miércoles, 8 de febrero de 2012

Viaje a la Amazonía: Nukak Makú, la muerte de una raza







En un cubo de basura de San José del Guaviare rebusca restos de comida un pequeño grupo de menesterosos. Es la gran fiesta del Joropo, el baile regional típico de los llaneros, la ciudad está encendida, los más hábiles bailarines de este complicado floclor han venido de todos los rincones de la selva y de los Llanos Orientales. Los puestos de comidas, la música vallenata de las atracciones, el timbre de la música llanera. Todo se entremezcla con el gentío que disfruta en el pabellón de deportes del agotador Joropo. Mientras, los menesterosos siguen rebuscando en la basura: restos de mamona, la típica carne a la llanera, trozos de pizza, de cuando en cuando un vendedor se apiada y les regala un refresco o un plato con restos.






























A nadie importa pero esas manos que se esfuerzan por encontrar un resto de comida continúan en unos cuerpos chatos y morenos, vestidos con camisetas demasiado grandes para sus cuerpos, las miradas desafiantes, los niños envueltos en sus juegos infantiles, las mujeres sujetas a rollos de cuerdas de hoja de palma con las que fabrican sus pulseras. A nadie importa, como digo, pero esos cuerpos rechonchos y esas miradas oscuras, escondidas bajo cejas depiladas y sin pestañas, son las de los últimos nukak makú, una raza en extinción. Los hombres deambulan por las puertas de los bares, puede que buscando alcohol. Las mujeres hacen círculos para atraer a los pocos turistas. ¿Cuánto por una pulsera? Diez mil, gesticula hosca una nukak. Acepto y espero paciente a que elabore una pulsera que confecciona a la medida, mi brazo sujeto al suyo. Al acabar hago una prueba: le doy mil. La nukak coge el billete, lo mira y se lo mete en el bolsillo. No conoce el valor del dinero. Uhmm, interesante: la detengo y le cambio el billete: es este, diez mil, no mil. Los nukak apenas hablan castellano y su idioma, una bacanal de chasquidos en los que predomina la letra i se me antoja ininteligible. La concejala de asuntos sociales de San José me lo confirma: no, no conocen el valor del dinero, pero lo buscan con insistencia. 'Mire si no cómo hay nukaks con los ojos verdes y sabrá que todo tiene un precio'. Pues sí, en San José, como en todas partes, todo tiene un precio y alguien dispuesto a pagarlo...


Bailarinas de joropo en San José del Guaviare
Nukak Makú elaborando pulseras en el mercado de San José del Guaviare


Una pena porque apenas quedan doscientos de aquellos dos mil que aparecieron a finales de los años ochenta pidiendo ayuda porque una infección los mataba por decenas. Los investigadores descubrieron que se trataba de un pueblo nómada, que vagaba por las selvas de la Amazonía y la Orinoquía en grupos de treinta individuos y que desde los graves sucesos protagonizados por los caucheros de Julio César Arana (El sueño del celta, de Mario Vargas LLosa) en el siglo XIX habían decidido desaparecer de la vista de los occidentales y esconderse selva adentro. En la década de los años sesenta los colonos volvieron a encontrarlos y la fricción acabó con varios indígenas muertos. A finales de los ochenta, los Nukak Makú salieron de nuevo, esta vez perseguidos por los cocaleros que ambicionaban las tierras por las que deambulaban para sembrar más hoja de coca. Y entre la imposibilidad de volver a la selva, infestada de guerrilleros de las FARC, campesinos coqueros, colonos y misioneros que, entre todos, acababan con sus vidas (a base de balas o de virus), los nukak conocieron las fascinantes bebidas de colores de los hombres blancos y sus grandísimas construcciones. Y eso que no salieron a Nueva York sino al minúsculo municipio de Calamar, en lo más profundo del departamento del Guaviare, capital de las FARC, con su emisora de radio revolucionaria y sus transacciones de mercancías comunes a cambio de gramos de pasta base de coca (este mismo blog, viaje a Colombia). Los nukak habían llegado a un punto de no retorno: la selva era demasiado peligrosa para ellos pero la civilización podría serlo más. Diez años después de su 'descubrimiento', en mil novecientos noventa y ocho, la comunidad nukak había disminuido hasta los mil individuos, gracias a sucesivos brotes de sarampión, meningitis, gripe, hepatitis y demás enfermedades desconocidas. Hoy sólo sobreviven entre doscientos y trescientos individuos.


Joven Nukak Makú acicalándose para salir a la ciudad


La desaparición de toda una raza ocurría a una velocidad de vértigo y el gobierno colombiano, ocupado entonces en lo más duro del conflicto contra las guerrillas, aún pudo levantar un exiguo programa de salud para evitar su desaparición total. Voy a verlos a Agua Bonita, en las afueras de San José. Es difícil hablar con ellos, apenas entienden el castellano y tampoco tienen mucho interés: los blancos les damos cierto asquito. Hoy están, además, enfadados porque aún no ha llegado el camión con mercancías que el gobierno les envía semanalmente. 'Se han acostumbrado a recibir comida y no hacen nada más por conseguirlo, incluso están olvidando sus ancestrales técnicas de caza', me cuenta el guía, Yolver, mientras torea con éxito las miradas furibundas del líder de la aldea, un tal Schneider. ¿Y ese nombre? ¡Sabe Dios!

