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lunes, 10 de diciembre de 2012

Viaje a Turquía: Hasankeyf o doce mil años de historia sumergidos bajo un lago artificial




Dentro de unos meses, doce mil años de historia quedarán sumergidos bajo el agua y uno de los enclaves arqueológicos más fascinantes del planeta será accesible sólo por internet o en libros antiguos. La ciudad en cuestión se llama Hasankeyf, ofrece maravillosas puestas de sol en la extensa región de la Anatolia turca, o Kurdistán para sus habitantes, y un muestrario de vestigios históricos capaz de volver loco al mismísimo Indiana Jones.


Pero la desaparición de Hasankyef no pasa desapercibida y son muchas las campañas que tratan de impedirlo: esta es una pero hay más y esta otra de Change.org. Las más de cinco mil cavernas que sirvieron como viviendas a hititas y asirios pronto no serán más que peceras para carpas lustrosas. El impresionante puente sobre el río Tigris, el más grande del medievo, permanecerá a oscuras en el fondo de un gran lago, y junto a la obra magna del arquitecto Artukid Karaaslan vivirán en una eterna penumbra el mausoleo de Zeynel Bey, la tumba del imam Abdullah, los baños árabes y la mezquita Kizlar, todo hoy como manga por hombro. Tal vez sobresalga, más mística que misteriosa, el minarete de la otra gran mezquita, la de Rizk, aunque los vecinos son pesimistas: también la engullirán las aguas, dicen mientras menean la cabeza. Sobre un acantilado que rompe a los pies del Tigris, también se perderán los rastros de la ciudad de piedra que habitaron los trogloditas, la ciudadela con sus espectaculares vistas sobre la ciudad de Hasankeyf, y la iglesia bizantina, el palacio de los Ayyubids, el rastro de tantas civilizaciones. 






Hasankeyf es una perla brillante en la historia, aunque hoy no quede más que una polvorienta aldea poblada por apenas dos mil habitantes, kurdos sobre todo, un puñado de pueblerinos sin más actividad que pescar alguna carpa, atender a los pocos turistas que aparecen de cuando en cuando o jugar al dominó para vencer el tedio de las larguísimas tardes sin luz. Porque Hasankeyf es un pueblo con fecha de caducidad por culpa de un proyecto que dejará sepultado bajo las aguas el paso de nueve civilizaciones. El proyecto se llama GAP, Güenydogu Anadolu Projesi, en castellano: el proyecto del sureste de la Anatolia, y no es cualquier cosa: pretende, nada menos, que desarrollar un extensísimo territorio en el que no hay más que desierto, piedras y vestigios históricos. Una idea que erradicará, dicen sus defensores, las diferencias entre la Turquía occidental, tan proeuropea ella, y la oriental, anclada en el medievo más incluso que sus impresionantes puentes. El proyecto ya funciona en según qué partes y el monótono y terrible desierto pedregoso a veces se transforma en un vergel, un tanto polvoriento, con cultivos de maíz que se pierden en el horizonte y un rosario de pantanos que anticipa el sueño turco: un vergel en el desierto.




Pescando entre doce siglos de historia

La idea no acaba de entusiasmar a sus beneficiarios, y mucho menos a los países vecinos, porque no cambiará solamente la fisionomía de la Anatolia sino que afectará a Siria e Iraq, países también bañados por los dos puntales necesarios del proyecto: los ríos Tigris y Éufrates. Gracias al embalsamiento de sus aguas, Turquía jalonará la Anatolia de presas y centrales hidroeléctricas, concretamente 22 presas, de las que ya se han construido 17, y 19 centrales, lo que supondrá el 22% de toda la energía que necesita el país. Para ello, claro, habrá que anegar millones de hectáreas en los cauces de estos ríos y desplazar a cientos de pueblos, como este de Hasankeyf. Pero además de estos cambios internos, Siria e Iraq se verán afectados de algún modo porque las aguas, recordemos, circulan y bañan también sus riberas. Claro que ni Iraq ni Siria están ahora para reclamar derechos hídricos, así que el gobierno turco se ha quitado una molestia de encima. Ahora queda otra: los pesados de los arqueólogos que se empeñan en desenterrar piedras, los sentimientos religiosos (entre otras cosas, el imam Abdullah era un pariente del Profeta y no sabemos cómo le sentaría a Mahoma ver a su tío en el fondo de un lago), la mismísima UNESCO que no acaba de ver el plan con buenos ojos. Por no hablar de la cantidad de actores, escultores e historiadores que de vez en cuando se dejan caer por aquí para intentar elevar voces autorizadas sobre las de los demás, menos escuchadas.


