viernes, 31 de enero de 2014

Viaje a Hong Kong: picnic urbano en la ciudad de las 300.000 empleadas domésticas

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Dice la estadística que en Hong Kong trabajan, al menos, ciento cuarenta mil filipinas como empleadas domésticas, un número parejo al de las indonesias, un número enorme al que debe añadirse una miríada de otras nacionalidades hasta alcanzar las trescientas mil almas. ¡Una ciudad sólo en sirvientas! Cada domingo reciben el día libre y salen por decenas de miles a aprovechar las horas de asueto por donde buenamente pueden y las dos nacionalidades más numerosas, filipinas e indonesias, se reparten la isla central de Hong Kong para organizar picnics callejeros, desconcertantes fiestas improvisadas.

hong kong por hachero

Las indonesias toman los alrededores del parque Victoria: están por todas partes, encaramadas sobre los pasos de las autopistas, formando grupos en los pasadizos, sentadas sobre cartones, charlando en grupo, ensimismadas con sus teléfonos móviles. Se las distingue bien porque muchas son musulmanas y se tapan pudorosas con sus hiyabs, intercambian sonrisas cómplices y sobre el verde tapiz de hierba del parque Victoria ensayan ejercicios de lucha, saltan, corren, están inmóviles bajo la sombra de los árboles: son una colorida multitud que lo ocupa todo y, al tiempo, parecen no ocupar nada.

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Las filipinas, en cambio, se esparcen por la parte que aquí se conoce como Central, también ocupan túneles, pasos elevados, soportales y estaciones de metro, pero su entorno es aún más desconcertante: organizan bailes y rifas y cantan en calles surcadas por enormes rascacielos: allí unas chicas danzan bajo un cartel de Armani, más allá picotean algo a las puertas de un lujoso comercio de Louis Vuitton, ese grupo juega a las cartas bajo el reflejo plateado de Prada y aquel de allí se divierte en torno a un karaoke improvisado con un Ipad bajo la enorme y ultramoderna mole de la sede del Banco de China. Los grupos se reparten por islas y las filipinas de aquel pasadizo hablan en bilocano, las de más allá en iloano y aquellas en cebueño, todas se entienden en tagalo, la lengua franca que une tanto en su tierra como en Hong Kong. Todas sonríen felices de reunirse en grupo, de sentirse un poquito más cerca de casa, de un hogar que ven muy de cuando en cuando, tan sólo al acabar su contrato, cuando deben, por contrato, de abandonar el país, o la ciudad, o lo que sea Hong Kong. Gina, que es filipina, y también empleada doméstica, y además de todo es una Hachero y por tanto prima mía, tan sólo ha visto a su hijo dos veces en cinco años, la primera con ocho años de edad, la segunda con trece. Por eso sueña con reunirlos a todos, con trabajar donde viva su familia, su marido, cuya foto le vigila desde el movil, con su hijo, vestido de graduado en un fin de curso en el lejano Ilo Ilo, por eso sueña con establecerse en Canadá, donde le pagarían el triple y podría traerse a su familia y no encontrarse a un hijo crecido y desconocido que la mira avergonzado porque no sabe que decirle a su madre. Las sonrisas de las miles de empleadas domésticas esconden dramas que ni siquiera adivinamos porque hoy, que es domingo, todo es fiesta y alegría.

hong kong por hachero

La justicia de Hong Kong quiere poner algún tipo de freno a esta creciente algarabía que parece habérseles ido de las manos. Durante años, Evangelina Barao, una empleada filipina, ha litigado en pos de la residencia permanente: no todo va a ser trabajar por 500 dólares al mes, parecía decir. Pero con ese dinero no sobrevives ni una semana en la meca del consumo así que todo seguirá igual porque los tribunales le quitaron la idea hace pocos meses. El próximo domingo, muy de mañana, decenas de miles de empleadas filipinas e indonesias acudirán cargadas de cartones, con barajas de cartas, periódicos, guitarras, comidas tradicionales, cotilleos acumulados y teléfonos móviles, muchos teléfonos móviles porque, al fin y al cabo, están lejos de sus casas pero no incomunicadas. En Hong Kong la incomunicación es imposible. Lo que si seguira siendo imposible para mi prima Gina y los cientos de miles de empleadas domesticas es dar un paso que les mejore el dia a dia y vean crecer a unos hijos a los que apenas reconocen cuando vuelven por fin a sus hogares.

jueves, 30 de enero de 2014

Viaje al Líbano: en el funeral chiíta de Mohammed Hussayn Fadlalá, líder espiritual de Hezbollah



Dicen de los chiítas que son los andaluces del Islam, tanto les gustan las peregrinaciones y las exageraciones religiosas. Desde el puente donde observo el funeral de Mohammed Hussayn Fadlalá, un histórico ayatolá del Líbano, líder espiritual además de Hezbollah, no puedo menos que pensar que algo de razón tienen los que dicen eso. Asisto atónito a la marea humana de fieles que acude en oleadas que se superponen unas a otras, las mujeres que se golpean la cabeza y los hombres con sus cuidadas barbas y no puedo, como andaluz que soy, pensar que todo esto me suena de algo, que esas multitudes son las del Rocío, que esos golpes en la cabeza equivalen a los golpes en el pecho de las feligresas que siguen devotas a la virgen en semana santa, que esas barbas tan pulcras son el otro lado en el espejo de las patillas rocieras, que todo esto me recuerda al entierro del Camarón de la Isla.



Un absurdo, me digo mientras lo pienso, porque esto es un entierro, un funeral de estado, los chiítas de Hezbollah han cerrado el centro de Beirut, se trata además de una demostración de fuerza y enmedio de la increíble marea humana aparece de pronto la cúpula máxima de la organización, parecen levitar sobre la apasionada masa, en sus rostros se refleja calma y despreocupación mientras a su alrededor todo es caos y griterío, los niños juegan mientras sus madres, de riguroso negro al estilo de cualquier monja de clausura, cantan letanías que no entiendo. Los balcones del barrio por el que desfila, mal que bien, el vehículo con el féretro es un hervidero: señoras debidamente tapadas observan circunspectas el caótico recorrido, los hombres, más frescos (en todos los sentidos) fuman serios y charlan, el aire traslada una suerte de drama profundo pero al tiempo mundano, como de andar por casa, como de muerte largo tiempo esperada, como de excusa para celebrar algo. Y pienso entonces en mi querida madre, asomada a su balcón mientras las carrozas atraviesan la principal avenida de Huelva con dirección a Doñana, los coloridos trajes de flamenco cubriendo las grupas de los caballos, los peregrinos colorados ya del vino que se empeñan en cubrir el trayecto de dos días a pie, la multitud como contenta porque la masa los vuelve anónimos y al tiempo únicos e imprescindibles.




