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miércoles, 16 de septiembre de 2015

Viaje a la frontera turco-siria: V de Kobane


En la cola del reparto de alimentos de la Media Cruz Roja, o en las escaleras a medio acabar de un edificio sin terminar, en el interior de una mezquita, en las calles, en tiendas, en comercios cerrados, en jardines y en los campos de refugiados. Los vecinos de Kobane refugiados en la ciudad turca de Suruc sacaban la mejor de sus sonrisas y ponían dos dedos en forma de uve. V de Kobane. V de resistencia, de no podrán con nosotros. V de Victoria.

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¿O será V de paz? ¿De basta ya? El uso de los dos dedos en forma de V se popularizó en la Segunda Guerra Mundial y desde entonces no hay poderoso o mindundi que no lo haya usado. Un gesto tan natural que sale sin pensarlo, sin pretenderlo, un gesto de dignidad o de cabezonería pero un gesto que se ha convertido en universal.

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Durante la guerra de los Cien Años los franceses juraron cortar los dedos corazón e índice de todos los arqueros británicos que capturaran en la batalla de Agincourt para que nunca más pudieran disparar sus flechas. Los ingleses, sin embargo, salieron victoriosos y se dedicaron a enseñar esos dedos tan odiados en Francia, unos dedos que, además, formaban una V, la V de victoria. Eso, al menos, dice la leyenda (pincha aquí), según unos escritos de Jean de Wavrin contenidos en la Biblioteca Nacional de Francia en los que se hablaba de que 'cortarían tres dedos de la mano derecha a todos los arqueros hechos prisioneros para que no murieran más hombres ni caballos' (sic).

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Pero un historiador inglés le dio la vuelta a la tortilla porque vio que los tres dedos exigidos por los franceses excedían en uno a los ofrecidos por los ingleses y en ese mismo artículo recuerda ese gesto en la mano del rollizo Winston Churchill repetido hasta la saciedad. Sir Winston no desaprovechaba la ocasión para hacer el símbolo de la V y se popularizó como el de la Victoria.

RICHARD NIXON FAREWELL
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Sea suyo, sea de los arqueros, sea un símbolo esotérico o sea lo que sea, los dos dedos en forma de V ya son una propiedad del planeta entero y aunque todo parece indicar que tiene cierto origen anglosajón, no hay persona en este mundo que no lo use como propio. El Washington Post enumera esta serie de personajes y momentos curiosos, comenzando por la la BBC, donde se menciona a un tal coronel Britton instando a usar el símbolo como gesto de resistencia en los territorios ocupados de Francia frente a los invasores nazis. La V es la inicial de la española Victoria pero también de la inglesa Victory y de la francesa Victoire y de la holandesa Vrijheid, que significa libertad. Los afroamericanos en los tiempos de Luther King usaban la doble V como reclamo de igualdad. Truman, Eisenhower o Nixon también usaron este gesto, este último de un modo especialmente ridículo que ha pasado a la historia. Por no hablar de Lech Walesa, en su épica lucha contra la Unión Soviética, la inefable Margaret Thatcher tras derrotar a los argentinos en la guerra por las Malvinas, o Yaser Arafat al modo Churchill: repetidamente, siempre que tenía ocasión, casi como modo de reafirmarse.

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'Kobane será nuestro Stalingrado', decían, y dicen, los kurdos, y supongo que lo dicen, y lo decían, desde el punto de vista soviético, del de los vencedores, los de la V. Los combates se producen en cada calle, en cada casa, en cada estancia, y la sensación que flota en el ambiente es que el vencedor, el de la V, se llevará también la victoria final de la guerra, como ocurrió en Rusia. Claro que ni Kobane es Stalingrado ni el número de muertos de la segunda es comparable a los que ya han caído en la primera. Los kurdos sueñan con poner la primera piedra de un estado independiente, un Kurdistán que englobe a los kurdos de Siria con los del sur de Turquía y los ya independientes de facto del norte de Irak. Al menos esos. Los kurdos de Irán tendrán que esperar porque su inclusión en ese hipotético país es algo menos que una quimera (de momento).

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Pero mientras eso ocurre, los vecinos de Kobane que han ocupado cualquier hueco de Suruc, desde campos de refugiados en mitad de sembrados a edificios a medio construir o mezquitas atestadas, levantan sus dedos índice y corazón y posan ante las cámaras. Victoria, paz, tesón. No importa. Y tampoco importa que el gesto venga de los arqueros británicos, de Winston Churchill o de John Lennon. Estamos aquí, parecen decir, no han podido borrarnos del mapa. Y eso siempre es una victoria. Con Uve.

