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domingo, 9 de agosto de 2015

Viaje a Irak: Kovan, el boxeador sin ring


Kovan Yalmaz tenía un sueño: convertirse en campeón del mundo de boxeo. Y como se le daba bien eso de liarse a puñetazos entró en un gimnasio, y luego en un equipo, y más tarde lo vio un ojeador, y su carrera fue ascendiendo hasta convertirse en miembro del equipo nacional de Boxeo de Irak. Y Kovan comenzó una carrera fulgurante en el fabuloso mundo del boxeo. Viajaba por todo el país para ofrecer exhibiciones, competir en los torneos nacionales, estaba a punto de dar el salto al extranjero para mostrar al mundo que en Irak la violencia puede tener reglas, que las tortas no tienen por qué salir del ring, que dos púgiles pueden tomar un té después del combate. 'Yo era muy bueno, sabe usted', me dice Kovan con aire ausente, 'era una promesa y los entrenadores me animaban porque veían muchas cualidades en mis aptitudes'. Kovan superó todos los retos que se le presentaron pero el destino es juguetón. Un mal día escuchó que unos tipos venían a su ciudad con malas ideas. Su ciudad es Mosul. 'Sólo tengo mis puños como arma', me cuenta Kovan, 'y no bastan para luchar contra los yihadistas del Da'esh'. Los barbudos del Estado Islámico tomaron Mosul y una gran parte de sus vecinos huyó con lo puesto. Entre ellos, Kovan.

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En la mejilla de Kovan reluce una cicatriz. 'Un golpe que no tiene nada que ver con el boxeo', dice con vergüenza. Sus aptitudes en el ring no valen de nada ante los majaras que cortan cabezas por diversión. 'Ya no puedo entrenar', se lamenta en el campo de Horsham, al norte de Erbil, la capital del autoproclamado estado independiente del Kurdistán iraquí. 'Además', sentencia con un gesto serio, 'ya estoy mayor para volver: tengo veinte años, he perdido mi oportunidad'. Kovan se despide con gesto adusto, deprimido. Tras de sí, un mar de tiendas de campaña con lonas de Acnur. Por delante, la titánica tarea de acarrear agua para las necesidades más básicas. En la memoria los recuerdos de cuando Kovan brincaba en el ring y soñaba con ser el campeón del mundo de boxeo...

jueves, 23 de julio de 2015

Viaje a Irak: el wifi de Emat y su amigo el bombero


Emat vive en una tienda de campaña del campo de refugiados de Horsham, al norte de Irak, una tienda tapizada de alfombras y sin apenas más mobiliario que un colchón y un par de maletas recogidas en un rincón. Pero Emat tiene un portátil, un router por satélite y un smartphone. 'Hay que estar informado de todo', sonríe pícaro, 'y así aprovecho para buscar trabajo porque nunca se sabe...'. Emat abandonó Mosul cuando se hizo evidente que los yihadistas del Estado Islámico, 'dígales mejor Da'esh' (algo para ser pisado, en árabe), se habían instalado con intención de quedarse mucho tiempo. 'Discuto con ellos', me dice, 'por internet, discuto con ellos por internet', y entiendo entonces que Emat los reta por chats y se tiran los trastos a la cabeza. A su lado está su íntimo amigo, un amigo sin nombre y sin rostro, aunque sí tiene profesión: es bombero. 'He sido bombero durante veintitrés años', me dice, 'he ayudado a mucha gente, a musulmanes, a cristianos, a yazidíes, pero ahora todo eso no vale de nada, y además no puedo ayudar a los que se quedaron', se lamenta, 'pero no quiero decirle mi nombre ni que me haga una foto porque le tengo tanto miedo a Facebook o twitter como a los de Da'esh: ellos ven internet, pueden localizarte e ir a por ti, están siempre pendientes y yo les tengo mucho miedo'. Amet no parece temerles y se conecta a internet con su inmaculado router blanco, que contrasta con el pedregal en el que se levanta el campamento. 'Si los encuentro...'