Aquí no hay carros pero el vehículo funerario que traslada los restos del ayatola fallecido está a punto de reventar, el cristal delantero hecho añicos por el peso de los guerrilleros de Hezbollah, que se esfuerzan a base de gritos y mandobles por separar a la masa enfervorecida de los restos del santo personaje. En la multitud se distingue a los dirigentes drusos, y a los sunitas con sus característicos tocados blancos y rojos, el escurridizo Nasrallah, líder supremo de Hezbollah, no aparece (no vaya a ser que algún espía israelí informe de su presencia y vuelen la comitiva al completo), incluso ha venido el ayatola iraní Ahmed Jannati, aunque ha evitado esta marea humana e irá directamente al sepelio. Dirigentes del ejército libanés también aparecerán más tarde, dejando la sensación de que este país sea mil veces más grande de lo que es.
La luna delantera del vehículo ya ha reventado por el peso

Alí Fadlalá, el hijo del fallecido, con barba y vestido de negro y turbante negro, acompañado de los líderes sunitas


Si la élite comercial de La Meca no hubiera asesinado al pobre Alí, al tiempo primo y yerno de Mahoma, tal vez el Islam hubiera tomado otros derroteros. Pero lo hizo porque el mensaje de aquel santón que pregonaba su extraña visión del mundo en los desiertos era demasiado valioso como para que terminara en manos de cuatro visionarios. Alí, primo hermano de Mahoma, como decía, pero también yerno, para mayor gloria del endemismo sacro, gracias a su boda con Fátima, hija del profeta, fue la mano derecha del que no se puede mencionar sin un 'Alabado sea su nombre'. Mahoma le encargó la destrucción de los ídolos paganos, lo tuvo como al más valiente de sus hombres en las incursiones militares con las que impuso el Islam a las primeras tribus y hasta le pedía consejo cuando las cosas se torcían. Con este currículum, el joven Alí, cuyo nombre era Alí Ibn Abu Talib, aspiraba a suceder a su primo y suegro tras su muerte pero llegó tarde y se encontró que sus compañeros de aventuras ya habían nombrado a un tipo llamado Abu Baker como califa del Islam: para semejante distinción había que ser árabe de pura cepa, no vale cualquier otro, ni siquiera un acuerdo unánime. Tras Baker se le coló otro más, el califa Omar, y después de Omar: un tal Otmán. Alí había aguantado ya demasiado, él, que era el primo y el valiente general y el marido de la hija del Profeta (Alabado sea su nombre), él que era, además de todo, el hombre que el propio Mahoma designó como heredero en su lecho de muerte, Alí, el ninguneado, decidió hacer campaña por sí mismo en su muy justa reivindicación del califato. Tan lejos fue su campaña que alguien asesinó al propio califa, el tal Otmán, mientras rezaba en una mezquita y todos los ojos se posaron en él, en Alí. Un contratiempo que ya dejaba entrever lo que sería la eterna lucha del ying y el yang islámico y que obligó al yerno del profeta a reforzar sus lazos, incrementar sus partidarios y organizarse de modo militar: Alí sustituyó a Otmán, por fin era califa, pero ahora debería de luchar contra todos sus detractores, que eran legión.


Los seguidores de Otmán enviaron sucesivas cargas contra el nuevo califa, que se instaló en Kufa, en Iraq, un feudo más amigable frente a la arisca La Meca, que era su ciudad natal pero también la de sus más fieros oponentes. Batalla tras batalla el islam se desangraba hasta que en el año 657, en el fragor de una sangrienta lucha con los ejércitos de sus más enconado oponente, Muawiya, el heredero natural del asesinado Otmán, los soldados levantaron hojas del corán, ensartadas en las espadas, pidiendo paz porque parecían más conscientes de esta sangría que sus obcecados dirigentes. Sentados pues para dialogar, los partidarios de Muawiya impusieron sus tesis y el atribulado Alí perdió el califato en favor de su enemigo. Un revés que le hizo descargar toda su ira en esos traidores que le habían hecho perder el cargo, los jariyíes, la tercera vía del islam, que no consideran que el califa deba de ser ni un árabe ni un descendiente de Mahoma sino aquel que la comunidad elija libremente. Para Alí, sin embargo, no eran más que traidores y comenzó una minuciosa venganza para exterminarlos de la faz de la tierra que casi consiguió (aunque no del todo porque aún pululan por ahí). El caso es que el malhumorado Alí no conseguía su objetivo, el califato que decía le había prometido su yerno, que los reproches de la bella Fátima lo atormentaban y que no era consciente del cisma tan mastodóntico y casi eterno que estaba creando. Y tal vez pensara en todo eso al salir de la mezquita de Kufa, corría enero del 661, cuando un jariyí que no le perdonó las matanzas le asesinó sin contemplaciones.

La cosa podía haber acabado ahí, con Alí muerto y los chiítas desolados pero el hijo del yerno de Mahoma, que además de todo era su nieto, nieto del Profeta, (alabado sea su nombre), Al Hussayn, levantó la bandera de su padre y presentó también su candidatura al califato. Claro que el pobre Hussayn no tenía las dotes de su padre y apenas comenzaba a pensar cómo actuar cuando los hombres de Muawiya lo masacraron, a él y a todos sus adeptos en Kerbala, en la actual Iraq. Los chiítas, una palabra que significa 'seguidor', se agruparon pues en torno a los dramas de Alí y de su hijo Hussayn, y este último aún nos deja imágenes impactantes como las de sus seguidores azotándose la cabeza con gruesas cimitarras que ofrecen hermosas y sangrientas fotografías, al estilo de aquellos devotos ultracatólicos que se cuelgan de cruces en Filipinas o caminan decenas de kilómetros descalzos. Para terminar de enredar ambas religiones, los chiítas están convencidos de que en algún lugar del planeta se esconde el Mahdi, el Imam desaparecido, que deberá venir para anunciar el reino de Allah en este mundo. De cuando en cuando algún iluminado reclama el título pero es demasiado pesado como para que se le atribuya sin más.

