la triple traición que derrumbara la imagen y el trabajo de Toussaints. El presidente Jefferson, recién reelegido en Washington, olió negocio en las guerras que Napoleón gestaba en Europa. París logró a cambio de armas la neutralidad de los Estados Unidos en su pretensión de reconquistar la colonia rebelde y también la de Londres, porque al fin y al cabo, dijo el tirano francés, ‘todos somos blancos’. Jefferson incluso pensó en desterrar a la población negra que molestaba en su país, en una premonición de lo que harían más tarde en Liberia y Sierra Leona. Napoleón envió al general Leclec acompañado de su hermana, Pauline Bonaparte, para restablecer la esclavitud en sus colonias del Caribe y recuperar a la perla rebelde. Toussaints aceptó negociar la paz a bordo de un barco francés y en cuanto puso un pie en cubierta los franceses lo arrestaron y deportaron a Francia. Humillado, fue enviado a una prisión en Besançon, a los pies de los Alpes, donde falleció en 1803 víctima de una neumonía. Los retratos del general traicionado nos dejan la impresión de un floripondio tropical, un hombre de rostro calmo y de pelo ensortijado que parece aprisionado bajo un uniforme repleto de chorreras y condecoraciones.

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No duró mucho la victoria gala. Un año después de la muerte de Toussaints, el general Jean Jacques Dessalines, con otros héroes del partenón haitiano, como Petionville o Henri Cristophe, vencía a las tropas francesas matando a más de 60.000 hombres. Proclamaba por fin la independencia de la colonia denominándola con un nombre nuevo, Haití, ‘tierra de las montañas’ en el original lenguaje arawak. Y para que no quedase duda de que los haitianos estaban hasta el gorro de traiciones y del juego de los blancos, el general en jefe emitía este comunicado:

Víctimas durante catorce años de nuestra credulidad y nuestra indulgencia, vencidos, no por ejércitos franceses sino por la triste elocuencia de las proclamas de sus agentes; ¿cuándo dejaremos de respirar su mismo aire? ¿Qué tenemos de común con ese pueblo verdugo? Su crueldad comparada con nuestra patente moderación; su color con el nuestro; la extensión de los mares que nos separan, nuestro clima vengador, nos dicen suficientemente que ellos no son nuestros hermanos, que no lo serán jamás, y que si encuentran asilo entre nosotros, seguirán siendo los maquinadores de nuestros problemas y de nuestras divisiones.

Ciudadanos indígenas, hombres, mujeres, niños, pasead la mirada sobre todas las partes de esta isla; buscad en ella vosotros a vuestras esposas, vosotras a vuestros maridos, vosotras a vuestros hermanos, vosotros a vuestras hermanas, ¿qué digo?, ¡buscad allí a vuestros niños, vuestros niños de pecho! ¿En qué se han transformado?... Me estremezco al decirlo... En presa de esos cuervos. En lugar de estas víctimas dignas de atención, vuestro ojo consternado no percibe más que a sus asesinos, más que a los tigres todavía ahítos de sangre, y vuestra culpable lentitud para vengarlos. ¿Qué esperáis para apaciguar sus manes?; pensad que habéis querido que vuestros restos reposaran junto a los de vuestros padres, en el momento en que abatisteis la tiranía; ¿bajaréis a la tumba sin haberlos vengado? No, sus osamentas rechazarían a las vuestras.

Y vosotros, hombres invalorables, generales intrépidos que, insensibles a las propias desgracias, habéis resucitado la libertad prodigándole toda vuestra sangre, sabed que nada habéis hecho si no dais a las naciones un ejemplo terrible, pero justo, de la venganza que debe ejercer un pueblo orgulloso de haber recobrado su libertad, y celoso de mantenerla…

Que tiemblen al abordar los franceses nuestras costas, si no por el recuerdo de las crueldades que en ellas han ejercido, al menos por nuestra terrible resolución, que tomaremos, de condenar a muerte a quien, nacido francés, ose hollar con su planta sacrílega el territorio de la libertad.