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miércoles, 6 de mayo de 2015

Viaje a Oriente Medio: con los vecinos de Kobane


'Kobane será el Stalingrado de los yihadistas'. Lo que al principio me pareció una comparación disparatada lleva camino de convertirse en algo más que una frase ocurrente. La batalla de Kobane, o de Ayn Al-Arab, ciudad en el norte de Siria pegada a la frontera con Turquía, amenaza con convertirse en el remedo sirio de la épica batalla que supuso un punto de inflexión para los ejércitos nazis en su invasión de la Unión Soviética. Pero mientras en la ciudad luchan todas las facciones posibles en la guerra siria, y todas ahora unidas contra el Estado Islámico, desde los pershmergas kurdos pasando por el Ejército Libre Sirio, mercenarios simpatizantes con alguno de los bandos, tropas de Al Assad acechando en la distancia, refuerzos del PKK y vecinos convertidos en guerreros, los civiles han huido al otro lado de la frontera, al lado turco, donde deambulan como almas que lleva el diablo, preguntándose qué ha pasado para que terminen ahí. Claro que tampoco tienen mucho tiempo para preguntas porque desde Turquía puede ver cómo las bombas destrozan su ciudad, sus casas, sus calles y su vida.

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Deambulo yo también con ellos por Suruc, ciudad turca a cuya demarcación perteneció en un pasado Kobane y a la que han acudido en masa desde que los disparatados yihadistas del Estado Islámico atacaron su localidad en agosto de 2014. Las vicisitudes de la historia dejaron a ambas ciudades, Suruc y Kobani, separadas por una franja de terreno que no ha conseguido separar las vidas de muchas familias que ahora tienen pasaportes diferentes. Esos son los que han tenido más suerte y ahora conviven primos lejanos con primos cercanos. Pero el resto no ha tenido la misma fortuna, más allá de la hospitalidad y solidaridad de los vecinos turcos, mayoritariamente kurdos en esta región y solidarizados sin fisuras con sus primos del sur.
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Desde la calle puedo ver las cabecitas de los niños, asomándose a un balcón inexistente de un edificio en obras. La ropa tendida, las mantas tapando las ventanas sin marcos ni cristales, el ladrillo visto. El edificio está a medio construir pero ya vive alguien: 'somos  alrededor de trescientos en todo el bloque', me asegura un muchacho con gestos. Nadie habla nada inteligible. ¿Árabe? ¿Kurmanji? ¡¡Qué dices!! Un muchacho chapurrea algo de inglés y me acompaña un tramo. 'Cuidado', dice, 'los resbalones son frecuentes'. El edificio está sin acabar y las nubes de polvo indican dónde algún niño acaba de despanzurrarse en esas escaleras precarias, sin barandillas y peligrosísimas para tantos renacuajos que se asoman a recibirme. '¡¡Peshmergas, peshmergas!!', me grita muy serio al cruzarse un señor que baja la escalera tocado con kufiyya, el tradicional pañuelo blanco y rojo de la región. Los guerreros kurdos, provenientes del norte de Irak, son la última esperanza de un vecindario, el de Kobane, que tan sólo puede asistir impotente desde el horizonte a la destrucción de su ciudad.

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En 1912 la compañía alemana Koban Railway Company construyó una estación en un lugar desértico para aliviar el largo camino que debía unir el ferrocarril entre Estambul y Bagdad. La estación tuvo más éxito que la línea férrea y los kurdos que poblaban la región, cuan nómadas del desierto, vieron un buen lugar para poner instalar sus sombrajos. Posteriormente fueron los armenios, perseguidos por los turcos, y sobre todo los kurdos, en el gran genocidio de 1915 que acabó con cientos de miles de ellos, los que huyeron de sus poblaciones, situadas más al norte, para establcerse también al margen de los sombrajos y de la estación. La ciudad que comenzó siendo un pedregal con una estación alemana quedó bajo mandato francés tras el desmoronamiento total del imperio otomano y comenzó su existencia con edificios de estilo galo, otros de arquitectura armenia, los kurdos añadieron sus particularidades y el extenso yacimiento histórico, que muestra vestigios de los asirios, añadió más literatura que belleza al asentamiento.