Representantes de Hezbollah portan la bandera amarilla de la organización chiíta

Bajo mis pies continúa la marea humana, azotándose sin piedad por la muerte de Hussayn Fadlalá, el guía espiritual de Hezbollah. Un pío y un santo, para sus devotos chiítas, un terrorista despiadado para los israelíes y estadounidenses, ambos empeñados en su muerte desde los años ochenta. Fadlalá era un tipo carismático, dicen las crónicas, un hombre santo rodeado de barbudos con Ak47, un 'terrorista internacional' según la CIA, el inventor, según la prensa norteamericana, de las bombas humanas, el hombre tras los terribles atentados contra la embajada estadounidense de Beirut en el 83, que desplazó el enorme edificio una cincuentena de metros (según el gran Robert Fisk), aunque nunca estaremos seguros porque en 2005 emitió otra fatua prohibiéndolos (los atentados suicidas). Fadlalá tuvo dos vidas, según sus biógrafos: la del guerrero armado y la del pacificador dialogante. Según asomara uno u otro, temblaban unos u otros. Con su faceta de guerrero santo, temblaba occidente. Con la de mediador empeñado en la paz, temblaba Hezbollah. Ese féretro que avanza a duras penas por entre la multitud traslada los restos de un hombre que lo cuestionaba todo, incluso las sagradas fechas del Ramadan, que él fijaba según criterios astronómicos y no por las fases de la luna. Fadlalá prohibió, mediante fatua (que es una norma de obligado cumplimiento) que se derramara sangre durante la Achura (esa tradición de romperse la cabeza a base de mandoblazos, como dije antes, recordando la muerte del nieto de Mahoma, alabado sea su nombre, el tal Hussayn), una norma tan extraña como que todo en esa fiesta es sangre (como prohibir en el Rocío que se cante a una paloma blanca).

Interesante detalle de uñas rojas entre las plañideras del funeral

Fadlalá desconcertaba, ahora permitía que las mujeres rezaran con las uñas pintadas, luego condenaba los crímenes de honor y las ablaciones, más tarde calificó a los taliban de secta. Los guerrilleros de Hezbollah lo adoraban por días pero a veces no sabían dónde meterlo. Habitualmente les apoyaba (¿por qué Hezbollah es terrorista y los Estados Unidos no?, decía, si ambos luchan por sus intereses con la fuerza), soflamas que desconcertaban a sus seguidores y a sus enemigos, como la condena que lanzó furibundo contra los ataques a la torres gemelas de Nueva York. Se negó a normalizar las relaciones con Israel, país que no podía ver ni en pintura, y ninguneó a Jomeini cuando dijo que nadie, 'ni siquiera él', tiene el monopolio de la verdad. Claro que no era un liberal al estilo occidental: para Fadlalá las mujeres debían ir cubiertas, el aborto era anatema y el hiyab era una prenda imprescindible para que los hombres no las vieran como objetos sexuales, una de cal y otra de arena, podríamos decir, para un religioso que luchó por la integración femenina desde dentro del sistema islámico.
Tal vez por eso las mujeres se golpean a cabeza con tanta saña: acaban de perder a su máximo defensor, quién sabe lo que vendrá ahora (parecen pensar). Desde lo alto de un puente me esfuerzo por fotografiarlas bajo la atenta mirada de la guardia pretoriana de Hezbollah, que no termina de fiarse de este tipo que soy yo que se ha bajado de un taxi como alma que lleva el diablo para sumergirse en el duelo chiíta. Nadlalá era un personaje de una envergadura tal que hoy es día de luto en todo el Líbano y las banderas ondean a media asta en los edificios oficiales. Al entierro acuden delegaciones oficiales de Irán, de Siria, de Qatar o de Kuwait, las multitudes siguen llegando cuan olas del mar que llenan unas calles hasta ese momento adormiladas. Los muchachos que custodian el féretro se lían a gritos y tortas con los devotos, todos quieren tocar el ataúd del hombre santo. Hussayn, allá en su tumba de Kerbala, puede estar satisfecho, como lo estará su padre, Alí, y hasta su madre, Fátima, la hija del profeta, alabado sea su nombre. El chiísmo está vivo, palpitante, y se nota en las manifestaciones como esta, manifestaciones de fe con ese recuerdo al entierro del Camarón, a romería, a dejá vu.

martes, 21 de enero de 2014

Viaje a Haití: la pesadilla del mar Caribe (III) Toussaints L'Ouverture




Cuando estalló la revuelta de Haití, en 1791, Toussaints Louverture vivía tranquilo bajo la protección de unos amos buenos. Le habían permitido aprender a leer y escribir y tanta maña se dio el esclavo que tenía entre sus lecturas favoritas los Comentarios de Julio César y hasta aprendió latín. Además estudiaba naturalismo y era buen jinete así que cuando la rebelión comenzó a agotarse por falta de un líder no le fue difícil hacerse con el liderazgo. Con una destacable mano izquierda inició el libertador caribeño una larga serie de negociaciones con británicos, españoles y franceses que terminó como el rosario de la aurora para todos, pero con la independencia para los haitianos.

Francia tenía desplegados más de diez mil soldados en Haití cuando los monárquicos atacaron al gobierno revolucionario de París. Las tropas regresaron a Francia y los esclavos aprovecharon el dominó para atacar al gobierno colonial. Las tropas de Toussaints se hicieron con las fortalezas galas del norte del país y se ilusionaron con la creación de un gobierno independiente. Los colonos blancos no tenían el mismo entusiasmo y se las arreglaron para pactar una nueva era con los británicos. En 1794 los ingleses enviaron un ejército a la colonia francesa para hacerse con el poder, pero no contaron con el empeño de los esclavos en armas: no tenían comida ni balas pero eran capaces de comer hierba y de tirar piedras. No tenían zapatos pero caminaron sobre los vidrios con los que sembraron los británicos los campos para dificultar su avance. Así, poco a poco y con la determinación del que se sabe perdido, los esclavos derrotaron a los británicos y a todo el que se les puso delante.