Jean Jacques Dessalines, pomposo él también, leyó este manifiesto de independencia en la plaza de armas de Gonaives refiriéndose a sus ciudadanos como indígenas. Y para dar por inaugurado el nuevo país, se coronó emperador al estilo napoleónico y sus huestes se afanaron en vengar a sus víctimas degollando cuervos.

Francia no degolló más negros en la isla pero sí al joven estado, que nació con una herida de la que nunca se recuperó. Presionado por las potencias coloniales de la época, Haití se comprometió a pagar a sus antiguos amos una indemnización de 150 millones de francos de oro que sólo saldó del todo en 1938. Los intereses y los bancos norteamericanos moldearon a la antigua Saint Domingue como los brujos moldean las figuritas del vudú, y luego le clavaron una aguja en el corazón.

Decían las las noticias (era el año 2004) que ha desaparecido la isla de La Tortuga, los rumores aseguran que la ciudad de Gonaives está destrozada, los cadáveres se cuentan por millares. Y es el momento de anunciar al pueblo que el salvador está aquí. Es el momento de olvidar a los antiguos dictadores, de relegar al olvido a los Duvalier y sus Tonton Macoutes, al marcial Cedras, a los partidarios de Aristide. Georges mantiene reuniones con otros conspiradores, todos de tez más clara que oscura, reliquias coloniales de un mundo en franco retroceso, como su sobrino, que regenta una granja y una plantación en las montañas, o su amigo Fred, dueño de una emisora de radio que transmite desde el norte del país, o su prima, traductora, dice ella, de la ONU en Nueva York. La diplomacia en Haití se mueve entre bastidores, al más puro estilo bananero, intercalando golpes de estado con democracias populistas lideradas por próceres mesiánicos.

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domingo, 10 de marzo de 2013

Viaje a Haití: la pesadilla del mar Caribe (II)



El 21 de septiembre de 2004 leí en internet que la isla de la Tortuga, al norte de Haití, había desaparecido engullida por la tormenta tropical Jeanne. Y lo leí estando cerca, concretamente en Santo Domingo, la capital de la República Dominicana, una noticia difícil de digerir porque la isla de la Tortuga tiene alrededor de 26.000 habitantes, es un mito de tal calibre en la historia de los piratas caribeños que sin ella Johnny Depp no hubiera sido nunca Jack Sparrow y su altura máxima alcanza los 450 metros. ¿Cómo puede desaparecer una isla así? La noticia era demasiado tentadora como para permanecer bailando bachata y merengue así que me dirigí al consulado de Haití en la República y me metí en el primer autobús con rumbo a Puerto Príncipe. Claro que tampoco sabía mucho más del país fuera de su afición al vudú y de la extrema pobreza que asomaba de cuando en cuando en los informativos de la televisión.


Porque Haití es muchas cosas pero, sobre todas, una: es un desastre medioambiental de primer orden. Michel Martelly, el presidente de Haití, ha declarado este año, el de 2013, como año de la ecología, un guiño al país más deforestado del mundo, al que sólo resta un 1,6% de su masa arbórea. O dicho de otro modo: la mayor tragedia ecológica de la actualidad. Un país sin árboles. Por eso, Michel Martelly, que es un presidente rapero (que sucede a presidentes curas, presidentes sargentos, presidentes hijos-de-papá o presidentes maestros del vudú) le ha pedido a sus conciudadanos un favor: planten un árbol, aunque sólo sea uno. Según el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo, Haití pierde cada año 37 millones de toneladas de tierras cultivables debido a la deforestación, sobre todo por la erosión de grandes terrones que terminan rodando hacia el mar


Con tan poca masa arbórea, las terribles tormentas tropicales que azotan cíclicamente el país se convierten, sin poder evitarlo, en no menos terribles desastres humanitarios, con miles de muertos ahogados en agua o enterrados en los grandes terrones que se desprenden de las montañas. La tormenta tropical Jeanne, que supuestamente había engullido la isla de la Tortuga, se había sentido sobre la República Dominicana con gran fuerza pero en Haití fue mucho peor. Había miles de muertos.


