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martes, 11 de agosto de 2015

Viaje a Irak: el horno de barro


Junto a un horno de barro una mujer se arrodilla con un cubo en sus manos. Me mira, nos mira, se sonroja y comenta: 'mientras está caliente el horno nos sirve para secar ropa'. La vida es difícil en un campo de refugiados, donde un coro de suspiros rompe la noche, donde las historias deprimentes y depresivas compiten en crueldad, donde los recuerdos se cuelan en unas mentes que apenas tienen más tiempo que para pensar en cómo llenar estómagos y evitar el frío. 'Yo vengo de Sinjar', me dice la buena señora a través de Wael, mi amigo y traductor, 'pero no quiero que me fotografíe el rostro porque los yihadistas del Da'esh pueden reconocerme y vendrán a buscarme'. El miedo de los desplazados por el Estado Islámico a que reconozcan sus caras, a que los localicen por Facebook, a que la pesadilla regrese me parece de lo más llamativo pero está muy extendido.

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'Yo soy kurda', dice, 'y llevo ya tres años sin marido desde que se mató en un accidente de tráfico porque él era militar del ejército iraquí'. La anónima mujer sin rostro saca la ropa del fondo del horno de adobe y nos la muestra: está seca. 'Ahora haré pan'. Me admira que ese montículo colocado en mitad de un polvoriento camino en medio de un campo de refugiados perdido en el norte de Irak tenga tantos usos.

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'Da'esh llegó avisando por megafonía', dice, 'y nada más entrar en Sinjar se llevaron a muchas mujeres y mataron también a muchos hombres'. La anónima panadera recuerda con cara de horror 'niños asesinados por los yihadistas, aviones sirios bombardeando los edificios que los peshmergas habían abandonado y ahora servían de cuarteles a los Da'esh (o Estado Islámico)'. ¿Aviones sirios atacando territorio iraquí? ¿Está segura?, le pregunto a la anónima panadera: 'sin duda', me dice, y recuerdo entonces que las chabaquíes que conocí poco antes aseguraban lo mismo: los aviones eran sirios. 'La mayoría de mis vecinos huyó a las montañas pero nosotros salimos antes y seguimos la dirección opuesta', una suerte que les permitió atravesar Mosul y llegar al Kurdistán iraquí, zona segura. Ahora pasa los días entre el grifo y el horno, con parada obligatoria en la tienda de lona que le proporcionó Acnur. En un barreño reposan las bolas de masa que se convertirán en el típico pan plano árabe. La ropa ya está seca. El horno suelta una bocanada de humo. La vida sigue en este sinsentido.

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domingo, 9 de agosto de 2015

Viaje a Irak: Kovan, el boxeador sin ring


Kovan Yalmaz tenía un sueño: convertirse en campeón del mundo de boxeo. Y como se le daba bien eso de liarse a puñetazos entró en un gimnasio, y luego en un equipo, y más tarde lo vio un ojeador, y su carrera fue ascendiendo hasta convertirse en miembro del equipo nacional de Boxeo de Irak. Y Kovan comenzó una carrera fulgurante en el fabuloso mundo del boxeo. Viajaba por todo el país para ofrecer exhibiciones, competir en los torneos nacionales, estaba a punto de dar el salto al extranjero para mostrar al mundo que en Irak la violencia puede tener reglas, que las tortas no tienen por qué salir del ring, que dos púgiles pueden tomar un té después del combate. 'Yo era muy bueno, sabe usted', me dice Kovan con aire ausente, 'era una promesa y los entrenadores me animaban porque veían muchas cualidades en mis aptitudes'. Kovan superó todos los retos que se le presentaron pero el destino es juguetón. Un mal día escuchó que unos tipos venían a su ciudad con malas ideas. Su ciudad es Mosul. 'Sólo tengo mis puños como arma', me cuenta Kovan, 'y no bastan para luchar contra los yihadistas del Da'esh'. Los barbudos del Estado Islámico tomaron Mosul y una gran parte de sus vecinos huyó con lo puesto. Entre ellos, Kovan.