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Cuando los yihadistas del Estado Islámico le pusieron cerco, allá por julio de 2014, la población de las localidades cercanas se concentró en Kobane, que con apenas cuarenta mil habitantes multiplicó su número por diez, y cuando los locos de la bandera negra entraron en la ciudad casi doscientas mil personas corrieron en tropel rumbo a Turquía, donde se sumaron al millón y medio de sirios que ya habita el país desde el inicio de la guerra. Ahora deambulan por las calles, ocupan edificios, mezquitas, parques y jardines, reciben alimentos de la media luna roja en largas filas callejeras y confían su suerte a los YPG, unidades de protección ciudadana, algo parecido a paramilitares vecinales, y a las guerrillas que antes luchaban contra Al Assad y ahora contra los barbudos. La llegada de doscientos pershmergas, 'los que se enfrentan a la muerte', provenientes del norte de Irak y armados con material pesado, añade un elemento más de confusión en la batalla. 'Kobane será el Stalingrado de los yihadistas', resuena en mi cabeza la sentencia de un kurdo que desfiguró la frase con un 'si dios quiere'.

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'No quiero escuchar hablar más de dios ni de religión', me dice enfadado un abuelo en plena calle. Me asombra ver a un musulmán renegando de su credo pero las tropelías de esos barbudos que enarbolan la bandera del Islam no deja de resultar contraproducente. Tanto matar por Dios y quemar herejes y brujas en la hoguera nos causó un hondo rechazo a los cristianos. Quién sabe si los musulmanes no deban pasar por un trago parecido para pensar que detrás de dios sólo hay cuatro letras. En un cuarto lleno de polvo, frío y gris, un grupo de hombres me invita a tomar café. Café turco, muy cargado. ¿Y sus casas?, les pregunto. Bum, imita uno el sonido de una bomba, todos ríen la ocurrencia y luego algo parecido a una depresión se instala en el colectivo. ¿Confían en los pershmergas? ¡¡Pershmergas, pershmergas!!, sonríen con franqueza. ¿Y qué piensan de los yihadistas? Rostros serios, duros, miradas torvas, no quieren ni oír hablar de ellos. En una cunita de madera un bebé duerme plácido. La única luz proviene de un pequeño generador que ronca en una esquina. La conversación se estanca en un rosario de sonrisas que deriva inevitablemente en gestos de rabia.

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Osama no puede moverse y pasa los días sentado, recibiendo visitas

En la primera planta reposa Osman, un niño rellenito con un rostro que irradia pena. 'No puede andar', chapurrea en inglés una voz, 'tuvo un accidente'. Al drama del traslado debe unírsele el drama de no poder corretear con los demás niños por el esqueleto del edificio sin acabar porque en el mundo infantil todo sigue siendo un juego. Las cabecitas surgen por decenas, salen tras las mantas que hacen las veces de puertas, saltan por las escaleras, deambulan por un edificio convertido al tiempo en pesadilla y en gran parque de atracciones.

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La vida pasa entre ropa tendida y nubes de polvo, noches heladas y suelos cubiertos de esterillas donadas por Naciones Unidas. Al caer la noche las mantas no bastan para evitar que el frío entre por unas ventanas que no existen mientras allá, apenas a cinco kilómetros, los locos de Alá insisten de manera terrible en conquistar la ciudad de Kobane. Mucho interés estratégico debe tener semejante enclave como para que los yihadistas se enconen y los kurdos hayan conseguido que su eco resuene en todo el mundo. 'Los turcos se la han dado a los árabes', dicen los kurdos, 'como pago por la liberación de varias decenas de diplomáticos que estaban en poder del Estado Islámico'. No creo que lleguen a tanto, pienso, por mucho que quieran fastidiar a los kurdos. Más bien se mezcla la rivalidad de Ankara con Al Assad, por no decir odio, unido a las pocas ganas de que los kurdos de ambos lados de la frontera insistan en su deseo de un gran patria kurda. Quién sabe, los designios del poder siempre son inescrutables. Y sobre todo para esta gente que sólo piensa en cómo demonios estará su casa, si habrá saltado por los aires, si la habrán saqueado, si estará llena de barbudos, de agujeros, de colillas, si se habrán muerto las plantas y los juguetes seguirán en su sitio. Y sobre todo: cuándo pasará este suplicio porque el invierno llega y las mantas, como decía, no son suficientes. 'Diga usted en Europa que tenemos mucho frío', me despide el muchacho que chapurrea inglés.