La historia moderna de Haití comienza la noche del 21 de agosto de 1791 en el decadente municipio de Le Cap. Los esclavos, que según Jared Diamond cifra en medio millón, se sublevaron, asesinaron a sus amos y quemaron las productivas plantaciones de caña. Fue un brujo local, de nombre Boukamn, el que dio la orden de alzamiento. Dicen que sacrificó un cerdo en una ceremonia religiosa en el interior de un bosque y que dio de beber su sangre aún caliente a un grupo de conspiradores para infundirles valor. Se inició así una sublevación en toda regla, con campos quemados y terratenientes asesinados. Los colonos resistieron el primer embiste y reaccionaron luego con violencia. El mismo Boukamn fue descubierto y ejecutado, y su cabeza coronó la plaza central de Le Cap como escarmiento. Pero la revuelta había prendido en la colonia y las masacres pasaron a formar parte del paisaje habitual de la isla hasta casi que hoy mismo.


Paradojas de la vida, fueron los británicos los impulsores de la rebelión. Según el escritor Carlos Wesley, la revuelta no tuvo nada de casual porque vino instigada por los británicos, quienes se inspiraron en los franceses de Les Amies de Noir, una sociedad abolicionista fundada por el revolucionario Laffayette. Haití era conocida en aquel entonces como la colonia de Saint Domingue. Y contradicción tras paradoja, las ideas inspiradas en la Ilustración prendían en lo más lejano del Racionalismo: el vudú. Las matanzas y la quema indiscriminada de ingenios y fábricas sólo pudieron ser detenidas tras imponerse un liberto moderado, Toussaints Louverture, a los sectores más radicales y establecer un plan político que situara la revolución en la órbita de las causas justas. El apoyo que le prestó el amigo británico no resultó de gran ayuda, sobre todo porque Londres poseía aún grandes bolsas de esclavitud, en la vecina Jamaica sin ir más lejos, y el ejemplo podía resultar perjudicial.


Los haitianos, a su vez, luchaban contra una esclavitud por la que ya habían luchado años atrás: cientos de esclavos combatieron a las órdenes de generales norteamericanos en la guerra de secesión con un óptimo resultado. Pero los meses, algunos incluso años, que pasaron peleando contra las tropas sudistas les pasaron factura: pensaron que la abolición de la esclavitud debía de ser un hecho universal y no sólo estadounidense. Al regresar a Puerto Príncipe y Cabo Haitiano volvieron a su triste realidad, un país bajo soberanía francesa comandado por terratenientes que los esperaban para hacerlos trabajar sin descanso. El choque debió de ser brutal y aceleró la descomposición de la colonia gala.


Después de cruzar regiones más parecidas al África que al Caribe, mi autobús llegó a Petionville, unos suburbios para gente adinerada en las montañas que rodean Puerto Príncipe. Una sucesión de mansiones escondidas tras altísimos muros alternaban el paisaje con tiendas de lujo, supermercados bien abastecidos y unas calles destartaladas por las que paseaba una muchedumbre negra que no tenían pinta de ser dueños de nada de lo anterior. En la estación me esperaba Georges con sus guardaespaldas. Después de una cálida acogida, nos trasladó a su mansión, cercana a la gare. Georges Sami Saati, nombre que denota un origen muy distinto del insistente trópico en el que nació. Fue el cónsul de Haití en la República Dominicana quien nos puso en contacto. Georges, el empresario que más sabía del país, decía, un patriota de los de antes, el hombre que habrá de salvar a Haití.

