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miércoles, 21 de octubre de 2015

Viaje a Irak: las tres sillas de Ziad, el policía de Qaraqosh


A las puertas de un contenedor, frente a una fila de ropa goteante que tardará en secarse porque las corrientes de aire son frías y malsanas, me observan tres sillas. Yo también las observo. ¿Quién las ha pintado? ¿Y por qué? ¿Y qué significan esos dibujos? 'Son las sillas de la familia de Ziad, el policía', comenta un abuelo que deambula errático y meditabundo. 'Lo pone ahí: ¿ve? Po-li-cía', dice con cierta guasa el abuelo. Pues es cierto: po-lic. Y a mi lado un gigantón lo confirma: 'son mis sillas'.

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Ziad Khalid es un gigantón con una sonrisa tan triste como su mirada. Tras su bigote unos ojos inquietos no pierden detalle de su alrededor y me miran con mirada triste. A su lado está su esposa, Afaf Nafa, con una mirada no menos triste y con unos ojos también acuosos. 'Soy oficial de la policía', me dice Ziad mientras toma entre sus brazos con una llamativa delicadeza a su sobrino, 'y le voy a contar qué me ocurrió'. Su mujer no puede más y se va con un deje dramático a su improvisado hogar, un contenedor situado en el interior de un edificio a medio construir en Ankawa, al norte de Erbil, en el Kurdistán iraquí. 'Hacíamos guardia en un control de carretera a las afueras de Qaraqosh junto a los peshmergas cuando nos avisaron de que venían los del Da'esh (el Estado Islámico)'. Serían las dos y media de la madrugada cuando los kurdos recibieron una llamada de teléfono: abandonen el lugar. 'Ni siquiera pidieron apoyo en forma de fuego aéreo o algo así: a las tres de la mañana los yihadistas habían conquistado el check point...'.

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A su espalda las sillas tienen un toque exótico, son sillas de comedor, de salón de casa, de estancia familiar, dan sensación de formalidad, de noche especial, de visita de primos lejanos. Pero están sucias y pintarrejeadas en árabe. En un contexto desabrido y deprimente, con abuelos que se acuclillan en las esquinas para rumiar su pena, el suelo de cemento sin pulir, mujeres que cargan bidones de agua y niños que se aburren siempre en medio de corrientes asesinas, las sillas parecen una presencia de otro mundo. 'Es lo único que salvamos', dice furibunda Afaf, que vuelve del interior del contenedor. 'Nos morimos', dice con lágrimas en los ojos, 'mi marido necesita medicinas especiales porque está muy enfermo y aquí no hay nada, mi hijo tiene asma y aquí no hay ni inhaladores y la humedad y el frío son asesinos, nos morimos y no le importa a nadie', vuelve a gritar enfadada y se va. Ziad nos mira con mirada triste y se excusa: 'discúlpela, éramos clase media, teníamos una vida muy normal y nunca hemos pasado por nada parecido, es difícil de explicar lo que se siente, la impotencia, el miedo, estamos hundidos, no tenemos ni pasaportes...' En la planta superior un abuelo barre el suelo mientras nos observa triste él también. El edificio a medio construir y repleto de refugiados cristianos que han huido del Daesh es una esponja que absorbe tristeza.

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'Los de ISIS tiraban desde lejos y una bomba cayó en un edificio cercano a nuestra posición y mató a una mujer y tres niños así que sin el apoyo kurdo y con el aliento de los yihadistas tan cerca, abandonamos la posición nosotros también...' A partir de ahí, la historia de siempre: precipitada recogida de bienes, maletas a toda prisa, llena el coche, las llaves, los niños, dónde has puesto el dinero, demasiado tarde y arranca porque los yihadistas ya están acercándose. ¿Quién en su sano juicio se lleva unas sillas? Formaban parte del todo, claro, las sillas, la mesita, la ropa sin doblar, aquel cuadro que no quiero dejar atrás. De Qaraqosh a Duhok, de Duhok a Erbil. Dos huidas por los pelos en apenas un mes. Y de todo, tan sólo las sillas siguen ahí, observando cómo las observo mientras Ziad derrama unas lágrimas que lucen extrañas en un hombretón de su porte.


jueves, 21 de mayo de 2015

Viaje a Irak: Ankawa Mall es un centro comercial y un hogar para los refugiados cristianos