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miércoles, 5 de febrero de 2014

Viaje a la frontera de Gibraltar: show must go on


Cada día cruzan la frontera de Gibraltar entre treinta y treinta y cinco mil personas. Entre ellas están los miles de trabajadores españoles que han encontrado trabajo en las empresas del Peñón, y que son hasta diez mil, entre contratados y los que no lo son tanto, pero también cruzan los matuteros, que son los contrabandistas de tabaco a pequeña escala, y los turistas, que vienen por miles, por no hablar de los propios gibraltareños, que salen asfixiados por una colonia en la que no puedes meter la quinta velocidad y prefieren vivir en las lujosas urbanizaciones del exterior. El tránsito en sí es algo hipnótico, con sus idas y venidas, con los enormes atascos que se producen de cuando en cuando, y según vayan las relaciones bilaterales entre España y Gran Bretaña, o según le vayan las cosas al gobierno de Madrid consigo mismo. O al del Peñón consigo mismo también, o también al Peñón con el de Gran Bretaña, que es el suyo pero sin llegar a serlo.

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'¿Cuánto vale el autobús para subir a ver los monos?', pregunta una señora en un kiosko en la entrada de la frontera con Gibraltar mientras un grupo de vecinos de La Línea ondea una bandera de España. Un turista saluda desde el interior de un autobús mientras muestra desafiante, y muerto de la risa, un pasaporte británico. El trasiego de paseantes es constante y el tráfico de vehículo no se detiene jamás. Un espectáculo en sí mismo que tiene algo de marean.

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Un agente de la guardia civil detiene un vehículo y se dispone a pedirle la documentación: tiembla el resto de la cola, los coches se detienen varios kilómetros atrás, un señor en bicicleta salva la acera de un salto. Los datos van más allá: cada año son trece los millones de personas que cruzan este paso fronterizo que traslada de la desgana linense a un versión calurosa de Londres con un pedrusco en su interior.

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Los trece millones de personas, eso sí, tienen truco y si consiguiéramos los nombres de todos ellos habría varios cientos que habrán pasado miles de veces: los matuteros, una colorida mezcla de buscavidas que se pasan el día entrando y saliendo del Peñón con tabaco en sus bolsillos. Frente a la entrada, el monumento al trabajador inmigrante, un bronce con un señor vestido un tanto a la antigua con un bicicleta, choca con su fondo: un Mac Auto que parece querer absorberlo. Desde el interior de un vehículo una gruesa señora grita que va a buscar tabaco y desde otro coche le responde un joven que él también. Una pandilla de chavales cruza la frontera a toda velocidad, saltan sobre la acera y se interna en las calles de la ciudad. Un hombre anuncio vestido con una aparatosa versión de un oso de peluche gigante suda bajo el mismo sol del Estrecho que castiga a los pacientes conductores que hacen la cola. Un vehículo no puede más y salta la mediana con una acrobática pirueta. Bajo la techumbre de uralita de la parada de taxis, una familia británica examina las bolsas repletas de chocolates que ha comprado en el interior del Peñón. Una señora que dice ser estanquera se queja ante una cámara de la ruina de su sector.

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Un redactor de un canal de televisión escoge como fondo la montaña de la discordia e improvisa unas palabras ante la cámara. El calor aprieta, los agentes continúan con su labor aleatoria. Cuando la acumulación de vehículos comience a descongestionarse, los agentes se darán media vuelta y afrontarán con cierto hastío la misma labor: es la hora de salir y los mismos vehículos que guardaron fila en la entrada aparecen ahora en la salida, muchos de ellos cargados de tabaco, de botellas de licor, de aparatos electrónicos, de productos comprados con una tasa de impuestos muy inferior a la de España. Una cámara instalada en la parte británica de la frontera informa en directo a los gibraltareños de la envergadura de la fila y de cómo de exhaustivos son los controles. La señora que ha desplegado sus carteles reivindicativos quejándose del paro en la bahía de Algeciras se cruzará entonces con los colectivos de trabajadores españoles en Gibraltar, que cuelgan carteles contra los controles exhaustivos. Unos policías de sindicato protestan también porque los gibraltareños les fotografían y suben sus caras a la red. Un falangista pasea una bandera con haces. Un turista se hace una foto.

Cae la noche: el circo se apaga, la función termina, las fieras descansan. Mañana, más.