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En la mejilla de Kovan reluce una cicatriz. 'Un golpe que no tiene nada que ver con el boxeo', dice con vergüenza. Sus aptitudes en el ring no valen de nada ante los majaras que cortan cabezas por diversión. 'Ya no puedo entrenar', se lamenta en el campo de Horsham, al norte de Erbil, la capital del autoproclamado estado independiente del Kurdistán iraquí. 'Además', sentencia con un gesto serio, 'ya estoy mayor para volver: tengo veinte años, he perdido mi oportunidad'. Kovan se despide con gesto adusto, deprimido. Tras de sí, un mar de tiendas de campaña con lonas de Acnur. Por delante, la titánica tarea de acarrear agua para las necesidades más básicas. En la memoria los recuerdos de cuando Kovan brincaba en el ring y soñaba con ser el campeón del mundo de boxeo...

jueves, 23 de julio de 2015

Viaje a Irak: el wifi de Emat y su amigo el bombero


Emat vive en una tienda de campaña del campo de refugiados de Horsham, al norte de Irak, una tienda tapizada de alfombras y sin apenas más mobiliario que un colchón y un par de maletas recogidas en un rincón. Pero Emat tiene un portátil, un router por satélite y un smartphone. 'Hay que estar informado de todo', sonríe pícaro, 'y así aprovecho para buscar trabajo porque nunca se sabe...'. Emat abandonó Mosul cuando se hizo evidente que los yihadistas del Estado Islámico, 'dígales mejor Da'esh' (algo para ser pisado, en árabe), se habían instalado con intención de quedarse mucho tiempo. 'Discuto con ellos', me dice, 'por internet, discuto con ellos por internet', y entiendo entonces que Emat los reta por chats y se tiran los trastos a la cabeza. A su lado está su íntimo amigo, un amigo sin nombre y sin rostro, aunque sí tiene profesión: es bombero. 'He sido bombero durante veintitrés años', me dice, 'he ayudado a mucha gente, a musulmanes, a cristianos, a yazidíes, pero ahora todo eso no vale de nada, y además no puedo ayudar a los que se quedaron', se lamenta, 'pero no quiero decirle mi nombre ni que me haga una foto porque le tengo tanto miedo a Facebook o twitter como a los de Da'esh: ellos ven internet, pueden localizarte e ir a por ti, están siempre pendientes y yo les tengo mucho miedo'. Amet no parece temerles y se conecta a internet con su inmaculado router blanco, que contrasta con el pedregal en el que se levanta el campamento. 'Si los encuentro...'

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Emat tiene motivos para odiarlos: los yihadistas del Da'esh le han trocado una vida cómoda por una miserable existencia. 'En Mosul yo era funcionario del estado iraquí, tenía una casa grande, de doscientos cincuenta metros cuadrados, con un gran salón, jardín, un buen coche, buenos muebles', recuerda nostálgico, 'pero cuando el Da'esh se aproximó a Mosul el ejército recibió la orden de abandonar la ciudad y cuatro horas antes de que entraran los yihadistas ya no había ni un solo soldado'. Los barbudos, recuerda el anónimo bombero, pronto se multiplicaron y comenzaron a imponer sus normas. 'Las mujeres no son nada, los cigarrillos están prohibidos y si te cogen fumando te arriesgas a una paliza, la música no está permitida, las cinco oraciones del día son obligatorias y si te pillan por la calle te arriesgas a una paliza, o a algo peor, e imagine usted una gran ciudad que tenga que cerrar comercios y oficinas cinco veces al día...', 'son como los talibanes', le interrumpe Emat, 'sólo cambia el nombre...'. Emat y su amigo el bombero son árabes sunitas y a pesar de la escasez de agua pronto aparecen teteras con té hirviendo. 'Cuando nos levantamos aquel día los vimos ya patrullando por las calles y esperamos una semana a ver si cambiaba la situación pero todo seguía igual'. Entonces huyeron de la ciudad: 'al principio pensamos que la huida sería temporal porque Mosul es una gran ciudad y uno no puede imaginarse que el ejército permitirá ese escarnio mucho tiempo', pero el tiempo pasa y comienzan a perder la esperanza. 'El problema', dice Emat, es que el Kurdistán iraquí es seguro y todos queremos venir aquí: si dejaran las puertas abiertas vendría todo Irak'. Como ellos. 'Pasé cinco días durmiendo en el suelo ante un check point de los peshmergas kurdos porque no querían que entráramos: al final se apiadaron y nos dejaron pasar'. El bombero se indigna. 'Yo ganaba 1300 dólares, tenía una buena posición, y mi trabajo era ayudar, pero vestido de uniforme y considerándome agente... me dio miedo de que me ejecutaran y yo también huí...' Le pregunto a Emat por su casa. 'Ahora viven yihadistas dentro, me lo han dicho algunos vecinos que siguen en la zona...'