En el lujoso centro comercial de Ainkawa los escaparates de cara ropa brillan por su ausencia y en su lugar cuelgan coladas de harapos que gotean en el suelo sin pulir. En la planta de complementos se suceden los puestos que venden cigarrillos sueltos, chicles, palomitas y chucherías, las galerías comerciales son negros túneles donde se intuyen sombras y cacharros tirados por los suelos. Los gritos de los niños sustituyen la música ambiental y aquella famosa cadena internacional de estética y belleza encuentra dignos sustitutos en los peluqueros locales de Nínive, que aprovechan cualquier rendija en el hormigón para rasurar las barbas de sus clientes. Las grandes firmas de moda, de electrónica y de alimentos no tienen sitio, no tienen hueco, no tienen motivos para reclamar los huecos que les usurparon cuando ni siquiera tenían la intención de instalarse aquí.

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A las puertas del Mall no hay guardias de seguridad, ni arcos detectores de metales, ni siquiera esos molestos aparatos que pitan cuando el dependiente olvida retirar la alarma. En su lugar una abuela estira las piernas sentada en una silla rota mientras una larga cola de desesperados llena garrafas de alguno de los tres grifos de agua potable que abastecen el enorme edificio. Ainkawa Mall es un lugar desabrido, a medio hacer, pero vivo a más no poder, repleto de niños que saltan, de sombras que deambulan por las tinieblas, de mujeres que cargan botellas de agua, un lugar recorrido por peligrosas corrientes de aire que trasladan neumonías en potencia, de galerías en eterna penumbra en las que brillan haces de luz, rayos de linternas, incluso con el deslumbrante sol del mediodía, ojos que te observan, puertas que ocultan dramas impensables.

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'Cuando entraron en Mosul agarré a mi familia y nos fuimos corriendo a Qaraqosh pero el Da'esh (Estado Islámico) llegó también a Qaraqosh y entonces nos vinimos corriendo a Erbil'. Leila Lias me recibe en zapatillas a las puertas de su nuevo hogar, un contenedor en el interior del centro comercial a medio terminar, 'de tanto correr, lo he perdido todo: sólo me queda este anillo' me cuenta enseñando el dedo anular. Al principio, relata, dormían en los jardines de Ainkawa, este pueblo cristiano situado al norte de Erbil, la capital del Kurdistán, 'pero el invierno ya amenazaba y nos trasladaron al edificio'.

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De los doscientos mil cristianos asirios que evacuaron la región de Nínive cuando el Estado Islámico entró a sangre y fuego en el norte de Irak, setenta mil terminaron en esta ciudad. El Ainkawa Mall debía completar el esplendoroso panorama comercial de la población, un próspero enclave cristiano al norte del Kurdistán iraquí, una región que funciona de hecho como un país independiente. La estructura del Mall ya estaba levantada, los garajes terminados, las escaleras mecánicas colocadas, el dueño podía imaginar las tiendas rebosantes de cara mercadería occidental y oriental, al estilo de las decenas de grandes centros comerciales que salpican Erbil y que pretenden emular los grandes emiratos del golfo. Porque, no en vano, el Kurdistán iraquí posee enormes reservas de petróleo, estrenan una sobrada independencia de facto respecto a Bagdad y funcionan como un estado propio que imita a las ricas monarquías del golfo pérsico y que pretende atraer a sus magnates como turistas. Pero entonces ocurrió el desastre, el éxodo de hermanos en la fe, cristianos que huían a tierra de cristianos en un país mayoritariamente musulmán. Buscaban la iglesia de St Joseph pero también el calor de los cristianos. Al principio ocuparon jardines y calles, se hicieron hueco en el patio de la iglesia, en los bordillos, en las aceras. Pero el tiempo transcurría y lo que parecía una huida temporal terminó por imponerse como huida a medio plazo.