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viernes, 28 de diciembre de 2012

Viaje a Haití: con los negros muertos por Trujillo en el río Masacre


El río Masacre

Durante el verano de 1937 el presidente de la República Dominicana, Rafael Leónidas Trujillo, llegó al máximo de su paciencia: basta de negros en mi país, pensó, ¡que no quede ni uno! Llamó entonces a sus generales y les ordenó que matasen a todos los que encontraran porque ensuciaban su país, que en su delirio presumía blanco. El 28 de septiembre el ejército dominicano, en la ciudad de Bánica, acuchilló a los negros que pudo, tiroteó a otros y aplastó a los que huían con el resultado de 300 haitianos muertos. Fue el inicio de una matanza de proporción bíblica, una masacre de increíble envergadura que siguió a lo largo de la frontera entre los dos países, una frontera de juguete que los haitianos cruzan cuando les viene en gana, y dejó, según los cálculos más conservadores, entre 15.000 y 20.000 muertos. La matanza tuvo muchos nombres pero entre los dominicanos se la recuerda como la masacre del Perejil, porque todo negro que no supiera pronunciar bien esa palabra era declarado haitiano y ejecutado con lo primero que hubiera a mano. La cifra de muertos crece en según qué relatos y hay quien menciona los 30.000 muertos, muchos de ellos en las riberas de un lánguido río que se tiñó, dicen los locales, de rojo de tanta sangre que se vertió en él.


Tanta sangre que el río, dicen, cambió su nombre y hoy se le conoce como 'Río Masacre'. Claro que incluso con una cosa tan obvia es complicado la etimología porque en estas mismas aguas los antiguos colonos españoles degollaban a las vacas para hacer cuero y secar carne. El caso es que si había alguna duda, ya no la hay. Los indígenas conocían a la exigua corriente con el nombre de Dajabon, en honor a un pez llamado así y que abundaba en tiempos pretéritos: hoy el río no lleva sangre, ni apenas agua, y es tan fácil cruzarlo que los haitianos lo hacen por miles dejando en ridículo el ostentoso puente que une a los dos países como frontera oficial. Por las calles de la dominicana Dajabon caminan los haitianos cargados de todo tipo de bultos, entre los que destacan zapatos, zapatos por millares, procedentes, veo en las bolsas, de ayuda humanitaria internacional. ¡Extraña ayuda la de los zapatos que terminan esparcidos por los suelos de un mercadillo dominicano! Da lástima ver lo que queda del primer país negro independiente del planeta, del segundo país en América en lograr su emancipación, tras los EE.UU, el proyecto de una nación de cimarrones, esclavos rebeldes que se sacudieron el yugo del amo francés y dejaron en ridículo a sus militares y al mismísimo Napoleón con su declaración de independencia nada menos que en 1804.



La Española adquirió a principios del siglo XX un inesperado protagonismo como escala camino del recién inaugurado canal de Panamá. La carrera estratégica se interpuso en el camino de Haití, inmersos a su pesar en un tablero de juego internacional. Norteamericanos, franceses y alemanes pusieron los ojos en la caótica república pero fue Woodrow Wilson el que se adelantó al dar la orden de invadir el país en 1916. El asesinato del presidente local Vilfrun Guillaume Sam y la posterior anarquía en la que cayó el país fue el motivo perfecto para intervenir en nombre de la razón contra el caos: un motivo recurrente y una anarquía repetida hasta hoy mismo en este desgraciado país. Los marines sólo tuvieron una breve resistencia en una mini república surgida en la cercana región de Artibonite. Un estrafalario libertador, Charlemagne Peralte, organizó un gobierno provisional al norte de la isla, pero unos soldados disfrazados de guerrilleros negros lo asesinaron decapitando la rebelión.


Durante los siguientes diecinueve años, la política de Puerto Príncipe se dictaría desde Washington. Y los resultados tiñeron de infraestructuras y sangre el país. Los norteamericanos construyeron carreteras y hospitales, inyectaron dinero en la depauperada economía haitiana y encargaron a sus soldados el cuidado de la nueva finca. Para poner los cimientos del país combatieron duramente el bandidismo que caracterizaba la región y sometieron a los ladrones a trabajos forzados. Pero el castigo generó nuevas rebeliones, y el ostracismo al que se vio relegada nuevamente la gran masa negra caldeó el ambiente. Los norteamericanos tuvieron que enfrentarse a la conocida como ‘Revuelta de los Cacos’, hordas de delincuentes que habían hecho del bandidaje y de los asaltos su forma de vida, y que ahora veían cómo un ejército blanco quería ponerlos en vereda. Cien años después, todavía caminan por las carreteras, huestes harapientas que portan fotografías en blanco y negro de otros tiempos para ellos mejores, fotos rasgadas por el tiempo y por machetes, guardadas en bolsillos deshilachados de guerreras militares. Los tíos del saco, los guardias de Duvalier, los bandidos, y los militares del ejército nacional se confunden hoy hasta resultar los mismos.