Schneider se coloca bien la camiseta en su aldea de Agua Bonita con cierto malestar


Los Nukak Makú se extinguen y aún es posible verlos así que acuda rápido antes de que agonice el último, trate de engañarles con el precio de las pulseras, podrá ahorrarse unos céntimos de euros aprovechando su ignorancia, véalos bebiendo colas, probándose pantalones, jugando con monos minúsculos que cazaron en la selva, a los Nukak no les queda ya mucho tiempo pero con unos billetes y pocos escrúpulos todavía es posible revolcarse con una hembra de una raza en extinción. Y si llega tarde, no se apure: Survival nos avisa de que en el Perú ha sido contactada una nueva raza desconocida: etnias aisladas en el Perú, y dicen los científicos y antropólogos que en todo el planeta todavía pueden ser cien las razas que se esconden en la floresta. Disfrútelos antes de que desaparezcan y nos entreguen a cambio una raya de cocaína o un litro de gasoil.





 © José Luis Sánchez Hachero
sanchezhachero@hotmail.com

lunes, 6 de febrero de 2012

Diego de Alvear: la fortuna cordobesa del Odyssey



Diego de Alvear volvía a su Montilla natal, en Córdoba, después de una vida dedicada a abrir fronteras cuando una escuadra inglesa interceptó su flotilla frente a las costas del Algarve portugués. Diego, que dominaba el inglés, además de tupí, guaraní y otras seis lenguas, pasó a la nave principal de los agresores como traductor cuando los británicos, como aviso, dispararon una salva con tan mala suerte que el tiro cayó sobre la fragata ‘Nuestra Señora de las Mercedes’, la hundió, y con ella la fortuna de Alvear, acumulada durante toda una vida. Y con la fortuna, su esposa, ocho de sus nueve hijos y un sobrino. Y las copias únicas de los escritos donde recreaba sus descubrimientos en tierra nueva. El cordobés, por si fuera poco, fue conducido a Gran Bretaña con el resto de la flotilla, preso y desconsolado.

El incidente dio fama al de Montilla: en Inglaterra su historia provocaba llantos y el gobierno británico, avergonzado, acordó devolverle parte de sus riquezas perdidas. Alvear, eso sí, debía de tener un espíritu alegre: durante su cautiverio conoce a una joven británica, Luisa Ward, con la que tuvo otros diez hijos. Borraba así su anterior vida, la que había comenzado treinta años atrás como guardiamarina en la colonia de Sacramento, una plaza en permanente disputa entre lusos, británicos y españoles como punta de lanza para asegurarse el comercio del sur del continente americano. El de Montilla formó parte del ejército de Pedro de Cevallos, un gaditano que derrotó a los portugueses en Sacramento, creó el virreinato del Río de la Plata y se erigió en su primer virrey. Diego se adentró en los desconocidos territorios ribereños, aprendió tupí y guaraní, levantó las fronteras entre los ríos Paraguay y Paraná, escribió tratados sobre botánica y etnología, y consiguió el grado de general. El cordobés deja atrás además una leyenda: José Ignacio Hamilton, en su libro Don José, la Vida de San Martín, asegura que Diego de Alvear es nada menos que el padre del libertador del cono sur, hijo ilegítimo producto de sus amores con una india guaraní, la bella Rosa Guarú, pero que decidió ocultarlo para no causar discusiones entre los suyos. Años después, José San Martín rechazó a las tropas españolas y consiguió la independencia de la región que su supuesto padre puso a los pies de la corona española.


Pero esa vida anterior se había hundido en el mar. Ahora vivía a medio camino entre Montilla y Londres, el inquieto Alvear gestionaba las bodegas que fundó su abuelo, defendió Cádiz de los ataques franceses, rindió la flotilla del general galo Rosilly y fue nombrado gobernador militar de San Fernando. Sus últimos años los pasa apoyando la causa liberal y detenido en repetidas ocasiones por eso mismo. Diego de Alvear murió en 1830 sin saber si tenía fortuna y honores o no, tantas veces se los retiró el vil Fernando VII. Nunca hubiera sospechado que su fortuna hundida terminaría en un litigio entre el gobierno de España y una compañía de cazatesoros que lo recuperó del fondo del mar y que el hijo que tuvo con aquella india correntina terminaría separando las tierras que tanto amó de la corona que tanto defendió.


