miércoles, 21 de octubre de 2015

Viaje a Irak: las tres sillas de Ziad, el policía de Qaraqosh


A las puertas de un contenedor, frente a una fila de ropa goteante que tardará en secarse porque las corrientes de aire son frías y malsanas, me observan tres sillas. Yo también las observo. ¿Quién las ha pintado? ¿Y por qué? ¿Y qué significan esos dibujos? 'Son las sillas de la familia de Ziad, el policía', comenta un abuelo que deambula errático y meditabundo. 'Lo pone ahí: ¿ve? Po-li-cía', dice con cierta guasa el abuelo. Pues es cierto: po-lic. Y a mi lado un gigantón lo confirma: 'son mis sillas'.

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Ziad Khalid es un gigantón con una sonrisa tan triste como su mirada. Tras su bigote unos ojos inquietos no pierden detalle de su alrededor y me miran con mirada triste. A su lado está su esposa, Afaf Nafa, con una mirada no menos triste y con unos ojos también acuosos. 'Soy oficial de la policía', me dice Ziad mientras toma entre sus brazos con una llamativa delicadeza a su sobrino, 'y le voy a contar qué me ocurrió'. Su mujer no puede más y se va con un deje dramático a su improvisado hogar, un contenedor situado en el interior de un edificio a medio construir en Ankawa, al norte de Erbil, en el Kurdistán iraquí. 'Hacíamos guardia en un control de carretera a las afueras de Qaraqosh junto a los peshmergas cuando nos avisaron de que venían los del Da'esh (el Estado Islámico)'. Serían las dos y media de la madrugada cuando los kurdos recibieron una llamada de teléfono: abandonen el lugar. 'Ni siquiera pidieron apoyo en forma de fuego aéreo o algo así: a las tres de la mañana los yihadistas habían conquistado el check point...'.

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A su espalda las sillas tienen un toque exótico, son sillas de comedor, de salón de casa, de estancia familiar, dan sensación de formalidad, de noche especial, de visita de primos lejanos. Pero están sucias y pintarrejeadas en árabe. En un contexto desabrido y deprimente, con abuelos que se acuclillan en las esquinas para rumiar su pena, el suelo de cemento sin pulir, mujeres que cargan bidones de agua y niños que se aburren siempre en medio de corrientes asesinas, las sillas parecen una presencia de otro mundo. 'Es lo único que salvamos', dice furibunda Afaf, que vuelve del interior del contenedor. 'Nos morimos', dice con lágrimas en los ojos, 'mi marido necesita medicinas especiales porque está muy enfermo y aquí no hay nada, mi hijo tiene asma y aquí no hay ni inhaladores y la humedad y el frío son asesinos, nos morimos y no le importa a nadie', vuelve a gritar enfadada y se va. Ziad nos mira con mirada triste y se excusa: 'discúlpela, éramos clase media, teníamos una vida muy normal y nunca hemos pasado por nada parecido, es difícil de explicar lo que se siente, la impotencia, el miedo, estamos hundidos, no tenemos ni pasaportes...' En la planta superior un abuelo barre el suelo mientras nos observa triste él también. El edificio a medio construir y repleto de refugiados cristianos que han huido del Daesh es una esponja que absorbe tristeza.

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'Los de ISIS tiraban desde lejos y una bomba cayó en un edificio cercano a nuestra posición y mató a una mujer y tres niños así que sin el apoyo kurdo y con el aliento de los yihadistas tan cerca, abandonamos la posición nosotros también...' A partir de ahí, la historia de siempre: precipitada recogida de bienes, maletas a toda prisa, llena el coche, las llaves, los niños, dónde has puesto el dinero, demasiado tarde y arranca porque los yihadistas ya están acercándose. ¿Quién en su sano juicio se lleva unas sillas? Formaban parte del todo, claro, las sillas, la mesita, la ropa sin doblar, aquel cuadro que no quiero dejar atrás. De Qaraqosh a Duhok, de Duhok a Erbil. Dos huidas por los pelos en apenas un mes. Y de todo, tan sólo las sillas siguen ahí, observando cómo las observo mientras Ziad derrama unas lágrimas que lucen extrañas en un hombretón de su porte.


martes, 13 de octubre de 2015

Viaje a Turquía: Halfeti, la ciudad a medio sumergir


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En algún lugar de ese fondo oscuro del lago caminó el rey asirio Shalmaneser II, desfilaron las tropas bizantinas y se deslomaron los mamelucos arrastrando piedras para rendir la fortaleza de Rumkale. Desde ahí abajo lanzan burbujas los atónitos muertos de los últimos tres mil años, presas de dos exóticos cementerios que sólo pueden visitarse con bombonas de buceo y aletas. Si algún espíritu quedó atrapado en esos caminos tan frecuentados en la Antigüedad ahora observará estupefacto que no hay más que agua donde antes cimbreaban las copas de los árboles y que en la superficie resuenan atronadoras las últimas tendencias de la canción ligera turca.