Toussaints buscó entonces el apoyo de los españoles, que controlaban casi dos tercios de la isla, la República Dominicana. Creyó así tener garantizado el respaldo de una potencia importante y fuerte en materia militar. Además, británicos y españoles tenían una alianza con la que habían superado siglos de rivalidad en el Caribe y Toussaints esperaba acabar con los años de luchas mortales. Pero entonces vivió una pesadilla: traición tras traición, las tres potencias se las arreglaron para terminar si no con el sueño de la independencia sí al menos con la imagen de su líder. Primero fueron los británicos quienes anularon su primera abolición de la esclavitud para reimponerla en las colonias de las Antillas. Luego fueron los españoles, de quienes concluyó que no les guiaba precisamente su amor a la libertad sino su rivalidad con los franceses.

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Angustiado por tanta trama a su alrededor, el general haitiano se echó a los brazos de Washington y hasta les permitió que redactaran la constitución del estado en gestación. Fue el antiguo secretario del tesoro, Alexander Hamilton, quien escribió un texto que serviría de base a la carta magna del futuro país. Entre otros conceptos, el borrador esbozaba que el gobierno de la colonia debía de ser militar, que el mando lo ocuparía un gobernador vitalicio y que todos los hombres en edad de merecer debían ingresar en el ejército. Unas ideas poco ajustadas al moderno concepto de progreso pero que se alternaban con otras más innovadoras, como los juicios con jurado para casos no penales. A ello se añadió que los beneficios de las grandes plantaciones de azúcar comenzaron a repartirse entre todos y que quedaron prohibidos los castigos corporales. Un pacto entre los terratenientes blancos, cuya presencia era indispensable para que el territorio siguiera produciendo como antes, y entre la masa negra, que anhelaba pasar a formar parte del mundo libre.

Durante los primeros años de autogobierno se construyeron ciudades enteras, carreteras, escuelas, puentes y hospitales, pero aún debía de llegar la triple traición que derrumbara la imagen y el trabajo de Toussaints. El presidente Jefferson, recién reelegido en Washington, olió negocio en las guerras que Napoleón gestaba en Europa. París logró a cambio de armas la neutralidad de los Estados Unidos en su pretensión de reconquistar la colonia rebelde y también la de Londres, porque al fin y al cabo, dijo el tirano francés, ‘todos somos blancos’. Jefferson incluso pensó en desterrar a la población negra que molestaba en su país, en una premonición de lo que harían más tarde en Liberia y Sierra Leona. Napoleón envió al general Leclec acompañado de su hermana, Pauline Bonaparte, para restablecer la esclavitud en sus colonias del Caribe y recuperar a la perla rebelde. Toussaints aceptó negociar la paz a bordo de un barco francés y en cuanto puso un pie en cubierta los franceses lo arrestaron y deportaron a Francia. Humillado, fue enviado a una prisión en Besançon, a los pies de los Alpes, donde falleció en 1803 víctima de una neumonía. Los retratos del general traicionado nos dejan la impresión de un floripondio tropical, un hombre de rostro calmo y de pelo ensortijado que parece aprisionado bajo un uniforme repleto de chorreras y condecoraciones.

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No duró mucho la victoria gala. Un año después de la muerte de Toussaints, el general Jean Jacques Dessalines, con otros héroes del partenón haitiano, como Petionville o Henri Cristophe, vencía a las tropas francesas matando a más de 60.000 hombres. Proclamaba por fin la independencia de la colonia denominándola con un nombre nuevo, Haití, ‘tierra de las montañas’ en el original lenguaje arawak. Y para que no quedase duda de que los haitianos estaban hasta el gorro de traiciones y del juego de los blancos, el general en jefe emitía este comunicado:

Víctimas durante catorce años de nuestra credulidad y nuestra indulgencia, vencidos, no por ejércitos franceses sino por la triste elocuencia de las proclamas de sus agentes; ¿cuándo dejaremos de respirar su mismo aire? ¿Qué tenemos de común con ese pueblo verdugo? Su crueldad comparada con nuestra patente moderación; su color con el nuestro; la extensión de los mares que nos separan, nuestro clima vengador, nos dicen suficientemente que ellos no son nuestros hermanos, que no lo serán jamás, y que si encuentran asilo entre nosotros, seguirán siendo los maquinadores de nuestros problemas y de nuestras divisiones.

Ciudadanos indígenas, hombres, mujeres, niños, pasead la mirada sobre todas las partes de esta isla; buscad en ella vosotros a vuestras esposas, vosotras a vuestros maridos, vosotras a vuestros hermanos, vosotros a vuestras hermanas, ¿qué digo?, ¡buscad allí a vuestros niños, vuestros niños de pecho! ¿En qué se han transformado?... Me estremezco al decirlo... En presa de esos cuervos. En lugar de estas víctimas dignas de atención, vuestro ojo consternado no percibe más que a sus asesinos, más que a los tigres todavía ahítos de sangre, y vuestra culpable lentitud para vengarlos. ¿Qué esperáis para apaciguar sus manes?; pensad que habéis querido que vuestros restos reposaran junto a los de vuestros padres, en el momento en que abatisteis la tiranía; ¿bajaréis a la tumba sin haberlos vengado? No, sus osamentas rechazarían a las vuestras.

Y vosotros, hombres invalorables, generales intrépidos que, insensibles a las propias desgracias, habéis resucitado la libertad prodigándole toda vuestra sangre, sabed que nada habéis hecho si no dais a las naciones un ejemplo terrible, pero justo, de la venganza que debe ejercer un pueblo orgulloso de haber recobrado su libertad, y celoso de mantenerla…

Que tiemblen al abordar los franceses nuestras costas, si no por el recuerdo de las crueldades que en ellas han ejercido, al menos por nuestra terrible resolución, que tomaremos, de condenar a muerte a quien, nacido francés, ose hollar con su planta sacrílega el territorio de la libertad.