Bibliografía: 
Don José, la vida de San Martín, José Ignacio García Hamilton, Editorial Sudamericana,
Seamos libres y lo demás no importa nada (Vida de San Martín), Norberto Galasso, Colihue, Buenos aires, 2007
          Combate de Trafalgar, Manuel de Marliani, Imprenta Matute, Madrid, 1850



© José Luis Sánchez Hachero
sanchezhachero@hotmail.com


domingo, 29 de enero de 2012

viaje a Cachemira: la mezquita y el hambre

En el centro de la capital de Cachemira, Srinagar, un voluntario de la mezquita Dastgir Saheb se encarama al techo de un cobertizo anexo y la multitud se arremolina a sus pies. Lleva un cubo, todos lo miran con ansiedad, incluso algunos cuervos sobrevuelan la escena, se respira nerviosismo, varias mujeres gritan. La mezquita es uno de los atractivos de la bonita capital cachemir, es de madera, la gente es afable, nadie pone problemas para entrar y mezclarte entre los fieles, está junto a la tumba de uno de los hombres más famosos de la historia: Rozabal Shrine, el lugar sagrado que guarda los restos de uno de los profetas del Corán: Jesucristo. Los cachemires están convencidos de que esto no es broma. El hombre subido en el techo del cobertizo mete la mano en el cubo y lanza algo a la muchedumbre. Las manos se alzan implorantes al cielo, se entrelazan, se disputan cada centímetro cuadrado de un aire que se les escurre entre los dedos. Por fin cae algo: es un trozo de carne, carne cruda, carne grasa. Alimento, en definitiva. La muchedumbre oscila siguiendo al caprichoso benefactor, ora arriba, ora abajo, ahora se empujan, ahora sonríen. Una mujer ha subido por algún rincón que no alcanzo a ver, el benefactor de dudosa moralidad le recrimina ostentosamente, la echa a voces. Dos niños la siguen pero no captan la atención del estudiante. Del talib. Los niños se hacen con trozos de carne cruda, la guardan en un bolsillo de la camisa, se la guardan incluso en los pantalones. En una esquina, un piadoso señor reparte arroz cocinado entre los feligreses. Las manos vuelven a alzarse, algunos traen plásticos para no malgastar ni un grano. Nadie puso objeciones a que grabara la escena...



Cachemira perdió hace tiempo su principal fuente de ingresos, el turismo. Dicen los comerciantes que por cada día de toque de queda pierden 14 millones de euros. Sólo en 2008 hubo cien días de toque de queda. El bloqueo de la carretera con la cercana región de Jammu, poblada sobre todo por hindúes, les cuesta cien millones de euros al año. Turismo, artesanías y agricultura son los tres pilares de la economía de esta azotada región compartida por la India y Pakistán. Una región en disputa desde hace décadas que tiene en vilo a dos países porque tanto el gobierno de Nueva Delhi como el de Islamabad se han armado en los últimos años con bombas atómicas y están dispuestas a utilizarlas para mantener la titularidad de esta tierra que muchos identifican con Shangri-La, el paraíso terrenal, un paraíso de altas montañas, profundos y verdes valles, jardines exuberantes y gente encantadora. Encantadora pero pobre, y pobres con hambre. Todo comenzó en 1947, cuando la guerra civil entre hindúes y musulmanes dio paso al nacimiento de dos países, India y Pakistán, en estado de fricción permanente desde entonces. Los musulmanes caminaron hacia el norte, para formar un estado islámico. Los hindúes, a lo que hoy es la India. En el norte del país, los musulmanes de Cachemira optaron por Pakistán pero el maharajá de la región pidió ayuda a la India, que respondió enviando un nutrido contingente militar para mantenerlo bajo su tutela. Hasta hoy. Una región militarizada, con los escenarios bélicos más altos del mundo, casi un millón de soldados indios y muyahidines listos para sabotear a los enemigos. Un contexto que no invita precisamente al turismo, ni a la exportación de sus celebérrimas telas. Un contexto, pues, de hambre.

Un contexto, el del hambre, que se expande en ondas concéntricas hasta abarcarlo todo.


© José Luis Sánchez Hachero
sanchezhachero@hotmail.com

martes, 24 de enero de 2012

Viaje a Colombia: falsos positivos


Miguel Enrique Jiménez Chamorro salió de su casa de Toluviejo, en el departamento de Sucre, nervioso y maqueado, se despidió de sus padres con la esperanza de que el aviso que leyó en la prensa fuera el de la suerte y sus días dejaran de ser tan largos como tediosos. Fue la última vez que los vio y la última vez que lo vieron. Vivo al menos. Desde el retrato en blanco y negro que sujeta su padre en la plaza Bolívar de Bogotá Miguel Enrique nos mira a nosotros, los vivos, con gesto serio, sus labios fruncidos, su pelo crespo, rezuma juventud y parece abstraído, tal vez desde el otro mundo aún no ha asumido que está muerto porque él, recuerden, sólo había salido un momento, un momentico. Su sola presencia es un grito silencioso, callado, embutido en su traje de chaqueta, parece que le apriete la corbata. Sus padres no volvieron a verlo así. Había salido vestido de elegante para probar suerte en una oferta de trabajo. Como él, otros diez jóvenes acudieron a la trampa que les costaría la vida. El cebo era una oferta de trabajo con un sueldo de algo menos de trescientos euros al mes. El tramposo: el mayor Orlando Arturo Céspedes, segundo comandante de la Fuerza de Tarea Conjunta de Sucre. No fue el único. En busca y captura se encuentra el comandante de la base: Luis Fernando Borja Aristizábal. Los once jóvenes fueron secuestrados, vestidos de guerrilleros y asesinados a tiros. Sus cadáveres aparecieron acribillados, vestidos de subversivos, objetivos de los fotógrafos de prensa, a los pies de unos soldados orgullosos por haber cumplido con su deber. Miguel Enrique entró entonces a formar parte de la estadística con la que el ejército colombiano sorprende a sus ciudadanos. Los gloriosos militares habían acabado con todo un grupo de guerrilleros de las FARC. La realidad era más dura porque sólo eran once jóvenes sin empleo a los que engañaron con una falsa promesa de trabajo para poder matarlos mejor.