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Emat se conecta a internet. 'Los soldados iraquíes se cagan cuando ven a los barbudos', dice sonriente, 'los norteamericanos siempre han jugado con los árabes, no podemos confiar en ellos, pero al menos tienen un ejército potente y pueden hacer algo: pero de los iraquíes, permítame reírme...' El ejército norteamericano es su última esperanza, una esperanza en la que no confían demasiado. 'Si hubieran hecho algo cuando esos barbudos eran pocos', comenta, 'esto no habría crecido tanto pero ahora son miles...' El anónimo bombero ni se acerca al laptop, no vaya a captar su imagen la cámara. 'Me da miedo todo', admite, 'los cristianos al menos tienen familia fuera del país y la esperanza de reunirse alguna vez con ellos, pero nosotros... nosotros no tenemos a nadie'. 'Sí tenemos', le dice Emat. 'Nos queda internet...'

jueves, 23 de abril de 2015

Viaje a Irak: una abuela tumbada en una cuneta


Tumbada en una cuneta, recostada de modo incómodo sobre un sucio cojín, una abuela reposa. Parece enferma, quién sabe si duerme, se escucha un murmullo. Su rostro está contraído, no sé si sufre, tal vez sea una demente porque, ¿quién en su sano juicio se tumba en una cuneta así? Pero el murmullo no sale de entre sus labios, su boca está cerrada, pienso que el gesto de dolor parece encontrar placidez gracias al sonido. En sus manos algo que parece un transistor. Un transistor de abuela, de las de siempre, un transistor como el que tenía mi propia abuela. El murmullo sale de ahí. Es una voz monótona, una voz que no encuentra el momento de hacer inflexiones. La voz se hace audible pero y0 no entiendo lo que dice. La abuela parece enferma, parece triste, parece abandonada, y da pena verla ahí tirada, en una cuneta de una carretera del pueblo de Ainkawa, al norte de Erbil, en el Kurdistán iraquí.

'Es siríaco', me traduce mi amigo Wael, 'el idioma de los cristianos'. El siríaco es la lengua de los cristianos de Iraq, del sureste de Turquía y del noreste de Siria. Apenas medio millón de personas hablan un idioma de tres mil años de antigüedad. La lengua de Cristo, dicen todos por aquí con rotundo orgullo. 'Está escuchando la Biblia', continúa Aiwal, 'la abuela está escuchando la Biblia'. Antes de la guerra de 2003, que costó el país y la vida a Sadam Hussein, en Iraq vivía un millón y medio de cristianos. Hoy ya no superan los cuatrocientos mil, aunque quien dice que son menos de la mitad: doscientos mil. Desde 2003 han destruido sesenta iglesias y asesinado a más de siete mil en un flagrante caso de limpieza étnica, o más bien de genocidio, que no es sino un nuevo episodio en un proceso que comenzó décadas atrás y que ha despoblado el país de cristianos (y de judíos). La abuela encuentra consuelo a su éxodo escuchando la Biblia en un idioma que es arameo y que, dicen, usaba Cristo. Dormita escuchando versículos, ha comido patatas y ha bebido un zumo de naranja que le ha dado una organización humanitaria francesa en el interior del centro comercial que hace ahora las veces de centro de refugiados en Ainkawa y que se levanta justo enfrente. Probablemente viva ahí. Con otros cientos de cristianos que se hacinan en un edificio en obras, a medio construir, con otros miles de cristianos que se reparten por toda la ciudad, con otras decenas de miles que deambulan por el norte de Irak esperando que el Estado Islámico se repliegue y les devuelva sus casas.

