jueves, 15 de marzo de 2012

Viaje a Timor Oriental: diez años de independencia

Los independentistas del FRETILIN me despiden camino del aeropuerto
El 20 de mayo de 2002 el planeta Tierra se despertó muy temprano con un nuevo inquilino sobre su superficie. Los locales llamaron a su nueva nación Timor Lorosae, o Timor del Sol Naciente, aunque el resto de la humanidad coincidió en que lo llamaría Timor Oriental, para distinguirlo de su país paralelo, Timor Occidental, una región en manos de la metrópoli, Indonesia, que había ordenado también los designios de la nueva nación hasta 1999. Llegué a Timor Oriental procedente de Bali en las últimas semanas de ese pseudoimperio, en un vuelo medio vacío y con la inquietud del que creía dirigirse al fin de los mundos. En la isla de Java la gente dejaba de sonreir cuando escuchaba mi destino, se llevaban una mano a la garganta, decían que perdería la cabeza y que en Tim Tim, como le llamaban, encontraría el mayor de los sufrimientos. Y, claro, con ese panorama, concluí que sólo un inconsciente, o algo peor, querría llegar a semejante isla. Pero me dije que sólo un cataclismo evitaría que llegara a la capital: Dili. Un vuelo de Garuda me trasladó de Denpasar, la capital balinesa, al aeropuerto de juguete, y rodeado por ejércitos de cabras, de la capital de la región díscola. Timor Oriental. Una región que soñaba con recuperarse de veinticinco terribles años de guerra y que ahora sueña con erradicar la miseria que tiene a más de la mitad de su población bajo los umbrales de la pobreza y sin saber juntar dos letras en un papel.

La mitad de los timorenses vive bajo los umbrales de la pobreza
Paramilitar proindonesio me saluda junto al aeropuerto de Dili
Pro indonesio de mirada penetrante
La primera fue en la frente. Alegre y despreocupado me colé en la isla sin saber muy bien para qué ni por qué. El primer intento de reservar habitación en un hotel terminó con una sonora carcajada del recepcionista: entre prensa y personal de la ONU no cabía un alfiler. El segundo intento naufragó entre miradas inquisitivas de 'este tío quién es'. Al tercer intento en un tercer hotel me convencí que la tarea era titánica: ya no había más hoteles en aquel Dili. Recordé entonces mi recién adquirida amistad con un muchacho de Yakarta, Andreas Peresthu, hijo de un importante cargo en el ejército indonesio. 'Si tienes algún problema, llámame'. Y lo llamé. 'Dame cinco minutos', me tranquilizó desde el otro lado de un teléfono digno de Mortadelo y Filemón. Efectivamente: en cinco minutos, Andrea llamó desde Yakarta, convenció al recepcionista para que encontrara una habitación donde fuera para una noche y me enviara, al día siguiente, a un convento hospital en el centro de la ciudad. Siempre que aquello pudiera considerarse el centro y Dili una ciudad. Dejé la mochila y me dirigí entonces a la playa, apenas de veinte metros de la recepción, pisé la arena de Timor, vi los restos de las naves japonesas que enseñorean la bahía y el mar de Timor y dejé rodar una lágrima por la mejilla: lo había conseguido, estaba en Timor Oriental, ¿podía haber algo más bello?, pensaba: 'señor, ni se le ocurra bañarse', me aconsejó una muchacha, 'el agua es radioactiva y además hay conchas venenosas que si te pican te ahogas'. Mis lágrimas aumentaron su raudal y aún tuve que dar las gracias a Andrea por no pernoctar en plena calle, a merced de los grupos de paramilitares que alegraban las noches locales.

Sólo el 5% de los timorenses son musulmanes: más del 90% son católicos, al estilo portugués (o sea, católicos)

La isla de Timor estuvo en manos de los portugueses desde principios del siglo XVI, cuando se apoderaron de la zona con la emoción del que encuentra un tesoro. A pocas millas se encuentran las islas Célebes y las Molucas, las islas de las especias, y en Timor, Sumba y Flores los portugueses, además, encontraron abundantes árboles de sándalo y una posición estratégica para evitar la invasión de sus vecinos europeos. La primera expedición en completar la vuelta al globo, la de Juan Sebastián Elcano, se topó con los lusos en las Molucas sinceramente enojados al ver que los españoles habían encontrado una segunda ruta en un mundo que hasta entonces se presumía plano. Juan Sebastián Elcano consiguió escaparse y llegar a Sanlúcar de Barrameda con otros diecisiete marineros pero los portugueses convirtieron en un infierno la vida, entre otros, del jerezano Ginés Mafra, cronista de la epopeya y encarcelado en húmedas jaulas durante larguísimos años, primero en Banda, más tarde en Goa, finalmente en la cárcel de Limonejo, en Lisboa.