Lo peor de todo es que detrás de esas muertes se esconde el cobro de una recompensa. Desde 2005, gracias al esfuerzo del entonces ministro de defensa, Camilo Ospina, el gobierno colombiano premia a sus soldados por cada guerrillero o paramilitar muerto en combate con algo menos de dos mil dólares. Desde aquel caramelo envenenado, los militares colombianos han asesinado a cientos de civiles inocentes: en la fiscalía constan 1043, las asociaciones hablan de más de dos mil quinientas personas, en la calle se habla incluso de cinco mil. Cientos de ciudadanos que no eran ni guerrilleros ni paramilitares, me refiero. Cientos de recompensas que resultaron mucho más fáciles de cobrar que enfrentarse a esos cientos de guerrilleros o paramilitares que, entre otras cosas, pueden defenderse y hasta matar soldados. Sin duda, un trabajo honorable, un trabajo bien hecho, un dinero fácil y una tarea heroica. Tras cada muerte se esconde una recompensa, una fotografía en los diarios, el minuto de gloria en la televisión, un apretón de manos del superior jerárquico, unas palabras pomposas del político de turno alabando la labor de los cuerpos y fuerzas de seguridad del estado en la eterna lucha contra Eurasia. Perdón: contra el terrorismo. A los pies están los muertos, muertos acribillados, balaceados, tiroteados. Son agricultores de zonas remotas, jóvenes delincuentes de barrios conflictivos, indigentes que duermen en la calle, niños mendigos, opositores de izquierda, sindicalistas. Son desechos de la sociedad, gente que no tenía que protestar, son un sobresueldo para oficiales, para soldados obedientes, son estadísticas para tranquilizar a los lectores de la prensa.


                                                            

Le propongo un ejercicio de imaginación. Imagine que su hijo ha desaparecido, que lo busca por todas partes, que no aparece, que se pone en lo peor y que un mal día, su hijo aparece, muerto, acribillado, vilipendiado, dicen que es una basura, un guerrillero, que se merece lo que le ocurre y que bien muerto está. Imagine que lo ve tumbado sobre la camilla, los agujeros de las balas han desgarrado su cuerpo, su pecho reventado, su rostro sobresaliendo de una bolsa de plástico. Imagine ahora que se introduce usted mismo en esas bolsas, bolsas de cadáveres, bolsas de muerto, bolsas que te traen el recuerdo de su hijo muerto, de las noches de infructuosa espera, las lágrimas, el horror. El horror más grande pero usted, campesina iletrada de una aldea remota de alguna selva colombiana, recorre miles de kilómetros para meterse en esa bolsa de cadáveres donde reposó su hijo, Miguel Enrique, al que despediste con una sonrisa porque estaba usted seguro de que, esta vez sí, encontraría trabajo. Y lo hace ante el parlamento de su país para que, al menos provocando vergüenza, alguien ponga fin a esa indignidad. Pero póngase en algo peor: póngase en que nadie le escucha y que nadie le mira. Así protestaron decenas de agricultores venidos de las zonas rurales más remotas de Colombia.



El valeroso mayo Orlando Arturo Céspedes, responsable de la muerte de esos once jóvenes, once que sepamos, ha sido capturado recientemente gracias a la tarea de la fiscalía de la unidad nacional de derechos humanos y derecho internacional humanitario. El comandante Fernando Borja sigue en paradero desconocido.