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Porque lo que fue un cruce de caminos y una acumulación de civilizaciones es ahora una presa del grandioso proyecto Gap, del que ya he hablado aquí, un proyecto que medio sumergió al pizpireto pueblo de Halfeti, con sus bonitas mansiones de piedra labrada y sus calles empinadas tapizadas en parte por cáscaras de granadas despanzurradas, una ciudad que se desparrama por una ladera hasta perderse en la negritud de las aguas y que pierde la calma los fines de semana y fiestas de guardar con domingueros vocingleros. La agresividad guerrera de los tiempos pasados se despierta en cada comerciante cuando atisba un visitante, le empuja sin miramientos, le grita complicadas frases en turco y pretende cebarlo con kebabs y ayran (yogurt de leche de oveja muy ácido con agua y sal) antes de que lo haga el restaurante vecino. A los lados de las pasarelas reposan trozos de columnas milenarias, saqueadas sabe Dios si de un templo aún por catalogar, de un palacio escondido, de una mansión submarina.

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Llegué a Halfeti desde la muy noble ciudad de Gaziantep, a un par de horas, y cometí el error que deben de cometer todos los visitantes que no dominan el turco: me presenté muy ufano en Halfeti pretendiendo ver el lago. ¿Qué lago?, me preguntó un señor tocado con kafiya. ¿Esto no es Halfeti?, le pregunté a su vez. 'Sí, claro, Halfeti, pero aquí no hay ningún lago'. Y entonces, con estudiada ocurrencia cae en la cuenta, 'ah, claro, Halfeti'. Porque resulta que hay dos Halfetis, la antigua ciudad que se remonta como poco al siglo V Antes de Cristo y una nueva Halfeti, donde reside la población de la antigua Halfeti, o al menos las doscientos y pico familias que aceptaron una casa nueva por una casa milenaria.

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La nueva Halfeti tal vez ofrezca algo de interés a los arqueólogos del futuro aunque, y muy a mi pesar, debo decir que me pareció gris y funcional, seca y sin gracia. Desde que en el año 1999 se inaugurara la presa de Birecik los vecinos de la antigua ciudad de los asirios han ganado en comodidad pero perdido memoria. Los lugareños lo celebran porque pueden ganarse la vida con alguien más que algún despistado amante de Indiana Jones y ofrecen, a gritos como decía, sus pescados y kebabs con malas artes incluso, pero con la seguridad de que su otrora meca de la arqueología es ahora, además, meca del submarinismo de agua dulce, del trekking y de los efectos paisajísticos del mencionado proyecto GAP.

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Alrededor de doscientas mil personas visitan ahora anualmente este apacible lugar, 'la ciudad lenta' le dicen sus pocos habitantes mientras los visitantes deambulan ahítos de té y kebabs por las empinadas cuestas de las calles que evitaron las aguas y se enseñorean de una colina con vistas a un pequeño mar. Desde el balcón de una hermosa pero no menos ruinosa mansión me pregunto qué sentirían sus antiguos habitantes si les diera por resucitar y vieran que donde antes había un valle ahora flotan naos surgidas como de un pliegue espacio tiempo. Ahí abajo la gran mezquita de Halfeti, levantada en 1844 por el arquitecto armenio Adir, siente las olas del lago azotar su patio principal, sus rocas labradas la erosión de las aguas, su minbar el ajetreo de parejas de novios que se adentran en el edificio para robarse un beso.

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La comarca es un yacimiento en sí mismo y si las mansiones de Halfeti no satisfacen a los turistas siempre les queda el consuelo de las miles de cavernas con vistas al lago, muchas de ellas aún por examinar por ojos expertos, el castillo griego de Rumkale, puerta de los castillos de la Anatolia, monasterios, miles de tumbas de piedra, pueblos fantasmas, todo al exclusivo alcance de larguísimas caminatas o a bordo de uno de esos barquitos.