Proindependentistas del FRETILIN
De la historia portuguesa quedaba, además de algún inesperado campesino con bigotito al estilo Algarve, los carteles en portugués (agujereados por balas) y las mansiones típicas del sentir luso: sus balaustradas ceremoniosas dando espacio al patio de las fincas cafeteras de principios de siglo, unas conchas de cemento a medio derruir al final de la playa de Dili, donde los pudorosos bañistas de cincuenta años atrás se desnudaban antes de sumergirse en las turbias aguas del mar de Timor, el paseo marítimo de la capital, chorreando saudade desde el asfalto rajado de la carretera hasta los restos de aquel submarino nipón hundido por el ejército norteamericano.

Mansión portuguesa en Liquisa en manos de tropas internacionales de la ONU

Lo primero que se veía abiertamente era la división de los timorenses. El general Suharto invadió la isla en 1975, apenas una semana después de que Portugal concediera la independencia a este remotísimo eje cafetero: el 29 de noviembre la revolución de los claveles alteraba un tranquilo lugar que no conocía esa flor ni en fotografías y el 7 de diciembre las tropas de Suharto entraban en Dili y convertían la región en la vigésimo séptima provincia de la inmensa Indonesia. Una invasión que no gustó nada a los timorenses, que se veían reyes de su tierra y dueños de un futuro revolucionario: los miembros del FRETILIN que yo encontré vestían camisetas del Che Guevara y de Bob Marley, escuchaban reggae y tenían pinta de ejército 'enrollao' aunque con miradas torvas y duras, producto de veinticinco años de resistencia a un poderoso ejército. Suharto ordenó destruir las aldeas de los belicosos Tetum, los originales habitantes de la isla, una extraña raza que me parecía a mitad de camino entre los mulatos de Santiago de Cuba y los aborígenes del desierto central de Australia. Los militares indonesios se tomaron muy en serio eso de destruir a los enemigos y esparcieron napalm por los frondosos bosques, arrancaron los cultivos, fusilaron a familias enteras (y tanto fue su fervor que incluso ejecutaron a cuatro periodistas australianos en una tragicómica historia que terminó con los cuerpos de los plumillas disfrazados de guerrilleros del FALENTIL y enterrados varios veces en distintos lugares porque los soldados indonesios no se sentían seguros de lo que habían hecho).

Los guerrilleros independentistas tenían pinta de ejército de Che Guevara 


Dicen que es uno de los grandes genocidios del siglo XX, junto al de los armenios, el de los judíos y el de los tutsis ruandeses: al menos 220.000 timorenses murieron por culpa del ejército indonesio, la mayoría por hambre y enfermedades causadas por los desplazamientos y reclusión de la población civil, pero también por bombardeos, ejecuciones sumarias y torturas. Un récord porque el censo de Timor Oriental ascendía a poco menos de 650.000 personas: una de cada tres murió a manos del invasor. Claro que las cifras pueden mentir: hay quien habla de 300.000 víctimas mortales, además e los 60.000 refugiados, lo que incrementaría la ruindad de esta colonización. Cifras cambiantes que aseguran que los refugiados eran muchos más: hasta 200.000, la mayoría en Timor Occidental, que sólo se atrevieron a regresar tras la proclamación de la independencia. Las matanzas de Timor Oriental nunca tuvieron mucha repercusión porque los altavoces de la sociedad internacional estaban en el lugar equivocado: los Estados Unidos, con Henry Kissinger al frente, apoyaron sin fisuras la lucha anticomunista del general Suharto, que perdió entonces los papeles de la decencia mínima y ordenó destruirlo todo. Los guerrilleros de Timor contaban con el apoyo de China pero entre las virtudes de Pekín no se encontraba la libertad de prensa así que los pobres timorenses no pudieron contar con más apoyo mediático que el de los periodistas independientes (que tampoco tenían fácil entrar en la isla). Kissinger tenía pánico a que se le repitiera otro Vietnam en la región y los hombres de Suharto pasaron a cuchillo a la población tetum y también liquidaron a otro millón de 'comunistas' de la isla de Bali (aunque las crónicas oficiales nunca aceptaron más de medio millón de víctimas, Andrea aseguraba que la cúpula militar barajaba más de un millón de muertes).

Soldados indonesios destinados en Timor Oriental

Un invasor que me trató muy bien, todo sea dicho. Los soldados me acariciaban el lomo, como si fuera un perrito pachón, los colonos indonesios me ofrecían tazones de arroz y los paramilitares de mirada torva y oscura se ofrecieron a posar ante mi objetivo con una forzada naturalidad y un desparpajo que me dejó grandes momentos fotogénicos y una invitación de Javier Sardá a su programa (que nunca se llegó a materializar, por cierto). La cosa es que en la isla los partidarios de uno y otro bando se cruzaban por la calle sin mirarse las caras e incluso sentados en un mismo banco dos tipos me hablaban uno en portugués y el otro en inglés dejando claro su posicionamiento. 'Somos amigos', decía uno, 'pero si mañana hay problemas...' y me los imaginaba al pronto dándose de machetazos en mitad del asfalto de la carretera.