El proyecto ya funciona en parte y se supone que aumentará el nivel de vida de los locales (y de paso podría ayudar a solucionar el problema kurdo de una vez por todas), el desierto comienza a poblarse de grandes urbanizaciones de pisos que me recuerdan el momento de mayor paroxismo en la burbuja inmobiliaria española, en las ciudades conozco ingenieros, arquitectos, el dinero fluye porque hay financiación europea y todo parece ir viento en popa. Menos en Hasankeyf, por supuesto, donde la población no está del todo contenta. Y no resulta extraño mirando otras localidades donde ya se han levantado presas similares. Hay pueblos que estaban en mitad del desierto que ahora tienen un aire marinero, con vecinos que miran el horizonte sin saber muy bien qué pensar.


Las cuevas de los trogloditas hoy albergan ganado y pastores aunque la mayoría están por investigar
Hasankeyf desde una de las cinco mil cuevas

Así que este pueblo de Hasankeyf quedará sumergido por una presa que lleva el nombre de Ilisu, una presa que desplazará, ella sola, a 27 pueblos. En 2008, los socios europeos, alemanes, austríacos y suizos, retiraron sus participaciones en el proyecto, preocupados por el impacto cultural, y los activistas han presentado proyectos alternativos de todo tipo para evitar lo inevitable: el más realista, dicen, es el que pretende cambiar la gran presa por cinco presas menores, lo que salvaría a esta joya de la arqueología.

Pero el gobierno turco dice que ni hablar y que si no lo financian los europeos, lo harán ellos solos: claro que en este mundo globalizado nada se hace del todo solo y resulta que tras el banco turco que lo financiaría, el Garantibank, se encuentra un viejo conocido, el BBVA, que tiene casi el 25% de su accionariado. Por si acaso, me dicen, agazapados están los chinos, con muchos menos escrúpulos en esto de grandes pantanos: recordemos la presa de las Tres Gargantas...


En Hasankeyf las aguas subirán 40 metros y absorberán, así de pronto, 298 lugares de conservación arqueológicos, entre ellos un sistema de purificación de aguas del siglo XII D.C, por no redundar en todos los restos expuestos anteriormente. Tantas cosas que el Fondo Mundial de Monumentos incluyó la ciudad en 2008 en la lista de los cien lugares más amenazados del mundo: puedes verlo aquí.


El recepcionista del único y ominoso hotel de la ciudad se llama Kemal y cuando le hablo de la presa parece a punto de echarse a llorar. 'No quiero la casa que da el gobierno', me dice, 'me iré a vivir a Batman', que es la cabeza del departamento (y una ciudad con un curioso nombre, por otro lado). Kemal asegura que no podría vivir a los pies de un lago bajo el que están tantos recuerdos, y acto seguido se excusa para irse a fumar al cibercafé de la esquina y abandonar el hotel durante varias horas. La vida en Hasankeyf es tan monótona como larga es su historia: un puñado de cafés donde pandillas de abuelos juegan al dominó y los niños se gritan jugando al internet. 'Aquí sólo se puede ver el fútbol en la tele y beber té', me dice Idris en un correcto inglés, curiosamente el mejor representante del 30% de los vecinos que ansía el pantano y que considera el pueblo un agujero sin interés. 'Las piedras están muy bien', sigue Idris, 'pero con la presa habrá más movimiento, vendrá dinero y esto cambiará'. Omar, en cambio, regenta un restaurante con unas fabulosas vistas, colgado a cincuenta metros sobre el río Tigris, un restaurante un tanto guarrete porque toda la basura cae por la fachada y termina coronando una montañita de detritus que se ha formado a los mismos pies del río. 'Aquí está mi vida, mis recuerdos, mi negocio, un lugar con tanta historia...', asegura tristón mientras arroja al precipicio los restos del comensal anterior, platos incluidos.