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En lugar de eso, prefiero caminar por el puente colgante, donde se señala bien claro el protagonismo del proyecto GAP, el sueño de Atatürk, un puente que deberían cambiarle el nombre, 'Puente de los Selfies' le quedaría mejor. Y pienso entonces en que tal vez existirá otro puente similar en la cercana Hasankeyf, un Halfeti aún sin sumergir y donde ha anidado la polémica porque al tiempo es mucho más que Halfeti: allí serán doce mil los años que sumergirá el polémico proyecto y la contestación, nacional e internacional, ha sido mucho mayor. Allí también paseé por una ciudad nueva, impoluta, como sin abrir del paquete, donde residirá la población de la antigua ciudad, muchos de cuyos vecinos deseaban perder de vista tanta piedra antigua y estrenar apartamento...

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Lo que fue el Éufrates es ahora un lago de profundas aguas bajo el que en días claros pueden verse calles que conducen hacia ninguna parte, huertos congelados en un eterno suspiro acuoso, dice una vecina que en según qué zonas aún pueden adivinarse los tejados de algunas casas. Sobre las laderas de la Halfeti de aguas arriba transitan grupos de jóvenes, huéspedes de alguno de los innumerables hotelitos, casas rurales, hostales, un pueblo dedicado a vender tranquilidad y el aroma a leña de chimenea reafirma el sentir: este es un pueblo para venir en pareja, enamorado, o con un grupo de amigotes, a hacer el cafre. Para los primeros la tierra ofrece algo único: rosas negras, las únicas que nacen en el planeta, una rara variedad genética del rosal de toda la vida que aquí brota de abril a mayo debido al microclima de la comarca y, quién sabe, tal vez decididas a olvidar el rojo que ha manchado el valle desde épocas inmemoriales.

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Trescientos millones de dólares costó la presa de Birecik que ha dejado a la antigua Halfeti convertida en la exótica Halfeti. Un dinero que supongo recupera cada poco porque los locales se afanan en construir hoteles en las colinas y en remodelar las antiguas mansiones como hostales con encanto. Una señora me pide una foto. 'Nunca antes había visto un español', me dice la buena señora, 'espere que llamo a mi nieta'. Es una de las doscientas ocho familias que decidió quedarse en el pueblo. Otras dieciséis familias se asentaron en los alrededores y el resto prefirió la dudosa modernidad de la nueva Halfeti. Yo también me hubiera quedado. Entre cavernas, caravanserais, castillos, monasterios y una mezquita medio sumergida.

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lunes, 5 de octubre de 2015

Viaje a Irak: nacer, crecer y vivir en el infierno


Abdel quiere enseñarme un vídeo en su móvil. 'Es fuerte', me avisa mientras pulsa el play. En la pantalla un control de yihadistas del Estado Islámico detiene a tres grandes camiones en la autopista que une Bagdad con el norte de Irak. Un barbudo reúne a los tres camioneros, les interroga sobre religión, cuestiona que sean sunitas y les afea que quieran engañarlo. Los tres hombres tiemblan, enseñan unos documentos al borde de la desintegración, juran ser suníes y no chiítas, responden torpemente a las preguntas. El examen termina y los tres camioneros han suspendido así que los llevan a la cuneta y les disparan en la cabeza. Luego queman los camiones. ¿Estos son los vídeos que se pasa aquí la gente?, le pregunto. Abdel encoge los hombros y sonríe con sonrisa triste. 'También está en el youtube', me contesta.