Independentistas del FRETILIN















'No queremos indonesios aquí: en mayo asesinaron a mi mejor amigo, en abril ya había caído otro y en marzo otro más...'. Arsenio Gonçalves me enseña una gran cicatriz a la altura del bíceps. 'A mí también quisieron matarme', dice mientras me mira con unos ojos negros como la noche, 'pero yo sé cuidarme'. Arsenio viste abrigo azul con símbolos de las Fuerzas Armadas de Liberación Nacional de Timor Oriental, FALINTIL, un abrigo exagerado para el calor tropical que hace en esta latitud. 'Así puedo llevar mi pistola sin que nadie lo note', dice cándido y me imagino a los soldados agradecidos persiguiendo tan sólo a los abrigados de la isla. No lejos de allí, un grupo de jóvenes con aspecto indonesio me saluda al pasar. 'Mi nombre es Emilio Ximenes', dice uno entre carcajadas y los demás estallan en tremenda risotada. 'El mío es Xanana, Xanana Gusmao'. Son milicianos proindonesios y están de broma las criaturitas. José Alexander Xanana Gusmao era el líder de la oposición y llevaba entonces veinte años en una prisión de Yakarta por encabezar la rebelión del pueblo timorense. Su nombre era ya entonces un mito entre los independentistas, su imagen a los Che Guevara encabezaba cualquier manifestación y todos le consideraban el presidente honorario del país que no existía. Emilio Ximenes tenía otro apellido más: Belo, y era obispo, el Obispo Belo, nada menos que premio nobel de la paz en 1991, junto al exilidado José Ramos Horta, por liderar la oposición pacífica a los indonesios.



El premio nobel de la Paz, el obispo Belo, saluda a Megawati Sukarnoputri, futura presidenta de Indonesia


El café de Timor Oriental es famoso en el mundo entero
Domingo Soares era el líder de los milicianos de la región de Liquasa. Sus hombres, machete en mano, recorrían los caminos entre los poblados atravesando extensos cafetales, la principal riqueza de la isla. 'Durante años las potencias extranjeras han prometido ayudas pero nunca aparecen por aquí', me comentaba. El espectáculo de los milicianos en el monte era realmente pavoroso: con machetes de más de medio metro lo mismo cortaban matas de café que los cuellos de sus enemigos. Incluso sospechaba que no entendían la diferencia entre pertenecer a la República de Indonesia o montar un país desde cero. En Liquisa campaban a sus anchas los paramilitares del BMP (Besi Merah Puti, los colores de la bandera indonesia, rojo y blanco) y cometían algunas de las peores matanzas de la isla. 'En el lago de Liqasa arrojan los cadáveres de sus oponentes para que se los coman los cocodrilos', me comentó un agente de la ONU que, cosas de la vida, era de Galicia. 'Cada día nos llegan noticias de secuestros y asesinatos pero la mayoría de las veces no llegamos ni a verlos...' En la fina más burguesa de Liquasa vivían los agentes de la ONU emplazados a la zona: dos de ellos eran españoles. María Pérez Iribarne, catalana, y Paco Navares, gallego, ambos miembros del cuerpo de la Policía Nacional española. Un auténtico desvarío encontrarse en una latitud tan remota con dos españoles de uniforme. Dormían vestidos, porque los paramilitares les atacaban de noche y no tenían armas para defenderse. Habían enfermado de malaria y una vez incluso deambularon durante días por la isla porque la carretera de huida a Dili estaba ocupada por los proindonesios. No eran los únicos españoles: tres guardias civiles y otro policía nacional a los que nunca llegué a ver. Con Paco y María recorrí la región para conocer la situación y la tensión podía cortarse con un cuchillo de palo. En una colina se produjo el momento más complicado: un grupo de paramilitares caminaba lentamente cargados con troncos y enormes machetes. Paco y María convivían con otros cuatro agentes, uno de ellos, según me dijo, encargado de hacer los retratos robot en la policía de Nueva York: y para demostrarlo, se marcó un retrato de Paloma, una amiga del Puerto de Santamaría que tuvo el extraño honor de convertirse en la única turista del país en guerra.