Mercadillo haitiano en Dajabon

Los gobiernos títeres que se sucedieron hasta la retirada norteamericana en 1937 sólo dejaron más tensión racial y una conciencia doble: la negritud de la población y su profunda vinculación con África a través de sus tradiciones ancestrales. O mejor dicho, el vudú. Y una pobreza tan extrema que gran parte de la población, empujada por la superpoblación, buscó trabajo y una vida mejor en el terreno que ocupaba la República Dominicana. Los haitianos trasladaron sus problemas a cuestas, y también su mala suerte. La llegada de tanta mano de obra barata provocó conflictos con los dominicanos, que empezaron a perder sus empleos. Subió además el precio de la caña de azúcar y los recuerdos de las invasiones de Boyer y del emperador Faustino del siglo anterior avivaron el racismo. El resultado fue una de las peores matanzas de la historia de la isla, tras la de taínos, en los tiempos de la conquista, y los franceses, en tiempos de la independencia: miles de haitianos fueron asesinados por orden de Rafael Leónidas Trujillo, el dictador dominicano de turno.

Entrando en la República Dominicana desde Haití
Los cadáveres fueron arrojados a un río que cambió su color al rojo sangre y su nombre al de Masacre. Hoy el río corre peligro de desaparecer porque desde sus mismas fuentes lo acuchillan sin piedad: roban su arena, convierten sus orillas en pocilgas y vertederos, taponan tramos kilométricos y el resultado se ve desde el puente ostentoso del que hablaba al principio: el río Masacre, el del color rojo, se puede pasar a pie y casi que sin mojarse los zapatos. Y eso hacen los haitianos, cruzarlo a pie, como hicieron sus antepasados, y casi que por los mismos motivos, hambre y desesperación. Bajo sus pies descalzos aún gritan mudos los espíritus de los que cambiaron el color y el nombre al río. Todavía hoy seguimos sin saber cuantos murieron a manos del sanguinario Trujillo. Todavía hoy siguen los nietos de los muertos cruzando las mismas aguas.

Aquí estoy yo, grabando un camión

José Luis Sánchez Hachero
sanchezhachero©hotmail.com
losmundosdehachero©gmail.com







sábado, 24 de noviembre de 2012

Viaje a Siria: atrapado en la frontera con Turquía mientras los rebeldes toman Ras al Ayn (y II)


este rebelde lleva una guerrera militar que me parece robada del ejército regular


Después de entrar en Siria sin tener la intención y verme rodeado de los rebeldes del Ejército Libre de Siria, mi empeño en volver a Turquía a través del agujerito por el que entré se vieron frustrados porque los militares lo habían tapado y uno de ellos me amenazaba con un fusil. 'Si quiere entrar, únase a los refugiados', me indica el soldado con cierto enfado. Uhmm, pensé en ese momento, estoy atrapado en Siria y me temo que no es ni el país ni el momento más indicado para quedarse encerrado aquí dentro. Puedes ver el relato de mi entrada en Siria aquí. Aturdido por lo extraño de mi situación y cojeando ligeramente me uno a un grupo de sirios que busca refugio en la vecina Turquía. Hay una mezcla en sus rostros de pánico a los bombardeos y de extrañeza al verme allí que no puede sino conferir un matiz cómico a este drama. 



huyendo de Siria junto a los refugiados...