'Esta es nuestra vida', dice Abdel, 'desde que nací he visto guerra, muertos, desolación'. Abdel lo dice con pesar pero también con cierta naturalidad. Realmente Abdel no se llama Abdel pero no me atrevería a dar su verdadero nombre porque el simple hecho de contar su historia ya pone en riesgo su vida. Los jóvenes de Irak se intercambian vídeos horrorosos, vídeos que harían vomitar a cualquiera, los miran con repulsión y cambian para ver otros. Son vídeos que no llegan a occidente y que ponen los pelos de punta. Pienso en los jóvenes occidentales, intercambiando vídeos porno, vídeos de risas, vídeos de inventos caseros, de ocurrencias. 'Es triste, sí', reconoce Abdel, 'pero son los vídeos que aquí graba la gente por la calle'. En otro vídeo un barbudo del Estado Islámico muestra a una multitud una cabeza recién degollada. Es una cabeza igualmente barbuda, con una gran melena de pelo sucio. El yihadista adoctrina al gentío, golpea el despojo, grita. Pero de pronto, de entre la multitud, sale una mujer: es la madre de la cabeza y le grita al joven indignadísima: 'es mi hijo y es de los vuestros'. El barbudo menea la cabeza con pesar, mira la cabeza y la multitud se disuelve. 'Ahora mire este', me dice mientras cambia de pantalla. Dos hombres vestidos con chilaba tiemblan ante un cúmulo de cuerpos, sobre un gran charco de sangre. 'Estos sí que son sunitas', me explica Abdel, 'pero los enmascarados ahora son chiítas'. A su alrededor un grupo de hombres armados les gritan, les acusan de formar parte del Estado Islámico, les golpean, les dan patadas. Uno de los desgraciados, un anciano, se mantiene firme y serio pero el otro hombre llora. Finalmente descargan sus metralletas y la pirámide de cuerpos inertes se incrementa. Abdel se indigna: 'tan sólo eran civiles...'.

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'Papá', preguntó en una ocasión Abdel a su padre intrigado por esos términos que escuchaba en el colegio pero que no lograba identificar, '¿nosotros somos sunitas o chiítas?' Abdel recuerda nítidamente cómo su padre se levantó del asiento, llegó a su lado y le propinó un sonoro bofetón. 'Somos iraquíes', le espetó serio, 'recuerda: somos iraquíes'. Abdel rememora con nostalgia su duda religiosa, el bofetón de su padre y los tiempos de Sadam Hussein. Nacido en Bagdad, en el seno de una familia media, Abdel recuerda de su infancia que con apenas tres años cambiaba de casa frecuentemente porque su padre, que era oficial en el ejército de Sadam Hussein, luchaba contra Irán en los terribles ocho años de aquel conflicto. Abdel lo recuerda como un mundo de juegos, el mundo de la infancia, y cuando coincidimos con los refugiados Abdel se desvive en mimos con los niños. 'Me veo a mí mismo cambiando de sitio permanentemente'. Claro que hay una diferencia: estos son expulsados, Abdel era hijo de un militar. Pero aún así tiene más puntos de coincidencia que yo, que nací en Huelva. 'Mi madre lo llevaba fatal, la recuerdo siempre triste', dice Abdel. Con ese inicio vital, la vida de Abdel, y de los iraquíes en general, fue una cuesta abajo sin frenos. 'En aquella época podías hacer muchas cosas: ir al colegio, o a la universidad, ir al trabajo, cualquier cosa... siempre que no te metieras en política'. Curioso, me digo, porque es lo mismo que me decía mi padre de los tiempos de Franco. 'Se vivía bien, lo único que no podías hacer es meterte en política'. ¿Sadam como Franco?

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Claro que todo es susceptible de comparación. Mejor Sadam que un país incendiado y salpicado de coches bomba. Mejor con Sadam que con barbudos yihadistas que decapitan al primero que pillan por la calle. Mejor con Sadam que sin un gobierno claro, con la anarquía como líder. Mejor con Sadam siempre que no fueras disidente, kurdo, opositor, claro. 'En esa época no había diferencias entre sunitas y chiítias, entre cristianos o yazidíes, ni siquiera sabía que mi familia era sunita'. La guerra Irán Irak, con ser horrible y dejar el país lleno de tumbas, viudas y huérfanos, no fue lo peor. 'Las cosas empeoraron con la guerra del golfo y contra los Estados Unidos', dice Abdel, comenzó el bloqueo 'y durante ocho años nadie vio una pepsi o una coca cola, ni siquiera plátanos: cuando vi el primero ya era un adolescente y flipé...'. Pero las cosas aún podían empeorar y para Abdel el inicio del infierno no fue la guerra contra Irán, la guerra contra los Estados Unidos ni el bloqueo internacional. 'A partir de 2003 todo fue mucho peor'. Trato de imaginar un escenario más dantesco que lo explicado hasta aquí. En vano. 'Irak se convirtió en la anarquía', define Abdel la situación, 'atentados con pistoleros, secuestros, coches bombas, asesinatos selectivos y colectivos, extorsión, todo ello aderezado con frecuentes cortes de electricidad y desempleo'. Sus estudios en la universidad se alargaron porque llegar a clase era todo una odisea. 'Mi padre me regaló un cochecito pero siempre me topaba con disparos, un coche que acababa de explotar, algún muerto... Una vez me di de frente con un tiroteo entre sunitas y chiítas, tuve que esperar a que acabaran de pelear y me tiré al suelo para evitar los tiros, estuve treinta minutos con la cara pegada al asfalto y cuando me levanté estaba rodeado de muertos, pero no sabía quiénes eran ni por qué habían muerto... Llegué tres horas tarde al examen y tuve que volver a hacerlo en verano... y eso que me lo sabía muy bien...' Abdel estudiaba ingeniero de comunicaciones y la carrera fue otra odisea. 'Cuando comenzaba el calor tenía que estudiar a la luz de unas velas en el cuarto de baño, el sitio más fresco, metía en la bañera cubos de hielo y me quedaba horas en soledad, estudiando...'.