El agente neoyorquino hace un retrato de Paloma
Paloma, la única turista en una isla en guerra

María con un grupo de escolares timorenses
Paco Navares vigila la formación de una mesa electoral en el referéndum de 1999

Paramilitares de la región de Liqasa, la región donde malvivían los agentes españoles

Las protestas internacionales habían crecido en estos años, desde la invasión del 75 porque, a pesar de la oscuridad que rodeaba todo lo relativo a la isla, las muertes resonaban por el espacio cósmico y hasta Washington tuvo que pedir cordura antes de que no quedara nadie. En 1989 el papa Juan Pablo II visitó la isla para exigir que acabara el baño de sangre pero en cuanto hubo abandonado el país los soldados indonesios volvieron a disparar a todo el que se había señalado con algún gesto independentista. La ONU sudó sangre para conseguir que Yakarta, o Suharto, que era lo mismo, aceptara un referéndum para que los habitantes de Timor decidieran su destino. Durante años, los indonesios enviaron colonos por miles para desequilibrar la balanza poblacional pero el referéndum no dejó ninguna duda: acudió el 98% de los vecinos y el 78.5% a favor de la independencia. La campaña de los autonomistas (Yakarta ofrecía una mayor autonomía dentro de la república) fue un fracaso y los partidarios de la bandera blanquiroja se lo tomaron tan mal que destruyeron la isla casi por completo. Las calles que yo había recorrido unos días antes desaparecieron, desplomaron los edificios, incendiaron las sedes oficiales y pasaron a cuchillo a todos los sospechosos de secesión. Suharto concluyó que estaba 'harto de aquel pedregal' y retiró poco después sus tropas para que, el 20 de mayo de 2002, naciera un nuevo país, herido y desfigurado, Timor del Sol Naciente.

Un agente de la ONU agotado tras pasar lista entre el vecindario de una población de Timor Oriental
El día de mi partida, días antes de que se desencadenara la última e irracional violencia, acudí a un acto de exaltación de la bandera del país en ciernes. Nunca había asistido a un acto con tanta carga emocional y, al tiempo, tan desastroso. Sobre una tarima, un grupo interpretaría las notas del himno de un país que no existía. En mitad del jardín, un timorense ataviado con el traje típico entonaría una sentida nota de trompeta mientras unos muchachos izaban la bandera. El trompetista se preparó para la nota más importante de su vida. La bandera comenzó a subir hacia el límpido cielo del mar de Timor cuando la mitad del instrumento salió despedido por los aires. El trompetista, seriamente azorado, partió en pos del pabellón, que había aterrizado varios metros más allá. El público contenía no la risa sino las lágrimas: eran casi veinticinco años de guerra lo que tenían en sus cabezas. La escena volvió a repetirse: la bandera volvió a ascender majestuosa, el trompetista consiguió que su nota se elevara incluso por encima de la enseña. Pero algo iba mal: la bandera estaba al revés. El trompetista detuvo su esforzada nota, la bandera volvió a descender. Cuando todo parecía enderezarse (la bandera al derecho, la trompeta entera y la nota sonaba incluso musical) el grupo que esperaba sobre la tarima dejó oír los primeros compases del himno nacional interpretado a piano. Pero la tarima cedió, el piano rodó por el verde césped y el grupo de músicos aterrizó, también ellos, a unos metros de su enclave original.

El trompetista, afligido por la explosión de su trompeta, escucha el himno nacional con emoción contenida: abajo más imágenes de aquella primera izada de la enseña nacional de Timor Oriental


Mientras que los independentistas lloraban a moco tendido escuchando su himno y recordando a sus muertos, los proindependentistas contraprogramaban con un concierto a favor de la integración en Indonesia y una pretendida autonomía. Los colores blanco y rojo relumbraban por doquier y un grupo de música rock interpretaba horribles versiones de piezas occidentales bajo un sol que caía a plomo. Los paramilitares tenían cierta propensión a adornar los caminos y los arcenes de las carreteras con las cabezas cortadas de sus enemigos, una ancestral costumbre en el Pacífico y alrededores que aún se sigue practicando hoy día en lugares como la cercana Borneo. Claro que viéndolos de fiesta uno no podía sospechar que la tomaran tan a la tremenda. Pocos días después de mi marcha de la isla asesinaron a un periodista holandés, Sander Thoenes, ( http://www.memorialforsander.org/) encabezados por dos soldados, uno de ellos de nombre portugués: Camilo Dos Santos... 






Desde el inicio de su andadura como país independiente, Timor Oriental ha estado en manos de Xanana Gusmao, el antiguo guerrillero del FALENTIL, un humanista amante de la pintura y la poesía que no ha conseguido, sin embargo, mejorar el nivel de vida de los timorenses. Ahora Xanana podrá volver a lo que más le gusta: pintar puestas de sol, las fantásticas puestas de sol de Timor, con sus cocodrilos marinos, sus conchas ponzoñosas, el pan de azúcar que domina la bahía desde una colina y los restos de los submarinos japoneses hundidos en el mar de Timor.