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El dueño del Mall aún en construcción les ofreció el techo de su edificio, 'aunque después de dos meses creo que Naciones Unidas comenzó a pagarle un pequeño alquiler por las molestias', me comenta Osman, un rollizo vecino de Qaraqosh. Hoy rondan las mil seiscientas personas, han levantado tenderetes donde venden chucherías, hay peluquerías improvisadas, colas ante los baños prefabricados, los niños corren en bandadas. Donde deberían abrirse comercios lujosos se ocultan contenedores en los que se hacinan familias numerosas bajo cúmulos de mantas, cacharros de cocina, zapatos y bolsas de comida, todo proveniente de donaciones. 'No tengo ropa de invierno', se me queja una señora, 'los baños siempre están llenos', protesta otra, '¿cuánto tiempo más debemos estar aquí?', me inquiere una última. No tengo respuesta para ninguna y casi que tampoco tengo más preguntas porque cada uno de ellos es un torrente de historias espeluznantes. A las puertas del centro comercial, o del peculiar campo de refugiados, se me presentan Carlos Alberto y Joseph, dos simpáticos franceses de SOS Cristianos de Oriente, la única ONG privada que presta ayuda a este colectivo. 'Andamos por la región desde semana santa', me dice Joseph en un simpático castellano, 'y nos vamos relevando cada dos o tres semanas porque las historias que cuentan nos acaban pasando factura...'

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Maha Yusif Ayub también huyó de Mosul. 'No tengo ropa de invierno', me repite, 'y llevamos esto muy mal y le diré por qué: somos gente educada, acostumbrada a tener trabajo, dinero, ropa, y ahora aquí no tenemos nada y no sabemos cómo reaccionar porque nunca nos hemos visto así antes y encima no podemos ni demostrar quiénes somos porque no tenemos los pasaportes encima'. Hekemat Al Habish huyó de Qaraqosh y le tiemblan los labios cuando visualiza su drama: 'he perdido a mis cinco hijos', asegura, 'tres hijas y dos muchachos', con la mirada perdida recuerda la huida, 'escuchamos altavoces en los que los yihadistas nos decían que abandonáramos el lugar o que al llegar nos matarían a todos', y mientras habla veo que en sus ojos no me reflejo yo: se reflejan sus cinco hijos perdidos, el miedo a perderlos, el pánico a saberlos en manos de los sanguinarios barbudos, el horror.

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Imagino ahí una tienda de Zara con grandes escaparates mostrando ropa pero no hay más que un abuelo con un rosario y la mirada ausente. En las galerías secundarias la oscuridad es total y tan sólo los haces de luz de las linternas de las mujeres que cuidan sus cosas rompen una negritud absoluta. En el edificio no hay electricidad y al caer la noche los escalofríos dominan los contenedores y los padres se estrujan a sus hijos para darles calor. Un señor me pide ayuda: 'mi hijo recibió un golpe en la cabeza y ahora no recuerda nada, necesita ayuda', me dice mientras me enseña a su pequeño, de ocho años, que tiene un chichón ya cicatrizado y la mirada ausente, un niño extraño que aguarda paciente sentado en una caja que alguien se digne a comprarle una bolsa de patatas.

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Ziad Khalid es un cristiano grandote y de rapado militar. 'Hacíamos guardia junto a los peshmergas en un control de carretera cuando nos atacó el Da'esh', recuerda, 'y se entabló entonces una lucha endiablada hasta las dos de la mañana, cuando el gobierno del Kurdistán nos ordenó retirarnos: en treinta minutos ISIS ocupó nuestra posición y nosotros huimos...' Ziad recuerda que los primeros disparos vinieron desde lejos y que uno cayó sobre una casa y mató a una mujer y tres niños. 'Huimos entonces a Mosul pero fue por poco tiempo porque Da'esh llegó también allí y entonces nos fuimos a Durhok, pero resultó que también amenazaban la región y terminamos en Erbil porque la zona parece más segura'. Durante tres meses durmieron en una tienda de campaña en un jardín pero con la llegada de los primeros fríos los trasladaron al Mall. 'Echo de menos la tienda', dice, 'porque este edificio es insano y tantas corrientes propician las enfermedades pero con el invierno no podemos dormir al aire libre'. Su mujer sale del contenedor y llora sin lágrimas. 'Por favor', suplica, 'ayúdenos'. Mi amigo Wael, que hace las veces de traductor, no puede más y llora, sin lágrimas también. Cómo no llorar. Aunque sea sin lágrimas.