Tras varios intentos frustrados por colarnos por alguno de los numerosos agujeritos practicados en la alambrada, un soldado nos hace señas: por aquí, parece decir, por aquí pueden pasar. Y allí vamos, con cierto temor de que nos vuelva a enviar nuevamente para atrás. A nuestras espaldas, de cuando en cuando, pasan rebeldes con sus fusiles, están muy cerca de los militares turcos, pueden tocarse si quieren y, de hecho, charlan entre ellos en kurmanji, el dialecto kurdo de la región. Entre los rebeldes de Ras Al Ayn hay árabes que luchan contra Al Assad pero también, y sobre todo, kurdos que habitan la región y que generan tanto temor entre los políticos turcos como antes lo generaban entre la familia Al Assad y los suyos. La historia de estos kurdos sirios es ciertamente llamativa: reprimidos por el gobierno de Hafez Al Assad, que era el padre del actual presidente, de Bashir, los kurdos sirios vivían bajo estricta vigilancia, no fuera a ser que les diera por exigir la independencia como sus primos de Turquía, de Iraq o de Irán. Pero, y al tiempo, cosas del Gran Juego y de la Realpolitik, los Al Assad, Hafez (recordemos: el padre de Bashir) pero también Rifaat, hermano de Hafez y tío de Bashir, dieron cobijo en los ochenta a un jovenzuelo rebelde que quería luchar contra el gobierno turco, un tal Abdullah Ocalan, al que dieron además todo tipo de facilidades y contactos. Los Assad querían fastidiar a los turcos, con los que siempre han tenido una rivalidad que tal vez colee de los tiempos del imperio otomano, cuando Estambul era dueña y señora de estas tierras. Ocalan y el PKK decidieron hacer la vista gorda con los excesos que cometían los Al Assad con sus primos de Siria siempre y cuando les concedieran acceso a otras fruslerías: por ejemplo, a los palestinos de la OLP, que se los llevaron a los campos de la Bekaa, en el norte del Líbano, ocupado en aquel entonces por Siria, donde el PKK se transformó de partido radical en guerrilla hecha y derecha, o a cierto armamento con el que equipar a los recién formados guerrilleros, o a varios santuarios en los que poder tomar respiro y volver a atacar al ejército turco. Así que los kurdos sirios quedaron relegados al ostracismo por mor de la gran patria kurda que tendría que venir algún día indeterminado y, según Al Assad y Ocalan, no gracias precisamente a ellos. Pero aquellos tiempos pasaron, Rifaat, el tío del actual Bashir Al Assad, vive ahora en París, sin miedo a pagar por las cuarenta mil muertes que provocó en Hama, en una revuelta muy parecida a la que ahora vive Siria, Hafez murió y ahora el pequeño, Bashir, ve cómo día a día pierde territorio en su país. Después de tantos años dando cobijo a Ocalan y de fastidiar en todo lo que pudo al gobierno de Ankara ahora los turcos parecen decir: ¡nos toca!
rebeldes árabes en Ras Al Aym
en cambio, este rebelde habla kurdo
Estos combatientes se saludan tras la gran batalla por Ras Al Aym


De hecho, aseguran ciertos medios que los militares turcos trasladan combatientes árabes a lo largo de la frontera para que ataquen puestos claves del ejército de Al Assad al tiempo que destruyen las posiciones de los kurdos del norte de Siria: Ankara quiere evitar a toda costa que la desintegración de su vecino del sur conlleve una independencia de facto de los kurdos y la región pueda convertirse en un nuevo bastión del PKK, el Partido de los Trabajadores, considerado por Turquía (y por la UE, y hasta por los EE.U) una organización terrorista de la que puedes encontrar más información aquí. Bastante tienen ya, parecen pensar, con el norte de Iraq, también zona kurda y con una libertad muy amplia tras la caída de Sadam Hussein, otro bastión del PKK donde se esconden sus guerrilleros y donde los aviones turcos sueltan bombas casi que todas las semanas. Algo hay, mira aquí. Los árabes que han expulsado a los militares de Al Assad ahora luchan contra los pobladores originales de la zona, que se han organizado alrededor del PYD, el Partido de la Unión y de Democracia. Aquí puedes ver que los enfrentamientos ya tienen cierta repercusión internacional: kurdos contra rebeldes árabes.


Por fin un agujerito por el que puedo colarme

El caso es que el soldado charla en kurmanji con el rebelde a través de la alambrada de espinos mientras nosotros, pobres refugiados, esperamos al sol que nos atienda. De pronto parece caer otra vez en la cuenta de que estamos ahí, esperando su piadosa mirada. Abran las maletas, nos dice, y comienza el lento escrutinio de las pertenencias. Un señor con una kefia roja que carga una pesada maleta con ruedas saca sus cosas, tiene decenas de calzoncillos, qué digo decenas, se me antojan cientos, tal vez sea un comercial, pienso en plena insolación, puede que tuviera una tienda en Ras Al Ayn, pero espera, entre los calzoncillos lleva un álbum de fotos, el soldado lo abre curioso, todos asomamos las cabezas para descubrir que se trata de un álbum de bodas, el tipo de la kefia roja tiene varios años menos, se le ve alegre bailando con una señora que presumo será su señora, la de él, bailan bajo la atenta mirada de una multitud en un gran salón, tal vez sea Ras Al Ayn pero puede que no, no lo sabré nunca porque ahora le toca el turno a las camisas, que pasan por las manos del soldado sin que se abra ninguna, en uno de esos absurdos milagros que a nada conducen. Con la alambrada a mi espalda, y los rebeldes a pocos metros mirándome curiosos, sólo puedo pensar en qué bonita iba la novia. Al suelo caen más calzoncillos, una bata horterísima, de otra bolsa un señor saca una bolsa con cientos de papelitos que parecen confeti, todo el grupo tiene el ceño fruncido aunque les alegra verme ahí, parece que sienten que el refugiado no siempre tiene que ser árabe o negro o de ojos rasgados, que un tipo occidental también puede serlo, aunque sea por un ratito. 