Georges Sami Saati, mi anfitrión en Haití

La mansión de mi cicerone no decepcionaba a nadie, ni a él mismo. Era la casa de sus padres, contaba, pero ahora estaba medio abandonada porque no residía allí permanentemente. Para estar medio abandonada, eso sí, lucía estupenda, con sus jardines en una cuidada desbandada tropical y la decadente piscina colonial con estudiada covacha para tomar un refresquito a resguardo del sol. Con tanto espacio y amplitud no es de extrañar que nos cediera un ala entera, la antigua y original casa de sus padres, amueblada con gusto y con cierto olor a cerrado en el ambiente. Georges vivía en el otro ala de la mansión, un edificio de feo aspecto, más parecido a un bunker de hormigón que a una casa, un centro de mando de un cuartel donde tenía todo más a mano, su despacho con la conexión a internet por satélite, su habitación, una minicocina y un salón con gran pantalla de televisión para seguir al momento las noticias de la CNN. El olor a antiguo permitía evocar los buenos tiempos, los de los Duvalier, cuando los sirvientes recorrían el jardín llevando ropa recién lavada, opíparos guisos, perros guardianes que ladraban a discreción y pasos firmes de personajes enigmáticos que despotricaban del gobierno de turno mientras planeaban algún golpe de estado. Los pasos de las generaciones pasadas resuenan aún en la mansión de la familia Sami, en sus retratos enmarcados en plata, el salón con robustos muebles de madera que parece inspirado en una novela tropical de Graham Greene, los libros que no son tales pero que lucen resultones entre estatuitas de caballos. La decadencia se ha precipitado sobre el lujo triunfal de los tiempos de Papá Doc y ahora yace inmóvil, como un hermoso visón que aún conserva el pelaje pero ya comenzara a oler mal. La espléndida cocina, con unas vistas magníficas al jardín, no sirve para agasajar a los invitados con aquellas comidas y cenas de antaño. Todo se ha perdido en una espiral de sufrimiento y conspiraciones, de hijos que han forjado su futuro en otras tierras y en la siempre temible amenaza de una masa hambrienta que pide monedas a las puertas de la mansión.


Georges nació en Haití pero tiene alma de brasileño desde que muy joven se afincó en tierra de garotas e ipanemas. Además, tiene pasaporte estadounidense y otra mansión en Miami, donde reside su mujer y sus hijas. Georges tiene negocios en Santo Domingo y en Brasil, en Florida y en Haití, visita con frecuencia Paris para sentir su conexión con la Ville, desayuna platos típicos del Líbano, como homenaje y recuerdo a sus padres, emigrantes de Oriente Próximo instalados más que cómodamente en una inestable isla del Caribe. Si pinchas aquí verás más historias de emigrantes de Oriente Medio en el Caribe.

Pero, sobre todo, Georges es un furibundo anticomunista. Y como tal, todas sus conversaciones están marcadas por el sesgo político de su visión de la vida. Es la época de Hugo Chávez en Venezuela, de Kirchner en Argentina, de Lula en Brasil y de Zapatero en España. Pero también es el momento de otro George, Bush, y Georges, Sami, es su más encendido admirador. Muestra con orgullo su foto del hermano de su presidente, Jebb, en forzado abrazo a sus hombreras, y sin mucho miramiento se declara el hombre de Washington en Haití. ‘Soy el Karzai haitiano’ comenta en castellano con su inexplicable pero correctísimo acento, en parco homenaje al hombre de Bush en Afganistán. Pero tanto un país como otro parecen igual de ingobernables y Karzai no tiene mucho poder tras las paredes de su despacho en Kabul. Tampoco Georges parece que pueda controlar completamente lo que ocurre tras los muros de su mansión aunque le envíen un batallón de marines. Georges confía en su trayectoria política, con cierto hermano golpista que elude mencionar, y sobre todo en su visión para los negocios y en su fortuna. 

Continuará

©José Luis Sánchez Hachero
sanchezhachero@hotmail.com
losmundosdehachero@gmail.com

martes, 5 de marzo de 2013

Viaje a Haití: la pesadilla del mar Caribe (I)



El presidente de los Estados Unidos Thomas Jefferson tuvo el privilegio de definir lo que era, e iba a ser, el país más desgraciado del mundo: Haití. 'Confinar la peste en esta isla'. Jefferson no era cualquiera: fue el tercer presidente de los Estados Unidos, uno de los padres fundadores del país y el principal autor de la declaración de independencia norteamericana. Fue, además, uno de los clarividentes líderes que predijo el imperio que habría de alcanzar su patria y, además, su nombre en los EE.UU se asocia a luchador por la democracia y propagador incansable de los ideales republicanos. Para mí es el autor de esa sencilla frase: 'confinar la peste en esta isla'.