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domingo, 10 de mayo de 2015

Viaje a Irak: refugiados en la iglesia de St Joseph


'Durante las primeras semanas de la ocupación de Kirkuk los yihadistas no nos hicieron daño, no destruyeron nada ni mataron a nadie pero luego llegaron sus refuerzos y esos sí eran árabes y esos sí se esforzaron en destruirlo todo...'. La destrucción no es sólo física, me asegura Adel. 'Salimos tan rápidamente como pudimos y entonces se hicieron con nuestras casas y con nuestras vidas: entran en nuestros ordenadores y en nuestros programas porque las contraseñas permanecen, hace skype con nuestros parientes en Europa, a algunos los intentan engañar para que viajen a Irak, a otros les dicen que los van a matar, mandan emails con nuestras direcciones, también se hacen pasar por nosotros en el Facebook...'

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Mi interlocutor es un hombre grueso, entrado en años, un cristiano de Kirkuk. 'Mi nombre no tiene importancia y no quiero que usted me haga fotos', comienza el hombre su alocución, 'pero lo que le voy a decir es muy grave'. Lo miro a los ojos, su esposa se acerca pero prudentemente queda en la distancia. 'Nos fuimos de Kirkuk porque los vimos llegar (al Estado Islámico), nadie nos avisó de la que nos se venía encima y Kirkuk no es una ciudad pequeña, tiene casi setecientos mil habitantes...' El hombre, al que llamaré Adel, asegura que 'el ejército abandonó la zona sin luchar' y que los islamistas se hicieron con el arsenal abandonado por los militares. 'Ahora tienen humvees norteamericanos, todo tipo de fusiles, metralletas, morteros y pistolas, y le diré algo más', pone cara de tensión, 'los primeros en llegar no eran más de doscientos hombres y tenían caras europeas, los primeros combatientes en entrar en la ciudad no eran árabes...'. Mi traductor me indica que mire a mi alrededor y veré ojos intensamente azules, como los de Mariem, otra refugiada que aguarda para contarme su historia, que también abundan los ojos verdes, que hay rubios y pelirrojos y que el habitante de la zona no tiene por qué ser siempre moreno. 'Le aseguro que no eran de aquí', protesta Adel, 'nunca vi que los iraquíes tuvieran esas caras ni ese material de guerra, nuestras armas son distintas, más limitadas...'.

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Meriem se aferra a sus sobrinos mientras lamenta la pérdida de una pequeña de tres años capturada por los yihadistas del Estado Islámico

'Salimos corriendo de Qaraqosh, con lo puesto, pero dejamos atrás a una niña, mi sobrina, sólo tiene tres años'. Meriem fija sus hipnóticos ojos azules en la pupila del interlocutor y parece capaz de lanzar la imagen de la penosa huida, las pertenencias en el armario, la comida humeando aún en la cocina, 'el padre de la pequeña, que es mi hermano, enloqueció cuando intentó recuperarla porque los de la bandera negra ya se la habían llevado a Siria y ahora está enfermo de depresión...'. Meriem abraza a su hija, a sus sobrinos, como si conjurara el regreso de los locos de las largas barbas, pero de pronto sonríe y ríe abiertamente y trato de imaginar si yo podría sonreír en su situación: sin nada, refugiada en el jardín de una iglesia porque unos locos yihadistas te lo han arrebatado todo. 'Venden a las mujeres', pone gesto de asco, 'no sé qué más decirle porque ellos quisieron que nos convirtiéramos al Islam o les pagáramos un multa y decidimos huir antes de que se les ocurriera algo más...' Mariem recuerda que en su barrio quedaron 53 cristianos, 'pero no sabemos qué fue de ellos, sólo que los separaron por sexos y les obligaban a rezar o les golpeaban con unos palos muy largos que llevan los del Da'esh (el nombre que reciben en árabe los yihadistas)'. Una señora que observa atenta toda la escena interviene: 'mi primo también se quedó atrás...'.