Mientras degusto el inevitable chai contemplo los enormes pilares del puente otomano, que me invitan a fantasear con el siglo XII y el agitado tránsito de mercancías que debía pasar por aquí. La casa de Omar estará arriba, en la montaña, en la ciudad nueva, una ciudad con edificios nuevos y brillantes, una mezquita impoluta, un mercado sin estrenar, carreteras, infraestructuras, todo lo que una ciudad necesita. Pero, mientras tanto, ¿qué hacer? Omar duda si reparar la pared agrietada de su casa porque, total, para qué, y lo mismo le ocurre al vecino de aquella casa en lo alto de la montaña, ¿me servirá arreglar el corral o dejo que las gallinas se escapen para siempre? Una abuela me pregunta si los apartamentos podrán tener horno de barro, como el que usa en el patio de su casa para hacer pan, como hizo su madre, y la madre de ésta, y su abuela. Y así casi que hasta el infinito porque la historia se acumula a orillas del Tigris y lo hace con ladrillos otomanos, piedras bizantinas, restos árabes y selyúcidas, basura del siglo XXI, pero también con costumbres ancestrales, genes mezclados como en una coctelera y un ambiente cargado de civilizaciones. Sobre la gran arcada del puente otomano vive una familia, también un poco guarretes porque han sembrado la orilla del río de pañales a medio descomponer y calzoncillos a medio desintegrar. En el último pilar del gran puente otra familia ha construido un restaurante. La historia está más viva que nunca en este minúsculo pueblo.

La vieja Hasankeyf vive con la espada de Damocles de la nueva Hasankeyf, que parece flotar sobre la antigua ciudad
En poco tiempo la Hasankeyf de abajo será un lago y la de arriba una ciudad con vistas al lago



La nueva Hasankeyf es una ciudad nueva y funcional pero con menos alma que Mefistófeles en una reyerta

Subo a conocer el nuevo Hasankeyf, la ciudad impoluta, y lo hago andando, confundido porque no parece tan lejos: pero sí, sí está lejos, y mucho. Atravieso el desierto a merced de un sol implacable que se suaviza con unas rachas de viento extremadamente feroces que me hacen tambalear. Pero merece la pena porque la sensación es muy curiosa: las calles sin pisar, las carreteras sin vehículos, los parques infantiles envueltos en papel, los apartamentos sin habitar. Desde el tejado de una casa cinco obreros me preguntan la nacionalidad: español, les digo. Se alegran muchísimo, uno de ellos salta de alegría, hacen la señal de la victoria y gritan a todo pulmón: ¡viva la ETA!. Son kurdos y parece que es común entre los kurdos confundirme con un etarra. Les sonrío yo también y les digo un Viva inesperado, mientras a mis pies el alquitrán se adapta al terreno: no sé si lanzarían esos vivas si alguien les informara que el BBVA está detrás de la presa. Los obreros, qué curioso, no vienen de Hasankyef, que se ve pequeñito allá abajo sino de Batman, otra vez esta ciudad, o de pueblos aledaños. Los futuros propietarios se la pasan, entre tanto, jugando al dominó, sorbiendo té, llevando a sus ovejas de acá para allá, ajenos tal vez al ajetreo genético que llevan en su sangre. ¿Quién no me dice que aquel pastor no es el descendiente del gran Zeynal Bey? Hasankeyf tiene los días contados y la nueva ciudad es la prueba más evidente de que las protestas internacionales no han llegado a los oídos turcos. Pronto esto no será más que un lago gigante, gigante y profundo, pronto las carpas que hoy pescan en el Tigris se esconderán en las cuevas con doce mil años de historia, alguna encontrará refugio en lo más alto del minarete que ahora llama al rezo a pulmón o en lo más hondo del mausoleo. Porque Hasankeyf tiene fecha de caducidad y una ciudad paralela, nueva, impoluta, moderna. Y sin alma.