Thomas Jefferson dijo esa premonitoria frase con una idea muy clara de lo que significaba 'la peste' y de dónde se encontraba 'esta isla'. La peste era negra, como la bubónica, pero se movía y tenía manos y brazos y dientes y pelo ensortijado y caminaba y comía y hasta cagaba. La peste era negra porque así eran los esclavos que poblaban sus campos de algodón y las ciudades del sur del país. Y negros eran los guerreros que luchaban por su libertad unas millas al sur de su patria, la que, según Jefferson, iba a convertirse en Imperio.


En 1804, el líder rebelde Jean Jacques Dessaline arrancó a la bandera francesa el color blanco y creó la primera república negra del mundo. En su lugar quedaron los otros dos tonos de la tricolor gala, el rojo y el azul, a los que reclinó para que no tuvieran que estar de pie. Para que no quedara duda de su aversión al blanco, Dessaline ordenó eliminar a todos los franceses que permanecían en la isla, en una nueva versión del genocidio que protagonizaron siglos atrás los españoles al eliminar a taínos y arawaks, los originales pobladores de la Española. Doscientos años después, el rojo y el azul más que tumbados están tirados por los suelos y el blanco no ha vuelto a la bandera ni a la isla.

Reparto de ayuda humanitaria en Gonaives

Nació Haití gracias al tesón de los cimarrones, esclavos rebelados en armas contra sus señores, y a las ideas de la Revolución Francesa. Una revolución que rezumaba incoherencia porque en tanto en sus fronteras continentales se afanaban en propagar las ideas revolucionarias, en sus territorios de ultramar era otra historia bien distinta. Mientras en Francia se luchaba y moría por la Libertad, Igualdad y Fraternidad, en una rentable colonia del Caribe miles de esclavos africanos se deslomaban bajo un sol de impresión. Influenciados por las noticias de la revolución, que llegaban con cuentagotas a sus oídos, y por la participación de cientos de haitianos en la guerra de la Independencia de los Estados Unidos, el futuro de la colonia, que por aquel entonces era conocida como Saint Domingue, se volvía cada vez más negro.


Tan negro como el nombre del único paso fronterizo del sur del país que comunica Haití con la República Dominicana: Malpaso. Conforme me acerco a la frontera el paisaje presagia un descenso a los infiernos tropicales. Los montes pierden exuberancia y un halo a tragedia flota en el ambiente. La población negra aumenta y observa a todo el que pasa con unas miradas que zozobran entre la guasa y la desesperación. Desde las ventanillas del autobús se ven aún los estragos de la penúltima jugarreta de la naturaleza: el desbordamiento del dominicano río Solié. Inundó los suburbios de Jimani, la última ciudad de entidad antes de la frontera, arrancó grandes piedras de las montañas y las depositó en mitad del pueblo, y sobre todo se llevó por delante la vida de más de cien personas. De ahí a la frontera había unos minutos, y el nombre de Malpaso parecía una decisión sabia y meditada. Y el paso no sólo era malo sino que además apenas era un paso. Una frontera con candado, cerrada a cal y canto con una verja oxidada que sólo se abría a ciertas horas, y que escondía un puesto destartalado y decadente con varios guardias también destartalados y decaídos. Ensayé mi triste francés con la esperanza de recordar los antiguos estudios para caer embobado ante la primera trampa haitiana: el francés no es francés, como el paisaje africano no es un paisaje africano ni la frondosidad del bosque esconde un bosque. Aunque suene a francés, el haitiano habla creole, un sucedáneo de lengua que sólo resulta comprensible cuando se lee escrito en una pared. Tampoco es África, aunque la vista engañe. Y los bosques no son más que fachadas que esconden uno de los mayores desastres ecológicos del planeta.