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Sanem me insiste mucho: 'dígale al rey Juan Carlos que nos ayude'. Le digo que el monarca cambió, que ahora se llama Felipe, y que tampoco tengo cómo acercarme para decirle que los cristianos de Irak están sufriendo una horrible persecución. 'No importa', repite con guasa, 'usted busque el modo y dígaselo...'. Tumbado sobre una colchoneta, Sanem Yusuf Al Martesi recuerda los diez años que trabajó como policía en Qaraqosh, la mayor ciudad cristiana del país, y cómo tuvo que salir corriendo cuando los yihadistas del Estado Islámico envolvieron la localidad y pusieron en fuga a toda la población. 'Hace años éramos tres millones en el país', alude Sanem a los cristianos mientras sus compañeros asienten en la distancia, 'ahora no somos ni trescientos mil, y bajando'. Sanem sonríe al mencionar nuevamente al rey pero localiza el problema: 'somos pocos para organizarnos', comenta en relación a los suyos, 'no cogemos armas, no tenemos milicias propias, como sí tienen los kurdos y los chiítas, y ahora los sunitas con estos locos de la bandera negra, deberíamos organizarnos pero no tenemos gente'. Sin embargo, no es del todo cierto. Como bien demostró Pilar Cebrián en este reportaje, en algunas poblaciones los cristianos se han organizado para hacer frente al ejército de Al Baghdadi. El recepcionista de mi hotel en Erbil, un cristiano de los alrededores de Qaraqosh, también me lo confirma, 'hay pequeños ejércitos de cristianos, aunque somos pocos'. 'Nosotros no tenemos apoyos', se queja Sanem, el policía de Qaraqosh que ahora languidece tumbado en una colchoneta bajo los soportales de la iglesia de St Joseph. 'Nos usan todos pero ni siquiera nos pagan el salario, vienen de todo el mundo para luchar por nuestro petróleo pero nosotros no tenemos ni gas para encender la calefacción: hágame un favor', dice guiñándome un ojo, dígaselo a don Juan Carlos...'

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La vida sigue en la iglesia de St Joseph, en Ainkawa, al norte de Irak: los refugiados cristianos secan la ropa al sol, sobre el enlosado de su cuidado jardín una señora reza a la virgen María, bajo los soportales languidecen los hombres fumando cigarrillo tras cigarrillo mientras los niños corretean al sol. Frente a la iglesia, un centro comercial a medio construir también alberga a varios cientos de refugiados cristianos de las llanuras de Nínive, en poder ahora de los orates del Estado Islámico. 'El obispo ha salido', me dice un vigilante, pero no importa. Cualquiera que se detiene ante mí tiene historias espeluznantes. Historias de un genocidio.

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miércoles, 29 de abril de 2015

Viaje a Irak: los últimos cristianos de Qaraqosh


Escondidos en el último contenedor al fondo de un pasillo oscuro en el interior de un centro comercial a medio construir está la familia Abdallah. Fuera luce el sol pero en el pasillo la oscuridad es casi total. Y dentro del contenedor las tinieblas son absolutas. Son los últimos cristianos de Qaraqosh, la mayor población cristiana de Irak, con casi cincuenta mil personas, una localidad cercana a Mosul y que se localiza en las llanuras de Nínive. La llegada del Estado Islámico propició un enorme éxodo y ahora la mayoría de sus vecinos se reparten por edificios sin acabar de Erbil, la capital del Kurdistán. Los testimonios de los vecinos de Qaraqosh no dejan de provocar escalofríos y estremecimientos. Pero de pronto, una niña que me acompaña todo el rato sin abrir la boca, habla. Yo viví con el Estado Islámico durante una semana. ¿Y cómo estás viva?, le pregunto sabedor de que los disparatados asesinos del ISIS dan tres opciones: convertirse al islam, pagar fuertes multas por mantener la fe en Cristo o emigrar: al final todas se encierra en una: convertirse o morir. ¿No te convertiste? No, dice la niña en las tinieblas del pasillo. 'Y mi familia tampoco'. La familia Abdallah reside al final del corredor pero la niña se muestra reticente a enseñarla. 'Están enfermos', dice. Aún así nos acercamos a verlos.