 ©José Luis Sánchez Hachero
sanchezhachero@hotmail.com

martes, 18 de septiembre de 2012

Viaje a la Amazonía: de Yurimaguas a Iquitos por el río Huallaga



A Yurimaguas se la conoce como 'la perla del Huallaga' pero el lustre está oxidado bajo la espesa capa de humedad selvática. A orillas del río, precisamente el Huallaga, venden pescados mujeres indígenas que entremezclan sus etnias, las hay tarapotinas, las hay lameñas, moyobambinas y, mis favoritas, chachapoyanas, que son las procedentes de la región de Chachapoyas. Sin embargo, con ser mucho el esfuerzo que hago para decir Chachapoyas sin soltar una carcajada (que me perdonen mis amigos peruanos), mayor es el esfuerzo que debo hacer para no caer en la demencia temprana (o ya no tanto) cada vez que recuerdo el delirante viaje que es necesario hacer para llegar a la ciudad de Iquitos, la mayor de la selva amazónica, desde esta remota ciudad amazónica. Porque llegar a Iquitos no es posible por tierra, a no ser que atravieses cientos de kilómetros de selva espesa a través: Iquitos, con su más de medio millón de almas, no tiene carreteras que la comuniquen con el mundo exterior y depende, para su oxigenación social, de las corrientes fluviales o del aire abierto de los cielos.


Llegué a Yurimaguas procedente de Tarapoto, otra ciudad amazónica que aúna con increíble habilidad el denso devenir cansino de los calurosos enclaves tropicales con el frenético sentido de la fiesta latina (eso sí, cuando cae el sol). La carretera terminaba en Yurimaguas y para seguir más allá es preciso recurrir al río. En este caso el Huallaga, tributario del Marañón, que a su vez engorda al río de los ríos, el Amazonas. Las mansas aguas que corrían parsimoniosas junto a las indígenas chachapoyas y sus amigas acabarían algún día en la desembocadura del Amazonas, más de siete mil kilómetros río abajo.



Por estas aguas descendió también, casi cinco siglos atrás, la colorida expedición de Pedro de Ursúa, que buscaba el país de la Canela en medio de aquel enorme bosque sin final. En algún punto remoto de este río el sevillano Fernando de Guzmán fue nombrado rey con el ostentoso nombre de Fernando I del Perú y Eldorado y puesto al servicio del ominoso Lope de Aguirre y su ejército de locos sádicos. Por estas aguas se desarrolló la no menos ominosa tragedia de Julio César Arana, el más abominable de los caucheros que diezmó a las poblaciones indígenas para obligarlas a extraer el látex del interior de la selva y que el escritor peruano Mario Vargas Llosa describe en el Sueño del Celta. Y junto a estos horribles seres, el más industrioso Adolfo Morey Arias, un vecino de Tarapoto que inició la navegación entre Iquitos y Yurimaguas con su primera lancha, llamada precisamente Yurimaguas en un arranque muy poco imaginativo, y que llevó su imperio de navegaciones por toda América y hasta el lejano África.


Fondeados a pocos milímetros de la orilla, una flota de barcos promete un viaje tan lento como la corriente. No sé qué queda de aquel Morey pero decenas de braceros se esfuerzan en subir sacos y más sacos de grano, de papas, de maíz, bolsas de contenido indefinido, material de construcción, grandes racimos de bananos, máquinas decimonónicas y, sobre todo, vehículos industriales que, mal que bien y a duras penas, consiguen entrar en la cubierta principal del barco. Los más demandados tienen un nombre: Eduardo. Y cuando digo que tienen un nombre quiero decir exactamente eso: todos se llaman Eduardo. Está el Eduardo I y el Eduardo III, por allí veo el Eduardo IV y supongo que la gran familia marina de los Eduardo se extenderá hasta cubrir cada puerto del río. A primera vista parecen sacados de alguna película de Huckelberry Finn, grandes dinosaurios marinos que se mantienen a flote por algún pacto secreto con Mefistófeles y que prometen noches larguísimas y no menos largas conversaciones. Mientras los braceros continúan con su también largo devenir, trato de encontrar alojamiento en algún camarote: los Eduardos están repletos y no saben cuándo saldrán, 'tal vez hoy pero tal vez mañana'. Sin embargo, encajonado entre el barrizal que hace las veces de muelle y otros dos armatostes de madera, un barco de nombre diferente me hace un hueco: se trata del Mari Carmen, ingrato nombre que trato de olvidar: no sólo no la olvido sino que habré de navegar encaramado en su grupa. El capitán resulta ser el señor Cabanillas, nombre muy ampuloso para semejante cascarón de nuez. Los Eduardo parecen más cómodos pero el barrizal donde habría de pasar la noche son, sin dudarlo, mucho más incómodos, así que alquilo un camarote del Mari Carmen y espero la salida. 'Le aconsejo que compre una hamaca porque el calor en el camarote es insoportable', me aconseja el señor Cabanillas, un capitán de agua dulce con un enorme polo rosáceo y una sonrisa desconcertantemente dulce para su metro y medio de alto, y puede que dos de ancho, una sonrisa que se hará aún más desconcertante cuando saque su terrible genio del interior de su rollizo cuerpo. Una vaca pasa a pocos centímetros del capitán y temo que lo absorba de un lametazo, huele a estiércol en el granero en el que se está convirtiendo el sobrecargado barco, unos gallinazos (o buitres) sobrevuelan tétricos la nave, tal vez presagiando un hundimiento que les ofrezca un opíparo almuerzo mojado.