Llueve en Haití
Cuenta Jared Diamond en su libro 'Natural experiments of history' que la desgracia de Haití tiene muchas explicaciones y que ninguna excluye a las demás: Haití es el país que se levanta en la parte occidental de la isla de la Española, una nación separada de la República Dominicana por una cadena montañosa que, precisamente, es la primera responsable de la decadencia haitiana: impide el acceso de vientos favorable y de lluvias mesuradas de manera que tan sólo las tormentas tropicales y los huracanes son capaces de suministrarle agua, y lo hace en proporciones bíblicas. Por si fuera poco, la mayoría de los ríos que corren por la isla de La Española, corren hacia el lado dominicano... Durante los años de la colonia francesa, Haití, que es una palabra taína que significa país de las montañas, fue la parte más rica del imperio francés, la colonia de las colonias, un lugar mágico donde crecía la caña de azúcar como por arte de ensalmo y los colonos se hacían ricos en poco tiempo. Unas plantaciones que arrancaron de la capa vegetal la gran manta arborícola que la caracterizaba para sembrar productos más rentables. Cultivos para los que, por cierto, era necesaria mano de obra. Así pues, a la zona de la isla de la Española menos agraciada por los vientos y las lluvias se unió un cultivo intensivo que deforestó gran parte de la comarca a manos de mano de obra esclava que los franceses trajeron de sus colonias. Dicen las crónicas que la entonces conocida como colonia de Saint Domingue tenía 500.000 esclavos negros traídos de África mientras que su país vecino, la República Dominicana, apenas tenía 15.000, y asegura Jared Diamond que el motivo de este desnivel se encuentra en las expectativas de España y de Francia. España invirtió sus caudales en otras colonias más rentables y explosivas, la del Perú y la mexicana de la Nueva España, sobre todo, mientras que Francia no tenía otra colonia más beneficiosa que la que hoy conocemos como Haití.




Así que tenemos una región poco favorecida por las lluvias y los vientos, donde los colonos arrancan los árboles para sembradíos intensivos y llena de esclavos que viven en un estado miserable mientras que a sus dueños y señores se les llena la boca hablando de revolución, de igualdad y de fraternidad: y de libertad. Cuando Jean Jacques Dessaline desenterró el hacha de guerra los esclavos respondieron raudos y veloces: matemos al blanco. Y cuando mataron hasta el último blanco se dieron cuenta de varias cosas más: no sabían hablar más lengua que la que habían inventado ellos, el creole, una extraña mezcla de lenguas africanas que suena a francés, sin serlo. Y que los blancos no querían saber de ellos por lo peligroso del ejemplo: una república de esclavos sublevados, el segundo país en conseguir la independencia en el continente americano. Y Thomas Jefferson, el gran defensor de la democracia y de las ideas republicanas, el prohombre y padrecito fundador, soltó entonces su perla: 'confinar la peste en esta isla'. Un proyecto encantador y solidario que pretendía trasladar en masa a los negros de su país a ese sitio de negros apestosos que estaban acostumbrados a vivir de cualquier manera. El proyecto no cuajó sino hasta años más tarde, cuando los negros de su país (y no todos, para mayor desilusión del espíritu de Jefferson), fueron trasladados a Liberia y Sierra Leona, en el golfo de Guinea africano, un experimento que aún hoy sigue provocando problemas en la zona.


Así pues, y reflexionando, Haití es un país aislado por una cadena montañosa que le impide el tránsito normal de lluvias y vientos suaves, deforestado por la codicia francesa y por una situación de extrema necesidad de sus habitantes, negros y pobres, que han talado el 99% de los árboles del país para cocinar y alimentarse, árboles que no crecerán más porque nadie les deja crecer, y cuando digo nadie hablo también de las mentadas lluvias torrenciales y vientos huracanados, un país, pues, habitado por antiguos esclavos que mataron a sus dueños y que odian al blanco en general, al que dicen con cara de mala leche 'blanche, blanche', un odio que impide que vengan inversiones extranjeras porque guardan siglos de rencor y porque, si alguien se anima de todos modos, no puede hablar con la mayoría de ellos porque no hablan francés sino algo que se parece al francés pero que sólo hablan ellos en el planeta. Un extraño país en mitad del mar Caribe.