© José Luis Sánchez Hachero
sanchezhachero@hotmail.com












































sábado, 10 de marzo de 2012

Viaje a Kosovo: carnaval de Cádiz en Vitina

Un albanés mantiene alto el espíritu y yo decido imitarle

Hace ahora diez años alquilé un renault Clio en el aeropuerto de Sofía, la capital de Bulgaria, le prometí a su dueño que como mucho me acercaría a la frontera griega y enfilé morro a Macedonia, donde la guerrilla albanesa del UÇK-M asaltaba a las tropas eslavas reivindicando un referéndum que les permitiera unirse a sus hermanos de raza. En la ciudad de Kumanovo conocí a un albanés, Sheval, que se ofreció para presentarme a los guerrilleros aunque, eso sí, deberíamos ir a Kosovo para contactarlos. Sufrí entonces un ligero vahído porque le había prometido al dueño del vehículo que no lo expondría a ninguna situación de riesgo y el destino me llevaba al peor escenario posible. Conseguimos, con vicisitudes sin nombre, llegar a Pristina, la capital de Kosovo, y de ahí a Vitina, donde se suponía que los guerrilleros harían por saludarnos. Pero la espera se hizo eterna y decidí, una tarde, pasear por la ciudad y hacer algunas fotos. Apenas un par de barrios de Vitina permanecían en manos de los serbios, mientras que una multitud de albaneses deambulaba por las calles de la ciudad sin mucho más que hacer que mirarme de arriba abajo con cara de enfado. Por fin encontré uno de esos barrios: a la entrada, cuatro soldados norteamericanos de la OTAN, con sus dedos en los gatillos y abrigados por unos enormes chalecos antibalas, vigilaban que ningún albanés entrara en las calles serbias mientras que un grupo de mujeres volvía de la compra escoltadas por otros soldadotes igualmente imponentes y enormes.


Decidí entonces que ahí había una buena foto. Saqué mi cámara, localicé a los militares a través del objetivo, enfoqué alegremente y una sombra cariacontecida se me acercó de mal humor. ¿Qué hace usted?, me preguntó el soldado. Fotos, le dije yo enarcando las cejas mientras le enseñaba un carnet de prensa. 'Este carnet no vale', me espetó serio. Era mi carnet de Canal Sur. 'Lógico', pensé yo, 'aquí nadie conoce Canal Sur'. Rebusqué en la cartera con la esperanza de encontrar otro carnet: ahí estaba, el carnet de la Asociación de la Prensa de Cádiz: tenga usted. El militar lo miró con cierto asquito y me lo devolvió mientras meneaba la cabeza. Vaya, este tampoco sirve. Nervioso, rebusqué con ahínco mientras el soldado acariciaba su M16. Localicé por fin una nueva acreditación de prensa: un viejo carnet del diario Ya, caducado años atrás, un absurdo recuerdo de mis tiempos de corresponsal en Colombia. 'Está caducado desde hace cuatro años', observó con evidente malhumor el coloradote militar. Confieso que lo vi todo perdido y que me imaginé despellejado por una turbamulta albanesa, o tiroteado por sus compañeros, que asistían en la distancia al espectáculo con caras que rayaban el suelo sin asfaltar del barrio serbio. A punto de agotarse mi muestrario de carnés, localicé el último: una acreditación de prensa del concurso de agrupaciones carnavalescas del Gran Teatro Falla de Cádiz. Lo saqué de su ranura y se lo alargué con canguelo al que presumía ya mi verdugo. El hombre lo miró ceñudo, comprobó que la foto se correspondiera a mi rostro, me escudriñó, miró otra vez la foto y concluyó: 'That's right'.


Y aquí dejo algunas fotos de aquel extraño momento en el que los soldados norteamericanos de la OTAN desplegados en Kosovo me permitieron acompañarlos de patrullaje y fotografiarlos gracias a un carnet de prensa del carnaval de Cádiz.


Los soldados de la OTAN se ríen de mi candidez pero me permiten fotografiarlos gracias a un carné del carnaval de Cádiz









 © José Luis Sánchez Hachero
sanchezhachero@hotmail.com

miércoles, 7 de marzo de 2012

Viaje a Cádiz: así murió el precursor de las independencias de América




Cayetano Valdés y Flores, a la sazón capitán general de Cádiz, sintió una sensación de hartazgo cuando recibió la orden de la Secretaría de Estado. ‘En la cárcel hasta que hinque el pico’, le dijeron poniendo en sus manos la más pesada carga del momento: Francisco Miranda. Cayetano, un curtido marino sevillano integrante de la expedición científica de Malaspina, debió de pensar que más coces daba la historia y encerró al levantisco prisionero en una húmeda mazmorra de la prisión de la Carraca, en San Fernando. Poco quiso saber de aquel prisionero al que unían más cosas de las que lo separaban, sobre todo porque el mismo Cayetano tuvo que huir meses después cuando Fernando VII le condenó a muerte por liberal. Eso sí, antes de irse proporcionó al ilustre prisionero un ayudante de cámara, o más bien de celda, un joven soldado gaditano llamado Pedro José Morán que se identificó tanto con su reo que lo acompañó más como sirviente que como vigilante.