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Desde 2003, las calles arden en Irak. '¡Cuántas veces me han robado el móvil, una vez incluso me dispararon una ráfaga de metralleta porque me resistí y terminé dándoselo porque, ¿vale la pena morir por un simple teléfono?'. Abdel parece haber vivido varias vidas y que todas le hayan causado cicatrices indelebles en lo más profundo de su espíritu pero sin tocar su educación. 'Mis padres me educaron para no hacer daño, para ser amable, servicial, para tener siempre una sonrisa en los labios'. Pero, ¿cómo sonreír en Irak, en esa Irak de 2003? 'En mi pandilla éramos cinco amigos, cinco colegas que siempre estábamos juntos, que jugábamos desde pequeños, que crecimos al tiempo: ahora sólo queda vivo uno que emigró a los Estados Unidos y yo, que estoy aquí'. Aquí es el norte de Irak, en zona segura, zona de kurdos, un territorio que se desarrolla de modo autónomo frente a Bagdad. 'A uno de mis amigos tuve que recogerlo después de un coche bomba: no quedó nada reconocible, sólo trozos'. Y con todo, no fue el único. Otro amigo murió del mismo modo, pero al menos su cuerpo era un cuerpo, y otro más, que falleció por disparos, tuvo también un entierro digno. En la pantalla del televisor el FC Barcelona se esfuerza por ganar a un equipo menor. 'Pues te fastidias', me dice Abdel, un madridista acérrimo. Aprovecha entonces una interrupción del encuentro para mostrarme más fotos en su teléfono móvil: un amigo militar que lucha contra el Estado Islámico en primera línea, el hombre mira a la cámara con gesto serio. 'Parece convencido de que va a morir', me dice Abdel como leyéndome el pensamiento. Luego aparece un hombre enyesado de pies a cabeza, con semblante alegre, está en una cama de hospital, 'es policía, le explotó una bomba de ISIS', me dice Abdel mientras pega una profunda calada a la narguile con doble manzana que humea a su lado.

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'Yo era uno de los encargados de las unidades móviles para hacer enlaces en directo con cadenas de todo el mundo desde Irak'. Trabajo entonces no le faltaba, pienso. 'Soy ingeniero de comunicaciones, era técnico para directos de diversas cadenas, desde la BBC World a Al Jazeera, de la NBC a la CNN', aunque tuvo que dejarlo porque Al Qaeda envió una carta a sus padres: un vecino lo había visto en una unidad móvil y el chisme se propagó por la ciudad hasta que llegó a oídos de los terroristas. Elija usted, le decía la carta, o deja el trabajo o matamos a su familia. Durante tres años vivió escondido, no pudo ni verlos y ahora trabaja en un hotel al norte de Irak, en una zona que se comporta de modo autónomo y que ve a los árabes como el enemigo. Él es el enemigo, el árabe de Bagdad, el hijo de un oficial del ejército de Sadam, los que supuestamente gasearon a los kurdos en Halabja y pueblos de alrededor, el que oprimió al pueblo kurdo durante décadas. Ahora se busca la vida lejos del trasiego de los directos y de las unidades móviles, una vida que pasa a través de sus relatos y de las fotos de su móvil con una irresistible nostalgia, la vida que soñó y que alcanzó y que perdió por culpa de los radicales que han convertido su país en un infierno. Emigra, le digo. '¿Para qué? ¿Para llevar una miserable vida de refugiado en un país occidental?'. Abdel tiene orgullo, tiene memoria, tiene mil imágenes en las retinas y se niega a arrastrarse en una sociedad desconocida que sospecha tiene mucho que ver con lo que le ocurre a los suyos. 'Al fin y al cabo el dinero viene de allí', dice convencido, 'ya sea directamente o a través de los wahabitas...'