Jean Jacques Dessalines, pomposo él también, leyó este manifiesto de independencia en la plaza de armas de Gonaives refiriéndose a sus ciudadanos como indígenas. Y para dar por inaugurado el nuevo país, se coronó emperador al estilo napoleónico y sus huestes se afanaron en vengar a sus víctimas degollando cuervos.

Francia no degolló más negros en la isla pero sí al joven estado, que nació con una herida de la que nunca se recuperó. Presionado por las potencias coloniales de la época, Haití se comprometió a pagar a sus antiguos amos una indemnización de 150 millones de francos de oro que sólo saldó del todo en 1938. Los intereses y los bancos norteamericanos moldearon a la antigua Saint Domingue como los brujos moldean las figuritas del vudú, y luego le clavaron una aguja en el corazón.

Decían las las noticias (era el año 2004) que ha desaparecido la isla de La Tortuga, los rumores aseguran que la ciudad de Gonaives está destrozada, los cadáveres se cuentan por millares. Y es el momento de anunciar al pueblo que el salvador está aquí. Es el momento de olvidar a los antiguos dictadores, de relegar al olvido a los Duvalier y sus Tonton Macoutes, al marcial Cedras, a los partidarios de Aristide. Georges mantiene reuniones con otros conspiradores, todos de tez más clara que oscura, reliquias coloniales de un mundo en franco retroceso, como su sobrino, que regenta una granja y una plantación en las montañas, o su amigo Fred, dueño de una emisora de radio que transmite desde el norte del país, o su prima, traductora, dice ella, de la ONU en Nueva York. La diplomacia en Haití se mueve entre bastidores, al más puro estilo bananero, intercalando golpes de estado con democracias populistas lideradas por próceres mesiánicos.

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La bella Sorotama y el gaditano Lázaro Fonte: enamorada del demonio




Cuando la bella Sorotama conoció al joven Lázaro no podía saber que su rostro escondía el de un demonio. De Lázaro Fonte decían que era de recio porte, bello perfil y fuerza extraordinaria, era nada menos que capitán y decía venir de Cádiz, un puerto que hervía en aquel entonces de marineros de todos los mares. En la imaginación de la joven Sorotama el gaditano ardía en encantos, desenvuelto y zalamero, un noble de rica cuna que había cruzado el océano en su propia nave porque tenía afán aventurero, un galán que tenía a bien, fíjense ustedes, el fijarse en ella, una pobre indígena. El apuesto capitán además pasaba horas enseñando castellano a los nativos, asombrándolos con las costumbres españolas y, entre frase y frase, derritió el corazón de la bella Sorotama.

Iniciaron entonces un idilio que no pasó desapercibido a sus compañeros. Lázaro era capitán en el ejército del granadino Jiménez de Quesada en su exploración de Colombia y sus carantoñas no sentaron bien a ciertos camaradas que le denunciaron con la injusta excusa de robar esmeraldas. Jiménez terminó por aburrirse del gaditano y ordenó su ejecución pero, convencido por sus capitanes de que el castigo era excesivo, mandó trasladarlo a territorio hostil y dejarlo sin armas, amarrado a un árbol. El gaditano protestó cuando le condenaron a una región de antropófagos y su pena cambió por otra más llevadera: la región de los menos agresivos Pascas. El capitán Lázaro debía de pensar por qué demonios había abandonado la comodidad de su Cádiz natal, donde era noble y rico, por una absurda situación en la que esperaba la muerte en cualquier momento.



Pero su enamorada Sorotama siguió al reo a su prisión sin puertas y convenció a los nativos de que ese desvalido blancucho que deambulaba sin rumbo era nada menos que el rey Sol. Instalados entre los indígenas, la pareja vivía un tórrido romance cuando Lázaro supo que sus antiguos compañeros estaban en apuros porque en la sabana de Bogotá habían dado de bruces con otras dos expediciones en busca de oro. El gaditano, todo pundonor, escribió a su superior sobre la piel de un venado para que supiera que seguía a sus órdenes. Jiménez de Quesada aceptó el ofrecimiento y el gaditano volvió con los suyos dejando atrás a su amada y a un hijo que había engendrado entre tanto. La leyenda asegura que la bella Sorotama vagó durante años hasta que acabó con su vida y la del pequeño arrojándose a la laguna de Guatavita, origen de la leyenda de Eldorado.



En la segunda vida del capitán Fonte destaca el juicio contra su causa en la muy colombiana ciudad de Tunja en el año de 1544. El aguerrido gaditano no aparece ya como un virtuoso por el que suspiran las muchachas sino como un monstruo acusado de violar a niñas de todas las edades, incluso alguna había que no podía aún ni andar. ¿Era el mismo Lázaro Fonte que enamoró a la hermosa Sorotama? Pues debía serlo aunque ahora resulta que la fama de violento perseguía al gaditano desde Cádiz y en alguna parte consta que huyó porque mató a un alguacil y anduvo escondido hasta que convenció a un criado para que asumiera la culpa mientras él escapaba al nuevo continente. Apenas integrado en la expedición de Quesada lo encontramos en Fusagasugá pasando a la fama al asesinar a cuarenta nativos, para que aprendieran a obedecer, según aseguró él mismo. Fonte quiso castigar la supuesta muerte de un español y citó a los caciques de la región para conocer lo sucedido: reunidos todos, dio de comer con ellos a los perros, cercenó las narices de los niños y los pechos de las mujeres, los quemó y, ya sin oposición, pacificó la zona y aumentó su fortuna con las esmeraldas y el oro de los masacrados. Cuando la matanza acabó, el español supuestamente asesinado apareció herido de una pedrada en una oreja.