Tras ahuyentar una nube de mosquitos en la que se entremezclan niños que piden comisión por todo (hasta por pisar el hediondo fango del muelle), y tras más de seis horas de espera, el Mari Carmen se pone en marcha con una lentitud exasperante para alguien que acostumbra a trabajar en una oficina. El tercer piso del buque se va poblando poco a poco de hamacas y de una multitud que comparte pasteles de maíz, botellas de aguardiente y trozos de carne indefinida. La planta baja está inhabilitada para nada más que la sobrecarga: una excavadora caterpillar oscila peligrosamente ante el empuje de otra excavadora de la misma marca: desde el primer piso parecen nadar en un mar de bananos y patatas. Aferrado a una reja azul un perezoso parece tan asombrado como yo. El pobre bicho acepta comida de los viajeros, nos mira con una sonrisa tan dulce como la del capitán Cabanillas, sus zarpas no son aún el arma mortal de sus mayores. Las orillas nos miran pasar con un supuesto desinterés que no es tal porque detrás de la pared verde selva se esconden ojos inquietos: a veces se ve un niño que vuelve a esconderse tras un arbusto, otras veces una gran ave levanta el vuelo, tras aquel bosquecillo se levanta una columna de humo que revela un asentamiento. Al caer la noche, el griterío resulta abrumador y cuando la oscuridad rodea al barco, miles de luciérnagas brillan misteriosas sobre las copas de los árboles invisibles. Más perturbador resulta imaginar al cojo Aguirre degollando en algún punto del camino al gobernador Pedro de Ursúa para levantar un imperio independiente de la corona española o a los hombres de Arana descuartizando niños para obligar a sus padres a recoger una bola mayor de caucho. La selva guarda tantos secretos que muchos resuenan entre la floresta, a salvo de los aguaceros, pidiendo a gritos silenciosos que alguien los recuerde para que al menos no caigan en el olvido. En algún punto de estas orillas, pero mucho más al norte, miles de indígenas perdieron las vidas a latigazos, a balazos, a machetazos por negarse a servir de esclavos para los caucheros que querían vivir una vida parisiense en mitad de la selva. Un ejemplo son los nukak. Otros, en cambio, prefirieron extravagancias menos mortales: el señor Vaca Díez, socio de Fitzcarraldo, el otro gran cauchero de fines del siglo XIX, se hizo traer una casa de fierro diseñada por Gustave Eiffel, la casa de Fierro que aún resiste en pie en pleno centro de Iquitos, y otros caucheros trajeron losetas desde el lejano Portugal para que sus mansiones selváticas tuvieran ese punto de distinción que todo hortera necesita para que su fortuna se sienta y se huela.