Un refugiado me hace una foto porque no termina de creerse que un español vaya con ellos y el soldado turco está ya hasta la coronilla de todos nosotros

Tal vez por eso uno saca el móvil y me hace una foto y pienso que en algún hogar de un refugiado sirio habrá un teléfono en el que se enseñen unos a otros mi imagen polvorienta pegado a una alambrada unido a un grupo de refugiados que huyen de Siria. A nuestras espaldas, un depósito de grano y trincheras con soldados que apuntan no se sabe a qué. Los rebeldes de la alambrada se acercan aún más, uno de ellos es un calco de Dani Alves, el futbolista del Barcelona, bromean a mi costa y no parecen llevarse del todo mal con el militar turco. Se preguntan cosas, charlan sin la acritud que el turco me demuestra a mí, que me ha requisado el pasaporte por listillo y por ir colándome por donde no debo. Cuando por fin los refugiados se han largado y la fotocopia de Dani Alves se marcha con su amigo y su ametralladora a otra parte, el soldado me recuerda que estoy retenido, que tiene mi pasaporte y que me llevará ante el oficial que ejerce de superior en la zona. 

Estos refugiados sirios vuelven desde Turquía a Ras Al Aym porque la creen segura

No soy, pues, uno de esos 450.000 refugiados sirios que han salido del país desde que comenzó la guerra, prácticamente la mitad de esa cifra sólo desde septiembre. Un ejemplo: Turquía ha recibido a unos 125.000 refugiados con pinta de tales, refugiados de foto en blanco y negro que cruzan la frontera con lágrimas en los ojos y una maleta llena de calzoncillos y de fotos de boda descoloridas. La realidad es que son muchos más, y puede usted verlos en las grandes ciudades del sur de Turquía: llegan a Gaziantep, a Hatay, o incluso más allá, conduciendo sus poderosos cuatro por cuatro, familias enteras cargadas de maletas de calidad en cómodos vehículos y que luego descansarán en hoteles de, al menos, tres estrellas mientras deciden maniobrar y esperar a ver qué ocurrirá en su país. El soldado debe tener miedo de que los soldados de Al Assad les cuelen calzoncillos que no son suyos, o que los carguitos de Al Assad huyan de los rebeldes haciéndose pasar por tristes comerciantes de papelillos. Pero me temo que estos pasaron ya las fronteras sin dejar constancia en las listas de ACNUR. La frontera luce, mientras tanto, jalonada de campos de refugiados, campos como el de Kilis, de casa prefabricadas, o como los de Ceylanpinar, Osmaniye o Islahiye, este último en el limbo de la fama después de que lo visitara Angelina Jolie

Este es el puesto fronterizo que separa Siria de Turquía y que ahora está en manos rebeldes

Lejos de parecer Angelina Jolie, recorro los doscientos metros que nos separan del puesto de control. Los soldados turcos se arremolinan para mirarme, me hablan en turco, soy una novedad absurda, un disparate proveniente del lado equivocado, me señalan unas instalaciones en el lado turco, hay prensa extranjera, debidamente acreditada, todos con chalecos antibalas azules y uniformados, esperando una señal para acudir en comandita a donde el mando turco les indique. Yo me he saltado el protocolo, les he punteado y ahora el oficial me habla de un modo duro pero en turco, que suena como más duro y, al tiempo, me provoca una feroz indiferencia. El oficial me pide la cámara: como castigo, parece decirme, te borraré las fotos que has hecho en Siria. Le pongo cara de póker, cara de me da igual todo, cara de que mi drama no llega ni a chiste en comparación con los miles de refugiados que abandonan Ras Al Aym con la inquietud de saber si quedará algo de sus hogares cuando vuelvan. Y mientras yo recibo mi rapapolvo los refugiados siguen llegando: unos vienen de Siria cabizbajos, otros salen de las calles de Ceylanpinar y se dejan animadamente Turquía pensando que ya ha pasado todo. Por fin el oficial me borra las fotos: puede usted irse, dice serio, un soldado me acompaña a la puerta, no vaya a darme por echar alguna foto más. Afortunadamente, y aunque no son nada del otro mundo, las fotos podían recuperarse...

Cansancio y lágrimas tras la batalla por Ras Al Aym (y eso que después de esta, vinieron muchas otras)


 © José Luis Sánchez Hachero
sanchezhachero@hotmail.com














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