De Fonte se afirmaba que ataba a las niñas a palos en forma de aspa para mejor permitir el negocio carnal, que cortaba narices y manos a sus prisioneros, que traficaba con esmeraldas a pesar de la prohibición real y que su crueldad encaja con el prototipo de conquistador psicópata que originó las denuncias de Bartolomé de las Casas. Con todo y eso, Lázaro aún pudo instalarse en Quito, desposarse con la rica heredera del gobernador y conseguir los títulos de corregidor y contador de la real hacienda. Su doble vida de amante esposo, motivo de leyenda romántica, héroe de los ejércitos y alto cargo de la política se llevaba mal con el goteo incesante de juicios por su carrera como matarife y violador. En la historia de su vida, el historiador Esteban Mira Caballos desmiente incluso la romántica leyenda en la que la bella Sorotama perseguía a los hombres de Jiménez de Quesada para proteger a su amado. Según Mira fue el propio conquistador granadino el que envió a su hermano a liberar al gaditano, arrepentido de haberlo dejado atado a un árbol a merced de los indígenas. Pérez de Quesada, vistas las sádicas habilidades de Lázaro, lo consideró perfecto para buscar el oro de Eldorado en la selva. Lázaro Fonte murió de viejo en Quito, descontento porque los frecuentes juicios le habían impedido convertirse en uno de los hombres más ricos de las colonias. Murió, no obstante, rico y bien considerado entre los suyos.


Historia de la literatura en Nueva Granada, José María Vergara y Vergara, Bogotá, 1867.

Leyendas populares colombianas,  Javier Ocampo López, Plaza&Janes, Bogotá, 2006

miércoles, 15 de enero de 2014

Viaje a la República Rifeña del Polen: Abdelkrim no hubiera tolerado la pipa de kiffy de mi amigo Mohammed



Mohammed no deja de sorprenderme: 'queremos la independencia de Marruecos para unirnos a España'. Tenía conocimiento del movimiento independentista de los rifeños, al norte de Marruecos, de la represión con la que el ya fallecido Hassan II impidió cualquier movimiento rebelde, sabía también que los rifeños son bereberes, o más bien tamazigh, y no árabes y también conocía que el citado Hassan apenas pisó el norte de su país porque no se fiaba de esos súbditos tan levantiscos. Pero lo que me confiesa Mohammed suena tan surrealista como lejano: 'queremos la independencia de Marruecos para unirnos a España'. Era otra España, la verdad, la España de antes de la crisis, y Mohammed, que alquilaba unas casitas muy cucas en Asillah, al borde del mar, sentía escalofríos cuando escuchaba mencionar al rey alauita. 'Viviremos del turismo, de la agricultura y, sobre todo, del hachís', decía alegremente y pensé entonces que tal vez pudieran formar una república independiente, algo así como la República Rifeña del Polen. Pensé también que muchos de mis conocidos acudirían en tropel al consulado de tan singular país para pedir la nacionalidad mientras quemaban sus pasaportes españoles en una no menos singular hoguera. República Rifeña del Polen del Rif, con capital en Chawen, o en Ketama, en Alhucemas, o tal vez en Asillah, o, siendo ya algo más serios, en Tánger. Sin embargo, con esa bandera, la del polen, me temo que no llegarían muy lejos en su búsqueda de una independencia, ni siquiera de una autonomía.

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Indagando en la historia resulta que la cosa viene de lejos y que ya se jaleaba a Franco en los cincuenta y se agitaban banderas rojigualdas con el águila en su centro como provocación a los marroquíes de Rabat. Y, efectivamente, la región había sido un país independiente, un estado efímero y fugaz, como de juguete, desde 1921 hasta 1926, cuando el jefe bereber Abdelkrim instauró una república que se mantuvo mal que bien en permanente lucha contra los españoles y los franceses, dueños del protectorado en el que habían convertido, y dividido, el hoy reino alauita de Marruecos. Abdelkrim fue el responsable del conocido como 'Desastre de Anual' y de que la presencia española en el norte de Marruecos quedara reducida a Melilla, Ceuta, Larache y Tetuán. La República del Rif duró sólo cinco años, hasta que el general Miguel Primo de Rivera desembarcó en Alhucemas y la disolvió enérgicamente y con especial saña por el recuerdo de los veinte mil españoles que murieron en Anual a manos de las guerrillas del líder rifeño, un líder que, curiosamente, había sido funcionario español. Abdelkrim huyó de la venganza hispana y se echó en manos de los franceses para terminar recluido en la isla Reunión y, años después, exiliado en Egipto, donde rechazó la propuesta del rey Mohammed V para regresar a su país y encabezar la renovación. O volvía para un Rif independiente o no volvía, dijo a sus allegados, y no volvió: en 1963 murió en El Cairo Abd-El-Krim Mohammed Ibn Abd Al-Karim Al-Khattabi, Mulay Mohend para sus compatriotas y Abdelkrim para la historia. Un héroe para los rifeños, un ejemplo guerrillero para los revolucionarios de medio mundo y un extremista radical según la visión que hoy tenemos del Islam.

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Abd-El-Krim

Abdelkrim implantó la sharía, o la ley islámica, que castigaba con quince días más de servicio en el frente a los hombres que no rezaran las obligatorias cinco veces, impuso la pena de muerte por sodomía y prohibió, oh, sorpresa, fumar kif a su gente. La leyenda de Abdelkrim viene de su genio militar, que admiró a tanta gente que el propio Che Guevara se acercó a verlo a su exilio de El Cairo para hacerse esta foto con él (es la única que queda porque el Majzen se encargó de hacerlas desaparecer), más que de su genio organizativo: el efímero país tuvo una gran repercusión porque había conseguido derrotar por primera vez en África a una potencia europea y se la comparó incluso a la Turquía de Atatürk. Pero no dejaba de ser un intento de República Islámica, más cercana a la idealizada por el FIS o el GIA en Argelia que a la propia aspiración alauita de Rabat.



La república del Rif, o Tagduda n Arif, en tamazigh, estuvo encabezada por un emir, el propio Abdelkrim, tenía un consejo de notables y una constitución con 40 artículos, un vicepresidente (que casualmente era el hermano de Abdelkrim) que creó el Bando del Estado del Rif, a cuyo frente colocó a un economista inglés, anuló las tradicionales deudas de sangre, apostó fuerte por la educación islámica y se decidió incluso construir las primeras cárceles que tuvo el norte de Marruecos.