Todo comenzó en Soacha, un municipio pegado a Bogotá, a finales de 2008. Diecinueve jóvenes de esta ciudad, y algunos más de la conflictiva Ciudad Bolívar, una enorme extensión de barrios humildes al sur de la capital formada, sobre todo, por refugiados de la guerra, desaparecieron de pronto y apenas unas horas después volvieron a aparecer, todos muertos y engrosando las filas de la guerrilla: habían fallecido en varios enfrentamientos con el ejército. El escándalo creció como el pan en el horno, los casos se multiplicaban por todo el país. Alguien me contó en Bogotá que un soldado recibió la orden de ejecutar a un peligroso guerrillero que resultó ser su propio hermano. De pronto el asesinato era más lucrativo que nunca: sólo hacía falta una bala y un uniforme roñoso de guerrillero para que el estado te pagara un sueldo ocho veces superior al que gana un colombiano medio. Philip Alston, relator de la ONU para este caso en concreto, denunció que la impunidad alcanzaba el 98.5% de los casos. Los familiares de los desaparecidos y de los falsos positivos, como se dio a conocer el caso en Colombia (positivo es un enemigo muerto en jerga castrense) montaban espectáculos por doquier, en la plaza Bolívar de Bogotá, ante la fiscalía general, montaban campamentos, organizaban largas caminatas. La cifra de inculpados no crecía: si acaso, disminuía. Decenas de militares encausados en estos crímenes salían en libertad, y siguen saliendo, porque sus casos, decían los jueces, habían vencido (¡!!). El ministro que encabezaba la cartera de Defensa cuando el escándalo se hizo público no sólo no dimitió: hoy es el presidente del país. El ejército inició una purga, eso es cierto, pero una purga pequeña, una purguita, podríamos decir.







Rosa tiene la foto de un muchacho en una secuencia. Ha venido desde el norte del Magdalena Medio, dice. Ha dejado su rancho, sus gallinas estarán pasando hambre, cae al pronto preocupada, quién regará su huerto, cómo de sucia estará la casa. En una foto se ve a un muchacho regordete, serio y con bigote, el pelo corto y crespo, abundante, me da envidia porque me estoy quedando calvo a marchas forzadas. El muchacho no es tan muchacho porque en un año cumplirá cuarenta. Cumpliría cuarenta. Lleva un polo azul manchado y roto por el cuello. Unos raídos vaqueros, en una mano agarra una azada. En la siguiente foto hay un cuerpo desnudo tumbado en una camilla. Está amoratado, no tiene bigote reconocible, el labio superior está hinchado, le ha desaparecido un ojo, su pecho muestra varios orificios que parecen de bala. No parece el mismo hombre pero Rosa asegura que sí, que es el mismo, y que ambos son su hijo.



Hace apenas una semana fueron capturados otros cinco militares por asesinar indigentes para ‘falsos positivos’: FALSOS POSITIVOS. Los asesinatos, pues, siguen, a pesar de que Juan Manuel Santos, hoy presidente de la nación, cerró el caso en 2009 asegurando que se trataba de hechos acontecidos en el pasado que jamás volverían a repetirse. Pero sí, se repiten y Santos hoy es, insisto, presidente del país.



Y son los indigentes los que engrosan en mayor número los falsos positivos. En el invierno de 2009 volvía a casa por la avenida Séptima de Bogotá, tras una noche de copas, cuando un amigo comenzó a dar gritos en la noche. Las calles estaban vacías, era ya madrugada, y un cuatro por cuatro estaba aparcado en la acera en una ciudad donde los coches no aparcan en las aceras. Un vehículo con placas oficiales. Cuatro indigentes caminaban como zombies, completamente colocados, tras un tipo cubierto con un casco de moto, rumbo al cuatro por cuatro. Yo no caí en nada hasta que mi amigo comenzó a gritar. ‘Hijueputas, huyan, huyan, los van a matar’. Pensé que el alcohol le había hecho un extraño efecto pero el cuatro por cuatro arrancó a toda prisa y se perdió por la avenida. Los indigentes, inmersos en su propio mundo, siguieron deambulando sin comprender. Una moto apareció de la nada mientras el tipo del casco se nos acercó intimidante y nos amenazó de muerte. ‘Seréis los próximos’, nos dijo, se montó de paquete en la moto y desapareció en la noche. La amenaza no era una broma. Mis amigos dejaron de frecuentar el centro de la ciudad por unos meses. Les habíamos hecho perder casi ocho mil dólares.



©José Luis Sánchez Hachero
sanchezhachero@hotmail.com



















Estas son las notas que escribí entonces, muy afectado por esta historia. Las dejo tal cual.