El 14 de julio de 1816 murió en la prisión de La Carraca, Francisco Miranda, el primer libertador de las colonias españolas en América. Tan primero que imaginó un continente llamado Colombia con frontera norte en el río Misisipí y sur en el cabo de Hornos mucho antes que Bolívar, O’Higgins o San Martín. Además, lo soñó gobernado por un Inca hereditario y una legislatura bicameral, la unión de todas las colonias hispanas. Miranda había llegado a teniente coronel en el ejército español pero renegó de su bandera y cultivó amistades tan nimias como las de Washington, Catalina la Grande, Lafayette o Napoleón, se aficionó a los libros prohibidos, participó en la revolución francesa, fue condenado a muerte por los revolucionarios galos con los que tanto luchó, huyó a Inglaterra y fundó una logia masónica e inspiró el movimiento independentista que, décadas después, convertía América en un recuerdo nostálgico para los españoles. Tras completar una biografía de interés se levantó en armas contra la corona española pero terminó mal: traicionado por Simón Bolívar, entregado a los españoles, abatido en una húmeda prisión de la Guajira, a orillas del Caribe, y de ahí a Puerto Rico y a la bahía de Cádiz, cargado de cadenas y con el que habría de ser su último destino. La Carraca.

Es de suponer que Miranda mantenía conversaciones de alto nivel y tres años encerrado en una húmeda mazmorra de la bahía de Cádiz tuvieron algo que ver en la apoplejía que acabó con su vida. El joven Pedro José debía de escucharlo al principio con hartazgo, después con curiosidad, más tarde con la impresión de tratar con un libro andante. Finalmente, Pedro José llegó a considerarse no un carcelero sino un fiel servidor. De su muerte supo el mundo gracias a Morán, que envió al menos dos cartas a los británicos Duncan, Shaw y Cia, amigos incondicionales del caraqueño.

‘Mis venerados señores: Me obligan a dar a ustedes parte de la situación en que se halla mi amado amo, el Excmo. Señor Francisco de Miranda, las instancias del mismo para que se lo comunique a ustedes, a fin de que inmediatamente lo participen, sin la menor dilación, al señor Turnbull y demás señores de la plaza de Gibraltar. El día 25 en la noche, a las 11 de la misma, le acometió un ataque apopléjico que pensamos se lo llevase; volvió en sí, quedándole de resultas de esto una calentura pútrida con demasiada malicia; a las 48 horas acudió una inflamación a la cabeza y una fluxión a la boca, que le tienen en los últimos trances de la vida; le asisto con el mayor cuidado, pues en su salud consiste mi felicidad; tengo recogidos sus papeles para en caso de que fallezca remitírselos a ustedes, a fin de que a su vez lo hagan a la plaza de Gibraltar. He hecho celebrar ya cuatro juntas de facultativos, y en todas ellas no me dan esperanza ninguna. Es cuanto tengo que comunicarles hasta esta hora, que son las 12 del día’.


‘No se me ha permitido por curas y frailes le haga exequias ningunas, de manera que, en los términos en que expiró, con colchón, sábanas y demás ropas de cama lo agarraron y se lo llevaron para enterrarlo; de seguida vinieron y se llevaron todas sus ropas y cuanto era suyo para quemarlo’


Bibliografía:
‘Sueños de un libertador’. Goñi 2009
Alfonso Rumazo, en su Libro Francisco de Miranda Precursor de la Independencia, EDICIONES DE LA PRESIDENCIA DE LA REPÚBLICA DE VENEZUELA, 2006