El Señor es mi pastor, sentencia el transistor, con Él nada me falta...

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sábado, 9 de febrero de 2013

Viaje al Líbano: Al Bass es un campo de refugiados palestinos y un yacimiento de tumbas romanas y fenicias


Las palestinas tienden la colada junto a los vestigios históricos de milenios remotos

Ningún otro lugar del Líbano acredita tan bien el paso del tiempo como el barrio de Al Bass, en Tiro: tal vez debido a que ningún otro lugar del Líbano demuestra tan rotundamente que el tiempo pasa para completar un bucle y terminar llegando al mismo sitio.

El campo de refugiados de Al-Bass desde el yacimiento arqueológico de Al-Bass

Dijo Horacio, el gran poeta latino, que ‘El tiempo saca a luz todo lo que está oculto y encubre y esconde lo que ahora brilla con el más grande esplendor’. Tal vez por eso en Al Bass brillan con tanta intensidad las piedras que en su momento parecieron grises y vulgares, tal vez por eso el drama que viven miles de familias saldrá a la luz en el futuro, cuando arqueólogos cuyos bisabuelos aún no han nacido examinen los restos todavía hoy habitados para reflexionar sobre nuestra condición: la humana.

La calzada romana y la necrópolis con sus sarcófagos frente al campo de refugiados palestinos
Porque a un lado está la playa de Al Bass y el mar, el Mediterráneo, y no cualquier Mediterráneo sino el Mare Nostrum que surcaron los fenicios para dejar sus riberas preñadas de esbozos de civilizaciones gloriosas, sus fondos sembrados de ánforas y pecios y su leyenda en construcción. Detrás de la playa está el campo de refugiados de Al Bass, con sus diez mil desarraigados palestinos sobreviviendo entre charcos y techos de uralita. Y un poco más allá el complejo arqueológico de Al Bass, con sus vestigios de la edad del Hierro, su necrópolis fenicia, las huellas latinas que culminan en el más grande hipódromo del mundo romano y, con perdón, todos sus muertos, los de todos ellos me refiero, acumulados en sarcófagos de mármol y enterramientos que afloran sólo gracias a estudiosos y expertos venidos siempre de lejos.


Porque en Al Bass se unen los dos extremos más candentes del Líbano. Por un lado, las tumbas de los fenicios, aún supurando lamentos, entremezcladas con lápidas funerarias romanas, un arco del triunfo, sarcófagos abiertos y huesos desparramados. Y luego los palestinos, encerrados en su guetto, sus precarias viviendas, construidas hace muchos años, cuando no intuían que serían permanentes sino que las pensaban transitorias, levantadas sobre un solar que, es de suponer, guarda tesoros similares al solar vecino, literalmente sembrado, como dije, de sarcófagos, empedrados y huesos. Bajo los pies de los enemigos de Sión duermen aún más restos, del Bronce Tardío, de la Edad del Hierro, quién sabe de qué otro metal, y sobre los muros de piedra ancestral ondean tristonas las banderas palestinas.


Al Bass es un barrio que responde a lo que suena: al bus, y por un solo motivo: justo a las afueras se encuentra la rotonda más loca de la ciudad, donde paran los buses, la parada de autobuses más importante de Tiro. Así que la parada, la rotonda, el barrio, la playa y hasta la necrópolis de los pobres fenicios se llama así: Al Bass. El área es muy grande, claro, y por eso resulta imposible ver a una refugiada palestina esperar el autobús sentada sobre una tumba romana. El yacimiento fenicio se encuentra en la esquina sudeste del campamento y, previsiblemente, se extiende bajo sus cimientos. Un conjunto, el fenicio, que no apareció hasta 1997, cuando muchos palestinos habían perdido ya la esperanza de regresar a su legendario hogar y cuando muchos de los refugiados blanqueaban ya sus huesos en enterramientos vecinos a los de sus antepasados de muchos milenios atrás. Y aparecieron en una época crucial para el Líbano, cuando la guerra civil se desinflaba y las excavaciones ilegales proliferaban por doquier por una razón de peso: miles de hambrientos se paseaban ceñudos sobre miles de restos de miles de civilizaciones a lo largo de miles de años. Porque los palestinos parecen los últimos de una pirámide que acumula no sólo restos del Bronce y del Hierro sino también de los griegos, y de los romanos, y de los bizantinos. 