Eso, sin embargo, no es lo que se ve desde las ventanillas del autobús. Se ve África. Según el mapa, la próxima ciudad es Fond Parisien, pero uno no ve París por ninguna parte. Sólo ve África. Y luego viene Croix de Bouquets, pero no veo ramilletes. Sólo veo África aplastada bajo el sol del trópico. Y mercados africanos de familias negras africanas que venden cualquier cosa bajo la sombra de una barraca de uralita. Aunque vengo preparado para encontrarme la región más deprimida del continente americano, a pesar de que ya he viajado por otras Áfricas americanas, la entrada en Haití no me deja indiferente: parecería que el cercano triángulo de las Bermudas haya abducido un terreno del Congo para dejarlo en las inmediaciones de los Estados Unidos.


©José Luis Sánchez Hachero
sanchezhachero@hotmail.com
losmundosdehachero@gmail.com


viernes, 28 de diciembre de 2012

Viaje a Haití: con los negros muertos por Trujillo en el río Masacre


El río Masacre

Durante el verano de 1937 el presidente de la República Dominicana, Rafael Leónidas Trujillo, llegó al máximo de su paciencia: basta de negros en mi país, pensó, ¡que no quede ni uno! Llamó entonces a sus generales y les ordenó que matasen a todos los que encontraran porque ensuciaban su país, que en su delirio presumía blanco. El 28 de septiembre el ejército dominicano, en la ciudad de Bánica, acuchilló a los negros que pudo, tiroteó a otros y aplastó a los que huían con el resultado de 300 haitianos muertos. Fue el inicio de una matanza de proporción bíblica, una masacre de increíble envergadura que siguió a lo largo de la frontera entre los dos países, una frontera de juguete que los haitianos cruzan cuando les viene en gana, y dejó, según los cálculos más conservadores, entre 15.000 y 20.000 muertos. La matanza tuvo muchos nombres pero entre los dominicanos se la recuerda como la masacre del Perejil, porque todo negro que no supiera pronunciar bien esa palabra era declarado haitiano y ejecutado con lo primero que hubiera a mano. La cifra de muertos crece en según qué relatos y hay quien menciona los 30.000 muertos, muchos de ellos en las riberas de un lánguido río que se tiñó, dicen los locales, de rojo de tanta sangre que se vertió en él.


Tanta sangre que el río, dicen, cambió su nombre y hoy se le conoce como 'Río Masacre'. Claro que incluso con una cosa tan obvia es complicado la etimología porque en estas mismas aguas los antiguos colonos españoles degollaban a las vacas para hacer cuero y secar carne. El caso es que si había alguna duda, ya no la hay. Los indígenas conocían a la exigua corriente con el nombre de Dajabon, en honor a un pez llamado así y que abundaba en tiempos pretéritos: hoy el río no lleva sangre, ni apenas agua, y es tan fácil cruzarlo que los haitianos lo hacen por miles dejando en ridículo el ostentoso puente que une a los dos países como frontera oficial. Por las calles de la dominicana Dajabon caminan los haitianos cargados de todo tipo de bultos, entre los que destacan zapatos, zapatos por millares, procedentes, veo en las bolsas, de ayuda humanitaria internacional. ¡Extraña ayuda la de los zapatos que terminan esparcidos por los suelos de un mercadillo dominicano! Da lástima ver lo que queda del primer país negro independiente del planeta, del segundo país en América en lograr su emancipación, tras los EE.UU, el proyecto de una nación de cimarrones, esclavos rebeldes que se sacudieron el yugo del amo francés y dejaron en ridículo a sus militares y al mismísimo Napoleón con su declaración de independencia nada menos que en 1804.