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La República Rifeña del Polen, pues, no hubiera sido posible con el guerrero Abdelkrim y parece que se encuentra más en la imaginación de Mohammed, o su pipa de kif, que en una reivindicación política. La última demostración de los independentistas rifeños pudimos verla en las revueltas de la primavera árabe, a mediados de 2012, cuando las poblaciones del norte del Rif se enfrentaron a la policía marroquí y hasta se atrevieron a sacar algunas banderas independentistas del Rif, sobre todo en los alrededores de Alhucemas, ver aquí. Las revueltas desde el fin de aquella efímera república de Abdelkrim han sido recurrentes y cíclicas, con algunos episodios durante la guerra civil de España y, sobre todo, en los años 1956 y 1958, cuando la temperatura subió de nivel hasta terminar en un sangriento encontronazo con el ejército del recién independizado Marruecos.

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Los rifeños creyeron tener su oportunidad para recuperar su breve estado pero las potencias coloniales, Francia y España, apostaron por reagrupar todos los territorios en manos de Mohammed V. Ahí aparecen los antecedentes de mi amigo Mohammed porque en 1958 aparecieron carteles por todo Tetuán dando vivas a Franco (y otros a Nasser), algunos incluso sacaron banderas españolas (con el águila y todo), los discursos nacionalistas se multiplicaban por toda la región gracias a la radio y en un arrebato popular una turbamulta mata a los soldados marroquíes que estaban acuartelados en Imzouren, cerca de Alhucemas. La venganza marroquí fue terrible: treinta mil hombres desembarcaron en Alhucemas y Tánger, la aviación alauita bombardeó las montañas con fósforo y napalm, y la revuelta terminó aplastada y el Majzen señoreando unas montañas que odiaba sin disimulo.

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Desde entonces, y primero por Mohammed V y más tarde por Hassan II, la región cayó en el olvido, el abandono y de no ser por los enormes cultivos de marihuana, el Rif sería el equivalente mediterráneo del desastre somalí o de Biafra porque las todopoderosas y muy rencorosas fuerzas del Majzen, y sobre todo la mala baba de Hassan II, las habían condenado a muerte. Al llegar Hassan al poder  ordenó que cayera la ignorancia y el olvido sobre esas montañas tan levantiscas, hizo desaparecer todo lo relativo a los tamazigh, ordenó la desaparición continua de personajes públicos sospechosos de simpatizar con el independentismo, y las montañas se jalonaron con tumbas de ejecuciones extrajudiciales y asesinatos políticos. Son los años de plomo . Con Mohammed VI la situación parece haber cambiado aunque los rifeños no terminan de fiarse del hijo del que los condenó al ostracismo, sobre todo porque no hace demasiado tiempo declaró fuera de la ley al principal partido político bereber, el Partido Democrático Amazigue Marroquí, el PDAM. Mohammed, pero el rifeño, no el monarca, sigue soñando con su república del Polen, con unirse a España y tal vez su tío conserve una bandera española con el águila en el centro y una foto de Franco. Pero me temo que la República Rifeña del Polen no existió jamás más allá de su imaginación: Abdelkrim también lo hubiera ejecutado: del bolsillo derecho de su raída chaqueta asoma una pipa de kif...

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domingo, 12 de enero de 2014

Viaje a la India: en la ciudad abandonada de Fatehpur Sikri, donde confluyen todas las religiones


 Nigam quiere enseñarme algo: ‘el lugar donde confluyen todas las religiones’, me dice, y subo al coche algo extrañado. ‘El lugar donde confluyen todas las religiones’, pienso mientras intuyo un nuevo sablazo. A poco más de treinta kilómetros de Agra, la mugrienta ciudad donde se levanta el Taj Mahal, se encuentra Fatehpur Sikri, una incalificable mezcla de castillos y templos tan abandonada como impoluta. Nigam me sorprende, después de pasearme por las orillas del río más sucio que recuerdo haber visto, el Yamuna, una densa corriente de aguas negras que arrastra por Agra más vergüenza que líquido. Sin embargo, en Fatehpur Sikri todo parece distinto.
Para empezar, está abandonada desde 1585, diecisiete años después de que el emperador del momento, el mogol gran Akbar, deslomara a miles de albañiles y devanara los sesos de decenas de arquitectos, pintores y escultores para levantar esta impresionante ciudad. Para seguir, a pesar del abandono, el lugar está de lo más concurrido, hay gentes que pasean, santones sentados a la sombra recitando versos, niños que juegan alegres bajo la atenta mirada de sus padres, el suelo está tan limpio que ni polvo recojo en las suelas de los zapatos. Para terminar, todo, absolutamente todo, impresiona por sus dimensiones. El arte mogol se sustancia en Fatehpur hasta sublimarlo y parece un muestrario de la sabiduría de este imperio tan particular.

Tal vez la fascinación nazca en la puerta principal, llamada Buland Darwaza, un mastodóntico tocho de cincuenta y cuatro metros de altura que el emperador Yalaluddin Mohammed Akbar levantó en conmemoración de la batalla de Gujarat, con la que unificaba su enorme imperio. Subir la escalinata cuesta pero el sudor no impide valorar en su justa medida el trabajito que se dieron los arquitectos de cinco siglos atrás y los pobres albañiles que juntaron ladrillo tras ladrillo. Pero una vez superada la prueba de los escalones hay un premio mayor: el inmenso patio rodeado en su perímetro por una impresionante arcada que da acceso a distintos edificios. Entre ellos, el de la gran mezquita, de la que dicen fue la mayor de la India.
Además, el primer español que pisó este complejo fue un catalán de Vic, Antoni de Montserrat, un cura que ejercía en la cercana colonia portuguesa de Goa, a orillas del Índico, y que se pasó un año en esta ciudad cuando apenas comenzaba a ser ciudad. Dicen las crónicas que apenas diecisiete años después de comenzadas las obras, y cuando ya se había convertido en la capital del imperio Mogol, el propio emperador y su corte la abandonó por una carestía brutal de agua y porque un gran lago cercano comenzó a secarse. Del lago no queda ni sombra pero la ciudad, en cambio, permanece incólume, altiva, impresionante en su ladrillo rojo, un extraño monumento a la Sed y al pueblo Mogol. La bonita localidad de Sikri hoy es un secarral donde apenas crecen hierbajos y matorrales pero en la que surge, impactante e impresionante, Fatehpur Sikri, la ciudad amurallada que apenas nadie habitó.