 
Los muertos no sienten ni padecen.
Al menos, que sepamos nosotros.
El cadáver entra en la bolsa para cadáveres y ahí se queda. Sus heridas manchan el blanco inmaculado de la bolsa, puede que de rojo, puede que de marrón, puede que de verde, incluso en algunos casos me han dicho que de amarillo. Los muertos no son muy limpios y no tienen habilidad para evitar las manchas.
Los vivos sí. Si no están borrachos ni alterados, evitan manchar, sobre todo si van a permanecer algún tiempo dentro de la bolsa.
Claro que ¿quién en su sano juicio querría permanecer vivo largo tiempo dentro de una bolsa para cadáveres? El aire fresco del exterior es mucho más reconfortante que una bolsa para cadáveres. Por muy blanca que sea, produce angustia, da mal rollo.
Estoy delante de decenas de personas que se meten voluntariamente dentro de bolsas para cadáveres y veo cómo se agitan nerviosas. Algunas sonríen apesadumbradas, otras no sonríen porque el pesar les puede, otras se ríen abiertamente porque les parece gracioso. Cuando están dentro de las bolsas para cadáveres se tumban en el suelo y se hacen pasar por muertos. El público mira la escena horrorizado pero hay un ronroneo de comentarios interrumpidos tan sólo de cuando en cuando por el flash de alguna cámara. De todos modos, no hay mucha gente, la escena no es muy atractiva y a pocos metros hay payasos, grupos callejeros que tocan música tropical y atractivas muchachas con pantalones muy ceñidos.Los falsos cadáveres no pueden permanecer mucho tiempo en total quietud. Alguno se mueve buscando la mejor postura, otro se agita nervioso porque lo está pasando realmente mal dentro de su bolsa para cadáveres. Muchos sujetan como pueden una foto, que colocan a modo de lápida. Son fotos de personas que miran serios al espectador. Una señora hace auténticos equilibrios para sujetar con dos dedos la foto de un señor con bigote que mira muy serio a cámara. Los dedos salen misteriosos de un fondo blanco que se estira desde el interior de la bolsa para cadáveres.
Un señor, asfixiado, saca la cabeza de la bolsa para cadáveres y asoma sobre una foto de un muchacho con un tenue bigotito que también mira serio a la cámara. Con una mínima observación puede notarse el parecido del señor que saca su cabeza de la bolsa para cadáveres porque se asfixia con el muchacho que mira circunspecto al infinito. El parecido es extraordinario, parece él mismo años atrás.


En una de las bolsas para cadáveres alguien ha colocado un cartelito escrito a máquina. ‘Fosa común de Turbo’. Turbo es una ciudad que está cerca de la frontera entre Colombia y Panamá. Luego estas bolsas simulan provenir de una fosa común. Atamos cabos para comprender la acción que se desarrolla a nuestros pies. Otra bolsa para cadáveres muestra otro cartel. Y otra más allá. Fosas comunes. Imitan a los cadáveres encontrados en fosas comunes en distintas partes del país.
Y las fotos son los muertos encontrados en esas fosas comunes. Ahora es más comprensible.





Pero, ¿quiénes son estas personas que se introducen en esas bolsas para cadáveres sin serlo ellos mismos? ¿Por qué colocan las fotos de los cadáveres mirando serios al infinito?
Son sus familiares, susurra alguien.
¿Sus familiares? ¡Cómo va el familiar de un muerto a hacerse pasar por muerto y reproducir el tránsito de su familiar de la tierra al más allá! ¡No me lo creo!






 Todo comenzó cuando el gobierno pensó que sería una buena idea recompensar a los militares por la captura de esos molestos guerrilleros que alborotan parte del país. Por cada subversivo muerto, les dijeron, les daremos tanto dinero. Y los militares se esforzaron en encontrar nuevos campamentos, en desarticular comandos urbanos, comandos rurales. Un día alguien pensó que ya estaba bien de tanto trabajo: en los barrios pobres, que son la mayoría, pululan miles de ladronzuelos, de traficantes, prostitutas, y qué decir de las veredas perdidas, donde los campesinos sobran porque en este país no caben todos. La idea cundió, se arraigó, se extendió, prendió en la mente de los soldaditos, de los oficialitos, de los altos carguitos, de los cargos altos, del mismo alma del ejército nacional. Los soldados patrullaban las calles de Soacha, por ejemplo, y veían que aquellos dos muchachetes tienen mala pinta, que diría aquel. Los metían en un coche y no se les volvía a ver. Vivos, claro, porque muertos sí que aparecían. Vestidos de guerrilleros, con multitud de golpes, atravesados por balas, destrozados.
Dicen que demostrados hay más de mil cuatrocientos casos pero que pueden ser más de cinco mil. Cinco mil casos son muchos casos. Y mucho dinero en recompensas.




Una mujer, a mis pies, transmuta su rostro en zarza ardiente. Sufre, es evidente, los músculos de su cara se contraen, sus labios apretados denotan tensión, achica los ojos y sube, con sus manos regordetas, la bolsa hasta la altura de su frente. Se esconde mientras intenta sentir lo que sintió su familiar cuando entró en una bolsa como aquella.
Pero qué tontería: su familiar no pudo sentir nada porque cuando entró en una bolsa como aquella ya era un cadáver. Porque es una bolsa para cadáveres. Ya era carne inerte, carne macilenta, golpeada, su sangre ya no fluía, su corazón no latía ni sus ojos veían el blanco inmaculado de la bolsa para cadáveres. Claro que ella sí. Es indígena, la delatan sus rasgos, y en su cultura la muerte tiene una connotación de alegría que su mueca no transmite. Su hijo murió por chorizo, miren qué pinta tiene el mozo, cómo no va a morir. Ese cabello largo por la nuca, esas sienes afeitadas, cuántas carteras no habrá robado en vida. Quién lo va a echar en falta más que su madre, porque madre no hay más que una. Cómo iba a imaginar el soldado que lo fusiló que también lo echaría en falta yo, que no soy ni del país, usted, que me lee, aquel grupo de derechos humanos, qué alboroto por un simple ladronzuelo, este mundo va al revés, ver para entender.