©José Luis Sánchez Hachero
sanchezhachero@hotmail.com

domingo, 4 de marzo de 2012

Viaje a Marruecos: haciendo hachís en las montañas del Rift






Antes de empezar, miren este video que grabé en las montañas del Rift, en Marruecos, hace ya algún tiempo. Y piensen mientras lo ven que hablamos de un negocio de 20.000 millones de euros al año.
Según el centro europeo para el seguimiento de las drogas y sus adicciones, Afganistán se ha convertido en el principal productor del mundo de resina de hachís, superando ampliamente al que tradicionalmente ha detentado las cifras más escandalosas: Marruecos. Ahora Afganistán, tras una guerra devastadora y una ocupación militar de más de una década, produce entre 1.200 y 3.700 toneladas de resina al año, emcdda.europa: el link , una cifra que, sin embargo, no llega sino de modo residual a Europa porque sus consumidores continúan abasteciéndose mayoritariamente en el mercado marroquí. Y esto sin contar con la producción de opio para satisfacer el mercado mundial de heroína: buen balance para una guerra y una ocupación militar. Si pretendían erradicar talibanes, ahora son más y sin pretendían erradicar cultivos, han diversificado la oferta.
El hachís marroquí, por su parte, suele entrar en el mercado europeo a través de la península ibérica para distribuirse por todo el continente gracias a las organizaciones establecidas en Bélgica y Holanda. El cannabis sativa es una especie originaria de las cordilleras del Himalaya, pero no una especie de planta cualquiera sino una fiel compañera del ser humano desde los albores de la Humanidad. Durante milenios ha tenido usos textiles, medicinales y hasta religiosos. Es el cerdo de las plantas: con ella se han hecho vestidos, se han elaborado cuerdas, papel, su aceite ostenta récords de baja graduación en grasas saturadas y hasta se utiliza para combustible biodiésel. Y esto sin mencionar los usos medicinales y rituales. Las estimaciones dicen que se cultiva en 172 países de todo el mundo y la producción de plantas de cannabis sativa, sólo en 2008, se estima entre las 13.300 y las 66.100 toneladas, y de entre 2.200 y 9.900 toneladas de resina de hachís. La producción no sólo crece en todo el mundo sino también en Europa donde los reportes policiales estiman que los cultivos caseros se desarrollan imparables en los veintinueve países aunque con especial atención a Albania, Bulgaria, Moldavia, Montenegro, Serbia y Ucrania, abastecedores de los mercados de los europeos orientales: informe.
Según la organización mundial de aduanas, al menos el 70% de la producción del hachís marroquí se dirige al mercado europeo: para ello permanecen sembradas 100.000 hectáreas que producen un beneficio de unos 20.000 millones de euros anuales. Una cantidad, como poco, interesante. Sobre todo en estos tiempos de recortes, austeridad y cinturones apretados hasta el último agujero. La cuestión no es baladí, sobre todo en unos tiempos en los que hasta los principales dignatarios de Centroamérica encuentran eco a su propuesta de estudiar cómo legalizar una droga tan peligrosa, a priori, como es el clorhidrato de cocaína. Algo se mueve en el entramado internacional de la lucha contra las drogas y no puede ser de otro modo visto el fracaso tan absoluto de su cometido principal: cada vez hay más cantidad, más consumidores y nuevos tipos, por no hablar de las tradicionales que han sufrido importantes cambios genéticos para incrementar sus efectos (la marihuana variedad ‘Creepy’, por ejemplo, posee una cantidad muy superior al 15% de THC cuando lo habitual es no superar el 6% y la nederwiet, la hierba local de Holanda, ha sufrido tantas alteraciones que el gobierno holandés se plantea convertirla en droga dura)
Sobre el componente de la cannabis sativa que provoca esa sonrisa maliciosa y un tanto bobalicona entre sus admiradores, el THC, no me detendré porque mucho se ha hablado y escrito ya. Prefiero centrarme en la polémica de ese pequeño municipio de Tarragona, Rasquera. Su ayuntamiento en pleno decidió hace unos días permitir una plantación de cannabis para satisfacer la demanda de una asociación cannábica de las que tanto proliferan ahora por España agarrándose a los resquicios legales para no terminar en un juzgado: aunque ni así porque las autoridades siguen montando ridículas operaciones antidrogas que se saldan con dos macetas incautadas y un movimiento de agentes que harían palidecer a las antiterroristas. Los vecinos de Rasquera ven un negocio suculento y se preguntan por qué no aprovecharlo. La fiscalía investiga el caso, algunos habitantes creen que el pueblo se llenará de drogadictos peligrosos que asaltarán a los abuelos a plena luz del día y en el País Vasco se preguntan por qué no se les ocurrió antes a ellos.
Según el centro de seguimiento de las drogas y sus adicciones, el precio de un gramo de resina de hachís varía entre los 3 euros y los 19, un estudio realizado en 2009 en 18 países, un precio que se mantiene estable con las excepciones de Letonia, Hungría y Polonia, donde la abundancia hace que no deje de bajar. En todo caso, un negocio redondo, con una demanda estable y fiel que necesita una infraestructura nimia y que ofrece trabajo, en el norte de Marruecos, a decenas de miles de familias. Si la lógica del mercado manda que grandes bolsas de población queden exentas de actividad laboral reglada, fuera de los tentáculos de la educación y la sanidad gratuita, excluidos incluso de vivienda, supongo que el mercado no tendría inconveniente en admitir en su círculo la comercialización de un producto con una amplia demanda, formada por adultos responsables de sus vidas, y con la posibilidad de reanimar una economía en bancarrota, como es la española. Hay extensas zonas del sur de España que ofrecen una orografía y una pluviosidad idénticas a las del norte de Marruecos, zonas montañosas calcadas a las del otro lado del Estrecho con la potencia de satisfacer esa demanda: pregunten en las Alpujarras granadinas, por ejemplo, o mejor no, no pregunten, porque igual se llevan ya una sorpresa. Zonas idénticas a las del video, precisamente. Si los mercados mandan, tal vez sea hora de legalizar un producto que, de facto, ya es legal, y someterlo a una vigilancia sanitaria que garantice una calidad como ocurre con las bebidas espirituosas, sin ir más lejos.