La Española adquirió a principios del siglo XX un inesperado protagonismo como escala camino del recién inaugurado canal de Panamá. La carrera estratégica se interpuso en el camino de Haití, inmersos a su pesar en un tablero de juego internacional. Norteamericanos, franceses y alemanes pusieron los ojos en la caótica república pero fue Woodrow Wilson el que se adelantó al dar la orden de invadir el país en 1916. El asesinato del presidente local Vilfrun Guillaume Sam y la posterior anarquía en la que cayó el país fue el motivo perfecto para intervenir en nombre de la razón contra el caos: un motivo recurrente y una anarquía repetida hasta hoy mismo en este desgraciado país. Los marines sólo tuvieron una breve resistencia en una mini república surgida en la cercana región de Artibonite. Un estrafalario libertador, Charlemagne Peralte, organizó un gobierno provisional al norte de la isla, pero unos soldados disfrazados de guerrilleros negros lo asesinaron decapitando la rebelión.


Durante los siguientes diecinueve años, la política de Puerto Príncipe se dictaría desde Washington. Y los resultados tiñeron de infraestructuras y sangre el país. Los norteamericanos construyeron carreteras y hospitales, inyectaron dinero en la depauperada economía haitiana y encargaron a sus soldados el cuidado de la nueva finca. Para poner los cimientos del país combatieron duramente el bandidismo que caracterizaba la región y sometieron a los ladrones a trabajos forzados. Pero el castigo generó nuevas rebeliones, y el ostracismo al que se vio relegada nuevamente la gran masa negra caldeó el ambiente. Los norteamericanos tuvieron que enfrentarse a la conocida como ‘Revuelta de los Cacos’, hordas de delincuentes que habían hecho del bandidaje y de los asaltos su forma de vida, y que ahora veían cómo un ejército blanco quería ponerlos en vereda. Cien años después, todavía caminan por las carreteras, huestes harapientas que portan fotografías en blanco y negro de otros tiempos para ellos mejores, fotos rasgadas por el tiempo y por machetes, guardadas en bolsillos deshilachados de guerreras militares. Los tíos del saco, los guardias de Duvalier, los bandidos, y los militares del ejército nacional se confunden hoy hasta resultar los mismos.

Mercadillo haitiano en Dajabon

Los gobiernos títeres que se sucedieron hasta la retirada norteamericana en 1937 sólo dejaron más tensión racial y una conciencia doble: la negritud de la población y su profunda vinculación con África a través de sus tradiciones ancestrales. O mejor dicho, el vudú. Y una pobreza tan extrema que gran parte de la población, empujada por la superpoblación, buscó trabajo y una vida mejor en el terreno que ocupaba la República Dominicana. Los haitianos trasladaron sus problemas a cuestas, y también su mala suerte. La llegada de tanta mano de obra barata provocó conflictos con los dominicanos, que empezaron a perder sus empleos. Subió además el precio de la caña de azúcar y los recuerdos de las invasiones de Boyer y del emperador Faustino del siglo anterior avivaron el racismo. El resultado fue una de las peores matanzas de la historia de la isla, tras la de taínos, en los tiempos de la conquista, y los franceses, en tiempos de la independencia: miles de haitianos fueron asesinados por orden de Rafael Leónidas Trujillo, el dictador dominicano de turno.

Entrando en la República Dominicana desde Haití
Los cadáveres fueron arrojados a un río que cambió su color al rojo sangre y su nombre al de Masacre. Hoy el río corre peligro de desaparecer porque desde sus mismas fuentes lo acuchillan sin piedad: roban su arena, convierten sus orillas en pocilgas y vertederos, taponan tramos kilométricos y el resultado se ve desde el puente ostentoso del que hablaba al principio: el río Masacre, el del color rojo, se puede pasar a pie y casi que sin mojarse los zapatos. Y eso hacen los haitianos, cruzarlo a pie, como hicieron sus antepasados, y casi que por los mismos motivos, hambre y desesperación. Bajo sus pies descalzos aún gritan mudos los espíritus de los que cambiaron el color y el nombre al río. Todavía hoy seguimos sin saber cuantos murieron a manos del sanguinario Trujillo. Todavía hoy siguen los nietos de los muertos cruzando las mismas aguas.

Aquí estoy yo, grabando un camión

José Luis Sánchez Hachero
sanchezhachero©hotmail.com
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