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Por el camino tropezamos con trastos tirados por el suelo, se abren puertas de la que salen mujeres con linternas, parece mentira que fuera luzca el sol. Una mujer se acerca a pedirme ayuda: huyó de Qaraqosh pero su marido quedó atrás y no ha vuelto a verlo: se llama Ibrahim: ¿puede usted ayudarme?. Por fin llegamos al último contenedor. No es fácil encontrar a alguien que haya convivido con el Estado Islámico una semana sin renunciar a su fe y sin que hayan perdido la vida. La familia Abdallah yace en la más absoluta oscuridad, duermen juntos y revueltos. El olor a humanidad es evidente pero la amabilidad de la familia es mucho mayor: el cabeza de familia se levanta de un salto para preparar un té. Agradezco el gesto pero les dejo que sigan durmiendo. Se trata de una familia con problemas mentales, una tara colectiva y tan evidente que incluso los sanguinarios yihadistas del Estado Islámico no se atrevieron a ejecutar su amenaza. ¿Para qué convertirlos? ¿Para qué matarlos? ¿Para qué, supongo que se preguntarían aquellos orates, si no se van ni a enterar de su propia muerte? Al cabo de unos días, la familia Abdallah, sin referentes, sin amigos, sin vecinos conocidos y rodeados de psicópatas, decidió huir al este, a la región segura del Kurdistán iraquí, cargando con lo que pudieron llevar y sin más cuidado médico que el que ellos sepan proporcionarse. ¿Cuántos duermen aquí? Siete, dice la niña que huye de las fotos escondiéndose en las tinieblas.

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Y ahí yacen, con la mirada perdida, amontonados en un contenedor oscuro al final de un pasillo tenebroso en un centro comercial a medio construir al norte de la ciudad de Erbil. El señor Abdallah me sonríe amable y vuelve a su amasijo de mantas. La última familia cristiana en abandonar Qaraqosh tiene una lucha contra sus propios monstruos demasiado grande como para recordar cómo es eso de convivir con el Estado Islámico. La luz se apaga y la familia Abdallah retoma el sueño.

jueves, 23 de abril de 2015

Viaje a Irak: una abuela tumbada en una cuneta


Tumbada en una cuneta, recostada de modo incómodo sobre un sucio cojín, una abuela reposa. Parece enferma, quién sabe si duerme, se escucha un murmullo. Su rostro está contraído, no sé si sufre, tal vez sea una demente porque, ¿quién en su sano juicio se tumba en una cuneta así? Pero el murmullo no sale de entre sus labios, su boca está cerrada, pienso que el gesto de dolor parece encontrar placidez gracias al sonido. En sus manos algo que parece un transistor. Un transistor de abuela, de las de siempre, un transistor como el que tenía mi propia abuela. El murmullo sale de ahí. Es una voz monótona, una voz que no encuentra el momento de hacer inflexiones. La voz se hace audible pero y0 no entiendo lo que dice. La abuela parece enferma, parece triste, parece abandonada, y da pena verla ahí tirada, en una cuneta de una carretera del pueblo de Ainkawa, al norte de Erbil, en el Kurdistán iraquí.

'Es siríaco', me traduce mi amigo Wael, 'el idioma de los cristianos'. El siríaco es la lengua de los cristianos de Iraq, del sureste de Turquía y del noreste de Siria. Apenas medio millón de personas hablan un idioma de tres mil años de antigüedad. La lengua de Cristo, dicen todos por aquí con rotundo orgullo. 'Está escuchando la Biblia', continúa Aiwal, 'la abuela está escuchando la Biblia'. Antes de la guerra de 2003, que costó el país y la vida a Sadam Hussein, en Iraq vivía un millón y medio de cristianos. Hoy ya no superan los cuatrocientos mil, aunque quien dice que son menos de la mitad: doscientos mil. Desde 2003 han destruido sesenta iglesias y asesinado a más de siete mil en un flagrante caso de limpieza étnica, o más bien de genocidio, que no es sino un nuevo episodio en un proceso que comenzó décadas atrás y que ha despoblado el país de cristianos (y de judíos). La abuela encuentra consuelo a su éxodo escuchando la Biblia en un idioma que es arameo y que, dicen, usaba Cristo. Dormita escuchando versículos, ha comido patatas y ha bebido un zumo de naranja que le ha dado una organización humanitaria francesa en el interior del centro comercial que hace ahora las veces de centro de refugiados en Ainkawa y que se levanta justo enfrente. Probablemente viva ahí. Con otros cientos de cristianos que se hacinan en un edificio en obras, a medio construir, con otros miles de cristianos que se reparten por toda la ciudad, con otras decenas de miles que deambulan por el norte de Irak esperando que el Estado Islámico se repliegue y les devuelva sus casas.

El Señor es mi pastor, sentencia el transistor, con Él nada me falta...

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