El gran emperador Akbar tenía un problema: sus mujeres no le daban hijos y eso en un emperador mogol era un drama de lo más serio. Pero alguien le habló de un santón ensimismado y carismático que vivía en una cueva en un entorno no lejos de la capital, Agra. El todopoderoso Akbar se armó de paciencia y decidió visitarlo. Su nombre era Sheik Salim Chishti, resultó ser un santo varón dedicado al sufismo y le dijo que ‘No uno sino tres hijos tendrás’. El poderoso Akbar volvió a su palacio en Agra y en poco más de tres años tuvo tres hijos, lo que le granjeó una simpatía sin límites al barbudo derviche. Akbar no sólo era poderoso y un gran estratega sino un agudo gobernante que derrochaba tanto ingenio como poder. Para empezar, fue un soberano recto y estricto: persiguió la corrupción en un país que es el imperio de lo Corrupto (con permiso de España), examinaba personalmente las cuentas de sus dominios para encontrar desfalcos y hasta solía pasear de incógnito por las calles para conocer de primera mano las necesidades de su pueblo (y oír que se decía de él, por otra parte…). Capaz de los castigos más duros y de las recompensas más generosas, la adoración de Akbar al santón sufí tomó forma: forma de ciudad y como prueba de agradecimiento desmanteló su corte en Agra y se trasladó al bonito enclave donde vivía Sheik Salim.
Eligió, como dije, Sikri, por lo bello de su entorno, por su estupendo lago y lo frondoso de su floresta. Y por el santón, claro. Akbar eligió el nombre de Fatehpur porque significaba Victoria y es que eso es lo que debía ser, un homenaje a su batalla de Gujarat y a la paz que había traído a la India en general. Comenzó entonces una mezquita y un gran palacio, y los nobles, en un acto de peloteo que traspasa épocas, le siguieron y construyeron muy cerca sus palacios y moradas. En el interior de Fatehpur por cierto, reposa el santón sufí, Sheik Salim, una tumba en mármol blanco con celosías y enrejados, un féretro cubierto con una bandera verde, la del islam, y a la que se acercan devotos que se acarician suavemente el rostro mientras recitan suras y hafices en memoria del profeta. En el suelo se mece un joven, más allá una pareja se acerca con recogimiento, el lugar está tan vivo, me digo, que ya quisieran estar muchas ciudades tan animadas como este complejo abandonado y muerto.

Antoni de Montserrat y los dos jesuitas europeos en la corte del rey Akbar: http://www.mundohistoria.org/blog/articulos_web/akbar-la-piedra-angular-del-hindostan
‘El lugar donde confluyen todas las religiones’, recuerdo que me dijo Nigam. Le pregunto al risueño chófer que me tortura desde hace dos días. ‘Sí señor’, me dice, ‘el gran Akbar quiso unificar aquí todas las religiones para hacer una sola’. Se dice que Akbar llegó a estar tan obsesionado con las religiones que se marcó el objetivo de unificarlas todas y para ellos tomó cuatro esposas de las cuatro religiones principales, y dicen también que su preferida fue María, una portuguesa de Goa. En estos templos y en estas paredes confluían sabios venidos de todo el mundo conocido por el imperio mogol para tratar de encontrar un punto en común, discutir sobre los dogmas, enriquecer los conocimientos y los discursos, y entre todos ellos llegó el que faltaba: Antoni de Montserrat, un cura catalán que ejercía en la colonia portuguesa de Goa, a orillas del Océano Índico. Akbar envió una embajada a Goa para solicitar la presencia de algunos sabios cristianos que le enseñaran cristianismo. A principios de 1580 Montserrat hizo acto de presencia acompañado de dos jesuitas, un italiano y un portugués, con el firme objetivo de convertir al emperador a la fe de Nuestro Señor Jesucristo (del que dicen por cierto que su tumba está algo más al norte: pincha aquí).
Sin embargo, el emperador era un dechado de sabiduría y aprendía tan rápido que debatía con argumentos de peso las enseñanzas de los europeos, que no entendían que aquel fenómeno de la naturaleza no quería creer en nada sino saberlo todo de todos. Y todo eso, dicen, siendo analfabeto porque Yalaluddin era tan amante de las letras y de las artes como ignorante de los estudios. Aún así, Antoni y los suyos estuvieron un año erre que te erre y pego las orejas a los muros por si quedara algún eco de aquellas apasionantes conversaciones ocurridas cinco siglos atrás. Pues no, no queda mucho, sólo los escritos del catalán, que llegó a ser el tutor de Murat, uno de los hijos del emperador, a quien acompañó en sus campañas en Afganistán, la tierra de los antepasados de Akbar, una campaña de la que dejó las primeras impresiones del Himalaya, Tibet y Cachemira desde los tiempos de Marco Polo. De vuelta a Goa, el sacerdote catalán recibió la orden de Felipe II de presentar embajada en Etiopía y Montserrat nos deja en sus notas de viaje el sabor de una bebida desconocida en Europa: el café, que fue el primer español en probar.
Así pues que algo de cierto había en esa enigmática frase: ‘Aquí confluyen todas las religiones’. Lo único cierto es que la ciudad sigue ahí, magnífica, abandonada e impoluta, y que la razón más extendida para su abandono tan pronto y drástico puede ser una pertinaz sequía que acabó con el laguito cercano y con los recursos hídricos de la región. Mucha agua debía de hacer falta para mantener no sólo uno de los más hermosos ejemplos de arquitectura mogol sino la cohorte de pelotas que seguía al emperador por todas partes. Ahí quedan para la posteridad las rejerías y celosías de mármoles, las cúpulas bulbiformes que caracterizan a los mogoles, y a sus parientes los persas, los tejados a cuatro vertientes, las estupendas columnas rícamente ornadas, los arcos polilobulados…

Referencias:




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