A no ser que los mercados estimen que sus ganancias son mayores si permanece ilegal, que también.




© José Luis Sánchez Hachero
sanchezhachero@hotmail.com

martes, 28 de febrero de 2012

Viaje a Colombia: Andrés Carne de Res



La carta del menú de Andrés Carne de Res
En las afueras de Bogotá, en la ciudad de Chía, se levanta el más extraño restaurante en el que yo haya probado bocado. ¡Y qué bocado! Carnes a la parrilla, mamona a la brasa, suculentos chuletones, bifes en su punto, chinchulines, exquisitas verduras a la plancha, frescas, al vapor, lo que usted quiera y pueda extraer de la extraña carta con manivela que le facilita el amable staff del lugar. Andrés Carne de Res es uno de esos lugares que le evocan a uno la magia que sentía al ver películas fantásticas de niños embrujados a través de un libro de sortilegios que le catapultaba a otra dimensión. ¿Qué es aquello que cuelga de una columna? ¿Y aquel cartel? ¿Por qué todo tan recargado? Entre la clientela, que se mueve como si estuviera en un museo, suenan risas, el barullo de un picnic pero entre tinieblas, con poderosos chorros de luz dorada abriéndose paso entre tanto cachivache a través de amplios ventanales. Una cascada de colores, chilla el rojo y grita el amarillo, sobrevuela majestuoso el amplio y delirante espacio que más que dejar aire al comensal parece esperar el nuevo disparate de Andrés, el de la Carne de Res, que venga a poblar aún más las alturas de este restaurante sin igual. Y entre los gritos de los trastos de lata y las campanas y los sombreros y los faroles y tantas cosas resuenan las notas de un porro, un clarinete entrechoca con el sombrero de un señor, dos chicas cantan una canción con ribetes épicos. La carne cojeará, presumo abrumado ante la explosión de tanta vida inane, pero no, qué va, la carne excelente, la bebida en su momento, la sonrisa del camarero que ya la quisiera yo para los camareros de mi ciudad. Andrés, Carne de Res, en Chía, Colombia.



Las paredes no dejan de sorprender: siempre un detalle nuevo, siempre una historia inconclusa porque ante los atónitos ojos de los clientes una lucha entre extraños chismes se desarrolla atroz. Andrés Carne de Res, restaurante atípico' reza uno de sus muchos cartelitos, el más antiguo, sin embargo, porque este fue el original, el primero, el que diera nombre a un ranchito que se antoja ahora perdido en cualquier memoria que lo hubiera conocido y se enfrentara ahora a este dislate. Al caer la noche los camareros saltan sobre las mesas y taconean las canciones de moda entre filetes y tenedores huidizos, por aquel pasillo serpentea una larga fila de señores trajeados conducidos por una majorette enarbolando una bandera a modo de conga, el restaurante respira, palpita, produce vaho a los más frioleros y evoca los monstruos de las pesadillas goyescas aunque despojados de cualquier temor: uno disfruta, está en el sitio que siempre quiso estar, es el paraíso onírico de los más pequeños, la isla de Pinocho sin el susto de acabar convertido en asno.




Andrés Carne de Res no es un restaurante.
Andrés Carne de Res no es un bar.
Andrés Carne de Res no es un bailadero.
Qué es Andrés Carne de Res?
Revela un oráculo de la Virgen de Guadalupe que Andrés Carne de Res es un alucinado viaje para desorbitados.

Lo más parecido a conocer qué es Andrés Carne de Res está aquí dentro: http://www.andrescarnederes.com/ El delirio de su visita se refleja en su web y termina por marearlo a uno de tan estupefacto que se siente.




El templo al dios Kitsch no sólo rezuma trastos y objetos dispares sino también actividad, como digo. Los atestados pasillos actúan a modo de vomitorio de un surrealista coliseo levantado con la excusa de llenar las tripas. En el patio multitudes de pequeñuelos saltan entre más cacharros, los hay que pintan con acuarela, uno parece montar un torito, en aquella sala una profesora de baile enseña danzas clásicas a sus alumnas, tranquilos mientras sus padres, sumergidos en su baño de artilugios, descorchando botella tras botella.





 Cuentan que a su dueño, Andrés Jaramillo, le han querido comprar la franquicia muchas veces pero que prefiere seguir luchando por conseguir que sus más de quinientas mesas ofrezcan cada día un espectáculo nuevo a su clientela. Y que siga por muchos años porque es un lugar extraño, esotérico, una fábula al servicio de los jugos gástricos en la que a nadie extrañaría que su chuleta a la brasa se levantara del plato y ofreciera un improvisado concierto de vallenatos.









 © José Luis Sánchez Hachero
sanchezhachero@hotmail.com


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