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miércoles, 16 de septiembre de 2015

Viaje a la frontera turco-siria: V de Kobane


En la cola del reparto de alimentos de la Media Cruz Roja, o en las escaleras a medio acabar de un edificio sin terminar, en el interior de una mezquita, en las calles, en tiendas, en comercios cerrados, en jardines y en los campos de refugiados. Los vecinos de Kobane refugiados en la ciudad turca de Suruc sacaban la mejor de sus sonrisas y ponían dos dedos en forma de uve. V de Kobane. V de resistencia, de no podrán con nosotros. V de Victoria.

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¿O será V de paz? ¿De basta ya? El uso de los dos dedos en forma de V se popularizó en la Segunda Guerra Mundial y desde entonces no hay poderoso o mindundi que no lo haya usado. Un gesto tan natural que sale sin pensarlo, sin pretenderlo, un gesto de dignidad o de cabezonería pero un gesto que se ha convertido en universal.

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Durante la guerra de los Cien Años los franceses juraron cortar los dedos corazón e índice de todos los arqueros británicos que capturaran en la batalla de Agincourt para que nunca más pudieran disparar sus flechas. Los ingleses, sin embargo, salieron victoriosos y se dedicaron a enseñar esos dedos tan odiados en Francia, unos dedos que, además, formaban una V, la V de victoria. Eso, al menos, dice la leyenda (pincha aquí), según unos escritos de Jean de Wavrin contenidos en la Biblioteca Nacional de Francia en los que se hablaba de que 'cortarían tres dedos de la mano derecha a todos los arqueros hechos prisioneros para que no murieran más hombres ni caballos' (sic).

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Pero un historiador inglés le dio la vuelta a la tortilla porque vio que los tres dedos exigidos por los franceses excedían en uno a los ofrecidos por los ingleses y en ese mismo artículo recuerda ese gesto en la mano del rollizo Winston Churchill repetido hasta la saciedad. Sir Winston no desaprovechaba la ocasión para hacer el símbolo de la V y se popularizó como el de la Victoria.

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Sea suyo, sea de los arqueros, sea un símbolo esotérico o sea lo que sea, los dos dedos en forma de V ya son una propiedad del planeta entero y aunque todo parece indicar que tiene cierto origen anglosajón, no hay persona en este mundo que no lo use como propio. El Washington Post enumera esta serie de personajes y momentos curiosos, comenzando por la la BBC, donde se menciona a un tal coronel Britton instando a usar el símbolo como gesto de resistencia en los territorios ocupados de Francia frente a los invasores nazis. La V es la inicial de la española Victoria pero también de la inglesa Victory y de la francesa Victoire y de la holandesa Vrijheid, que significa libertad. Los afroamericanos en los tiempos de Luther King usaban la doble V como reclamo de igualdad. Truman, Eisenhower o Nixon también usaron este gesto, este último de un modo especialmente ridículo que ha pasado a la historia. Por no hablar de Lech Walesa, en su épica lucha contra la Unión Soviética, la inefable Margaret Thatcher tras derrotar a los argentinos en la guerra por las Malvinas, o Yaser Arafat al modo Churchill: repetidamente, siempre que tenía ocasión, casi como modo de reafirmarse.

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'Kobane será nuestro Stalingrado', decían, y dicen, los kurdos, y supongo que lo dicen, y lo decían, desde el punto de vista soviético, del de los vencedores, los de la V. Los combates se producen en cada calle, en cada casa, en cada estancia, y la sensación que flota en el ambiente es que el vencedor, el de la V, se llevará también la victoria final de la guerra, como ocurrió en Rusia. Claro que ni Kobane es Stalingrado ni el número de muertos de la segunda es comparable a los que ya han caído en la primera. Los kurdos sueñan con poner la primera piedra de un estado independiente, un Kurdistán que englobe a los kurdos de Siria con los del sur de Turquía y los ya independientes de facto del norte de Irak. Al menos esos. Los kurdos de Irán tendrán que esperar porque su inclusión en ese hipotético país es algo menos que una quimera (de momento).