En el camarote se celebra una frenética y entretenida carrera de cucarachas: decido pues montar mi hamaca en el tercer piso y dormir entre la multitud. El viaje es apacible y tranquilo aunque dicen que últimamente proliferan los ataques piratas. Cuando yo descendí el río no había más peligro que las extensas nubes de mosquitos que podían convertir la mera existencia en una tortura. Pero ahora, y precisamente en los alrededores del lodazal que hace las veces de muelle, se desarrolla la conocida banda 'Piratas de Yurimaguas', una denominación carente de imaginación pero con una legendaria mala leche que deja tras de sí muchachas violadas y pasajeros, sobre todo turistas, desplumados y ultrajados. Un problema añadido para una región, la del Loreto, en el Perú, y para toda la Amazonía en general, en la que el 90% del transporte de carga y de pasajeros se realiza por río. Francisco, un mestizo grandote y sonriente, me habla del otro peligro: 'durante algún tiempo trabajé para los narcos del Ucayali', asegura, 'y eso sí era chévere: dinero, alcohol, mujeres...' Para terminar de liar la madeja, las riberas del Ucayali, algo más al sur, y los alrededores de Yurimaguas han sido escenario de algunos enfrentamientos entre los militares del ejército y los restos del grupo maoísta Sendero Luminoso. Atrás quedan las preocupaciones políticas y narcóticas, por delante tan sólo el lento peregrinar del río.




A las dos de la madrugada, cuando por fin he conciliado el sueño, resuenan notas de guitarra y cohetes. Me levanto apresuradamente y veo que el Mari Carmen ha fondeado a un par de metros de la orilla y que una multitud nos recibe en estado de fiesta febril. Es el municipio de Santa Rita. Los hombres están borrachos, las mujeres serias, los niños aturdidos. 'Llevan esperando más de doce horas que llegue el barco, los hombres no han aguantado más y se han emborrachado', me cuenta otro pasajero. La maquinaria de la cubierta principal, que estaba poniendo en peligro la estabilidad de la embarcación, ha llegado a su destino. Una banda de música desafina notas de una irreconocible melodía mientras mantiene colectiva y solidariamente sobre los hombros al alcalde de la ciudad. Por supuesto, borracho. El hombre sólo acierta a repetir en estado de lamentable ebriedad: 'yo cumplo lo que prometo'. Sí, muy bien, pero ahora hay que descargar unas enormes máquinas en una orilla resbalosa y con un desnivel de casi dos metros. Salto a tierra y la gente me mira como yo los miro a ellos: medio dormido, medio alucinado. El poblado es muy precario, sin carreteras ni apenas iluminación. Las máquinas deberán cambiar la faz de este lugar en mitad de la nada y el pueblo suelta globos de alegría. Pero bajar la maquinaria no es fácil: una cuerda atada al guardabarros de una de las excavadoras tira con todas sus fuerzas desde un cuatro por cuatro salido no se sabe de dónde. Mal que bien la máquina consigue bajar pero queda otra a bordo, la más pesada. De nuevo tensan la cuerda y pienso que si revienta nos cortará por la mitad a los que coja por su camino. Dicho y hecho: la cuerda revienta y suelta un latigazo que se pierde en la multitud. Todos nos miramos, nos tocamos: estamos enteros. Desde cubierta, el capitán Cabanillas, harto ya de la situación, empuja con otros fortachones la máquina, que cae al barrizal, a dos metros de la orilla. 'Corriendo o se quedan', grita mientras salto a bordo y dejo aturdidos a los habitantes de Santa Rita. Tienen trabajo por delante, no creo que sea fácil sacar ese mamotreto del barro, y mucho menos borracho.


Vuelvo al refugio de la maraña de hamacas colgadas en la cubierta del tercer piso. Han puesto una película en un vídeo: 'Jackass', le estúpida cinta norteamericana de suicidas dementes que, sin embargo, no mueren tan fácilmente. El pasaje se revuelve nervioso en sus hamacas. Se envuelven para no ver las desagradables escenas de la película. Pero hacen trampa y puedo ver sus ojillos curiosos asomando entre las costuras desmadejadas de las telas. En el fondo disfrutan de esta idiotez como disfruto yo, entre ramalazos de arrepentimiento culpable. ¿Qué hago viendo Jackass en mitad de la Amazonía? Me vence el sueño. Cuando despierto, ya de mañana, y después de tres días embarcado, el Mari Carmen llega a Iquitos. El corazón del Amazonas.


© José Luis Sánchez Hachero
sanchezhachero@hotmail.com


















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