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Emat tiene motivos para odiarlos: los yihadistas del Da'esh le han trocado una vida cómoda por una miserable existencia. 'En Mosul yo era funcionario del estado iraquí, tenía una casa grande, de doscientos cincuenta metros cuadrados, con un gran salón, jardín, un buen coche, buenos muebles', recuerda nostálgico, 'pero cuando el Da'esh se aproximó a Mosul el ejército recibió la orden de abandonar la ciudad y cuatro horas antes de que entraran los yihadistas ya no había ni un solo soldado'. Los barbudos, recuerda el anónimo bombero, pronto se multiplicaron y comenzaron a imponer sus normas. 'Las mujeres no son nada, los cigarrillos están prohibidos y si te cogen fumando te arriesgas a una paliza, la música no está permitida, las cinco oraciones del día son obligatorias y si te pillan por la calle te arriesgas a una paliza, o a algo peor, e imagine usted una gran ciudad que tenga que cerrar comercios y oficinas cinco veces al día...', 'son como los talibanes', le interrumpe Emat, 'sólo cambia el nombre...'. Emat y su amigo el bombero son árabes sunitas y a pesar de la escasez de agua pronto aparecen teteras con té hirviendo. 'Cuando nos levantamos aquel día los vimos ya patrullando por las calles y esperamos una semana a ver si cambiaba la situación pero todo seguía igual'. Entonces huyeron de la ciudad: 'al principio pensamos que la huida sería temporal porque Mosul es una gran ciudad y uno no puede imaginarse que el ejército permitirá ese escarnio mucho tiempo', pero el tiempo pasa y comienzan a perder la esperanza. 'El problema', dice Emat, es que el Kurdistán iraquí es seguro y todos queremos venir aquí: si dejaran las puertas abiertas vendría todo Irak'. Como ellos. 'Pasé cinco días durmiendo en el suelo ante un check point de los peshmergas kurdos porque no querían que entráramos: al final se apiadaron y nos dejaron pasar'. El bombero se indigna. 'Yo ganaba 1300 dólares, tenía una buena posición, y mi trabajo era ayudar, pero vestido de uniforme y considerándome agente... me dio miedo de que me ejecutaran y yo también huí...' Le pregunto a Emat por su casa. 'Ahora viven yihadistas dentro, me lo han dicho algunos vecinos que siguen en la zona...'

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Emat se conecta a internet. 'Los soldados iraquíes se cagan cuando ven a los barbudos', dice sonriente, 'los norteamericanos siempre han jugado con los árabes, no podemos confiar en ellos, pero al menos tienen un ejército potente y pueden hacer algo: pero de los iraquíes, permítame reírme...' El ejército norteamericano es su última esperanza, una esperanza en la que no confían demasiado. 'Si hubieran hecho algo cuando esos barbudos eran pocos', comenta, 'esto no habría crecido tanto pero ahora son miles...' El anónimo bombero ni se acerca al laptop, no vaya a captar su imagen la cámara. 'Me da miedo todo', admite, 'los cristianos al menos tienen familia fuera del país y la esperanza de reunirse alguna vez con ellos, pero nosotros... nosotros no tenemos a nadie'. 'Sí tenemos', le dice Emat. 'Nos queda internet...'

miércoles, 29 de abril de 2015

Viaje a Irak: los últimos cristianos de Qaraqosh


Escondidos en el último contenedor al fondo de un pasillo oscuro en el interior de un centro comercial a medio construir está la familia Abdallah. Fuera luce el sol pero en el pasillo la oscuridad es casi total. Y dentro del contenedor las tinieblas son absolutas. Son los últimos cristianos de Qaraqosh, la mayor población cristiana de Irak, con casi cincuenta mil personas, una localidad cercana a Mosul y que se localiza en las llanuras de Nínive. La llegada del Estado Islámico propició un enorme éxodo y ahora la mayoría de sus vecinos se reparten por edificios sin acabar de Erbil, la capital del Kurdistán. Los testimonios de los vecinos de Qaraqosh no dejan de provocar escalofríos y estremecimientos. Pero de pronto, una niña que me acompaña todo el rato sin abrir la boca, habla. Yo viví con el Estado Islámico durante una semana. ¿Y cómo estás viva?, le pregunto sabedor de que los disparatados asesinos del ISIS dan tres opciones: convertirse al islam, pagar fuertes multas por mantener la fe en Cristo o emigrar: al final todas se encierra en una: convertirse o morir. ¿No te convertiste? No, dice la niña en las tinieblas del pasillo. 'Y mi familia tampoco'. La familia Abdallah reside al final del corredor pero la niña se muestra reticente a enseñarla. 'Están enfermos', dice. Aún así nos acercamos a verlos.