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Pero mientras eso ocurre, los vecinos de Kobane que han ocupado cualquier hueco de Suruc, desde campos de refugiados en mitad de sembrados a edificios a medio construir o mezquitas atestadas, levantan sus dedos índice y corazón y posan ante las cámaras. Victoria, paz, tesón. No importa. Y tampoco importa que el gesto venga de los arqueros británicos, de Winston Churchill o de John Lennon. Estamos aquí, parecen decir, no han podido borrarnos del mapa. Y eso siempre es una victoria. Con Uve.

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lunes, 31 de agosto de 2015

Viaje al Kurdistán iraquí: con los cambistas de Erbil


En el mercado de Shekhalla no hay cajeros automáticos: ni falta que hace. Si necesita dólares, o euros, o tal vez rupias, libras esterlinas o dinares iraquíes, no se lo piense dos veces: tienen seguro. ¿Qué cajero del mundo puede decir eso? Miles de personas visitan a diario el mercado de Shekhalla, en la capital del Kurdistán iraquí, Erbil, así que miles de clientes en potencia caminan al día por la calle. Y parar, se paran.

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Un pershmerga con su metralleta a la espalda se inclina ceñudo sobre el mostrador a contar un enorme fajo de billetes. Un muchacho sonríe a cámara mientras posa con gruesas columnas de dinares en el interior de una oficina de cambio. El ambiente es distendido, el dinero es mercancía y modo de pago, el dinero es multicolor y confiere alegría, por lo que se ve, el dinero en Erbil se traslada en brazos, en grandes fajos, entre sonrisas.

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Los cambistas piden fotos y se enfadan cuando no das abasto. El mercado del dinero continúa fuera del mercado del dinero y un abuelo vende billetes con el rostro de Sadam Hussein sentado en el suelo junto a una fuente. Veo dinero iraní, turco, indio y canadiense, dinares marroquíes y yuans chinos.

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Aunque esto es Irak y la moneda oficial es el dinar iraquí, el uso del dólar no es raro sino todo lo contrario. De hecho el Kurdistán iraquí funciona como un país independiente del resto de Irak aunque hay que tener cuidado porque me han contado casos de extranjeros que se aventuraron a visitar Bagdad y terminaron detenidos por la policía, por tener el sello de entrada por aquí, un sello que te estampan en el pasaporte y que queda muy mono pero que las autoridades iraquíes, las oficiales de Bagdad, no reconocen.

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El caso es que el dinar iraquí tuvo un momento de esplendor en 2009, cuando una casa de cambios norteamericana llegó a la conclusión de que la divisa árabe superaría el valor del dólar norteamericano en 2018. Como razones argumentaba que el Kurdistán iraquí es una región que funciona muy bien, que el 20% de todos los pozos iraquíes se concentran en esta zona y que el dinar kuwatí sufrió una depreciación similar a la del dinar iraquí cuando Sadam lo invadió pero que tras el paso norteamericano se revalorizó muchísimo. La empresa, First Liberty National, vendía un millón de dinares iraquíes por 1.476 dólares y la promesa de que ese millón de dinares se convertiría en un millón de dólares dentro de unos años...

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Lo llamativo, sin embargo, de esta economía, que tiene a los barbudos yihadistas del Estado Islámico apenas a una hora, es que se espera que crezca impulsado por los acuerdos logrados entre el gobierno del Kurdistán iraquí y el gobierno nacional de Bagdad, gracias sobre todo al acuerdo común de explotar los yacimientos petrolíferos de modo conjunto. Y el FMI habla de un crecimiento de dos puntos, a pesar de la destrucción de infraestructuras, carreteras, la amenaza permanente de la guerra y un país con millones de desplazados internos (y externos). Un espejismo para muchos iraquíes que no verán jamás los beneficios de los dos millones y medio de barriles de petróleo diarios que el país vende al extranjero. En el mostrador de un cambista veo un enorme fajo de billetes de 500 euros. 'Tiene usted una fortuna sólo en ese taco', le digo al hombre. 'Son de mentira', me dice mientras lo saca de la vitrina y veo que son fotocopias moradas. Tal vez la economía iraquí tenga algo de fotocopia morada...

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