Entras en una bolsa destinada a recibir cadáveres. Te metes e intentas imaginar cómo es ser un cadáver. Y no cualquiera. No. Imaginas cómo debió de ser el momento en el que tu hijo entró en una bolsa como aquella mientras tú estabas en casa preguntándote a cada minuto qué habría sido de él. Imaginas que eres tu propio hijo muerto y representas ese fúnebre teatrillo ante las puertas del congreso de la nación. Precisamente el que tuvo la idea que costó la vida a gente como tu hijo. Permaneces inmóvil, expectante. Te molesta el latido de tu corazón porque te recuerda que estás viva y que tu hijo no lo estaba cuando entró en su bolsa para cadáveres. Aunque cierres los ojos el bum bum de tu corazón te molesta. Porque además se acelera y suena tan fuerte que no escuchas ni siquiera el murmullo de los espectadores. ¡Qué molesto es tener corazón!
De pronto sacas la cabeza porque te ahogas aunque tengas aire de sobra. Ves a la multitud, te deslumbra un flash, ves un foco de televisión.





Y más allá, ves sombras que rodean la protesta.
Y ves que son ellos, que han vuelto, y que esta vez irán a por ti. Son los soldados desplegados para evitar que se produzcan disturbios a las mismas puertas del congreso de la nación. Puede que alguno de ellos introdujera el cadáver de tu hijo en una bolsa para cadáveres como la que ocupas tú ahora mismo. Y sientes deseos de morirte de verdad.
Luego te levantas, recoges tu bolsa, cargas con tus heridas a cuestas y te pierdes por la calle Séptima, mezclándote con las muchachas de pantalón ceñido, los grupos de música tropical, los mimos y los carteristas. Se respira alegría y animación, es viernes, la gente sale y se divierte. Tú ya no te diviertes ni te divertirás nunca más porque has estado dentro de la bolsa para cadáveres y has sentido lo que sintió tu hijo muerto, si es que sintió algo, y ahora tendrás que vivir con eso para el resto de tu vida.


martes, 17 de enero de 2012

Viaje a Cuba: los combatientes cubanos de Angola cantan en Santiago


En el punto álgido de la guerra civil de Angola hasta sesenta mil cubanos estuvieron luchando en África para apoyar al gobierno revolucionario del MPLA (Movimiento Popular de Liberación de Angola), un partido de raíz comunista. Más de dos mil murieron en las selvas angoleñas. En mi viaje a Cuba encontré antiguos combatientes en Angola, en Etiopía, en Mozambique, hasta en Argelia... Vestigios vivos de un extraño pasado, el de Cuba, un país pequeño pero muy presente en el panorama internacional. Muchos te enseñan sus cicatrices. 

Estos dos combatientes de guitarra y trova prefirieron cantarme una canción...







© José Luis Sánchez Hachero
sanchezhachero@hotmail.com

domingo, 15 de enero de 2012

Viaje a Israel: de terrores y terroristas



























En esta foto que encabeza el texto, Yihad me enseña las tumbas de algunos amigos suyos que murieron cuando hicieron explotar los explosivos que llevaban pegados a sus cuerpos. Era la semana santa de 2004, un año difícil en las relaciones entre israelíes y palestinos: pocos días antes el jeque Ahmed Yassin, fundador de la organización Hamas, había muerto asesinado por un misil israelí, un crimen que provocó una repulsa internacional unánime porque el citado jeque languidecía cuadrapléjico y ciego atado a una silla de ruedas. Lo curioso de la fotografía que Yihad protagoniza no está en las tumbas: sí, son suicidas. Tampoco en el nombre de Yihad: Guerra Santa, se llama el muchacho, ya saben, esa guerra santa que en el universo islámico no sólo alude a balas y misiles sino también a la fortaleza mental para no dejarse derrotar por el enemigo más allá de la violencia. Lo curioso del momento está en la tierra removida, en la arena sin lápidas, sin flores y sin muertos. 'Son las tumbas de unos amigos que todavía no han explotado', me dijo Yihad sonriendo con tristeza. A pesar de su nombre y de la difícil vida (en sus poco más de veinte años de vida jamás había salido del campo de refugiados para palestinos de Bethelem, nuestra Belén de los pastores), Yihad no pensaba inmolarse con uno de esos cinturones que facilitaban los más extremistas de Hamás pero algunos de sus amigos sí, ya lo habían hecho, y otros estaban tan convencidos que ya tenían reservada tierra en el cementerio. Eso si conseguían no desintegrarse en la deflagración y si los israelíes tenían a bien devolver los despojos a su familia.