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Por el camino tropezamos con trastos tirados por el suelo, se abren puertas de la que salen mujeres con linternas, parece mentira que fuera luzca el sol. Una mujer se acerca a pedirme ayuda: huyó de Qaraqosh pero su marido quedó atrás y no ha vuelto a verlo: se llama Ibrahim: ¿puede usted ayudarme?. Por fin llegamos al último contenedor. No es fácil encontrar a alguien que haya convivido con el Estado Islámico una semana sin renunciar a su fe y sin que hayan perdido la vida. La familia Abdallah yace en la más absoluta oscuridad, duermen juntos y revueltos. El olor a humanidad es evidente pero la amabilidad de la familia es mucho mayor: el cabeza de familia se levanta de un salto para preparar un té. Agradezco el gesto pero les dejo que sigan durmiendo. Se trata de una familia con problemas mentales, una tara colectiva y tan evidente que incluso los sanguinarios yihadistas del Estado Islámico no se atrevieron a ejecutar su amenaza. ¿Para qué convertirlos? ¿Para qué matarlos? ¿Para qué, supongo que se preguntarían aquellos orates, si no se van ni a enterar de su propia muerte? Al cabo de unos días, la familia Abdallah, sin referentes, sin amigos, sin vecinos conocidos y rodeados de psicópatas, decidió huir al este, a la región segura del Kurdistán iraquí, cargando con lo que pudieron llevar y sin más cuidado médico que el que ellos sepan proporcionarse. ¿Cuántos duermen aquí? Siete, dice la niña que huye de las fotos escondiéndose en las tinieblas.

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Y ahí yacen, con la mirada perdida, amontonados en un contenedor oscuro al final de un pasillo tenebroso en un centro comercial a medio construir al norte de la ciudad de Erbil. El señor Abdallah me sonríe amable y vuelve a su amasijo de mantas. La última familia cristiana en abandonar Qaraqosh tiene una lucha contra sus propios monstruos demasiado grande como para recordar cómo es eso de convivir con el Estado Islámico. La luz se apaga y la familia Abdallah retoma el sueño.

lunes, 20 de abril de 2015

Viaje a Irak: ejecutados por el Estado Islámico (ISIS)


Abderrahman muestra las heridas con cierta vergüenza. Las cicatrices le cubren todo el torso, suben por el pecho y se pierden por la espalda. 'Basta', dice cansado de que sus amigotes le toqueteen con cierta guasa. El Estado Islámico 'llegó a Mosul y el miedo se extendió por la ciudad', cuenta Abderrahman, 'pero al principio todo estaba tranquilo porque no eran muchos combatientes'. Pasada la primera impresión y los primeros días, 'llegaron muchos más, y esos sí eran más violentos'. Tanto que lo ejecutaron contra una pared, junto a otros muchos. 'Nos dispararon y caímos al suelo: luego me di cuenta de que yo no estaba muerto y pude escaparme cuando vi que se habían ido'. Abderrahman consiguió llegar a Erbil, apenas a una hora de Mosul, la capital del Kurdistán iraquí y zona segura amparada por la coalición internacional. Ahora languidece en el campo de Horsham, rodeado de miles de refugiados de todo el país con historias tan terribles como la suya.

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Abderrahman sonríe sin ganas, tiene rostro de galán de película en blanco y negro, no es más que un crío que estudiaba secundaria y que no ha visto otra cosa en su vida 'que guerra, nada más que guerra, no imagino un mundo sin guerra, he conocido la guerra desde que nací...'. En sus ojos aún permanece la llama de los fusiles que le descargaron una ráfaga. Bueno, tienes suerte, al menos pudiste escapar con vida, le digo, pero no es el único. Abdelaziz menea la cabeza a su lado y levanta, él también, su camiseta. Otro torso surcado por cicatrices, otro reguero que sube hasta el cuello y vuelve a perderse por la espalda. 'Me sacaron treinta y dos perdigones', dice, 'al fin y al cabo fue una suerte que me ejecutaran con una escopeta de perdigones...'.

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Abdelaziz era policía en la ciudad de Mosul y cuando supo de la llegada del Estado Islámico fue corriendo a buscar a su familia. No llegó muy lejos. Los yihadistas del Estado Islámico lo atraparon y ejecutaron. Desde el 10 de junio de 2014, fecha en la que tomaron Mosul, el ISIS, o el DAI'SH, como les conocen en árabe, ha ejecutado por docenas, tal vez por centenares, a los vecinos de la ciudad: defensores de los derechos humanos, funcionarios, médicos, militares. Y por supuesto policías como Abdelaziz. 'Vi que estaba acribillado pero no había perdido mucha sangre porque tenía incrustados los perdigones', cuenta bajo un sol aplastante, 'así que me escondí durante un día y medio, conseguí una identificación que no era la mía y llegué al centro de Mosul para que me atendieran en el hospital... Lo peor fue que al salir y buscar a mi familia, ya habían huido de la ciudad y ahora no sé dónde andan...'

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