Y podríamos seguir pero mejor vemos los muertos de siglos atrás mezclados con restos de minutos atrás, huesos quebrados mezclados con latas de refrescos, montañitas de colillas, servilletas arrugadas. Y eso que el sitio es de pago y que un señor, lánguidamente apoyado en una mecedora, te cobra una entrada. Si quieres saber más del yacimiento fenicio, entra aquí.



Y la entrada no desmerece el lugar. Un gran Arco del Triunfo del siglo II D.C se abre al mayor hipódromo del mundo romano, un lugar con una capacidad para cuarenta mil espectadores, un espacio escénico que sigue utilizándose aún hoy para todo tipo de grandes eventos. Allí despuntan las termas, más allá el teatro, aún se adivinan partes de un gran acueducto y, entre las largas columnas de Al Bass distingo una palestina que tiende al sol su ropa en un alambre que no es tal sino tendedero. A ese lado, seis mil tumbas romanas, a ese otro diez mil tumbas de palestinos vivientes. 


El hipódromo romano, el más grande de su época
El campo de refugiados de Al-Bass está tan pegado al área 3 del yacimiento arqueológico que las ropas de los palestinos parecen ondear en sus tendederos como parte inseparable de los vestigios históricos. Los más viejos, que cada vez son menos, llegaron a este campo en 1948 y muchos de ellos tenían sus casas, que ya no son suyas, a menos de treinta minutos, al otro lado de la cercana frontera con Israel. El campo hoy parece más un suburbio cutre que un campamento en sí y tan sólo en la memoria de los abuelos permanece el primer campamento, cuando se levantó con tiendas de campaña y aún latía la esperanza de regresar a casa. Los primeros ladrillos disiparon esa sensación y hoy apenas nadie tiene ya esperanza de nada más que de sobrevivir un día más y que no te acribille alguno de los muchos tiroteos que se registran en el barrio. La entrada al campo es especialmente complicada y de cuando en cuando los simpatizantes de Fatah se lían a tiros con los policías libaneses y alguien resulta herido. Supongo que en otras circunstancias resultaría embriagador eso de abrir la ventana de tu casa y sentir el aliento de tantas civilizaciones acumuladas bajo tu balcón. Pero no es el caso, la verdad.



El toro de Tiro en altorrelieves funerarios
Las sombras de Europa, la hija del rey de Tiro, Agenor, rebautizado como Fénix, de fenicio, aún planean por estas ruinas, o eso me parece en mi delirio, y la imagino saltando alocada con esas telas tan tenues como insinuantes mientras el sátiro dios supremo, Zeus, planea raptarla para convertirla en su amante. Es curioso porque el todopoderoso Zeus debió convertirse en toro para raptarla aprovechando que la incauta macizorra se acercó a acariciarle el lomo y llevarla así a toda prisa a la isla de Creta, donde la convirtió en reina. Y digo curioso porque el toro es un elemento tan fenicio como hispánico, y curioso también porque el nombre de la legendaria Europa terminaría a su vez nombrando a un continente que no es este precisamente. Y curioso, por fin, porque en mi hotel, un fantástico edificio en el casco histórico, y cristiano, de la ciudad, el orgullo del Fenicio se completa en un mapa que empieza en Tiro y termina, precisamente, en mi ciudad: Cádiz, que también siente ese orgullo milenario y fenicio. Mientras, en Al Bass, miles de huesos siguen blanqueándose en las tumbas de los romanos y de los fenicios, como decía, mientras miles de refugiados palestinos ennegrecen sus vidas en un vergonzoso gueto (otro más) de los que jalonan el Líbano.




©José Luis Sánchez Hachero
sanchezhachero@hotmail.com
losmundosdehachero@gmail.com



































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