De la mano de Yihad visité a varias familias palestinas que ofrecían, todas por igual, una imagen patética del conflicto. Sentados a las puertas de sus viviendas, las mujeres envueltas en oscuros velos, los hombres, siempre muy mayores o muy pequeños, masticando una ramita, estupefactos, destrozados por una cascada de desgracias que marcarían para siempre sus vidas. Todos eran parientes de miembros de Hamás. La mayoría habían sufrido la conmoción de tener un familiar involucrado en un atentado suicida. Muchos de esos parientes, gente joven, había muerto. Alguno había sido detenido antes de que explotaran. Todos sufrían ahora un castigo extra por sus lazos de sangre. Soldados israelíes patrullaban los alrededores de sus viviendas y los apuntaban con sus metralletas mientras equipos de obreros, al mando de poderosos bulldozers, demolían los cimientos de las casas. Junto a las tumbas sin muertos de Belén había solares limpios de escombros: eran las casas familiares de los suicidas. Sus madres, hermanos y primos deambulaban por las viviendas de sus parientes, buscando consuelo a su cúmulo de desgracias. La justicia israelí había sentenciado: de sus entrañas salieron terroristas, la ira infinita de la justicia no podía agotarse en la muerte o prisión del delincuente. 



Mark Perry es un conocido periodista que trabaja en el Foreign Policy y que ha escrito un documentado investigación sobre el papel del Mossad en oriente medio: artículo del F.P. Entre otros descubrimientos, Perry cita documentos oficiales de los EE.UU en los que se asegura que agentes de la organización israelí se hicieron pasar por agentes de la CIA norteamericana para contratar terroristas en Pakistán que ejecutaran acciones violentas en Irán. En una escalada dialéctica sin precedentes, los gobiernos de los Estados Unidos y de Israel repiten machaconamente que Irán pone en riesgo la estabilidad de la zona, que su empeño en desarrollar energía atómica esconde unas maquiavélicas intenciones para hacerse con una bomba atómica y que el estrecho de Ormuz pertenece a la humanidad y cualquier intento por discutirlo se pagará caro. La contratación de terroristas pakistaníes para atentar en Irán hay que encuadrarlo, pues, en este contexto, un contexto más amplio en el que Irán acusa directamente a los EE.UU e Israel de haber cometido recientemente el asesinato de un físico nuclear mediante una bomba lapa adherida a los bajos de su vehículo. Terroristas como los amigos de Yihad contratados por los castigadores de los familiares de los amigos de Yihad. Terroristas buenos y terroristas malos. Aquí abajo estamos en la vivienda de un médico que tuvo la mala suerte de ver cómo a pocos metros, puede verse, un asentamiento israelí se fue levantando poco a poco. Hasta que un día, un colono lanzó una bomba y destruyó la vivienda del médico palestino, que tuvo que emigrar porque peligraba la integridad de su familia.


Menahed Begin, Isaac Shamir y Ariel Sharon, padres de la patria y presidentes del país en distintos momentos, también encabezaron y formaron parte de grupos terroristas sanguinarios y crueles: Irgún, Stern, Hagannah. Coches bombas que destrozaban hoteles, civiles secuestrados y luego ejecutados, limpieza étnica. Claro que no eran propiamente terroristas para los suyos porque luchaban por su patria hebrea. ¿Dónde empieza el terrorismo y comienza la lucha justa contra el opresor? ¿Cuál es la diferencia entre el terrorista pakistaní contratado por el Mossad y el terrorista palestino de Belén que explota con su mortífera carga? El problema no deja de ser el del 'Otro'. Desde el agujero en la pared de la casa del médico puede comprenderse la diferencia entre el 'Nosotros' y el 'Ellos'. Nosotros simbolizamos la cordura, la familia, los Nuestros. Los Otros están allí, lejos. Si miramos desde aquí, el Lejos se aplica a los de Allí. Y al revés. Desde el lado de los colonos los que observamos por este agujerito somos los Otros. Los incivilizados, los que no tenemos derecho a estar ahí. Los malos. Del otro lado siempre vienen los Terroristas, los Malos. Del nuestro surgen luchadores por la libertad, gente decente que toma decisiones difíciles por el bien común, los Nuestros.



Cuenta Perry en su reportaje que George W. Bush montó en cólera cuando supo que los agentes del Mossad simulaban pertenecer a la CIA, una vuelta de tuerca en esta truculenta historia que se remonta, recordemos, a los años 2007 y 2008. El grupo contratado se llama Jundalah y los mismos EE.UU los han catalogado como grupo terrorista responsable de diversos asesinatos a oficiales iraníes y a civiles de la misma nacionalidad, entre ellos mujeres y niños. 



El dilema moral es muy entretenido y si dejamos fuera las consideraciones patrióticas y la realpolitik de Kissinger, la trama del Gran Juego que ha dominado Oriente Medio desde los tiempos de Richard Burton (Sir Richard Burton) nos deja un escenario paradójico en el que la ética y la moralidad no tienen acceso. Un estado que castiga a los familiares de terroristas pero que contrata a terroristas que ejecutan a civiles. Un país que fabricó armamento nuclear a escondidas y acude a terroristas de otro país que también fabricó armamento nuclear a escondidas para impedir que un tercero, al que acusa de terrorismo, fabrique armas nucleares a escondidas.



© José Luis Sánchez Hachero
sanchezhachero@hotmail.com




Donativos

Publicidad